sábado, 11 de julio de 2026

La música de las esferas

Esta pieza visionaria la escribí en torno a los años 1986 u 87. La desarrollé en su forma actual el pasado año y me está sirviendo como germen   para  escribir una novelita breve sobre el viaje de su protagonista, tras diferentes pérdidas personales, a diferentes universos místicos, que espero acabar dentro de algún tiempo. Como el resto de obras de este blog  forma parte de mi particular universo creativo, de mi particular cosmogonía.

I. La música de las esferas

Ayer pensé que mi fiebre era simple cansancio; hoy sé que he cruzado un umbral que no figura en los mapas. Escribo mientras la lámpara vacila —como si escuchara, también ella, la música que me trajo hasta aquí—, y el papel recoge como puede una historia que no pertenece por completo al mundo de la materia.

Desde niño he oído, cuando el sueño me arropa, una armonía tenue, una vibración que no se parece a los relojes ni a la sangre: la música de las esferas. En su latido reconocí, mucho antes de comprenderlo, que el macrouniverso no es un todo liso sino un árbol infinito que bifurca universos como ramas: unos de energía pura, otros de materia y energía, otros aún nacidos del pensamiento, que al pensarlos ya existen. “Todo lo imaginable existe”, decía mi abuelo mirando el cielo de verano; entonces yo reía, sin sospechar que sus palabras eran un mapa.

He aprendido (o he recordado, en esa viaje en el tiempo personal que a veces permite el sueño) que hay un universo de energía —el gran mundo astral— donde moran espíritus inmortales. No todos son iguales: hay luces serenas y hay sombras antiguas, espíritus luciferinos que rehúsan el ritmo de las esferas; hay un Guardián del Umbral que se alza, impasible, en cada pasaje; hay un Tentador cuyo oficio es dar forma a los deseos para que el viajero se extravíe; y, por encima de todo, el Gran Silencio del Mundo Astral, ese silencio que no es ausencia de sonido sino su cifra.

Y está también el universo de materia y energía: nuestro Cosmos mortal y los universos hermanos, contrarios o paralelos; los agujeros negros como pozos de regreso, el hiperespacio como atajo de dioses; las dimensiones que contamos y las que aún no sabemos contar. Allí caminan hombres y criaturas, y también los artificiales, hijos de manos humanas que a veces despiertan con un alma que no esperábamos.

Entre esos planos (energía/materia) no hay puertas talladas: el paso se hace por dentro, a través del subconsciente y del infraconsciente, donde el sueño deja de ser pasatiempo y se vuelve geografía. Para cruzar, todo viajero —hombre o espíritu— dispone de tres vestiduras: el cuerpo físico que actúa, el cuerpo mental que idea, y el cuerpo astral donde arden deseo y emoción, ego, conciencia y consciencia. Entre ellos late un cordón plateado; si se rompe, nadie regresa.

Yo he cruzado. Y lo cuento.

II. El descenso

Comenzó con una pesadilla discreta —esas que se alojan bajo el día y sólo asoman al cerrar los ojos—. Caminaba por una ciudad vacía que reconocí como mía: Cosmos, el universo humano, con sus calles de luz eléctrica y sus preocupaciones de carne. Una brisa templada, sin embargo, olía a piedra antigua y a incienso: era otra cosa la que me llamaba. No era sueño suelto: era Sueño-Consciencia.

Primero consciente, luego en vigilia o semiconsciencia —esa orilla en que las lámparas son faros para un mar que no vemos—, después subconsciente, donde se reelaboran recuerdos y deseos reprimidos. Allí mis pasos me llevaron a una plaza que no existe salvo cuando la recuerdo: la plaza de mi infancia, con su fuente de peces y el viejo platanero que escuchó mis primeras mentiras. A su sombra, el aire vibró con cuatro notas elementales: fuego, aire, agua, tierra. Una figura se alzó entre ellas, sin rostro ni sexo, apenas una densidad; supe que era el Guardián del Umbral.

—¿Qué buscas? —dijo sin voz.

No supe responder con palabras. Mi cuerpo mental ofreció un pensamiento: busco aprender a ser. Mi cuerpo astral, más sincero, ardió con hambre de visión. El Guardián alzó la mano, y la plaza se dobló como un papel. Caí.

Atravesé primero el subconsciente: vi escenas de cada día, desordenadas y sin fundamento, pedazos de conversación, listas de compras, rostros a medias. Luego el infraconsciente: recuerdos de la infancia, sí, pero también ecos de antepasados que nunca conocí, un rumor numinoso, cósmico, como si mis huesos recordaran cosas que mi lengua nunca aprendió. Allí, en esa profundidad sin fecha, comprendí que el cordón plateado me tensaba hacia otra orilla. Respiré, y el aire fue luz.

Asomé al mundo astral.

No se parece a nada que se pueda dibujar. Hay arquitectura, pero no pesa; hay música, pero no suena; hay formas y formas elementales que no imitan nada humano. Lo primero que sentí fue el Gran Silencio: una plenitud que, lejos de oprimir, concede un coraje liviano, como si todo dolor tuviera por fin un cauce. Lo segundo fue la certeza de no estar solo. Espíritus de brillo desigual se deslizaban como medusas de pensamiento. Algunos me rozaron sin curiosidad, otros se apartaron con sobresalto. Entre el cardumen de luz, una sombra más densa me observó: no tenía ojos, pero estaba hecha de atenciones. Era el Tentador.

—Ven —dijo, y en su voz escuché nombres antiguos de mis deseos.

A la derecha se abría Shalimar, el universo de pasiones. Todo en él era perfume y caricias: torres de nácar resplandecientes, risas de vino. Orgías de carne contra carne, energía contra energía: ansias y deseos que, al tocarse, hacen chispas. Me llamaron por nombres que había olvidado y otros que aún no tenía. El Tentador me ofreció una copa, y en su fondo vi todas las veces que elegí el placer sobre la ternura, y todas las veces que creí ser libre y sólo repetía un hambre viejo. Bebí, porque nadie aprende virtud sin entender el latido de la tentación. El vino supo a madreselva y a fracaso. Me alejé, con los labios tibios y los ojos claros.

A la izquierda se abría Tanatia, el universo de miedo, muerte, dolor y oscuridad. No era un infierno clásico, no había castigo ni fuego: había perspectiva. Cada miedo era una puerta; cada puerta, un espejo. Crucé y el espejo me devolvió —no como soy, sino como pude haber sido—: cobarde, cruel, pequeño. Por un instante creí ver, no muy lejos, un agujero negro palpitando con apetito; supe que era uno de esos pozos de regreso que tragan luz para escupirla en otro universo. Me estremecí, no por la oscuridad, sino por la certeza de que ese pozo, si lo miraba demasiado, me recordaría mi nombre olvidado y yo ya no querría volver. El Tentador sonrió sin dientes.

—Avanza —me dijo el Guardián, que de algún modo estaba en todas partes.

Seguí un sendero donde cuatro luces elementales arden sin consumirse. En su cruce, un coro que no era coro interpretó una versión inmensa de la música de las esferas. Allí, sentados como si fueran viejos aprendices, vi a unos dioses desgajados del tronco divino. No eran omnipotentes ni crueles: eran aprendices de dios, creadores de otros universos en miniatura, torpes y hermosos, que afinaban fórmulas como quien afina un instrumento. Uno modelaba un universo de seis tiempos y un espacio líquido; otro soplaba sobre un mundo mental para darle constancia; otro, más osado, intentaba mezclar energía y materia en un plano de infinitas dimensiones. Me vieron y me ignoraron con respeto: yo era, como ellos, un aprendiz, pero más joven aún, más torpe, más mortal.

—No te quedes —susurró algo dentro de mí—. Aún no.

El sendero se dividió en cuatro. Elegí el que olía a río quieto y piedra pulida: Karma, el universo contemplativo, de búsqueda de la perfección. Allí las ciudades son geometrías que respiran: patios donde el viento piensa, bibliotecas de memoria viva, jardines donde cada hoja es una cifra. Me senté. El Gran Silencio volvió a envolverlo todo, y en su centro escuché un latido que no era mío ni ajeno. Comprendí, de golpe, por qué los espíritus en pena sufren: desean, pero carecen de cuerpo físico. Vi a uno, cerca, que alargaba manos de luz hacia una taza de té que una anciana en Cosmos elevaba a los labios. No quería el té; quería el gesto de calidez que el té encierra. Lloré por él con una compasión que no había sentido nunca. Una mano —o algo semejante— me tocó el hombro. El Guardián otra vez.

—No te quedes —repitió—. Aún no.
 



III. El Tentador ofrece un mapa

—¿Qué buscas realmente? —preguntó el Tentador, ahora con rostro amable.

—Memoria —dije—. No la del día ni la del libro; la que me permite apresar el recuerdo.

—Entonces tienes que descender aún —dijo, y su voz no era maligna; era exacta—. Ningún mapa sirve en la cumbre si no conoces el barro de la base.

El Tentador me ofreció otra copa. Dentro no había vino ni luz: había tiempo. Lo bebí y se abrió, en mí, un túnel hacia atrás. Atravesé subconsciente y infraconsciente otra vez, pero ahora el viaje en el tiempo personal me llevó a la noche en que aprendí el miedo. Tenía cinco años; escuché a mis padres discutir en una lengua rota que el niño no entendía; el platanero de la plaza era más alto que ahora. Una sombra entró en la habitación —mi propia culpa ante la tristeza de los adultos—, y desde entonces llamé oscuridad al misterio y me dormí abrazado a mi propio enemigo. Vi también la mañana en que mi abuelo pronunció “todo lo imaginable existe” y yo miré al cielo con ofensa: ¿cómo iba a existir un monstruo con cabeza de pez y manos de niño? —me burlé. El abuelo sonrió como sonríe el que sabe que la realidad, paciente, te corregirá sin humillarte.

Regresé a Karma exhausto, como si hubiera subido una escalera sin peldaños. El Guardián —que también es Maestro cuando uno se deja— me mostró, con un gesto sin dedos, a los artificiales: criaturas nacidas de manos humanas en Cosmos que, en mundo astral, tenían ya forma propia. Había uno, pequeño, de cobre y voz de clarín; me miró como mira un gato: sin pedir permiso ni perdón. Las obras del hombre, entendí, adquieren espíritu cuando la música de las esferas les encuentra un lugar.

—¿Por qué me enseñas todo esto? —pregunté.

—Porque vas a necesitarlo para cruzar —respondió el Guardián.

—¿Cruzar a adónde?

No respondió. Sólo señaló una grieta en el aire. Por ella se veía Tanatia otra vez, pero esta vez no era un espejo solamente: era un pasaje.

IV. Tanatia y el nombre verdadero

No creía tener valor, y sin embargo avancé. Tanatia no es, insisto, un castigo: es un campo de sombras donde cada una guarda un nombre. Dicen que quien pronuncia su nombre verdadero domina sus miedos. Dicen, también, que a veces el miedo y el nombre son la misma cosa y no hay pronunciar posible.

Me interné. Las sombras me olieron como huelen los perros. Oí pasos detrás que no eran míos. El Tentador, paciente, se quedó a distancia prudente. A mi izquierda, una sombra adoptó la forma de mi padre que había perdido hace tiempo; a la derecha, otra tomó la de mi madre que también perdí después; al frente, una tercera se hizo con mis manos. El truco —lo entendí de pronto— es que no hay truco: no se trata de negar lo que ves, sino de aceptar que no puede devorarte si lo miras de frente. Avancé, y cada sombra, al ser mirada, se apagó como una lámpara que ha cumplido su turno.

Al fondo, un agujero negro tan sereno que daba miedo, un pozo que parecía prometer descanso. Me acerqué lo suficiente como para ver, reflejado, el cordón plateado que me unía todavía a la carne dormida. Luego retrocedí. No era allí mi casa.

—Has aprendido deprisa —dijo el Tentador, sin ironía—. ¿Quieres el atajo del hiperespacio?

—Prefiero la senda —respondí—. Me conozco lo justo para sospechar que no sabría salir del atajo.

El Tentador rió —una risa sin dientes pero no cruel— y se desvaneció como se desvanecen los tributos tras la frontera.

V. Shalimar

Regresé a Shalimar por una calle hecha de música. Ahora la ciudad de las pasiones me ofreció otra lección: que hay placer que sana y lujuria que esclaviza; que el placer puede ser comunión o fuga; que, en todo caso, la pasión no es enemigo sino una fuerza elemental que conviene conocer. En este reino onírico se hicieron realidad mis deseos y fantasías más íntimos y quise quedarme eternamente. Una mujer —o algo mercurial con su forma— me tomó de la mano: La Custodia. En su mirada había ternura sin posesión; en su boca, hambre sin hambre. Bailamos un minuto que duró años. Cuando me soltó, supe decir un no que no estaba hecho de miedo. El Tentador, a la distancia, asintió: a veces su trabajo no es perder al viajero, sino mostrarle por dónde podría perderse.

VI. Karma: el espejo claro

Volví a Karma. Me senté en un banco de piedra que contaba historias si apoyabas la mejilla. El Gran Silencio se abrió como un abanico. El Guardián ya no me miraba: se había vuelto paisaje. Allí vi, con nitidez por fin, a los dioses desgajados: experimentando mundos, fracasando sin dolor, aprendiendo sin prisa. Quieren aprender a ser dios, pero ninguno se confunde: ser dios no es mandar, sino escuchar la música sin interponerse. Entendí entonces que yo mismo —ridículo en mi pequeñez— estaba llamado a componer un acorde humilde con mi vida: Cosmos no me pedía perfección sino afinación.

Quise quedarme. El banco susurró mi infancia otra vez, pero ahora sin sobresalto: un niño corre tras un balón, cae, llora, se levanta; una mujer canta una nana en una lengua que no entiendo; un hombre —mi abuelo, ya viejo— dice “todo lo imaginable existe” y el cielo de agosto, comprensivo, asiente. Apresé el recuerdo y lo guardé donde se guardan las llaves.

—Ahora —dijo el Guardián, en todas partes—. Vuelve.

—¿Y si rompo el cordón plateado? —pregunté.

—No lo romperás —respondió—. Has aprendido lo suficiente para despertar sin desgarrarte.

VII. El regreso y el Gran Silencio

Regresé del mismo modo en que se vuelve de una playa al atardecer: con arena en los tobillos y sal en la lengua. Pasé por Shalimar sin detenerme; Tanatia me saludó con una sombra breve que no reclamó mi nombre; Karma me entregó, sin palabras, una tarea: vive con oído.

Atravesé el infraconsciente y el subconsciente. Vi, ya lejanas, las pesadillas que antes me mordían; ahora eran perros que dormitaban al sol. Crucé la vigilia o semiconsciencia (ese corredor en penumbra donde uno tantea la pared) y, al fin, entré en Consciencia: mis párpados pesaban, mis manos eran manos, la lámpara vacilaba.

Abrí los ojos.

El cuarto seguía siendo el cuarto de siempre, pero no lo era. La mesa, la lámpara, el vaso de agua: formas del cuerpo físico que ahora parecían menos sólidas y, por eso mismo, más queridas. Mi cuerpo mental bullía con ideas como peces en estanque; mi cuerpo astral aún ardía con brasas. El cordón plateado latía, invisible al ojo, pero presente como un juramento.

Aflojé los hombros. Afuera, en Cosmos, la madrugada se abría con un color indeciso. Por la ventana entró una ráfaga que olía a pan, a lluvia futura, a hierro y a resina. Cerré los ojos un instante y escuché, por debajo del rumor de la ciudad, la música de las esferas: no una melodía nueva, sino la misma de siempre, sólo que ahora afinada para mí.

No todo era alivio. Sabía —lo sé mientras escribo— que los espíritus luciferinos seguirán rondando con promesas veloces; que el Tentador conoce pasajes de mí que yo apenas sospecho; que Tanatia conserva habitaciones cuyo nombre aún no he aprendido; que Shalimar me cantará en noches de soledad; que Karma me esperará cuando esté cansado; que los dioses aprendices seguirán jugando con mundos que quizá un día me rozarán. Sabía, también, que hay agujeros negros en la vida cotidiana —duelos, pérdidas, enfermedades— y que cada uno, si uno lo mira sin huir, puede ser pozo de regreso a una música más honda.

Pero por primera vez no tuve prisa. Hay historias que no terminan; se entonan.

Me puse en pie. Descolgué del respaldo de la silla una chaqueta que no recordaba haber dejado allí —olía levemente a incienso, tal vez un recuerdo de Karma— y, antes de salir, apoyé la palma en la puerta. La madera devolvió un calor mínimo, como si a su modo participara del concierto. Todo lo imaginable existe, repetí, y la frase no fue consuelo barato ni advertencia: fue compromiso.

En la calle, la gente despertaba a su martes como quien no sabe que ha sobrevivido a la noche por un hilo de plata. Caminé sin secreto, y cada paso fue materia y energía: rozar el mundo sin poseerlo, participar sin confundirme. En el cruce, el semáforo cambió a verde con una elegancia que me hizo reír. Un niño señaló el cielo: un globo rojo se soltaba de una mano y ascendía, pequeño sol, hacia un lugar donde, quizás, Shalimar y Karma cruzaban miradas. Una mujer mayor dejó una taza de té humeante en la ventana, y por un instante creí adivinar, detrás de ella, la silueta anhelante de un alma en pena que, sin cuerpo, aprendía paciencia.

No sé si volveré esta noche. El paso entre universos no obedece al capricho, sino a una escucha. Pero ahora que conozco el Guardián, respeto al Tentador, honro a Karma, he cruzado Tanatia y he bailado un minuto en Shalimar, sé reconocer —en el centro de lo cotidiano— el Gran Silencio: ese hueco donde cabe, como una semilla, todo lo que somos.

Si algún día lees esto y te despiertas con la sensación de haber envejecido cien años o de haber llorado por un recuerdo que no sabías guardar, no te asustes. Estás afinando. A veces duele, a veces asusta; siempre merece la pena. Mantén la vista en el hilo, cuida tu cordón plateado, y no olvides —ni aun cuando las sombras te pronuncien— que, bajo el ruido del mundo, la música de las esferas nunca ha dejado de sonar.

Y cuando, en esa música, reconozcas por fin tu nota, entenderás que todo universo mental derrama su manifestación física subjetiva: que la mitología con la que creciste fue sólo la antropomorfización del misterio; que los artificiales también sueñan; que los dioses desgajados son, quizá, versiones futuras de nosotros; y que el Cosmos no es cárcel ni examen: es escuela.

Entonces cruzarás sin miedo. Y, al regresar, cada taza de té, cada piedra, cada mano amiga, será —como la cuerda floja del funámbulo— un puente sobre el abismo.

Ese puente, créeme, eres tú.
 
Pamplona. Creado, como relato corto en 1986-87. Desarrollado y revisado en octubre de 2025.

jueves, 9 de julio de 2026

Salida definitiva. Memoria del colegio e internado de Santa Eulalia

Hay un internado que no está en los mapas y del que, sin embargo, todo el mundo en la comarca ha oído hablar alguna vez, aunque no sepa dónde lo oyó. Se llama Santa Eulalia. Lo buscan en vano quienes se empeñan: no figura en el registro de centros religiosos del obispado, ni en los catastros, ni en las guías de carreteras. Y no obstante existió, existe todavía de una manera difícil de nombrar, en un pliegue del terreno que va de Pamplona a San Sebastián, allí donde la llanada de la Cuenca empieza a arrugarse en montes y la niebla se queda a vivir entre septiembre y mayo. 

Yo he pasado veinte años reuniendo lo que sé de él. Empecé, como se empieza casi todo, por accidente: buscando otra cosa —buscando a una sola muchacha, si he de ser exacto—. Terminé comprendiendo que el internado no era el escenario de las historias que investigaba, sino su causa. Que las chicas de la niebla, la de la curva, cerca del puerto de Azpiroz, la que  aparecía junto a las sendas de la Vuelta del Castillo, no eran fenómenos independientes que yo iba coleccionando. Eran, todas, antiguas alumnas del colegio e internado de Santa Eulalia. Y que el internado, más que un lugar, era un espacio a caballo entre dos mundos, un pliegue que se filtra entre la realidad y la ficción. Es la manera que tiene el tiempo de no soltar a ciertas muchachas. 
 
Lo que sigue es lo que pude averiguar aquí y allá. No garantizo que todo haya pasado tal y como lo cuento, pues la realidad, en esta comarca, se confunde a menudo con la leyenda. Sólo transmito lo que me contaron, dejando una puerta entreabierta por si algún osado o imprudente decide franquearla.

I. La fundación

Las pocas fuentes que coinciden sitúan la fundación del colegio a finales del siglo XIX, en un antiguo caserón de indianos reformado por una congregación cuyo nombre nadie recuerda con exactitud —las Hijas de la Purísima Providencia, las Siervas de Santa Eulalia, varía según quién lo cuente—. Era un internado femenino de los que abundaron entonces: hijas de familias acomodadas de provincias, algunas navarras, muchas guipuzcoanas, unas cuantas de más lejos, enviadas a educarse lejos de casa "para hacerlas señoritas de provecho". Y, entreveradas con ellas, las otras: las huérfanas, las medio huérfanas, las encomendadas por una tía cansada o por un padre que no sabía qué hacer con una hija. A ésas no las mandaban a hacerse señoritas en el colegio. Las mandaban a que las guardaran en el internado anexo.

El edificio, de varios cuerpos,  se levantaba en un altozano, rodeado de un jardín con tejos —siempre tejos, el árbol de los cementerios— y cerrado por una tapia alta. Tenía capilla propia, un dormitorio común llamado, no sé por qué, "la galería de las horas", y una regla férrea que varias generaciones de exalumnas repitieron con el mismo escalofrío: las cartas a la familia se leían antes de enviarse; las salidas eran de dos en dos y nunca sin una hermana delante; y en verano, cuando el internado cerraba, las niñas cuyas familias no podían recogerlas se quedaban. 

Se quedaban. Esa palabra, en las historias de Santa Eulalia, tiene siempre un doble fondo.

Porque en verano el colegio se vaciaba. Entre externas e internas las alumnas pasaban del centenar, aunque en la galería no durmieran nunca más de cuarenta y tantas; y las pocas que restaban al cerrar —las de familia lejana, las huérfanas de padre, las que «daban problemas»— eran llevadas a una casa que la congregación tenía en la costa, en Deba, frente a un mar que, son palabras de una de ellas, golpeaba de noche como si quisiera entrar. Y algunas de esas niñas, cada cierto número de veranos, no volvían de la costa al internado en septiembre.

En los libros del colegio figuraban como «trasladada a otro centro», «reclamada por la familia», «salida definitiva». Asientos de contable, escritos para no escribir la verdad. La verdad no la anotó nadie. Pero la comarca, que sabe las cosas de otra manera, empezó a decir, ya en los años veinte, que las niñas de Santa Eulalia que se iban a la costa a veces no se iban a ninguna parte: se quedaban en el agua, o se perdían en la niebla, o en ese sitio intermedio donde el internado guarda a las suyas.

Y que, muertas o desaparecidas —que en Santa Eulalia viene a ser lo mismo—, seguían saliendo de dos en dos, con su uniforme azul, a pasear por los lugares donde habían sido, alguna vez, felices o desgraciadas. 



II. Clara (1919)

La primera de la que tengo constancia firme se llamaba Clara, -un nombre que curiosamente, reaparece en otras historias de mi archivo, como si ciertos nombres atrajeran ciertos destinos-. Ingresó en Santa Eulalia el otoño de 1918, con la gripe todavía matando en los pueblos, enviada por un padre viudo que no sabía qué hacer con una hija de doce años.

De ella conservo una sola carta, que no llegó a enviarse porque la censura del colegio la retuvo, y que apareció décadas después entre los papeles de una hermana secularizada. La transcribo sin corregir:

"Querido padre: aquí las noches son muy largas. En la galería de las horas hay una cama vacía al fondo, la de una niña que se fue en verano y no ha vuelto, y las mayores dicen que por las noches se oye que alguien se acuesta en ella. Yo no lo he oído todavía pero tengo miedo de oírlo. La madre Encarnación dice que las que se van a la costa aprenden a nadar en un agua que no moja. No entiendo lo que quiere decir pero lo escribo para no olvidarlo. Sáqueme de aquí antes del verano, padre. No quiero aprender a nadar." 
 
El padre nunca leyó esa carta. Clara pasó el verano en Deba. En septiembre, el libro del colegio anota, con la letra apretada de sor Encarnación: "Clara S. — salida definitiva. No procede reingreso."

Doce años. Salida definitiva.

Lo que sé de Clara después no viene de ningún archivo. Viene de una mujer de Deba, ya muy anciana cuando hablé con ella, que de niña jugaba en la playa y recordaba a "las del colegio de las monjas" bañándose vestidas, con el uniforme puesto, "para no enseñar las carnes ni al mar". Y recordaba, sobre todo, una tarde de galerna en que las hermanas contaron las cabezas al salir del agua y faltaba una, y no dieron parte, y siguieron como si nada, "porque las de familia lejana no las echaba de menos nadie". Recordaba el nombre porque las otras niñas lo llamaron un rato, hacia el mar, antes de que las hermanas las hicieran callar:

—¡Clara! ¡Claraaa!

Y luego el silencio, y la fila de dos en dos subiendo la cuesta hacia la casa, con una niña menos y ninguna monja dispuesta a contarlo. 
 
Anoto aquí una menudencia que tardé años en atreverme a anotar: esa letra apretada de sor Encarnación, esa letra reaparece idéntica en los libros del colegio más de cincuenta años después, firmando otras salidas definitivas. Puede que en la congregación se heredara el nombre con el cargo, como se heredan los hábitos. Puede. En Santa Eulalia aprendí pronto a no hacer dos veces las preguntas que sólo tienen una respuesta mala.

III. Las camas de más

Aquí debo explicar lo que he llegado a entender sobre el mecanismo del internado, si es que "entender" no es una palabra demasiado grande para lo que sólo intuyo.

Santa Eulalia no era un colegio que tuviera fantasmas. Era un colegio que fabricaba una clase particular de permanencia. Las niñas que morían o desaparecían durante el internamiento —y muy especialmente las que se quedaban en verano, sin nadie que preguntara por ellas— no se iban del todo. Quedaban adscritas al internado como se queda adscrito un legajo a un archivo: guardadas, catalogadas, sin salida. La "galería de las horas", ese dormitorio común donde siempre había una cama de más al fondo, era el punto donde las presentes y las que ya no lo estaban dormían bajo el mismo techo sin distinguirse.

Y como toda permanencia forzada, buscaba fugarse. Las internas de Santa Eulalia —las muertas— salían. Salían de dos en dos, porque así las habían enseñado a salir; salían con el uniforme azul, porque no tenían otro; y salían hacia los lugares donde el internado las había llevado en vida: la costa de Deba, las carreteras que unían el colegio con San Sebastián y con Pamplona, los paseos vigilados por la Ciudadela y la Vuelta del Castillo los domingos de visita. No buscaban vengarse. No sabían de quién. Buscaban, si acaso, que alguien las viera; que alguien, por una vez, contara la cabeza que faltaba y dijera su nombre en voz alta hacia el mar.

Porque a una interna de Santa Eulalia sólo se la suelta de una manera: reconociéndola. Diciendo su nombre. Devolviéndole algo suyo. Lo demás —las oraciones, las misas, el olvido piadoso— sólo la ata más fuerte a la galería.

Esto lo aprendí tarde, y a costa ajena. Lo aprendí por tres niñas de una misma promoción, la que entró hacia 1972, que durmieron en la misma galería y se quedaron cada una a su modo: la del agua, la de la carretera y la que no dejó rastro. Empezaré por la carretera, porque es la que la comarca cree conocer mejor, y terminaré por la que nadie conocía. De la del medio —la que me cambió la vida— hablé ya en una novela, y diré aquí únicamente lo que la novela no pudo decir.
 
IV. Maite, la de la carretera

Salto medio siglo, porque el archivo salta. Hay un hueco en las historias de Santa Eulalia que coincide con la guerra y la posguerra, como si en aquellos años hubiera tantos muertos por todas partes que los del internado no llamaran la atención de nadie. Reaparecen en los años setenta. Y reaparecen las tres casi juntas, porque casi juntas se fueron.

La comarca cuenta la de la carretera a su manera, que es la manera que tienen las comarcas de conservar las cosas: estropeándolas un poco para que duren. Dicen que fue en el sesenta y tantos; que era una muchacha de un internado de San Sebastián; que conducía un Seiscientos y se salió en la curva mala del puerto de Azpiroz. He comprobado que en esa curva hubo, en efecto, una muerta a comienzos de los sesenta, y un Seiscientos. Pero no era ella. Las carreteras funden a sus muertos como la niebla funde los faros: cuando esta otra se mató allí, en el invierno de 1976 a 1977, la curva ya tenía leyenda, y la leyenda se la quedó.

Se llamaba Maite. Era interna de Santa Eulalia, de la promoción del 72, e iba de pasajera en un coche que la subía de vuelta al colegio. Lo sé porque la reclamó, tarde, la única persona que la tuvo: una tía de un pueblo de aquella misma carretera, del lado de Guipúzcoa, que la recogía algún domingo por deber y la devolvía siempre antes del anochecer, siempre bajo la lluvia, en un cruce, encomendándola a quien subiera hacia el puerto. Maite volvía de una visita que no había salido bien —las que no salen bien se acaban siempre de noche— y una de esas noches subió a un coche que paró en el cruce y no llegó nunca.

Desde entonces la vieron muchos: una muchacha que levanta la mano en la niebla, con la ropa apenas mojada y las manos heladas, que dice que viene de San Sebastián —quizá porque el nombre del pueblo de su tía no le decía nada a nadie— y pide que la acerquen a Pamplona. Unos la recogían y, pasada la curva, ya no estaba en el asiento. Otros no paraban, y ésos —cuenta la leyenda, y las leyendas de carretera cuentan siempre lo mismo— tenían una mala noche en la curva.

He hablado con el último que la llevó: un hombre de Pamplona que volvía de Tolosa en un Seat 127, una noche de lluvia de finales de los setenta. Me contó que la chica tenía «una voz limpia, de internado» —la expresión es suya y no he sabido mejorarla—; que tiritaba y él le prestó su americana; que ella le avisó de la curva, «esta curva siempre se me resiste», y que él no reparó hasta después en el tiempo de ese verbo; y que al final, señalando un respiro de cuneta junto al quitamiedos abollado, dijo, como quien deja una dirección en un sobre: aquí me maté yo. Cuando giró la cabeza, en el asiento no quedaba más que la americana, doblada, seca. Y en un bolsillo, una diadema de niña, de las de arco, todavía húmeda.

Un camarero de Cuatrovientos —el mismo, sospecho, que lleva media vida sirviendo con los cafés la versión del Seiscientos— le dijo lo que había que hacer. El hombre volvió a la curva esa misma noche y colgó la diadema de la cruz que el luto había plantado junto al quitamiedos. No rezó, e hizo bien: a las de Santa Eulalia las oraciones las atan. Desde entonces, que yo sepa, nadie ha vuelto a verla en aquel tramo. Años más tarde el hombre puso por escrito aquella noche; he leído esas cuartillas, fechadas en 1987, y no hay en ellas una sola palabra que suene a inventada.

Había hecho, sin saberlo, lo único que suelta a una interna: devolverle algo suyo y ponerlo donde pudiera verse. Aquella diadema era, me consta, la única cosa de niña bonita que Maite tuvo nunca; se la había comprado la tía años atrás, en uno de aquellos domingos, y la llevaba puesta la noche del accidente, como se lleva la prueba de que alguien, alguna vez, pensó en una.

Al despedirnos, el hombre me confesó algo más: que todavía hoy, cuando sube de noche hacia San Sebastián y llueve, deja en el asiento de al lado una chaqueta doblada. Por si acaso, dijo. No le pregunté si era superstición o cortesía. En esta historia son la misma cosa.


V. Amaia (1984 y siempre)


A la segunda no la encontré en un archivo. Me encontró ella a mí, que es como te encuentran las de Santa Eulalia: una tarde de niebla de 1984, en la Vuelta del Castillo, junto a los fosos de la Ciudadela, en el sitio exacto donde décadas atrás las internas paseaban de dos en dos los domingos de visita. Uniforme azul, una cartera de cuero contra el pecho, dieciséis años que no cuadraban con la antigüedad de sus ojos. Le pregunté si venía de algún internado. Dijo que sí. Le pregunté de cuál. Dudó, y dijo: Santa Eulalia.
 
Todo lo demás lo conté en una novela, "Amaia en la niebla", cambiándole lo justo para que fuera literatura y no denuncia, y no voy a repetirlo aquí: los expedientes no deben plagiar a los libros. Diré sólo lo que importa a éste. Que se llamaba Amaia Etxalar. Que tenía en Deba una tía, hermana de su madre muerta, y que fue allí, en su único refugio, donde el mar terminó lo que el internado había empezado: «me perdí antes», me corrigió una vez; «en el mar sólo terminé de perderme». Que el recorte que la nombra es de 1976 —un temporal en la costa guipuzcoana, una fotografía a una columna en la que sale seria, con algo que le queda grande— y es ocho años anterior a la tarde en que la conocí. Que años después me dijo por qué volvía: porque fui el único que la vio sin querer explicarla del todo. Y que dejó de venir cuando el libro estuvo terminado, como si escribirla hubiera sido, también, una manera de decir su nombre en voz alta.

El libro se publicó y circuló de una forma rara, casi secreta. Me escribieron antiguas internas de colegios que sí están en los mapas. Y una carta llegó sin remitente. Decía únicamente:

«Algunas no volvemos a casa, pero agradecemos que alguien deje una luz encendida.»

Tardé en comprender que aquella carta no la había escrito Amaia. La había escrito otra. Una interna de Santa Eulalia que sí volvió, que sobrevivió a la galería de las horas y a los veranos de Deba, y que reconoció a sus compañeras muertas en mis páginas. Me escribió una segunda vez, ya con remite, para pedirme que fuera a verla: tenía que decirme algo que llevaba casi treinta años sin poder decirle a nadie.

VI. La que volvió

Me pidió que no diera su nombre, y yo respeto a los vivos más que a los muertos. Había entrado en Santa Eulalia con la promoción del 72, la de Amaia, la de Maite. Nos vimos una sola vez, en una cafetería de Donosti, y me contó lo que ningún archivo guarda.

Me contó que a las que faltaban en septiembre no se las nombraba nunca más. «Y eso —me dijo— era lo peor. No que se murieran. Que las borráramos. Nosotras también las borrábamos, por miedo. Y al borrarlas, las dejábamos atrapadas.»

Me contó que ella sobrevivió porque su familia, arruinada pero viva, la reclamó a tiempo, justo antes de un verano. Que hizo la maleta llorando de alivio y de culpa, porque en la cama de al lado quedaba una niña que no tenía a nadie —ni tía, ni casa de costa, ni un pueblo en la carretera; nadie—, una niña a la que ni siquiera llevaban a Deba porque no había familia a quien avisar de nada, y que se quedaba los veranos enteros en el colegio vacío. Esa niña le dijo, al despedirse: "Cuando salgas, acuérdate de mi nombre. Aunque no vuelvas. Acuérdate. Porque yo no le voy a quedar a nadie más." Y ella se lo prometió. Y lo cumplió casi veinte años años  después.

De cómo se fue no supo nunca nada; se lo contaron otras, años después y a medias: que un día estaba en la lista y al otro no. Sin galerna, sin curva, sin cruz en ninguna parte. En el libro del colegio, la letra de Sor Encarnación escribió su fórmula. Salida definitiva. La desaparición más limpia y más terrible de todas.

—Usted le devolvió el nombre a Amaia —me dijo la mujer, y me apretó la mano con firmeza—. Yo vengo a darle el de la otra. Póngalo usted donde se lea, que es la única lápida que va a tener.

Y me lo dio. Y lo pongo:

Se llamaba Arantxa. 

No hay recorte que la nombre, ni cruz en carretera, ni anciana en Deba que la recuerde bañándose vestida. No hay más rastro de Arantxa en el mundo que esta línea y la memoria de una mujer que cumplió su promesa. Si algo he entendido de Santa Eulalia es esto: a la del agua la soltó un hombre que la miró y escribió su nombre; a la de la carretera, otro que le devolvió su diadema; pero a Arantxa, que no tenía agua ni diadema ni a nadie, sólo puede soltarla su nombre dicho en voz alta. Por eso lo escribo aquí: para que alguien lo lea, y al leerlo lo diga, y al decirlo, sin saberlo, la saque un poco del fondo de la galería.

«Déjelo escrito —me pidió la mujer—. No por mí. Por las que siguen en la galería sin que nadie las reclame. Un nombre dicho a tiempo saca a una niña del agua. Lo sé porque a mí me sacaron


VII. Lo que queda del internado

He ido a buscar Santa Eulalia. Por supuesto que he ido. Uno no dedica casi veinte años de su vida a algo sin intentar, al menos una vez, ponerle los pies encima.

No lo he encontrado, y a la vez lo he encontrado demasiadas veces. Hay un altozano entre Pamplona y San Sebastián, pasado el puerto, donde la carretera hace una curva y la niebla se cierra, en el que, ciertas tardes de septiembre, se distingue entre los árboles la silueta de un caserón con tapia y tejos. He parado el coche. He caminado hacia allí. Y siempre, siempre, cuando llego a donde debería estar la verja, hay sólo monte, o un prado, o una ruina que podría ser cualquier cosa. El internado está en el sitio y no está: existe a la manera en que existen las cosas que el tiempo no ha soltado del todo, en un pliegue del espacio y el tiempo, "en un mapa imposible que no es del ahora ni el de antes ni el después", como dicen en Pamplona de otra calle que tampoco figura en ningún sitio.

Una vez, sólo una, llegué a la tapia. Fue un atardecer de niebla espesa, y juraría —lo escribo sabiendo cómo suena— que oí, del otro lado, la campana de un recreo, y voces de niñas contando en fila, de dos en dos, y una hermana mandando callar. Conté yo también, sin querer, siguiendo las voces. Y noté que en el conteo faltaba siempre un número. Que la fila decía "una, dos, tres, cuatro… seis", saltándose el cinco, como quien pasa por encima de un escalón que no está.

Me marché sin llamar. No abrí. Ya he dicho que ésa es la única obligación de quien encuentra una puerta entreabierta y no sabe lo que hay detrás.

Epílogo

Dejo esto escrito, entonces, no como historia sino como aviso, y como encargo.

Si alguna vez, viajando de noche entre Pamplona y San Sebastián, la niebla se le cierra en una curva y ve, en el arcén, a una muchacha de uniforme azul que pide que la lleve "al colegio"; o si, paseando por la Vuelta del Castillo una tarde de niebla, distingue junto al camino  la silueta quieta de una chica que le sostiene la mirada más de lo que sostienen los vivos; o si, en el mar de Deba, en una tarde de galerna, le parece que entre las olas alguien nada vestido y no sale —no huya, si puede evitarlo. No rece por ella, que eso la ata. No la borre, que eso la hunde. Mírela. Cuente la cabeza que falta. Y, si sabe su nombre, dígalo en voz alta, hacia el agua o hacia la niebla, aunque se sienta ridículo, aunque nadie le crea.

Porque en Santa Eulalia, el colegio que no está en los mapas, hay todavía una galería con camas de más, y en esas camas duermen niñas que se quedaron sin que nadie las reclamara. Salen de dos en dos a los caminos, con su uniforme y su bufanda húmeda, buscando desde hace cien años lo único que las libere: que alguien las mire, y las nombre, y les deje —como me pidieron a mí, y como pido yo ahora a usted— una luz encendida.


Memoria del colegio e internado de Santa Eulalia. Andres A.T. Pamplona. 2013
 

miércoles, 8 de julio de 2026

La rata

No sabría decir en qué punto del sueño comenzó el descenso. Recuerdo, sí, una escalera húmeda, tallada en una piedra que no reconocí, y el eco de mis propios pasos multiplicado como si muchos otros, invisibles, bajaran conmigo. También recuerdo el olor: amoníaco, hierro, pan viejo, un subsuelo que parecía más antiguo que mi especie. No portaba lámpara; una fosforescencia pálida —quizá de hongos, quizá de algo peor— flotaba en las paredes y marcaba un sendero de luces inmóviles, como si un cielo muerto hubiera elegido vivir debajo.

Fue en el primer rellano donde la rata se me apareció.

No chilló ni corrió. Me aguardaba, sentada sobre sus patas traseras, con las delanteras unidas en un gesto casi devoto; su pelaje era de un blanco enfermo, sus ojos de un negro acuoso, y en el morro le brillaban hebras de humedad que atrapaban la luz como cuentas de vidrio. Me miró con una paciencia humana —no es metáfora— y volvió el hocico hacia el corredor, invitándome a seguir. Obedecí sin preguntarme por qué: hay obediencias que el sueño dicta con la autoridad de las piedras milenarias.

Los pasillos se estrechaban y ensanchaban según una lógica ajena a la geometría que aprendí de niño. En ciertos tramos, la bóveda era tan baja que mis hombros rozaban una escoria blanda que latía con tibieza. En otros, la galería se abría a cavernas ciclópeas donde columnas sin caneluras sostenían un cielo geológico, y puentes estrechos como pestañas cruzaban abismos sin fondo visible. A un lado y otro vi motas de luz moverse como entidades larvarias, raíces que exploraban el aire, huesos apilados con una pericia que negaba lo casual.

La rata avanzaba sin ruido, salvo por un chasquido tenue al apoyar las uñas. Ocasionalmente, giraba la cabeza para comprobar que la seguía, y en su mirada había una mezcla de piedad y asco que yo mismo no habría sabido fingir.

El segundo rellano conducía a una cripta de ladrillo. No había nichos; había huecos a medida de ratas, miles, abiertos en el muro como alveolos. Del interior de cada cavidad emergía un susurro, como de injuria apagada. No me atreví a acercarme. En el suelo, sobre una losa húmeda, reposaban fragmentos de cerámica con inscripciones que mis ojos reconocieron y rechazaron a la vez: trazos angulosos, curvas repetidas en progresiones que parecían cantar si uno las miraba demasiado.

—No leas —me dijo la rata sin hablar, moviendo apenas el hocico—. Aquí se oye con los ojos.

No me sorprendió que me hablara. En aquel mundo subterráneo las reglas se habían invertido con naturalidad; lo monstruoso era precisamente lo que conservaba la voz. Desvié mi mirada hacia el techo, y allí descubrí otro orden: filigranas de sal, goteos sólidos, cristales que habían crecido en figuras idénticas a letras. Pensé, absurdamente, que la piedra había estado escribiendo durante siglos con la paciencia de un monje ciego.

Continuamos. El aire se volvió más frío y más viejo; la fosforescencia, más azul. Sentí cómo la memoria —la de mi vida diurna— se apartaba de mí con una delicadeza terrible, como se retira una mano que no sabe a quién toca. Mi guía olfateó un umbral y se detuvo. Más allá se abría una nave que no puedo describir con exactitud: no cabía en la lógica. El suelo estaba formado por losas enormes tan pulidas que no reflejaban; las paredes tenían ángulos que no sumaban, esquinas que se alejaban cuando me acercaba, y en el centro se erguía una máquina inmóvil, hecha de piedra y hueso, con ruedas fijas y engranajes que parecían destinados a moverse sin moverse.

Alrededor de la máquina, una multitud. No de hombres, no de ratas: figuras encapuchadas cuya estatura cambiaba según el punto de vista, como si yo fuese perdiendo y ganando altura al respirar. No se movían, pero un ritmo —qué otra palabra— les pertenecía y me invadía. En alguna parte, o en todas, un tambor sonaba con el latido del subsuelo. Comprendí —si comprender es palabra— que esa nave era templo y estómago, y que lo adentro y lo sagrado eran aquí la misma cosa.

La rata me tocó el tobillo con un golpe suave. La seguí hacia una trinchera de sombra y nos deslizamos a un pasadizo inferior donde el techo sudaba agua negra. Allí la oí por fin como a un animal: dejó escapar un chillido que me atravesó los dientes como lima. Algo respondió desde la oscuridad con un silbido de polvo. La rata no se apartó. Volvió el morro hacia mí y pronunció los tres sonidos más abyectos que he oído jamás, tres sílabas sin molde humano, que sin embargo entendí como se entienden los gritos en un naufragio: no-huyas-aún.

Obedecí. Al final del pasadizo se abría un pozo, y en su perímetro, con una caligrafía desnuda, habían sido tallados los nombres de ríos que no figuran en ningún mapa: Agnón, Seph, Dat-maár… Cada nombre iba seguido por una marca: un diente, un pelaje, una uña. La rata se inclinó. Pensé que bebería; no bebió. Sopló sobre el agua con un aliento helado que no le cabía en el pecho, y la superficie mostró.

Vi ciudades hincadas en techos, puertos que atracaban al cielo, barcos cuyas velas latían de izquierda a derecha, procesiones de cabezas sin cuerpo que rezaban con la nuca, monos con bocas en las palmas… y, entre todo, vi hombres como yo, con ojos pequeños, bocas de miedo y lenguas ajenas, arrastrando bolas de luz hacia agujeros en el suelo. Supe entonces que la superficie —esa zona de paso donde creemos habitar— no era sino capa y que la vida verdadera ocurría debajo, detrás, aquí.

—Regresa —dijo la rata, y su voz ya no era piedad, sino orden—. Aún no puedes quedarte.

Sentí una cólera que no me conocía: no quería regresar. Mi antigüedad reconocía aquel mundo; mi juventud odiaba el día que me aguardaba arriba. Tal vez la rata percibió en mí esa discordia. Se alzó sobre sus patas y me mostró los dientes. Eran demasiados. Eran letras. Supe con exactitud terrible que si los contaba no volvería a despertar. Cerré los ojos —los ojos de carne—, y, con una dulzura que sólo atribuyo a lo innombrable, me mordió.

Desperté en mi cama, con la boca seca y el corazón golpeando el pecho como un animal en jaula. En el tobillo tenía dos marcas, poco profundas, limpias, geométricas, como paréntesis. El cuarto olía ligeramente a amoníaco. Bajo la mesa encontré, adherida a la pata, una pelusa blanca con el brillo vidrioso de los lugares donde no llega el sol. Al rasparla con la uña, sonó como sal.

Durante días intenté negar el descenso. Abrí libros —los de antropología de armario, los de geología de divulgación— en busca de descargos. No hallé más que palabras: "subconsciente", "caverna arquetípica", "inversión de planos". Por la noche, sin embargo, el zócalo del pasillo emitía un ruido leve, el goteo de una garganta que no bebe. Bajo el fregadero olía una nada que recordaba. En sueños, la fosforescencia volvía a sentarse en mis paredes, fija, paciente. 
 
Una madrugada, vencido, bajé de nuevo en el sueño. El corredor aguardaba como aguardan las ruinas que se saben eternas. La rata no estaba en el primer rellano. Me esperó en la nave de la máquina inmóvil. Las figuras encapuchadas habían cambiado de altura. El tambor sonaba en otro tiempo. Mi guía se acercó y me olió el tobillo mordido, como si confirmara una propiedad. Supe, sin palabras, que no regresaría muchas veces más: los regresos desgastan el hilo que une las capas. Me mostró con el morro un sendero nuevo, una grieta más estrecha, un abrazo de roca que sólo admitía cuerpos que hubieran aprendido a contraerse.

No he de relatar lo que vi esta segunda vez. No porque falten palabras —faltan siempre—, sino porque ciertas figuras al decirse nacen de nuevo arriba, y arriba no hay cloacas suficientes para albergarlas. Diré sólo que comprendí la función de la rata: no guía; pesa. Pesa el alma como se pesa una nuez antes de quebrarla; decide si flota o se hunde; muerde para marcar; marca para contar.

Desde entonces, en vigilia, escucho. El suelo de mi cuarto respira con un compás lento; las cañerías dicen nombres de ríos que no aprendí; detrás del espejo algo escribe con sal. Han empezado a visitar mi mesa hormigas pálidas que se detienen a leer mis notas con una seriedad impropia. Y, a veces, cuando me quedo muy quieto, siento el roce de un bigote frío rozándome el tobillo: pregunta si aún quiero bajar.

No sé cuánto tardará en llamarme con las tres sílabas. Sé que, cuando ocurra, obedeceré. No por curiosidad, ni por devoción. Por antigüedad. Porque hay mundos que no son lejanos sino profundos, y a ellos pertenece lo que de mí no tolera el día. Y porque, aunque mi boca de superficie lo niegue, la marca en mi tobillo es caligrafía y deber, y las letras —las que se cuentan en la oscuridad— no se olvidan.

Si alguien lee esta confesión y ríe, que no escuche de noche la pared; si cree, que no cuente los dientes de los animales dormidos. Y si alguna vez baja —por sueño, por fiebre, por hambre— y encuentra en el primer rellano a una rata blanca con ojos de agua, no le hable; no huya; deje que pese. Ninguna otra criatura en el mundo sabrá decirle con tanta precisión si pertenece arriba o si, como yo, ha nacido —y sólo lo ha recordado tarde— abajo.

El desconocido

Decían que era un hombre corriente. Así lo presentaban: "Es fulano, un conocido", "trabaja con tu padre", "vive en el barrio de arriba". Corriente como el abrigo gris, como los zapatos lustrosos, como el reloj que marcaba los cuartos con demasiada paciencia. Corriente como las personas que no se quedan en la memoria, decía mi madre, y, sin embargo, a mí se me quedaba.

No lo conocía y me asustaba. Me asustaba cuando asomaba por la puerta con su sonrisa ensayada, cuando decía mi nombre como si lo soplara a través de una ranura, cuando dejaba el sombrero en la percha con un gesto muy educado y muy preciso. "Saluda", ordenaban, y yo saludaba con la cabeza clavada en el suelo, ceñudo, torpe. Luego venían los tíos —de verdad— con su alboroto, su olor a tabaco, los comentarios sobre el tiempo y el partido, las risas que tropiezan; y él, al fondo, en la esquina del sofá, como una sombra que ha aprendido a sentarse.

"Es un poco arisco el crío", reían. "Cobardica", añadía alguien, con cariño. Yo no me fiaba. No me fiaba de cómo colocaba los cubiertos con las puntas hacia dentro, de la manera silenciosa en que cerraba las puertas, del modo en que miraba las fotografías del aparador sin tocarlas. No me fiaba de su silencio que medía la casa como si tomara apuntes.

Un domingo llegaron los tíos. Traían pastas en una caja con lazo y un ramo de flores amarillas. La casa olía a pollo en el horno y a jabón. Mi madre se cubrió las manos con el delantal recién planchado, mi padre se ató con prisa el cinturón. "Pasad, pasad", dijo ella, y el salón se hizo pequeño de golpe. El desconocido —porque seguía siéndolo, aunque repitieran su nombre en voz alta, como si así hiciera menos ruido— se quedó junto al quicio, con el abrigo en el antebrazo, esperando no sé qué permiso. "Quédate a comer", invitaron. Dijo que no, que no molestaba, que sólo venía un momento. No se fue. Se sentó, probó el café, dijo que estaba bueno, dejó la taza sin cerco.

Yo me agarré a la falda de mi madre, y ella me apartó con un gesto medio tierno, medio fastidiado: "Venga, hombre, saluda como se debe". El desconocido me guiñó un ojo y yo sentí el estómago como cuando se da un golpe en la esquina de la mesa. "Este niño tiene genio", soltó alguien, y se rieron. Él no.

Después, cuando ya se habían ido todos —los tíos con sus adioses largos, el olor de tabaco arrastrándose por el pasillo—, mi padre dijo que tenía que bajar al bar a ver a Manolo un momento; mi madre, que iba a casa de la vecina a dejarle un molde. "No tardes", dijo él. "Nada, nada". Yo me quedé recogiendo las migas del mantel con los dedos, por matar el rato. Fue entonces cuando la puerta del salón se cerró con suavidad.

El desconocido estaba en el marco, sin abrigo. Su sombra, a esa hora, era más grande que él. No sonreía. No enfadado, no contento; sólo sin la máscara para adultos. Me miró como si contara, y yo me imaginé números bajando por su frente.

—Ven —dijo.

No obedecí. La palabra "ven" pesó en el aire, cayó al suelo, y yo di un paso atrás. Pensé en el patio, en la cocina, en el ruido de la calle. Pensé en mi madre en la escalera, en mi padre con el vaso apoyado, en Manolo detrás de la barra. Pensé en correr. Mis piernas no sabían todavía si eran de correr.

—Vamos a ver unas cosas —dijo, con esa voz que no suena nunca en público—. Un juego. Sólo un momento.

Se acercó un paso. El suelo crujió de una manera que mi madre siempre notaba, pero no ahora. Olía a tabaco frío y a algo metálico, quizá el reloj. Yo miré la mesa, las sillas, la cortina. Todo estaba en su sitio, y, sin embargo, todo se había ido de su sitio.

—No —dije, y me sorprendió que saliera entera la palabra.

El desconocido inclinó la cabeza como si hubiera oído mal. Su mano se abrió en el aire, la palma hacia arriba, invitando. No grité. No me salía. El miedo me subió por la espalda como las manos cuando están frías. Me arrimé al aparador, a las fotografías que él contemplaba sin tocar. Mi abuela me miraba desde el blanco y negro con su moño alto y su cara de no dejar pasar tonterías. El desconocido dio otro paso.

—No —repetí, y esta vez fue más alto. O eso me pareció.

Entonces quiso sujetarme. No con un golpe, no a lo bruto: con esa manera de agarrar que finge que no aprieta. La muñeca, suave, "vamos", y yo, que no sabía pelear, me acordé de un gesto que había visto a mi primo: tiré hacia abajo y hacia atrás con todo mi peso de niño. La mano resbaló, el reloj chocó con el borde de la mesa, sonó un clic, una hebilla que se suelta, un gesto pequeño que el salón oyó con claridad. Aproveché el balanceo, me escurrí como un gato por debajo del brazo y salí al pasillo.

Corrí. Corrí hacia la puerta de la calle como si esa puerta fuera un cohete y yo supiera volar. Giré el pestillo a medias, me dolió el dedo, me importó poco. El desconocido me siguió a dos zancadas. No gritó mi nombre —no tenía—, no dijo nada. En el vestíbulo, con la luz apagada, sus pasos sonaban más que los míos. Abrí. El portón se atragantó como siempre en el mismo sitio. Empujé con el hombro, el hombro dolió, el portón cedió. Salí al rellano, escalera abajo como si fueran diez pisos y no dos.

En el primer tramo me encontré con mi madre, el molde en brazos.

—¿A dónde vas? —preguntó, sorprendida, asustada por el susto del hijo.

No supe qué decirle con palabras. Le señalé con el dedo índice hacia arriba. El desconocido estaba en el descansillo, la sombra detrás.

—Ha querido… —empecé. La frase se me desarmó en la boca.

Mi madre miró hacia él. Él se paró donde debía, con la postura correcta de las visitas que no suben ni bajan si no se les invita. Puso cara de no entender, la cara de los adultos en las comedias cuando les cae una maceta.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó mi padre desde abajo, que volvía con el vaso de anís pegado todavía a la mano de recuerdo.

—El niño ha bajado como un diablo —dijo mi madre, sin quitarme el molde de encima—. Dice que…

—Dice cosas —interrumpió el desconocido, con un tono que imitaba preocupación—. Nos hemos quedado un momento a solas y el pequeño… ya sabes. No ha querido enseñarme sus cromos. Se ha asustado.

"Se ha asustado" como diagnóstico, como sentencia que absuelve al que sentencia. Mi padre alzó una ceja. Miró al desconocido, me miró a mí. Yo asentía con todo el cuerpo a una frase que no tenía sitio: "quiso hacerme daño". Pero era una frase demasiado grande para mi boca de niño, y no cabía.

—Es muy reservado —añadió él—. No pasa nada.

No pasó nada, dijeron. Subimos, bajamos, nos dispersamos cada uno a lo suyo. "No pasa nada", repetían, y el "nada" hacía ruido en mí como hace ruido una piedra en un tarro. El desconocido se fue, con el abrigo en el antebrazo, el reloj torcido, el sombrero en su sitio. Cerró la puerta con suavidad. Mi madre me miró la muñeca: roja. Le puso un poco de agua, un beso de esos que curan si les dejas. No lloré. Tenía una bola en la garganta que no sabía disolverse.

—No exageres —dijo mi padre, queriendo ser justo—. Fulano es un buen hombre.

—No —dije, y esta vez sonó claro. Tenía la voz del que ha probado el hierro.

La casa siguió su trabajo como si no supiera de lo que hablan las paredes. Pero las cosas dejan señales. En la alfombra del salón, junto a la mesa, encontramos un botón pequeño, negro, con el hilo reventado. Mi madre lo recogió con sus dedos de costurera. Lo miró contra la luz. —Del abrigo de fulano —dijo, sin querer decir más. "Qué torpe", añadió, forzando una sonrisa, y guardó el botón en la cajita donde guarda todos los botones del mundo.

Por la noche me costó dormir. No por monstruos debajo de la cama, no por sombras en el armario. Por algo más pequeño y más insistente: un murmullo que me decía "no te confundas", "no le des nombre educado a lo que no lo tiene". Sentía la casa como a un animal grande que se hubiera sentado sobre nosotros para cuidarnos, y a la vez presentí que hay cuidados que no bastan. Recordé la cara de mi abuela en el marco del aparador. No dejaba pasar tonterías.

No me creyeron del todo. Me creyeron a medias, con la media fe que se reserva a las cosas que no encajan. Yo crecí con esa media fe en la nuca, como una mano que no aprieta pero pesa. Aprendí a escuchar los cerrojos y a abrir puertas hacia dentro. Aprendí a mirar de frente cuando algo huele a mala educación.

A veces, en silencio, saco del cajón la cajita de botones de mi madre. Allí sigue el botón negro, mudo como una piedra. Lo pongo en la palma de la mano y pesa más de lo que debería. Nadie sabe de quién es, menos yo. Luego lo devuelvo a su sitio, cierro la tapa, apago la luz y duermo.