sábado, 27 de junio de 2026

La última luz

Nos habíamos acostumbrado a creer que la luz formaba parte indisoluble de nuestra existencia, hasta el punto de no concebir la vida sin ella. Estaba ahí, como el aire, como el agua, y teníamos esa confianza infantil de que el mundo, con todas sus grietas y miserias, seguiría funcionando mañana sencillamente porque había funcionado ayer.

El 28 de abril de 2025 ya habíamos recibido un primer aviso. Durante unas horas, España entera se apagó: Pamplona se quedó sin luces, sin semáforos, sin datáfonos ni ascensores, y la gente salió a la calle con una mezcla de susto y de aventura, como si le hubieran regalado una tarde libre. Luego volvió la luz, y precisamente porque volvió, no nos tomamos aquel primer aviso en serio. Hablamos del apagón durante unos días. Circularon memes por WhatsApp, los expertos explicaron la fragilidad del sistema energético con palabras y gráficos —sobretensión, frecuencia, interconexión, oscilación, caída en cascada— y los políticos prometieron explicaciones que casi nadie esperó de verdad, y que cuando finalmente se dieron no resultaron convincentes. Pronto los congeladores volvieron a zumbar, los semáforos recuperaron su rutina y las pantallas regresaron a iluminarnos la cara. Hicimos entonces lo que siempre hacemos cuando el miedo pasa de largo: convencernos de que había sido tan solo un susto y que todo tiene siempre un final feliz.
 
Así fue hasta la segunda vez. Y la segunda vez no fue una avería, aunque eso lo supimos tarde, cuando ya no quedaban periódicos ni boletines digitales ni ruedas de prensa que pudieran seguirse en directo. Lo supimos por fragmentos: una frase oída en una radio de onda corta, una nota escrita por un técnico en la puerta de una subestación, la explicación temblorosa de un profesor de Física que hablaba en una asamblea de barrio. Había sido una llamarada solar, una fulguración monstruosa. Primero llegó la radiación —rayos X y ultravioleta extremo golpeando la parte alta de la atmósfera, cerrando durante horas las comunicaciones de alta frecuencia en la cara iluminada del planeta—; después llegaron las partículas, protones y electrones acelerados casi a la velocidad de la luz, una pedrada invisible contra satélites, sensores y sistemas de navegación; y por último, más lenta pero mucho más pesada, llegó la nube: una eyección de masa coronal, o varias seguidas, como si el Sol hubiera escupido hacia la Tierra una cordillera de plasma imantado.

Aquello tenía precedentes con nombre propio, como el evento Carrington de 1859, cuando las auroras se vieron en latitudes imposibles y las líneas de telégrafo chisporrotearon como si llevaran dentro una tormenta; o el evento Miyake, mucho más violento, ocurrido hace cerca de diez mil años, que dejó su firma en los anillos de los árboles y en el hielo, rastros de una radiación cósmica difícil de imaginar. Nosotros, sin embargo, no entendimos nada de eso el primer día: solo vimos apagarse los escaparates.

Día 1

Fue a media mañana. No hubo trueno ni explosión remota, ningún hongo de fuego sobre el horizonte, ninguna señal digna de una película. Pero el cielo cambió de color, del azul de siempre a un verde que oscilaba entre pliegues rojizos y morados en el cielo.

Al poco tiempo empezaron a sonar chasquidos aquí y allá, secos, en las cajas eléctricas de las fachadas, y un olor a plástico quemado salió de algún portal. En la plaza del Castillo, bajo el quiosco, ardió la subestación; en las casas se sucedían los cortocircuitos y los aparatos morían tras pequeñas explosiones. Yo estaba en la calle Mercaderes, junto a la esquina de la plaza Consistorial, cuando se apagaron los escaparates. Los cables que cruzaban algunas calles en la ciudad empezaron a iluminarse hasta ponerse casi incandescentes; las torres metálicas de los extrarradios parecían rodeadas de una corona violeta, los aisladores brillaban con halos breves y algunos cables, tensos entre poste y poste, vibraban como cuerdas enormes antes de incendiarse, romperse y caer al suelo con estrépito, como un latigazo gigante. En las subestaciones del extrarradio los fogonazos blancos se convertían en llamaradas anaranjadas, y luego se levantaban columnas de humo oscuro y aceitoso por todas partes.

Algunos creyeron estar ante el ataque de una guerra desconocida, declarada sin previo aviso; los más se acordaron del último apagón y supusieron, ingenuamente, que también esta vez habría técnicos trabajando para restablecer el servicio cuanto antes. Los comercios quedaron a medias. Una dependienta se asomó a la puerta con el datáfono en la mano, como si el aparato pudiera explicarle su propia muerte. En una tienda de recuerdos, apagadas las luces, los toros de peluche, los pañuelos rojos, las postales de San Fermín y las camisetas para turistas adquirieron de pronto un aire de almacén abandonado.

Alguien dijo: «Otra vez como en 2025». Y todos entendimos. El antecedente. La tarde en que un país entero descubrió su vulnerabilidad. La diferencia fue que aquella vez los móviles aún conservaban algo de cobertura, y esta no, o muy poca. Un mensaje de WhatsApp entraba con retraso, y luego ya ninguno; las llamadas se cortaban; los grupos familiares se llenaban de preguntas idénticas, enviadas a destiempo, como voces que se llaman desde habitaciones distintas de una casa que se hunde: «¿Tenéis luz?», «¿Sabéis algo?», «¿Funciona internet?», «Papá, contesta».

Algunos teléfonos perdieron la señal antes que la batería; otros mostraban barras falsas, una promesa ridícula. Más tarde supimos que varias constelaciones de satélites habían empezado a fallar casi a la vez: unos entraron en modo seguro, otros perdieron la orientación, otros quedaron mudos. El GPS, tan discreto que nadie pensaba en él, comenzó a mentir. Un repartidor enseñaba su pantalla y el punto azul saltaba de la plaza del Castillo a Burlada, de Burlada al monte San Cristóbal, del monte al río. Parecía una broma macabra. Todavía reíamos.

En la plaza del Castillo, las terrazas siguieron funcionando con relativa  normalidad. Los camareros seguían moviéndose por reflejo, anotando consumiciones en papel. Un turista preguntó si podía pagar con tarjeta y el camarero lo miró sin enfado, casi con ternura: «Ahora mismo la tarjeta es un trozo de plástico», le dijo. La frase hizo reír a algunos.

Los semáforos dejaron de funcionar. En los cruces los coches avanzaban a trompicones, con la prudencia  de quien no se fía de nadie; en la avenida de Baja Navarra se formó un denso atasco, al principio sin bocinas. Luego llegaron las bocinas,  los insultos. Casi nadie creía que no fuera una avería como la otra vez, casi nadie pensaba, y eso a pesar de la señales que habíamos visto en el cielo, que aquella estrella familiar que nos daba luz y vida cada día pudiera ser  la causa de la desgracia que cambiaría nuestras vidas, nuestro mundo, nuestra civilización.

La Policía Municipal regulaba el tráfico con gestos  casi teatrales. Pamplona es una ciudad pequeña, pero basta apagarle el pulso para que se convierta en una especie de laberinto. Los ascensores dejaron atrapada a gente en  comunidades del Ensanche,  San Juan, Mendebaldea. Las puertas automáticas de algunos supermercados se bloquearon, y las alarmas sonaron un rato antes de morir como animales pequeños. Los trenes se detuvieron donde pudieron; los aviones aún en vuelo recibieron instrucciones confusas, con ventanas de comunicación que se abrían y cerraban a cada momento; en las carreteras, los paneles dejaron de anunciar de nada. Ya no había tráfico inteligente: solo tráfico.

En los hospitales, el apagón se convirtió en una cuenta atrás. El Hospital Universitario de Navarra entró en modo de emergencia, y con él la Clínica Universidad de Navarra, los centros de salud, las residencias de mayores, las farmacias con sus neveras llenas de medicamentos sensibles al frío. Arrancaron los generadores, y aquel ruido diésel, estruendoso, feo y maravilloso, se convirtió durante unas horas en el sonido de la esperanza. Pero los generadores no son eternos, y eso nadie lo decía en voz alta. Necesitan combustible, y el combustible necesita camiones, y los camiones surtidores, y los surtidores electricidad; las carreteras necesitan orden, y el orden comunicaciones, y las comunicaciones antenas, baterías, centros de datos y técnicos capaces de llegar a donde deben llegar. La civilización no era una pirámide: era una hilera de fichas de dominó. Y acabábamos de tocar la primera.

Día 2

La luz no volvió durante la noche, y ese fue el momento en que el miedo empezó a adquirir forma. Hasta entonces la gente había esperado, y esperar implica esperanza. Pero cuando amaneció y los interruptores seguían haciendo aquel clic inútil, la esperanza  empezó a difuminarse.

Pamplona despertó sin despertadores; o, mejor dicho, despertó con los despertadores antiguos de algunos vecinos, con golpes en las puertas, con perros inquietos, con niños que preguntaban por qué no había dibujos en la tele, con ancianos que no podían cargar el audífono, con diabéticos que miraban la nevera como se mira un reloj de arena. En las pocas radios a pilas rescatadas de cajones olvidados se escuchaban mensajes confusos de  alguna emisora que aun mantenía activos los equipos de emergencia: un fallo masivo, una incidencia grave, la red colapsada, una restauración demasiado compleja. Se pedía calma y colaboración, no usar el vehículo privado, no acudir a urgencias salvo necesidad real. La palabra «real» adquirió un nuevo sentido, porque ¿qué es una necesidad real cuando todo empieza a fallar?. Poco después escuchamos a trompicones un comunicado oficial. Hablaba de una tormenta geomagnética extrema,  un evento solar de enorme magnitud que había dañado los satélites, de perturbaciones severas en la ionosfera, de corrientes inducidas en las redes de alta tensión,  de transformadores afectados, de protocolos de desconexión y  sobre todo de una recuperación lenta, extremadamente lenta. No era un sabotaje ni una guerra convencional; no había un enemigo al que imaginar con uniforme. Eso debería haber tranquilizado a la gente, pero no lo hizo: la idea de que el Sol pudiera arrodillar a la humanidad resultaba demasiado grande, demasiado absurda. Preferíamos un culpable humano —unos hackers, una potencia extranjera, alguien a quien echar la culpa—.

En los supermercados se formaron colas antes de la apertura, y muchos abrieron solo a medias, con la entrada controlada, admitiendo únicamente el pago en efectivo y dos botellas de agua por persona. Las conservas quedaron  arrasadas en minutos. No quedaban pilas, ni velas, ni mecheros, y los congelados empezaban a sudar tras los cristales apagados. Vi a una mujer discutir por un paquete de arroz. No era una mala mujer; tenía los ojos rojos y un niño agarrado a la manga. Frente a ella, un hombre mayor sostenía el paquete contra el pecho. «Tengo a mi mujer enferma», decía él. «Y yo tengo críos», contestaba ella. Ninguno mentía, y ese fue el primer descubrimiento moral del apagón, la compra de un vulgar producto cotidiano podía derivar en una lucha cuerpo a cuerpo.

Día 3


Las fake news habian llegado antes que las explicaciones oficiales. Que si había sido un ciberataque ruso en represalia por el apoyo europeo a Ucrania; que si Marruecos había saboteado a España en una de sus crisis intermitentes; que si Francia había cerrado la interconexión con la península; que el Gobierno lo sabía; que los ricos ya estaban en refugios; que en Madrid y en Bilbao había vuelto la luz; que en Portugal estaban peor; que en Zaragoza habían asaltado un centro logístico; que el ejército tomaba las estaciones. Nadie sabía nada, pero todos conocían a alguien con un primo «en un sitio importante». Y cuando las baterías murieron quedó algo más inquietante: la transmisión oral. La ciudad regresó al rumor.

En el Casco Antiguo la gente caminaba más despacio, no por calma sino por desorientación. Sin pantallas, sin horarios exactos, sin el ruido constante de las notificaciones, el tiempo se transformó: las campanas recuperaron su autoridad y el cielo volvió a marcar las horas. Las tiendas escribían carteles a mano —«SOLO EFECTIVO», «NO HAY PAN», «CERRADO HASTA NUEVO AVISO»— y a la puerta de una farmacia una fila de personas esperaba bajo un sol de justicia para conseguir medicamentos para la tensión, insulina, antibióticos. Menudeaban los ataques de ansiedad. La farmacéutica salió a explicar que algunas neveras seguían frías gracias a un pequeño generador, que habría que priorizar, que no podía dispensar tres meses de tratamiento a cada persona, y que por favor, por favor, por favor. Ese tercer «por favor» fue el que la quebró. No lloró mucho, solo lo justo para que todos entendiéramos que ya no nos atendía un establecimiento, sino una persona.

Día 4

Las fábricas se detuvieron: Volkswagen Landaben, los polígonos de Orcoyen, Noáin, Mutilva y Esquíroz, los talleres, las naves de logística, las cadenas de montaje.  Los trabajadores recibían instrucciones contradictorias —acudan, no acudan, permanezcan localizables, vuelvan a casa, esperen comunicación—, aunque nadie sabía ya por qué vía iba a llegar esa comunicación.

Fue entonces cuando empezamos a comprender, apenas, cómo se había producido la caída. Las líneas de muy alta tensión, esas costuras metálicas que atraviesan países enteros, se habían comportado como antenas tendidas sobre la corteza terrestre. La tormenta geomagnética alteró el campo magnético de la Tierra con una violencia para la que no estaban pensados los sistemas ordinarios, e indujo corrientes lentas, casi continuas, en redes diseñadas para corriente alterna. Los núcleos de algunos transformadores se saturaron, saltaron las protecciones, unas zonas se aislaron para defenderse y otras se hundieron al perder de golpe su apoyo. La frecuencia se desvió, los automatismos desconectaron centrales y algunas subestaciones quedaron físicamente dañadas. No fue una sola ficha cayendo, sino todas las fichas cayendo casi al mismo tiempo. La red eléctrica no se apaga como una lámpara: se defiende, se parte, intenta salvar trozos de sí misma. Pero cuanto más se partía, más difícil resultaba volver a unirla, porque para arrancar una red muerta hace falta otra red viva, aunque sea pequeña —una referencia, una frecuencia estable, comunicaciones, operadores coordinados, centrales capaces de arrancar en negro, combustible, datos—, y faltaba todo a la vez. Y allí donde algunos técnicos lograron levantar islas de electricidad, la segunda oleada geomagnética volvió a golpearlas. El Sol no había dado un solo puñetazo: había seguido empujando.

Los productos perecederos comenzaron a echarse a perder en las cámaras frigoríficas —carne, pescado, lácteos, vacunas, muestras de laboratorio, comidas preparadas para colegios y residencias—, y la cadena de frío, aquella expresión técnica que antes sonaba a asunto de inspectores, se convirtió en una línea de vida quebrada. En Mercairuña, se decía, hubo discusiones duras sobre qué repartir primero, a quién y con qué escolta; nadie quería llamar saqueo a lo que todavía podía llamarse redistribución de emergencia. Las palabras importaban, y durante unos días nos agarramos a ellas como a barandillas. El Ayuntamiento habilitó puntos de información en plazas y centros cívicos, con bandos impresos, megafonía sobre vehículos y listas clavadas con cinta adhesiva: hervir el agua si era posible, no acumular basura en casa, ayudar a los mayores, no bloquear los accesos sanitarios, evitar los desplazamientos innecesarios. La administración, sin pantallas, recuperó el papel, y el papel parecía poca cosa frente al tamaño de la noche.

Día 5

Entonces empezó el problema del agua, y no de golpe, porque casi nada importante se rompe de golpe. Primero bajó la presión, luego salió un hilo, luego el hilo se volvió marrón y luego, en algunos pisos altos, no salió nada. Habíamos pensado en la luz, en el móvil, en la nevera, pero no en las bombas, ni en los depósitos, ni en las depuradoras, ni en ese circuito oculto que lleva el agua limpia hasta la boca y se lleva la sucia lejos de casa.

Los baños se convirtieron en un tema público, y la basura también. En pocos días las bolsas se acumularon junto a los contenedores, primero cerradas y después rotas. Pamplona, tan limpia siempre, empezó a oler a fruta podrida, a combustible mal guardado, a sudor, a leche cortada, a humanidad sin filtros. Las calles estrechas del Casco Antiguo lo amplificaban todo: un llanto en Jarauta, una discusión en la Mañueta, una radio a pilas en la calle Mayor, una oración en voz baja junto a San Saturnino, una persiana metálica golpeada por alguien que exigía comida a un comercio ya vacío.

Esa noche, desde mi ventana, vi a un vecino bajar con una garrafa. Era un hombre discreto, de los que saludan siempre igual, con dos palabras y media sonrisa, y lo vi mirar a ambos lados antes de salir, como si llevar agua se hubiera convertido en una ostentación indecente. Ahí entendí que la riqueza había cambiado de forma. Ya no era dinero: era agua, comida, una bicicleta, una radio, un mechero; era conocer a alguien con huerta, tener familia en un pueblo, vivir en un primero y no en un séptimo, saber arreglar algo con las manos. También era tener animales, y eso tardamos poco en comprenderlo: una gallina dejó de ser una estampa rural para convertirse en una promesa diaria, un conejo era proteína, una cabra leche, un huerto futuro, y una tierra de labranza, por pequeña y descuidada que estuviese, empezó a verse como una cuenta corriente que no necesitaba banco. Los pisos habían sido cómodos; la tierra era poder.

Día 7

La primera semana terminó sin luz. No hubo comunicado triunfal ni fecha de reposición, solo una comparecencia escuchada a medias por las radios, repetida luego en las plazas y deformada en cada boca: un fallo estructural en la red europea, daños en nodos críticos, imposibilidad de sincronización, pérdidas irreversibles en los sistemas de control, necesidad de una reconstrucción parcial. Pero la frase que quedó, la que todos repetimos, fue otra: «No se puede garantizar el restablecimiento a corto plazo». A corto plazo. La expresión era una puerta cerrada con educación.

En los hospitales, los generadores empezaron a fallar por turnos. No todos, no siempre, pero fallaban, y el combustible se racionaba con escolta. Se cancelaron las intervenciones programadas, las urgencias se volvieron un embudo y las máquinas más complejas, esas que parecían prometer una pequeña victoria contra la muerte, dependían de cables, baterías, filtros, repuestos, software y climatización. La medicina moderna descubrió su fragilidad eléctrica; o quizá la descubrimos nosotros, que habíamos confundido la tecnología con la invulnerabilidad.

Los profesionales sanitarios hicieron lo imposible, y aquí esa frase, tantas veces gastada, era literal: médicos, enfermeras, celadores, técnicos, personal de limpieza, administrativos sin sistema informático, todos empujando contra un muro que crecía cada día. Pero lo imposible no alcanza siempre. El triaje, una palabra que antes pertenecía a  los manuales de emergencia, entró en las conversaciones de pasillo: ¿a quién se enchufa al generador?, ¿qué quirófano se mantiene?, ¿qué incubadora?, ¿qué diálisis se retrasa?, ¿qué traslado es viable si las ambulancias no tienen comunicaciones fiables y el combustible se defiende como el oro?

Las residencias sufrieron primero en silencio, y luego ya no hubo silencio posible: ancianos deshidratados, medicación mal conservada, oxígeno limitado, caídas en escaleras oscuras, infecciones que antes se habrían contenido, fiebres que subían mientras una familia buscaba un coche, una garrafa, una noticia. Una conocida tenía a su padre ingresado, y me dijo: «No se ha muerto por el apagón. Se ha muerto porque todo lo que lo mantenía vivo necesitaba un mundo que ya no está». No supe qué contestar. Hay frases que no admiten consuelo.

Día 9

Los supermercados cerraron. Sin reposición, sin frío, sin seguridad, sin sistema de cobro ni garantías para los trabajadores, los supermercados se habían convertido en almacenes codiciados. Algunos establecimientos entregaron productos bajo control municipal, otros fueron asaltados, otros pactaron con los vecinos y otros bajaron la persiana y rezaron para que la persiana siguiera significando algo.

El dinero en efectivo circuló unos días con una autoridad sorprendente, y luego empezó a perder sentido. ¿Cuánto vale un billete de cincuenta euros si no hay pan?, ¿cuánto una transferencia que nadie puede ejecutar?, ¿cuánto una cuenta bancaria guardada en servidores inaccesibles? Una mujer ofreció un anillo por dos cajas de leche infantil; un hombre, clases de inglés por garbanzos; un chaval cambió una batería externa, ya inútil, por un paquete de tabaco. El trueque regresó sin romanticismo: no era una feria medieval, sino una humillación práctica. El desabastecimiento mostró una verdad obscena: no vivíamos rodeados de abundancia, sino de entregas puntuales. Los lineales llenos no eran almacenes, sino el escaparate de una coreografía diaria de camiones, plataformas, códigos de barras, pedidos automáticos, cámaras, rutas y turnos; cuando la coreografía se detuvo, la abundancia duró menos que una fiesta. Los que antes hablaban de «resiliencia» en los congresos descubrieron que la resiliencia verdadera era una anciana del segundo izquierda organizando la escalera para cocinar entre todos lo que quedaba en los congeladores antes de que se pudriera.

Día 14

La noche se hizo dueña. Durante los primeros días la oscuridad tuvo algo de novedad: se veían más estrellas, y alguien lo dijo incluso con belleza, «mira qué cielo», y era verdad, porque sobre Pamplona apareció un firmamento que la ciudad había olvidado. La Vuelta del Castillo parecía más grande, las murallas más hondas, el monte Ezkaba se recortaba como una presencia antigua. Pero después la noche dejó de ser poética y se convirtió en miedo: miedo a bajar al portal, a que llamaran a la puerta, a una tos, a una fiebre, a perder la linterna, a dormir demasiado profundo, a no volver a dormir nunca.

Se organizaron patrullas vecinales, al principio con buena voluntad y después con brazaletes improvisados, palos, linternas y listas de turnos. En algunos barrios funcionaron; en otros se convirtieron en pequeños poderes, porque la frontera entre proteger y mandar es delgada incluso con luz, y a oscuras desaparece enseguida. En la plaza del Castillo hubo una pelea grande que nadie supo explicar del todo: comida, un rumor, una acusación de robo, un empujón, una navaja, el pánico. Al día siguiente quedaban manchas oscuras cerca de un banco y muchas versiones, y cada cual contaba la que confirmaba su miedo.

«El hombre es un lobo para el hombre», dijo alguien en una cola, como quien cita una sentencia definitiva. Yo no estaba tan seguro. Había visto lobos, sí, pero también había visto manos: una vecina repartiendo agua a una mujer que no podía bajar las escaleras, un panadero trabajando de noche para cocer lo poco que quedaba de harina, dos chavales escoltando a un anciano hasta su portal. La especie humana era capaz de lo  peor y lo mejor, y esa era a la vez nuestra desgracia y nuestra posibilidad. Los periódicos ya no salían, y sin periódicos, sin internet, sin televisión, la verdad se volvió local, frágil, tribal.

Día 20

Pamplona empezó a dividirse, no oficialmente ni sobre ningún mapa, pero se notaba. Estaban los que tenían recursos y los que no; los que podían marcharse a pueblos cercanos y los que no tenían adónde ir; los que contaban con familia en casas con chimenea, huerta, pozo o placas solares aisladas, y los que vivían en pisos dependientes de todo; los que sabían cocinar con fuego y los que solo habían usado la vitrocerámica; los que guardaban medicamentos y los que iban de farmacia en farmacia con recetas arrugadas; los que tenían el coche con el depósito lleno y los que descubrieron que un coche sin gasolina es un mueble caro.

La modernidad había sido muy cómoda, pero también nos había especializado hasta la indefensión. Cada uno sabía hacer una cosa diminuta dentro de una maquinaria inmensa —gestionar nóminas, diseñar campañas, reparar software, vender seguros, servir cafés con una máquina italiana, redactar informes, conducir carretillas, programar citas, editar vídeos, validar facturas, escanear códigos—, y de pronto hacían falta otras habilidades muy distintas: filtrar agua, curar una herida, guardar semillas, coser, orientarse, negociar sin policía, encender fuego bajo la lluvia, callar cuando conviene. La civilización no desapareció de golpe; se fue desnudando, y daba vergüenza mirarla.

El Estado seguía existiendo en los sellos, en los uniformes, en los edificios, en las palabras grandes, pero empezó a deshacerse por los bordes, no porque nadie lo derogara, sino porque no podía llegar. Un Estado sin comunicaciones es una voluntad encerrada en habitaciones separadas: un ministro puede ordenar, una consejera firmar, un alcalde decidir, pero si la orden no viaja, si nadie sabe qué ocurre diez kilómetros más allá, si las prioridades cambian antes de imprimirse, el poder se vuelve lento, casi artesanal. Los bandos municipales sustituyeron a las notificaciones, los mensajeros en bicicleta a los correos electrónicos, los campanarios y las paredes a las aplicaciones, y la autoridad pasó a depender menos del cargo que de la presencia: mandaba quien estaba allí, quien traía agua, quien tenía llaves, quien conocía a los panaderos, quien podía reunir a veinte personas sin que aquello terminara a golpes. Y eso no siempre era tranquilizador.

Día 30

Al mes, ya nadie hablaba de «apagón»: la palabra se quedaba corta. Un apagón es una interrupción, y aquello era otra cosa, un cambio de época sin ceremonia, un antes y un después marcados no por una guerra, ni por una invasión, ni por un meteorito, sino por la ausencia de aquel zumbido de fondo que había acompañado nuestras vidas desde antes de nacer.

El éxodo empezó sin anuncio. Primero fueron salidas discretas, familias que cargaban mochilas al amanecer, ancianos llevados a casa de unos primos en un pueblo, padres empujando carritos con mantas, latas, documentos y fotos; después fueron grupos más grandes, caravanas sin épica por las carreteras de  la Cuenca, hacia valles donde alguien decía que había agua, patatas, leña y animales. Muchos no sabían caminar veinte kilómetros; algunos arrastraban maletas de ruedas que se rompían en la primera cuneta, y otros, bolsas de supermercado, como si aún fueran a volver en una hora. Los pueblos se convirtieron en promesa, y también en frontera. Quien tenía una casa familiar en un pueblo la nombraba con pudor, como antes se nombraba una herencia; quien tenía una huerta se descubrió rico; quien sabía ordeñar, injertar, podar, salar carne o guardar patatas en la oscuridad recibió de pronto un respeto que nunca había pedido. Los viejos, durante tantos años considerados lentos, molestos o fuera de época, resultaron saber cosas imprescindibles en esos momentos.

Los niños se adaptaron antes que los adultos. Jugaban en las plazas con una libertad peligrosa, inventaban normas, cambiaban cromos por nueces, preguntaban menos por internet y se aburrían de una manera fértil; a veces reían con una limpieza casi ofensiva, como si el mundo no se estuviera derrumbando, sino transformándose en un campamento interminable. Los adultos, en cambio, seguíamos consultando móviles muertos, y el gesto era patético: sacar el aparato del bolsillo, pulsar un botón, mirar una pantalla negra, una pequeña ceremonia de duelo. No echábamos de menos solo la comunicación, sino el ser localizables, importantes, distraídos; echábamos de menos no estar a solas con nuestra cabeza. Vi a un hombre sentado en un portal, pasando el dedo por la pantalla apagada del teléfono. «Aquí tengo las fotos de mi hija», me dijo sin que yo preguntara, y no supe si la hija estaba muerta, lejos o simplemente inaccesible. En aquel momento daba igual: la distancia había vuelto a ser distancia.

Día 45

Llegó el hambre, el hambre de verdad. No el apetito, no la incomodidad de cenar poco: hambre. El cuerpo se vuelve humilde con el hambre; primero protesta, luego negocia, luego se calla y empieza a ahorrar energía. La gente caminaba más despacio, las caras se afilaron, los niños dejaron de correr tanto y los ancianos parecían volverse transparentes. Se habilitaron comedores colectivos en colegios, parroquias, sociedades y bajeras —todo lo que podía alimentar a muchos se convirtió en infraestructura crítica—, y la palabra «cocina» recuperó una grandeza olvidada.

El reparto de alimentos destruyó amistades y creó otras. Había listas, porque siempre hay listas cuando algo falta: listas de familias con menores, de enfermos, de mayores solos, de voluntarios, de sancionados por intentar colarse, de ausentes. Una lista parece orden, pero también es una forma de violencia, porque alguien queda dentro y alguien queda fuera. Las discusiones ya no eran ideológicas, sino calóricas: un saco de harina podía enemistar a una calle entera y una caja de antibióticos convertir a una persona prudente en un animal. En los primeros días nos habíamos escandalizado con facilidad; al día cuarenta y cinco, el juicio moral pesaba menos, porque el hambre no lo justifica todo, pero lo explica.

Día 60

Hubo intentos de reconstrucción, y conviene decirlo, porque no todo fue caída, violencia, suciedad y miedo. También hubo una obstinación admirable: técnicos eléctricos trabajando sin descanso en las subestaciones dañadas, ingenieros dibujando mapas a mano, radioaficionados tejiendo redes de comunicación, bomberos repartiendo agua, agricultores entrando con sus productos bajo escolta, panaderos adaptando hornos, profesores improvisando clases sin libros suficientes, médicos visitando casas, vecinos cuidando a vecinos que antes apenas se saludaban. La especie humana es desesperante y contradictoria: puede romper un escaparate por una lata y, al día siguiente, compartir esa lata con un desconocido.

En Pamplona se formaron asambleas de barrio, algunas ejemplares y otras insoportables, pero en todas se discutía lo mismo con palabras distintas: quién recibe, quién espera, quién decide y quién vigila al que decide. La democracia, sin electricidad, se volvió más física. Había que estar allí, dar la cara, aguantar gritos, escuchar al que olía mal, al que lloraba, al que mentía y al que tenía razón; ya no bastaba con pulsar «me gusta» ni con indignarse desde el sofá. El mundo pequeño exigía presencia, y la presencia cansaba.

La autoridad se reorganizó como pudo. En algunas zonas, concejales, policías, técnicos municipales y voluntarios formaron comités de emergencia que funcionaban con listas, silbatos, pizarras y bicicletas; en otras mandaron los más fuertes, o los más armados, o los que tenían comida. Hubo comunidades que eligieron turnos de vigilancia y reparto, parroquias convertidas en ayuntamientos de hecho y sociedades gastronómicas que administraban lentejas con más solemnidad que un ministerio. No había una autoridad, sino muchas autoridades pequeñas, provisionales, discutidas, necesarias y peligrosas. El Estado no desapareció con una bandera arriada, sino que se fue volviendo intermitente: aparecía en un convoy escoltado, en una vacuna conservada de milagro, en un bando leído a voz en grito, en una patrulla que separaba a dos hombres antes de que uno matara al otro, y luego volvía a marcharse. La gente aprendió a obedecer menos la ley escrita que el acuerdo inmediato: «hoy toca a este portal», «mañana subimos al depósito», «nadie sale después de la campana», «los niños comen primero». Algunos de aquellos acuerdos salvaron vidas; otros las condenaron.

Día 75

La ciudad perdió su borde. Antes Pamplona terminaba donde empezaban sus rondas, sus polígonos, sus barrios nuevos y sus carreteras iluminadas; ahora los límites eran otros: hasta donde se podía caminar y volver antes de la noche, hasta donde llegaba una noticia fiable, hasta donde alguien te conocía lo suficiente para dejarte entrar. Los pueblos cercanos se volvieron promesa y amenaza a la vez: algunos acogieron y otros cerraron los caminos, no por pura maldad, sino por cálculo, por miedo, quizá por memoria histórica, porque Navarra estaba llena de casas con abuelos que aún recordaban otra escasez, otro frío, otro tiempo en que las cosas se guardaban «por si acaso». Y ese «por si acaso» resultó ser una sabiduría que habíamos despreciado.

En la ciudad, los pisos altos se vaciaron antes, porque subir agua ocho plantas era una condena, y las casas con patio, con bajera, con estufa o con acceso a la tierra se convirtieron en fortalezas domésticas. Hubo ocupaciones y hubo pactos; familias enteras se mudaron a lonjas, colegios y pabellones; hubo mascotas abandonadas y mascotas protegidas como hijos; hubo bibliotecas usadas como refugio, al principio no por los libros sino por el espacio. Y luego, curiosamente, por los libros, porque cuando las pantallas murieron del todo la gente volvió a leer. No todos, no idealicemos —muchos solo querían sobrevivir—, pero algunos buscaban novelas, manuales, enciclopedias, libros de agricultura, de medicina básica, de mecánica, de plantas silvestres. La cultura dejó de ser adorno y volvió a ser herramienta, y también consuelo. Recuerdo a una niña leyendo en voz alta junto a una ventana, aprovechando la última luz de la tarde. Era un libro de animales, y pronunciaba despacio, como si cada palabra tuviera que atravesar una frontera. A su alrededor, varios adultos escuchaban; no creo que les importaran los animales, sino que una voz ordenada, una frase detrás de otra, era todavía una forma de mundo.

Día 90

Los muertos empezaron a pesar más que los vivos. No en número, aunque eran muchos, sino en la conciencia, en la logística, en las conversaciones, en los silencios. Al principio se intentó mantener el rito —funeral, esquela escrita a mano, campana, despedida—, y después, cuando ya no se pudo, se hicieron entierros rápidos, comunes, prácticos. La muerte perdió papeles y ganó presencia. Los cementerios no estaban preparados para una civilización detenida; nada lo estaba, tampoco nosotros.

Me pregunté muchas veces si aquello era el fin del mundo, pero el mundo seguía. El Arga seguía bajando, las hierbas crecían entre las aceras, las palomas insolentes continuaban picoteando, los gatos se hicieron más visibles y las ratas también, la lluvia caía sin consultar a ninguna administración y el sol salía cada mañana con una puntualidad ofensiva. No era el fin del mundo: era el fin de nuestro mundo, y esa precisión no me consolaba demasiado. La Tierra no parecía vengarse —y eso habría sido más fácil de soportar, porque la venganza al menos reconoce a un culpable—, sino que simplemente continuaba: el musgo avanzaba por las juntas de las piedras, las semillas encontraban grietas, los pájaros gritaban al amanecer con la insolencia de siempre. Habíamos confundido nuestra red eléctrica con el esqueleto del planeta, y no lo era: era solo una capa, brillante, prodigiosa y arrogante, pero apenas una capa.

Día 100

A los cien días, alguien escribió en una pared de la calle Compañía: «LA LUZ NO VA A VOLVER». Durante una mañana entera la frase reunió gente; algunos se enfadaron, otros la tacharon y otros la fotografiaron con cámaras analógicas rescatadas de los cajones, como si aún existiera un futuro donde revelar el carrete. Un hombre añadió debajo: «VOLVEREMOS NOSOTROS». La segunda frase era más hermosa, y también más dudosa.

Me quedé un rato mirándolas, la pared, las letras, la pintura corrida. Antes, algo así habría sido una pintada más, una exageración juvenil o política; ahora era casi una tesis filosófica. ¿Qué significa volver cuando no hay regreso posible? ¿Volver a qué? ¿A pagar con tarjeta, a quejarnos porque internet va lento, a tirar comida caducada sin pensar, a vivir solos rodeados de miles de mensajes? ¿A creer que la calefacción, la cirugía, el agua caliente, el ascensor, el pan de cada mañana y la luz del pasillo eran derechos naturales y no acuerdos frágiles con una complejidad inmensa?

Aquel día subí hasta las murallas, no por épica sino por costumbre, por la necesidad de mirar la ciudad desde un lugar donde todavía parecía ciudad. Pamplona se extendía abajo, sin el brillo de los escaparates, sin el tráfico de siempre, sin los paneles luminosos, sin las pantallas de las marquesinas, sin el rumor eléctrico de los locales. Pero no estaba muerta: había humo de cocinas improvisadas, colas ordenadas junto a un punto de reparto, ropa tendida en los balcones, gente cruzando las plazas con cubos, un grupo de niños jugando cerca de la Taconera, una mujer cantando en una ventana. La ciudad había perdido velocidad, no alma.

Pensé en el 28 de abril de 2025, en aquel primer apagón que se resolvió a tiempo para que pudiéramos convertirlo en anécdota. Recordé la ligereza con que dijimos «menos mal», «qué susto», «habrá que tener velas en casa», y recordé cómo volvió la luz y cómo, con ella, volvió también nuestra soberbia.

Esta vez no había regreso, o al menos no al mismo lugar. Quizá el hombre pueda pasar; quizá pueda volver a las cavernas, a la intemperie, a la hoguera, a mirar con miedo la boca negra del bosque. Quizá toda nuestra historia no sea más que eso: una salida provisional de la cueva, un paseo arrogante bajo los cables, las torres, las antenas y los satélites, antes de regresar a la sombra con menos inocencia y más memoria.

Pero la Tierra permanece, sin aplaudirnos y sin castigarnos, permanece mientras alumbramos ciudades enteras y no somos capaces de encender un hornillo, permanece bajo nuestros asfaltos, bajo nuestros nombres, bajo nuestras facturas y bajo nuestras ruinas. El Arga no necesitaba cobertura; los árboles no necesitaban contraseña; y el sol, aquel mismo sol que nos había herido, seguiría saliendo sobre los tejados mientras hubiera tejados, y también después.

Y, sin embargo, allí abajo, entre calles viejas y tejados conocidos, algo seguía empeñado en continuar. No la civilización moderna, quizá; no aquella maquinaria brillante, arrogante y exacta que nos hizo creer que vivir consistía en delegar todos los milagros. Otra cosa: más pobre, más lenta, más cruel también, pero nuestra.

Esa noche, cuando bajé de las murallas, la oscuridad no me pareció menos oscura —sería mentira decirlo—: seguía dando miedo, seguía llena de peligros, seguía recordándonos a cada paso que habíamos sido expulsados de una comodidad que confundimos con destino. Pero en una esquina de la calle Mayor vi una luz pequeña, una vela detrás de un cristal. Nada más. Una llama ridícula, temblorosa, insuficiente. Y, aun así, varias personas caminaban hacia ella: no porque iluminara mucho, sino porque alguien la había puesto allí.

domingo, 7 de junio de 2026

Amaia en la niebla

Conocí a Amaia una tarde de octubre de 1984, en la Vuelta del Castillo. Yo tenía veintiún años y una novela que no avanzaba. Estaba estudiando Periodismo, más por inercia que por convencimiento, y soñaba en secreto con escribir algo que mereciera la pena leerse y quedase para la posteridad. En el fondo todos los escritores tenemos la vana esperanza de que nuestras obras perduren y trasciendan nuestra fugaz existencia. No había publicado nada. Llevaba siempre conmigo una carpeta de cartón con páginas mecanografiadas y tachadas, como si cargar con ellas me convirtiera en escritor, aunque en el fondo sospechaba que solo me convertía en un  ridículo muchacho que confundía el deseo con el talento. Tenía un puñado de relatos, carentes de alma, que nadie había leído y media novela sin acabar, más mediocre aún todavía.

Aquella tarde había ido a estudiar a la biblioteca de la Universidad y volvía de regreso por la calle Fuente del Hierro. Estaba casi anocheciendo. Pamplona estaba envuelta en una humedad fina que se pegaba a la ropa. Los árboles de la Vuelta del Castillo se alzaban sobre el camino empedrado con una  triste
solemnidad, y sobre los fosos de la Ciudadela flotaba una niebla que se iba cerrando cada vez más.

La vi junto a uno de los taludes del parque. No estaba sentada: estaba de pie, muy quieta, mirando a un lado y a otro como quien despierta en mitad de un paseo que no reconoce. Parecía perdida, aunque no asustada; perdida de una manera serena, casi acostumbrada, como si extraviarse fuese para ella una forma de estar en el mundo. Llevaba uniforme de internado femenino: una falda azul marino, una chaqueta oscura, medias claras y una cartera de cuero apretada contra el pecho. Por la ropa habría jurado que era una colegiala. Por la cara, no. Tenía un rostro adelantado a su edad, unos rasgos exactos y  serenos, y unos ojos que no correspondían a sus años. No eran ojos tristes, al contrario eran unos ojos alegres, llenos de vida, aunque con un poso de melancolía, como si mirasen desde un lugar al que yo aún no había llegado. Era muy hermosa aunque había en ella  una fragilidad que daba ganas de proteger y, al mismo tiempo, de no rozar para no estropear. La clase de belleza ante la cual uno baja la voz sin darse cuenta.

En un primer momento, pasé de largo. Después volví.

No sé por qué. O sí lo sé, pero me cuesta admitirlo incluso ahora. Hay rostros que no se ven: te llaman. El suyo me llamó sin moverse.

—Perdona —dije—. ¿Estás bien?

Ella levantó la vista despacio, como si volviera de muy lejos.

—Sí.

Su voz era baja. No tímida. Baja, simplemente, como si no quisiera romper algo que flotaba alrededor.

—Pensé que te habías perdido.

Tardó en responder. Miró los árboles, los muros de la Ciudadela, el cielo bajo.

—Aquí no se pierde nadie —dijo al fin—. La gente da vueltas.

Me quedé sin respuesta. Era una frase impropia de una muchacha de uniforme y, al mismo tiempo, no sonó ensayada. Miré su cartera y el escudo bordado en la chaqueta.

—¿Vienes de algún  internado?

—Sí.

—¿Cuál?

Dudó.

—Santa Eulalia.

No conocía ningún internado femenino con ese nombre, aunque en Pamplona había tantos colegios religiosos, residencias y casas medio cerradas que tampoco me extrañó.

—¿Cuántos años tienes? —me atreví a preguntar, porque su cara, por un lado y su uniforme, por otro,  me daban cifras distintas.

—Diez y seis.

La miré sin creerla del todo. Diez y seis decía la cartera, diez y seis decía la falda azul. Los ojos decían otra cosa.

—Yo me llamo Andrés —añadí, con torpeza.

—Amaia.

El nombre quedó suspendido entre los dos. Amaia, un nombre vasco que en castellano significa "el final". Aunque "el final" pueda ser "el principio".

Se apartó del talud y caminamos juntos unos minutos. No recuerdo haberlo propuesto. Tampoco ella. Simplemente ocurrió. Fuimos bordeando la Ciudadela, con la hierba húmeda a un lado y los muros de piedra al otro. Me habló poco. Dijo que las internas salían algunas tardes, siempre de dos en dos, aunque ella prefería separarse. Dijo que no le gustaban los dormitorios con muchas camas, ni las cartas vigiladas por las monjas, ni las meriendas servidas en silencio. Dijo que en verano iba a veces a la costa, a una casa de Deba donde el mar golpeaba de noche como si quisiera entrar.

—¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Qué haces aquí?

Yo levanté la carpeta.

—Finjo que escribo.

—Eso no se puede fingir mucho tiempo.

Sonreí. Ella no.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque también sé cuándo alguien está  mintiendo.

Sentí una punzada rara, mezcla de vergüenza y de ganas de seguir escuchándola. Me intimidaba. Aquella chica que decía tener diez y seis años —y que parecía haber vivido bastantes más en algún sitio sin tiempo— me intimidaba más que los exámenes, más que la página en blanco. Había en ella una seriedad de adulta que me dejaba indefenso, y una hermosura tan desamparada que me hacía olvidar lo que iba a decir.

Al llegar cerca de la avenida del Ejército, se detuvo.

—Tengo que volver.

—Te acompaño.

—No.

Lo dijo sin dureza, pero de tal forma que obedecí.

—¿Volveré a verte?

Amaia me miró con una calma insoportable.

—Si escribes, sí.

—Eso parece una amenaza.

—No. Es una condición.

Echó a andar hacia la niebla. Yo permanecí quieto, viéndola alejarse entre los árboles, con la cartera golpeándole suavemente la cadera. Un grupo de chicas cruzó el paseo al fondo. Ella pareció mezclarse con ellas. Parpadeé. Ya no supe distinguirla.

Aquella noche no escribí sobre ella. No me atreví. A la mañana siguiente, sí.

No fue una decisión literaria. Fue una necesidad física. Me desperté antes de que amaneciera con su nombre en la boca, Amaia, Amaia, y tuve que encender la lámpara. Escribí tres páginas seguidas sobre una muchacha interna que se detenía en la Vuelta del Castillo como si aquel paseo fuese la estación de una insólita ruta. Cuando terminé, me sentí avergonzado. Luego aliviado. Luego hambriento de volver a verla.

Durante meses regresé a la misma hora. A veces aparecía.

No siempre. Nunca cuando yo iba demasiado seguro de encontrarla. Nunca cuando llevaba una frase preparada. Surgía de pronto junto a los fosos, bajo los árboles, cerca de la puerta de Socorro de la Ciudadela, con su uniforme azul y aquella manera de mirar que convertía el aire en confidencia. Y cada vez me parecía más hermosa y más frágil, como si la luz de la tarde se hubiera puesto de acuerdo para favorecerla y, a la vez, para advertirme de que no era del todo de este mundo.

Yo sabía que aquello no estaba bien. No por la edad
, no eran tantos los años que nos separaban. Lo que no estaba bien era la intensidad con la que pensaba en ella. Yo, que aún no era nadie, esperaba los encuentros con una impaciencia que me asustaba. Me sorprendía arreglándome antes de salir. Me irritaba si llovía demasiado. Me dolía el pecho cuando pasaban varios días sin verla.

Al principio me autoengañé. Me dije que era curiosidad de escritor. Que Amaia era un personaje. Que su forma de hablar, su silencio, su aire de criatura desplazada, todo eso pertenecía a la literatura y no a mi vida. Mentía.

Me enamoré de ella antes de saber quién era. O quizá precisamente por eso. Me enamoré de su misterio, sí, pero también de sus manos, de la inclinación de su cabeza cuando escuchaba, de su sonrisa. Me enamoré de su forma de desaparecer sin despedirse del todo. Me enamoré de la alegre tristeza que dejaba en los lugares, igual que el agua del mar deja su rastro en la arena cuando se retira.

En enero de 1985 sufrió Pamplona la mayor ola de frío que se recordaba. Empezó a nevar en los primeros días del año y ya no paró: la nieve se volvió hielo, el Arga llegó a helarse y el termómetro rozó los veinte grados bajo cero. La ciudad entera quedó detenida y blanca, crujiendo bajo cada paso.

La encontré junto a los muros, con el uniforme cubierto de pequeños copos. Parecía no tener frío. La nieve se le posaba en las pestañas y no se derretía, y yo pensé que estaba ante la cosa más extrañamente hermosa que había visto nunca.

—No deberías estar aquí —le dije.

—Tú tampoco.

—Yo no tengo que volver a ningún internado.

—No. Tú tienes que volver a tu libro, que es peor.

Me acerqué más de lo prudente. Ella no retrocedió.

—Amaia, dime dónde está Santa Eulalia.

—Cerca.

—Eso no es decir nada.

—A veces basta.

—Para mí no.

Me miró entonces con una pena repentina.

—Tú quieres fijar las cosas. Ponerles calle, número, fecha. Así no se puede vivir.

—Así se escribe.

—No siempre.

Hubo un silencio. La nieve caía sin ruido. Yo habría querido tocarle la cara, apartarle un copo de la ceja, hacer cualquier gesto mínimo que demostrara que estaba allí de verdad y que yo no estaba perdiendo la razón. No lo hice. Tuve miedo de que mi mano la atravesara, o de que, al tocarla, se deshiciera en niebla y luz.

—Cuando acabe el curso me iré a la costa —dijo.

—¿A Deba?

—Quizá.

—¿Y volverás?

Amaia bajó los ojos.

—Yo siempre vuelvo, aunque de otra manera.

Fue la última vez que la vi adolescente.

Pregunté por el internado de Santa Eulalia. Lo hice con disimulo al principio y con desesperación después. Nadie sabía nada. Una portera del colegio de Teresianas de la calle Mayor recordaba una residencia de chicas «de las monjas», cerrada años atrás. Un sacerdote anciano me dijo que algunos colegios cambiaban de nombre, que las casas se vendían, que los archivos no estaban completos. En una papelería me hablaron de uniformes parecidos, pero no iguales. Todo se parecía a Amaia y nada era Amaia.

En junio de 1985 fui a Deba. No sé qué esperaba encontrar. Una casa frente al mar, una ventana, una muchacha en un balcón. Caminé por la playa de Santiago bajo un cielo blanco. Pregunté en pensiones, en tiendas, en una taberna donde los hombres callaron al entrar un desconocido. Nadie recordaba a una interna llamada Amaia. O quizá sí, pero no querían decírmelo. Esa fue una de las muchas fantasías con las que me defendí. Volví a Pamplona con el manuscrito en el que estaba trabajando más vivo que mi propia vida.

Terminé la carrera en 1986 sin entusiasmo. Entré a trabajar de redactor en un periódico local, escribí esquelas, plenos municipales, crónicas de partidos, y por las noches seguía con lo único que me importaba. Escribí como un hombre poseído. Publiqué una novela en 1987 y otra en 1990. Empezaron a invitarme a charlas, a pedirme prólogos, a pronunciar mi nombre con cierta consideración. Todo lo que había deseado de estudiante llegó de pronto y con un sabor incompleto. Cada elogio me parecía dirigido a otra persona. Yo solo quería una cosa: volver a verla.

La vi en 1991, en San Sebastián. Habían pasado siete años. Yo salía de una librería de la calle Fuenterrabía donde había presentado mi última novela ante quince personas, dos de ellas dormidas. Llovía. La ciudad brillaba bajo los faroles, elegante y ajena. Crucé hacia el Boulevard con el cuello del abrigo levantado. Y allí estaba. No con uniforme. No adolescente. Mujer.

Tendría veintitres años. Llevaba un abrigo verde oscuro, color fondo de mar, el pelo suelto y un pañuelo anudado al cuello. Su rostro había cambiado lo justo para dolerme aún más su ausencia. La muchacha que yo había esperado se había convertido en una mujer sin que yo pudiera verla atravesar los años. Y era, si cabía, todavía más hermosa, con una hermosura ahora sin uniforme, sin coartada de edad, que me cortó la respiración en mitad de la acera mojada.

Sentí celos de ese tiempo que la había tenido lejos de mí.

—Amaia —dije.

Ella sonrió.

—Has seguido escribiendo, preguntó 

—He seguido buscándote.

No se sorprendió. Eso me enfadó y me enterneció a la vez.

—¿Dónde has estado?

—En sitios.

—No me contestes así.

—Entonces no preguntes como si pudieras soportar la respuesta.

Caminamos hasta la barandilla de La Concha. La bahía estaba oscura, apenas dibujada por las luces. El mar respiraba despacio, y a mí me pareció que respiraba por ella. Yo la miraba de reojo, con una mezcla de dicha y resentimiento. Siete años. Siete años imaginándola, corrigiéndola en mis páginas, soñando que la encontraba en Pamplona, en Deba, en cualquier estación. Y ahora estaba allí, a mi lado, tan real que me parecía una crueldad.

—Te he querido —dije.

Lo dije sin preparación. Sin literatura. Casi con rabia.

Ella no contestó.

—Te he querido de una forma absurda, Amaia. De una forma que me ha estropeado para todo lo demás. No he podido mirar a otra mujer sin buscarte en ella. No he escrito una sola página que no fuera, en el fondo, una carta para ti.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No. La verdad no siempre necesita decirse entera.

—Yo sí necesito decirla.

Se volvió hacia mí. En sus ojos seguía aquella edad imposible, pero había también cansancio.

—Andrés, te enamoraste de una aparición.

—Me enamoré de ti.

—No sabes quién soy.

—Lo suficiente.

—No.

El viento movió su pañuelo. Entonces hice lo que no había hecho en la Vuelta del Castillo: le tomé la mano. Esta vez no se apartó. Sus dedos estaban fríos. Fríos como si hubiese caminado mucho bajo la lluvia, o como si vinieran de un sitio donde el sol no llega.

—Ven conmigo —dije.

Amaia cerró los ojos un instante.

—No puedo.

—Claro que puedes.

—No de la manera que tú quieres.

—¿Y de qué manera puedes?

—Volviendo.

Aquella palabra me derrotó.

Fuimos a Deba al día siguiente. No pregunté por qué. Ella compró los billetes, eligió los asientos, miró por la ventana durante todo el trayecto. El tren avanzaba junto al paisaje húmedo, entre caseríos, túneles y laderas oscuras. A ratos creía que, si dejaba de mirarla, desaparecería. A ratos pensaba que quizá lo haría igualmente. Pensé, sin querer, que hay cosas que aprenden tu nombre y luego no vuelven, y aparté la idea como se aparta un mal presagio.

En Deba caminamos hasta los acantilados. El Cantábrico golpeaba abajo con una violencia antigua. Ella parecía distinta allí. Más próxima y más lejana. Como si la costa la reclamara, como si el mar conociera su nombre mejor que yo.

—Yo venía aquí de joven —dijo.

—Eras joven cuando te conocí.

—Más joven todavía.

—Háblame de entonces.

—No.

—¿Por qué?

—Porque lo convertirías en literatura.

Me dolió porque era cierto.

Nos sentamos sobre una roca plana. El cielo estaba bajo, cargado de lluvia. Amaia apoyó la cabeza en mi hombro. Fue un gesto pequeño, casi cansado, pero para mí tuvo la fuerza de una vida entera. No me moví. Apenas respiré. Si aquel momento duraba un minuto, yo habría aceptado perder siete años más.

—No quiero que te vayas —susurré.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. No puedes saberlo.

—Sí.

—Entonces quédate.

Amaia levantó la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos, aunque no lloraba.

—Hay personas que solo pueden quedarse de una forma.

—En un libro, pregunté yo.

—En alguien.

No entendí entonces la diferencia. Ahora creo que sí.

Aquella tarde la besé. No fue un beso largo. Tampoco fue casto. Fue un beso desesperado, contenido durante años, lleno de todo lo que no habíamos vivido: las cartas que nunca envié, las tardes de niebla, los trenes que no tomamos juntos, las preguntas sin respuesta, la juventud que se me había ido esperando a una mujer que no pertenecía del todo a este mundo. Sus labios estaban fríos al principio y luego no, y por un instante creí que el calor de mi boca bastaría para retenerla de este lado de las cosas. Pensé, mientras la besaba, que hay un beso que parece capaz de devolver la vida y que, quizá por eso, da tanto miedo darlo.

Cuando nos separamos, Amaia me tocó la cara con una ternura que me hizo daño.

—Ahora escribirás peor durante un tiempo —dijo.

—No me importa.

—Sí te importa.

Tenía razón. Siempre la tenía de una manera irritante.

Volvimos a San Sebastián al anochecer. En la estación, mientras yo compraba una cajetilla de tabaco, desapareció.

No hubo dramatismo. No hubo trueno, ni sombra, ni milagro. Solo un andén lleno de gente y, de pronto, un hueco vacío donde ella había estado hasta hace un segundo. La busqué por todos los vagones. Corrí hasta la salida. Pregunté a un empleado. Nada. Solo quedó, en el aire, ese rastro de sal y lana húmeda que dejaba siempre, como la estela de algo que acaba de hundirse.

Regresé a Pamplona con la boca aún llena de su nombre.

A partir de entonces dejé de fingir. Mi vida se dividió en dos: lo que hacía delante de los demás y lo que hacía para encontrarla. Aproveché mi oficio de periodista para revisar archivos, hemerotecas, expedientes escolares. Pregunté por internados femeninos cerrados, por alumnas internas de los años  setenta y ochenta, por familias de Deba, por muchachas llamadas Amaia. Encontré datos contradictorios, medias pistas, fechas que no encajaban.

Un día apareció un recorte en una hemeroteca de San Sebastián. Era de 1976. Hablaba de una joven desaparecida durante un temporal en la costa guipuzcoana. No se mencionaba Deba, sino un tramo cercano, entre rocas. Su nombre era Amaia Etxalar. Diez y seis años. Alumna interna en un colegio cerca de Pamplona a mitad de camino a San Sebastián. Una fotografía borrosa, a una columna, mostraba a una chica de pelo oscuro y mirada seria que me conocía mejor que yo a ella.

Leí la noticia muchas veces: diez y seis años. 1976.

Ocho años antes de verla por primera vez en la Vuelta del Castillo.

Debería haber sentido miedo. Sentí otra cosa peor: alivio. Por fin había una prueba de que no la había inventado. Aunque esa prueba dijera que era imposible. Aunque esa prueba la pusiera, de una vez y para siempre, del otro lado de la niebla.

Durante los años noventa mi obra cambió. Los críticos dijeron que me había vuelto más sombrío. Alguno habló de madurez. Otro, de obsesión. Acertaban sin saberlo. Yo escribía siempre la misma ausencia con distintos nombres. Ninguna mujer de mis libros era Amaia, pero todas tenían algo suyo: una frase cortante, una mano fría, un modo de mirar hacia el mar como si escucharan una llamada que solo ellas oían.

La última vez que la vi fue en el año 2002.

Yo tenía treinta y nueve años. Pamplona había cambiado: más coches, más ruido, más prisa. La Vuelta del Castillo, sin embargo, conservaba, en ciertas tardes, una fidelidad misteriosa. Había lugares que no obedecían del todo al tiempo lineal, al calendario.

Era noviembre. Volvía a caer esa niebla baja que borra los contornos y mejora los recuerdos. Caminaba despacio junto a los fosos. Al otro lado de la avenida del Ejército habían abierto la tierra para levantar el nuevo Palacio de Congresos, ese gran bloque oscuro, sobre los restos de un viejo baluarte enterrado de la Ciudadela; hasta el único lugar que yo creía inmutable estaba cambiando. Ya no llevaba carpeta de cartón. Llevaba las manos en los bolsillos y una fatiga antigua en los huesos, una fatiga que no era de los años sino de la espera.

La encontré en un banco.

Mujer. No adolescente. No exactamente la de San Sebastián. Una Amaia más serena, quizá más triste. El abrigo oscuro, el pelo recogido, la mirada intacta. Seguía siendo, de un modo que ya no me hacía daño sino reverencia, la criatura más hermosa que había cruzado mi vida.

Me senté a su lado sin decir nada. Durante un rato escuchamos la ciudad.

—He terminado el libro —dije al fin.

—Lo sé.

—No lo he publicado.

—¿Por qué?

—Porque si lo publico, quizá ya no vuelvas.

Amaia miró hacia los árboles. La niebla se movía entre los troncos como una respiración lenta.

—Andrés, yo no vuelvo por el libro.

—Entonces, ¿por qué?

Tardó en contestar.

—Porque fuiste el único que me vio sin querer explicarme del todo.

Me reí, aunque tenía ganas de llorar.

—He intentado explicarte durante casi veinte años.

—Pero nunca pudiste.

—No.

—Por eso he vuelto.

La miré. Esta vez no había deseo urgente, o no solo deseo. Había amor, pero un amor gastado por la espera, más hondo que la esperanza. La quería todavía. La quería de una forma menos joven y más verdadera. Ya no necesitaba llevármela a ninguna parte. Solo quería que no estuviera sola.

—Amaia —dije—, ¿te perdiste en el mar?

Ella apoyó la mano sobre la mía.

—Me perdí antes.

No pregunté más.

La niebla espesó. A lo lejos se oyó la campana de alguna iglesia. Pensé en la muchacha de uniforme que había conocido en 1984, en la mujer del abrigo verde que besé junto al Cantábrico, en todas las páginas escritas para retenerla sin conseguirlo. Pensé también que mi vida, vista desde fuera, podía parecer una sucesión de fracasos razonables. Pero allí, sentado a su lado, me pareció una vida atravesada por un privilegio terrible: haber amado a alguien que no podía quedarse.

—Publica el libro —dijo.

—¿Y después?

—Después acuérdate de mí sin llamarme.

—No sé hacerlo.

—Aprenderás.

Se levantó. Yo también.

Por un instante tuve la certeza de que, si la abrazaba, todo se rompería. La abracé de todos modos.

Amaia apoyó la frente en mi hombro. Su cuerpo era leve, pero no irreal. Olía a lluvia, a lana húmeda, a sal. Lloré sin ruido. No por perderla. Eso ya lo había hecho muchas veces. Lloré porque al fin comprendí que la había tenido del único modo posible. Cuando abrí los ojos, seguía entre mis brazos. Eso fue lo más extraño. No desapareció de golpe. Se apartó despacio, me besó en la mejilla y caminó hacia los árboles. La niebla la fue borrando por partes: primero el abrigo, luego el pelo, luego la línea clara de su rostro.

No corrí detrás.

Al día siguiente envié el manuscrito a un editor. Lo titulé "Amaia en la niebla". No conté toda la verdad. Nadie habría sabido qué hacer con ella. Cambié nombres, fechas, calles. Inventé escenas que no habían ocurrido y suavicé otras que todavía me quemaban. Pero dejé intacto lo esencial: la Vuelta del Castillo, el internado femenino, el mar de Deba, una muchacha de diez y seis años que no pertenecía del todo al tiempo y un hombre que la amó más de lo que le convenía.

El libro se publicó en 2003. Tuvo una recepción discreta al principio. Luego empezó a circular de una manera rara, casi secreta. Me escribieron antiguas alumnas de colegios religiosos, mujeres que habían sido internas, lectoras que reconocían en Amaia a una compañera, a una hermana, a una amiga desaparecida, o quizá solo a la muchacha que ellas mismas habían sido antes de que su vida se hubiese convertido en una vida convencionalmente aburrida.

Una carta llegó sin remitente. Decía únicamente:

"Algunas no volvemos a casa, pero agradecemos que alguien deje una luz encendida."

La guardé dentro de la primera carpeta de cartón, aquella que llevaba la tarde de 1984.

Aún paseo hoy, de vez en cuando, por la Vuelta del Castillo. Camino más despacio. Me canso pronto. Los jóvenes me adelantan sin mirarme, y hacen bien. Nadie debería mirar demasiado a los que se detienen junto a los bancos vacíos. Pero algunas tardes de noviembre, cuando la niebla baja sobre los fosos y Pamplona parece contener algo que no quiere decir en voz alta, siento que no estoy solo. No la llamo. He aprendido. Me quedo quieto, cierro los ojos y escucho el rumor de las hojas, el paso lejano de una muchacha, el mar imposible latiendo bajo las piedras de la ciudad. Y entonces, durante unos segundos, vuelve a mí su nombre: Amaia. No como una herida, sino como una luz.

jueves, 4 de junio de 2026

La profanación

1

Es 31 de julio de 1973 y el sol de la tarde cae vertical como un martillo. Subimos —arrastrando los pies, más bien— por el camino del Plazaola, Loren, Riki y yo. El Plazaola es un tren que ya no existe: levantaron los raíles cuando el aita era mozo, y de la vía solo quedó esto, un camino pedregoso sobre la antigua caja, recto hasta el cruce con el camino que baja de Artica y luego marcando una suave curva hacia la izquierda. El camino empieza junto a la estación vieja, la del Empalme, que se llamaba así porque conectaba con el otro tren de vía estrecha, el Irati que venía del este de la Cuenca; ahora la Estación es un edificio abandonado, con las ventanas tapiadas y vacías mirando a ningún sitio. Desde allí el camino pasa entre los Mogotes, deja a la derecha el soto de Artica  y sigue un buen trecho pegado a la vía que sí existe, la que va en dirección a Alsasua y Vitoria.

El aire está espeso, vibrante, lleno de insectos invisibles que zumban. Se nos pegan  las camisetas al cuerpo por el calor. Reímos en voz baja, por cosas pequeñas, sin importancia.

A la altura del cruce con el camino a Artica hay un primer paso a nivel sin barrera, como a cincuenta metros del camino. Riki se desvía un momento, se acerca a la vía del tren a Alsasua y apoya la oreja en el hierro caliente, como vemos en las películas del oeste.

—Nada —dice—. No viene.

—El ómnibus de  las ocho y media sí viene —digo yo, sin saber por qué lo digo, porque a las ocho y media ya estaré cenando en casa.

El camino llega cerca del pueblo viejo. Allí una carretera se descuelga hacia el barrio nuevo —el Berriozar de abajo, el de los bloques de viviendas a los dos lados de la avenida de Guipúzcoa, la vieja carretera de San Sebastián— y para ir hasta  él hay que cruzar la vía por un paso a nivel sin barrera. Nosotros no bajamos: subimos por el lado opuesto, dejando atrás, allá abajo, el barrio nuevo, y trepando hacia el pueblo viejo y el cementerio que queda detrás, los dos en la ladera del monte de San Cristóbal. Arriba están los cipreses, oscuros, que cierran el cielo sobre la tapia del camposanto. La tapia no es alta, pero  hay que escalarla, aunque se escala fácil. Por ahí saltamos de niños y nos sentíamos mayores.

Aquí arriba están enterrados mis abuelos. La abuela vivía en una de esas casas de piedra, junto al lavadero y rezaba en vasco; el aita nació aquí, pero de crío bajó con la familia a la Rochapea, y abajo ya solo hablamos castellano. De todo aquel vasco de la abuela a mí me ha quedado tan solo una palabra, aita, y poco más. Los míos están al fondo, en una hilera de  tumbas viejas que ya no cuida nadie: algunas conservan el nombre, otras lo han perdido del todo. Los muertos suben al pueblo viejo y los vivos bajamos a vivir a la ciudad. Hoy hemos subido al camposanto, vivos,  y no para rezar o velar por nadie, sino como una muestra de valentía, por lo que íbamos a hacer y eso, dice el cura de mi parroquia, la iglesia del Salvador, es una profanación.
 
Dentro, entre los cipreses, hay unas sesenta tumbas alineadas sin geometría; tres panteones de los ricos, con puertas de hierro; dos criptas a las que se baja por escaleras siempre húmedas y cubiertas de musgo. El cementerio huele a piedra mojada incluso en verano. El viento se levanta, pero no trae alivio: trae polvo y una electricidad que me eriza los brazos. No digo nada, porque hoy quiero ser valiente; he decidido que voy a mirar donde otros no miran, a los ojos de la muerte.

Cruzamos hacia el fondo, hacia las tumbas viejas, donde las hierbas altas y amarillas dibujan remolinos bajo los cipreses. Allí, entre los tallos secos, veo una lápida casi rota, desconchada como una costra que alguien hubiera intentado arrancar. No tiene flores ni nombre legible, solo unas letras comidas por la lluvia. Me agacho y paso los dedos. La piedra está tibia. Y me ocurre algo que no sé decir: que esa losa ya conoce el peso de mi mano, que mis dedos saben dónde agarrar antes de buscarlo. Aparto la idea como se aparta una mosca.

—¿La levantamos? —dice Loren, y lo dice como quien dice “¿saltamos al río?”.

Asiento. No estoy seguro de querer, pero asiento.

Pesa. La levantamos poco a poco y el aire cambia. Sube un olor que no se parece a nada: no huele a muerto como en los libros, huele a metal, a hojas pisadas, a humedad antigua, a algo que me aprieta la garganta. Bajo la losa, la tierra no está suelta. Hay madera oscura, hinchada por el agua. Loren mete la mano. Juntos apartamos un pedazo que se deshace con la facilidad del pan. Y entonces lo vemos.

No sé si es hombre o mujer. No sé si ha pasado un día o cien años. Tiene restos de traje pegados a una piel que aún no es del todo hueso; un cuello que no es un cuello, sino la forma de lo que lo fue. La cara está completa y no lo está, como si el tiempo la hubiera olvidado. No hay gusanos. No hay ruido. Solo nosotros y eso. Me quedo sin aire.

Suelto. La losa cae torpe, sin miramiento, con un sonido hueco que parece repetirse abajo, adentro. Doy un paso atrás. Tropiezo con una cruz de hierro oculta en la hierba. La cruz se me clava en el tobillo, me caigo hacia atrás, y oigo —más adentro que en los oídos— un crujido leve en la nuca, un chasquido pequeño, como el de una rama verde. Una punzada sube hasta el cráneo y luego, de golpe, no sube nada. La nuca se me queda quieta, ausente, como un brazo dormido. Me levanto por puro orgullo, por vergüenza quizás. No digo nada.

—Vámonos —susurra Riki, y me agarra del codo.

Bajamos corriendo por la carretera. La luz cambia: de golpe es tarde, de golpe es casi noche. Donde la carretera se parte, Loren y Riki tiran hacia abajo, hacia el barrio nuevo, por el atajo que cruza la vía.

—¡Por aquí se baja antes! —grita Loren—. ¡Que viene rápida la tormenta!

—¡Yo voy por el Plazaola! —contesto, y mi voz me suena lejos, como debajo del agua.

Los veo bajar hacia el paso sin barrera con las camisetas pegadas a la espalda. No vuelvo a mirar; cojo otra vez el camino del Plazaola, paso entre los Mogotes, dejo el soto, sigo hacia El Empalme, hacia la Rochapea, las casas del Salvador, mi casa. Llego con la sensación de no haber llegado todavía. Mi madre pone la mesa y pregunta por qué traigo tierra hasta los tobillos, pero no levanta la vista del mantel. Mi padre mira los vasos contra la luz, como si la luz fuera vino. Me siento. En la mesa hay un cubierto de más, o de menos; no sabría decir cuál. Nadie me mira del todo: me hablan como se le habla a alguien que está en la habitación de al lado, y las voces me llegan un poco tarde, como si tuvieran que cruzar un patio para alcanzarme. Ceno. Mastico, pero la comida no tiene sabor; la lengua no me obedece. Se ríen de  algo que están echando en la televisión. Yo trago. Me pesan los párpados como si alguien me los hubiera untado de plomo. Pido permiso y me retiro.

En mi cuarto, la cortina respira hacia dentro y hacia fuera. Me tumbo. Oigo, lejano, un rumor que parece de lluvia y no lo es. Pienso en la losa cayendo. Pienso en el crujido de mi nuca, que sigue sin dolerme, y eso —que no me duela— es lo único que me da miedo, como si por dentro se me hubiera parado un reloj. El sueño me toma sin pedir permiso.

2

Me despierto porque me despierto: sin un antes o un después, como si el despertar fuera lo primero. Estoy de pie en el cementerio de arriba. No sé cómo he llegado, pero el camino me pertenece y no me sorprende. La losa está abierta. La tumba, vacía. Abajo, en la cuenca, muy lejos, se ven las luces de la avenida de Guipúzcoa, pero no llega ningún ruido de allí. El aire tiene dentro todos los colores que tiene el agua cuando se hace negra.

A la entrada se recorta una figura. El viento le mueve las ropas, pero no le mueve el cuerpo. Camino hacia ella porque no sé hacer otra cosa. Cuando estoy a un paso, su rostro se aclara como si tuviera luz dentro, y en esa claridad aparece la cara de mi padre. O la cara que el aita ponía para asustarme de pequeño: la forma de la pena antes de la pena.

—Aita… —digo, pero el nombre me sale corto.

Entonces el rostro se pliega, se retuerce, y en un segundo es una calavera pulida. Y después ya no es calavera, sino el monstruo que visita mis noches desde antes de que supiera nombrar el miedo de pequeño. Ahora lo entiendo de otra manera: no es que el monstruo tenga muchas caras, es que la cosa que hay debajo se prueba caras, como quien se prueba sombreros, hasta dar con la que más me duele. Abre los brazos y me rodea con un abrazo frío y total. Siento el dolor clavado en la nuca y, al mismo tiempo, una paz que no se parece a la paz. Grito. El grito me despierta.

Llueve. No como suele llover: llueve como si el cielo tuviera cuentas pendientes con la tierra. Grito otra vez, pero mi grito se disuelve en la casa. Nadie responde. El cuarto se ha encogido, como si la madera se hubiera acercado al centro. El armario oscuro parece más alto; por debajo de sus puertas se cuela una luz que no está encendida en ninguna parte. Hay algo dentro. Lo sé como se saben las cosas que no nos han contado.

El espejo de la cómoda me devuelve una imagen que tarda un segundo en decidirse, y en ese segundo no soy yo: soy alguien parecido. Cuando al fin me devuelve, lo hace con un retraso mínimo, una cortesía que da miedo. Me llevo la mano a la nuca. El reflejo se lleva la mano a la nuca un instante después que yo, como si tuviera que acordarse de hacerlo.

Me tumbo. El reloj de pared no suena. No sé cuánto pasa; vuelvo a dormirme sin que la decisión me pertenezca.

Despierto al día siguiente con un olor a tierra húmeda que no debería estar en una casa de la Rocha. Bajo los pies encuentro granos de tierra pegada. En el terrazo hay dos rastros de pisadas oscuras. Uno es mío. El otro es un poco más grande, un poco más largo, como si mi pie hubiera crecido durante la noche sin avisarme. Me agacho y toco. La humedad me mancha la yema.

—¡Kike! —grita mi madre desde la cocina, alegre, cotidiana—. ¡A almorzar!

La casa vuelve a su tamaño. En la cocina están mi padre con el vaso, mi madre con la cafetera, el pan, la radio que habla de otra parte del mundo. Les miro las manos para asegurarme de que son sus manos. Almuerzo como si el mundo estuviera correcto. La leche tampoco sabe a nada.

—¿Qué hicisteis ayer por la tarde? —pregunta mi madre, pero no espera respuesta, y yo asiento como si respondiera.

La radio da un aviso de tormenta y nombra, de pasada, un suceso en el paso a nivel de Berriozar. Mi madre sube el volumen un segundo y vuelve a bajarlo.

—Cosas de mayores —dice, y me aparta el pelo de la frente.

Mi padre dice que las tormentas pasan por encima y no se quedan. Pienso en contarles lo de la losa, lo del crujido, lo de la figura con la cara de aita; pero cuando abro la boca, una parte de mí, prudente o cobarde, me sujeta la lengua. Por la ventana, allá arriba, la falda del monte de San Cristóbal y los cipreses del cementerio parecen más altos hoy.

Digo que voy a ver a los chicos. Mi madre me pide que vuelva a comer. Asiento. Al salir, el pasillo se alarga un poco y se acorta; el espejo me deja ir con una fracción de retraso. El armario no me mira, pero sé que sigue guardando lo que guarda.

3

Subo por el Plazaola a buscar a Loren y a Riki. No están en el camino. Llego hasta donde la carretera se parte, donde ayer se fueron hacia abajo, y miro hacia el barrio nuevo, hacia el paso sin barrera por el que cruzaron. En la grava, junto a los railes, hay un trozo de tela que no quiero mirar pero miro. Es una tela de cuadros. Riki llevaba una camisa a cuadros. Me digo que hay muchas camisas a cuadros en el mundo. Subo por la carretera hacia el pueblo viejo. No insisto. No quiero insistir.

La tapia me recibe como si yo le perteneciera. La escalo, como siempre, y camino entre los cipreses hacia el fondo, hacia las tumbas viejas de los míos, hacia la lápida desconchada. Está donde debe. Apoyo las manos. Esta vez la levanto solo.

Pesa menos. O yo peso más. Debajo hay madera, y bajo la madera, una cara. Me inclino. El rostro no coincide con ninguno que haya visto y, sin embargo, los contiene todos. Un segundo me parece la boca de Riki. Otro, la ceja de Loren. Otro… otro segundo me veo a mí, no al de ahora, sino al de cuando saltaba la tapia del chalet a robar higos. Mientras miro, la cara se apaga, se hunde, se desprende, como una fruta podrida a cámara rápida, hasta que donde había un rostro hay un cráneo, y las cuencas me miran con una neutralidad peor que cualquier amenaza.

Entonces la lápida se estremece bajo mis manos. Sobre la piedra desconchada aparecen letras pálidas, primero como humo, luego como tiza, al final como cincel. Un nombre. Una fecha. Mi nombre...

ENRIQUE *** — 31 de JULIO de 1973

No me lo explico. Me niego a explicármelo. Hago lo único que sé hacer: agarro la losa para taparla, para devolverla a su sitio, para deshacerlo todo con las manos. La losa no se deja. Pesa lo que pesa el mundo. Tiro hasta que las cuerdas del cuello me arden —y no me arden, porque la nuca sigue dormida, y ese silencio del cuello es ahora el centro de todo el miedo.

Lo dejo. Echo a correr. Corro cuesta abajo, hacia la Rocha,  hacia casa, para que mi madre me ponga la mano en la frente y me diga que son cosas de mayores. Bajo por la carretera,  al camino del Plazaola, paso entre los Mogotes, dejo el soto, sigo hacia El Empalme, hacia las casas del Salvador, hacia mi portal. Pero a casa no llego nunca. El camino se da la vuelta sobre sí mismo y otra vez estoy arriba, entre los cipreses, a los pies de la tapia. Lo intento despacio, midiendo cada paso, y de nuevo el camino pedregoso me deja delante del camposanto. La Rocha, mi calle, mi casa, se han quedado a un lado del mundo al que ya no llego.

Me rindo en mitad del camino, de rodillas. Y es ahí, quieto, cuando lo oigo todo a la vez sin que nadie me lo cuente. La campana del pueblo viejo da un toque que no viene de la iglesia: viene de la vía. Oigo dos camisetas pegadas a la espalda bajando por el atajo, cruzando el paso sin barrera que lleva al barrio nuevo, corriendo de la tormenta, sin saber lo que ya ha pasado ni lo que va a pasarles. Oigo el ómnibus de las ocho y media, el de pasajeros, el que viene de Alsasua y Vitoria y no frena. Oigo la voz que no llega. Oigo el silencio de después, que es un silencio con dos huecos exactos. Y entiendo por qué en el terrazo solo había un rastro acompañando al mío: porque el otro pie, el más grande, el más largo, no es de Loren ni de Riki. Es el que me espera. Es el mío de luego.

—No —digo, sin esperanza.

El viento se apaga. Un ciprés alarga su sombra sobre mí como un dedo. Oigo pasos. No son de Riki ni de Loren. Son los míos: el ritmo exacto con que bajo las escaleras de casa cuando no quiero hacer ruido. Me doy la vuelta.

Me encuentro. Estoy ahí, a un metro, con la tierra hasta los tobillos y la marca de la cruz de hierro en la piel. Mi cara me mira, y la mía, la que mira, ya no decide. La cosa que anoche se probó la cara de aita lleva ahora la mía, y por fin ha dado con la que más me duele.

Abro la boca para preguntar lo único que se me ocurre —“¿cuándo?”—, pero el otro yo no contesta con palabras. Levanta la mano y se la lleva a la nuca, despacio, y yo, sin querer, le imito con un retraso mínimo, una cortesía que da miedo, y comprendo de qué lado del espejo estoy.

Me acerco a la losa. Paso los dedos por las letras. Están frías. Debajo, lo sé sin mirar, hay madera hinchada y un hueco del tamaño exacto de mi silencio. No es la tumba de los abuelos -esa queda unos pasos más allá, con su nombre aún puesto-, es esta, la vieja sin nombre de la misma hilera, la que nadie reclamaba porque me estaba esperando a mí, en la tierra de los míos, desde siempre.  Arriba está el día en que me maté, ayer, 31 de julio. Y debajo de mi nombre, donde antes no había nada, leo ahora una línea nueva que aún no existe y que ya está, como se ve la lluvia antes de caer: 1 de AGOSTO, hoy, el día en que la losa se cierra sobre mí. Sin año. O con todos los años.

Porque mi mano ya conocía esta losa esta mañana. Porque hay un déjà vu que no es un error de la memoria, sino una huella. Lo he hecho antes. Lo haré: dentro de un año, el 1 de agosto, alguien que soy yo y no soy volverá a subir por el camino del Plazaola y a vivir estas mismas veinticuatro horas como si fueran nuevas, porque hay cosas que no se aprenden de una vez. El monstruo de mi infancia no era un anuncio de esto: era esto, visto de lejos, una y otra vez, por un niño que cada verano se acercaba un poco más a entenderlo.

No hay ceremonia. No hay lágrimas. Pongo la losa en su sitio con cuidado. Me doy un segundo para memorizar el paisaje: la tapia que hay que escalar; los cipreses oscuros; las sesenta tumbas; los tres panteones que creen en su eternidad de hierro; las dos criptas que saben lo que no decimos; las escaleras de musgo que beben del aire; y, allá abajo, en la cuenca, la avenida de Guipúzcoa encendiéndose, el mundo de los vivos, Berriozar, la Rochapea, todo lo que se queda abajo cuando uno sube.

—Kike —dice una voz, la mía, o la de aita, o la de la cosa que se prueba caras—. Es la hora.

Cuando la primera gota cae sobre la losa, el mundo hace un ruido mínimo, íntimo, como de llave que encaja. Siento el abrazo que conocí en el sueño, frío y total, y no me resisto. Pongo la mano sobre mi nombre, cierro los ojos y, en la oscuridad que no asusta, doy un paso.

Arriba, sobre la piedra, entre los cipreses, la última cifra de la fecha empieza despacio a borrarse, para volver a escribirse.