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lunes, 10 de agosto de 2026

Sueños

En los tenebrosos rincones de mi espíritu duermen,
mientras el sol alumbra plácidamente el día,
unas extrañas criaturas que se revuelven en mi cerebro
a medida que pierdo el contacto con la realidad
y que se apoderan de todo mi ser
cuando la oscura noche llega a mis ojos.

Entonces no corre el tiempo
y el espacio es multiforme, inimaginable.

¡Oh, mundo soñado! Cuántas veces habría querido
invertir el orden lógico de las cosas,
deseando que esta amarga realidad fuera tan solo un sueño
y que ese sueño, imposible tal vez,
en realidad vivida se convirtiera.

Extraño mecanismo el de esa masa,
a primera vista amorfa, que llaman cerebro
y que, transformando la realidad,
la dota de ese halo fantástico.

Mas, ¡odiosa decepción!,
un eterno abismo separa el sueño de la vida.

¡Cuánto daría para que, en mis noches de fantasía,
al pasar delante de mis ojos,
salierais a la vida real,
oh, fantasmas incorpóreos de la mente!

Pamplona. Octubre de 1981

domingo, 26 de abril de 2026

La jaula confortable

Las calles rectas, largas, 
se pierden en su extensión 
sobre la línea del horizonte.
Infinitud de pétreos bloques 
se alzan sobre la vasta llanura, 
dibujando en sus lados 
pequeñas figuras paralelepípedas, 
iguales todas, 
como un gigantesco panal humano.
 
En su interior, 
minúsculas figurillas se remueven, 
gritan, andan de un lado a otro: 
VIVEN. si a esto se puede llamar vida.
 
En el imperio del plástico 
todo es uniforme, 
todo es simétrico, 
todo es perfecto. 
Las muchedumbres silenciosas permanecen 
sumidas en un mutismo hermético. 
Masa muda, sibilina, 
sepulcro de voces muertas, ahogadas, 
fluyendo en constante corriente 
por entre los huecos de las puertas 
que se abren y se cierran.
 
En el imperio de los botones de colores,
el dedo aprieta… una vez más y otra… 
clac, clac, y se encienden aquí y allá luces… frías.
 
Mueren las reliquias del pasado: 
los libros, extraña pila de hojas encuadernadas, 
los cines y teatros, oscuros lugares donde la gente 
presenciaba lúgubres proyecciones, 
raras representaciones, 
grandiosos espectáculos de la noche de los tiempos…
 
FELICIDAD. 
El hombre dejará pronto de trabajar. 
Los robots son nuestros esclavos. 
Las computadoras, leales, 
nuestras siervas. 
 
El PROGRESO es imparable. 
Adelante. 
Cuidado: quien controla el sistema 
lo hace bueno o malo.

Los pájaros no vuelan ya libres 
sobre los cielos azules. 
Un pájaro de metal escupe confeti brillante 
sobre las cabezas de los hombres.
 
Qué oscuro me parece todo 
a pesar de la luz 
del neón 
y del láser. 
Añoro el nostálgico pasado de los pueblos inexistentes, 
de las anárquicas ciudades, 
de las noches sin luz, 
de los callejones sin fin…
 
Volver al pasado. 
No, tampoco… 
¿Dónde está el ERROR?... 
No lo sé. La duda, otra vez.
 
¿Y por qué no ADELANTE, 
con ese crepúsculo,
con ese libro, 
con esa noche, 
con todo?... 
El hombre, la técnica.
 
Quiero escuchar la vida 
en sus múltiples vibraciones: 
el soplar del viento sobre las hojas, 
el grito sordo de una fiera, 
la canción de una muchacha, 
la lluvia sobre un charco azul, 
un beso largo… encendido en silencio, 
el AMOR…
 Es posible… o quizás es un sueño, 
una quimera.
 
La duda se me aparece como una sombra 
entre un claroscuro cavernoso, 
en un húmedo rincón enmohecido. 
El orden me asusta 
como una voz hiriente 
que, una vez sí y otra también, 
rompiendo el aire con ese sonido grave, profundo, 
me ordenará lo que debo hacer.

Alguien quiere iluminar
el futuro ennegrecido con ese orden.
NO, no quiero ni esas moles de piedracartón,
ni ese silencio,
ni esa uniforme ordenación
tan agradable a la vista
de las mentes racionales,
pero tan opresora.
La libertad es tan diversa
como un paisaje multicolor de primavera.

Encerrado estoy en una jaula de acero inoxidable, 
con puertas automáticas. 
Confortable.

Escrita en octubre de 1982. A los 18 años. Pamplona. Revisada en 2026

miércoles, 15 de octubre de 2025

A una casi desconocida: Esperanza

 

¿Dónde está la esperanza a la que aludo en el título de este pequeño y fugaz recuerdo de mi vida?

Esperanza,

¡qué bello nombre!

Aquellos, tus ojos grandes, me miraron un día,

Y yo los apartaba como si temiera quemarme,

Era tal la inmensidad,

la ardiente profundidad de tus pupilas

tan penetrante aquella mirada verde azulada,.,.

que ya apenas recuerdo,

sólo me acuerdo de aquella mirada lenta,

eterna en la fugacidad de las horas...

Tal vez nunca debiste apartarlos...

Hay veces que no deparas en los pequeños tesoros que viven junto a ti,

y cuando un día te sumerges en los maravillosos regodeos solitarios de la memoria,

sale a la luz esa imagen,

un símbolo,

un deseo

o tal vez una realidad nunca experimentada,

sumergido entre la duda que empapa la esperanza del ayer, del hoy y del mañana

Ni ilusión, ni deseo,

Callada mirada que surge sin querer en mi memoria,

Callada mirada de esa figura que se filtra en una tarde de primavera,

tan suave, tan tibia y a la vez tan cálida

como aquellos rayos de sol que acariciaban su cabello dorado.

Septiembre 1983

domingo, 15 de diciembre de 2019

Como un rio

Torrente nacido en la agreste montaña, 
cristalina agua que corre libre entre los surcos de la tierra, entre las rocas, nieve que el sol calienta en agua, sangre mía se convierte. Al fin encuentro un cauce por el que discurrir mis días.

Mi lecho lleno de guijarros, arrancados de la montaña virgen,  mi agua pura como está, escasa pero limpia, corre con prisa gritando ingenuamente su monótona estrofa.

Con el tiempo mi fuerza he perdido, he notado el peso de un caudal que se hace cada vez mayor. Crecen a mis orillas arboles frondosos. Yo soy un mundo. Estoy vivo porque en mí viven otros.

Alguien, una muchacha,  refleja su bello rostro sobre mi lecho. Quisiera arrastrarla conmigo hacia lugares donde jamás ojos humanos han llegado. Más ella sigue mirando impasible, de pie. De pronto ha arrojado una piedra y su rostro se ha distorsionado y ha desaparecido, pero la piedra ha caído lentamente al fondo, mientras todo el lecho se estremecía en circulares ondas.

Mientras tanto llegarán las lluvias, llegaron ya torrenciales, golpeando con fuerza, aumentando más y más mi caudal pero revolviéndolo todo, enturbiando el cristalino seno.

El lodo se apodera de mis orillas, nadie puede ya reflejarse como en un espejo, no podré tampoco contemplar a aquella muchacha, esos arboles, ese cielo azul... Todo está oscuro y gira turbio sobre y dentro de mí. Hasta cuando? Hasta que las tormentas pasen.

Quisiera anegar todo, quisiera cubrir la tierra toda con mi agua...más no, me perdería, prefiero mi profundo cauce y el remanso de esos arboles. Es más cómodo. Está hecho.

Sin embargo llegará un día, el estío y secará mi cauce y dejará al descubierto mis entrañas y me moriré sin esa agua que me cubra, prefiero la inundación!

Pasará el tiempo y un día encontraré mi fin: un mar sin límites, un vacío enorme en el que me diluyo y me confundo más seguiré vivo mientras la nieve de la montaña regenere mi caudal. Seguiré lleno de vida.

Simple historia la mía. Solamente quiero ser un río tranquilo, apacible, limpio al pie de una frondosa arboleda, bajo un cielo azul o una noche estrellada, sintiendo las gotas de lluvia, como una caricia, escuchando el canto de los pájaros, del viento contemplando ese rostro que en mí se refleja con el deseo de que en ninfa se convirtiera...

Más el peligro acecha, espera en cualquier recodo, en cualquier momento. Negros seres de negras mentes pretenden envenenar mi sangre quieren quesea como sus oscuras cloacas, refugio de ratas inmundas, paraíso de la muerte quieren que forme parte de la red de colectores de su sistema. No lo consentiré. La vida morirá en mí pero ellos también conmigo.

Pamplona. Agosto 1982

viernes, 13 de diciembre de 2019

Muere la vida

Muere la vida lentamente, 
con penoso esfuerzo pasan los días 
y después que estos se pierden en el recuerdo, 
¡que breves me parecen!. 
La luz de la bombilla fúlgida 
brilla como una estrella  
que me quema las pupilas. 
La voz de alguien que por la radio habla 
me suena hueca, grave, fría. 
La habitación duerme 
atravesada por un gélido halo que me estremece. 
Todo está tan quieto. 
¿Existo?

Si, 
la tinta corre por la pluma 
y emborrona las cuartillas pero... 
no, no es suficiente, 
es necesario algo más. 

Estoy aquí, 
frías las manos, 
la mente turbia, gris. 
En mis oídos bulle un monótono canto, 
es la música de la vida, 
como una vulgar opereta. 
Silencio, deseo. 
Me siento: mi corazón late. 
Pienso: No, no es suficiente

La vida dormita en esas montañas de mi infancia, 
en esas largas avenidas asfaltadas, 
en esos libros un día leídos, 
hoy olvidados entre el polvo y la palidez de sus páginas amarillentas, 
en esas habitaciones vacías, llenas de soledad, 
en esos largos pasillos, 
en esas tardes heladas, 
en esos rostros, 
en sus miradas, 
en esos recuerdos

Las ventanas de las casas cerradas están... 
pero a través de los cristales miran oscuras sombras 
que brillan reflejadas en la superficie pulida y transparente, 
iluminadas por la palidez cetrina de sus rostros. 
Fantasía

Gotean pesada, 
regularmente, los grifos, 
como otra muestra del paso del tiempo. 
Tic, tac, cloc, cloc 
como si ese lento caer de la gota 
se hubiera transformado en otra extraña forma de medir nuestra vida. 
El grifo está roto. El agua seguirá cayendo. El tiempo...

Relámpago ciego 
como culebra brillante que retorcida te estrellas 
y conviertes en erial la tierra 
y sin dejar rastro marchas. 

Símbolo imposible: 
luna, 
sol, 
atardecer, 
soledad, 
I... 
palabras, 
sensaciones, 
ilusión, 
esperanza- 
Quien?, 
Cuando?, 
Dónde?, 
Cómo?. 
Demasiadas preguntas...

La vida sigue muriendo inexorable. 
No, no es suficiente esperar. 
Vivir  nunca es suficiente. 
No he encontrado todavía la  respuesta. 
La búsqueda es larga, difícil. 
Las avenidas silenciosas me  acogen 
bajo la penumbra rojizo amarilla de una noche fría, 
de un otoño lluvioso.

No se adonde voy. 
Destino incierto. 
Estoy aquí: 
la mente oscurecida por la sombra gigantesca 
de mi figura reflejada en la pared, 
iluminado el rostro por esa bombilla fúlgida que me quema las pupilas. 
Estoy cansado. 
Los parpados se cierran 
y el sueño cubre con un espeso velo todos mis pensamientos. 
La tinta ha dejado de correr... 
Silencio.

Pamplona. Octubre 1982 

Azul cielo, blanquecina espora

Azul cielo, blanquecina espora que cae por entre los rayos, soñando una noche sin límites, resurgiendo luego en increíble alborada. 

Se estremecen las oscuras cuevas con el fuego sanguíneo de las madrugadas silenciosas. 

Las columnas tiemblan, se quiebran, se abren cautas, derrumbándose  ante el violento grito que surge de las profundidades. 

Arde la ciudad. Los edificios caen pesados, estrepitosamente humeantes.

Emergen sobre la extensa superficie llana de la mar onduladas olas que crecen y se elevan
y de pronto desaparecen en gigantescas cataratas. 

Los montes se levantan y erigen en su cumbre un monolito pétreo, todo un símbolo.

Duermen los espejos verdes, ciegos, bajo una cortina negra. 

La luna ríe, la luna llora y se refleja orgullosa sobre el espejo verde en la aurora. 

Azul cielo, pétalo rojo abierto a la luz del alba que se eriza en vibrante escalofriante la frescura del rocío de la mañana.

La yerba entredorada en el amanecer soñado humo blanquecino exhala. 

De la noche fría aterida surge la yerba negra, oscura convertida, cuando la luna ríe .

Una espada cae al abismo entre brumas escondido, desconocido, profundo. 

Arde el bosque. Las chispas encendieron el fuego rojo. 

El sol va muriendo y la sangre riega las praderas verdes.

Mientras tanto las avispas gigantescas picotean el agua de las charcas y penetran en las profundas simas donde el rio fluye y oculto mece el cristal de agua, que en un hilo cae transparente. 

La sima sin sueño acoge oscura los efluvios de la noche sin límites.

Abiertas las heridas, abierto el corazón que palpita sin cesar, la sangre no encuentra cauce por donde correr y en catarata se estrella contra las rocas.

El sol ha muerto, la oscuridad de nuevo. 

La sima sin sueño acoge en su seno el último rayo de luz.

Las nubes enturbian los espejos verdes haciendo llorar a la luna y las amapolas marchitas desaparecen.

Azul cielo, blanquecina espora que vuela libre por el espacio infinito, perdiéndose en ese abismo neblinoso, onírico, hermoso del sueño, de la imaginación de...

Pamplona. Octubre 1982 

lunes, 9 de diciembre de 2019

El miedo


Temible, sombrío, 
el miedo nos atenaza en cualquier momento de nuestra vida. 
Nacemos con él, 
indefensas criaturas, 
en el mismo instante en que vemos el primer rayo de luz, 
en ese instante en que rompemos a llorar, 
ante este mundo hostil y extraño.

Nos acosa en la infancia, 
en esas noche oscuras de insomnio,
cuando la penumbra encierra un secreto fantasmal y terrible que acecha junto a nuestra cabecera, 
cuando se desata el viento en la atronadora tormenta 
y crujen los cristales 
y los arboles se agitan como gigantescas figuras, 
trazando ante la ventana, tétricas sombras 
que se reflejan en la pared de la habitación, 
cuando el silencio oscuro de la casa solitaria nos inquieta 
y quisiéramos oir, de pronto, 
la voz de algún familiar que regresa. 

La infancia se pierde atrás,
olvidada entre el polvo de los juguetes que nunca más se usarán. 
Nos hacemos mayores, 
pero el miedo no desaparece, 
se multiplica en cada minuto de nuestra existencia. 

Una figura nos persigue a altas horas de la madrugada 
por una calle desierta. 
Los latidos se aceleran, 
la sangre corre más rápida 
y ese sudor frío...

El timbre suena como un grito desgarrador, 
pero al otro lado de la puerta no se oye ninguna voz familiar. 
Silencio

La tierra tiembla bajo nuestros pies. 
Todo parece querer desplomarse. 
Muerte. 
Miedo. 
Espanto. 
Terror.

Es la amenaza constante que pende, 
como Espada de Damocles, 
sobre nuestras cabezas. 
El daño, el peligro que, 
tarde o temprano,
nos atrapará en esa telaraña gigantesca.

El tiempo corre 
y el monstruo negro se abalanzará sobre nuestros cuerpos. 
Mientras tanto 
la percepción viva del peligro que nos acecha 
nos sobrecogerá el ánimo, 
nos erizará los cabellos 
y casi sin darnos cuenta estos se volverán grises o tal vez blancos.

Ya en la edad senil 
las arrugas surcando el rostro, 
lacerando aquel que, en otro tiempo, fue terso y suave, 
nos avisarán de que Ella llegará pronto.

El tiempo se hace odioso: 
nos empuja con parsimoniosa tranquilidad 
hacia ese corredor oscuro y sin retorno.

El miedo se agiganta, 
se agita como aquellos arboles de nuestra infancia... 
Soledad, 
angustia... 
Y un día cualquiera, 
en una noche de insomnio, extraña y oscura, 
-el día habrá sido como otro día cualquiera-, 
alguien, algo se acercará junto al lecho 
sí, como en aquellos años, 
sintiendo esta vez, de verdad, su helada presencia... 

Y todo habrá acabado...hasta ese miedo.

Somos miedo hecho carne. 
Moriremos de miedo porque vivimos con él hasta el fin.

Pamplona. Noviembre 1982 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Bajo tierra

La noche descubre su velo negro 
y lo extiende sobre la tierra. 

El cielo centellea en mil puntos:
las estrellas, 
que se encienden y se apagan brillando, 
como el cirio, en aquella casa negra, 
tras las ventanas polvorientas donde una sonata monótona de voces susurrantes 
repite una mortecina estrofa.

Pedazos de nubes blancas en el oscuro azul. 
El rio silencioso calla. 
Un viento helado 
atraviesa lo campos 
sacude las hojas de los arboles.

La casa negra enmudece. 
El cirio se ha apagado. 
Un sollozo ahogado 
rasga la quietud de la casa negra

La estrofa mortuoria 
se eleva por entre las ventanas cerradas 
hasta los arboles,  
hasta el río, 
hasta las nubes que revolotean en el azul oscuro

La noche ha muerto. 
El sol brilla de nuevo en una mañana blanca, 
blanca luz, 
blanca casa... 
los arboles y el rio brillan con un tono blanquecino.

De la casa blanca sale una triste comitiva. 
En la noche negra murió  la niña del alba. 
Del color de las almendras eran sus ojos, 
como los rayos del sol, 
rubios sus largos cabellos eran, 
cayéndole sobre la blanquecina cara. 
Blanco es también hoy el manto 
que a su última morada lleva

Al cerro de los muertos van, 
cruzando el camino rojo, 
ya la llevan a enterrar

Los pájaros no cantan, 
el río escucha, 
los arboles callan.

Ya cae el polvo sobre el féretro blanco, 
pero por más que quieren cubrirla con la tierra
el aire, el viento, 
a la luz de la mañana muestra de nuevo la blanca caja

Bajo la tierra al fin está. 
La negra muerte se la ha llevado en la fría noche. 
Aquí su cuerpo dejó bajo la tierra. 
Dormirán sus helados huesos  un sueño sin fin entre la nada.

Pamplona. Noviembre 1982

Deja que el tiempo pase

Deja que los días huyan

que las hojas del calendario se las lleve el viento
como esas del otoño amarillento
volando por el espacio
de lo que es y no puedo tocarlo
de lo que vivo y sin embargo no veo
de todo aquello a lo que me dirijo y deseo.

Deja que los años transcurran
que las imagenes del pasado
en el foso de los recuerdos dormiten
como esos fantasmas de los sueños
que vienen y que van
escribiendo en mi mente un extraño e  irreal cuento

Deja que tu vida pase
que el tiempo queme
esas horas
esos días
esos años
tantos momentos que hubieras querido apresar para siempre
pero que huyeron para nunca regresar.

Dejalo, ya que es imposible detener la acelerada marcha
de lo que existe, envejece y muere
ya que es imposible hacer algo para que no ocurra

¿Sonries?.
Conformismo ante la fatal evidencia de  lo que somos

Si. No digas deja
di toma, vive, coge
no sea que volviendo la vista atrás no veas nada

De tan estoica manera de existir
suele quedar el vacio y la inutilidad de lo que desconocemos:
el rumbo de nuestra propia vida.

Pamplona. Septiembre 1983 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Cuando ya nada se espera

El tiempo marcó sus huellas 
en los profundos surcos de su cara,
surcos de cansancio,
de dolor,
de frustración,
de engaño,
de trabajo.

 El tiempo hizo de sus negros cabellos
sedosos hilos de plata.
Las cuencas de los ojos hundidas,
el andar pausado,
la mirada triste

Se sentó en un banco de la solitaria plaza
rumiando su soledad
observando con infinita angustia
cada persona
cada árbol
cada edificio

Y pasó largo tiempo...
Y el viejecito seguía sentado en el banco amarillo
de la cada vez más solitaria plaza
Y comenzó a llover
Y el anciano no se movía
Hacía frio
Ya nadie pasaba
La noche llegó oscura
a la solitaria plaza
Noche de largo viento en la plaza vacía.

Al día siguiente alguien deparó en aquel anquilosado ser
y comprobó que el frio glacial de la muerte le había sorprendido la mañana anterior.
Rígido se mantuvo,  sentado en el banco
relegado con indiferencia en su lenta y silenciosa agonía


Soledad en el último tramo del camino.
La vejez nos sorprende arrancando nuestra ilusión,
nuestra fuerza juvenil, física y mental
nuestro idealismo,
Todo
Retornando a la dependencia de la infancia,
convertidos en un estorbo inservible para la familia
en un ser improductivo
en una carga para la sociedad.

Hombres que han trabajado,
que han dado toda su vida para esa familia
que han construido en parte el bienestar de esa sociedad
reciben como recompensa la soledad y el desprecio: ¡¡¡Viejo!!!

El pobre anciano comprueba con increíble tristeza como, sin darse cuenta,
se le ha escapado el tiempo de las manos
Su mundo, su único mundo es el de  los recuerdos
recuerdos que comparte con los amigos de su edad
recuerdos que glorifica, 
que añora
a los que cubre de una  especial nostalgia.
Es lo único que posee, lo único que no le pueden arrebatar.

Alguno rumiará solo, como el viejecito descrito,
con la mirada perdida en no se sabe donde,
esos recuerdos
esa agonía 
de aquellos que, como él, saben que no tienen futuro
esperando con temor ese momento trágico.

Temor a enfrentarse con la nada
teniendo esa misma nada detrás, 
en tu propia vida.

Trágico ser:
Nace, vive sin saber porque y para qué
y sin saber vivir le llega la muerte demasiado pronto
como para darse cuenta de su inevitable pérdida de tiempo.

Crueles e imbéciles los que hoy marginan a nuestros mayores.
No saben que mañana serán ellos los rechazados, los olvidados

Pamplona. 1983 

miércoles, 1 de mayo de 2019

Soñé la noche

Soñé que la noche crecía como niebla
sobre mis cansados parpados
y en la oscuridad temida 
reviví los recuerdos añorados.

Sentí que tus ojos me miraban
y tu cuerpo era una sombra indefinida,
una grisácea pincelada de duda temblorosa
que erizaba los cabellos yertos de los muertos.

De la noche escapé, entre visillos negros,
para visitar aquella lúgubre morada
donde la luna fue sol y la piel quemada,
donde vinimos los instantes idílicos
de una existencia atormentada.

No encontré el lugar
no encontré la casa.
Pregunté al vacío,
me contestó: Nada.

Desperté en la noche,
me encontré muriendo,
no existió tu sombra
ni ningún momento
que soñar pudiera
pues estaba muerto.

Pamplona. 1986

Entre el ser y el querer

Al final de la jornada estúpida 
de vacíos y errores,
al final de la indefinible nada
al final de ese intento inútil que es ser feliz,
se encuentra siempre el conocido rostro de la resignación
o la caída en la batalla entre tu y el otro...que sois
lo mismo, la misma cara.
Combate inútil de frustración y esperanza

Pamplona. 1986


Amanecer en la escarcha

Como si no supiera lo que dice tu cara...
Miras a los ojos mientras callan las palabras
y los cuerpos duermen uno junto al otro
entre la armoniosa calma;

Ellos hablarían si el negro velo que nos ata
cayera al suelo sin mentiras ni amenazas.

Una voz muerta...una mirada
una insinuación lenta, una respuesta rápida,
una mano gélida que cruje como un cuchillo
rasgando la seda cálida.
 
Piel desnuda que anhela una caricia...Suspira la madrugada
Cristal azul de los ojos bajo la bóveda clara
Refugio de los sonidos que gimen en la mañana
susurran con los silencios rotos de la luna pálida.

Sentí tus soles dormidos amanecer en la escarcha,
quebrarse entre mis manos el fuego de tus entrañas,
como el rayo azul y húmedo en el primer claro del alba.
Los labios rojos, heridos, se abrían en la alborada.
Un silencio de estrellas brillaba como luciérnagas.

Del espejo profundo, reflejo de luz callada,
brota cristal amargo, recuerdo de la mar blanca
soñando entre las olas
fantasía de niña
corazón de amada
un naufragio deseado de dos cuerpos y dos almas.

Cristal, lagrima de alegría, 
rocío de madrugada,
lluvia negra, tormentosa, barro, cieno de las charcas
desborda tus emociones, llanto de impotencia y rabia. 
Olvidas que las noches son muy cortas,
son muy rápidas.

Una voz muerta,
un reproche mudo,
un adios desconocido,
una mañana...

Encierras tus pensamientos en cárcel de pura farsa,
jaula de deseos soñados
sumidos en el olvido,
en la herrumbrosa patraña de miedos y acusaciones:

Moral burguesa y cristiana que castra las emociones
y condena la esperanza de soñar despierto
sintiendo cada poro,
cada instante,
cada beso.

Como si no supiera lo que dice tu cara...

No bajes los ojos,
mira con la frente alta...
Siente, vive como humana
los placeres de la vida
que ayer es tarde
y hoy un instante sólo

No esperes a mañana

"De deseos reprimidos están los manicomios llenos"

Pamplona 1986



El reflejo de la luna

A la orilla de un rio 
de cenagosas aguas
descubrí su pálida figura.

Se recortaba sobre los arboles como una sombra de plata
como un reflejo de luna.

Temblaban los oscuros pliegues de su ropa
en la noche sombría

mientras el lecho callado
en olas de espuma se derretía.

Me acerqué al pasado remoto
como el niño se acerca a la cuna
o el anciano a la fría tumba.

Temblaba...

Mi recuerdo, 
su sombra, 
mi vida.

Llegué a la orilla del rio y el silencio me sorprendió...
La luna no se miraba ya en la oscura corriente
y el reflejo de la sombra me hizo descubrir
donde se ocultaba aquella pálida figura...

Pamplona. 1986