lunes, 20 de abril de 2026

Bosque Mitago. Robert Holdstock

La novela sigue a Steven Huxley, un joven herido que regresa a la casa familiar, en los campos de Gloucester, tras la Segunda Guerra Mundial. Allí descubre los diarios de su padre, George, obsesionado hasta la locura con un bosque habitado por criaturas míticas y fantásticas, y reanuda una tensa relación con su hermano Christian, que ha heredado esa misma obsesión. Esas criaturas son conocidas como «mitagos», personajes de los antiguos mitos creados por la imaginación popular y a los que el bosque da vida: Robin Hood, el rey Arturo, leyendas que abarcan desde la Edad de Piedra hasta nuestros días...

Christian desaparece en el bosque, y Steven saldrá en su búsqueda. Cuando se adentra en la espesura, Steven encontrará a Guiwenneth, una muchacha «mitago» dotada de increíble belleza. Perdido en las profundidades del bosque, Steven descubrirá a un gigantesco demonio, a Robin Hood, además de otras criaturas, palacios, tribus y civilizaciones enteras, antes de enfrentarse a su hermano, por el amor de Guiwenneth, en un poblado del Neolítico.

Los "mitagos" son figuras arquetípicas —héroes o monstruos como el Urscumugs— que el inconsciente colectivo de quienes viven cerca del bosque proyecta y materializa en su interior. Guiwenneth, una guerrera celta surgida del bosque, se convierte en el objeto de deseo que enfrentará a los dos hermanos en una rivalidad de resonancias casi míticas. Inmersa en la atmósfera de un thriller lovecraftiano, es una novela única y dotada de una magia indefinible cuyo recuerdo perdura mucho después de haber dejado atrás su última página.

Holdstock reformula la fantasía desde los postulados de Jung. El bosque no es sólo un escenario: es un órgano de la memoria cultural, un lugar donde duermen las versiones más antiguas de nuestros relatos, y leyendas. Esa idea —que los mitos no son invenciones sino sedimentos psíquicos que el paisaje puede devolvernos— está desarrollada con rigor y belleza.  La prosa es muy densa y sensorial. Es de destacar el contraste entre la Inglaterra gris de posguerra y el fulgor mítico del interior del bosque que funciona como metáfora de un país que intenta reconstruirse sin haber digerido sus propias capas de violencia ancestral. También hay que elogiar su estructura:  el uso de los diarios del padre como ventana a una obsesión previa, el juego con el tiempo (cuanto más adentro del bosque, más lentamente transcurre), y la forma en que los arquetipos se corrompen o mutan según la psique del observador.

A pesar de su  indudable calidad y originalidad  literaria el ritmo es desigual: contrata su inicio con una atmósfera casi gótica y el climax final con algunos pasajes intermedios algo más lentos y reiterativos.  Bosque Mitago, no obstante, es una de las pocas novelas de fantasía que amplía de verdad el género en lugar de repetirlo. Su influencia se puede reconocer luego en obras de Neil Gaiman, Charles de Lint, Susanna Clarke, etc. Leerla hoy es asomarse a un bosque que no ha dejado de crecer hacia dentro: más grande, más antiguo y más perturbador a cada página. Recomendable para lectores que gusten de una fantasía adulta, lenta, literaria y profundamente enraizada en la tradición mítica europea. 

domingo, 29 de marzo de 2026

La espada de Rhiannon. Leigh Brackett

Hay libros que no se leen: se recuerdan como si uno hubiera vivido en ellos. La espada de Rhiannon pertenece a esa estirpe rara de libros, donde la aventura no es solo una peripecia sino también un eco antiguo, una memoria que no es del todo nuestra. La espada de Rhiannon sigue a Eric John Stark que encuentra una antigua tumba en el desértico Marte actual y es lanzado a través de una "burbuja de tiempo" al pasado lejano del planeta, millones de años atrás, cuando este era verde y lleno de vida.    Mezcla aventuras fantásticas con un toque melancólico sobre civilizaciones perdidas, destacando el viaje del héroe a un mundo exótico. Ojo, hay ediciones españolas como la de Martínez Roca que leí yo en la que el nombre de Stark es sustituido por Matt Carse que en realidad es un héroe de otro ciclo. 

A través de la espada y de ciertos enclaves antiguos, se produce una conexión con una civilización antigua  desaparecida, mucho más avanzada y poderosa, cuya memoria sigue latente bajo la superficie del planeta. En su viaje al pasado remoto del planeta, Stark se ve envuelto en conflictos entre facciones marcianas, traiciones y alianzas cambiantes así como exploraciones por ciudades en ruinas y territorios hostiles. Stark debe enfrentarse a enemigos que también buscan ese poder corriendo el riesgo de quedar atrapado en ese pasado y con la tentación de apropiarse de un legado que no le pertenece. Finalmente, Stark logra imponerse, pero no como conquistador, sino como alguien que ha comprendido los límites del poder, que reconoce el peso del pasado pero que sigue siendo un extranjero en Marte. Más que una simple aventura de búsqueda de tesoro, la novela cuenta: la historia de un hombre que persigue un mito… y descubre que los mitos son restos de mundos que todavía no han terminado de desaparecer.

Leigh Brackett construye un Marte que no tiene nada de científico. Es un Marte mítico  deudor de Edgar Rice Burroughs y  su "Princesa de Marte". Brackett escribe con una prosa directa, heredera del pulp, pero con ráfagas de lirismo inesperado. Hay arena, sudor y acero… pero también silencios, sombras y una nostalgia que se filtra entre las grietas del relato. No busca la verosimilitud científica —y ahí radica parte de su fuerza— sino la intensidad emocional y el poder de la imagen: un Marte que no necesita ser creíble para resultar inolvidable. La espada de Rhiannon es un cuento de ruinas, ecos y destinos que ya estaban escritos antes de empezar. La relación entre La espada de Rhiannon y Una princesa de Marte no es simplemente de influencia: es casi un diálogo entre dos momentos del mismo imaginario literario. Edgar Rice Burroughs establece el modelo literario de las aventuras planetarias; Leigh Brackett lo recoge, lo oscurece y lo vuelve más introspectivo y melancólico, convirtiendo la novela en una aventura crepuscular. Carter era un humano superior físicamente destinado a convertirse en un héroe casi mítico. Stark no lo es. Burroughs introduce el romance clásico (John Carter y Dejah Thoris). Brackett reduce ese componente. Donde Burroughs ofrece amor y conquistaBrackett ofrece pérdida y tránsito.

Demasiado tarde para despertar

Cuando José Luis abrió los ojos, ya estaba lloviendo dentro de la casa. No sobre el tejado, no contra los cristales: dentro de la habitación.

Las gotas caían despacio desde un techo manchado de humedad y golpeaban el suelo de madera con un sonido hueco, como dedos impacientes tamborileando sobre un ataúd. Durante unos segundos no se movió. Tenía la garganta seca, el cuerpo entumecido y una sensación viscosa en la nuca, como si alguien hubiera estado respirando sobre él durante horas.

Miró a su alrededor. Reconoció el cuarto: la cama estrecha de hierro, la silla con la ropa doblada, el armario de nogal con el espejo rajado en diagonal. Era la habitación de la casa de su abuela Martina en Fuentes de Nava, el pueblo  a donde no había regresado desde hacía diecisiete años.

Y, sin embargo, aquello era imposible. La casa llevaba vacía desde el entierro de la abuela, hacía algo más de un año.

Se incorporó despacio. La colcha estaba húmeda. No de agua, sino de una humedad tibia, de algo vivo que le hizo retirar la mano con un escalofrío. Al llevarse los dedos a la cara percibió un olor agrio, dulzón, como flores podridas mezcladas con leche pasada.

—No puede ser… —murmuró.

Lo último que recordaba era la carretera.

Conducía de noche, bajo una tormenta cerrada, camino del pueblo. Había recibido la llamada a mediodía, desde un número desconocido. 

Una voz de mujer, muy anciana, preguntó:

—¿Eres José  Luis, el nieto de la Martina?

—Sí.

—Entonces ven. Tu abuela te sigue esperando.

La línea se cortó ahí.

Pensó que era una broma cruel. O algún asunto relacionado con la herencia. O quizá un vecino de esos que se aferran a los muertos más que a los vivos. Pero algo en la voz —una calma que no era de este mundo— le arañó por dentro. Al atardecer ya estaba en el coche, atravesando kilómetros de  asfalto, desde Bilbao, bajo un cielo plomizo.

Recordaba un cruce, luego niebla, luego una figura inmóvil en mitad de la carretera.

Después, nada.

Se levantó de la cama con las piernas temblorosas. El suelo estaba helado. Bajo la puerta se filtraba una luz grisácea. Quiso encender la lámpara de la mesilla, pero no había bombilla. Solo el casquillo desnudo, negro por dentro, como un ojo quemado.

Entonces oyó el primer ruido. Un roce bajo la cama. Muy suave. Como de uñas.

José Luis retrocedió de un salto y se quedó mirando la rendija de sombra entre el colchón y el suelo. No salió nada. Solo siguió oyéndose aquel arrastrar pausado, paciente, como si algo se estuviera recolocando allí abajo para observarle mejor.

—No tiene gracia —dijo, aunque sabía que estaba solo. O casi.

Abrió la puerta y salió al pasillo. La casa respiraba.

No había otra palabra para describirlo. Las paredes de yeso crujían con una cadencia húmeda, como costillas al expandirse. La madera se arqueaba con suspiros lentos. Del piso de abajo subía un olor a cera derretida y tierra removida. Al fondo del corredor seguía colgado el retrato de su abuelo Manuel, con su traje negro y aquella expresión de severidad antigua. Pero en la pintura, donde siempre recordaba unos ojos grises, ahora había dos manchas oscuras, profundas, como cuencas vaciadas.

José Luis apartó la vista.

Las puertas de los otros dormitorios estaban entornadas. Una de ellas, la  de la antigua habitación de costura, se movía  golpeando el marco con un toc… toc… toc rítmico que le erizó la piel. En otro tiempo su abuela le había prohibido entrar allí.

—Hay cosas que duermen mejor sin compañía —decía.

Bajó la escalera.

Cada peldaño se quejaba como si cargara más peso del que debía. La planta baja estaba en penumbra. El reloj de pared seguía funcionando, pero las agujas giraban hacia atrás. En la cocina, los cacharros estaban colocados en su sitio exacto, limpios, brillantes, como si alguien hubiera preparado la casa para una visita. Sobre la mesa había un plato hondo cubierto con un paño.

No quería acercarse. Aun así lo hizo. Levantó la tela con dos dedos.

Dentro había sopa. O algo que parecía sopa. Un caldo oscuro, casi negro, en cuya superficie flotaban pequeños trozos blanquecinos. Pensó en ajo. O en huesos diminutos. Entonces uno de aquellos trozos parpadeó.

José Luis dejó caer el paño y dio un paso atrás, atragantándose con un grito.

Oyó una voz detrás de él.

—Te va a saber fría.

Se volvió con el corazón golpeándole las costillas. Su abuela Martina estaba en la puerta de la despensa. O lo que quedaba de ella.

Vestía el mismo luto que el día del entierro, pero el vestido estaba pegado a su cuerpo como si hubiera salido del barro. La piel del rostro parecía demasiado tensa sobre los huesos, translúcida en algunos puntos, y en las comisuras de la boca tenía tierra seca. Sonreía con una dulzura insoportable.

—Abuela… —balbuceó.

—Has tardado mucho, hijo.

No sabía qué responder. Quiso avanzar hacia ella y abrazarla; querría haber sido niño otra vez, hundir la cara en su falda y escuchar que nada malo podía entrar en aquella casa. Pero algo en sus ojos, hundidos y vidriosos, lo mantuvo quieto. No eran ojos vivos. Ni muertos. Eran otra cosa: dos pozos quietos con algo moviéndose muy abajo.

—Tú… tú estás muerta.

Ella inclinó la cabeza, casi divertida.

—Y tú no del todo.

José Luis sintió un golpe de hielo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Martina dio un paso hacia la cocina. No caminaba bien; más que andar, parecía recordar vagamente cómo hacerlo.

—Ven. Tienes que comer. Despertar da mucha hambre.

—No estoy soñando —susurró él, más para convencerse que para afirmarlo.

—Eso ya pasó.

La frase quedó suspendida en el aire, espesa como el olor de la sopa.

José Luis retrocedió hasta chocar con la encimera.

—Quiero irme.

—No puedes.

—¿Por qué?

La sonrisa de la anciana se apagó.

—Porque llegaste al cruce y elegiste mirar.

Entonces recordó. La figura en la carretera.

No era una persona. Era alta, demasiado alta, inmóvil bajo la lluvia. No tenía rostro. Solo una superficie lisa, pálida, en la que latían sombras bajo la piel como gusanos. Él había frenado demasiado tarde. El coche se desvió. Hubo un golpe brutal. Cristales. Sangre caliente en la frente.

Y antes de perder el sentido vio aquella cosa junto a la ventanilla, inclinándose para mirarlo. O para olerlo.

—No… —dijo, ahogado.

Su abuela asintió despacio.

—Tu cuerpo sigue donde lo dejaste. Entre los hierros. Pero aquí entró lo que te encontró primero.

José Luis sintió náuseas.

—Mientes.

—Ojalá.

Desde el comedor llegó un crujido. Después otro. Y otro más, como si varias personas se estuvieran levantando de sus sillas al mismo tiempo.

Martina no apartó los ojos de él.

—La casa siempre ha sido un lugar de paso. Mi madre lo sabía. Su madre también. Hay sitios donde el sueño y la muerte se rozan como dos telas. Aquí la costura es muy fina. Demasiado fina. Por eso cerrábamos la habitación de costura en invierno. Por eso no se respondía cuando llamaban desde fuera después de medianoche.

José Luis miró hacia el comedor. Las sombras se movían detrás de la puerta.

—¿Quién hay ahí?

La anciana tardó en contestar.

—Los que despertaron cuando aún estaban soñando.

La puerta del comedor se abrió sola. Dentro, sentadas alrededor de la mesa larga, había seis personas. O seis formas humanas.

Una mujer sin párpados. Un niño con la cara cubierta por una membrana transparente que subía y bajaba como si respirara agua. Un hombre anciano con la mandíbula desencajada, llena de tierra. Otra figura de espaldas, demasiado delgada, cuyos hombros temblaban con una risa muda. Todos tenían delante un plato vacío.

Todos giraron la cabeza al mismo tiempo para mirarlo.

—No… no… no…

Martina lo tomó de la muñeca. La mano estaba helada y dura.

—Escúchame, José Luis. Aún puedes salir.

Él se aferró a aquellas palabras como un náufrago.

—¿Cómo?

Por primera vez la anciana pareció verdaderamente triste.

—Tienes que despertar antes de que ellos te aprendan.

—¿Aprenderme, qué?

—Aprendan tu voz. Tu cara. Tus recuerdos. Si terminan, ya no sabrás quien  eres.

En el comedor, el niño membranoso abrió la boca. De ella salió la voz de José Luis, perfecta, nítida:

—No puede ser…

Luego la mujer sin párpados repitió, con la voz de su madre:

—José Luis.

Luego el anciano de la mandíbula rota habló con el tono de un médico:

—No responde. Preparad la descarga.

José Luis se quedó helado.

Aquellas voces no venían del aire. Venían de lejos, de un sitio exterior, amortiguadas, como si atravesaran agua, sueño, tierra. Entonces lo entendió: eran reales. Gente inclinada sobre su cuerpo. Maniobras. Gritos. Metal en el pecho. Un intento desesperado de traerlo de vuelta.

—Me están… reanimando —dijo.

Su abuela asintió.

—Sí. Pero el camino de vuelta se estrecha. Cada vez que dudas, ellos comen un poco más.

Las figuras del comedor comenzaron a levantarse. Una a una. Lentas. Torpes. Pero decididas.

José Luis tiró de su brazo, intentando soltarse.

—¡Dime qué tengo que hacer!

Martina lo atrajo hacia sí hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del suyo. Su aliento olía a criptas abiertas.

—No escuches a los muertos que te aman.

José Luis frunció el ceño, perdido.

—¿Qué?

—Cuando cruces el pasillo, oirás voces. Te llamarán con cariño. Con culpa. Con dolor. No te vuelvas. Ninguno de nosotros sabrá parecerse tanto a ellos como para engañarte… pero sí suficiente para que quieras quedarte.

Las figuras ya estaban en la puerta.

La delgada seguía de espaldas. Lentamente, comenzó a girar el cuello. Giró más. Y más. Hasta que la cabeza quedó del revés.

—Corre —susurró Martina.

José Luis corrió.

Atravesó la cocina, el recibidor, el pie de la escalera. Detrás de él estalló un ruido de sillas volcadas y pies arrastrándose. Subió los peldaños de dos en dos mientras la casa entera gemía. Las paredes latían. El aire se había vuelto tibio y espeso, como el interior de una garganta.

Llegó al pasillo de arriba. Al fondo estaba su antigua habitación. La puerta abierta. Oscura. Tenía que cruzar hasta allí.

Dio dos pasos y oyó la primera voz.

—José Luis, cariño.

Era la voz de su madre. Tan clara, tan llena de miedo, que estuvo a punto de darse la vuelta.

—Abre los ojos, por favor. Por favor.

Siguió caminando.

A la izquierda, una puerta se entreabrió. Dentro creyó ver su piso actual, la lámpara del salón, su abrigo colgado, la vida sencilla y reciente. De la habitación salió la voz de Laura, su exmujer.

—No te vayas otra vez.

Se detuvo.

Había pasado un año desde que se marchó. Un año desde aquel último portazo, desde aquellas palabras crueles que ninguno retiró. Sintió un pinchazo de culpa tan hondo que le fallaron las rodillas.

—José Luis—repitió Laura, llorando—. Esta vez quédate.

Una mano helada le rozó la nuca. Se volvió por reflejo. No había nadie. Solo el pasillo.

Pero al final, cerca de la escalera, ya subían las figuras. No caminaban: se ondulaban, se deslizaban con movimientos imperfectos, articulaciones donde no debía haberlas, cabezas demasiado inclinadas. El niño iba delante, sonriendo con la boca abierta hasta casi partirse en dos.

José Luis echó a correr otra vez.

La voz del médico tronó desde alguna parte remota:

—¡Carga a doscientos!

La casa entera tembló.

Las paredes se agrietaron y por las grietas asomaron dedos negros, muchos, buscando. El espejo rajado del pasillo reflejó a José Luis… pero en el reflejo su cara no era la suya. Era la superficie blanca y lisa de la cosa de la carretera.

Gritó y se lanzó dentro de la habitación. Cerró de golpe. Empujó una cómoda contra la puerta. Las criaturas chocaron al otro lado con un sonido húmedo, no humano. Buscó desesperado algo, una salida, una señal, cualquier cosa.  Entonces vio que bajo la cama brillaba una luz pálida. La misma cama donde había despertado. Volvió a oír el roce de uñas. Se arrodilló. Debajo no había oscuridad. Había un corredor larguísimo, iluminado por una claridad de hospital, y al fondo varias siluetas inclinadas sobre un cuerpo tendido. Oyó pitidos, voces, un “vamos, vamos” ahogado por la distancia.

Su cuerpo. Su salida. Pero entre él y aquella luz, reptando por el corredor imposible, estaba la cosa del cruce. Ahora sí la veía bien. No tenía rostro porque su rostro eran todos. Rasgos a medio formar emergían y se hundían en la carne blanquecina: una boca infantil, un ojo de anciana, la nariz de un desconocido, dientes que no correspondían a ninguna mandíbula. Se arrastraba hacia él con una paciencia glacial, como sabiendo que ya no era necesario apresurarse.

—Demasiado tarde —susurró con cien voces.

La puerta de la habitación comenzó a astillarse. Los golpes al otro lado iban acompasados con algo peor: la voz de su abuela.

—José Luis —dijo Martina, muy suave—. No mires debajo de la cama.

Él se quedó inmóvil. La puerta volvió a estremecerse.

—No mires —insistió ella—. Ya has despertado aquí. Lo demás es lo que sueña contigo.

Algo en su tono había cambiado. La ternura seguía ahí, sí, pero ahora deformada, hambrienta, posesiva. Comprendió con un terror absoluto que quizá ella también había mentido. Que quizá no intentaba salvarlo. Que quizá solo quería retenerlo donde los muertos no se van nunca.

La criatura bajo la cama estaba más cerca. Detrás, las maderas crujieron. Una mano pálida atravesó la puerta.

Martina habló otra vez, casi cantando:

—Quédate, hijo. Arriba no hay nada. Solo dolor. Solo carne rota. Aquí no volverás a perder a nadie.

José Luis lloró sin darse cuenta.

Era cierto. Arriba —o afuera, o donde fuese— lo esperaban una vida incompleta, culpas, accidentes, fracturas, tal vez meses de rehabilitación, quizá una muerte igualmente segura. Allí, al menos, estaba la promesa de no sentir más.

La criatura se detuvo a pocos pasos del borde. En la masa de su no-cara apareció por un instante el rostro de Laura. Luego el de su madre. Luego el suyo propio.

—Quédate —dijeron todos.

Y entonces, desde el fondo del corredor de luz, alguien gritó con violencia:

—¡Ahora!

Una descarga blanca le atravesó el cráneo.

El mundo se quebró.

La casa chilló.

No un sonido, sino miles, como vigas, gargantas y campanas rotas al mismo tiempo. Las paredes se abrieron. Del techo cayó lluvia negra. Las criaturas del pasillo empezaron a convulsionar, perdiendo forma, deshaciéndose en miembros y barro. La mano que asomaba por la puerta se convirtió en un ramo de raíces.

Su abuela gritó su nombre. No como una abuela. Como una cueva.

José Luis se aferró al borde de la cama y metió la cabeza bajo ella. El corredor de hospital estaba mucho más cerca. La luz lo devoraba todo. Notó que algo le sujetaba los tobillos desde detrás, uñas hundiéndose en la carne.

—¡No! —aulló Martina, o lo que hubiera sido Martina—. ¡Todavía no!

Él empujó hacia adelante.

Sintió que se desgarraba por dentro, como si atravesara una tela cosida con nervios. El corredor se estrechó. La luz le quemó los ojos. Oía pitidos desbocados, órdenes, pasos, llanto. También oía, cada vez más lejos pero aún presente, la voz de la casa:

—Demasiado tarde para despertar…

Y entonces despertó.

De verdad.

Saltó sobre la camilla con un grito ronco y brutal, arrancándose tubos, manotazos ciegos al aire, buscando defenderse de algo que ya no estaba. Encima de él había lámparas blancas. Mascarillas. Un médico. Dos enfermeras. La cara empapada de lágrimas de su madre.

—¡José Luis! ¡Dios mío, José Luis!

Lo sujetaron. Lo calmaron. Le hablaron. Le dijeron hospital, accidente, parada cardiorrespiratoria, tres minutos, vuelta, estás aquí, estás a salvo.

A salvo.

Pasaron los días.

La recuperación fue lenta, pero posible. Fracturas, contusión pulmonar, una conmoción severa. Lo que no contó a nadie fue lo de la casa. Ni la lluvia interior. Ni la sopa. Ni las voces. Ni el pasillo. Ni la criatura sin rostro.

Se dijo que era una alucinación. Un residuo neurológico. El cerebro inventando arquitectura para no morir.

Casi logró creerlo. Hasta la primera noche en planta.

Se despertó sobresaltado a las tres y cuarto. La habitación del hospital estaba a oscuras, salvo por la línea verde del monitor. Afuera llovía. O eso pensó. Luego oyó el sonido con claridad. No venía de la ventana. Venía del techo. De dentro.

Ploc.

Ploc.

Ploc.

Giró muy despacio la cabeza. Debajo de la cama hospitalaria, en la estrecha banda de sombra, algo se movía con paciencia infinita. Como uñas.

Y la voz de su abuela, tierna, ahogada, subiendo desde allí abajo, le susurró:

—José Luis… esta vez sí es demasiado tarde.

viernes, 27 de marzo de 2026

El espantapájaros de la Nava

En Tierra de Campos, el viento se mete por los caños de los palomares, hace sonar las tejas flojas y pasa rozando las espigas como si las contara una a una. Los días de verano huelen a pan recién hecho. Las noches, en cambio, huelen a viento frío, ese viento que llaman "amarga cenas", a tierra que descansa y a algo más difícil de nombrar… como a cosa antigua que no quiere irse.

En las tierras cercanas a  las Bodeguillas, se levantaba desde hacía años un espantapájaros al que todos llamaban el Mudo. No porque fuera más torpe que otros, sino porque tenía una tristeza de madera que parecía callar incluso a las urracas. Lo hizo la Lorenza, la viuda que llevaba las tierras de su hermano con un muchacho a jornal, y lo plantó en mitad de los trigales con camisa de cuadros, pantalón de pana vieja y un sombrero de ala rígida que había sido del difunto.

El Mudo miraba siempre hacia el norte. No por elección, sino porque así lo dejaron amarrado. Desde allí veía la raya recta del horizonte de la meseta, los palomares redondos como cántaros, la torre de San Pedro con su piedra iluminada al ponerse el sol, y el camino de tierra que, serpenteando suave, iba hacia la Laguna y los pueblos de alrededor: Abarca, Autillo, Castromocho. Veía pasar tractores, carretas, algún rebaño sin prisa. Veía el mismo cielo repetido cada día.

A lo largo de los meses las aves le tomaron la medida. Primero lo respetaron cuando estaba recién puesto: nadie se fía de un hombre nuevo. Después, las más descaradas empezaron a acercarse. Picaban en el rastrojo, se posaban en su brazo, lo ignoraban como se ignora a un viejo que ya no protesta. El Mudo, claro, seguía allí. Inmóvil. Vigilando sin ganas. Espantando sin espantar.

Si hubiera podido suspirar, habría suspirado con frecuencia.

Porque el Mudo —no se sabe cómo, no se sabe desde cuándo— no eran solo trapos sobre un palo. Tenía dentro una conciencia lenta, del tipo que crece en las cosas que están quietas mucho tiempo. No pensaba como pensamos tú o yo; pensaba como piensa un árbol, o una piedra al sol. Pero pensaba. Y lo principal que pensaba era esto:

“¿Qué habrá más allá de este campo?”

No era curiosidad de mundo grande ni de aventuras de novela. Era hastío. Era el cansancio de ver siempre la misma rasante, los mismos colores, el mismo reloj de luz. A veces, cuando el sol caía y las sombras se estiraban, el Mudo soñaba despierto con la posibilidad imposible de dar un paso, aunque fuera torpe, aunque se cayera de bruces sobre los terrones.

Entonces llegó julio. Y con julio llegó la luna llena grande, redonda, que sube por Tierra de Campos con una claridad de harina. Aquella primera noche de luna llena, el viento aflojó de golpe, como si también quisiera escuchar. Las espigas de los campos dormían. Los grillos cantaban tan parejo que parecía un tejido de sonidos. Y el Mudo sintió algo nuevo en las uñas de paja: una tibieza.

No fue un rayo ni una magia de cuento con chispas. Fue más bien como cuando se deshiela una mano agarrotada. Primero un hormigueo. Luego una sensación de peso propio. Y, sin saber por qué, sintió la gravedad como una invitación.

Miró hacia su brazo derecho. Podía moverlo.

Lo movió. Lento, con una torpeza de cosas que no han tenido articulaciones. La camisa crujió. La cuerda que le sujetaba soltó un quejido seco.

—Madre… —se oyó decir.

Se asustó de oírse. La voz no salía de una garganta, sino del hueco de su pecho de paja; aun así estaba ahí, áspera, recién nacida.

Probó el otro brazo. También respondió. Probó el cuello: le dolió, pero giró. Miró por primera vez hacia el sur, hacia Fuentes iluminado en plata. El pueblo parecía una maqueta depositada sobre la meseta. Sintió un tirón de emoción sin nombre, como un niño ante una puerta nueva.

Y entonces ocurrió lo que tanto había deseado: Sus pies de palo se despegaron del suelo.

No fue un salto magnífico, sino un tambaleo. Se soltó del poste y cayó de rodillas sobre el rastrojo. Se rascó la pierna sin tener piel. Se reía por dentro y por fuera como puede reírse un espantapájaros torpe.

—Puedo —dijo, casi en secreto—. Puedo andar.

Andar fue difícil. El primer paso lo dio con la rodilla vibrando. El segundo, con los brazos abiertos como quien busca equilibrio en una barca. Al quinto, ya tenía un ritmo. Al décimo, se sentía dueño del camino.

Camino. Camino. La palabra le sonó a pan.

La luna estaba alta. El Mudo miró hacia el camino de tierra. No tenía mapa, no tenía brújula, no tenía idea de hasta dónde podría llegar antes de que se le acabara la vida nocturna. Pero tenía algo más fuerte: la urgencia de no volver a quedarse quieto.

Echó a andar.


La primera noche llegó hasta las eras de Fuentes de Nava. Olió el pueblo antes de verlo: olor a adobe fresco, a establo cerrado. Se asomó al borde como quien se asoma a un baile sin entrar. Hizo ruido sin querer, porque los jirones de su ropa rozaban las zarzas. Un perro ladró en la distancia. Otro le contestó. El Mudo se quedó quieto un segundo, no por miedo sino por costumbre. Luego recordó que ya no estaba clavado.

Siguió.

No entró en el pueblo aquella noche. No quería que lo vieran. No sabía qué era lo que debía ser un ser como él en un lugar de humanos. Se conformó con rodearlo, con oír el eco apagado de una radio nocturna en alguna ventana y el tintineo lejano de un vaso en un bar.

En las afueras, cerca de un viejo caserío, vio algo que le perforó la paja: Otra figura de guardia.

Un espantapájaros distinto. Más alto, más nuevo. Con la camisa limpia, el sombrero bien puesto, una bufanda roja que le caía como una lengua.

El Mudo se acercó despacio. La figura estaba quieta, clavada al suelo. Pero en la luz azulada de luna parecía que lo miraba.

—Buenas noches —dijo el Mudo, por decir algo.

El otro no contestó, claro. Era espantapájaros, pero no estaba vivo. Eso pensó el Mudo. Sin embargo, al acercarse más, vio bajo la camisa un brillo extraño: no era paja amarilla, sino… otra cosa oscura, como trenzas de sombra.

—¿Quién te ha hecho...? —susurró.

En ese momento, el aire se enfrió de golpe. No era el fresco normal de la madrugada; era un frío que te borra el aliento. El Mudo miró hacia el este y vio una cosa que no cuadraba con el campo.

A lo lejos, por el camino que venía de Abarca, avanzaba una mancha negra.

No era persona, ni animal, ni carreta. Era una sombra más oscura que la noche, baja, pegada a la tierra, pero moviéndose. Se deslizaba como humo sin viento. Por donde pasaba, la hierba parecía apagarse un tono, como si la luz se lo pensara dos veces.

El Mudo sintió algo parecido al miedo, que en él no era un temblor sino un tirón hacia atrás.

La mancha no se acercó a él. Pasó de largo hacia Fuentes, sin mirar. Pero él notó que al pasar, algo de su camisa se deshilachaba, como si la oscuridad mordiera. Aún así, no se atrevió a moverse. La cosa llevaba un silencio que imponía.

Cuando se perdió camino del pueblo, el Mudo respiró… o hizo el gesto de respirar. Miró al espantapájaros nuevo. La bufanda roja se había quedado negra por un borde.

El Mudo comprendió algo sin palabras: Aquello oscuro estaba “visitando” espantapájaros.

No sabía para qué. Pero sabía que no era bueno. Las cosas malas de la Tierra de Campos casi siempre se mueven así: sin ruido, sin prisa, con hambre lenta.

Volvió al campo donde estaba plantado el otro. Quiso tocarlo. La mano le temblaba. Lo tocó. La paja del interior no era paja. Era ceniza. Y olía a hoguera vieja.

Se apartó. La noche estaba cambiando de color: el cielo empezaba a palidecer por el este. Notó cómo la vida prestada se le iba aflojando por dentro, como cuando se desinfla un odre.

Se echó a correr torpemente de vuelta, sin saber bien por qué, pero con la certeza de que debía volver antes de que amaneciera, como decía su instinto de madera. Llegó a su poste cerca de las Bodeguillas y, justo cuando el sol asomaba, el cuerpo se le endureció otra vez. Los brazos se le quedaron tiesos en cruz. El cuello se le clavó hacia el norte.

Volvió a ser el Mudo. Pero ya no era el mismo.


Los humanos notaron cosas esos días. Lo notaron sin saber nombrarlo, como siempre.

—Hay menos gorriones —dijo la Lorenza en el bar.

—Será que el trigo ya está segado —respondieron.

—No, no es eso. Está raro el aire.

Algunos espantapájaros amanecieron con la ropa desgarrada o ennegrecida, como si una brasa les hubiera besado por la noche. Otros amanecieron caídos, el palo partido por la mitad. Nadie vio nada. Pero todos, al comentarlo, bajaban un poco la voz.

Eusebio el de la calle Mayor, que era más viejo que el propio pueblo, fumó su puro al atardecer y dijo:

—Eso que veis no es viento. Es viajero.

—¿Qué viajero? —preguntó Filomena.

Eusebio se encogió de hombros.

—Un viajero de sombra. Cuando algo malo no encuentra sitio, va de pueblo en pueblo buscando una rendija.

La gente se rió con cuidado. No querían creerle y tampoco querían desmentirle del todo.


La segunda noche de luna llena, el Mudo volvió a despertar. Esta vez no tuvo que aprender de nuevo a mover el cuerpo. Fue como ponerse un abrigo conocido. Se soltó del poste, cayó al suelo con menos torpeza, y echó a andar hacia el camino antes de pensarlo. No se detuvo en el caserío junto al canal. Bajó directo al pueblo.

Fuentes dormía. Solo una luz de cocina encendida en una casa. El Mudo entró por calles estrechas, cuidando de no hacer ruido. Los adoquines eran fríos. La plaza del ayuntamiento parecía otro planeta sin gente. La torre de la iglesia se alzaba encima como una aguja negra cosiendo el cielo.

Al pasar junto a la iglesia, oyó algo que le erizó la paja: Un murmullo dentro del campanario. No era la campana. Era como una voz baja, un respirar ajeno. El Mudo levantó la cara hacia la torre. En una de las troneras vio algo moverse: una oscuridad densa, igual que la del camino. No subía ni bajaba; se asomaba, como un gato que mira un corral.

El Mudo dio un paso atrás. La oscuridad se retiró. El Mudo entendió: aquello no solo viajaba, también “habitaba” a ratos en sitios altos.

Siguiendo el rastro, salió del pueblo por la calle que va hacia la Laguna. En el borde vio otro espantapájaros, el de las huertas. Lo habían hecho los chavales para reírse. Estaba aún vivo del día, pero de noche parecía triste.

El Mudo se acercó. Le tocó el pecho.

—No te dejes —susurró.

No sabía por qué lo decía. Era como si se diera un consejo a sí mismo. Un ruido leve sonó atrás. El Mudo se giró. Allí estaba la mancha negra, a pocos metros. Más grande que la otra vez. Más concentrada. No tenía ojos, pero sentías que te miraba. No tenía boca, pero sentías que quería algo.

El Mudo dio un paso atrás. La mancha avanzó un paso. No corría ni saltaba. Simplemente ocupaba el espacio. El Mudo quiso huir, pero algo lo sostuvo. Una cosa nueva en él, que no sabía nombrar todavía.

Alzó el brazo (su brazo de trapo y nudos).

—Aquí no —dijo.

Nada. La mancha siguió.

El Mudo miró al espantapájaros de la huerta. Comprendió que si no hacía algo, aquello lo convertiría en ceniza por dentro como a los otros. ¿Cómo se detenía una sombra? No tenía idea.

Entonces vio algo en el suelo: un haz de rastrojo seco, atado con cuerda, que alguien había olvidado tras el día. Paja seca. Paja como él. Paja que, en el fondo, era su idioma.

Agarró el haz. Se acercó a la mancha. Sintió frío. Mucho.

—Si comes sombra —dijo—, come luz también. Y arrojó el haz dentro.

La mancha no se quemó. No hubo llama. Pero sí ocurrió algo extraño: el haz de paja se iluminó, como si ardiera sin fuego, y dentro de la oscuridad se dibujaron pequeños puntitos claros, como luciérnagas.

La mancha se detuvo.

Y es que la oscuridad odia lo que tiene memoria de sol. No era fuego lo que le asustaba a la Sombra, sino el recuerdo del sol en la paja. La mancha retrocedió un palmo. Luego otro. Como si hubiera probado algo amargo.

El Mudo avanzó un paso, con el corazón de paja desbocado.

—Vete.

La mancha retrocedió más rápido, como un agua que se escapa cuesta abajo. Se deslizó hacia el camino de Abarca y desapareció.

El Mudo cayó de rodillas. Le temblaban los brazos. Miró el haz ahora apagado, normal. Pero aún olía a luz.

El espantapájaros de la huerta seguía clavado. No parecía haber entendido nada.

El Mudo se quedó un rato, recuperando su respiración imaginaria. Luego se levantó y volvió hacia el campo, no por miedo sino por deber. Sabía que antes del alba debía estar donde lo plantaron. Sabía también otra cosa nueva: que la batalla no había terminado.

Antes de amanecer se clavó otra vez en sus tierras. Inmóvil. Pero atento.


En la tercera luna llena, el Mudo no esperó. Apenas la vida entró en él, salió.

Siguió el camino en dirección contraria, hacia donde la mancha había huido. Cruzó pagos silenciosos, oyó lechuzas, vio zorros que le miraban sin miedo. Llegó a Abarca en plena madrugada. Allí vio lo mismo: espantapájaros ennegrecidos en los campos, caídos, con la paja hecha humo.

La mancha negra se movía por los bordes del pueblo, como si olfateara.

El Mudo no era ningún héroe. Era un espantapájaros con piernas. Pero había aprendido que podía hacer algo.

Buscó una era con rastrojo seco, de trigo viejo. Agarró varios haces, los fue poniendo en el camino como migas al revés: migas de luz.

Cuando la mancha se acercó, el Mudo encendió la paja sin fuego, solo con su presencia viva. Era raro: al tocarla, la paja recordaba el sol. Se iluminaba desde dentro. La mancha reculó, furiosa, sin ruido.

El Mudo la fue llevando así, paso a paso, fuera del pueblo. Hacia la llanura abierta donde nada podía esconderse.

La mancha, acorralada por líneas de luz, se juntó más, se hizo compacta. Intentó saltar hacia él. El Mudo aguantó la embestida con su cuerpo blando. Sintió que una parte de su camisa se volvía ceniza. Pero no cedió.

A lo lejos empezó a clarear.

El Mudo tuvo una idea final: no se puede matar una sombra, pero se la puede dejar sin noche.

Se plantó frente a ella, justo en el sitio donde el horizonte era más limpio. Donde el sol entraría como cuchillo.

—Hasta aquí —dijo.

La mancha tembló. Se replegó sobre sí misma, intentando huir hacia cualquier sitio oscuro. Pero el campo estaba pelado. No había árboles, no había tapias, no había palomares cerca.

El rojo del alba asomó.

En el momento exacto en que el primer rayo tocó la mancha, esta no ardió ni explotó. Solo se desmigajó, como barro seco cuando lo pisas. Se volvió miles de pequeñas sombras diminutas que el sol fue borrando sin esfuerzo.

Cuando el sol subió de verdad, ya no quedaba nada.

El Mudo sintió que sus piernas se endurecían. Cayó de rodillas. El día lo devolvía a su inmovilidad.

Antes de quedar clavado, alcanzó a mirar hacia el horizonte, a ese mundo que había conocido en noches prestadas. No había triunfos, no había música de final. Solo una quietud nueva.

Volvió a su poste. Se endureció en cruz. Pero esta vez el norte le pareció menos cárcel. Había caminado lo suficiente para saber que la llanura no termina en el borde del campo. Y que, por grande que sea la oscuridad, siempre hay un sol que se levanta.


Los humanos no supieron nada con certeza. Solo que aquel año dejó de aparecer la mancha. Los espantapájaros nuevos ya no amanecieron convertidos en ceniza. Los pájaros volvieron a posarse sin cautela. La Lorenza dijo en el bar que el aire estaba más ligero.

Eusebio, el viejo, se limitó a asentir.

—Se ha ido —dijo—. Porque a veces la tierra se defiende sola, con lo que tiene.

Nadie entendió a qué se refería. Pero tampoco le preguntaron más.

Clara —la nieta de Marcelino— fue una tarde a la zona de las Bodeguillas, como hacía siempre, y miró al Mudo. Juraría que el espantapájaros tenía un desgarrón nuevo en la camisa, cerca del pecho, como de quemadura. Y juraría también que el sombrero estaba un poco ladeado a la derecha, aunque ella recordaba que lo habían puesto recto.

Se acercó, le puso una flor seca en el bolsillo.

—Gracias —susurró, sin saber bien por qué.

El Mudo no respondió. Pero si hubiera podido, habría sonreído.

Y en la siguiente luna llena, cuando los caminos de Tierra de Campos volvieron a abrirse para él, el espantapájaros echó a andar otra vez, no ya por huir del aburrimiento, sino por patrullar, con la paciencia larga del campo, por si alguna otra oscuridad sin dueño decidía que aquel horizonte llano era un sitio fácil para quedarse. Porque hay viajeros de sombra que nunca dejan de buscar rendijas por donde colarse.

Y, en Tierra de Campos, también hay viejos guardianes que aprendieron a andar.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Lo que acecha en el Umbral

Hubo un tiempo en que creí que los sueños eran sólo el sótano de la mente: una dependencia oscura, mal ventilada, donde iban a almacenarse los restos del día, las vergüenzas aplazadas, los rostros rotos por la memoria, los deseos sin nombre. Un escritor, me decía, debe aprender a bajar allí de vez en cuando. Debe ensuciarse las manos. Debe saber escuchar lo que se murmura en la zona húmeda del alma. Yo había hecho de esa convicción casi una disciplina. Escribía de noche, dormía mal y leía demasiado. Había dedicado años a perseguir, con la avidez de los hombres que no saben que se están buscando la ruina, todo cuanto rozara el borde de lo visible: tratados de interpretación de sueños, relatos de apariciones, testimonios de desdoblamiento, viejas supersticiones funerarias, catálogos de herejías, crónicas de casas donde las puertas se abrían solas a determinada hora y nadie volvía a vivir en paz después de escuchar cierto ruido detrás de las paredes.

No me movía la credulidad, sino una clase más compleja de soberbia. Quería saber. Quería entender.  Quería tal vez escribir la página definitiva sobre aquello que habita detrás de la razón, en su trastienda. En aquel entonces todavía ignoraba que hay materias que no toleran ser miradas desde demasiado cerca; que la observación misma, cuando se aplica a ciertas regiones del espíritu, modifica el objeto observado y abre una reciprocidad funesta. Pensamos que contemplamos el abismo, pero el abismo no es un paisaje: es una boca y nos está mirando a nosotros.

Todo comenzó con una repetición.

Un sueño, si es que aquella experiencia admitía tal nombre, regresó dos veces en la misma semana, después cuatro, después cada noche, y más tarde comenzó a infiltrarse también en las siestas, en los cabezazos involuntarios frente al escritorio, en ese segundo turbio que media entre cerrar los ojos y perder la noción del cuerpo. Al despertar, me quedaba siempre una impresión material, casi fisiológica, como si no hubiera soñado un lugar sino atravesado una sustancia. Había en ese sueño un cuarto, o más exactamente la idea de un cuarto: un recinto apenas insinuado, sin mobiliario reconocible, delimitado por una penumbra que no procedía de la ausencia de luz, sino de una forma de luz degradada, enferma, vieja. Yo sabía que me hallaba allí sin recordar el trayecto, y en seguida, antes incluso de orientarme, percibía una certeza intolerable: no estaba solo.

No se trataba de una figura visible. No al principio. Era algo anterior a la visión, una presión. Una inteligencia inmóvil apostada en un ángulo que no coincidía con la geometría de la estancia. Digo ángulo por aproximación, pero no había allí esquina ni curva ni profundidad que se dejara medir con las facultades ordinarias. Era una presencia enquistada en una especie de pliegue del espacio, como si el sueño tuviera costuras y tras una de ellas palpitara algo, paciente, aguardando el momento propicio para asomar.

No tardé en comprender que no era yo quien penetraba en el sueño. Era el sueño quien avanzaba sobre mí.

Desde entonces, la palabra entrar comenzó a perseguirme. La escribía en los márgenes de mis cuadernos. La encontraba repetida, con una caligrafía que no siempre reconocía como mía, al pie de hojas arrancadas. Entrar. Dejar entrar. Abrir. Paso. Umbral. Al principio me reí de mí mismo. Atribuí todo aquello al cansancio, a la imaginación hipertrofiada, al exceso de trabajo y de lectura. Pero el cuerpo tiene una manera brutal de desmentir las explicaciones más convincentes. Empecé a sentirme corroído por dentro.  Me invadía la impresión de que un gusano mínimo y meticuloso trabajaba en secreto a través de mi carne y de mis pensamientos. No era un dolor. Algo me iba deshaciendo con paciencia de sepulturero. Había mañanas en que me tocaba el rostro al afeitarme y me parecía que la piel cedía con una blandura ajena, que mi expresión llegaba desde muy lejos, atravesando varias capas de deterioro.

Dormía peor, pero soñaba más. Y aquellos sueños se organizaron pronto como una geografía.

Había regiones.

No era un caos de imágenes, sino un sistema. A medida que descendía, iba reconociendo ámbitos diversos, planos que se comunicaban entre sí por corredores, túneles, pasajes de una lógica tan contundente que resultaba más difícil negarlos que aceptar la existencia del mundo visible. Uno de esos planos pertenecía a la infancia. Pero no hablo de recuerdos. Los recuerdos son remiendos, reconstrucciones parciales, versiones gastadas de un pasado que el tiempo ya ha debilitado. Aquello era otra cosa. Era la infancia como territorio autónomo, preservado en algún estrato del ser y accesible mediante ciertas puertas. Allí regresé a calles que había olvidado y que, sin embargo, me recibían con una exactitud ofensiva. Vi patios y rincones que habían desaparecido antes de mi adolescencia; oí los cubiertos de mi madre en una cocina donde ya no vivía nadie; pasé ante habitaciones cerradas durante décadas y sentí, detrás de ellas, la respiración expectante de escenas no consumadas.

A veces me veía a mí mismo niño.

No en tercera persona, como en esos sueños banales donde uno se multiplica sin escándalo, sino con la angustia de quien reconoce en otro cuerpo la versión intacta de una condena todavía en ciernes. Ese niño me observaba siempre con una mezcla de miedo y lucidez. No pedía ayuda. No la esperaba. Tenía ya en la mirada la resignación del que conoce el final antes de poseer lenguaje para nombrarlo.

Otro plano era el tiempo.

No el tiempo humano, lineal, doméstico, ese hilo dócil con que hilvanamos fechas y explicaciones, sino una extensión mineral donde los instantes coexistían como galerías subterráneas excavadas en una misma masa. Llegué allí una noche en que el sueño se volvió más profundo de lo habitual. Descendí por un túnel estrecho cuya piedra rezumaba una humedad viva, casi uterina, y encontré a ambos lados aberturas que daban no a lugares, sino a momentos. Asomándome a una de ellas me vi escribir páginas que aún no había escrito; en otra contemplé, con una frialdad que no era mía, la habitación donde me velarían; en una tercera me encontré viejo, o quizá apenas más tarde, pronunciando palabras desconocidas a alguien que no alcanzaba a ver. Comprendí que el tiempo, en aquellas regiones, no fluía: se apilaba. Y que el alma, si se la arranca de ciertas condiciones de la materia, puede transitarlo no como duración, sino como arquitectura.

Y detrás de todo eso, aguardando siempre en el reverso de cada descubrimiento, estaba la presencia.

Acabé por llamarle La Cosa, no porque el nombre la contuviera, sino porque necesitaba un sonido para referirme a aquello que iba ganando consistencia. Hubo una noche decisiva. La recuerdo como se recuerdan las cirugías o los accidentes: no por continuidad, sino por fogonazos. Desperté dentro del sueño, o eso creí, y en la penumbra de mi habitación advertí que la puerta del pasillo estaba abierta. Más allá no había pasillo, sino una oscuridad vertical, una especie de profundidad negra que no correspondía a la casa. Y desde esa oscuridad, o desde algún punto de mí mismo que se había alineado con ella, llegó la evidencia insoportable de que algo estaba a punto de cruzar.

Hay estados en que el terror deja de ser una fuerza que empuja a huir y se convierte en un cansancio sin orillas. Uno desea sólo que el asedio concluya, incluso si concluir significa ceder. En ese agotamiento, en esa disposición blanda del espíritu, casi sin quererlo, casi como quien afloja los dedos y deja caer una llave, permití la apertura.

La Cosa  no irrumpió con estrépito. Se instaló.

Durante días me resistí a formularlo así, pero no encontré otra palabra. Sentí su entrada como una modificación sutil en la textura de mis pensamientos. Ideas que no nacían de mí aparecían ya vestidas con mi voz interior. Impulsos sin afecto, curiosidades crueles y abstractas, percepciones desprovistas de toda moral empezaron a rozar la superficie de mi conciencia. Yo seguía siendo yo; lo bastante para advertir la intrusión, no lo suficiente para expulsarla. La Cosa se alojó primero en la mente, como un huésped exquisitamente paciente. Aprendía mis ritmos, reconocía mis recuerdos, ensayaba mis gestos desde dentro. A ojos del mundo no había más que un solo "Jota". Esa fue la obscenidad más perfecta de todo el proceso: la intacta apariencia de unidad.

La casa respondió enseguida. Las puertas se entreabrían con una lentitud deliberada. El reloj del comedor se detenía, noche tras noche, a la misma hora. Oía pasos en habitaciones vacías. Bajo la cama encontré varias veces una tierra negra, húmeda, con olor inconfundible a raíces y ataúd. En la cocina resonaban golpes secos, espaciados, como si unos nudillos pacientes ensayaran una comunicación rudimentaria. Los espejos me devolvían ocasionalmente un reflejo mínimamente retrasado; un desfase tan pequeño que habría podido atribuirlo al agotamiento si no fuera porque, una vez, al volver el rostro, vi con claridad que la imagen tardaba un instante de más en obedecerme.

Comenzaron entonces los viajes astrales, si es que ese nombre, demasiado usado por los charlatanes, no resulta ridículo para designar lo que viví. No eran visiones ni metáforas del sueño. Eran desanclajes. Me sentía desprenderme del cuerpo como un tejido mal cosido. Me elevaba sobre la cama y contemplaba, con una mezcla de piedad y repugnancia, la forma inmóvil que seguía respirando abajo. Después atravesaba el techo y ascendía a una noche donde las distancias no eran físicas. Podía deslizarme con igual facilidad sobre los tejados de la ciudad o hundirme bajo ella, a través de estratos donde la materia dejaba de parecerse a la tierra y se convertía en una sustancia sombría, viscosa, surcada por galerías de una geometría ofensiva para la razón.  

Esos ángulos.

Aún ahora, si alguna parte de mí persiste en alguna memoria de lo humano, sé que no podría describirlos. No pertenecían a un espacio concebible, y sin embargo se imponían con una nitidez superior a la de cualquier objeto cotidiano. Eran ángulos que no delimitaban superficies, sino modos de penetración. Uno no los miraba: ellos entraban por la mirada y seguían hundiéndose más allá, lesionando algo en la estructura misma del pensamiento. En esas regiones vi criaturas que no merecen el nombre de bestias porque implicaría un parentesco zoológico consolador. Eran abominaciones amorales, formas de vida o de no-vida que no conocían la piedad ni la violencia porque ambas cosas presuponen una escala humana de valores ya abolida allí. Algunas permanecían indiferentes a mi paso. Otras parecían registrar mi presencia con órganos equivalentes a una atención. Entre ellas avanzaba yo con el espanto hipnótico de quien se sabe intruso y, al mismo tiempo, reconoce en lo visitado una afinidad secreta.

Volvía de esos desplazamientos con el día fracturado.

La realidad, comparada con aquellas regiones, adquiría un espesor pobre, provisional, casi teatral. Empecé a desconfiar de los objetos familiares. La mesa de trabajo me parecía, por momentos, una piel tensada sobre algo vivo. El suelo no era suelo, sino tapa. Caminaba por el pasillo con la impresión de que debajo latía una vastedad subterránea separada de mí por unos pocos centímetros de materia obediente. Veía lugares imposibles en los repliegues de la ciudad: un patio que no figuraba en ningún plano, una escalera que descendía donde no debía haber sótano, una calle de mi infancia intercalada entre dos edificios modernos. Y lo más grave no era verlos, sino recordarlos. Recordar haber estado allí en circunstancias que no habían sucedido, traer de esos no-lugares una memoria tan consistente como la de cualquier hecho real.

Quise racionalizar el desastre. Leí con frenesí sobre telepatía, catalepsia, psicosis, desdoblamiento, espiritismo, experiencias cercanas a la muerte, alucinación hipnagógica. Buscaba una explicación médica, literaria o esotérica; me era igual, con tal de que delimitara el fenómeno. Pero cada lectura abría una puerta nueva. Entendí demasiado tarde que el saber, en ciertos territorios, no ilumina: perfora. Cuanto más investigaba, más accesibles se volvían las transiciones. Empecé a clasificar mis sueños como si esa taxonomía pudiera salvarme.

En primer lugar, los sueños cotidianos: reproducciones casi fieles de mi vida diurna, con pequeñas fisuras reveladoras. Por otra parte estaban los sueños maravillosos: jardines imposibles, ascensiones silenciosas, ciudades detenidas en una claridad mineral donde seres remotos me contemplaban con una benevolencia incomprensible. Y por último los sueños horrendos: cementerios desfondados, criptas anegadas, túneles, putrefacción, la sensación de ser devorado desde dentro por algo lento y consciente.

Pero las categorías se contaminaron. Los cotidianos se llenaron de muerte, los maravillosos de amenaza, y los horrendos de una seducción casi religiosa. Empecé a hablar solo. O quizá a dos voces. A veces me descubría pronunciando frases que no habían pasado por mi intención. Oía mi voz en otra habitación cuando yo estaba inmóvil. Escribía durante la noche sin recordar haberme levantado; al releer esas páginas encontraba descripciones exactas de sitios que visitaría después en sueños, o advertencias sobre sucesos menudos que ocurrían al día siguiente, como si una parte de mí hubiese desertado ya del presente lineal.

La Cosa aprendía.

Aprendía a mirar a través de mis ojos, a pensar con mis palabras, a habitar mis hábitos. Su percepción difería de la mía en un punto crucial: donde yo veía separación, él veía continuidad. Entre el sueño y la vigilia, entre la memoria y la visión, entre los muertos y los vivos, entre el aquí y esas otras dimensiones, para él no había muros verdaderos, sólo membranas. Yo era, para su propósito, una bisagra ideal: un hombre suficientemente obsesionado para llamar y suficientemente frágil para ceder.

Los cementerios adquirieron entonces un papel central en mis sueños y en mi pensamiento despierto. Comprendí —o creí comprender— que no son meros depósitos del cuerpo, sino zonas de adelgazamiento, lugares donde la realidad, sometida al peso de los muertos y a la insistencia del recuerdo, ofrece menos resistencia. Soñaba con necrópolis interminables, con mausoleos abiertos al subsuelo, con criptas cuya función verdadera no era guardar restos, sino custodiar umbrales. Bajaba por escaleras helicoidales hasta cámaras donde los nichos se prolongaban más allá de la piedra y daban a corredores sin final. Allí oía voces que no pedían auxilio ni descanso: pedían paso.

Las alucinaciones comenzaron a invadir el día sin dejar márgenes.

Oía nombres que nadie pronunciaba. Veía, en el fondo de los espejos o en los charcos, perspectivas que no coincidían con el entorno. En cierta ocasión, al apoyar la mano en el escritorio, la vi volverse translúcida por un segundo, como si la materia dudara de sí misma. Otra tarde supe con certeza quién iba a llamar por teléfono antes de que sonara, y después, antes de descolgar, conocí ya la primera frase de la conversación. No era premonición, sino contaminación del tiempo. En otra ocasión regresé del baño y encontré mi dormitorio sustituido, durante un parpadeo interminable, por un corredor de nichos húmedos. Cuando la habitación volvió a ser la de siempre, aún quedaba en el aire un olor nítido a piedra mojada y flores rancias.

Dejé de saber si me aproximaba a la esquizofrenia o a algo peor. La locura, al menos, tiene la piedad de ser sólo humana. Esto no lo era. No me estaba limitando a perder el juicio: estaba siendo usado para fines cuya escala me excedía. Mi yo se adelgazaba, se agujereaba. Había momentos en que me sentía yo mismo observado desde dentro, como se observa una casa cuyo cerramiento está a punto de ceder.

La fase final llegó con una rapidez obscena, como llegan los derrumbes después de una larga paciencia estructural. Las puertas comenzaron a abrirse y cerrarse con violencia. En la habitación de trabajo aparecieron huellas húmedas. Una madrugada, del patio interior subió un rumor de voces superpuestas, una multitud de murmullos que no tenían origen visible. Al asomarme no vi nada, pero supe que la casa, o la parcela de realidad en que estaba inscrita, había quedado ya contaminada. La materialización había empezado.

Quise cerrar. Sellé espejos, quemé cuadernos, mantuve luces encendidas, agoté el cuerpo para no dormir. Fue ridículo. El sueño había dejado de ser un episodio. Era ya una atmósfera, una infiltración del mundo. Vivía en una doble existencia: una mitad de mí atravesaba galerías subterráneas, cementerios, túneles y cámaras donde el tiempo se amontonaba; la otra mitad fingía todavía una vida normal, respondía mensajes, calentaba café, saludaba al vecino. Esa coexistencia era insostenible. El cuerpo empezó a resentirse. El corazón martilleaba de modo irregular. Las manos me temblaban. A veces me quedaba inmóvil durante minutos enteros, suspendido en un trance donde ambas realidades se superponían y yo no podía determinar cuál de las dos era la intrusa.

La última noche no tuve ya la impresión de soñar. Tuve la certeza de descender.

Atravesé un túnel de una oscuridad densa, casi líquida, con la serenidad desesperada de quien sabe que ha llegado demasiado lejos para volver. Al final había una réplica de mi casa, o mejor dicho, la forma arquetípica de mi casa, despojada de materia, como si el lugar real hubiese proyectado su sombra sobre otro plano. Las habitaciones eran reconocibles y ajenas. Todo estaba ligeramente desplazado, como sucede en los recuerdos falsos. En el pasillo esperaba la Cosa, por llamarla de alguna forma.

Tenía mi figura, pero no mi humanidad. Era mi yo reconstruido por una memoria hostil. Un "Jota" incompleto y exacto a la vez, como un retrato hecho por algo que ha estudiado meticulosamente a un hombre sin llegar a comprender del todo lo que significa estar vivo. No habló. Pensó dentro de mí con una claridad intolerable.

Ya está abierto.

Entonces vi, simultáneamente, dos escenas. En una, yo permanecía frente a él, en esa casa espectral. En la otra, mi cuerpo yacía en la cama de la habitación real. Y vi también cómo algo se incorporaba en él con una familiaridad escalofriante, como quien regresa a una estancia que lleva tiempo preparando.

Quise gritar. Quise despertar. Quise volver a ser indivisible. Pero ya no quedaba lugar al que volver. Yo era el residuo. El excedente. El error conservado después de la sustitución. Comprendí entonces que la destrucción verdadera no consistía en morir, sino en ser desalojado de uno mismo mientras la apariencia continúa en pie.

Lo último que sentí fue la ruptura definitiva de la costura interior que une a una conciencia consigo misma. Después ya no hubo dolor, sólo un silencio ancho, mineral, semejante al de ciertas criptas.

Al día siguiente dirían que había muerto durante la noche, quizá de un fallo cardíaco, quizá de un accidente cerebral precipitado por el insomnio y la tensión. Me hallarían con los ojos abiertos, rígidos de espanto. Harían conjeturas médicas. Susurrarían palabras sensatas al pie de la cama. Lo habitual.

Eso pertenece al mundo de los demás.

La verdad es otra. Yo, "Jota", morí. Morí por  haber sido puerta. Morí por haber confundido el ansia de conocimiento con el derecho a franquear ciertos umbrales. 

Pero la Cosa permaneció. Permanece todavía.

Camina quizá con mi forma bajo la luz vulgar de los días. Tal vez escribe. Tal vez sonríe. Tal vez pronuncia mi nombre con la naturalidad de un hábito adquirido. A los ojos ajenos sólo existe un "Jota", uno solo, indivisible, plausible. Nadie sospecha que la puerta continúa abierta. Nadie imagina que, algunas noches, cuando ese cuerpo duerme, no está soñando.

Está llamando.

Y del otro lado, en los ángulos imposibles, en los cementerios sin fondo, en las galerías donde los muertos no reposan y el tiempo se apila como piedra húmeda, algo escucha y empieza a acercarse.

 Relato creado en 1989 bajo el nombre de "Jota". Revisado en 2026

sábado, 21 de marzo de 2026

La Nave de Isthar. Abraham Merritt

"La nave de Ishtar" es una de las novelas más célebres de Abraham Merritt y, para muchos lectores e historiadores del género, su obra fantástica más lograda. Fue publicada primero como serial en "Argosy All-Story Weekly" entre el 8 de noviembre y el 13 de diciembre de 1924; la edición en libro de 1926 apareció recortada, y el texto completo se restauró en 1949.

El protagonista es John Kenton, un hombre culto, rico y desencantado, además de veterano de la Primera Guerra Mundial. Kenton recibe un bloque de piedra procedente de una excavación arqueológica que él mismo ha financiado. Al abrirlo, descubre en su interior una pequeña nave tallada con una perfección imposible. Ese objeto resulta ser un umbral: la maqueta no representa un barco, sino que es el barco, y Kenton se ve arrastrado a una realidad suspendida entre tiempos y mundos.

La nave pertenece a un universo de resonancias mesopotámicas dominado por la lucha entre dos poderes divinos. Está literalmente escindida en dos mitades: una de marfil, asociada a Ishtar, diosa del amor y la vida, y otra de ébano, asociada a Nergal, dios de la muerte y la destrucción. Cada mitad tiene su sacerdocio, sus fieles, su disciplina y su código moral. En el lado de Ishtar destaca Sharane, figura femenina central; en el de Nergal, el sacerdote Klanath encarna la voluntad sombría del culto rival. La nave navega en una especie de eternidad cerrada. No es un simple escenario, sino un microcosmos metafísico donde se dramatiza una guerra cósmica insoluble: amor contra muerte, luz contra tiniebla, eros contra aniquilación. Kenton se integra poco a poco en ese conflicto, primero como testigo perplejo y luego como actor decisivo. Su relación con Sharane introduce la dimensión amorosa, pero también una tensión de orgullo, rivalidad, atracción y prueba heroica. Uno de los rasgos más originales del libro es que Kenton no abandona del todo su apartamento neoyorquino: el relato funciona parcialmente como una historia de doble presencia o de tránsito entre dos planos.  El desenlace, además, mantiene un componente inquietante y ambiguo, porque el paso entre ambos mundos no se resuelve como una simple escapatoria feliz.

La primera gran influencia de la novela es  la mitología mesopotámica. Merritt toma los nombres y la imaginería de Ishtar y Nergal para construir una fantasía arqueológica y religiosa muy característica de entreguerras: el pasado oriental aparece como depósito de misterio, poder y sensualidad. La novela se mueve entre lo babilónico, lo asirio y lo “antiguo oriental” en un sentido más imaginativo que filológico. Se percibe también con claridad la herencia del romance  arqueológico de H. Rider Haggard, sobre todo en el tratamiento de la mujer sacerdotal, hermosa y peligrosa, y en la fascinación por civilizaciones remotas cargadas de erotismo, fatalidad y grandeza decadente. Ciertas imágenes femeninas de Merritt derivan del modelo de "Ella" de Haggard. Otra influencia señalada por la crítica es Francis Stevens.  Por género, la novela se sitúa en una zona de cruce entre el pulp fantástico, los romances en mundos paralelos (como Una princesa de Marte), y antecedente de la futura espada y brujería. 

Su huella posterior fue considerable. Fue extraordinariamente popular en su momento. "Argosy" llegó a considerarla la historia más popular publicada por la revista en sus primeros cincuenta años, y fuentes posteriores recuerdan que en una encuesta de lectores de 1938 quedó por delante incluso de Tarzan de los Monos Su influencia se puede en encontrar en autores como Robert E. Howard, C. L. Moore, Henry Kuttner, Leigh Brackett y Michael Moorcock; no tanto por calco argumental como por su mezcla de aventura onírica, erotismo mítico, nave liminal y conflicto entre potencias sobrenaturales. 

Desde el punto de vista de la crítica literaria la principal virtud de la novela es su capacidad de encantamiento. Merritt construye una atmósfera muy sensorial, cargada de color, lujo verbal, exotismo y tensión metafísica. La nave partida en marfil y ébano es una de esas grandes imágenes simbólicas que justifican por sí solas la fama del libro: un espacio cerrado, teatral y cósmico a la vez, donde la aventura se vuelve alegoría. La versión española de Valdemar de 1991 que es la que obra en mi poder es, en la práctica, la edición clásica por la que muchos lectores españoles han conocido la novela.


domingo, 15 de marzo de 2026

El pozo

En Fuentes de Nava el silbido del viento entra por las rendijas del adobe, mueve las telillas de las arañas y hace sonar, como un arpa vieja, la cuerda del brocal del pozo. A veces, por las noches, mi abuela dejaba el candil colgado del poyo de la cocina y se asomaba al corral, al fondo del cual, junto a la cuadra y la parra, estaba el pozo: una boca de piedra y soga, carrucha y cubo ennegrecido por el uso. “No te acerques”, me decía; y yo obedecía con la mitad del cuerpo, porque la otra mitad ya andaba asomada por dentro, donde el agua, a su modo, también silba.

Era una casa de adobe, baja y amarilla de sol, con corral de ganado, alacenas de cal y una cocina que olerá siempre, -aunque yo no viva-, a puchero y  humo. El pozo quedaba en el ángulo más fresco, custodiado por una higuera que daba sombra y brevas tardías. En verano lo cubríamos con una tapadera, no tanto por miedo a las alimañas como por el reflejo: el agua devolvía un cielo tan hondo que a los niños nos daban ganas de echar a nadar por él.

Cuentan los viejos que los pozos hablan. Algunos, los más viejos, guardan recuerdo de mares antiguos bajo la costra de cereal; otros, los más huraños, devuelven voces de otra parte. “Este —decía mi abuelo, señalando el nuestro con el cigarro humedecido en la boca— tiene el oído fino”. Reíamos. Eran principios de los años ochenta y hacía varias décadas que habían llegado los tractores a la era, y la Laguna de la Nava no era más que un nombre, un rumor de agua desecada. Por la noche, cuando el pueblo quedaba oscuro —salvo el claro de luna reflejándose sobre el campanario de la iglesia de SanPedro—, yo escuchaba la cuerda crujir en el brocal y pensaba que, si bajaba de puntillas, el agua me hablaría.

Hubo, sin embargo, dos pozos en mi casa: el lleno y el vacío. No eran dos bocas, sino dos humores del mismo pozo. En primavera, cuando la parra abría las manos y la higuera se volvía sombra espesa, subíamos cubos que olían a piedra fresca. Se veía, allá abajo, la luna temblar, y si uno aguardaba quieto el tiempo suficiente, el reflejo dejaba de temblar y miraba serio, como miran los retratos. En agosto, con las eras abrasadas y los trillos girando sobre la parva, el pozo bajaba; la soga raspaba más hondo y, de pronto, el cubo golpeaba tierra húmeda: el pozo vacío. 

Yo vi las dos caras. Y aprendí que a veces, cuando el pozo estaba lleno, no éramos nosotros quienes nos asomábamos a él, sino él quien se asomaba a nosotros. Lo supe la tarde en que Damián, el del palomar, vino asustado: juraba que en el agua había visto dos cigüeñas volando al revés, alas de nieve en un cielo negro. 

La vida era como la de cualquier pueblo de Tierra de Campos en la que se hubiese detenido el tiempo:  misa de doce con don Quirino tosiendo en el púlpito, la Guardia Civil de verde y con bigote paseando por la plaza, los "chiguillos" al canal a por cangrejos, las mujeres en la fuente con los cántaros en la cadera y voz de romancero. Yo pasaba los veranos sentado en el pretil del pozo, con los libros que me prestaba don Leandro, maestro de gesto seco y corazón de trigo. “Lee despacio —me decía—, que los libros de ciudad se te pueden atragantar si corres”. Leí a Machado en voz baja bajo la higuera, a Delibes por la noche en mi habitación y a Bécquer absorto aunque mirando, de vez en cuando, el aleteo de una polilla contra el candil. Y una tarde, en Palencia, en una librería que olía a tinta y a papel nuevo, ví el libro de William Hope Hodgson “La Casa en el confín del mundo”, lo compré, lo leí y se me disparó la imaginación. “Hay puertas que no lo parecen”, pensé, y sentí un cosquilleo en el vientre al pensar que el pozo podía ser una.

Lo comprobé el año de la sequía. No había trigo que cantara, ni alondra que se atreviese. Mi madre dejó de coser por las tardes y se sentaba a mirar el corral como se mira el mar en los cuadros: sin esperar que surquen las olas. Una noche de agosto el pozo estaba vacío, tan vacío que el cubo subió con un sonido de hueso. Me incliné y lo vi, por primera vez, sin agua. No era un hueco: era un túnel. Olía no a piedra, sino a metal frío y a una especie de algas sin agua. El viento —ese que todo lo silba aquí— subía del fondo con palabras. Me temblaron las rodillas. Bajé la tapa —por primera vez no para las alimañas, sino para mí— y me fui al catre con una vela que dejé en el suelo, como cuando era pequeño y tenía miedo de los muertos de las historias que podían surgir desde los rincones o bajo la cama.

No dormí. Me quedé mirando la sombra que hacían en la pared las varillas del somier, y por esas rejillas vi cosas que no estaban: planicies sin trigo, cielos que no se movían, lunas con cicatrices. No era ninguna pesadilla, porque estaba despierto, era otra cosa. Por la mañana, en lugar de a pan, me supo a hierro la boca. Mi madre, sin mirarme, puso el cazo de leche y dijo: “No vuelvas a levantar la tapa”. Obedecí a medias; la otra media ya estaba dentro, con la soga.

Llegó septiembre. Los veraneantes se iban marchando a sus lugares de origen: Bilbao, Vitoria, Pamplona. Tierra de Campos se quedaba un poco más vacía. Yo me quedé con mi madre, con una mula más lista que el aire  y un pozo que parecía hablarme a ratos. El pozo lleno volvió en octubre con las primeras aguas: el cubo salió goteando, y en el espejo vi mi cara. Pero no era la mía. O no solo. Había más distancia de la que cabe en un patio entre mis ojos y esa mirada. Me quedé quieto hasta que el agua dejó de estremecerse. La cara me devolvió una sonrisa lenta que no había empezado en mis labios. Cerré los ojos. Cuando los abrí, el agua estaba limpia. No dije nada. ¿A quién iba a decírselo?

Desde ese día comencé a bajar cosas al pozo. Pero no  eran piedras ni monedas. Eran palabras. Me asomaba, recitaba en voz baja algunas líneas del libro "Campos de Castilla", algunos párrafos de "El Camino" de Delibes o algunas una "rimas" de Becquer. El agua, cuando estaba llena, las devolvía en susurros afinados; cuando estaba vacía, no las devolvía: las guardaba. A veces, por la noche, me parecía que en el patio alguien recitaba, pero no era el viento, ni era yo. Era otra voz y otra respiración.

Mi abuelo comenzó a evitar el corral. Le empezaba a dar mal fario. Se arrimaba a la pared de tapial, tiraba la colilla del cigarro en el barro seco y se iba sin despedirse. Don Quirino me puso la mano en el hombro un domingo y dijo, con esa voz que no sirve para absolver: “No cedas a la tentación.” Yo levanté la vista hacia las cigüeñas del campanario, que hacían música con los picos, y me prometí no tentar. Al caer la tarde estaba otra vez con la barbilla sobre el brocal.

Aquella noche la higuera movió las hojas sin viento. Fue como si alguien entrara en la cocina sin abrir la puerta. El pozo estaba lleno, negro como las trenzas de las mozas del pueblo en la romería. Me asomé. El cielo estaba abajo. Y en el cielo se veía una casa —no la nuestra— que se alejaba. Tenía ventanas sin luz y un tejado que no conocía. Sobre el tejado, dos sombras miraban también. Una de ellas levantó la mano. Yo, por instinto, se la devolví. El agua hizo un círculo que tardó demasiado en desaparecer. Me separé del brocal con la sensación —del todo ridícula si alguien me la cuenta— de haber regresado de algún lugar.

Desde entonces vi más en el reflejo del agua. Vi montes que no existen en Tierra de Campos. Vi perros con ojos como brasas que no ladraban. Vi niñas que corrían hacia mí y se desdibujaban al llegar. Vi pozos dentro de pozos: cada reflejo era una boca y, en cada boca, otra luna. Le conté a don Leandro lo justo para que me entendiera sin llamarme trastornado. Me llevó a su casa, me enseñó un libro con letras pequeñas y me señaló un nombre en inglés: Hodgson. “En la llanura —dijo— también puedes encontrar un confín.” Y entonces supe que no era el único que se había asomado donde no se debe.

Llegó el invierno: Nieve poca, escarcha mucha. Las bóvedas de adobe rezumaban frío. La mula dormía con el aliento hecho nube. Yo salía al corral con la manta por los hombros, como un viejo. El pozo, entonces, estaba callado; el lleno era un cristal oscuro; el vacío, un sueño profundo. No pasaba nada, y eso me inquietaba más que las visiones. Me puse malo: sudor de una tarde, fiebre de una noche. En mitad de la fiebre bajé al corral. No era yo. O no solo. Levanté la tapa de cualquier manera. Y escuché.

No era el viento. Era alguien, primero una voz de niña y luego de mujer leyendo mi voz desde abajo: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero".. Después otra: "Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia". Y luego otra más: “Volverán las oscuras golondrinas…”. Frases conocidas, familiares para mí, enunciadas con un tono que no era de aquí, que no era de este mundo. Me entró una gran congoja y me  vino el deseo de saltar. No por desesperación —yo no era un mozo con novias perdidas ni deudas con el barquero—, sino por ansia de certeza: ver por una vez de cerca aquello que sólo se me dejaba adivinar.

Vinieron luego los días de viento y de lluvia. La Laguna que no estaba parecía querer volver; por las noches olía a barro de cosas viejas. El pueblo hacía su vida: misa, mercado,  los viajes diarios a Palencia, cartas desde fuera. Yo iba y venía, como cualquiera. A ratos, al arrimo de la pared caliente de la cocina me creía curado. Al anochecer, volvía el zumbido en las tripas que no era hambre. Mi madre ya no me decía “no te acerques”; nos hablábamos poco, pero los dos sabíamos que el pozo me tiraba como tira la cuerda a los cubos.

El día que me fui fue un día azul de calendario. Mayo. La parra ya daba sombra completa. En el palomar revoloteaba la zurita con los volantones. A don Quirino se le voló el sombrero en la esquina de la plaza y se le vio la calva como una hostia. Las cosas pequeñas siguieron su ritmo, y, dentro de mí, el paso ya estaba dado. Me puse la camisa buena, la que huele a arca, y bajé al corral con el cubo en la mano. No lo necesitaba, pero en los pueblos nunca se baja al pozo con las manos vacías.

Me asomé sin prisa. El pozo estaba lleno, tan lleno como estaba  mi corazón de anhelos y de deseos la víspera. El agua era oscura, pero no opaca. Se me devolvió una imagen. Detrás de mi cara, a distintas profundidades, se divisaban difuminadas otras: la del niño que fui; la del adolescente que soñó con la capital; la de mi madre, mucho más joven; la de un desconocido que podría ser yo en una ciudad donde no sopla el viento; y más abajo, otra que no era humana y me sonrió sin boca. Reconocí, no sé por qué, la casa del confín del mundo. Reconocí a alguien que me había estado esperando.

En el brocal, la soga estaba tibia. Puse el pie en la piedra gastada por tantos cubos. Oí, al otro lado del tapial, un rebuzno de la mula, la risa de un niño que no era yo, un camión de piensos pasar por la carretera nueva. Todo eso quedó en su música. Yo levanté la pierna como la levantan las cigüeñas antes de volar y me incliné de forma que la caída fuese decisión y no traspiés. No tuve miedo.

La primera impresión fue de frío dulce. La segunda, de altura: no caía abajo, caía hacia dentro, como si el pozo no fuese un hoyo en la tierra sino un pliegue del cielo. Pasé junto a piedras que no raspaban, por sombras que no pesaban, entre luces de colores. Oí voces —las mías y las de otros— decir cosas leídas como si siempre las hubiésemos sabido. Vi la Laguna viva, palomares y cigüeñas, campos que eran mares, y mares que eran trigos. Vi un pozo dentro de otro pozo, y al final del último, una llanura sin viento donde alguien se deslizaba con una paciencia que no pedía permiso.

A mitad de descenso, una mano —no de carne— me tocó el hombro. Don Leandro y mi madre me habrían dicho que era Dios. A mí no me hizo falta nombre. Supe que había llegado. Si alguien lee esto en una mesa, en una casa de adobe, con un candil que hace olas en la pared, que no ponga una losa sobre lo que no entiende. Que escuche. Los pozos hablan. El lleno devuelve cielos; el vacío guarda voces. Dos mundos se tocan en el agua de Fuentes de Nava, y el viento de la Tierra de Campos sabe la tonada. Yo me tiré —como se tira uno a bautizarse—, y no me arrepiento. En esta llanura sin esquinas, el confín también es casa.

Si mañana sube un cubo con agua clara, beban sin miedo. Si alguna noche el pozo está vacío y silba, acuéstense pronto y recen bajo. Todo pasa. Y, sin embargo, todo queda: la cuerda gastada, la piedra lisa, la sombra de la higuera, el rebuzno de la mula, el tic-tac del reloj de pared junto a  la escalera, la cinta roja en un tobillo de mujer que huidiza desaparece.

El pozo seguirá en su sitio como una puerta sin aldaba. Y el viento, allá arriba, seguirá afinando la llanura como una cuerda larga hasta que todos sepamos —como sabían Bécquer, Machado o Delibes— que bajo la costra humilde de la vida, otra vida tiembla y nos llama por nuestro nombre secreto.