domingo, 5 de julio de 2026

Microrrelatos: Las ratas

En una populosa ciudad de la costa, en un lugar indeterminado del planeta. 

Los meses transcurrían más cálidos y  agobiantes que nunca. Los edificios parecían resquebrajarse, resecos como estaban; las calles, malolientes; y el puerto se había convertido en una negra cloaca. El agua potable estaba a punto de acabarse por lo que las autoridades locales habían impuesto fuertes restricciones.

A pesar de ser las doce del mediodía, las calles principales observaban un tráfico muy fluido y los transeúntes eran más bien escasos. Las gentes preferían permanecer en sus casas, algo más frescas, antes que andar sobre el abrasador asfalto, bajo aquel sol terrible. En tales circunstancias no era extraño ver algún pequeño roedor, un ratón o tal vez alguna rata, sobre los gigantescos montones de basura que se habían empezado a formar delante de los portales de todas las casas de la ciudad.

Pasaron algunos días y cada vez se hacía sentir más la presencia de esos pequeños y repugnantes animales, que en gran número empezaban a salir de los lugares más inesperados.

La noche cae sobre la gran urbe y las ratas se agolpan y amontonan por entre las alcantarillas, subiendo y bajando, pugnando por salir en la oscuridad nocturna a la superficie del asfalto. En el sanguíneo firmamento surge la silueta de una gigantesca rata que, con un chillido gutural, abriendo sus agudas fauces, se sostiene sobre sus patas traseras y parece querer abalanzarse sobre la ciudad.

Y al amanecer, las ratas han invadido los barrios periféricos, los más pobres de la ciudad. Por las calles, ya casi desiertas, pululan centenares de roedores que se arrastran pesadamente sobre la suciedad del pavimento. Las gentes, aterrorizadas, permanecen encerradas en sus casas, mirando sigilosas por entre las ventanas la macabra procesión, a la espera de no se sabe qué.

Y de nuevo llega la noche. Las ratas cubren las calles y penetran en las casas, royendo todas las puertas por cerradas que estén, rompiendo los cristales de las ventanas con sus hocicos y sus patas, que se cubren de sangre; y aunque algunas mueren, abren paso a las que vienen detrás. El terror se extiende como una gigantesca telaraña sobre la ciudad.

Los hombres y mujeres intentan ingenuamente matarlas por todos los medios posibles, mas las hambrientas ratas comen los cadáveres de sus congéneres y avanzan irresistibles, arrasando todo lo que encuentran a su paso. Devoran vivas a las personas sobre las que se ceban. Espeluznante escena: algunos se lanzan desde las ventanas de sus casas y se estrellan contra el suelo; masas de gente llevadas por el pánico corren de aquí para allá huyendo a ningún sitio, subiendo a los áticos y terrazas de las casas, buscando su salvación.

Y llegan a los limpios y deslumbrantes barrios residenciales y, haciendo caso omiso de la clase social, devoran con igual voracidad a aquellos gentlemen, hijos de papá, y a sus hermosas y bien adornadas mujeres. Gritos de horror indescriptibles, como si del más profundo de los avernos surgieran los gemidos de los condenados.

La ciudad de las ratas duerme.

Y los días pasan interminables, y los que sobreviven, en su lucha por la vida, son capaces de cometer las mayores atrocidades. En tal estado los ha sumido aquella cruenta y desigual guerra. Pasadas las primeras jornadas de terror, los hombres empiezan a organizarse en grupos que controlan sus respectivas zonas de influencia —calles, manzanas, avenidas— luchando unos contra otros para conseguir algo de comida o de agua. Si en un principio era de por sí escasa, más tarde, desaprovechada, se hizo prácticamente inexistente.

A causa de todo ello empezaron a surgir con fuerza enfermedades infecciosas que diezmaron la población aún más que las propias ratas. Con el paso del tiempo la ciudad se convirtió en un gigantesco cementerio de cadáveres; un fétido olor cubría la atmósfera de la urbe y sus inmediaciones.

El sol se ocultó de nuevo, fúlgidamente oscurecido por la sombra del hombre de la guadaña, que parecía estar sentado allá, justo sobre aquellas rocas al otro lado del puerto, contemplando su obra: la ciudad, o quizás el mar, pensando tal vez en emigrar a otras tierras.

Al día siguiente un rayo de esperanza penetró en la ciudad. Se hizo más frecuente la presencia de gran cantidad de cadáveres de ratas, encogidos, con las patas hacia arriba y el hocico cubierto de sangre. Primero decenas; más tarde, centenares y miles, hasta formar mullidas alfombras de negros cadáveres sobre las calles. Las que no murieron huyeron despavoridas ante la presencia del hombre.

Los grupos y bandas rivales empezaron a unirse para trabajar en la limpieza de la ciudad. Como no parecía conveniente arrojar las ratas al mar, las amontonaron en inmensas pilas y las quemaron; lo mismo hicieron, por doloroso que fuera, con los cadáveres de las personas.

Pero el peligro de enfermedad seguía latente y, aunque ahora a menor ritmo, seguían muriendo personas. Era pues necesario quemar toda la ciudad. A pesar de lo drástico de la decisión, la labor se llevó a cabo: se rociaron cada uno de los edificios con gasolina y se les prendió fuego.

Dantesca era la imagen de la ciudad que podía presenciarse. En la oscuridad de la noche, lenguas de fuego se alzaban temblorosas sobre el firmamento, y la ciudad sucumbía bajo las llamas mientras sus habitantes marchaban huyendo entre la penumbra rojiza del fuego, de lo que, aun siendo real, había tenido toda la apariencia de una pesadilla.

Al día siguiente, sobre el horizonte, se divisaban entre los escombros algunas nubes de humo. Todo había terminado al fin.
 
Escrito en Pamplona. Septiembre de 1982

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