Mi padre era pastor y estaba casi todo el día fuera de casa, cuidando el rebaño de ovejas, con los perros vigilando cerca y en el zurrón, la comida que le había preparado mi madre para pasar la jornada. Mi madre llevaba el hogar con un espíritu de sacrificio y una austeridad digna de encomio, -eramos cinco hermanos, yo la más pequeña, y había que dar de comer a todos-. Rumiaba su tristeza en silencio desde hacía ya casi cuatro años. De mis tíos, los hermanos de mi madre, no se hablaba nunca en casa. No se decía que estuvieran muertos aunque para nosotros era un secreto a voces.
-La llegada-
Aquel día me mandaron, como tantos otros días, a por agua a la fuente del final de la calle del Caño. Fuentes de Nava dormitaba bajo un sol de justicia, con ese sopor de julio que aplasta los tejados y hace que hasta las gallinas busquen la sombra con una desesperación casi humana.
Yo iba con el cántaro pequeño, el que podía manejar sin que se me doblara demasiado la muñeca. Al llegar a la fuente, antes de llenar el cántaro, vi una cosa rara en el agua. No era mi cara. Tampoco era una nube. Era una fila de tres carromatos avanzando despacio, con las ruedas oscuras y los toldos remendados.
Levanté la vista y allí estaban.
No junto a la fuente, sino en el extremo del pueblo, donde el terreno se abría ya hacia el campo y las últimas casas parecían quedarse mirando a la llanura infinita. Tres carromatos en fila. Nadie los había visto llegar. Tres carromatos de madera oscura, casi negra, cada uno distinto del anterior aunque los tres formando un conjunto que parecía calculado, como si alguien hubiera dispuesto el escenario de una función. Las lonas que los cubrían eran de colores desvaídos, ni del todo rojos ni del todo azules, de ese color que tienen las cosas que no tienen edad o tienen tanta que han perdido sus colores originales en algún recodo del tiempo.
Eran unas quince personas, aunque contar a aquella gente resultaba difícil, porque se movían con una ligereza que hacía que el ojo los perdiera y los reencontrara en otro sitio, como si el número fuera una cuestión de perspectiva y no de aritmética. El jefe, o quien hacía de jefe, era un hombre corpulento de barba oscura y ojos de un verde tan pálido que parecían hechos de agua estancada. Llevaba un chaleco de brocado que alguna vez había sido elegante y que ahora era tan solo un chaleco viejo. A su lado, una mujer de edad imposible de calcular, ni joven ni vieja, con el pelo recogido en un pañuelo negro de seda. Había un muchacho larguirucho que caminaba con las rodillas hacia dentro y que miraba a todos desde una altura desproporcionada, con ojos pequeños de pájaro. Y había otros: una señora muy baja y ancha que reía siempre por lo bajo como si conociera el chiste antes de que lo contaran, un hombre sin cuello aparente que movía los brazos con una lentitud de nadador fuera del agua, una mujer pelirroja con las manos manchadas de algo que podía ser pintura u otra cosa, y más personas, todos singulares, todos distintos, todos con ese aspecto de quien ha dejado atrás demasiados pueblos en demasiados años como para acordarse del nombre del primero.
Vendían quincalla: broches, botones de nácar, espejos de mano, peines de imitación de carey, cintas de colores, medallas, agujas, sortijas pobres, horquillas, botones, cuentas de collar que brillaban como si fueran algo más de lo que eran, cadenillas, piedras de colores que decían que las habían traído de ferias muy lejanas. La mujer del pañuelo negro de seda disponía las mercancías a la venta sobre un paño extendido en el suelo, con un cuidado casi litúrgico, como si cada objeto tuviera su lugar predeterminado en un mapa que solo ella conocía. Las mujeres del pueblo se acercaban, palpaban, preguntaban el precio con esa mezcla de interés y recelo que pone quien desea algo pero no acaba de fiarse del todo de quien se lo está vendiendo.
Pero la quincalla era solo el principio.
No llegaron envueltos en truenos ni trajeron lobos amaestrados ni hicieron desaparecer a nadie delante de todos. Hacían fotos. Representaban con títeres historias cotidianas de pastores, sacristanes y soldados fanfarrones, con las que aquel público de Fuentes podía identificarse fácilmente. Los números cómicos eran muy simples pero eficaces: un payaso se caía de espaldas, se levantaba ofendido, se quitaba el sombrero y de dentro le salía una gallina de trapo. Los niños reíamos. Los adultos también, aunque con una risa contenida.
-El espectáculo-
Al mediodía la troupe desplegó los títeres. Lo hizo el hombre sin cuello, que resultó tener unas manos prodigiosas, dedos largos y seguros que daban vida a unos muñecos de madera y tela con una habilidad que mantenía en silencio a los niños. La historia que contaban los títeres era rara, lo recuerdo bien: un pastor que encontraba una puerta en mitad del campo, una puerta sin casa alrededor, y que al abrirla no encontraba nada al otro lado o encontraba algo que el titiritero no mostraba sino que insinuaba con la sola postura del muñeco, con ese modo de quedarse quieto ante el umbral que decía más que cualquier palabra. Los niños reíamos sin saber muy bien de qué.
Después vino el payaso. Era el muchacho larguirucho, transformado por una nariz roja y unos pantalones enormes en algo entre gracioso y vagamente inquietante. Hacía caer cosas, tropezaba, se golpeaba la cabeza con un ruido de madera hueca que arrancaba carcajadas, pero de vez en cuando, entre una payasada y la siguiente, se quedaba un instante absolutamente quieto, mirando a un punto fijo en el espacio que no era ninguno de nosotros, con una expresión que no era la del payaso sino la de alguien que recuerda algo doloroso. Solo un instante. Luego volvía a tropezar y todo el mundo reía y nadie había visto lo que yo había visto, o quizás sí lo habían visto y preferían seguir riendo.
El acróbata era el hombre de los brazos lentos, que fuera de la actuación parecía torpe y dentro de ella era otra cosa completamente diferente. Lanzaba al aire tres pelotas de colores y las pelotas obedecían a una lógica diferente a la de los demás objetos del mundo, porque subían un poco más de lo que debían y tardaban un poco más de lo necesario en caer, como si el aire allí donde él actuaba fuera más denso o más generoso. Después añadía cartas. Las cartas subían como pájaros planos, daban vueltas, caían siempre en su mano. En una ocasión lanzó una pelota roja tan alta que desapareció contra el cielo de la tarde. Todos miramos hacia arriba. La pelota tardó mucho en bajar. Demasiado. Cuando cayó, ya no era roja, sino negra, y al tocar la palma del hombre soltó un poco de humo.
Y luego estaba la cámara de fotos.
La había instalado el hombre de la barba verde agua, sobre un trípode de madera oscura, con una cortinilla negra que le caía sobre la cabeza cuando miraba por el objetivo. Era de esas cámaras antiguas que parecen un mueble más que un instrumento, con un fuelle de cuero que se extendía como un acordeón enfermo. Fotografiaba a los vecinos por unas pocas perras: te ponías rígido, aguantabas la respiración el tiempo que él tardaba en disparar el obturador, y a los dos días tenías un retrato sepia de ti mismo con una expresión de quien acaba de ver algo sorprendente.
Al principio todo fue normal. Nadie dijo nada. O quizá alguien lo dijo y yo no lo oí. A los once años se oyen unas cosas y otras no. Yo oía, por ejemplo, el ruido de las pulseras de lata, el chasquido de las cartas, el crujido de las marionetas. Oía también una especie de zumbido que salía de debajo de los carromatos cuando el sol se ponía. No era música ni viento. Era como si dentro de las ruedas hubiera un panal de abejas dormidas.
Durante dos tardes fui con otros niños a la feria. Compré una horquilla torcida por una perra gorda, miré los pendientes sin atreverme a tocarlos, me dejé hacer una fotografía con el cántaro apoyado en el suelo, aunque luego no pude pagarla y el fotógrafo guardó la placa sin entregarme copia. Me dio vergüenza. Una vergüenza tonta, de niña sorprendida queriendo tener lo que no podía permitirse.
La tercera tarde me quedé más de la cuenta. Aquella tarde-noche, los carromatos cerraron sus lonas y el pueblo volvió a su sopor habitual. La representación de títeres había terminado. Las familias regresaban al pueblo. El payaso se quitaba la pintura con un trapo húmedo. El equilibrista guardaba las pelotas en una caja. Los carromatos parecían más bajos, más oscuros.
Yo tenía que haber vuelto a casa, porque mi madre estaría como todos los días esperando el agua para la cena y mi padre, si había regresado ya del campo, preguntaría por mí, era la niña de sus ojos, con ese severo silencio suyo que pesaba más que una regañina. Pero algo me retuvo. Hay una curiosidad que solo tienen los niños de cierta clase, una curiosidad que no es simple descaro sino algo más parecido a la necesidad, a la sensación de que si no se mira detrás de las cosas, el mundo quedará siempre incompleto. Yo era de esa clase.
-El espejo-
El extremo de la plaza estaba en silencio. Las lonas de los carromatos colgaban inmóviles. No había nadie cerca, la pequeña troupe había desaparecido como por arte de magia. Me acerqué al segundo carromato, el del medio, porque su lona estaba mal cerrada por un lado y dejaba una franja de oscuridad que era al mismo tiempo una invitación y una advertencia.
Me asomé. Lo primero que vi fue el espejo.
Era grande, más grande de lo que hubiera cabido cómodamente en aquel espacio, con un marco de madera tallada que representaba figuras que el tiempo había vuelto confusas, animales o personas o tal vez ninguna de las dos cosas. Estaba apoyado en el fondo del carromato, contra la pared de madera, y reflejaba el interior del carro con enorme fidelidad. Pero luego miré mejor.
En el espejo no estaba mi cara.
Es decir, yo no aparecía reflejada aunque me moviera delante de él. Lo que el espejo mostraba era otro lugar diferente: una habitación grande y baja, de paredes de piedra, con una luz que no venía de ningún sitio concreto pero que lo iluminaba todo con una palidez de luna dentro de una cueva. Y en esa habitación, sentados o de pie o simplemente inmóviles con esa inmovilidad de quien ha agotado la energía de moverse, había niños. Cinco o seis, de distintas edades, todos con la misma ropa que debían de llevar el día en que llegaron allí, una ropa que ya no era del todo de este mundo por el tiempo que llevaban puesta. No jugaban. No lloraban. Estaban quietos, con las rodillas recogidas, como si esperaran una orden. Uno llevaba una gorra demasiado grande. Una niña tenía un lazo blanco sucio en el pelo. Otro, muy pequeño, sostenía entre las manos un caballo de madera sin patas. Al fondo, una luz se movía como el reflejo del agua.
Uno de ellos se acercó al espejo desde dentro, apoyó la mano en la superficie desde el otro lado, y yo vi cómo la palma se aplastaba contra
el cristal sin que ninguna palma apareciera en mi lado. Me miró. O miró hacia
donde yo estaba. Sus ojos eran los ojos de un niño que ha dejado de esperar
pero que todavía no ha aprendido a no mirar.
Me aparté de golpe del espejo con el corazón golpeándome en el pecho.
Entonces sí apareció mi cara, pálida, con los ojos abiertos y el pelo mal trenzado. Pensé que había visto mal. Los niños creen eso muchas veces antes de aceptar el miedo. Volví a mirar. Mi cara siguió allí, pero detrás de mi hombro, muy al fondo, una mano pequeña golpeó el cristal desde el otro lado.
No sonó y esa falta de sonido fue peor que un grito
Tendría que haber salido corriendo. Cualquier niña sensata lo habría hecho. Pero yo era de esa clase de niños que, cuando el miedo se asienta, se convierte en una especie de energía que te empuja hacia adelante en lugar de hacia atrás. Abrí la lona del tercer carromato.
-La cámara de fotos-
Allí estaba la cámara, guardada sobre una mesa de tablones. Y junto a ella, un fajo de fotografías reveladas que el hombre de la barba debía de haber dejado para revisar.
Las primeras cinco fotografías eran retratos de personas del pueblo, retratos normales, gente con su expresión de domingo y su rigidez de fotografiado. Pero la sexta no era de ningún vecino conocido. Era una imagen de la plaza, tomada desde el mismo ángulo que hubiera tomado el fotógrafo si se hubiera quedado allí parado, pero en la plaza no había nadie que yo reconociera. Las ropas eran distintas a las de ahora, mucho más antiguas, de otro tiempo. Y en el centro de la imagen, difusa pero inconfundible, estaba la silueta de los tres carromatos, estacionados exactamente donde estaban ahora, bajo un cielo de otra estación o de otro año, con una luz que no era la luz de hoy. Las siguientes fotografías en el fajo eran ya de nuevo retratos de conocidos. Luego, la decimosegunda era otra imagen que no era del presente: esta vez sí reconocí la plaza, pero vacía de un modo que no era el vacío de la siesta, sino el vacío de lo que todavía no ha ocurrido, con una diferencia en las casas y en la luz que solo puede describirse como una foto del mañana. La decimotercera me dejó sin palabras.
Mostraba la calle del Caño, pero no como era aquel día. La fuente seguía allí, sí, y también algunas casas, pero había algo cambiado en la luz, en las fachadas, en los tendidos eléctricos. Una mujer joven caminaba por la calle con una cesta. Tardé en reconocerla porque llevaba el pelo recogido de otra manera y porque en su cara había una gravedad que yo todavía no tenía.
Era yo.
Yo, pero mayor. No de veintitres años, como ahora. Más. Tal vez de treinta y tantos. Iba vestida de negro y sostenía en la mano un papel doblado. Detrás de mí, junto a la pared, se veía al payaso. No había envejecido. Estaba igual. Con la cara despintada y los ojos fijos en mi espalda.
Aquella imagen se me quedó clavada. No la entendí. ¿Cómo iba a entenderla? Una niña de once años no piensa en el mañana como en una habitación ya amueblada donde alguien puede asomarse antes de tiempo. Una niña espera crecer sin imaginar que su cara futura existe en alguna parte, esperando su turno. Yo sólo supe que aquella cámara no retrataba siempre lo que tenía delante. Cada seis disparos robaba otra cosa. Un mañana. Un ayer tal vez. Una desgracia que aún no había encontrado su fecha.
-El saco-
Dejé las fotografías exactamente como las había encontrado.
Me fui, o eso intenté. Al dar la vuelta tropecé con un saco tirado en el suelo. Era un saco vulgar, de arpillera, atado con una cuerda. Estaba abierto y vacío. Lo sé porque lo miré. Dentro no había nada salvo oscuridad y unas hebras secas. Se me cayó la horquilla que había comprado y, por puro instinto, la metí en el saco para no perderla mientras me arreglaba el cántaro.
Al meter la mano para sacarla, encontré dos horquillas. Iguales.
Me quedé tan quieta que noté cómo me latían los dedos. Pensé que acaso la segunda ya estaría allí. Para probar, aunque no sé de dónde saqué el valor, metí una piedrecilla blanca. Saqué dos. Metí las dos. Saqué cuatro. Las dejé caer todas dentro. El saco no pesó más. Volví a meter la mano y saqué un puñado entero, tantas piedras blancas que se derramaron por el suelo como dientes. Y lo mismo hice con una naranja que vi allí cerca. El saco siempre duplicaba el numero de objetos que introducías previamente.
Una risa sonó detrás de mí.
No era la risa del payaso. Era más pequeña. Más seca. No me volví. Salí corriendo entre los puestos y me escondí detrás del carromato de la cámara.
-El llavín-
Allí descubrí otra cosa. Me aparté de una caja y entonces vi el llavín.
Colgaba de un clavo en la madera del carromato. Era pequeño, casi ridículo, como de arqueta o de cajón de mesilla. Tenía la cabeza redonda y el cuerpo estrecho, hecho de un metal sin brillo. No sé por qué lo cogí. Hay objetos que se toman por impulso. Uno los toca después, cuando ya los ha aceptado por dentro.
Lo escondí en el bolsillo del vestido. No pesaba nada. Pero desde que lo guardé, todos los cierres del mundo parecieron llamarme. La portezuela trasera del carromato. La caja del equilibrista. El candado de un baúl. La trampilla del teatrillo de titeres. Todo parecía tener una cerradura secreta.
Esa noche volví a casa tarde. Mi madre me miró las manos. Tenía los dedos manchados de una arenilla blanca, de las piedras del saco. No preguntó. Mi padre estaba sentado cerca de la puerta, limpiando las correas de los perros. Levantó los ojos hacia mí y luego hacia la calle. Los animales, dijo sin decirlo, no se acercan a la feria. Ningún perro del pueblo había ido detrás de los carromatos. Ninguna mula quería pasar cerca. Esa clase de detalle, en una casa de pastor, valía más que cualquier sermón.
Dormí poco.
El llavín se calentaba en mi bolsillo aunque lo había dejado bajo la almohada. Lo oía moverse. Hacía un ruido mínimo, como un tintineo de insecto. Al cerrar los ojos veía a los niños del espejo. No parecían muertos. Eso me tranquilizaba y me horrorizaba a la vez. Los muertos, al menos, están en alguna parte que los mayores saben nombrar. Aquellos niños estaban detrás de un cristal, en un cuarto sin puerta, esperando que alguien entendiera.
Al día siguiente fui sola.
No llevé el cántaro. Mentí en casa de una forma torpe y salí por otra calle. La feria parecía más alegre que nunca. El payaso hacía reír a un grupo de criaturas. El hombre de las cartas sacaba ases de la oreja de un viejo. La muchacha de la bisutería colocaba pendientes a una novia reciente. Todo era normal. Como si la tarde anterior no hubiera existido.
Esperé
Esperé a que terminara la función. Esperé a que el sol bajara. Esperé a que los adultos se cansaran de mirar y los niños fueran llamados desde lejos. Me quedé detrás de unas matas con el polvo pegado a las rodillas y el llavín apretado dentro del puño.
Cuando ya nadie miraba, fui directamente al espejo.
Los niños seguían allí. Uno había levantado la cabeza. La niña del lazo blanco tenía la cara pegada al cristal. Sus labios se movían, pero no llegaba sonido alguno. Entonces comprendí una cosa terrible: no pedían ayuda con palabras porque allí dentro quizá no existían las palabras, o quizá se gastaban antes de atravesar el azogue.
Busqué una cerradura en el marco. No la había.
Pasé los dedos por las flores talladas, por las bocas, por las esquinas. Nada. El llavín, sin embargo, empezó a vibrar. Lo acerqué al cristal. En la superficie del espejo apareció un punto oscuro, luego una raya, luego una forma pequeña de cerradura que se abrió como un ojo.
Metí el llavín que giró solo.
No hubo estruendo. No se rompió el espejo. Simplemente el aire cambió. El cristal se ablandó como si estuviese hecho de agua espesa y una mano infantil salió hasta la muñeca. Después otra. Luego una cara. La niña del lazo blanco atravesó el espejo con dificultad, como quien nace al revés. Cayó al suelo sin hacer ruido. Detrás de ella asomaron el niño de la gorra y el del caballo sin patas.
Pero no salieron todos. No pudieron.
Del fondo del cuarto gris vino una sombra larga, tan larga que no parecía pertenecer a un cuerpo. Los niños retrocedieron. Yo también. La sombra extendió algo parecido a un brazo y tocó el espejo desde dentro. El cristal volvió a endurecerse de golpe. Al otro lado quedaron varios rostros, aplastados por una desesperación muda.
La niña del lazo blanco me miró. Tenía los ojos muy antiguos. No de vieja, sino de haber visto demasiadas veces la misma noche. Quise preguntarle su nombre, de dónde era, cuánto tiempo llevaba allí. No pude. No había tiempo.
Entonces apareció la vieja del pañuelo negro de seda. No la oí llegar. Estaba junto al puesto, con el pañuelo y las manos cruzadas. No me tocó. Ni me riñó. Sólo miró a los tres niños que habían salido y luego miró el saco de arpillera, todavía tirado en el suelo.
-El descubrimiento-
Comprendí. El saco no sólo duplicaba piedras.
Me negué a aceptarlo antes incluso de saber a qué me negaba. Pero el niño del caballo sin patas se había acercado al saco. Lo miraba con una mansedumbre espantosa. La niña del lazo blanco le puso una mano en el hombro. El de la gorra temblaba. Todo ocurrió sin voces. Uno de ellos tenía que volver, o algo tenía que ocupar su lugar. Las cosas mágicas de aquella troupe no regalaban nada. Prestaban, cambiaban, cobraban.
Yo metí dentro del saco el llavín. No pensé. Lo hice. El saco se estremeció. Se hundió hacia dentro, como si hubiera tragado una piedra enorme. Metí la mano. Saqué dos llavines. Luego cuatro. Luego ocho. La vieja de negro abrió mucho los ojos, y por primera vez pareció vieja de verdad, no disfrazada de vieja. Arrojé los llavines contra el espejo.
Cada uno encontró una cerradura. Se abrieron pequeñas puertas en el cristal, muchas, demasiadas, como agujeros de luz oscura. Los niños del otro lado comenzaron a salir. No todos por completo. Algunos sólo manos. Otros rostros. Otros medio cuerpo, como figuras mal recortadas. El espejo se llenó de grietas sin romperse. La sombra del fondo se agitó. El puesto entero empezó a crujir. Las pulseras cayeron al suelo, los collares se retorcieron como culebras, los botones saltaron de sus cartones.
Entonces la cámara disparó sola. Un fogonazo blanco iluminó la feria.Durante ese instante vi cosas que no he podido olvidar y que aún hoy, al escribirlas, no sé ordenar.
Vi a mis tíos, los hermanos de mi madre, de pie junto a la tapia de un cementerio, jóvenes, con polvo en los zapatos, mirando en una noche que no era la mía.
Vi a mi padre en el campo, rodeado de ovejas inmóviles, con la cabeza levantada como si hubieran oído mi miedo desde muy lejos.
Vi a mi madre niña, corriendo por la calle del Caño con el pelo suelto.
Vi Fuentes de Nava cubierto otra vez por el agua, las bodeguillas convertidas en islas bajas, la torre de la iglesia reflejada en una laguna imposible.
Vi al payaso sin pintura, con una cara que no era humana ni dejaba de serlo.
Vi mi propia mano de veintitres años escribiendo estas líneas.
Y vi, sobre todo, a la niña del lazo blanco meterse en la cámara. No dentro del carromato. Dentro de la cámara. La cortinilla negra se hinchó como una vela. El fotógrafo, que hasta entonces no había aparecido, salió de algún rincón con la boca abierta. La niña tiró de algo desde dentro. Tal vez una placa. Tal vez un nervio. Tal vez el futuro. La cámara empezó a echar humo.
Yo corrí.
No por valentía, sino por puro terror. Corrí hacia el pueblo mientras detrás de mí sonaban golpes secos, maderas partidas, ruedas moviéndose sin caballos. A mitad de camino me volví. Los tres carromatos estaban en fila. Las lonas caían. Los faroles se apagaban uno a uno. Vi al payaso subirse al último carro. Vi al equilibrista lanzar una pelota negra al aire. La pelota no volvió a caer.
Luego no hubo nada. Nada salvo el campo.
Ni carromatos, ni puestos, ni teatrillo, ni huellas suficientes para demostrar lo ocurrido. Sólo unas marcas hondas cerca del final de la calle del Caño, círculos y rayas, como si algo muy pesado hubiera estado allí apoyado durante mucho tiempo.
Nadie los vio marcharse, igual que nadie los había visto llegar.
Volví a casa de madrugada.
Mi madre estaba despierta. Mi padre también. No preguntaron dónde había estado. Esa falta de preguntas me hizo llorar más que una paliza. Abrí la mano y vi que conservaba una placa de la cámara. No recordaba haberla cogido. En ella aparecían dos muchachos jóvenes junto a mi madre. Eran mis tíos. Los tres reían. Reían de verdad, con la boca abierta y los ojos limpios, antes de que el silencio de la muerte les callará para siempre.
Mi madre tomó la placa. Se sentó con ella, junto al candil, hasta que amaneció. No dijo sus nombres aquella noche. Los dijo algunos días después, muy bajo, como quien desentierra un secreto peligroso. Desde entonces sus nombres volvieron a la casa. No del todo. Nunca del todo. Pero lo bastante para que yo supiera que habían existido con cuerpo, con risa, con camisas, con sombra.
De los niños del espejo no volví a saber nada.
Sé que los niños del espejo eran de distintas épocas y tal vez de distintos pueblos, porque la ropa de alguno de ellos era de hace mucho más tiempo del que yo entonces podría calcular y quizás salieron a otros pueblos, a otros años, a calles donde nadie los esperaba. También he pensado que algunos no eran niños de carne, sino infancias robadas, pedazos de personas, edades detenidas. La mía, desde luego, quedó allí en parte. Lo noté enseguida. Después de aquella noche dejé de jugar como antes. Miraba los cierres de las puertas, los espejos de las casas, las cámaras de los fotógrafos ambulantes. Cuando alguien agitaba un saco vacío, yo tenía que apartar la vista.
Sé que la cámara registraba el tiempo de una manera que no era la del tiempo corriente sino la de alguna otra versión del tiempo, una más ancha, con más espacio para el pasado y el futuro de lo que cabe en una fotografía normal. Sé que el saco y el llavín eran herramientas de un oficio que no era el de vendedor de quincalla, aunque tampoco sé bien el nombre de ese otro oficio.
-El regreso-
Han pasado nueve años.
Tengo veintitres años y escribo este relato en una mesa pequeña, con una pluma estilográfica que rasca demasiado el papel. Fuera se oye la calle. Otra calle, otro tiempo. Hay quien dirá que lo soñé, que una niña asustada mezcla ferias, hambre, secretos familiares y cuentos de mayores. Puede ser. Yo misma lo he deseado muchas veces. Pero conservo la placa de mis tíos. La conserva mi madre, mejor dicho, envuelta en un pañuelo dentro de una caja. Y conservo también una de aquellas horquillas duplicadas. Una sola. La otra la tiré al pozo porque no soportaba verla junto a su hermana idéntica.
No sé es si aquellos hombres y mujeres singulares y extraños, eran malos. Lo pienso a veces y no encuentro la respuesta. El mal, cuando se presenta en julio en un pueblo de Tierra de Campos con tres carromatos y un payaso y una función de títeres, no parece exactamente mal, o no parece solo eso. Parece algo más antiguo que el bien y el mal, algo que existía antes de que se pusieran nombres a las cosas.
Cada cierto tiempo, cuando el calor de julio aplasta los tejados y el olor a paja caliente se mete por las ventanas, miro hacia el extremo de la plaza sin querer mirarlo. Y pienso en aquel niño que apoyó la palma en el cristal del espejo y me miró desde el otro lado con los ojos de quien ha dejado de esperar pero todavía no ha aprendido a no mirar.
Esta tarde he vuelto a la fuente del final de la calle del Caño.No sé por qué. Quizá porque hay días que empiezan a llamarnos desde muy temprano. El agua estaba quieta. Me incliné. Durante un momento vi reflejada mi cara de ahora. Luego pasó algo por debajo, una sombra rectangular, lenta, como un carromato atravesando el fondo del agua.
Al levantarme, encontré en el suelo una tarjeta pequeña.
Era una fotografía.
No estaba allí un instante antes. La cogí con dos dedos, temiendo que quemara. La imagen era borrosa, pero se distinguía bien una mesa, una pluma, una mano escribiendo. Mi mano. Esta misma mano. Detrás de mí, en la fotografía, había una cortinilla negra.
No he querido mirar más.
La he dejado boca abajo junto al tintero. Mientras escribo estas últimas líneas, oigo muy lejos una risa de payaso, una risa cansada, casi bondadosa. También un golpe seco de pelota al caer. Después otro. Después otro.
Y ahora, desde la calle, llega el rumor de unas ruedas que nadie ha visto entrar en el pueblo.
Y entonces me pregunto si alguien, en algún pueblo de algún julio de este país, los habrá visto llegar de nuevo, sin que nadie sepa desde dónde.
Fuentes de Nava, 1952


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