Este relato es el reverso de la "La puerta entreabierta". Está narrado desde las perspectiva de mis ancianos padres, fallecidos entre el 13 de abril de 2013 y el 8 de abril de 2014.
I. Ella
Yo no estaba ausente. Conviene decirlo desde el principio,
porque los vivos se equivocan mucho con los cuerpos que dejan de obedecer. Ven
una mano quieta y creen que no siente. Ven una boca cerrada y piensan que no
tiene nada que decir. Ven unos ojos cansados, fijos en un punto cualquiera de
la habitación, y suponen que una parte de la persona se ha marchado antes de
tiempo, como si el alma, impaciente o cobarde, hubiera abandonado la casa
dejando las luces encendidas.
No es así. Yo estaba allí. Estuve allí todos aquellos años,
encerrada en un cuerpo que ya no sabía responderme, pero no en la oscuridad. No,
exactamente. Había días de niebla, claro. Días en que el mundo se reducía al
peso de una sábana, al movimiento lento de una cortina, a la luz que entraba
por la ventana y se iba desplazando por la pared con una paciencia que a veces
me parecía cruel. Pero también estaban ellos: Mis hijos, sus pasos, sus voces, sus manos.
El cuerpo se me había convertido en una especie de prisión.
Una habitación sin puertas por dentro en la que a veces tenía miedo de perderme a mi misma. Yo quería incorporarme y no podía.
Quería decir que no se preocuparan, que no hacía falta recolocar la almohada
otra vez, que así estaba bien. Quería decir muchas
cosas sencillas, de esas que antes no se pensaban porque salían solas: tengo sed,
apaga un poco la luz, qué hora es, qué tal has dormido, siéntate un rato, hijo. Pero las palabras se quedaban dentro porque sencillamente no me salían, no encontraban el camino. Algunas veces me
parecía que las palabras no desaparecen del todo incluso cuando no pueden pronunciarse.
Se amontonan. Se te quedan pegadas al pecho, a la garganta, a los labios
inmóviles, esperando una ocasión que nunca llega. Sabes lo que quieres decir pero no lo puedes decir, no encuentras la palabra. Yo viví rodeada de palabras que
nadie oyó. Y, sin embargo, no fue una vida vacía la del final de mis días. Fue pequeña, estrecha, repetida, pero no vacía.
Porque ellos me cuidaban. Y eso, desde dentro de una
enfermedad larga, se siente de una forma que los sanos no pueden imaginar. Se
siente en la forma en que alguien te tapa los pies antes de salir de la
habitación. En el modo en que una mano se detiene un segundo más sobre el embozo
de tu cama. En la cuchara que te acercan despacio, midiendo tu ritmo y tu cansancio.
En la voz que aparenta normalidad para no contagiarte miedo. En la torpeza de
quien no sabe qué decir, pero se queda. Sobre todo en eso: en quedarse contigo.
Mis hijos se quedaron. Los vi envejecer a mi alrededor sin
que ellos lo notaran. No hablo de canas, ni de arrugas, que también. Hablo de otra edad. Una edad interior. La de
quienes aprenden a sacrificarse por amor y aprenden también que hay ternuras hechas de horarios, medicinas, sillas,
salas de espera, noches sin dormir y silencios.
A veces los oía hablar en voz baja creyendo que yo no
entendía. Cuando estaba en el hospital me protegían de las noticias, los diagnósticos y sus propias
dudas. Hacían bien. O quizá no. No importa ya. Los vivos actúan con la
información que tienen y con el miedo que pueden soportar. Yo los escuchaba y,
aunque mi cara no cambiara, a veces querría haber dicho: Estoy aquí, no os preocupéis.
Nadie me oyó.
O tal vez sí. A su manera. Porque también existe una forma
de escuchar que no pasa por los oídos. Ellos aprendieron a leerme una respiración, un parpadeo, una rigidez inesperada, una calma, un rictus de dolor. Yo aprendí a
quererlos sin gestos. Parece imposible, pero no lo es. Cuando el cuerpo se
apaga por partes, el amor busca otros caminos. Y los encuentra, siempre los encuentra.
Mi mundo fue reduciéndose durante años. Primero dejaron de
existir las calles, luego las conversaciones largas, más tarde, los gestos
útiles. Al final quedaban la habitación, la cama, los sonidos de la casa y esa
frontera cada vez más delgada entre el sueño y la memoria. Las cosas antiguas
regresaban con mucha facilidad a mi cabeza como cuando mis hijos me ponían una canción de
mi juventud. No regresaban, curiosamente los grandes acontecimientos. Volvían
detalles pequeños: el baile del pueblo, la casa donde nací, mi primera casa tras casarme, los nacimientos de mis hijos, la cara de
mis padres y hermanos.
Al principio ellos aparecieron como aparecen los muertos en la
memoria: sin avisar, sin permiso, mezclados con otros recuerdos. Unas semanas antes vino mi hermano menor. No venía entero, sino en fragmentos: una imagen, un gesto. Yo no sabía si lo
estaba recordando o si él, desde algún lugar, se estaba acordando de mí. Luego,
cuando la neumonía entró en mi pecho y el hospital volvió a ser durante unos
días mi casa provisional, empezó a
acercarse más.
Recuerdo el último ingreso. La habitación olía a limpio y a
enfermedad. Hay un olor propio en los hospitales, un olor que pretende borrar
la muerte y por eso la delata. Mis hijos entraban y salían. Había máquinas cerca, sonido de pasos en el pasillo, puertas que se abrían con
un suspiro. Yo respiraba
con dificultad. El aire, que siempre había estado ahí, gratuito y obediente, se
convirtió de pronto en una esforzada tarea.
Respirar era como subir una cuesta. Cada bocanada exigía una
voluntad que yo ya no sabía de dónde sacar. Pero no estaba desesperada. Eso
puede parecer extraño. Tenía miedo, sí, aunque no siempre. Más que miedo sentía
cansancio. Un cansancio antiguo, acumulado, como si todos los años de dependencia
se hubieran sentado al borde de mi cama y esperasen conmigo.
Mis hijos se turnaban en el hospital para cuidarme. Yo los
veía desde mi cuerpo y desde un poco más lejos. No sé cuándo empezó esa
distancia. Tal vez antes de morir uno ya empieza a apartarse unos centímetros
de sí mismo. Todavía estás en la cama, todavía te duelen las cosas, todavía
oyes tu nombre, pero algo en ti se ha puesto de pie y mira la escena con una
ternura inmensa.
Entonces en aquellos últimos días volví a ver a mi hermano
pequeño que ignoraba había fallecido pues me lo habían ocultado para que no sufriera. No
fue una aparición como las que cuentan los libros. No hubo luz, ni música, ni
puerta abierta al final de un túnel. Fue más sencillo y por eso más verdadero.
Estaba allí como quien ha venido a buscarte después de una larga espera. No
tenía exactamente la edad que tuvo al morir, ni la de nuestra infancia, ni la
de las fotografías. Tenía todas. Era mi hermano y el recuerdo que tenía de él.
—Ya está —pareció decirme.
No sé si lo dijo. En aquel lugar donde él estaba, las
palabras no hacían falta de la misma manera. Yo miré a mis hijos. Quise decirles que no se asustaran. Que
el cuerpo se quedaba, sí, pero yo no estaba cayendo en un agujero. Que no me
soltaran todavía, pero que no intentaran retenerme demasiado. Quise decirles
que me habían cuidado bien, más que bien. Que ningún amor había sido inútil,
aunque algunos días hubieran terminado con lágrimas escondidas o con ese cansancio que acompaña a quienes nunca se permiten descansar. Quise decírselo todo, pero no pude.
La última respiración no fue como yo había imaginado.
Durante la vida uno cree que morir será un acto solemne, una frase final, una
mirada definitiva. Pero a veces es apenas una rendición. El cuerpo deja de
insistir. El pecho ya no sube. El aire no entra. Y, de pronto, el dolor se
queda atrás con una naturalidad que desconcierta.
Yo seguía allí. Solo que ya no estaba dentro.
Vi mi cuerpo en la cama. Lo vi pequeño, gastado, querido. Vi
a mis hijos inclinarse, en diferentes momentos de aquella tarde de sábado, sobre mí, con esa incredulidad terrible que
tienen los vivos ante un muerto reciente. Un minuto antes todavía era una madre
enferma. Un minuto después era un cuerpo. Esa transformación, para quien la
contempla desde el otro lado, resulta casi insoportable. No por una misma, sino
por ellos.
Ellos lloraban por mí. Pero también lloraban por los años
anteriores, por la madre que habían ido perdiendo poco a poco, despacio, por la madre que
recordaban andando, hablando, haciendo cosas en la casa, riñéndoles quizás,
llamándoles desde la cocina, ocupando la casa con esa presencia que una solo
entiende cuando ya no está. Lloraban por la mujer que fui y por la que no pude
seguir siendo.
Mi familia me esperaba. Pero yo todavía no quería irme.
Hay un momento, después de morir, en que uno descubre que la
vida no se termina de golpe. Se termina para el cuerpo. Para los demás. Para
los papeles, los médicos, las llamadas, el pésame, la ropa que hay que recoger.
Pero la conciencia queda un tiempo suspendida alrededor de lo amado. Al menos a
mí me ocurrió así. La casa tiraba de mí. Mis hijos tiraban de mí. Mi marido
tiraba de mí también, aunque él estaba todavía del lado de los vivos.
Sobre todo él.
Lo vi después, muchas veces, desde esa cercanía nueva y
extraña. Lo vi solo de una manera que quizá los demás no siempre pudieron ver.
La viudez empezó en él como una habitación sin ventanas. Había perdido a su
compañera, pero durante mucho tiempo, en realidad, ya me había ido perdiendo
por tramos. En aquellos momento sentí que estaba como anestesiado.
Yo intenté acercarme. No sabía cómo. Tocaba las cosas sin tocarlas. Rozaba el aire. Permanecía en
los lugares donde antes había estado mi cuerpo. A veces una puerta quedaba mal
cerrada, una madera crujía, o alguien sentía una presencia y se
quedaba quieto, escuchando.
Era yo. O lo que quedaba de mí antes de aprender a alejarme.
II. Él
Yo empecé a morirme en febrero. No el ocho de abril, cuando
dejé de respirar mientras dormía. Ese fue el último gesto, el cierre, la firma
puesta al final de una página que llevaba semanas escribiéndose sola. Mi muerte
verdadera comenzó aquella mañana en que algo dentro de mi cabeza se rompió con
estrépito y el mundo, de pronto, perdió su equilibrio. Me afectó al cuerpo y a la palabra.
No sé qué fue peor.
El cuerpo se volvió torpe, extranjero, como si alguien me lo
hubiera cambiado durante la noche por otro parecido pero mal ajustado. Las
manos no me obedecían del todo al principio. Los movimientos se desviaban. La realidad parecía
inclinarse. Pero la palabra… la palabra fue otra cosa. La palabra se me quedó
atrapada dentro de mí como un pájaro golpeándose contra los cristales. De mi boca tan solo salía un balbuceo ininteligible.
Yo entendía todo. Eso quiero dejarlo claro. Entendía muchas
cosas. Entendía las caras de mis hijos, aunque procuraran suavizarlas. Entendía
el tono de los médicos. Sentía que entraba y salía del hospital con el cuerpo
cada vez más cansado y que todos fingían una esperanza razonable porque sin
esperanza no se puede estar sentado junto a una cama. Entendía mi nombre cuando
lo pronunciaban. Entendía las preguntas.
Lo que no podía era contestar.
Nada humilla tanto como conservar por dentro la frase exacta
y no poder sacarla. Quería decir: estoy aquí, no habléis como si no os oyera, no
tengáis miedo, o tenedlo, pero no lo escondáis tanto. Quería decir el nombre de
vuestra madre. Sobre todo eso, recuerdo que en algún momento de aquellos dos meses milagrosamente lo logré verbalizar.
Su nombre me venía continuamente. No siempre como recuerdo.
A veces como necesidad. Había muerto el año anterior y, sin embargo, en
aquellos últimos días yo la sentía más cerca que durante los muchos meses de duelo.
Los vivos tienen una idea muy rígida del tiempo. Creen que un año es un año,
que una muerte queda atrás porque el calendario avanza, que abril de un año
sustituye a abril del siguiente. No es así. El corazón no cuenta bien. La
memoria tampoco.
Para mí es como si ella estuviese en la habitación contigua, hubiese salido un momento y tardase demasiado en volver. En los hospitales pensaba en ella con una insistencia que no
era del todo voluntaria. Su imagen se mezclaba con las luces blancas, las
batas, el sonido de las ruedas en los pasillos. A veces, al despertar,
creía que iba a verla junto a mi cama, cuando durante muchos años había sido al revés. No estaba. O quizá sí. Yo no tenía forma de decirlo.
Mis hijos venían. Con ese cansancio acumulado que tienen
las familias cuando la enfermedad rompe el calendario y lo llena todo de
avisos, ingresos, esperas, llamadas, pruebas, regresos y nuevas alarmas. Los
miraba y me dolía su preocupación pero era mucho mayor el miedo que tenía a quedarme solo, a sufrir solo y por supuesto a morirme solo aunque realmente esto es lo único que hacemos solos. Qué cosa más extraña: a pesar de que a uno le queden pocos años de vida, uno nunca se acostumbra a la idea. El instinto de conservación es sin duda uno de los más fuertes que tenemos.
A veces uno de ellos se inclinaba hacia mí y me hablaba
despacio, como si las palabras, pronunciadas con más cuidado, pudieran
encontrar el camino de vuelta. Yo intentaba responder. En mi cabeza las frases
estaban enteras. Pero tan solo farfullaba. Me enfadaba el que no me pudieran entender. La boca no me acompañaba. Mi cuerpo era
una casa saqueada; yo seguía viviendo dentro, pero habían arrancado las
escaleras. En mi interior tenía un amargo sentimiento de miedo, impotencia y rabia por la incomunicación a la que me veía condenado.
La enfermedad tiene mucho de destierro. No te expulsa del
mundo de una vez. Te va alejando de tus costumbres, de tu autoridad, de tu
manera de ocupar la mesa, de tus pequeños mandos diarios. Primero otros deciden
por ti cosas mínimas. Luego cosas importantes. Al final hablan alrededor de tu
cama con cariño y prudencia, y tú comprendes que ya eres el centro de una
conversación en la que apenas puedes participar.
La noche del ocho de abril no tuvo grandeza. La muerte,
cuando se acerca de verdad, a menudo abandona todo teatro. Yo dormía. O eso
parecía. Dentro de mí, sin embargo, había una actividad extraña, una especie de
retirada silenciosa. Como si muchas personas estuvieran desmontando una casa a
oscuras para no despertar a nadie.
Respiraba mal. Lo sé porque lo oía desde dentro y desde
fuera al mismo tiempo. Esto es difícil de explicar con palabras de vivo. Había
un ruido en mi garganta, un esfuerzo profundo por respirar, que alarmó a mi hijo.
Él intentó despertarme de aquellos estertores. Me llamó, primero con cautela, luego
con miedo. Después con una voz que ya no era del todo la suya, sino la de todos
los hijos cuando descubren que el padre está a punto de cruzar una raya que
ellos no pueden cruzar.
Yo quise abrir los ojos. Tal vez los abrí. No los del
cuerpo.
Lo vi inclinado sobre mí. Vi su urgencia, su incredulidad,
su resistencia absurda y hermosa. Quería traerme de vuelta con la voz, como si
llamarme bastara. Durante la vida los padres despiertan a los hijos muchas
veces: para ir al colegio, para salir de un mal sueño, para recordarles que se
hace tarde. Aquella noche mi hijo intentaba despertarme a mí. Y yo, que lo oía,
no podía obedecerlo.
No sufrí como él creyó. Eso me gustaría que lo supiera.
El cuerpo sufría, quizá. El cuerpo hacía su ruido final, su
trabajo torpe, su despedida biológica. Pero yo ya estaba empezando a separarme.
No hacia arriba, ni hacia un lugar concreto. Más bien hacia afuera. Me
desprendía despacio de la carne, de la cama, del pecho que subía cada vez
menos, de la boca incapaz de hablar, de aquellas manos que habían sido mías
durante tantos años.
Y entonces la vi. A ella. A vuestra madre. No entró por la puerta. No apareció como aparecen los vivos.
Simplemente estaba. Como si siempre hubiera estado allí, esperando el momento
en que yo pudiera mirarla con los ojos adecuados. No venía joven ni vieja.
Venía entera. Traía en sí todas las edades de nuestra vida en común: la muchacha
que fue, la mujer que sostuvo la casa, la enferma que yo había visto apagarse
durante años, la muerta que yo había echado de menos sin saber ya cómo decirlo.
No dijo nada. No hizo falta.
Mi hijo seguía llamándome. Yo seguía queriendo responder.
Pero la respuesta ya no pertenecía al aire de aquella
habitación. Mi última respiración salió o no salió, eso lo vieron ellos. Para
mí fue más bien una puerta que cedía. No se abrió con violencia. No hubo golpe.
Solo una resistencia vencida. Un lado y otro. Antes y después.
Y, de pronto, vi mi cuerpo. Qué extraño es verse muerto.
No produce horror al principio. Produce un total desconcierto. Ese
hombre de la cama era yo y ya no era yo. Tenía mi cara, mi desgaste, mi
historia escrita en la frente, pero yo estaba a un lado, ligero y torpe, sin
saber qué hacer con esta recién estrenada libertad. Durante dos meses mi cuerpo me había
retenido en una cárcel de silencio. Ahora el silencio se había roto, pero nadie
podía oírme.
—Estoy bien —dije. Creo que lo dije. Pero nadie levantó la
cabeza.
Mi hijo lloraba. O contenía el llanto. A veces los hombres lloran por dentro, como si algo se les hubiera
agrietado en una zona no visible. Yo lo vi derrumbarse aunque siguiera de pie.
La casa se llenó de una tristeza densa. Y yo no podía
consolar a nadie.
Eso fue lo peor de la muerte. No dejar de vivir. No ver mi
cuerpo. No comprender que ya no volvería a sentarme a la mesa ni a tocar las
cosas con mis manos. Lo peor fue estar al lado de mis hijos y no poder ponerles
una mano en el hombro. Haber recuperado, por fin, una voz interior limpia y que
esa voz no atravesara el mundo.
III. La casa
Durante un tiempo no nos fuimos. Ella ya sabía más que yo de aquella otra forma de estar.
Había aprendido a acercarse sin asustar, a dejar una impresión leve, a rozar
los lugares queridos sin quedar atrapada del todo. Yo, en cambio, era torpe. Un
recién muerto es casi un niño. Quiere tocar y no sabe. Quiere hablar y mueve
apenas el aire. Quiere permanecer en la casa, pero la casa ya no le pertenece
de la misma manera.
Nos quedamos cerca de los hijos. No siempre juntos, no
siempre visibles el uno para el otro como los vivos entienden la presencia.
Pero estábamos. Yo la sentía. Ella me guiaba a veces. Otras veces era yo quien
me resistía, aferrado a una silla, a un marco, al borde de la cama donde mi cuerpo
había dejado su última forma.
Vinieron a llevárselo. Mi cuerpo. Digo “mi cuerpo” porque
todavía no sabía llamarlo de otra manera. Yo miraba. Ella también.
Cuando sacaron mi cuerpo de la casa sentí un tirón brusco.
No era dolor físico, desde luego. Era algo más parecido a la nostalgia, pero
una nostalgia inmediata, recién nacida. Yo me había pasado la vida entrando y
saliendo por aquella puerta, sin darle importancia, para ir a trabajar a la
fábrica, para volver a las cinco de la tarde tras una jornada de trabajo. Aquel día, al verme salir sin
moverme, comprendí que una casa no es un lugar. Es una suma de repeticiones. La
taza siempre en el mismo sitio. La chaqueta colgada en el perchero. La voz que pregunta desde
el pasillo. El ruido de una llave antes de entrar por la puerta.
Los hijos se quedaron dentro. Y allí empezó su verdadera
orfandad. No comienza cuando morimos. No exactamente. La orfandad comienza
después, cuando la casa se calla y nadie sabe qué hacer con las cosas. Mientras
hay médicos, llamadas, gestiones, pésames, funerales y trámites, el dolor tiene
ocupaciones. Va de un sitio a otro con papeles en la mano. Pero luego llega una
tarde cualquiera. Una tarde sin solemnidad. Y alguien abre un armario y ve tu ropa o tus
zapatillas. Entonces la muerte, que parecía un acontecimiento, se convierte en
una presencia doméstica.
Los vimos pasar por eso. No todo a la vez. El tiempo, al
otro lado, no corre igual.
Para ellos transcurrían horas, días, semanas. Para nosotros,
a veces, todo sucedía en una sola mirada. Un hijo salía de la habitación y
regresaba más viejo. Una noche se abría y, al cerrarse, ya había pasado un mes.
El calendario de los vivos nos llegaba como la luz de una estrella lejana:
sabíamos que estaba ahí, pero no siempre coincidía con nuestro presente.
Ese desfase dolía. Porque nosotros seguíamos cerca de una
despedida que para ellos tenía que empezar a alejarse. Ellos necesitaban
sobrevivirnos. Nosotros necesitábamos permitirlo.
Pero antes hicimos ruido. No para asustar. Nunca para
asustar. Los ruidos de los muebles fueron nuestros intentos de hablar con una
materia que ya no nos reconocía. Yo empujé apenas cuatro horas después de mi
muerte el aire hacia un armario y la madera respondía con un crujido. A veces
una puerta quedaba entreabierta. A veces, en la noche, la casa pronunciaba esos
golpes secos que los vivos escuchan conteniendo la respiración.
Éramos nosotros. O nuestro deseo de seguir siendo nosotros.
Recuerdo una noche en especial. La habitación estaba vacía
y, sin embargo, llena de todo. Las cosas conservan memoria durante un tiempo.
La cama recordaba mi peso. La pared recordaba las sombras. Quise llegar hasta
mi hijo mayor, el que dormía en la
antigua cama desde la que durante tanto tiempo había vigilado mi sueño. Lo vi
hundido en un cansancio que no era sueño del todo, sino derrota. Dormía como
duermen los que han pasado años pendientes de que otro respire: con el cuerpo
vencido y una parte del alma todavía en guardia.
Me acerqué a él. No sabía si quería despertarlo o
protegerlo. Quizá las dos cosas. Durante la vida había habido entre nosotros
gestos bruscos, bromas secas, llamadas de atención que escondían más
preocupación que enfado. Los padres no siempre sabemos acariciar con suavidad.
A veces empujamos. A veces levantamos la voz. A veces lanzamos al aire una
torpeza que, por dentro, solo quiere decir: mírame, sigo aquí, no te duermas,
hazme caso, estoy aquí…
Sobre la cama quedaba una almohada.
Era un objeto cualquiera, blanco, blando, doméstico.
Precisamente por eso me atrajo. No una señal grandiosa. No una lámpara
encendiéndose sola, ni una sombra atravesando la pared. Una almohada. Algo que
había recibido cabezas enfermas, desvelos, respiraciones difíciles, noches de
hospital imaginadas antes de que llegaran, el peso humilde de una casa rendida.
Quise moverla. No pude tocarla como se tocan las cosas
cuando se está vivo, pero mi deseo la alcanzó de algún modo. O quizá no la
alcanzó y fue el sueño de mi hijo el que puso forma a mi intento. Eso tampoco
lo sé. Al otro lado, los hechos no siempre tienen bordes nítidos.
En su sueño, la almohada salió despedida desde la antigua
cama.
Él la sintió venir por detrás, como una reprimenda, como una
sacudida, como si yo, cabreado ante su sueño indolente, quisiera despertarlo de
golpe. Me dolió que pudiera entenderlo así, aunque también sonreí con una
ternura que ya no tenía labios. Porque algo de mí había en ese gesto torpe. No
la rabia. No exactamente. Más bien esa forma mía de llamar su atención, para
hacerle ver que yo estaba allí, que necesitaba de su atención y de sus cuidados
como había hecho siempre.
Él se sobresaltó en el sueño, y durante un instante la
habitación pareció recuperar todos sus cuerpos: el suyo, el mío, el de su
hermano, el de vuestra madre, la familia entera reunida alrededor de una
almohada imposible. Después solo quedó el silencio. Pero el silencio ya no
estaba vacío.
Los sueños fueron otra puerta. A través de ellos resultaba
más fácil acercarse. No porque el sueño sea mentira, sino porque los vivos,
cuando sueñan, dejan de vigilar el mundo con tanta severidad. Aflojan la razón.
Abren habitaciones interiores. Allí podíamos presentarnos de otra manera, no
como cuerpos, no como fantasmas, sino como presencias reconocibles. Una mirada.
Una frase. Una escena imposible que al despertar conserva, sin embargo, una
verdad que no se puede discutir.
Ella visitó primero sus sueños. Tenía más paciencia. Yo tardé. Quizá porque aún estaba aprendiendo a no querer
volver con demasiada fuerza. La muerte no purifica de golpe. Uno se lleva sus
costumbres, sus miedos, incluso su carácter. Yo seguía empeñado en hacerme
entender, como durante los dos meses de silencio. Qué ironía. Había pasado mis
últimas semanas queriendo hablar desde un cuerpo que no respondía, y ahora
quería hablar desde una ausencia que tampoco encontraba boca.
Poco a poco comprendí. La voz no siempre necesita sonido.
A veces queda en quienes nos amaron. En una frase tuya que
repiten sin darse cuenta. En una manera de colocar las manos. En una manía heredada.
En un gesto ante la mesa. En el modo en que alguien cuenta una historia
familiar y, al contarla, nos devuelve un instante al mundo.
Nosotros estábamos en ellos. No como metáfora. No solo como
recuerdo. Habíamos pasado a formar parte de su manera de mirar. Eso era
permanecer, aunque no fuera lo que al principio deseábamos. Yo quería la
presencia completa, la silla ocupada, la conversación posible. Ella, que había
vivido más tiempo prisionera de un cuerpo, entendió antes la libertad de ser de
otra forma.
—Déjales —me dijo.
—Se quedan solos.
—Se quedan vivos.
Era distinto. Y tenía razón.
La casa fue perdiendo nuestra temperatura. No de golpe.
Ninguna ausencia se enfría de golpe. Durante un tiempo, los objetos siguen
llamando a sus dueños. Luego se resignan. Cambian de sitio. Se guardan. Se
tiran algunos. Otros permanecen por razones que nadie sabe explicar. Los vivos
creen que deciden qué conservar y qué no, pero muchas veces son las cosas las
que eligen quedarse.
Nosotros también teníamos que elegir.
El hermano de mi esposa venía a veces, también mi hermana del pueblo, quizás ellos y no otros familiares porque habían sido los últimos en irse. Venían desde una claridad sin forma y
esperaban sin prisa. Otros estaban también, aunque no siempre distinguíamos sus
rostros. La muerte no era una reunión familiar, pero tampoco era soledad. Había
una corriente. Algo que llamaba. No con urgencia. Con una paciencia enorme,
casi mineral.
Yo miraba a mis hijos y el mundo me parecía todavía
demasiado mío.
Ella miraba conmigo.
—Volveremos a verlos —dijo.
—¿Cuándo?
No respondió enseguida.
—Al otro lado, el cuándo es una palabra pobre.
Los vivos viven dentro del tiempo como dentro de una calle
estrecha: un paso detrás de otro, una fecha después de otra fecha, una pérdida
tras otra pérdida. Nosotros empezábamos a sentir otra amplitud. Allí un año
podía plegarse como una sábana. Un minuto podía contener una infancia. El
futuro no estaba delante ni el pasado detrás. Todo funcionaba de otra manera.
Por eso, quizá, podíamos ver a nuestros hijos en varios
momentos a la vez. Niños todavía. Adultos cansados. Huérfanos recientes. Personas
que hablarían de nosotros con naturalidad, sin que el llanto acudiera siempre a
la garganta. Eso nos consoló.
Al principio me dolía que pudieran acostumbrarse. Luego
comprendí que esa era precisamente nuestra salvación. Que se acostumbraran no
significaba que nos olvidaran. Significaba que la vida, testaruda y
misericordiosa, les abría de nuevo las ventanas.
IV. El viaje
Nos alejamos una noche que no sé fechar. Para ellos quizá
fue una noche cualquiera. Tal vez llovía. Tal vez no. Quizá uno de mis hijos
dormía mal y el otro estaba, como siempre, ocupado en asuntos de trabajo muy concretos, de esos
que la vida coloca encima de la mesa cada día incluso cuando el corazón preferiría
quedarse en los cementerios. La existencia continúa con una falta de delicadeza
que, vista desde el otro lado, acaba pareciendo compasión.
Nos alejamos sin movernos. La casa quedó debajo, o detrás, o
dentro. No encuentro la palabra. Primero vimos el tejado, la calle, la ciudad
extendida en la oscuridad. Las luces parecían brasas. Los ríos, venas lentas.
Las carreteras, hilos encendidos. Luego la tierra se curvó, azul y silenciosa,
suspendida en una inmensa negrura que no daba miedo.
Yo pensé en mis hijos. Ella también. O quizá ya no
pensábamos. Los llevábamos con nosotros de otro modo, como se lleva el calor de
una mano después de haberla soltado. El amor no nos ataba a la casa, pero
tampoco se rompía. Se transformaba en una especie de orientación. Donde ellos
estaban, algo en nosotros sabía mirar.
Atravesamos espacios que no puedo describir adecuadamente. Había luz, pero no una luz que viniera de ninguna lámpara.
Había voces, aunque no pertenecían a gargantas. Había memoria, pero no pesaba.
Yo vi escenas de mi vida pasar no como una película, sino como agua. La
infancia, el trabajo, los días ordinarios, los errores, los enfados inútiles,
los momentos en que amé mal por cansancio o por torpeza, los momentos en que
fui amado sin merecerlo del todo. Nada se juzgaba con severidad, pero todo se
veía. Esa era la verdadera desnudez.
Ella vio también. Vi sus años de dependencia desde dentro de
ella, y entonces comprendí cosas que en vida apenas había rozado. Comprendí la
paciencia de su silencio. La profundidad de su encierro. La forma en que había
sentido cada cuidado, cada visita, cada pequeño gesto. Comprendí que incluso en
sus años más inmóviles había seguido siendo ella con una intensidad que los
demás no siempre supimos ver ni alcanzar.
Ella, a su vez, vio mis dos últimos meses. Vio mis frases
atrapadas. Mi rabia. Mi miedo. Mi deseo de nombrarla. Y al verlo me tomó de la
mano, aunque ya no teníamos manos como antes.
—Ahora puedes hablar —me dijo.
Y era verdad. Pero cuando por fin pude hablar, descubrí que
ya no necesitaba decir tantas cosas.
Seguimos. El universo no era vacío. Estaba lleno de pasadizos
invisibles, de nacimientos, de finales, de materia soñando formas nuevas. Las
estrellas no eran puntos lejanos, sino el escenario de grandes transformaciones. Todo moría y
nacía sin cesar, y ninguna muerte parecía aislada. Una hoja, un animal, una
madre, un padre, una estrella agotada, un niño que aún no había abierto los
ojos: todo pertenecía al mismo movimiento.
No sé cuánto duró aquel viaje. Quizá un segundo. Quizá siglos.
Mientras tanto, en el mundo de nuestros hijos, los días
siguieron cayendo uno detrás de otro. Hubo mañanas de trabajo, comidas sin
nosotros, fechas señaladas, fotografías recuperadas, conversaciones en las que
nuestros nombres aparecieron de pronto. Hubo tristeza, sí, pero también risa.
Eso nos alegró más de lo que ellos habrían imaginado. Los muertos no quieren
que los vivos sean fieles al dolor. Quieren que sean fieles al amor. Y el amor,
cuando es verdadero, acaba permitiendo la alegría.
Llegó un momento en que la puerta ya no estaba.
La puerta entreabierta, aquella rendija por la que nosotros
mirábamos y ellos presentían, fue dejando de ser necesaria. No se cerró con
violencia. No hubo despedida definitiva. Simplemente cambió de forma. Dejó de
estar en la casa y pasó a estar en ellos. En sus sueños. En sus relatos. En la
memoria que se transmite sin saberlo. En la frase escrita años después para
intentar comprender lo que ninguna razón alcanza.
Entonces supimos que podíamos irnos.
Otros familiares nos esperaban más adelante, o más adentro. Y, más allá de ellos, algo todavía más vasto
nos llamaba. No era un lugar de descanso eterno en el sentido que los vivos
imaginan. Era una especie de tránsito,
de transformación. Una espera activa. Una corriente hacia otra forma de vida. Yo
tuve miedo de olvidar.
—No se olvida —dijo ella.
—¿Y si nos vamos demasiado lejos?
—Nada que ha sido amado queda lejos del todo.
No sé si eso era consuelo o conocimiento. Al otro lado,
ambas cosas se parecen.
Antes de cruzar hacia esa nueva claridad miré una vez más.
Vi a mis hijos no como los había dejado la noche del ocho de abril, sino como
eran y serían: vulnerables, tercos, heridos, capaces de salir adelante. Vi su soledad, pero
también la red invisible que los sostenía. Vi que hablaban de nosotros. Vi que
a veces dudaban. Vi que una madera crujía en su memoria y todavía levantaban la
cabeza.
Quise decirles una última cosa. No sé si llegó. Quizá les
llegó como sueño. Quizá como escalofrío. Quizá como una paz repentina en medio
de una tarde sin explicación. Quizá como una frase escrita muchos años después.
Les dije que no habíamos sufrido tanto como temían, que su
cuidado no se había perdido, que la muerte no había borrado la casa, ni las
manos, ni las voces, ni el amor puesto en cada día difícil.
Les dije que no buscaran pruebas, pero que tampoco
despreciaran las señales. Les dije que vivieran.
Después nos dejamos llevar. No hacia la nada. Hacia otra dimensión.
Y mientras el mundo de los vivos seguía girando con sus
relojes, sus hospitales, sus habitaciones vacías y sus puertas mal cerradas,
nosotros entramos en un tiempo distinto, ancho como el cielo, breve como un
parpadeo. Un tiempo donde dos meses pueden ser una vida entera y una vida
entera apenas el prólogo de algo que empieza.
No sé cuándo volveré. Ni sé si, al volver, recordaré esta
casa, estos hijos, aquella última noche, el nombre de mi mujer, la madera crujiendo en la oscuridad.
Pero algo quedará. Algo queda siempre.
Tal vez una inclinación inexplicable hacia ciertas calles.
Tal vez una tristeza antigua al oír una puerta entornada. Tal vez una ternura
sin dueño. Tal vez, en otro cuerpo y en otro tiempo, una criatura abra los ojos
por primera vez y traiga en la mirada una memoria que nadie sabrá descifrar.
Entonces la vida habrá empezado de nuevo. Y al otro lado de
alguna puerta, quizá, alguien sonreirá sin hacer ruido.