miércoles, 15 de octubre de 2025
La edad de oro de la ciencia ficción (II). Isaac Asimov
martes, 14 de octubre de 2025
La edad de oro de la ciencia ficción (I). Isaac Asimov
domingo, 12 de octubre de 2025
El perro de la guerra y el dolor del mundo. Michael Moorcock
El maniquí
Llevaba doce años allí, entre arpilleras y muselinas, hilando mañanas iguales con ovillos distintos. Era un hombre de hablar bajo, de guardar los recibos por orden de fecha, de vigilar que el escaparate no se apagara nunca del todo. Se entretenía plegando con exactitud geométrica los paños, lo cual le ganaba el respeto de las clientas más viejas y el fastidio de las jóvenes que tenían prisa. “Cayetano, que me cierran el estanco”, le decían; y él sonreía con un rictus de resignación, como disculpándose por existir.
No era el maniquí más nuevo ni el más caro, pero sí el más exacto, una proporción secreta que nadie supo señalar. Se llamaba, en la etiqueta clavada a la base se indicaba, Modelo Celia. Para Cayetano nunca fue Celia. “Buenas tardes, señorita”, le dijo una vez, cuando la dejó con un vestido de azul petróleo con cinturón de hebilla. No se rió de sí mismo. Le pareció correcto saludarla; al fin y al cabo, la exponía cada día a la intemperie de las miradas.
A Cayetano le habrían gustado las mujeres de carne y hueso si no le hubiera faltado práctica y pericia. Hubo, a los veintitrés, una telefonista de uñas rojas que olía a colonia antigua; no volvió porque él tardaba en encontrar las palabras como quien busca una aguja en un pajar. A los veintinueve, una cajera del economato que sonreía por costumbre; se dejó invitar a un café y luego a otro, y en el tercero dijo “tengo prisa” como quien cierra una puerta con suavidad. Después, silencio. Ningún dolor grande, ninguna épica: sólo la gimnasia de la resignación.
Con el maniquí no necesitaba hablar. Lo vestía, lo cambiaba de postura mínimamente —un giro de muñeca, un ligero adelantamiento de la cadera, una curva más franca del cuello—, y la mañana pasaba. Se sorprendía a veces mirándole a los ojos inexistentes y notando que la luz de la calle se posaba en el cristal de tal modo que parecía que aquellos ojos seguían algo más que su propio reflejo. Un día, sin querer, rozó con el dorso de la mano la curva fría de su mejilla al abrochar un botón rebelde. Se disculpó en voz muy baja:
—Perdón.
Nadie respondió. Y sin embargo, mientras colocaba unos guantes de piel en el primer plano, sintió una calma leve que no venía del oficio, una especie de gratitud que no podía tener origen en los objetos.
La ciudad, con su provincianismo acicalado, tenía reglas no escritas: a mediodía se vaciaba de hombres, a las cinco revivían los mostradores, a las siete las señoras de abrigos viejos pedían ver “algo alegre” para un santo. Bernal, el dueño, llevaba mostacho fino y cuentas gruesas; confiaba en Cayetano como se confía en una bisagra. “Tú monta el escaparate”, le decía. “El escaparate es la cara de la tienda”. A Cayetano le gustaba esa responsabilidad: era lo más parecido a decidir la belleza.
Una tarde de noviembre, cuando el cielo tenía el color de las cajas de cartón, un apagón dejó la calle a medias: la mitad de los comercios a oscuras, la otra mitad con luz de generador. Cayetano, que creía en la modestia de los accidentes, encendió el candil que guardaban por si acaso y lo colgó del soporte de latón en el escaparate. La llama, pequeña y tozuda, dibujó sombras nuevas en la piel sin poros del maniquí. Fue entonces cuando vio —o creyó ver— una humedad minúscula brillar en el borde del labio. Se acercó con el gesto profesional de quien retoca un maquillaje. Era nada y, sin embargo, estaba.
—Señorita —susurró con respeto—, si llueve por dentro, avíseme.
No dormía mal Cayetano, pero aquella noche soñó algo raro. En el sueño, la señorita del escaparate caminaba por la tienda con un andar sin ruido; no tocaba el suelo, aunque sus tacones sonaban con discreción. Pasaba el dedo índice por los tejidos como quien lee en braille, se detenía en la zona de mantillas, escogía una blanca, translúcida, y se cubría la cabeza con gesto de novia sin novio. Se acercaba a él y, sin mover los labios, decía: “Tengo frío”. Él, entonces, le cerraba la gabardina hasta el último botón y… despertaba con la mano cerrando aire.
A la mañana siguiente, como tantas mañanas, desvistió al maniquí de lo de ayer. La gabardina de paño estaba abotonada hasta el último botón. Pensó que sería cosa suya, un automatismo. Cuando deshizo el tercer botón, el cuarto se soltó solo, con una resistencia breve, como si hubiese estado realmente enganchado. Rió para adentro de su bobería. Y, sin embargo, al acercar la prenda al perchero, una fragancia suave, desconocida, se elevó del paño: un olor a piel limpia, a algo humano y cercano que no estaba en los frascos de la sección perfumería.
Los días siguientes repitieron pequeñas anomalías que nadie salvo él podía inventariar. Un doblez en la falda que no había puesto, una arruga nueva en el cuello que sugería un movimiento, un velo ligeramente desplazado del ángulo que él había fijado. El jueves encontró en el borde interior de la base, entre la madera y la pintura, un cabello: ni blanco ni negro, sino castaño claro, finísimo. Lo tomó con pinzas, como si tuviera vida. Lo guardó en su libreta dentro de un sobre que antes contenía botones de repuesto. Escribió: “CEL. 12/4. Cabello en base.” Le pareció elegante anotarlo con abreviatura.
La Navidad caía ese año en la tienda como cae la pelusa: por todas partes, con resignación y brillo. Bernal trajo luces de bombillas de colores y un ángel de alambre que no se sostenía bien. Cayetano preparó el escaparate de fiesta: terciopelo granate, luces mínimas, un guiño de satén en los pliegues, la señorita con abrigo blanco y guantes. Al terminar, se quedó un minuto mirando desde la acera, con las manos en los bolsillos y la sensación rara de haber hecho algo bien. La ciudad pasaba de largo, con ganas de sopa caliente. Un niño se pegó al cristal, puso una mano, dejó el vaho de su asombro, y se fue.
Aquella tarde nevó. La plaza mayor que lucía bonita, se llenó de personas que no sabían qué hacer con el fenómeno. Algunas parejas entre bola y bola de nieve se besaban a hurtadillas. A las ocho, cuando cerró, Cayetano se quedó solo con su obra y con ella. La luz se fue apagando por zonas. En la penumbra, el maniquí parecía respirar. No era una ilusión óptica: era un latido de la llama del candil, quizá, que agrandaba y encogía las sombras. Cayetano no tembló; se acercó.
—Señorita —dijo—. Si supiera… Bueno. Feliz Navidad.
Y en ese “si supiera” se le llenó la boca de cosas que no había dicho nunca. De pronto vió —con la claridad del sueño, pero despierto— que podía besar aquella boca de yeso con el mismo respeto con que se besa a la estatua de una virgen cuando nadie mira. Lo pensó. No lo hizo. Se retiró con una torpeza que se le quedó clavada en los hombros como agujetas.
Esa noche soñó otra vez. Esta vez no caminaba ella: se inclinaba. Le tocaba el hombro con dos dedos y decía, sin labios, sin voz: “Gracias por el abrigo.” El miedo de Cayetano no era miedo; era un pudor nuevo, un deseo de no estropear aquello con ruido.
El beso llegó por sí solo. Fue un martes de enero, con la cuesta haciéndose notar en el ánimo y en los precios. A última hora, cayó un cliente y preguntó por una tela que ya no existía; Cayetano buscó, encontró una sustituta, cobró, despidió y volvió a su altar. Había algo torcido en el pañuelo del cuello. Abrió el escaparate, entró entre los focos como entra un actor que no sabe su papel, levantó el codo para arreglar el nudo… y estaba tan cerca que sólo tuvo que inclinarse un poco. A nadie debía explicación. Rozó con sus labios la boca tranquila del maniquí. Fue nada y lo fue todo.
No sintió calor. Sintió una electricidad blanda, como si por fin las cosas complejas se hubieran resignado a ser simples. Retiró la cabeza un centímetro, y entonces ocurrió: el cristal del escaparate devolvió una imagen que no coincidía. Ella tenía, ahora, pupilas. No eran ojos completos; eran puntos de sombra en el gris que le daban dirección a la mirada. Cayetano tragó aire. Apagó con mano firme los focos pequeños, dejó el candil y cerró la puerta de cristal desde dentro. Por un momento no existió la calle.
No hicieron falta palabras. El maniquí —la mujer— bajó un milímetro la barbilla. No podía moverse como se mueve un cuerpo, pero se movía como se mueve un barco en puerto: mínimos cambios, evidencias. La cara no sonrió; se suavizó. Los guantes cayeron con un tacto que no era de tela. Cayetano acercó las manos despacio y sintió la temperatura leve de la piel: no estaba fría ya, tampoco caliente. La besó de nuevo, más convencido, y en el borde del beso oyó, como se oyen las cosas que uno recuerda en el instante justo de necesitarlas, la frase del sueño: “Tengo frío.” Le subió el cuello del abrigo. Ella —¿cómo decirlo?— descansó.
A partir de esa noche, la tienda cambió sin que nadie lo notara salvo ellos dos. Cayetano llegaba con diez minutos de antelación, abría la puerta, corría la cortina y entraba en el escaparate con el mismo cuidado con el que se entra en un hospital. La mujer —porque ya le costaba llamarla de otro modo— le esperaba en la misma postura con variaciones invisibles: un hombro menos tenso, la línea del cuello más viva, los labios con una humedad que no era de maquillaje. Cuando la vestía, su cuerpo tenía peso. Podía sostenerse, podía ceder si él —casi sin atreverse— le pedía con el brazo un desplazamiento. No hablaban. Algunas tardes, al cerrar, él ponía un disco de boleros en el tocadiscos portátil del probador, y el escaparate se volvía un salón de baile donde nadie bailaba pero todo estaba en su sitio.
El pueblo empezó a decir cosas que eran verdad de otra manera. “Qué bonitos los escaparates de Bernal”, “Hay una chica dentro”, “¿Ha cambiado el maniquí?”, “Tiene algo…”. Algunas clientas, al pagar, miraban de reojo al cristal y se tocaban el pelo sin saber por qué. Bernal sonreía ante la caja: “La cara, Cayetano, la cara. Muy bien.” El barrendero empezó a barrer más lento frente a la tienda.
No hay milagros gratis. Algo —no supo nunca qué— pidió su precio con la educación de las deudas inevitables. Un lunes de marzo, mientras Cayetano ajustaba una cinta en la cintura, notó que sus dedos tardaban en responder. No era cansancio. La noche siguiente, al llegar a casa, el espejo del baño le devolvió una cara más lisa, como si las arrugas pequeñas del entrecejo se hubieran planchado sin consulta. No parecía mejor: parecía menos. Lo apuntó en su libreta con la claridad de quien lleva cuentas: “12/3. Cara más lisa. Dedos lentos.”
Siguió. No podía no seguir. Cada beso en la boca humilde de la mujer le devolvía la paz de los asuntos que han encontrado nombre. Cada día le dejaba a él más quieto. El mundo no notó nada: los trenes llegaban, las hojas del plátano caían, los vendedores ambulantes decían “barato” con tono de misa. Cayetano empezó a hablar menos. Le costaba tomar decisiones que antes eran automáticas: si poner primero el granate o el verde, si cobrar en billetes o monedas. Bernal se lo atribuyó a la primavera.
La última noche —porque todo relato concede al menos una—, llovía con esa insistencia que hace a las ciudades parecerse. Cayetano cerró más tarde por un cliente pesado. Cuando bajó la tranca, el escaparate era una piscina de reflejos. Entró, subió la cortina, y la mujer estaba como siempre: esperándolo. La besó con una ternura cansada. Ella respondió con lo que tenía: un milímetro de vida. Fue entonces cuando sintió, por primera vez, frío. No en los hombros —eso se arregla con abrigo—, en el centro: un frío que no pide un jersey sino inmovilidad.
—No me dejes —oyó, o imaginó— sola.
Sonrió. Las luces del techo parpadearon. La calle estaba vacía. Hubo un relámpago sin trueno, un blanco que convirtió a la mujer en una figura de sal y a él en sombra. A veces las cosas se deciden así. Cayetano sintió cómo se le iba el peso de las rodillas. Apoyó una mano en la base para no caer. No cayó. Se quedó.
A la mañana siguiente, el barrendero fue el primero en verlo. Llamó a Bernal, a la policía, a quien se llama en estas ocasiones sin temblor. No había cadáver. No había Cayetano. En el escaparate, sin embargo, había dos maniquíes. La mujer —la señorita, la modelo Celia— seguía en su sitio, con ojos grises que aquel día parecían saber. A su lado, un maniquí nuevo —eso dijeron todos—: traje oscuro, camisa blanca, corbata modesta, una mano apoyada con pulso correcto en la base, la otra en el aire, a la altura exacta de un beso interrumpido.
—¿Cuándo lo habéis traído? —preguntó una señora con voz de monaguillo.
—Anoche no estaba —dijo Bernal, con un hilo de incredulidad que tardó años en cortarse.
La ciudad aceptó la novedad como aquel que acepta lo que no entiende. Casa Bernal vendió más que nunca aquel mes. Las muchachas se probaban vestidos mirando de reojo al hombre nuevo del escaparate; los novios decían “yo no me visto así ni muerto” con risa nerviosa. El maniquí tenía algo. No era el peinado, no era la postura, no era el corte del traje; era esa forma de estar que tienen los que han aprendido a no moverse.
De Cayetano se dijo lo que se dice para salir del paso: que si se fue a la capital, que si dejó una carta, que si debía y andaba escondido. Bernal no encontró ninguna carta, pero encontró, en la libreta guardada bajo el mostrador, un sobre pequeñísimo con un cabello pegado y varias anotaciones de contable del misterio. Se lo guardó en el bolsillo interior del chaleco y, por la noche, lo dejó en el cajón de la mesilla, al lado del rosario.
A veces —esto sólo lo sé yo—, cuando el reloj da las ocho y el barrendero arrastra su escoba con paciencia, el cristal de Casa Bernal empaña por dentro como si alguien respirara muy cerca. La mujer del escaparate tiene entonces los labios con una humedad que no está en las modas. El hombre a su lado, exacto en su traje oscuro, parece inclinar un milímetro la cabeza hacia ella. No es movimiento: es decisión. Uno creería —si creyera— que los maniquíes también se besan cuando nadie mira y que hay amores que no salen a pasear porque ya encuentran todo lo que necesitan en un metro cuadrado de luz.
La ciudad, provinciana y limpia, sigue oliendo a pan por las mañanas. En la plaza mayor el reloj da las ocho. Las palomas hacen cuentas con el empedrado. Y en el escaparate de Casa Bernal, bajo unos fluorescentes cansados, dos figuras miran la ciudad a través del cristal. De Cayetano ya nadie habla. No hace falta. Está en el lugar donde quiso estar: al otro lado del escaparate. Y ella —llámese Celia o de ningún modo— no tiene frío. Con eso, a veces, basta.
Pamplona. 1989. Revisada en octubre de 2025
El primer amor de verano
A mano derecha, los
palomares redondos vigilaban el camino; a la izquierda, la llanura rompía su monotonía con la fila de chopos y álamos flanqueando las aguas del Canal, y al frente la torre del campanario del pueblo se iba haciendo cada vez más grande a medida que nos íbamos acercando. En el cruce alguien había redibujado con letras torcidas “Autillo” en
una flecha de hojalata.
El aire de la calle, cuando
bajé del autobús, fue un golpe blando de horno y polvo. La casa de mi tía, donde vivía ahora también mi abuelo olía a piedra fresca, a armario de sábanas y a cuchara de madera. Antonina, la vecina de mi tía, me dijo “ya está aquí el de la capital” con ese modo de bienvenida que
es también un examen. Yo asentí, me miré las piernas todavía demasiado blancas bajo una bermudas negras de algodón que dejaban ver mis tobillos, y fingí que no me
temblaban.
Las ví venir desde lejos:
primero, el timbre metálico, luego el parpadeo del sol en los radios, y por
último ellas. Tres bicis BH pintadas de colores imposibles bajaron por la calle
como una bandada sin prisa. Una llevaba una faldita corta y diadema, las piernas morenitas y bien torneadas, otra con el pelo recogido en dos coletas desafiantes, la
tercera con un vestido de flores (o quizá eran soles) y unas gafas de espejo
que me devolvieron una versión más ruborizada de mí mismo.
—¿Tú eres el de Pamplona?
—preguntó la de la diadema, sin freno.
—Sí —dije, y me pareció una
palabra corta.
—En las fiestas de San Agustín de Fuentes hay verbenas —anunció la de las coletas, como si me ofreciera un contrato—.
¿Sabes bailar?
—Regular —admití.
—Pues regular no vale —remató
la de las gafas—. Aquí hay que bailar bien o mirar mucho.
Rieron las tres, no de mí sino
por el gusto de reír en compañía. Dieron una vuelta a la plaza mayor, giraron en
torno al banco donde el tío Higinio hacía de estatua, volvieron y me rodearon a mí, el urbanita.
—Yo soy Lola —la de las
coletas—. Esta es Marina —la de la diadema—. Y la de las gafas es Celia, pero
puedes llamarla “ojo de halcón”.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque lo ve todo —dijo
Celia, bajándose las gafas sólo lo justo para que me llegara una mirada
limpia—. Y porque sabe cuando un forastero finge que no está nervioso. Yo tanto en Fuentes como en Autillo seguía siendo verano tras verano el forastero.
No supe qué contestar. A
cambio, ellas me regalaron una tarea: la cadena de la BH de Marina se había
salido. Puse las manos donde había que ponerlas, como si mi vida entera hubiese
sido un ensayo para ese gesto. La cadena encajó con un clic pequeño y yo me
quedé con los dedos negros de grasa y un orgullo recién nacido.
—Gracias —dijo Marina—. Te has
ganado un paseo.
Salimos de la plaza sin hablar mucho, como si ya nos conociéramos de antes. Bajamos por la calleja que daba al rio Valdeginate; cruzamos el puente de
piedras, pasamos junto a un corral con ovejas que se apartaron con respeto y
llegamos al camino que bordea el canal. El aire olía a albahaca y a
paja caliente. Se oía el canto de las chicharras.
—¿En Pamplona hay mar?
—preguntó Lola de pronto, ganándome una rueda.
—Hay sanfermines —respondí, y
la tarde se llenó de preguntas: que si los toros eran de
verdad, que si me dejaban salir por la noche, que si en la ciudad había chicas con
el pelo azul.
—Las de aquí lo tenemos
castaño —dijo Marina, apartándose un mechón con el dorso de la mano—. Castaño y
sudado.
No sé si fue el sol o su modo
de decir “aquí”, pero esa palabra no se me fue de la cabeza en toda la tarde.
Paramos cerca del puente que hay cerca de Fuentes. Celia sacó de su cestita una botella
de gaseosa con La Casera en letras rojas y un chasquido que todavía hoy me
quita años al recordarlo. Bebimos a morro, sin ascos de pueblo, pasando la botella de mano en
mano como si en el fondo llevara una promesa. Marina se sentó en el pretil y
metió los pies en el agua. Me miró —creo— por primera vez como si me viera.
—¿Te vas a quedar todo el
verano? —preguntó.
—Creo que sí —dije—. Mis
padres dicen que aquí duermo y como mejor.
—Aquí se sueña de otra manera
—dijo ella, y se quedó mirando al agua.
A la hora de la siesta el pueblo se cerró sobre sí mismo. Los postigos bajaron uno detrás de otro, y
en la plaza el polvo se emparejó con el silencio. Nosotros nos refugiamos bajo
el soportal de la iglesia de Santa María.
Hicimos competencias de escupir cáscaras de pipa, reímos por debajo, contamos
leyendas sobre brujas y de un pozo que no era pozo sino portal, y de repente el
tiempo se puso a andar más despacio, como si quisiera eternizar el momento.
En la verbena de San Agustín,
la cuerda de bombillas colgaba de lado a lado de la plaza. El conjunto tocaba
rancheras y pasodobles; las madres vigilaban
desde la fila de sillas, los padres hablaban con los brazos cruzados y una
cerveza tibia en la mano. Yo no sabía bailar, pero Marina me puso las manos donde había
que ponerlas: una en su cintura, la otra a la altura del vuelo. Nos movimos
poco, lo justo para que el mundo no notara que se nos había encogido a dos
metros cuadrados de tierra y música.
—Así —me dijo—. No pises.
Siente.
Sentí. El primer beso llegó
sin estridencias, detrás del frontón, con el ladrillo caliente en la espalda y
el ruido salvaje de nuestros propios corazones haciéndonos de orquesta. No hubo
fuegos artificiales: hubo una certeza sencilla, la sensación de que algo, por fin, empezaba. Celia y Lola
nos encontraron y nos dejaron seguir, con una carcajada que tenía mucho de complicidad.
Marina tenía una manera de
morderse el labio cuando no estaba segura de algo. Yo aprendí a leerle ese gesto y sabía lo que significaba. No hablamos de futuro; no sabíamos hablar
de lo que todavía no tenía nombre. Nos bastó con ocupar el presente
con cuidado, sin pensar mucho en lo que vendría después.
El verano fue pasando despacio. En el canal jugábamos a saltarnos el reflejo del
sol; en la era aprendí a trillar con el cuerpo —uno aprende cosas así cuando
nadie te mira—; los atardeceres traían una frescura que nos regalaba media hora
de palabras de más. Hubo celos pequeños, de juego: que si Marina hablaba con un
primo de Valladolid, que si a mí me miró la del kiosco. Pero los celos, a esa
edad, se curan con un helado y una carrera hasta el palomar más cercano.
La noche antes de volver a
Pamplona, mi madre me hizo una cena especial que disfrute con el abuelo. Chorizo en rodajas,
queso, pan y melón frío. Yo masticaba el pan como si se me fuera a escapar algo
por el paladar. Marina me había citado en el sitio de siempre, el recodo del
canal, después de los platos, antes del café. Salí nervioso, con el corazón en un puño.
—El verano que viene volverás
—dijo, no como pregunta.
—Sí —mentí, o no.
—La ciudad te cambia —dijo—.
Vuelve como te dé la gana, pero vuelve.
Le di un beso que sabía a
gaseosa y tarde, a pipa de sal y a la piel del hombro caliente. Ella me dejó
guardarme una cinta de su diadema entre los dedos, un talismán de nada que guardé como un tesoro. Nos reímos de nada y de todo y nos fuimos cada uno por su
calle, sin mirar atrás, sin decirnos adiós del todo.
Al amanecer, la carretera de Autillo a Fuentes
nos recibió igual que a la ida. En el retrovisor, las cigüeñas seguían en sus nidos, los palomares quietos. Mi
madre preguntó si me había gustado el verano; yo dije que sí, como se dice una
palabra grande por primera vez sin que se te note.
En Pamplona, el tráfico, los
amigos de barrio, el primer curso del instituto con su olor a goma y
tiza, y la primera lluvia de otoño me sumergieron en la rutina. La cinta de Marina la guardé en el billetero durante años. A veces, en el
autobús, la tocaba con los dedos y volvía todo de golpe: el
cansancio feliz de un baile mal bailado, el calor de una piedra, el metal de
una cadena que encaja, el charco de sombra bajo la bombilla de la verbena.
Volví a Fuentes más veces.
Ella estaba algunas, otras ya no; el mundo seguía su curso. Las bicis seguían bajando por la calle con risas de bandada. Yo
aprendí a bailar mejor —no mucho— y a mirar menos el suelo. Supe, con los años,
que no era Marina sólo quien me había besado aquella noche, sino la llanura
entera, con su modo antiguo de decirte las cosas sin apretar. Y supe, sobre
todo, que el primer amor de verano no se olvida nunca.
Aún hoy, cuando una carretera
recta me aprieta el pecho y el sol se sienta en el capó, me vuelve una curva de
polvo en la boca: la de Fuentes a Autillo a la hora en que el calor afloja, el mundo se
calla y, a lo lejos, tres bicis BH anuncian —con campanillas y piernas morenas—
que, sin saberlo, estás entrando en la adolescencia como se entra en el río:
poco a poco, hasta el cuello, y de pronto, entero.
La otra orilla del tiempo
Si pudiera volver atrás, si pudiera rehacer mi pasado. Cuántas veces me levantaba cada mañana repitiéndome la misma cantinela. Por mucho empeño que pusiera, por mayor esfuerzo que hiciera en no cometer una y otra vez los mismos errores, al cabo del tiempo me arrepentía de lo hecho y volvía, una y otra vez, a decirme: “Esto dije, esto no debí decir; aquello no hice, aquello debí hacer”.
Pero era imposible volver atrás. El tiempo había teñido de vetas blancas mis sienes, como si quisiera adelantar el invierno de mi vida: un declive lento, más mental que físico —apenas tenía treinta y cinco años— que me sumía en una soledad sin ruido y en una apatía de agua estancada.
Algunas noches me despertaba con la sensación de estar viviendo un largo, angustioso, interminable sueño, sin principio ni fin; un sueño en el que se agitaban, como sombras gigantes, mis temores y mis miedos, sin darme cuenta, tal vez, de que —como en las sombras chinescas— a menudo es mayor el reflejo que vemos en la pared, a la luz de una vela vacilante, que el pequeño objeto que lo proyecta.
Obsesionado con revivir mi pasado, volqué todos mis esfuerzos, mentales y físicos, en ese propósito. Quise creer que, como en ciertas historias de fantasía y ciencia ficción que había devorado desde niño, todo era posible.
“Nuestras acciones —me repetía—, e incluso la ausencia de ellas, generan diferentes líneas vitales paralelas que coexisten en planos contiguos pero impenetrables entre ellos. En alguno de esos pliegues habrá un individuo igual que yo que logró enamorar a la mujer de mis sueños; otro —o el mismo con mayor fortuna— eligió otra ocupación y triunfó. Hay actos determinantes capaces de desviar el cauce del río, de abrir vidas paralelas. Si pudiera atravesar la realidad y mirar qué habría sido si…”
Los pensamientos cruzaban cada vez más hondos e insistentes. En el fondo, todo se reducía a una elección mal hecha; a mi elección; a la infelicidad que de ella pendía.
No hallé ninguna puerta física que llevara a ese otro lado. Así que decidí entrar por donde el mundo se ablanda: los sueños.
La disciplina de la noche
Leí manuales de “sueño lúcido” con el fervor de un converso: higiene del sueño, rituales previos, alarmas en mitad de la noche, diarios en la mesilla, ejercicios de visualización. Me acostaba con la habitación en penumbra y, antes de cerrar los ojos, repetía un pequeño conjuro aprendido en un libro barato: “Cuando vea mis manos en el sueño, sabré qué sueño”.
Pronto llegaron las primeras señales: el leve tirón en el estómago previo a la caída, la puerta que no conducía a la cocina sino a un pasillo con espejos, el reloj que marcaba horas imposibles. Y, con ellas, el primer regreso: la tarde de la fiesta de graduación.
El salón volvía a encenderse con luz de naranja y humo. La orquesta probaba un lento indeciso. Yo estaba sentado junto a la ventana, girando con los dedos el vaso alto del cubata, fingiendo que miraba la calle, mirándola a ella de reojo. Temía el ridículo como se teme una fiebre: más por la previsión de padecerla que por su daño real. Entonces apareció él —“el maromo”, lo llamé siempre, porque no supe aprender su nombre— y le pidió bailar. Un lento, lentísimo. Se perdieron en el rincón más oscuro. Yo seguí girando el vaso hasta gastarle la banda de sudor.
En el sueño, me levanté. Puse el vaso en la mesa. Caminé hacia ella, pero no para interrumpir el baile ni para disputársela a nadie, sino para llegar a ese instante posterior en que regresaba a la mesa, se quedaba un momento sola a mi lado y la noche, por una vez, me dejaba sin excusa. “Tengo que decirte algo”, logré pronunciar. Nunca sabré si ella me oyó o el sueño cambió de escena para no humillarme. Desperté con el corazón en la boca y una frase en la garganta que no había sabido decir en veinte años.
La segunda noche fue distinta. La música volvió a caer en alfombra, pero ahora el salón olía al mismo perfume que ella llevaba entonces —jazmín y un alcohol barato— y el hielo del vaso tenía el mismo crujido. Supe que no era un simple sueño: mis sentidos estaban calibrados con el recuerdo, como si mi mente realmente hubiese viajado a un sitio remoto donde pasado y deseo comparten mesa. Extendí la mano; ella sonrió, no como quien acepta un baile, sino como quien intuye por fin una verdad largamente demorada. La orquesta dejó de ser un rumor —por una vez— para tocar la melodía exacta. Hablé. O empecé a hablar. No recuerdo las palabras exactas, sólo la sensación de haber roto al fin el dique del silencio. Desperté con la música en el oído y, sobre la mesilla, un detalle imposible: una horquilla dorada, con dos dientes torcidos.
La sostuve entre los dedos con un respeto ridículo. La metí en el cajón. No se desvaneció con la mañana. El mundo, obediente a su lógica, no se desplomó: era una horquilla, nada más. Pero para mí fue un acta notarial. Volví a acostarme con la avidez del niño que encuentra la llave del desván.
Cartografía de lo onírico
El mundo de los sueños es una región vasta aún sin mapa, de orografía caprichosa: tierras oscuras y pantanosas donde la voluntad se hunde; sierras súbitas que obligan a trepar para no olvidar; nieblas donde no se sabe dónde empieza el río y termina el campo; y criaturas que cambian de bando: ángeles que, al doblar la esquina, resultan demonios domésticos; monstruos que, al encender la luz, son percheros. Aprendí a orientarme con tres reglas: no mirar dos veces el mismo reloj, no entrar en habitaciones sin ventana, no pronunciar nombres en voz alta.
Noche tras noche fui perfeccionando el regreso. Ajustaba la hora como quien sintoniza una radio vieja, corregía la distancia con la precisión del que vuelve a un banco público y lo encuentra ocupado por otros. A veces el sueño me traicionaba y, cuando creía volver a la fiesta, me devolvía al pasillo del instituto o al portal de su casa o a la mañana del examen de literatura que improvisé con descaro; otras, me concedía el milagro: poder decir “no te vayas” justo cuando ella recogía el bolso; poder confesar que tenía miedo; poder escuchar que ella también había esperado, alguna vez, una palabra que nunca llegó.
De día me convertí en un oficiante silencioso: libreta de sueños, dibujos torpes de plantas de edificios que sólo existen en el mundo onírico. Lo apuntaba todo: letras de canciones, marcas de suelo, el color del mantel. Empecé a traer pruebas: un ticket amarillento con el nombre del local que cerró al año siguiente, un alfiler de corbata que jamás compré, un azúcar en sobre con la fecha impresa en violeta y una errata.
La realidad, a cambio, comenzó a ofrecerme grietas. En el trabajo dije “nos vemos mañana” a un compañero que llevaba dos años trasladado de mi departamento. En la calle saludé a un vecino que no recordaba haber conocido. Me descubrí tarareando una canción que no había sido publicada aún. La horquilla, sin embargo, seguía en el cajón: la tocaba algunas noches para saber que no me había vuelto loco.
La otra orilla
Quise ir más lejos: no sólo corregir un gesto, sino explorar los mundos paralelos de los que me hablaba en voz baja. Preparé mi cerebro con una obstinación casi cruel: ayuno de pantallas, música repetitiva, té ligero, una lista de preguntas debajo de la almohada. Me dormí con la mente como una brújula enrabietada.
La tercera vuelta al salón de la graduación no fue igual. Las paredes respiraban; las lámparas parpadeaban con una luz más fría; ella llevaba, ahora, el pelo suelto, sin horquilla. Cuando me acerqué, se apartó un poco, no con miedo, sino con la cortesía de quien no quiere engaños. “Hoy no —dijo—. Hoy no soy yo.” Detrás de su voz parecía hablar alguien más; o la suma de todas sus voces en todas mis líneas. El maromo, sin nombre, me miró con la cara en blanco y una mueca prestada. El sueño, por primera vez, me dio miedo. Desperté con un ardor en el pecho y un sabor metálico en la lengua.
A la noche siguiente me prometí quedarme en la orilla: mirar sin corregir, aceptar. El sueño, cruel como un buen maestro, me llevó a una escena que no había deseado: la tarde en que mi padre llamó a mi casa para decirme “me preocupa un dolor”. Yo —el de entonces— no cogí el teléfono. En el sueño pude cogerlo. Cogí. Hablé. Le escuché. Al despertar, lloré con un alivio agrio, como el de los que llegan tarde a todo. En el jersey, a la altura del hombro, encontré un pelo cano adherido a la lana. Lo recogí con la punta de los dedos. No supe qué hacer con él.
Empecé a sospechar lo que no quería oír: que el sueño no era un cine a la carta, sino un puente; y que los peajes, aunque discretos, existían. Dormía mejor —o peor— que nunca. De día iba perdiendo pequeñas islas: una receta de tortilla que hacía sin pensar; una dirección antigua que siempre recordé; el segundo apellido de un amigo de infancia; la manera exacta de atarme los cordones con un gesto aprendido de mi madre. Ganaba, sí, una calma rara; perdía, sin querer, piezas del puzzle.
Última sesión
La noche decisiva volvía a ser la de la graduación. Lloviznaba bajo techo. La música caía a plomo, a cámara lenta. Todo replicaba el original como si la memoria, por fin, hubiera pulido su espejo. Me acerqué a ella sin ansiedad ni grandilocuencia. Me vio venir y, por primera vez en veinte años, me sostuvo la mirada sin ironía.
—¿Sabes? —le dije—. He venido muchas veces.
—Lo sé —contestó—. Yo también te he esperado muchas veces.
Entonces ocurrió lo que jamás había ocurrido: el sueño dejó de ser sueño. Sentí el calor de su mano con grado exacto; la aspereza de la etiqueta mal cortada en mi camisa; la nota desafinada del trombón. “Vivir de nuevo”, pensé, sin atreverme a cerrar los ojos por miedo a apagarlo.
No era el baile lo que había venido a salvar. Ni siquiera aquella humillación antigua de verla en brazos de otro. Era ese instante posterior, pequeño y decisivo, en que ella estaba a mi lado y la vida me exigía una sola prueba de valor. La miré y dije, al fin, lo único que importaba:
—He venido muchas veces para decirte lo que no supe entonces. Que te quería. Que te he llevado conmigo todos estos años como se lleva una frase no dicha. No quería volver para cambiar un baile, sino para no callarme otra vez.
Cuando terminó de escucharme, ella sacó del bolso una servilleta con un teléfono que ya no existe. “Llámame mañana”, dijo. “Mañana sí.” Guardé la servilleta en el bolsillo interior de la americana con el gesto de quien ha recibido el breve santo de la vida.
Desperté con el corazón sereno. Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta —la real— y allí estaba: una servilleta doblada dos veces, con un perfume de jazmín y tinta corrida; y un número de siete cifras que no correspondía a ningún prefijo actual. La apoyé en la mesa como prueba y reliquia.
Intenté llamarla, por supuesto. La voz automática contestó que aquel número no existía. El papel, en mi mano, olía aún a la fiesta.
Epílogo: la vía
No supe nunca que había otra vía —me digo a veces—. O quizá sí lo supe y no quise nombrarla: la muerte. Los viejos místicos del desierto hablaban de sueños verdaderos como de pequeños ensayos; los físicos de hoy murmuran que, en un universo infinito, todo ocurre y nos ocurre, repetido y variado, como el burro que no cesa de girar en la noria. Lo que haya de ser será; lo que pueda ser, será. A mí me bastó, -me basta-, este ir y venir por la cuerda floja de la noche, con la servilleta en el bolsillo y la horquilla en el cajón, sabiendo que el puente no es autopista, que traer una prueba no cambia el mundo, que quizá lo único que cambia es mi manera de habitarlo.
Desde entonces, cuando me asalta la cantinela matinal del “si pudiera”, preparo té, abro la ventana y me siento a escribir los sueños con letra lenta, como se copian salmos en un claustro. Algunas veces vuelvo —no tantas—; otras dejo pasar el tren. Me repito, por higiene: no todo se repara; no todo se repite; no todo conviene.
Y, sin embargo, cada cierto tiempo, de madrugada, oigo sonar muy lejos la canción de aquel lento. Entonces cierro los ojos, pongo las manos frente a mi cara —como me enseñé—, reconozco que sueño, y cruzo. No para cambiar el pasado, no para atraparlo, sino para rozar su gracia y regresar con una brizna nueva de aceptación. Con eso —lo juro— el invierno del pelo se vuelve menos temprano, y la vida, sin "reset", se deja vivir como si estrenara mesa y mantel.
La servilleta sigue en su sitio. Nadie la ha visto. Nadie me creería. Yo tampoco me lo creería si no fuera por el perfume obstinado, por el siete torcido de un número que ya no existe y por esta certeza mansa: a veces el sueño no corrige la vida; la reconcilia. Y eso, quizá, era lo único que yo andaba buscando cuando empecé a decirme, al despertar: si pudiera volver atrás… y, al acostarme, en voz más baja: esta noche, con cuidado.
Juegos
—¿Qué es esto? ¿De dónde lo
has sacado?
El anillo brillaba bajo la luz
mortecina de la lamparilla. En la mano húmeda y temblorosa de su madre, el
dorado destello parecía un reproche. Richar sintió que todo se derrumbaba de
golpe.
Ella lo miró fijamente, con
el ceño fruncido, los labios apretados y el rostro enrojecido, no ya por la
obesidad o la mala circulación, sino por la rabia. Llevaba años soportando las
habladurías, los cuchicheos de las vecinas sobre las malas compañías de su hijo. No quería creerlo, pero sabía que había
verdad en cada rumor.
—Este anillo no es tuyo. ¿De
quién es? ¿A quién se lo habéis quitado? ¡No me mientas!
Richar bajó la cabeza. El
silencio le pesaba como una piedra en el pecho. Pensaba en la noche anterior,
en lo que no podía contar, en ese momento que se le antojaba ya remoto pero que
lo había cambiado todo. Inventar era más fácil: diría que lo había encontrado
junto al campo de fútbol, que Rafa se lo había dado para guardarlo.
Cualquier cosa antes de revelar lo que de verdad había pasado.
Su madre esperaba. Recordaba
los episodios del verano anterior, cuando tuvo que devolver a otras madres
relojes y monedas, tragándose la vergüenza, disculpándose delante de desconocidas.
Recordaba la humillación de enfrentarse al padre de Richar, su marido, cuando
este se enteró. Él sí levantaba la mano, y ella había tenido que callar.
Aquella noche aún le dolía más que los golpes: la certeza de que su hijo, tan
pequeño, ya caminaba por una senda torcida.
—Te lo juro que lo encontré
—dijo Richar con voz temblorosa—. Esta vez no miento, mamá. Fue junto a las
escuelas, te lo prometo.
Cada palabra la acompañaba con
un movimiento de cabeza, casi suplicante. Había algo en su tono que no sonaba a
simple mentira: una angustia verdadera, un miedo que traspasaba el papel de
hijo travieso y lo mostraba como un niño acorralado.
La madre lo observó largo
rato, hasta que, agotada, se retiró con el anillo aún en la mano. Murmuró
palabras que ni ella misma entendió. No estaba convencida, pero tampoco tenía
fuerzas para seguir. Temía lo que sucedería cuando llegara su
marido: a él Richar no podría ocultarle nada, la correa del cinturón hacía maravillas.
Durante la comida reinó un
silencio pesado. Richar apenas probaba bocado, y ella masticaba con
dificultad, con la mente enredada entre la desconfianza y la esperanza de estar
equivocada. La radio llenaba la estancia con música y luego se inició el noticiero local.
Hasta que la voz del locutor quebró la calma:
—Se ruega colaboración
ciudadana. Falta de su domicilio el niño F.P.D. de nueve años de edad…en el barrio de.... Vestía pantalón corto azul y camisa blanca…
Richar dejó el tenedor sobre
el plato. Sintió cómo el sudor le corría por la nuca. La madre, inmóvil, apretó
el anillo dentro de su puño cerrado hasta hacerse daño.
Ambos entendieron. Ninguno
pronunció palabra.
La comida se quedó fría.
Afuera, en la calle, ladraba un perro, y dentro, el silencio se convirtió en un pacto de
miedo. Porque los juegos de los niños, lo sabían ya los dos, a veces terminan
en tragedia.
2. Los juegos
Los niños del barrio no están locos ni son demonios. Son niños: fuman valentía en papel de estraza, prueban límites como quien prueba el filo de una navaja. Richar, Juan Carlos, Rafa, Alberto, Manolo: nombres que se gritan de esquina a tapia, que dejan en los labios el sabor de la hierba mordida.
Roban manzanas en el huerto de doña Elvira: uno vigila, dos sacuden, otro recoge. En las escuelas sueltan el aire de las ruedas de las bicicletas, cambian cromos, patean una pelota descosida. Se miden con las bandas vecinas a pedradas mal medidas; algún cristal paga la fiesta. Tocan timbres y corren; dejan trapos en barandillas; mean en el interior de los portales como si la ciudad fuera un mapa de retos. Con las chicas ensayan otra valentía: correr tras ellas en el descampado, rozarlas, a veces algo más, pedir un cigarrillo, mirar demasiado y no saber qué hacer con los ojos cuando se ríen.
Y está él: el niño nuevo. Se
llama Fernando Pérez Dopico, pero alguien —Juan Carlos, siempre— decide una mañana llamarlo
Corki, palabra traída de no se sabe dónde que suena a golpe y a risa. Otras veces jugando con su apellido le llaman "perezoso" o "topico" (de topo) haciendo un cruel juego con sus apellidos. Corki:
gordito, blandito, torpe para el balón, con un abrigo heredado y la costumbre
de pedir permiso para entrar en juegos ya empezados. El mote se le pega a uno como barro
seco.
Empiezan con pequeñas cosas:
quitarle el bocadillo y devolvérselo mordido, esconderle el estuche en clase, empujarle
en la fila, cantarle al oído “Corki”, darle capones en la nuca cuando escribe lento.
Fernando sonríe con torpeza, como se sonríe a los adultos cuando cuentan chistes
que no se entienden. “No pasa nada”, dice. Y no pasa. Todavía.
Luego vienen los desplantes
calculados: “a ver, Corki, corre por los columpios, que eres el conejo”,
“Corki, sujétame la mochila”, “Corki, cruza el patio con los ojos cerrados”. A
cada reto, un círculo de niños; a cada risa, un poco menos de alguien.
Richar no es líder ni santo.
Va detrás, copia la risa, repite la frase una octava más baja. Sabe que está
mal. Sabe, sobre todo, que es fácil seguir la corriente.
3. La casa quemada
Atardecía cuando Rafa habló de la prueba en el patio de las Escuelas. La casa quemada era leyenda:
cuatro paredes ahumadas al borde del campo, cerca de los Mogotes, una chimenea sola, un pozo a ras de
suelo cubierto con tablas mal puestas, desiguales, bailonas, que apenas tapaban
el hueco. Los mayores decían “no entréis”; los niños por aquello de llevar la contraria y jugar con el peligro entraban desde siempre.
—Hoy toca prueba —anunció Rafa, como un entrenador.
—¿A quién? —preguntó Alberto,
aunque todos miraron al mismo sitio.
Fernandito. Corki. Con su bolso de deportes donde lleva los libros
—Es fácil —mintió Rafa—. Entrar, pisar las tablas del pozo y salir. Dos minutos. El que lo
hace, se queda en el grupo. El que no…
El cielo olía a verano y a vacaciones próximas. Las sombras se alargaban como cuerdas. Un perro ladró dos veces.
A la salida, alcanzaron a
Fernando.
—¿Te vienes a jugar? —preguntó
Richar, con la voz prestada.
Los ojos de Fernando brillaron
como cuando sabe una respuesta y nadie se la pregunta.
—¿De verdad?
—De verdad.
Siguieron el camino de
tierra. La casa quemada apareció como un castillo pobre cerca de las vías del tren. Rafa explicó
las reglas: nadie entra con él, nadie enciende fósforos, nadie se echa atrás.
—¿Y si me da miedo? —preguntó
Fernando
—Si te da miedo, te aguantas
—dijo Rafa, encogiéndose de hombros.
No le vendaron los ojos. “Para
que veas que no pasa nada”, dijo Juan Carlos. La crueldad, cuando aprende a caminar,
ya no necesita vendas.
Fernando avanzó con las manos por
delante, tanteando el aire. Dentro olía a humo viejo y a madera mojada. El
suelo crujía a capricho. Llegó al pozo. Las tablas —tres, desiguales— lo
cubrían a medias: un parche de madera sobre un agujero negro.
—¿Así? —dijo, y puso el pie
suave sobre la primera.
—Más —ordenó Rafa desde
la sombra—. En medio. Si aguantan, vale.
Fernando dudó. Miró atrás. Vio
ojos cerca. Risas. Vio a Richar, que pudo decir basta y no dijo nada. Puso el pie en
medio. La tabla gemela se levantó un dedo. El hueco respiró. Nadie entendió
bien quién apretó primero ni cómo bastan dos dedos para mover un centro de
gravedad. Hubo un empujón mínimo, una broma que buscaba un grito y encontró un golpe.
Las tablas bailaron un palmo.
El cuerpo de Fernando osciló como un saco pesado y cayó al pozo.
El ruido fue un ahogo súbito,
lejos, abajo. Luego, silencio.
—¡Eh! —gritó Richar—. ¡Corki!
—Shhh —dijo Rafa, con
una autoridad que no conocía su edad.
—Hay que sacarlo —dijo Juan Carlos pero lo dijo para adentro.
—Nos van a pillar —contestó
Alberto.
—Nos van a matar —dijo Manolo.
—Nadie sabe que estamos aquí
—sentenció Rafa, y la frase pesó más que el miedo.
Miraron el hueco. Las tablas se habían recolocado torcidas, dejando un claro negro en el medio. Del fondo subió un olor a agua vieja y a piedra. Nadie se atrevió a apartarlas del todo. Nadie gritó. Todos corrieron del lugar como alma que lleva el diablo. Se fueron. Como se huye de una cosa recién nacida a la que uno ha ayudado a nacer sin querer.
4. Pactos, radios y anillos
Esa noche, el barrio se acostó
con las puertas entreabiertas. Alguna madre llamó más veces de lo habitual. La
pandilla se disolvió entre sombras, camino de casa, con el corazón gorjeando en la
boca. Rafa sentenció: “Nadie cuenta nada”. Y todos entendieron la gramática
del pacto.
A la hora de la cena, la radio
trajó la frase que ataba la historia:
“Falta de su domicilio el
menor F.P.D., de nueve años…”
Richar dejó la cuchara en el
plato. El anillo quemó en el bolsillo, como si tuviera sangre. Recordó el tirón
en la muñeca de Fernando cuando, días antes, se lo había arrebatado en un juego de
manos y bromas. Recordó el “dámelo” sin fuerza. Recordó no devolverlo. Recordó
el brillo bajo la lamparilla. Recordó, sobre todo, que el anillo llevaba
iniciales que ahora la radio deletreaba en su cabeza.
La madre de Richar recogió
los platos en silencio. No preguntó más por el anillo. A veces, las madres
sostienen el mundo por no preguntar.
Pasaron horas largas. Richar soñó con tablas que se abrían y se cerraban como
párpados. A la mañana, corrieron rumores: habían encontrado el bolso de deportes junto al campo de futbol; decían que alguien lo había visto cerca de las vías del tren, junto a un grupo de chicos; otros decían que no.
El tercer día, al amanecer, un guarda de campo ayudado de un par de policías municipales merodearon por el lugar.
Y encontraron el cuerpo de Fernandito. Lo sacaron con cuerdas. Hubo sirenas. Hubo mantas. Hubo insultos sin
dueño lanzados al aire. Hubo la palabra “accidente” en los papeles. Hubo “no se sabe”.
Hubo “se investigará”.
Nadie dijo pozo. Nadie dijo
tablas. Nadie dijo empujón. Era el pacto.
En la escuela se rezó lo que
se reza. En la tienda del barrio se murmuró lo que se murmura. La señora Remigia dijo: “Los
juegos se llevan lo suyo”, y nadie se atrevió a pedirle precisión.
Richar pasó el día como quien
va por un pasillo estrecho cargando un jarrón. Al atardecer salió con el anillo
en la mano. Caminó al regacho por la vereda del campo de fútbol. La casa
quemada respiraba. Se asomó al agua turbia del pozo y abrió los dedos. El anillo dio una
vuelta y desapareció sin ruido, como si volviera al lugar del que nunca debió
salir. No sintió alivio. Sintió hueco.
5. Lo que queda
Durante semanas, el barrio
respiró a medias. La gente hablaba de accidente. Los chicos, de otra cosa. La
palabra Corki se borró de las bocas como se borra una blasfemia delante de un
cura. En los recreos, la risa supo menos. En la casa quemada, un vecino —de
oficio albañil— fue por su cuenta y clavó tablones nuevos sobre el pozo. Nadie
se lo pidió. Nadie se lo agradeció en voz alta.
El pacto se mantuvo. No por
valentía, sino por pánico. Alberto dejó de mirar a los ojos. Manolo caminó un mes
sin chulería. Juan Carlos cambió de acera al cruzarse con la madre de Fernandito y se
pellizcó los muslos por no llorar. Rafa endureció algo por dentro y
ningún verano le quitó ya ese gesto.
Richar empezó a tener la boca
ardiéndole cada vez que oía “tonto” en un patio. No siempre habló; a veces
llegó tarde. A veces llegó. Un día, en clase, paró un capón que iba para otro:
puso la mano en el aire y dijo basta con una voz firme que no sabía que era
suya. No cambió el mundo; cambió esa mañana.
Los años pasaron. Algunos
contaron la historia como se cuenta un calambre: breve, tensa, con una mueca.
Dijeron “éramos chavales”. Dijeron “un juego”. Dijeron “se nos fue”. Nadie supo
encontrar palabra que sirviera para dejar a Fernando en su sitio.
En ciertas tardes, cuando el
sol cae por la esquina del campo y la casa quemada vuelve a respirar, alguien
cree ver en el suelo un brillo pequeño, un círculo que late y que no es vidrio.
Nadie se agacha. Los mayores aprendieron a no remover el fondo de las cosas.
Los niños nuevos pasan en bicicleta y no saben.
La radio ya no tiene aquel
locutor, pero a veces, muy de noche, parece oírse en todas las cocinas la misma
frase:
“Falta de su domicilio el
niño…”
Entonces, sin saber por qué,
alguna madre apaga la lamparilla y abre la ventana, como si el aire, entrando,
pudiera corregir el brillo de un anillo que ya no está. Y algún chaval, en otra
casa, se guarda en el bolsillo una canica que no es suya, y no sabe todavía que
hay juegos que no se juegan, porque una vez —aquí— pisaron unas tablas y
alguien cayó.
Lo terrible no fue el golpe ni
la sirena; lo terrible fue la risa antes del golpe, la facilidad con que todas
las manos se vuelven una. Y que, cuando el juego se va de las manos, la mano de
nadie sea, en realidad, la de todos.
El súcubo de la Nava
Me senté en el talud y cerré
los ojos un segundo. Bastó. La llanura entera se me acostó al lado: el trigo
rozándome las piernas, el canal respirando, la grava fría recordándome el
cuerpo. Y ella llegó sin hacer ruido, como llega el calor a la yema de los
dedos.
—Has tardado —susurró.
La voz fue una lengua tibia en
el oído. No la miré aún. Empecé por olerla: almendra, heno recién volteado, una
sombra de humo dulce. Noté su aliento en la mejilla, los cabellos —o el viento—
rozándome la boca. Una mano fría se posó en mi muñeca. No apretó: pesó. El
pulso me cambió el compás, y la noche entera se sincronizó a esa métrica lenta.
—No quería venir —mentí, y me
tembló la mentira en los labios.
—No venís —rió—: os traemos.
Se acostó a mi flanco con esa
habilidad que tienen los cuerpos que conocen el cuerpo ajeno antes del primero
roce. No hubo prisa. Me desvistió sin dedos: con aire, con boca, con silencio.
El tejido de la camiseta se me pegó a los pezones y de pronto sobró; el
cinturón dejó de existir; la tela me obedeció como obedecen las cosas cuando se
las pronuncia por su nombre. Su mano siguió en la muñeca, marcando tiempos:
ahora; todavía; ya.
El primer contacto fue con el
trigo: una barba de espiga abrió un surco mínimo en la rodilla; ese ardor
despertó otros. Luego vino su muslo, frío de sombra, deslizándose hasta
encontrar mi calor. Me lamió la clavícula con una paciencia antigua, subiendo y
bajando como quien prueba el punto de una mermelada. La lengua se le volvió
palabra:
—Así.
Le hice caso. Abrí donde
pidió, cerré donde enseñó, aflojé el cuello para que su aliento entrara hasta
el fondo. Me tomó despacio, con una boca que sabía de agua y miga, de saliva y
espera. El zumbido del transformador se volvió quejido y succión; el canal, un
gemido largo. Yo enterré los dedos en el polvo y la sentí sonreír con mi
temblor. Subió la mano por el pecho, me contó las costillas, jugó con el hueso
de la cadera, bajó a recoger lo que ya era suyo.
—Mírame —dijo.
Obedecí. No vi un rostro fijo,
sino todos los que alguna vez deseé y no me atreví a nombrar. Boca húmeda, ojos
que se cierran a mitad de sonrisa, pómulo que pide mordisco. Era ella y otras,
era la suma y la resta, y la constante era el apetito. Me montó lenta,
acomodándose como quien se sienta en un hombro conocido. El primer encaje fue
un ah que nos pertenecía a los dos. Me miró desde arriba con esa soberbia
blanda de quien sabe conducir sin manos. Yo levanté la cadera y la llanura
entera se curvó conmigo.
No hubo urgencia: hubo
mandato. Se movió en círculos pequeños, midiendo la profundidad, cambiando de
eje, subiendo, bajando, apretándome la muñeca para marcar cada golpe. El trigo
aplaudía en seco; una cigarra equivocada decidió ser metronomo. La piel se nos
volvió fruta en julio: tensa, jugosa, a punto. Se inclinó, me llenó la boca de
almendra, me dijo mi nombre como si fuera una grosería dulce. Cuando el ritmo
pidió más, apretó: ahora. La agarré por el lomo y el mundo perdió la educación.
—No pares —ordené, y obedeció
con una fidelidad que dolía.
Se dejó caer, se levantó, me
hizo suyo una y otra vez, hasta que ya no hubo borde posible entre su calor y
el mío. El orgasmo nos encontró de costado, con las manos trabadas y el canal
diciendo sí en su idioma de hierro. Nos rompimos con gusto, sin pudor, y la
noche tardó en volver del todo.
Quedamos tendidos, sudor y
polvo, con el cielo negro clavado a dos dedos de la cara. Me besó en el hueso
de la mandíbula, un beso agradecido y codicioso a la vez. Su mano volvió a mi
muñeca y me bajó las revoluciones como baja el barquero la palanca de la
esclusa.
—¿Quién eres? —repetí, ya sin
fuerza para la mentira.
—La sed cuando no bebes
—dijo—. La que se marcha si amas.
—¿Y si no amo?
—Entonces vuelvo.
Se incorporó. El frío que dejó
su ausencia fue un recuerdo, no una queja. Me pasó los dedos por la frente,
recogió el sudor como si fuese suyo, me lo llevó a la boca. Sabía a trigo y a
sal. Cerré los ojos un instante. Cuando los abrí, sólo quedaban juncos y un
perfume como una firma.
Volví al pueblo andando con la
ropa desordenada y la piel bien puesta. La plaza yacía: tres sillas solas, una
puerta entreabierta, el pan de mañana esperando horno. Mi madre, al verme, olió
el aire sin acercarse. Hervió agua, me dejó pan y manteca. No preguntó. Las
mujeres de Tierra de Campos no lanzan piedras a la noche si la noche ha hecho
su trabajo.
La segunda vez nos encontramos
de pie, junto al silo. El viento me subió la camisa y ella aprovechó el hueco.
Un dedo frío me hizo sitio en la espalda; la lengua se entretuvo de nuevo en
ese hueco donde el deseo y el susto son el mismo músculo. Me tomó contra la
pared, con una crueldad dulce que me arrancó sílabas que no sabía que tenían
vocales. El hormigón me raspó los riñones, su boca me corrigió el idioma.
Cuando terminé, acabó ella, rozándome la oreja con un jadeo que me dejó fama de
santo sin serlo.
La tercera vez vino a casa. La
cama crujió como un animal viejo que recuerda su torrera. Se sentó sobre mis
muslos, me abrió con el peso, me subió como si el verano tuviera medida. Me
enseñó a pedir sin hablar. Me enseñó a decir basta con la mano abierta. Me
enseñó a amarme un poco para no invocarla por hambre. Luego se rió, mordió mi
labio inferior, me dejó una sombra violeta de recuerdo y desapareció como
desaparece el viento cuando acaba el turno.
Desde entonces la llanura
tiene otros nombres. El trigo ya no es sólo comida: es piel que me rozó; el
canal ya no es sólo agua: es boca que me bebió; el palomar vencido se inclinó
aquella noche para tapar nuestra falta de vergüenza. Hay madrugadas en que
despierto con la muñeca caliente y sé que anduvo cerca. No siempre la dejo
pasar. No siempre me conviene. Pero cuando huelo almendra, sé que el verano ha
vuelto a poner su mano sobre la mía y que la sed —ése es su otro nombre—
reclama su deuda.
Si algún vecino os cuenta que
en Tierra de Campos se sueña con mujeres que pesan la piel y ordenan el pulso,
no os riáis. Dadle agua, pan, una sombra y una tarde sin oficio. Que camine por
la ronda hasta que el cuerpo le devuelva la métrica propia. Si ama, no volverá
esa noche. Si no, volverá. Y no pasa nada: en la llanura hay sitio para el
trigo y para la sed; para el trabajo y para el sueño; para la paz limpia del
día y para esa otra, más turbia y necesaria, que nos desnuda sin pedir permiso
y, con una mano en la muñeca, nos enseña a decir sí con todo el cuerpo.








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