domingo, 3 de mayo de 2026

El caminante embozado

¡Qué triste y larga me pareció aquella tarde de noviembre, aunque yo apenas contara diez años y todavía ignorase que algunas tardes no terminan nunca! Villalcázar de Sirga, al que los viejos seguían llamando Villasirga con una especie de respeto antiguo, se recogía bajo un cielo bajo de color ceniza. El viento corría por la Calle Real, levantando polvo, estrellándose contra las tapias, metiéndose por los postigos mal cerrados y arrancando de las puertas un quejido parecido al de las almas cuando, según decía mi abuela, aún no han encontrado sitio ni en la tierra ni en el cielo.

Era el final del año de nuestro señor de 1698  aunque yo entonces no sabía nada de siglos ni de reyes. Para mí el mundo empezaba a los pies de Santa María la Blanca y terminaba más allá del camino a Carrión, allí donde la llanura se estiraba hasta confundirse con el cielo. El Camino de Santiago  traía todo tipo de personas: hombres con concha al pecho y pies deshechos, frailes silenciosos, hidalgos empobrecidos  que caminaban por una promesa, mendigos que olían a lluvia vieja y algún caballero sin caballo cuya espada parecía ya más un recuerdo que un arma.

Aquella tarde me mandaron al pozo cercano a la salida del camino, hacia la parte por donde se marchaban los peregrinos en dirección a Carrión de los Condes. Yo no quería ir. Sobre las piedras de Santa María la Blanca empezaba a posarse una luz amarillenta, casi enfermiza, y las figuras del pórtico se oscurecían con una severidad que me encogía el ánimo. La iglesia, tan alta y tan fuerte, parecía menos templo que fortaleza abandonada por hombres y habitada por secretos. Bajo sus muros se hablaba de templarios, de sepulcros, de milagros de la Virgen y de caballeros que habían dejado allí sus huesos esperando una resurrección que tardaba demasiado.

Tomé el cántaro pequeño, porque el grande me vencía el brazo, y salí de casa con esa obediencia rencorosa que tienen los niños cuando no se pueden librar de un encargo. En la plaza quedaban pocas voces. Una mula golpeó el suelo dentro de un corral. En alguna cocina ardía ya la lumbre, y el olor a humo de casa pobre, a berza y a lana húmeda, se mezclaba con el frío de la calle. Pasé junto a la iglesia sin mirar mucho, aunque sentí, como siempre, que desde lo alto de las piedras alguien me estaba mirando.

El pozo estaba casi fuera del pueblo. Su brocal de piedra, gastado por manos de muchos años, conservaba un verdín oscuro en las hendiduras. Dejé el cántaro a un lado, até la cuerda al cubo y lo solté. El golpe del agua subió desde abajo con un sonido hueco, profundo, como si hubiera caído no en un pozo, sino en la garganta misma de la tierra. Entonces lo oí.

Un paso. Nada más. Después, otro.

Quise creer que era el viento moviendo alguna rama seca cercana, pero allí no había árboles bastantes para mentirme de ese modo. Miré hacia el Camino. La llanura estaba desnuda, partida por una senda parda que se alejaba entre rastrojos. Un instante antes no había nadie. Al siguiente, vi la figura.

Venía despacio, sin levantar polvo, envuelta en una capa oscura que el aire  agitaba apenas. El embozo le cubría el rostro hasta muy arriba, y un sombrero ancho le derramaba sombra sobre los ojos. No supe si era alto o si el miedo lo agrandó para siempre en mi memoria. Llevaba un bordón, como los peregrinos, y del pecho le colgaba algo que pudo ser una concha, una medalla o una cruz. Pero bajo la capa, cuando una ráfaga de viento la apartó de su costado, ví brillar la empuñadura de una espada.

Sentí que se me helaba la boca y un escalofrío me recorría el cuerpo.

Podía ser un romero o un caballero o una de esas almas que, por haber prometido demasiado en vida, se ven obligadas a seguir caminando después de muertas. Todo eso lo pensé a la vez, con la confusión viva de los diez años, cuando el mundo todavía no separa lo posible de lo imposible y hasta una sombra tiene derecho a ser verdadera.

Se detuvo junto al pozo. Sus ojos, únicos dueños visibles de aquel rostro, no ardían ni brillaban. Eran unos ojos cansados, unos ojos de hombre que habían visto demasiados caminos y ninguna llegada. No hizo ademán de tocarme. No se inclinó. No pidió nada con palabras que yo recuerde. Y, sin embargo, comprendí que quería beber.

Subí el cubo con torpeza. La cuerda me quemaba las manos o tal vez era el frío de la llanura el que quemaba mis manos. El caminante no me ayudó. Permaneció quieto, silencioso, con una paciencia tan antigua que daba espanto. Al fin, el cubo asomó al brocal y el agua negra tembló bajo la última claridad. Le tendí el cazo de lata. Lo tomó con una mano enguantada y bebió despacio, de una manera extraña, como si no apagase la sed, sino una memoria de sed conservada durante muchos años.

Entonces sonó la campana de Santa María la Blanca.

Una sola vez.

No era hora de misa ni de oración. No había muerto anunciado, que yo supiera, ni tormenta, ni incendio del que alertar. La campana dio su golpe grave, seco, y el sonido rodó por el pueblo con una lentitud de piedra. El caminante volvió la cabeza hacia la iglesia, y en aquel movimiento hubo algo tan doloroso que dejé de tenerle miedo por un instante. Pareció reconocer las piedras. Pareció ser reconocido por ellas.

El viento levantó el borde de su capa. Vi mejor la espada, vieja, oscura, con el pomo gastado por una mano que acaso ya no existía. Vi también, atada bajo el embozo o escondida cerca del pecho, una cinta azul, deshilachada, sucia por el tiempo. No sé por qué aquella cinta me impresionó más que el arma. Tal vez porque una espada pertenece al que la porta, pero una cinta de color la asociábamos en aquel tiempo a una promesa.

El caminante sacó aquella reliquia con lentitud y la dejó sobre el brocal. No habló, o si habló no fueron palabras lo que yo oí, sino una orden suave que me entró directamente en la cabeza. Supe que debía llevársela a mi abuela Elvira.

Al tocarla, sentí un frío distinto al de hacía un rato. No era un frío de viento ni de piedra. Era un frío de cosa guardada bajo tierra, de un paño que hubiera dormido demasiado tiempo junto a un corazón parado. La apreté en el puño, incapaz de soltarla y de seguir mirándola.

Entonces los perros comenzaron a ladrar.

Primero uno, detrás de una tapia. Después otro, más lejos. Luego todos, desde los corrales, desde los pajares, desde las calles próximas a la iglesia. No ladraban como cuando pasa un extraño, ni como cuando huelen al lobo. Era un ladrido quebrado, desigual, lleno de un miedo que no parecía animal. Por el Camino, a espaldas del embozado, se levantó una niebla baja, cenicienta, arrastrada sobre los rastrojos. Avanzaba sin prisa, pero avanzaba. Y yo, que ya no distinguía si respiraba o si el corazón me golpeaba en la garganta, eché a correr.

Corrí con el cántaro medio vacío, con el agua golpeándome las piernas y la cinta azul encerrada en la mano. Crucé el borde del pueblo, pasé bajo la sombra enorme de Santa María la Blanca y creí oír, dentro de la iglesia, pasos lentos sobre las losas; pasos de hierro, de espuelas viejas, de alguien que atravesara la nave sin cuerpo y sin descanso. No miré. ¡Dios sabe que no miré! A los diez años uno puede ser curioso, pero no tanto como para ofrecerle el rostro a lo que viene desde el fondo de los siglos.

Cuando entré en casa, la lumbre ardía baja. Mi padre levantó la vista con enojo por el agua derramada; mi madre abrió la boca para reprenderme; mi abuela, sentada junto al fuego, hilaba con esa calma de las mujeres que han esperado toda la vida algo que ya no se atreven a nombrar. Yo abrí la mano. La cinta cayó sobre la mesa.

Nunca olvidaré el rostro de mi abuela.

No gritó. No preguntó al principio. Solo miró aquella tira azul como se mira a un muerto que vuelve sin ataúd. La rueca siguió girando unos instantes, sola, con un zumbido mínimo y terco. Después se detuvo. En la habitación pareció apagarse el aire.

Aquella noche supe, a medias, lo que los mayores creían haber enterrado bajo años de pan, hijos, rezos y silencio. Antes de casarse con mi abuelo, mi abuela había dado palabra a un hombre llamado Hernando de Valcárcel. Venía de sangre hidalga, aunque pobre; servía a un señor de Carrión y llevaba espada, libros y una honra demasiado grande para sus bolsillos. Se marchó una mañana por el Camino, no como peregrino sino como soldado, quizá hacia Flandes, quizá hacia Portugal, quizá hacia ninguno de esos lugares que los vivos usan para explicar la ausencia. Ella le ató al brazo una cinta azul como prueba de su amor y compromiso y él prometió volver antes de Todos los Santos.

No volvió.

Llegaron rumores. Que si había muerto en una batalla, que si lo había hecho por unas fiebres.  El caso es que su cuerpo nunca se halló. Mi abuela esperó hasta que esperar empezó a parecer una locura, y después hizo lo que hacen los vivos cuando los muertos no se deciden a estar muertos: siguió viviendo. Se casó, tuvo hijos, luego nietos. Amasó pan,  encendió lumbres, rezó por un hombre y durmió junto a otro. Pero cada tarde, cuando la luz caía sobre la Calle Real, miraba hacia el Camino.

Desde aquella noche, en que yo le llevé la cinta azul, dejó de hacerlo.

Eso fue lo que más me aterró.

No la niebla. No la campana fuera de hora. No los perros. Ni siquiera aquel embozado de ojos cansados y espada antigua. Lo que de verdad me hizo comprender que algo imposible había ocurrido fue ver a mi abuela sentarse, al día siguiente, de espaldas a la ventana, como quien ya no espera a nadie.

Mi padre fue al pozo por la mañana por si encontraba alguna pista de aquel extraño hecho. No había huellas en el barro, ni marca de botas, ni señal de bordón. Nadie en el pueblo había visto entrar ni salir a romero alguno, aunque algunos juraron haber oído, antes del alba, un golpe parecido al de una puerta cerrándose dentro de Santa María la Blanca.

Durante muchos años quise saber qué había visto. Unos habrían dicho que fue un peregrino conocedor de historias ajenas; otros, un caballero viejo que regresaba tarde a saldar una deuda de amor; los más temerosos habrían bajado la voz para hablar de un alma en pena, condenada a caminar por la llanura hasta que una promesa encontrase por fin su destinataria. Yo nunca pude escoger una verdad.

Solo conservo la imagen de aquel atardecer: el pozo, el viento, la iglesia oscurecida, la cinta azul en mi mano de niño y, sobre el Camino de Carrión, un hombre embozado que parecía venir no de Frómista, ni de Burgos, ni de ningún punto de la tierra, sino del lugar exacto donde permanecen las promesas incumplidas.

Y aún hoy, cuando en las tardes de noviembre el viento golpea las puertas y la campana suena más grave de lo debido, me parece ver una sombra avanzar por la Calle Real, con bordón de romero, espada de caballero y andar cansado de difunto.

Mateo de la Serna. Villalcázar de Sirga. 1715