Andrajoso, quieto, callado... junto al camino te observé un día... Me saludabas con tu silueta silenciosa y ese gesto de crucificado. Sobre los campos florecidos de espigas sobresalía tu alargada figura.
Un día, alguien te puso una escoba en la mano... como queriendo incrementar tu dormida naturaleza de madera y trapo. Te miraba todos los días y alguna vez creí ver cómo te movías y desaparecías entre aquel mar amarillo, cansado de tu eterna vigilancia, huyendo del sol implacable y la lluvia, de las pedradas de los chicos, de la mofa de aquellos a los cuales debías ahuyentar.
Los pájaros no volaban asustados; se acercaban hasta ti y se posaban burlones sobre tu sombrero de paja, picoteándolo con cruel avidez, hasta dejarlo medio agujereado, lleno de calvas y huecos. Otras veces, encima de tus brazos estirados, descansaban tranquilos bajo la sombra que tu figura les daba, y luego se lanzaban sobre los campos amarillos para llenar sus buches.
El sol declinaba en el atardecer y tú quedabas solo, recortándose tu negra silueta en el horizonte blanco rojizo.
El tiempo fue pasando y los trapos envejecieron y la escoba desapareció y el sombrero solo era una grotesca apariencia de lo que fue (como tú). Los pájaros del anochecer anidaban en tus entrañas y picoteaban ahora en lo que un día les asustó, luego les causó curiosidad y al que más tarde se acostumbraron.
Tus ojos negros, cuencas vacías sin fondo (amarillo calavera), no lloraron, porque sobre tus pupilas yacía el cadáver de un pajarillo atrapado.
Un día de verano te quise mirar desde el borde del camino y no te encontré. Me quedé mirando un rato por si, como ayer, habías huido, pero el vacío había ocupado tu lugar.
Caminé hacia un calvero, entre el mar amarillo, y allá yacían tus restos. Una bandada de pájaros elevó su vuelo sobre el cielo azul brillante, perdiéndose en el horizonte.
Una mueca de horror se dibujó en mi rostro: sobre el suelo aparecía el cadáver de un hombre carcomido, picoteado hasta la desesperación.
Corrí lejos, muy lejos, mientras una palabra recorría mi mente: ¡Dios mío!
EL ESPANTAPÁJAROS
Pamplona, agosto de 1984
