lunes, 2 de febrero de 2026

Viaje al pasado: El Castillo de Dª Berenguela

Aquel día, 9 de agosto de 1982, había salido de casa de mi tía, en Autillo, temprano por la mañana, con la fresquera,  para darme mi paseo matinal en bici. El cielo era de un azul impoluto,  con el sol todavía sin calentar,  escondido tras la iglesia de Santa Eufemia. Salí en dirección a Fuentes donde pasé  buena parte de la mañana. Al mediodía di cuenta de un generoso almuerzo en el bar de las Cuatro Esquinas, el antiguo Petiso, que me dejó como nuevo, con ganas de reanudar la excursión por los pueblos del contorno: Abarca, Castromocho,  para volver a Autillo de nuevo. Lo hice con el sol en lo alto y entré por el camino cercano al viejo edificio que me habían contado fue el palacio donde estuvo la reina Berenguela, cuando se coronó rey a su hijo Fernando al que más tarde apodarían El Santo.

Yo lo recordaba detrás de la iglesia, ya casi vencido, con el tejado abierto a dentelladas, el interior comido por la palomina y el abandono. Un edificio que estaba siendo utilizado aquellos días como  granero y que, visto desde fuera, en sus partes mejor conservadas nos retrotraía a lo que pudo ser un castillo o palacio de la alta edad media. Me pregunté  por un momento como habría sido la vida en aquella tierra en aquellos oscuros siglos. Nada me hacía sospechar en ese momento que más pronto que tarde tendría la respuesta. Me bajé de la bici,  me acerqué a la fuente pública que estaba unos metros más adelante, a la derecha, aquella fuente que había conocido desde pequeño, con  su manivela metálica que giraba con ese quejido de hierro, levantando el agua en cangilones como una noria pequeña. Bebí para saciar mi sed, con pequeños sorbos. El pueblo estaba quieto, tendido al sol como una piedra caliente. Las calles olían a polvo y a cereal, y el aire —ese aire de Tierra de Campos, ancho como una promesa— me entraba en los pulmones con la facilidad con la que entran los recuerdos de veranos anteriores.

-I-

Casi por reflejo tomé el camino hacia la Iglesia de Santa Eufemia. Candé la bici y entré  a la iglesia buscando paz. Adentro, el aire era otro: más fresco, más denso, con ese olor a piedra antigua, cera y madera barnizada. Me recibió esa penumbra que no es oscuridad: es una manera de bajar el ruido del mundo. Me quedé unos minutos mirando a las alturas, dejando que la vista se acostumbrara, como quien vuelve a casa y se fija en lo que nunca mira. Recuerdo el efecto que producían sobre mí las piedras y  las bóvedas de la iglesia. Tenía la sensación de que el tiempo se podía detener o congelar allí dentro.

Fue al rodear un lateral cuando vi una puerta que nunca había visto.

Una puerta pequeña, discreta, en un tramo lateral que yo habría jurado que era pared. No era una puerta monumental, ni un arco llamativo. Era una hoja de madera  vieja y oscura, con herrajes gastados. Tenía algo impropio. Como si no perteneciera a ese sitio o a ese tiempo.

Me acerqué. No sé por qué lo hice. Tal vez porque la curiosidad, cuando te ha elegido, se disfraza de necesidad. Puse la mano en el hierro y noté un estremecimiento leve, como si el metal estuviera vivo.

La empujé. La puerta cedió con un suspiro.

Detrás no había capilla ni sacristía. Había un paso estrecho, escalones hacia abajo y un aliento frío que olía a piedra cerrada, a tierra, a sótano y que me erizó los brazos. Bajé. Cada peldaño parecía tragarse el sonido de mis pasos. El sonido de la nave se fue apagando, tragado por la piedra. Y al final, en un hueco que parecía una cripta o un pasadizo olvidado, había una luz.

Bajé

Al fondo, una luz.

No era una luz eléctrica. No era una vela. Era una claridad blanca, sin fuente, sin llama, sin sombra, como si el aire estuviera iluminado por dentro. Me quedé quieto, con la respiración suspendida, y me oí pensar una tontería: “Esto no puede ser”. Pero la luz tiraba de mí con una fuerza antigua, como si la hubiera estado esperando.

Dí un paso.

La luz me envolvió y cuando la luz me tocó el mundo se deshizo y perdí la conciencia.

-II- 

Cuando desperté lo primero que sentí fue el olor. No era el olor de la mañana. Era un olor a humo,  estiércol  y  barro.

Después vino el ruido: voces, relinchos, metal golpeando metal, y un murmullo de gente reunida...

Lo tercero fue el suelo. Caí de rodillas en un barro duro, con piedras incrustadas. Abrí los ojos y el cielo me cayó encima, enorme, limpio, con una dureza azul que no recordaba desde hacía tiempo. Estaba fuera del recinto. A unos metros, donde debía estar la iglesia de San Eufemia había una ermita, la ermita se encontraba  cerca,  a cien metros,  del palacio defensivo que ya había conocido en muy mal estado hace unos momentos, un abismo de tiempo como descubriría  después,  y más allá se divisaba el pueblo pero no el de mis veraneos.

Era Autillo y no lo era. Tenía el mismo perfil, el mismo campo, pero las casas eran más bajas, de barro y piedra, con techos de paja y madera oscura, y el suelo… el suelo era un barro endurecido, con surcos de carros y huellas de animales. Había moscas. Muchas. Y gallinas sueltas picoteando mierda seca.

Las moscas no eran un detalle: formaban una nube insistente que se te metía en los ojos y en las comisuras de la boca. Zumbaban en las orejas como si el pueblo entero tuviera un motor pequeño y sucio funcionando sin parar. Vi charcos de agua estancada y verdosa, y un perro flaco lamiendo algo que no quise mirar mucho.

Me miré: vestía unos vaqueros desgastados, una camisa de verano de lino de color verde, unas zapatillas de deporte y llevaba en la muñeca un reloj digital Casio de esos que se pusieron de moda en los años 80. Era como un  cartel luminoso en mitad de una procesión. 

Me entró un miedo  frío, instantáneo, instintivo, casi animal. Un miedo de esos que te avisan desde la barriga: estas en peligro. Corre.

A unos metros, un hombre me vio. Un hombre de barba corta y dientes oscuros. Llevaba una túnica corta, ceñida con cuerda, y un capuchón de lana. Se quedó clavado mirándome, como si yo fuera una aparición. Yo también me quedé quieto, intentando decidir, en una décima de segundo,  si correr,  sonreír o caer de rodillas. Elegí lo peor: no hacer nada.

—¿Quién… sodes? —dijo, con una voz ronca y una pronunciación rara, más abierta, más áspera. Me miraba como se mira a un muerto que aun anda

Aquel “sodes” me desubicó por completo. No era castellano moderno; era un castellano antiguo que reconocí por intuición, como se reconoce el rostro de un antepasado en una fotografía.

No respondí. Me noté la boca seca.

El hombre dio un paso atrás y gritó hacia la ermita:

—¡Aqueste es extraño! Y la palabra extraño sonó como "culpable".

Y entonces vi por qué había tanta gente.

A la salida del pueblo se levantaba un pequeño claro donde se había reunido una gran cantidad de personas: campesinos, mujeres con sayas y mantos, niños pegados a las faldas, hombres con barba corta, algunos con gorros de paño. Y entre ellos, como una línea que cortaba el aire, un nutrido destacamento de soldados.

Los soldados no pertenecían a ninguna recreación histórica ni al rodaje de una película; eran sin duda reales y muchos  lucían un aspecto un tanto descuidado. Algunos llevaban gambesones acolchados  manchados, otros cotas de malla sucias que olían a metal y grasa aunque  brillaban al sol como escamas, y sobre la cabeza muchos llevaban caperuzas de malla o cascos sencillos, algunos de ellos abollados por la refriega de las batallas. Vi escudos golpeados con formas alargadas, lanzas, y espadas envainadas.

En los límites del campamento había restos: huesos roídos cerca de una hoguera apagada, trapos sucios que parecían vendas viejas, y manchas oscuras en el suelo que no eran de barro. El aire tenía ese rastro de carne salada y de sebo, como si alguien hubiera pasado la vida entera encima de una fogata.

Había numerosos caballos: nerviosos, resoplando, golpeando el suelo, con las crines trenzadas y los arneses de cuero oscuro. Olían a  sudor caliente, a orina. Algunos tenían espuma en las bocas. Uno coceó al aire y casi tira a un hombre,

Los  pendones se movían al viento: telas gruesas, pesadas con bordados toscos y diferentes colores, que prometían lealtades y guerras. No distinguí bien los emblemas, pero vi castillos bordados y cruces, y entendí que estaba mirando algo que no era una fiesta local, ni parecía tampoco, como he dicho,  una recreación histórica.

Había viajado en el tiempo, Dios sabe donde. Estaba asistiendo a un episodio de la historia de España.

Me dio un vuelco el estómago y me temblaron las piernas al pensar, por lo que estaba viendo y mi conocimiento de la historia de España que podía encontrarme en los oscuros siglos de la edad media donde reinaba  la ignorancia y la superstición.

Intenté retroceder hacia la ermita, hacia la luz, pero al girarme… no había luz. La entrada por la que había salido no era una puerta; era una pared de piedra. Me quedé helado

Tragué saliva. Estoy aquí. Y aquí significa… aquí de verdad.

-III-

Una mujer, mayor, con las manos enrojecidas y cuarteadas por el sol, se acercó con cautela. Me olió y me miró de arriba abajo como se mira un animal raro, desconocido.

—Traes paños de loco o de encantado—dijo, y no sonó como burla, sino como advertencia.

Me tocó la camisa verde, pellizcando la tela como si no entendiera cómo podía existir.

Yo conseguí articular algo:

—Me… he perdido.

La frase sonó ridícula en aquel lugar, pero la mujer pareció aceptar que un hombre se pierde como se pierde una oveja.

—Si te ven los de armas, prenderte han. Ven.

Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me arrastró hacia un grupo de carros. Allí, detrás de unos haces de leña  me lanzó un manto oscuro que olía a humo y cuerpo y una especie de sayo de lana áspera que rascaba como esparto.

El manto no solo olía a cuerpo: olía a cuerpo enfermo, a lana mojada mal secada, a una acidez de sudor que llevaba días ahí. En cuanto me lo eché encima sentí que algo se movía. No era producto de mi  imaginación: era un cosquilleo real, como si pequeñas patas se abrieran paso por el cuello y las muñecas. Quise rascarme, pero la mujer me clavó una mirada que me dejó quieto.

—Quítate eso —ordenó señalando mi camisa

Tardé un segundo en entender. Me desnudé a medias, temblando de miedo y de vergüenza, intentando no hacer movimientos raros. Me cubrí como pude. Me puse el sayo por encima  y me cubrí con el manto. Aun así, los vaqueros y el reloj digital asomaban por debajo del sayo así como las zapatillas, que delataban mi época como  señales de humo.

La mujer chasqueó la lengua y me echó barro en los bajos.

—Agora pareces menos endiablado.

“Endiablado”. Otra palabra que me golpeó.

Quise preguntar dónde estaba, qué estaba pasando, pero ella señaló hacia el claro:

—Agora calla. Mira. Viene gente grande.

Y entonces, como si el aire se hubiera tensado, los murmullos se apagaron. Los soldados se alinearon. Los caballos levantaron la cabeza.

Vi llegar a un pequeño grupo escoltado.

En medio, una mujer con porte firme. No iba vestida como una campesina. Llevaba un vestido largo, con buenas telas, colores más profundos, y un velo o toca que enmarcaba el rostro. No era una figura de cuento: era una autoridad que no necesitaba gritar para que el mundo se apartara. Junto a ella, un joven —no un niño— con el rostro serio, la espalda recta, y una mirada que parecía no permitirse el miedo.

Supe que eran ellos antes de que nadie lo dijera: en Autillo y en aquella época no podían ser más que  Berenguela y su hijo Fernando.

Mi garganta se cerró.

En mi cabeza se mezclaron datos y vértigo: la muerte del rey Enrique en Palencia, la tensión con la casa de Lara, el miedo a que León reclamara Castilla, la carrera para traer al infante Fernando y evitar que el reino se deshiciera como pan viejo. Todo eso, que había estudiado en libros, estaba allí,  una suma de ojos vigilantes, manos en espadas y silencios cargados.

Alrededor de ellos se movían hombres de más rango: con mejores mantos y espadas y escoltas mejor alimentadas. Y el resto, -campesinos, mujeres y niños-, miraban con una mezcla de esperanza y miedo, como se mira una tormenta que puede regar o destruir.

Un hombre de aspecto noble, ancho de hombros, con un manto más rico y escolta propia, se adelantó. No oí su nombre, pero por la manera en que la gente lo miraba comprendí que aquel era alguien que mandaba en Autillo: el señor del lugar, el que daba refugio y fuerza a esa escena. Mi memoria buscó el nombre que yo ya sabía: Gonzalo Royz  Girón, el mayordomo, el defensor de la reina, el señor de Autillo.

El noble ´dijo,  en  voz alta,  unas palabras que fueron escuchadas con respeto. Oí frases sueltas, cortadas, pronunciadas en ese castellano rugoso y arcaico que se me quedaba clavado. Hablaba de la muerte del rey Enrique al caerle una teja en la cabeza,  de las ambiciones del conde, -se refería al conde Alvar Nuñez de Lara. Pero el tono era claro: una proclamación, un reconocimiento, una aceptación. A él le siguieron otros ricos omnes. Hablaban de derecho, de herencia, de lealtad. Una palabra se repetía a cada momento: fidelidad.

La reina escuchó.

Y luego, llegó el momento.

Berenguela dio un paso. Miró a su hijo. Y en esa mirada vi algo que no esperaba: no solo poder. Vi cansancio pero también ví decisión. Como si aquella mujer, para mantener el reino en pie, hubiera tenido que dormir poco durante años.

Hizo un gesto —un gesto breve— y el joven quedó un poco más adelante, expuesto ante todos.

Alguien alzó un pendón. Alguien gritó “¡Castilla!” y el grito se extendió como el fuego en un rastrojo. Vi manos levantarse, vi cabezas inclinarse, vi bocas repetir un nombre que se quebraba en la pronunciación antigua:

—¡Fernando! ¡Fernando rey!

Me entraron ganas de llorar y no supe por qué. Porque estaba allí. Porque ese instante, que en mi tiempo es una frase en un párrafo, en ese tiempo era una frontera.

Y otro con voz que partía el aire, dijo algo que me erizó entero porque era exactamente el pulso del texto antiguo:

-Real!!, Real!!, Real!! 

Fernando era proclamado rey en Autillo —en aquel junio de 1217— y el pueblo entero parecía comprender que, aunque no lo supiera aún, España cambiaba de dirección en ese claro, junto a una ermita extramuros.

Fernando —tan joven— levantó la barbilla. Sus labios se movieron. Tal vez juró. Tal vez pidió ayuda. Tal vez prometió justicia. No lo sé. Lo que sí sé es que, cuando habló, el silencio que lo escuchó era el silencio de miles de vidas que dependían de esa voz.

Y entonces ocurrió algo pequeño, humano, que me desarmó: Berenguela se acercó un instante y, casi sin que nadie lo notara, le tocó el brazo, como una madre que dice “estoy aquí, aguanta” sin palabras.

Pensé en lo que vendría: guerras, pactos, asedios; la coronación formal poco después; la oposición; la paciencia. Y, más adelante, el punto final que cerraría el círculo: la unión definitiva de Castilla y León en 1230, cuando Fernando heredara León.

Pero yo no estaba allí para ver el futuro. Yo estaba allí para sentir el peso del pasado.

Los hombres alrededor comentaron algo que me encajó con otro detalle de la crónica: la multitud era tanta que no cabían en palacio.

—Non cabemos en palacio. Al mercado —ordenó uno—. Al mercado que todos lo vean

Y el gentío se movió como ganado empujado por pastores: empujones, niños llorando, mujeres apretando el manto contra el pecho, hombres levantando codos. El barro se convirtió  en polvo. Me atreví a moverme unos pasos, con el manto tapándome el cuerpo como si pudiera taparme la época. Desde ese nuevo ángulo vi el pueblo mejor: las calles sin empedrar, los charcos secos, animales sueltos, niños descalzos, perros flacos.

En el recinto  del mercado, la suciedad se multiplicaba: charcos de sangre aguada cerca de una tabla donde habían destripado algo, pellejos colgando de unos postes, y un montón de vísceras oscurecidas que atraían moscas como si fueran imanes. El suelo estaba resbaladizo en algunos puntos, y la gente pisaba sin mirar, acostumbrada. Un hombre gritaba precios (en dinero de vellón) con voz rota; una mujer ofrecía sal; otro vendía un queso reseco. Hasta mi llegaba un hedor a carne, a tripa caliente, a sebo y a humo que se te pegaba en el pelo.

-IV-

Comprendí entonces que esa proclamación tenía algo de urgencia logística y algo de gesto simbólico: que fuese ante todos, en lugar público, con testigos, porque los reinos no se sostienen solo con sangre, sino con ojos.

A lo lejos, hacia donde, en mi recuerdo, estaba la fuente de la manivela, había  un pozo: un brocal de piedra, un travesaño de madera, una cuerda con cubo. A su lado, un pilón humilde donde bebían dos bestias.

En ese ir y venir, mi mirada se fue instintivamente hacia donde, en mis veraneos, se alzaba el llamado palacio “de la reina”, en realidad el palacio de Ruiz Girón una  imponente construcción con muros gruesos, un portón y actividad alrededor. No era la  ruina que yo conocía. Era un edificio vivo, con guardias, con movimiento, con autoridad. Estaba viendo el pasado intacto de una construcción que yo había conocido rota y  abandonada.

Aunque en realidad no era el “de la reina”, como decíamos de niños; sino el del mayordomo, el del señor. De pronto entendí la trampa dulce de las leyendas: a veces un lugar necesita un nombre grande para que no se nos olvide.

Mi mente iba demasiado rápido. No pude evitarlo: di un paso más, buscando ver mejor, buscando grabarlo en la retina para llevármelo a mi tiempo como quien roba una reliquia.

Y ese fue mi error.

Cometí el error típico del que mira demasiado: di un paso fuera del amparo del carro, buscando ver mejor.

Un soldado me vio.

—¡Eh, tú! —gritó.

Me señaló con una seguridad brutal, como si llevara un cartel colgado. Se acercó rápido, olfateando rareza. ´

Olía a sudor rancio y a metal. Me agarró del manto y tiró.

El manto se abrió un poco y asomó el vaquero. Luego las zapatillas y más tarde el Casio que había comprado en Pamplona ese mismo verano.

Su cara cambió de sospecha a certeza de herejía.

—Esto… non es paño de cristiano y este artefacto que es—escupió, y me agarró la muñeca con una fuerza brutal para arrancarme el reloj que tanto le había sorprendido y por el que preguntaba.

Me apretó hasta que sentí que me iba a dejar marca.

—¿De quién eres? ¿Quién te envía? —me ladró.

Intenté decir “me he perdido”, pero mi voz salió rara, demasiado suave, fuera de tono, como si mi lengua no perteneciera a ese siglo.

El soldado no oyó palabras: sintió una amenaza.

—¡Prendedlo!

La palabra me cayó como una piedra.

Me empujó hacia delante. Noté ojos clavados: curiosidad, miedo, odio. Alguien gritó “bruxo”. Otro se santiguó. Una mujer se apartó como si yo contagiara.

Uno de los del gentío —un hombre con la cara chupada y los labios blanquecinos— levantó un dedo hacia mí y empezó a gritar como si ya tuviera sentencia: que si era sombra de mal agüero, que si era una señal del diablo, que si por gente como yo caían tejas y morían reyes. Y lo peor fue que otros le siguieron, no porque no me entendieran, sino porque necesitaban un recipiente donde vaciar su miedo. Sentí que no era un simple  “arresto”, sino que estaba al borde de un linchamiento, la posibilidad real de que allí mismo me abrieran la cabeza “para ver qué tenía dentro”.

Y entonces lo supe: si me llevaban delante de los grandes, no iba a salir con una simple multa.

En ese siglo, un extraño puede desaparecer sin dejar rastro y al pueblo le quedará la tranquilidad de haber erradicado lo incomprensible.

Me revolví. El soldado me golpeó con el antebrazo. Vi las estrellas.

Corrí.

No corrí “bien”. Corrí como un animal acorralado, con el barro agarrándoseme a las suelas, oyendo detrás el metal y los gritos.

Llegué a la ermita de piedra. Palpé el lateral como un loco.

La puerta. La luz. Por favor.

Una losa cedió.

Detrás estaba la luz, blanca, imposible.

Noté la mano del soldado en mi hombro, tirando hacia atrás. Su aliento me golpeó la nuca.

—¡Non escaparás!

Y yo, sin pensar, me lancé a la luz como quien se tira a un pozo.

-V-

Caí de rodillas en la cripta bajo la iglesia de Santa Eufemia, con el sabor a humo todavía en la boca y el corazón pugnando por salírseme del pecho. Olía a la humedad de la piedra de la cripta mezclada con el olor a la cera  de cirios pertenecientes a la ceremonia de alguna antigua inhumación.

Subí como un animal que huye del fuego,  a trompicones. La misma escalera. La misma puerta de madera. La abrí. Entré en la nave silenciosa de Santa Eufemia como un náufrago que regresa a tierra. 

Me quedé apoyado en una columna sin poder moverme, oyendo mi respiración, esperando que el tiempo dejara de girar.

Cuando por fin salí a la calle,  Autillo era el de siempre: el silencio,  el camino, el viento, los tejados. Me acerqué a la fuente y giré la manivela. El hierro gimió. El agua subió en su cadena de cangilones y cayó al pilón, como si nada hubiera pasado.

Pero yo ya no era el mismo.

Porque yo había estado allí.

Había visto a Berenguela sostener el reino con un gesto mínimo. Había oído el castellano antiguo salir del pueblo y de bocas reales. Había visto la proclamación convertida en campamento, y el mercado llenarse porque “non cabían en palacio”.

Y había vuelto justo cuando me iban a prender.

Me quedé mirando al agua subiendo en su cadena de cangilones durante un rato largo.

Volví la vista hacia detrás de la iglesia, hacia el lugar donde mi memoria guardaba la ruina del palacio. Allí estaba: deteriorado, vencido, vacío… granero de un tiempo que lo había olvidado.

Y, sin embargo, en mi cabeza seguía vivo: los pendones al viento, las cotas de malla brillando, una madre tocando el brazo de su hijo para sostener un reino.

Solo entonces comprendí el verdadero terror del viaje: el verdadero terror no era que me prendieran en el año 1217, por brujo o por espía, que también, el verdadero drama era que, tras regresar, nadie  creyera mi  historia pues si la contaba me tomarían por un orate, por un loco. Solo yo sabía que lo había visto todo.

Me eché a reír, solo, paseando por el pueblo, con el corazón aún galopando como un caballo de guerra…y con la sensación de que el tiempo, por debajo, seguía abierto.

sábado, 24 de enero de 2026

Mundos alternativos: la Unión Soviética vive

Me desperté con la misma rutina de siempre, la misma sensación de lunes aunque el calendario dijera otra cosa. La persiana de la habitación dejaba entrar una luz azulada, de cielo raso, y el silencio de la casa tenía esa paz doméstica que suele engañarte: el mundo puede estar ardiendo ahí fuera y, aun así, el desayuno y la rutina diaria te espera.

Mi hermano seguía durmiendo en su cama, boca arriba, con el brazo por encima de la cabeza, como si nada pudiera tocarle, con la calma de quien no sospecha que la realidad puede cambiar sin avisar.

Fuí a la cocina. Abrí el frigorífico. Me preparé unos huevos revueltos con champiñones, un poco de fruta y un vaso de café con leche caliente. Lo de cada mañana antes de ir a trabajar al Casco Antiguo. Encendí la radio por costumbre: el informativo de las siete siempre me ha parecido un reloj-despertador con voz humana.

Hoy por Hoy. Aquí La SER.

El indicativo de Hoy por Hoy entraba con su familiaridad exacta, esa sintonía que no te sorprende porque forma parte de tus ritos cotidianos. Por eso me desconcertó tanto lo que vino después, un desconcierto que se tradujo en una instintiva reacción física. No fue un salto estridente, ni una señal de interferencia, ni un “ha sintonizado usted otra emisora”. Era la misma cadena, el mismo tono empleado por la presentadora estrella, la misma forma de hablar cercana… pero con un contenido que no pertenecía a mi vida.

—Son las siete de la mañana, las seis en Canarias. Comenzamos Hoy por Hoy con la última hora internacional: la OTAN mantiene el calendario de ampliación hacia el Este, aunque reconoce límites estratégicos “en la frontera soviética”. Moscú ha respondido a la cumbre de la OTAN advirtiendo de temibles “consecuencias” si se altera el equilibrio de seguridad.

Unión Soviética. Ampliación de la OTAN.

La taza me tembló un poco en la mano. 

Mi primera reacción fue estrictamente técnica: se han equivocado, estarán emitiendo un reportaje histórico. Esperé el giro, la aclaración, el “tal día como hoy hace …. años…”. Miré el calendario a ver si había alguna efemérides histórica. Nada. 

El presentador siguió con esa naturalidad de radio matinal que tan pronto te cuenta una huelga laboral como, a los treinta segundos, las noticias sobre el tiempo o el tráfico.

—En Moscú, el secretario general del Partido Comunista y presidente del Sóviet Supremo, Alexéi Sokolev, preside hoy el acto por el 35 aniversario de la Restauración 

Restauración. ¿1991?. Dicha así, con el mismo tono con el que anuncian una subida de la luz.

Me acerqué un poco más a la radio, como si la distancia fuese la culpable de que yo estuviera entendiendo mal. El presentador, sin dramatismo, añadió:

—…una fecha que el Kremlin considera el inicio de la “estabilización” tras el fracaso económico de la perestroika de Gorbachov.

Perestroika. Kremlin. Estabilización. En Hoy por Hoy, a las siete de la mañana, en mi cocina.

—…y ha defendido —dice— el modelo de “economía socialista modernizada” que desde principios de los 2000 ha permitido el crecimiento del consumo y el control estatal de los sectores estratégicos.

Ahí me golpeó lo más inquietante: no era el cliché del desabastecimiento eterno. No era la Unión Soviética que había conocido personalmente en 1988. Era una URSS que había hecho lo impensable: sobrevivir adaptándose, como China, con el partido comunista mandando y el mercado obedeciendo. Un pacto brutal, pero eficaz. En mi mundo, además, la OTAN se había extendido hasta las fronteras de Rusia, tras la desintegración de la URSS, entre  1999 y 2025. En este al parecer no.

Aun así, fuera de la radio todo seguía donde debía. El hervidor con la leche que borboteaba. El pan crujiendo al partirlo. El café olía como siempre. Todo en la cocina seguía encajando; lo único que se había desviado era la Historia. Ese contraste entre la rutina perfecta y la anomalía absoluta me dio aún mucho más miedo.

Miré desde la cocina por instinto a la habitación , como si mi hermano pudiera levantar la cabeza y decirme al escuchar la radio: “¿qué pasa?”. No. Seguía durmiendo. Y esa normalidad doméstica, lejos de tranquilizarme, me dejó una sensación de soledad: yo era el único oyente del cambio.

Apagué la radio.

La volví a encender.

SER. Hoy por Hoy. La misma voz.

—…y atención, porque Washington y Moscú vuelven a sentarse hoy en Ginebra para negociar límites en los sistemas de misiles hipersónicos. La Casa Blanca insiste en que no habrá concesiones en Europa…

Sistemas de misiles hipersónicos. Ginebra. Washington y Moscú como pareja fija del planeta. Otra vez la guerra fría, pero en 2026 y con palabras nuevas.

Salí de casa como sale uno cualquier día: con el abrigo a medio cerrar y las llaves en el bolsillo pero con la sensación de caminar dentro de un día normal guardando un secreto enorme y donde yo fuese al único al que le habían cambiado el escenario.

Pamplona, La Rocha estaba igual: las mismas fachadas, el mismo coche que siempre aparcaba donde no debía, el mismo olor a pan reciente si pasabas cerca del Taberna de Marcelo Celayeta. Al fondo se oía un camión de reparto. Un hombre caminaba rápido con la cabeza agachada, protegiéndose del frío. La ciudad no parecía enterarse de nada.

En la esquina, el quiosco tenía los mismos periódicos, con las mismas fotos de políticos, los mismos deportes, la misma economía. Si había una Unión Soviética, no se notaba en los escaparates ni en el modo en que la gente caminaba por la calle.

No había banderas, ni carteles, ni un cambio estético que delatara una Historia alternativa. El mundo seguía funcionando con su inercia local: las obras de Sarasate, la zona de bajas emisiones, nos quejábamos por lo caro que estaba todo y mirábamos al cielo solo para saber si iba a llover de forma inminente.

Y eso era lo más perturbador: que lo enorme apenas se notara.

En el taxi que me subió a lo Viejo volví a escuchar la radio. Agucé el oído para comprobar si la anomalía se sostenía cuando yo ya estaba en el mundo exterior.

—…las ocho menos cuarto. Vamos con una primera mirada a la economía: el precio de la energía vuelve a tensionar a la industria europea…

Energía. Eso sí era reconocible. Siguió:

—…y en el ámbito internacional, la Unión Soviética ha anunciado nuevos acuerdos de suministro con China, en un marco de cooperación estratégica que refuerza el eje euroasiático.

Eje euroasiático. China. Unión Soviética.

La clave empezó a ordenarse sola en mi cabeza. Si aquello era real, no podía ser una URSS congelada en la escasez. Tenía que ser una URSS que hubiese aprendido la lección: controlar el poder político, sí, pero permitir la prosperidad suficiente para que la gente no se levantase contra el régimen.

Una especie de “modelo chino” con otro relato y otra memoria.

Llegué al Casco Antiguo. Caminé por las calles estrechas con esa familiaridad que no se piensa. Un cartel de rebajas. Una persiana a medio subir. El olor de la cocina de un bar abriendo. Un repartidor arrastrando un carro con bebidas. Nadie actuaba como si el mundo estuviera en guerra fría permanente.
Abrí la oficina. Saludé. Empecé a trabajar. Respondí a correos, llamadas, mensajes. Todo normal. La vida cotidiana, en ese nivel, te obliga a funcionar aunque el universo se haya movido unos centímetros. Y esa normalidad, precisamente, me obligaba a ser doblemente prudente: si yo decía una sola frase fuera de sitio, parecería que deliraba. No le comenté nada a nadie.

Seguí trabajando como si nada. Atendí a gente. Firmé cosas. Hablé de asuntos pequeños. La vida del Casco Antiguo no se detiene por la geopolítica, y eso, de repente, me pareció un alivio y una condena: el mundo puede girar, pero la puerta hay que abrirla igual.

A la hora de comer, me fui a un bar de confianza del Casco.

En la televisión del bar hablaba el corresponsal en Moscú. Habló con serenidad de “la Restauración”. Lo explicó como si resumiera un cambio de gobierno.

—Tras el colapso económico de la perestroika, el núcleo duro del Partido, los militares y la Seguridad del Estado impusieron un giro. La represión política fue intensa en los primeros años, especialmente en las repúblicas separatistas. Pero a partir de finales de los noventa, y sobre todo desde el año 2002, se consolidó un modelo de apertura económica controlada: iniciativa privada limitada, licencias estrictas, cooperativas con incentivos, empresas mixtas en manufactura y consumo… con el Estado reteniendo energía, defensa, banca, transporte y telecomunicaciones.

Ahí estaba la verosimilitud: la URSS sobrevivía porque había llenado los frigoríficos y los estantes de los supermercados. Podía vigilar la palabra pública, pero no podía permitirse que las estanterías siguieran vacías. Me sorprendí imaginando escenas con supermercados soviéticos con productos “normales” y publicidad de consumo; marcas nacionales orgullosas; un patriotismo de prosperidad, no solo de sacrificio. Un orgullo reconstruido: “no nos desintegramos”, “no nos humillaron”, “seguimos siendo una temible potencia”. En un momento de reflexión, me asaltó el dilema moral que da sentido a estos mundos alternativos:

Si este sistema —más autoritario— ha conseguido estabilidad material, si la gente puede consumir, si hay empleo, si hay seguridad en las calles… ¿Cuánto está dispuesto a pagar un ciudadano por esa estabilidad y seguridad? ¿Cuánto de su voz, de su crítica, de su libertad?. ¿y cuántas personas se convencen de que esa entrega es razonable cuando su vida, por fin, deja de ser una eterna cola en la lucha por conseguir los productos cotidianos más básicos?

La conversación en la barra era la habitual en Pamplona: la subida de los precios, Osasuna, una obra mal ejecutada. Pero entre dos frases sobre el tiempo un paisano coló una línea, dicha sin intención, como un comentario sobre lo que estaba emitiendo la televisión:

—Y con los soviéticos como están, ya verás cómo vuelve a subir el gas.

Lo dijo como quien habla de la lluvia.

No pude evitar mirar al hombre. Él siguió comiendo. Nadie se alteró. Nadie discutió. Nadie pareció darse cuenta de que “los soviéticos” era una palabra que en mi vida real solo se usa en pasado. Allí, sin embargo, era presente, práctico, cotidiano.

Volví a trabajar, después de comer, con la sensación de haber entendido algo esencial: la geopolítica cambia, pero aquí, en estas calles, apenas se nota. Se nota en el recibo de la luz o del gas. El Casco Antiguo no se convierte en un decorado distinto; solo cambia el ruido de fondo.

Al final de la jornada me noté cansado de golpe, como si hubiera vivido dos vidas en un solo día: la local, que seguía su curso por Pamplona, y la global, que se había desplazado sin pedir permiso.

Cuando terminó la jornada, regresé a casa. El cielo estaba limpio, frío, con ese tono que hace que Pamplona parezca más nítida, más real. Mi hermano estaba en el salón, normal, ante la pantalla de la tablet.

No le comenté nada. No quería verme a mí mismo diciendo en voz alta: “he pasado el día en una línea temporal donde la Unión Soviética existe”. Me habría sonado a locura incluso a mí.

Cené sin hambre. En la cama, por última vez, puse la radio unos minutos. El mundo seguía igual: menciones a Moscú, a despliegue de misiles,  a China como socio necesario y a Europa como frontera.

Me quedé a oscuras pensando en algo incómodo: que quizá lo más inquietante no era la pervivencia de la Unión Soviética, sino la facilidad con la que mi cabeza estaba aceptando ese mundo con tal de que tuviera lógica. Con tal de que fuera consistente.

Y pensé en lo más inquietante de todo: que aquel mundo alternativo era perfectamente habitable para millones de personas, porque la vida cotidiana —si tienes trabajo, calefacción y comida— puede acostumbrarse a casi cualquier cosa. Incluso a un régimen.

Y también pensé que si esto era un mundo alternativo, si esto era una desviación quizá el sueño fuese el puente de regreso

Apagué. Me quedé a oscuras.

Y me dormí con el sonido de una palabra que no debiera existir en mi presente: Restauración

A la mañana siguiente me desperté con el mismo amanecer, la misma persiana, el mismo silencio. Fui a la cocina como un autómata, encendí la radio como un acto reflejo.

Y el indicativo era el de siempre.

La voz era la de siempre.

Hablaban de lo habitual: Ucrania, Venezuela, Groenlandia, Gaza,... conflictos viejos y conflictos nuevos. No había Unión Soviética. No había Restauración, No había Sokolev. Estaba mi mundo, con sus incertidumbres, sus alianzas, y sus sorpresas políticas.

Respiré como si llevara un día entero conteniendo el aire.

Mi hermano seguía durmiendo, igual que la víspera. Lo miré otra vez, y esta vez lo hice con ternura: qué fácil es estar a salvo cuando la realidad coincide con tu cotidianidad, con lo que vives cada día.

Mientras calentaba el café con leche en el microondas, el locutor mencionó al presidente Donald Trump y una negociación internacional que sonaba a otra época: la constitución de una Junta de Paz, el reparto de áreas de influencia, necesidades estratégicas de los estados, un mundo donde los aliados de ayer pueden ser los enemigos de mañana, y al revés. Nada que ver con la antigua Unión Soviética pensé. Y, sin embargo, algo en mi estómago no terminó de relajarse.

Hay días —lo sé ahora— en los que uno se despierta en otra línea alternativa sin necesidad de que lo anuncie la radio. Basta con que el mundo deje de parecer previsible. Basta con que el orden internacional que creías heredado y estable empiece a descomponerse  en manos de hombres capaces de cambiar el rumbo, de torcerlo todo de un golpe, con una frase, un gesto, o un cálculo. Quizás el mundo alternativo no esté tan lejos. A veces basta con un giro de liderazgo, una crisis, un cálculo, para que lo impensable se convierta en “ruido de fondo” en un programa de la mañana.

Apagué la radio despacio.

Miré al pasillo. Mi hermano seguía durmiendo.

Y pensé —sin atreverme a decirlo— que quizá no hace falta viajar o amanecer en un mundo alternativo para comprender lo frágil que es el nuestro.

El día del apocalipsis

Nos habían acostumbrado a amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Epidemias, guerras y hambrunas en la tele...

En el plano cósmico la amenaza más conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un asteroide más bien pequeño de apenas trescientos metros  al que los noticiarios se referían con palabras tranquilizadoras: pasará lejos, escaso riesgo de impacto, monitorización constante, etc.

Con el tiempo, lo de Apofis de tanto repetirlo  se convirtió en una especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos cae Apofis y nos libra de todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa es el seguro de vida del que teme.

Pero en esta ocasión no lo vimos venir.

Cuando apareció ya era demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días.

Día -100

Lo dijeron en una rueda de prensa con banderas y atriles. En España compareció un ministro con ojeras de madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad de impacto. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”

En Pamplona, la noticia entró por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y luego el derrumbe. Vi a la gente detenerse en la calle Zapatería, junto a los escaparates, como si de repente les hubieran cambiado la gravedad. Los camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es mentira” con esa seguridad que solo da el miedo.

Al principio nos ocultaron la información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto tiempo. Semanas, quizá meses. Cuando la filtración se coló en foros y en cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.

Cien días para el impacto.

Cien días para convertir la vida en una cuenta atrás.

Día -93

La ciudad empezó a cambiar antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de gestos. La gente miraba más el cielo. No el cielo de siempre, el cielo útil —si llueve, si hiela—, sino el cielo como un escenario donde podía aparecer el actor principal de la tragedia.

Los bancos siguieron abriendo, al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.

En la Plaza del Castillo, un hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a otro sitio más grande.

Día -85

Las primeras medidas “de orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque de  queda en algunas zonas, controles, prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.

Lo que nadie decía era que el orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda, entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto, entonces hay tiempo.

Una noche, volviendo a casa, vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra. El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa el tiempo.

En los balcones empezaron a aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de “resistiremos”, dibujos de estrellas tachadas. Era como si la gente necesitara colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.

Día -77

Llegó la fase del “vivir a tope”.

Los restaurantes se llenaron de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que se abrazaban como si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras se formaban por pánico a morir solos.

Algunos gastaron todos los ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.

Mis amigos se dividieron sin decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.

En mi cabeza empezó a gestarse un debate mental: ¿Qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días? ¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O permitirme el lujo de no pedirlo?

El primer reto moral fue sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.

Hice una lista en un papel. Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un producto con fecha de caducidad.

Al final llamé a pocos. Con otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.

Día -70

En televisión mostraron por primera vez la misión internacional.

Habían intentado lo inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria. Palabras limpias para un problema sucio.

El resultado fue fallido.

No lo dijeron así. Lo dijeron con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.

Esa noche hubo disturbios en varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería discutir; quería anestesiarse.

Me sorprendió lo rápido que apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación, las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.

Yo intenté ser racional. Leí artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de rezar sin rezar.

Pero la razón tiene un límite: puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.

Día -63

Apareció un mercado nuevo: el del consuelo.

Libros de “cómo afrontar el fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se vuelve urgente.

También apareció el otro mercado: el de la violencia.

Grupos que asaltaban camiones. Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.

En Pamplona, el miedo era menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por paquetes de arroz. Un vecino que escondía gasolina. Otra vecina que repartía pan a quien lo necesitara. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma facilidad.

Yo me descubrí en un punto intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la dignidad con las manos temblando.

 

Día -55

El asteroide empezó a tener nombre.

Al principio fue un código de catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos: “La Piedra”, “El Juicio”, “El Ojo”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.

No recuerdo cuál se impuso, porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la Cosa.

La Cosa que venía.

Con -55 días, ya no era una noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se convirtió en un modo de hablar.

Empecé a caminar más por la ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo puede borrarte de golpe.

Me dolió, de una manera extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una ciudad si no hay ojos que la recuerden?

Día -47

Los gobiernos anunciaron “planes de supervivencia”.

Refugios. Distribución de recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra “selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.

En redes se filtraron listas: listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿Quién decide esos pocos?

En casa, me descubrí fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.

Día -40

Me encontré con una escena que no he olvidado.

Era por la tarde. En la calle, una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente, hacia ninguna parte.

Pasé de largo y luego volví. No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.

No dijeron nada.

Y en ese silencio entendí algo que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por resignación, sino por perspectiva.

Yo, en cambio, estaba en guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera una última página.

Día -33

La segunda gran operación de desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.

Ya no había triunfalismo. Solo un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes, la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.

Volvió a fallar.

Esta vez lo dijeron casi con honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.

Esa noche, por primera vez, vi llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rio.

Día -25

Los comportamientos extremos se hicieron normales.

Hubo quien mató por miedo. Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no sabía hacer otra cosa.

Yo intenté escribir. Quise dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?

Sin embargo, seguí.

Escribí sobre mi infancia. Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.

Mientras escribía, notaba el odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.

Día -18

Comenzó la verdadera cuenta atrás psicológica.

Los informativos mostraban simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las discusiones se volvieron técnicas: si impacta en océano, si impacta en continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes no eran nada halagüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra similar a la  del asteroide que acabo con los dinosaurios.

En Pamplona, el cielo seguía siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no se oscurecía por respeto a nuestro miedo.

Una tarde, en la Plaza del Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final, el cuerpo insiste en celebrar.

Luego miré hacia arriba, por costumbre.

Todavía no se veía nada.

Día -10

El asteroide se hizo visible para los telescopios aficionados, y luego, para los prismáticos. Después, a simple vista, como una estrella que no estaba antes.

En los balcones, la gente salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo aceptara testigos y, por eso, se contuviera.

Los toques de queda se endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.

Yo caminaba de noche cuando podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.

Día -5

La cosa ya era una presencia.

No solo en el cielo, también en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”. Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.

Yo fui al cementerio a visitar la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.

Me arrodillé ante la tumba de mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.

El conocimiento es un privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.

Día -2

El cielo empezó a cambiar de verdad.

La cosa brillaba más. No como una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos estaban ya programados para ver señales.

Las autoridades lanzaron mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿Cómo se protege uno de un mundo que se rompe?

La ciudad estaba extrañamente silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.

Esa noche dormí a ratos. Soñé con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como si hubiera mordido el miedo.

Día -1

Hoy es el día anterior.

Lo escribo con una claridad que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre había sido una promesa. Ahora es una losa.

El asteroide es ya muy visible en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.

La gente ha salido a las plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran. Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.

No sé qué hacer con esta última noche.

He pensado en esconderme. He pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.

Al final, he hecho lo más simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda

Desde aquí, la zona norte de Pamplona parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el asteroide domina el cielo como un ojo abierto.

Me sorprendo hablando en voz baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo una frase que se me escapa:

—Así que eras tú.

La cosa brilla, indiferente. No responde.

Miro alrededor. La ciudad está llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe, con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no necesito sostener?

No sé si he sido mejor en estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo peor; otras, es lo único que te queda.

A lo lejos suena una canción. No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa que parece un desafío.

Yo sigo mirando el cielo.

Mañana.

Y el asteroide, enorme ya para ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien antes de acabar con todo.