El jardín de Suldrun (1983) es la primera entrega de la trilogía Lyonesse de Jack Vance, una obra que muchos consideran la cima de su carrera y una de las grandes piezas semi-olvidadas de la fantasía del siglo XX. La novela transcurre en las Islas Elder, un archipiélago imaginario situado al oeste de Francia y al sur de Irlanda y Bretaña, en una época anterior al rey Arturo.
Dos hilos sostienen el libro. Por un lado, las maquinaciones de Casmir, rey de Lyonesse, que sueña con unificar las Elder bajo su corona y trata a su hija Suldrun como una pieza más en ese tablero. Por otro, las desventuras de Aillas, príncipe de Troicinet, arrojado al mar por una traición y obligado a recorrer las islas como esclavo, fugitivo y, finalmente, vengador. La historia comienza con Suldrun, hija de rey Casmir y la reina Sollace de Lyonesse que se enamora de Aillas, príncipe de Troicinet con quien tiene un hijo. Suldrun muere y su hijo Dhrun será cuidado por las hadas y espíritus del bosque. Y no digo más...
El jardín de Suldrun es un magnífico fresco histórico donde se narran las guerras y disputas de los diferentes reinos de las islas Elder. En sus más de cuatrocientas páginas veremos desfilar ambiciones, intrigas, amores, la búsqueda del hijo perdido, el descubrimiento de una identidad, pero también hay magia, batallas, odio. Entre los personajes cabe destacar a Dhrun y Glyneth, a los hechiceros Tamurello y Shimrod, a Melancthe y Carfilhiot, al archimago Murgen. No es una novela de fantasía más. Es una gran novela épica de alta fantasía que merece estar entre las grandes obras del género, junto a "El señor de los anillos".
Encontramos a un Vance desconocido en esta faceta, -siempre lo asocié a la ciencia ficción de aventuras en las que me pareció un maestro-, y sin embargo, sabe construir un mundo mágico, lleno de reyes, princesas perdidas, pretendientes al trono, magos retorcidos, caballeros, campesinos, brujas, hadas, demonios y trolls. Vance mezcla con asombrosa libertad y buen oficio materia artúrica, folklore celta, cuento de hadas e intriga política.
Lo más distintivo, sin embargo, es la voz de Vance. Su prosa —muy bien trasladada al español por Carlos Gardini— es elaborada, irónica, levemente arcaizante, llena de diálogos en los que los personajes se hablan con una cortesía floral que oculta cuchillos. Vance describe atrocidades con la misma ecuanimidad distante con que describe un banquete o un atardecer, y de ese contraste nace un efecto inquietante muy suyo. La historia de Suldrun confinada en su jardín amurallado, en particular, alcanza una intensidad trágica que pocos autores del género han igualado.
No es un libro perfecto. La estructura es episódica, casi picaresca, y a veces uno tiene la impresión de que Vance se entretiene en exceso en los rodeos marinos de Aillas o en las trifulcas entre magos. Los personajes femeninos, salvo Suldrun, Melancthe y Glyneth, tienden a ser funcionales. Y quien busque la épica grandilocuente al estilo Tolkien o el realismo crudo de Martin puede sentirse desconcertado por su tono cuentístico, casi de fábula adulta.
Pero quien acepte sus reglas se encontrará con un libro raro y deslumbrante: un mundo complejo trabajado hasta el último topónimo, una crueldad narrada sin sentimentalismo pero con compasión, y una belleza melancólica que se queda con uno mucho después de cerrarlo. Lyonesse es la prueba de que Vance, además de un orfebre del lenguaje, era un narrador trágico de primer orden. Lectura imprescindible para quien quiera ampliar los horizontes de la fantasía. Para leer y releer.

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