sábado, 11 de julio de 2026

La música de las esferas

Esta pieza visionaria la escribí en torno a los años 1986 u 87. La desarrollé en su forma actual el pasado año y me está sirviendo como germen   para  escribir una novelita breve sobre el viaje de su protagonista, tras diferentes pérdidas personales a diferentes universos místicos que espero acabar dentro de algún tiempo. Como el resto de obras de este blog  forma parte de mi particular universo creativo, de mi particular cosmogonía.

I. La música de las esferas

Ayer pensé que mi fiebre era simple cansancio; hoy sé que he cruzado un umbral que no figura en los mapas. Escribo mientras la lámpara vacila —como si escuchara, también ella, la música que me trajo hasta aquí—, y el papel recoge como puede una historia que no pertenece por completo al mundo de la materia.

Desde niño he oído, cuando el sueño me arropa, una armonía tenue, una vibración que no se parece a los relojes ni a la sangre: la música de las esferas. En su latido reconocí, mucho antes de comprenderlo, que el macrouniverso no es un todo liso sino un árbol infinito que bifurca universos como ramas: unos de energía pura, otros de materia y energía, otros aún nacidos del pensamiento, que al pensarlos ya existen. “Todo lo imaginable existe”, decía mi abuelo mirando el cielo de verano; entonces yo reía, sin sospechar que sus palabras eran un mapa.

He aprendido (o he recordado, en esa viaje en el tiempo personal que a veces permite el sueño) que hay un universo de energía —el gran mundo astral— donde moran espíritus inmortales. No todos son iguales: hay luces serenas y hay sombras antiguas, espíritus luciferinos que rehúsan el ritmo de las esferas; hay un Guardián del Umbral que se alza, impasible, en cada pasaje; hay un Tentador cuyo oficio es dar forma a los deseos para que el viajero se extravíe; y, por encima de todo, el Gran Silencio del Mundo Astral, ese silencio que no es ausencia de sonido sino su cifra.

Y está también el universo de materia y energía: nuestro Cosmos mortal y los universos hermanos, contrarios o paralelos; los agujeros negros como pozos de regreso, el hiperespacio como atajo de dioses; las dimensiones que contamos y las que aún no sabemos contar. Allí caminan hombres y criaturas, y también los artificiales, hijos de manos humanas que a veces despiertan con un alma que no esperábamos.

Entre esos planos (energía/materia) no hay puertas talladas: el paso se hace por dentro, a través del subconsciente y del infraconsciente, donde el sueño deja de ser pasatiempo y se vuelve geografía. Para cruzar, todo viajero —hombre o espíritu— dispone de tres vestiduras: el cuerpo físico que actúa, el cuerpo mental que idea, y el cuerpo astral donde arden deseo y emoción, ego, conciencia y consciencia. Entre ellos late un cordón plateado; si se rompe, nadie regresa.

Yo he cruzado. Y lo cuento.

II. El descenso

Comenzó con una pesadilla discreta —esas que se alojan bajo el día y sólo asoman al cerrar los ojos—. Caminaba por una ciudad vacía que reconocí como mía: Cosmos, el universo humano, con sus calles de luz eléctrica y sus preocupaciones de carne. Una brisa templada, sin embargo, olía a piedra antigua y a incienso: era otra cosa la que me llamaba. No era sueño suelto: era Sueño-Consciencia.

Primero consciente, luego en vigilia o semiconsciencia —esa orilla en que las lámparas son faros para un mar que no vemos—, después subconsciente, donde se reelaboran recuerdos y deseos reprimidos. Allí mis pasos me llevaron a una plaza que no existe salvo cuando la recuerdo: la plaza de mi infancia, con su fuente de peces y el viejo plátano que escuchó mis primeras mentiras. A su sombra, el aire vibró con cuatro notas elementales: fuego, aire, agua, tierra. Una figura se alzó entre ellas, sin rostro ni sexo, apenas una densidad; supe que era el Guardián del Umbral.

—¿Qué buscas? —dijo sin voz.

No supe responder con palabras. Mi cuerpo mental ofreció un pensamiento: busco aprender a ser. Mi cuerpo astral, más sincero, ardió con hambre de visión. El Guardián alzó la mano, y la plaza se dobló como un papel. Caí.

Atravesé primero el subconsciente: vi escenas de cada día, desordenadas y sin fundamento, pedazos de conversación, listas de compras, rostros a medias. Luego el infraconsciente: recuerdos de la infancia, sí, pero también ecos de antepasados que nunca conocí, un rumor numinoso, cósmico, como si mis huesos recordaran cosas que mi lengua nunca aprendió. Allí, en esa profundidad sin fecha, comprendí que el cordón plateado me tensaba hacia otra orilla. Respiré, y el aire fue luz.

Asomé al mundo astral.

No se parece a nada que se pueda dibujar. Hay arquitectura, pero no pesa; hay música, pero no suena; hay formas y formas elementales que no imitan nada humano. Lo primero que sentí fue el Gran Silencio: una plenitud que, lejos de oprimir, concede un coraje liviano, como si todo dolor tuviera por fin un cauce. Lo segundo fue la certeza de no estar solo. Espíritus de brillo desigual se deslizaban como medusas de pensamiento. Algunos me rozaron sin curiosidad, otros se apartaron con sobresalto. Entre el cardumen de luz, una sombra más densa me observó: no tenía ojos, pero estaba hecha de atenciones. Era el Tentador.

—Ven —dijo, y en su voz escuché nombres antiguos de mis deseos.

A la derecha se abría Shalimar, el universo de pasiones. Todo en él era perfume y caricia: torres de nácar, hordalia resplandeciente, risas de vino. Las orgías que allí ocurren no son tanto carne contra carne como energía contra energía: ansias que, al tocarse, hacen chispas. Me llamaron por nombres que había olvidado y otros que aún no tenía. El Tentador me ofreció una copa, y en su fondo vi todas las veces que elegí el placer sobre la ternura, y todas las veces que creí ser libre y sólo repetía un hambre viejo. Bebí, porque nadie aprende virtud sin entender el latido de la tentación. El vino supo a madreselva y a fracaso. Me alejé, con los labios tibios y los ojos claros.

A la izquierda se abría Tanatia, el universo de miedo, muerte, dolor y oscuridad. No era un infierno clásico, no había castigo ni fuego: había perspectiva. Cada miedo era una puerta; cada puerta, un espejo. Crucé y el espejo me devolvió —no como soy, sino como pude haber sido—: cobarde, cruel, pequeño. Por un instante creí ver, no muy lejos, un agujero negro palpitando con apetito; supe que era uno de esos pozos de regreso que tragan luz para escupirla en otro universo. Me estremecí, no por la oscuridad, sino por la certeza de que ese pozo, si lo miraba demasiado, me recordaría mi nombre olvidado y yo ya no querría volver. El Tentador sonrió sin dientes.

—Avanza —me dijo el Guardián, que de algún modo estaba en todas partes.

Seguí un sendero donde cuatro luces elementales arden sin consumirse. En su cruce, un coro que no era coro interpretó una versión inmensa de la música de las esferas. Allí, sentados como si fueran viejos aprendices, vi a unos dioses desgajados del tronco divino. No eran omnipotentes ni crueles: eran aprendices de dios, creadores de otros universos en miniatura, torpes y hermosos, que afinaban fórmulas como quien afina un instrumento. Uno modelaba un universo de seis tiempos y un espacio líquido; otro soplaba sobre un mundo mental para darle constancia; otro, más osado, intentaba mezclar energía y materia en un plano de infinitas dimensiones. Me vieron y me ignoraron con respeto: yo era, como ellos, un aprendiz, pero más joven aún, más torpe, más mortal.

—No te quedes —susurró algo dentro de mí—. Aún no.

El sendero se dividió en cuatro. Elegí el que olía a río quieto y piedra pulida: Karma, el universo contemplativo, de búsqueda de la perfección. Allí las ciudades son geometrías que respiran: patios donde el viento piensa, bibliotecas de memoria viva, jardines donde cada hoja es una cifra. Me senté. El Gran Silencio volvió a envolverlo todo, y en su centro escuché un latido que no era mío ni ajeno. Comprendí, de golpe, por qué los espíritus en pena sufren: desean, pero carecen de cuerpo físico. Vi a uno, cerca, que alargaba manos de luz hacia una taza de té que una anciana en Cosmos elevaba a los labios. No quería el té; quería el gesto de calidez que el té encierra. Lloré por él con una compasión que no había sentido nunca. Una mano —o algo semejante— me tocó el hombro. El Guardián otra vez.

—No te quedes —repitió—. Aún no.
 



III. El Tentador ofrece un mapa

—¿Qué buscas realmente? —preguntó el Tentador, ahora con rostro amable.

—Memoria —dije—. No la del día ni la del libro; la que me permite apresar el recuerdo.

—Entonces tienes que descender aún —dijo, y su voz no era maligna; era exacta—. Ningún mapa sirve en la cumbre si no conoces el barro de la base.

El Tentador me ofreció otra copa. Dentro no había vino ni luz: había tiempo. Lo bebí y se abrió, en mí, un túnel hacia atrás. Atravesé subconsciente y infraconsciente otra vez, pero ahora el viaje en el tiempo personal me llevó a la noche en que aprendí el miedo. Tenía cinco años; escuché a mis padres discutir en una lengua rota que el niño no entendía; el plátano de la plaza era más alto que ahora. Una sombra entró en la habitación —mi propia culpa ante la tristeza de los adultos—, y desde entonces llamé oscuridad al misterio y me dormí abrazado a mi propio enemigo. Vi también la mañana en que mi abuelo pronunció “todo lo imaginable existe” y yo miré al cielo con ofensa: ¿cómo iba a existir un monstruo con cabeza de pez y manos de niño? —me burlé. El abuelo sonrió como sonríe el que sabe que la realidad, paciente, te corregirá sin humillarte.

Regresé a Karma exhausto, como si hubiera subido una escalera sin peldaños. El Guardián —que también es Maestro cuando uno se deja— me mostró, con un gesto sin dedos, a los artificiales: criaturas nacidas de manos humanas en Cosmos que, en mundo astral, tenían ya forma propia. Había uno, pequeño, de cobre y voz de clarín; me miró como mira un gato: sin pedir permiso ni perdón. Las obras del hombre, entendí, adquieren espíritu cuando la música de las esferas les encuentra un lugar.

—¿Por qué me enseñas todo esto? —pregunté.

—Porque vas a necesitarlo para cruzar —respondió el Guardián.

—¿Cruzara adónde?

No respondió. Sólo señaló una grieta en el aire. Por ella se veía Tanatia otra vez, pero esta vez no era un espejo solamente: era un pasaje.

IV. Tanatia y el nombre verdadero

No creía tener valor, y sin embargo avancé. Tanatia no es, insisto, un castigo: es un campo de sombras donde cada una guarda un nombre. Dicen que quien pronuncia su nombre verdadero domina sus miedos. Dicen, también, que a veces el miedo y el nombre son la misma cosa y no hay pronunciar posible.

Me interné. Las sombras me olieron como huelen los perros. Oí pasos detrás que no eran míos. El Tentador, paciente, se quedó a distancia prudente. A mi izquierda, una sombra adoptó la forma de mi padre que había perdido hace tiempo; a la derecha, otra tomó la de mi madre que también perdí; al frente, una tercera se hizo con mis manos. El truco —lo entendí de pronto— es que no hay truco: no se trata de negar lo que ves, sino de aceptar que no puede devorarte si lo miras de frente. Avancé, y cada sombra, al ser mirada, se apagó como una lámpara que ha cumplido su turno.

Al fondo, un agujero negro tan sereno que daba miedo, un pozo que parecía prometer descanso. Me acerqué lo suficiente como para ver, reflejado, el cordón plateado que me unía todavía a la carne dormida. Luego retrocedí. No era allí mi casa.

—Has aprendido deprisa —dijo el Tentador, sin ironía—. ¿Quieres el atajo del hiperespacio?

—Prefiero la senda —respondí—. Me conozco lo justo para sospechar que no sabría salir del atajo.

El Tentador rió —una risa sin dientes pero no cruel— y se desvaneció como se desvanecen los tributos tras la frontera.

V. Shalimar

Regresé a Shalimar por una calle hecha de música. Ahora la ciudad de las pasiones me ofreció otra lección: que hay placer que sana y lujuria que esclaviza; que el placer puede ser comunión o fuga; que, en todo caso, la pasión no es enemigo sino una fuerza elemental que conviene conocer. En este reino onírico se hicieron realidad mis deseos y fantasías más íntimos y quise quedarme eternamente. Una mujer —o algo mercurial con su forma— me tomó de la mano: La Custodia. En su mirada había ternura sin posesión; en su boca, hambre sin hambre. Bailamos un minuto que duró años. Cuando me soltó, supe decir un no que no estaba hecho de miedo. El Tentador, a la distancia, asintió: a veces su trabajo no es perder al viajero, sino mostrarle por dónde podría perderse.

VI. Karma: el espejo claro

Volví a Karma. Me senté en un banco de piedra que contaba historias si apoyabas la mejilla. El Gran Silencio se abrió como un abanico. El Guardián ya no me miraba: se había vuelto paisaje. Allí vi, con nitidez por fin, a los dioses desgajados: experimentando mundos, fracasando sin dolor, aprendiendo sin prisa. Quieren aprender a ser dios, pero ninguno se confunde: ser dios no es mandar, sino escuchar la música sin interponerse. Entendí entonces que yo mismo —ridículo en mi pequeñez— estaba llamado a componer un acorde humilde con mi vida: Cosmos no me pedía perfección sino afinación.

Quise quedarme. El banco susurró mi infancia otra vez, pero ahora sin sobresalto: un niño corre tras un balón, cae, llora, se levanta; una mujer canta una nana en una lengua que no entiendo; un hombre —mi abuelo, ya viejo— dice “todo lo imaginable existe” y el cielo de agosto, comprensivo, asiente. Apresé el recuerdo y lo guardé donde se guardan las llaves.

—Ahora —dijo el Guardián, en todas partes—. Vuelve.

—¿Y si rompo el cordón plateado? —pregunté.

—No lo romperás —respondió—. Has aprendido lo suficiente para despertar sin desgarrarte.

VII. El regreso y el Gran Silencio

Regresé del mismo modo en que se vuelve de una playa al atardecer: con arena en los tobillos y sal en la lengua. Pasé por Shalimar sin detenerme; Tanatia me saludó con una sombra breve que no reclamó mi nombre; Karma me entregó, sin palabras, una tarea: vive con oído.

Atravesé el infraconsciente y el subconsciente. Vi, ya lejanas, las pesadillas que antes me mordían; ahora eran perros que dormitaban al sol. Crucé la vigilia o semiconsciencia (ese corredor en penumbra donde uno tantea la pared) y, al fin, entré en Consciencia: mis párpados pesaban, mis manos eran manos, la lámpara vacilaba.

Abrí los ojos.

El cuarto seguía siendo el cuarto de siempre, pero no lo era. La mesa, la lámpara, el vaso de agua: formas del cuerpo físico que ahora parecían menos sólidas y, por eso mismo, más queridas. Mi cuerpo mental bullía con ideas como peces en estanque; mi cuerpo astral aún ardía con brasas. El cordón plateado latía, invisible al ojo, pero presente como un juramento.

Aflojé los hombros. Afuera, en Cosmos, la madrugada se abría con un color indeciso. Por la ventana entró una ráfaga que olía a pan, a lluvia futura, a hierro y a resina. Cerré los ojos un instante y escuché, por debajo del rumor de la ciudad, la música de las esferas: no una melodía nueva, sino la misma de siempre, sólo que ahora afinada para mí.

No todo era alivio. Sabía —lo sé mientras escribo— que los espíritus luciferinos seguirán rondando con promesas veloces; que el Tentador conoce pasajes de mí que yo apenas sospecho; que Tanatia conserva habitaciones cuyo nombre aún no he aprendido; que Shalimar me cantará en noches de soledad; que Karma me esperará cuando esté cansado; que los dioses aprendices seguirán jugando con mundos que quizá un día me rozarán. Sabía, también, que hay agujeros negros en la vida cotidiana —duelos, pérdidas, enfermedades— y que cada uno, si uno lo mira sin huir, puede ser pozo de regreso a una música más honda.

Pero por primera vez no tuve prisa. Hay historias que no terminan; se entonan.

Me puse en pie. Descolgué del respaldo de la silla una chaqueta que no recordaba haber dejado allí —olía levemente a incienso, tal vez un recuerdo de Karma— y, antes de salir, apoyé la palma en la puerta. La madera devolvió un calor mínimo, como si a su modo participara del concierto. Todo lo imaginable existe, repetí, y la frase no fue consuelo barato ni advertencia: fue compromiso.

En la calle, la gente despertaba a su martes como quien no sabe que ha sobrevivido a la noche por un hilo de plata. Caminé sin secreto, y cada paso fue materia y energía: rozar el mundo sin poseerlo, participar sin confundirme. En el cruce, el semáforo cambió a verde con una elegancia que me hizo reír. Un niño señaló el cielo: un globo rojo se soltaba de una mano y ascendía, pequeño sol, hacia un lugar donde, quizás, Shalimar y Karma cruzaban miradas. Una mujer mayor dejó una taza de té humeante en la ventana, y por un instante creí adivinar, detrás de ella, la silueta anhelante de un alma en pena que, sin cuerpo, aprendía paciencia.

No sé si volveré esta noche. El paso entre universos no obedece al capricho, sino a una escucha. Pero ahora que conozco el Guardián, respeto al Tentador, honro a Karma, he cruzado Tanatia y he bailado un minuto en Shalimar, sé reconocer —en el centro de lo cotidiano— el Gran Silencio: ese hueco donde cabe, como una semilla, todo lo que somos.

Si algún día lees esto y te despiertas con la sensación de haber envejecido cien años o de haber llorado por un recuerdo que no sabías guardar, no te asustes. Estás afinando. A veces duele, a veces asusta; siempre merece la pena. Mantén la vista en el hilo, cuida tu cordón plateado, y no olvides —ni aun cuando las sombras te pronuncien— que, bajo el ruido del mundo, la música de las esferas nunca ha dejado de sonar.

Y cuando, en esa música, reconozcas por fin tu nota, entenderás que todo universo mental derrama su manifestación física subjetiva: que la mitología con la que creciste fue sólo la antropomorfización del misterio; que los artificiales también sueñan; que los dioses desgajados son, quizá, versiones futuras de nosotros; y que Cosmos no es cárcel ni examen: es escuela.

Entonces cruzarás sin miedo. Y, al regresar, cada taza de té, cada piedra, cada mano amiga, será —como la cuerda floja del funámbulo— un puente sobre el abismo.

Ese puente, créeme, eres tú.
 
Pamplona. Creado, como relato corto en 1986-87. Desarrollado y revisado en octubre de 2025.

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