martes, 2 de junio de 2026

Los minutos prestados

No iba a Fuentes de Nava para ver el eclipse. O al menos eso me dije durante todo el viaje. Fui a ver unas casas. Dicha así la frase parecía una simple cuestión inmobiliaria pero no lo era. Iba a Fuentes porque se acercaba mi jubilación como se acerca una estación al final de un viaje y me apetecía tener un refugio tranquilo donde pasar las últimas décadas de mi vida. Era una forma de encontrarme conmigo mismo, recuperar las raíces, -mi familia y mis antepasados habían vivido en aquellas calles de Fuentes durante generaciones-, y de rodearme de un entorno más cercano y humano que el de la gran ciudad. Había pasado allí los veranos de mi infancia, antes de que la familia se asentara en 1961 en Pamplona, y aún recordaba los interminables viajes en tren, Alsasua, Venta de Baños, Palencia, el autobús de Pose dejándonos en la calle Mayor al caer la tarde y los perros de la casa de mis abuelos ladrando antes de vernos llegar.

Me alojé en el hotel rural "La Estrella de Campos", junto a la iglesia de San Pedro y la plaza del Ayuntamiento. El nombre del hotelito no podía ser más exacto. Desde la ventana se veía la torre de la iglesia alzándose sobre el caserío con un señorío indiscutible, como un faro plantado en mitad de la llanura, una llanura que hoy no tiene mar, porque dejó de tenerlo hace mucho tiempo. Cuentan los viejos que la Nava era un inmenso mar interior de juncos lleno de aves, un mar de más de 3.500 hectáreas en las épocas más húmedas,  recuperado con mucha menor extensión hace unas décadas.

Aquella mañana había visto dos casas. Una tenía el portal vencido y un olor antiguo a yeso húmedo, a madera cansada, a cierres que llevaban años sin ser girados. La otra conservaba una puerta claveteada y un zaguán de esos que parecen hechos para que una voz pregunte desde dentro: “¿Quién anda ahí?”. En ambas me sorprendí buscando lo que no estaba en venta: un pasillo ascendente de baldosas rojas, una cocina con pila, un calendario de taco, una despensa donde habrían dormido tinajas, chorizos y algún dulce escondido por una abuela previsora. No buscaba una vivienda. Buscaba lugares que me recordasen, al menos en parte, aquellos felices días de mi infancia.

A media tarde el pueblo empezó a alterarse. No de golpe, sino poco a poco. Primero fueron dos hombres los que colocaron unas sillas junto a la plaza. Luego una familia con niños que llevaba gafas para el eclipse compradas por internet. Después unos forasteros con trípodes, cámaras fotográficas, filtros solares y esa solemnidad de quienes creen haber venido a capturar el universo. En los soportales se hablaba más alto de lo normal. Alguien decía que aquello iba a durar minuto y medio. Otro corregía: “Aquí algo más, aquí casi dos”. Una mujer mayor, sentada junto a la pared, zanjó la cuestión con la sabiduría seca de la Tierra de Campos:

—Pues como todo lo bueno, durará poco tiempo.

Salí del hotel con unas gafas de cartón en el bolsillo y una emoción rara. Había visto fotografías, mapas, simulaciones. Sabía que el sol estaría muy bajo, que el oeste debía estar despejado, que el cielo de Tierra de Campos era, probablemente, uno de los mejores escenarios posibles de España para ver una cosa así. Allí no había montañas que estorbasen la visión.

A eso de las ocho el cielo tenía una claridad dorada, tendida, inmensa. Ese cielo castellano anchísimo que no parece estar arriba, sino alrededor. Los tejados soportaban un calor viejo. Las fachadas de adobe y ladrillo parecían haber absorbido la tarde entera. Un vencejo cruzó la plaza con un grito breve, como si hubiera visto antes que nosotros lo que venía.

Me coloqué cerca de la plaza, mirando hacia donde el sol descendía, enorme, tranquilo, indiferente. Al principio no ocurrió nada que no esperáramos. La luna empezó a morderlo por un lado. La gente se pasaba las gafas, miraba, exclamaba, volvía a mirar. Los niños se impacientaban. Un perro ladró dos veces y luego se calló.

La luz comenzó a ponerse enferma. Y no era una metáfora. Se puso de un color que no era de tarde ni de noche. Las sombras se afilaban. La plaza, hace un instante familiar, empezó a parecer el decorado de sí misma. Vi la torre de San Pedro recortarse contra un cielo que ya no era de agosto, sino de una estación desconocida. El horizonte se encendió en una claridad de brasas, como si amaneciera y anocheciera por todos los puntos cardinales al mismo tiempo.

Apareció la corona. Un anillo blanco, espectral, temblando alrededor de un agujero negro. El aire se enfrió. Las aves desaparecieron. La oscuridad cayó sobre Fuentes como una mano. De los palomares de las afueras salió de pronto una nube de palomas, desconcertadas, dibujando círculos en aquel falso anochecer. Empezó a hacer frío en pleno agosto. Un murmullo recorrió la plaza. Entonces la plaza dejo de ser la plaza de ahora.

El disco negro me cegó y me transportó. Como si aquel sol tapado fuera una puerta y al cerrarse la luz se abriera otra cosa. El color que quedó en el aire no era el de la noche. Era el color de la memoria, aquel sepia tibio de las fotografías de la caja de hojalata. Y dentro de él, el pueblo se rejuveneció de golpe. Las fachadas recuperaron un encalado que yo no veía desde hacía más de cincuenta años. Volvieron las cortinas de cuentas en las puertas, el olor a pan, a corral, a requesón, a cagalitas de oveja..

Y volvieron ellos. No andando por la calle Mayor. Estaban ya allí, como si nunca se hubieran ido, como si el único que había faltado todos estos años fuera yo.

En un banco de piedra de la plaza estaba mi tía Socorro cerca de la cantina de mi abuelo. Llevaba un mandil mojado y sus manos olían a vino tinto y a Fanta de naranja. Me miró sin extrañeza, como se mira a un sobrino que llega tarde de un mandado.

—Anda, vete a casa —me dijo— que te está buscando tu padre para que vayas a comer

Crucé la plaza pero ya no era el hombre a punto de jubilarse. Era el niño de ocho años, con pantalón corto el último año que fui al pueblo, pero a la vez seguía siendo yo, las dos edades dentro del mismo cuerpo, sin que ninguna estorbara a la otra.

Baje por la calle de la Cárcaba y subí luego por la de Huertas hasta la casa de la abuela. En la cocina, mi madre. Mi madre, Cecilia, joven. Más joven que yo ahora, que es la crueldad más dulce que existe: descubrir que los padres fueron antes que tú,  jóvenes,  con toda la vida por delante. Estaba tarareando, como hacía casi siempre, una de aquellas canciones suyas, en aquel momento “Recuerdame”, aquella canción  que decía siempre su abuela Petra que tenía mucha miga.

Quise decirle muchas cosas. Las que uno deja sin decir porque cree que habrá tiempo, y luego no lo hay. Pero descubrí que en aquellos minutos no hacían falta. Me bastó con secar los vasos de cristal a su lado, con que me mandara poner la mesa, con oírla quejarse de que parecía que venía tormenta por Autillo. La ternura, cuando vuelve, no quiere discursos. Le basta con poder encargarse de tareas pequeñas.

Luego apareció mi hermano y mi padre mucho después que me preguntó

—¿Dónde has estado?. Has tardado.

Y allí todos a la mesa, con mi familia y mis abuelos era el más feliz del mundo. Para mí todo era nuevo y extraordinario.

De repente, en un abrir y cerrar de ojos, sentí una sacudida, una especie de vibración y sentí como dejaba aquel cuerpo mío de niño para entrar en el de un joven de diez y seis. Era de noche y había verbena pues eran las fiestas de San Agustín. La orquesta tocaba uno de aquellos pasodobles que entonces no podían faltar en ninguna fiesta y que a mí me sonó un poco a cachondeo viniendo de donde venía, de Pamplona, “Era un siete de julio cuando la ví…”. Estaban tocando nada menos que el pasodoble “No te vayas de Navarra”. La plaza olía a churros, buñuelos y petardos y estaba medio pueblo. A unos pasos estaba mirándome la chica, hija de una vecina, que me había presentado el día anterior mi tía en Autillo, con aquellas un tanto forzadas frases de emparejamiento que se suelen decir por los mayores en algunos casos ante la evidente turbación de ambos.

En el último viaje aterricé en mi cuerpo de treinta y cinco noviembres, como quien dice anteayer. Había ido con mi hermano a casa de mi tía Socorro y nos estábamos fotografiando junto a ellos a la entrada de su casa en el nº 12 de la calle San Miguel.

Por eso no me asusté cuando, fuera, en el otro mundo, el sol empezó a tardar. Porque lo supe sin que nadie me lo explicara: cada minuto que el sol se demoraba en volver era un minuto más que me regalaban en extraño aquel viaje en el tiempo, en aquella insólita transferencia a diferentes momentos de mi existencia. El eclipse total iba a durar minuto y medio, dijeron. Duró mucho más. Los forasteros miraban sus relojes parados con cara de espanto, y los astrónomos no daban crédito, y yo, dentro de la sombra, recibía aquellos minutos como quien recibe una limosna inesperada y la guarda sin contarla, por miedo a que se acabe. Pero las cosas buenas, ya lo había dicho la mujer de la pared, duran poco. Aunque duren más de la cuenta, duran poco.

Por el borde del sol negro saltó una aguja de fuego.

Mi tía levantó la vista hacia la luz que volvía. Mi madre dejó de tararear. Mi padre me apretó el hombro una última vez. No hubo despedida con palabras. Se fueron deshaciendo en la claridad como se borra el vaho en un cristal, sin dramatismo, con esa naturalidad con que suceden las cosas en estos pueblos de Tierra de Campos. La plaza recuperó los trípodes, los móviles, los forasteros aplaudiendo.

Yo estaba de pie en la plaza Calvo Sotelo, con las gafas de cartón en la mano, y un hombre a mi lado me preguntaba si me encontraba bien. Dije que sí. Era casi verdad.

Habían pasado, dijeron luego, diez minutos desde el inicio de la totalidad. Diez. Nadie supo explicarlo. Al día siguiente los periódicos hablaron de un error de medición, de una anomalía atmosférica, de ilusiones colectivas provocadas por la emoción del fenómeno. Un experto aseguró en televisión que la duración real había sido la prevista, que «la percepción del tiempo se altera en situaciones extraordinarias». Quizá tenía razón. Los expertos suelen tenerla en casi todo, salvo en lo que importa.

Yo no discutí. Yo sabía cuánto había durado. Había durado una infancia entera y una adolescencia y un último regreso fugaz. Había durado lo que tardé en secar los vasos junto a mi madre, lo que duró una canción de verbena o la apertura del diafragma de una cámara de fotos.

Esta mañana volví a una de las casas, la de la puerta claveteada. El agente inmobiliario abrió y una corriente fresca recorrió el zaguán. Olía a cerrado, sí, pero también a pan y a barro y a ropa secada al sol. En la pared del fondo, donde el día anterior no había nada, colgaba un calendario de taco. Marcaba el doce de agosto. Quise arrancar la hoja por curiosidad y no pude. Estaba pegada al tiempo.

—Tiene bastante que reformar —dijo el agente—. Entonces ¿Le interesa?

Salí un momento al umbral. La torre de San Pedro brillaba bajo el sol normal de la mañana. Normal, sí. Pero yo ya sabía que ningún sol vuelve del todo igual después de haberte prestado a tus muertos por unos minutos.

Me interesaba. Claro que me interesaba.

No por la casa, que tendría que reformar entera. Sino porque había entendido una cosa sencilla y un poco terrible: que aquel eclipse no había sido un fenómeno, sino una especie de máquina del tiempo; que cada cierto número de años el cielo abre una rendija y, por ella, durante unos minutos prestados, podemos volver a tener sitio a la mesa de los nuestros. No habrá otro eclipse  total sobre este pueblo en lo que me quede de vida. Lo sé. Pero la casa está al lado de la plaza. Y uno quiere estar cerca del sitio donde, una tarde de agosto, le devolvieron por un rato todo lo que creía haber perdido.

Mire el cielo inmenso de la Tierra de Campos. Y por primera vez en muchos años ya no pensé en volver al pueblo. Pensé en quedarme para siempre.
 
Fuentes de Nava, 13 de agosto de 2026

viernes, 29 de mayo de 2026

Al otro lado de la puerta

Este relato es el reverso de la "La puerta entreabierta". Está narrado desde las perspectiva de mis ancianos padres,  fallecidos entre el 13 de abril de 2013 y el 8 de abril de 2014.

 I. Ella

Yo no estaba ausente. Conviene decirlo desde el principio, porque los vivos se equivocan mucho con los cuerpos que dejan de obedecer. Ven una mano quieta y creen que no siente. Ven una boca cerrada y piensan que no tiene nada que decir. Ven unos ojos cansados, fijos en un punto cualquiera de la habitación, y suponen que una parte de la persona se ha marchado antes de tiempo, como si el alma, impaciente o cobarde, hubiera abandonado la casa dejando las luces encendidas.

No es así. Yo estaba allí. Estuve allí todos aquellos años, encerrada en un cuerpo que ya no sabía responderme, pero no en la oscuridad. No, exactamente. Había días de niebla, claro. Días en que el mundo se reducía al peso de una sábana, al movimiento lento de una cortina, a la luz que entraba por la ventana y se iba desplazando por la pared con una paciencia que a veces me parecía cruel. Pero también estaban ellos: Mis hijos, sus pasos, sus voces, sus manos.

El cuerpo se me había convertido en una especie de prisión. Una habitación sin puertas por dentro en la que a veces tenía miedo de perderme a mi misma. Yo quería incorporarme y no podía. Quería decir que no se preocuparan, que no hacía falta recolocar la almohada otra vez, que así estaba bien. Quería decir muchas cosas sencillas,  de esas que antes no se pensaban porque salían solas: tengo sed, apaga un poco la luz, qué hora es, qué tal has dormido, siéntate un rato, hijo. Pero las palabras se quedaban dentro porque sencillamente no me salían, no encontraban el camino. Algunas veces me parecía que las palabras no desaparecen del todo incluso cuando no pueden pronunciarse. Se amontonan. Se te  quedan pegadas al pecho, a la garganta, a los labios inmóviles, esperando una ocasión que  nunca llega. Sabes lo que quieres decir pero no lo puedes decir, no encuentras la palabra. Yo viví rodeada de palabras que nadie oyó. Y, sin embargo, no fue una vida vacía la del final de mis días. Fue pequeña,  estrecha, repetida, pero no vacía.

Porque ellos me cuidaban. Y eso, desde dentro de una enfermedad larga, se siente de una forma que los sanos no pueden imaginar. Se siente en la forma en que alguien te tapa los pies antes de salir de la habitación. En el modo en que una mano se detiene un segundo más sobre el embozo de tu cama. En la cuchara que te acercan despacio, midiendo tu ritmo y tu cansancio. En la voz que aparenta normalidad para no contagiarte miedo. En la torpeza de quien no sabe qué decir, pero se queda. Sobre todo en eso: en quedarse contigo.

Mis hijos se quedaron. Los vi envejecer a mi alrededor sin que ellos lo notaran. No hablo de canas, ni de arrugas, que también. Hablo de otra edad. Una edad interior. La de quienes aprenden  a sacrificarse por amor  y aprenden también que hay ternuras hechas de horarios, medicinas, sillas, salas de espera,  noches sin dormir y silencios.

A veces los oía hablar en voz baja creyendo que yo no entendía. Cuando estaba en el hospital me protegían de las noticias,  los diagnósticos y  sus propias dudas. Hacían bien. O quizá no. No importa ya. Los vivos actúan con la información que tienen y con el miedo que pueden soportar. Yo los escuchaba y, aunque mi cara no cambiara, a veces querría haber dicho: Estoy aquí, no os preocupéis.

Nadie me oyó.

O tal vez sí. A su manera. Porque también existe una forma de escuchar que no pasa por los oídos. Ellos aprendieron a leerme una respiración, un parpadeo, una rigidez inesperada, una calma, un rictus de dolor. Yo aprendí a quererlos sin gestos. Parece imposible, pero no lo es. Cuando el cuerpo se apaga por partes, el amor busca otros caminos. Y los encuentra, siempre los encuentra.

Mi mundo fue reduciéndose durante años. Primero dejaron de existir las calles, luego las conversaciones largas, más tarde, los gestos útiles. Al final quedaban la habitación, la cama, los sonidos de la casa y esa frontera cada vez más delgada entre el sueño y la memoria. Las cosas antiguas regresaban con mucha facilidad a mi cabeza como cuando mis hijos me ponían una canción de mi juventud. No regresaban, curiosamente los grandes acontecimientos. Volvían detalles pequeños: el baile del pueblo, la casa donde nací, mi primera casa tras casarme, los nacimientos de mis hijos,  la cara de mis padres y hermanos.

Al principio ellos aparecieron como aparecen los muertos en la memoria: sin avisar, sin permiso, mezclados con otros recuerdos. Unas semanas antes vino mi hermano menor. No venía entero, sino en fragmentos: una imagen, un gesto. Yo no sabía si lo estaba recordando o si él, desde algún lugar, se estaba acordando de mí. Luego, cuando la neumonía entró en mi pecho y el hospital volvió a ser durante unos días mi casa provisional,  empezó a acercarse más.

Recuerdo el último ingreso. La habitación olía a limpio y a enfermedad. Hay un olor propio en los hospitales, un olor que pretende borrar la muerte y por eso la delata. Mis hijos entraban y salían. Había máquinas cerca, sonido de pasos en el pasillo, puertas que se abrían con un suspiro. Yo respiraba con dificultad. El aire, que siempre había estado ahí, gratuito y obediente, se convirtió de pronto en una esforzada tarea.

Respirar era como subir una cuesta. Cada bocanada exigía una voluntad que yo ya no sabía de dónde sacar. Pero no estaba desesperada. Eso puede parecer extraño. Tenía miedo, sí, aunque no siempre. Más que miedo sentía cansancio. Un cansancio antiguo, acumulado, como si todos los años de dependencia se hubieran sentado al borde de mi cama y esperasen conmigo.

Mis hijos se turnaban en el hospital para cuidarme. Yo los veía desde mi cuerpo y desde un poco más lejos. No sé cuándo empezó esa distancia. Tal vez antes de morir uno ya empieza a apartarse unos centímetros de sí mismo. Todavía estás en la cama, todavía te duelen las cosas, todavía oyes tu nombre, pero algo en ti se ha puesto de pie y mira la escena con una ternura inmensa.

Entonces en aquellos últimos días volví a ver a mi hermano pequeño que ignoraba había fallecido pues  me lo habían ocultado para que no sufriera. No fue una aparición como las que cuentan los libros. No hubo luz, ni música, ni puerta abierta al final de un túnel. Fue más sencillo y por eso más verdadero. Estaba allí como quien ha venido a buscarte después de una larga espera. No tenía exactamente la edad que tuvo al morir, ni la de nuestra infancia, ni la de las fotografías. Tenía todas. Era mi hermano y el recuerdo que tenía de él.

—Ya está —pareció decirme.

No sé si lo dijo. En aquel lugar donde él estaba, las palabras no hacían falta de la misma manera. Yo miré a mis hijos. Quise decirles que no se asustaran. Que el cuerpo se quedaba, sí, pero yo no estaba cayendo en un agujero. Que no me soltaran todavía, pero que no intentaran retenerme demasiado. Quise decirles que me habían cuidado bien, más que bien. Que ningún amor había sido inútil, aunque algunos días hubieran terminado con lágrimas escondidas o con ese cansancio que acompaña a quienes nunca se permiten descansar. Quise decírselo todo, pero no pude.

La última respiración no fue como yo había imaginado. Durante la vida uno cree que morir será un acto solemne, una frase final, una mirada definitiva. Pero a veces es apenas una rendición. El cuerpo deja de insistir. El pecho ya no sube. El aire no entra. Y, de pronto, el dolor se queda atrás con una naturalidad que desconcierta.

Yo seguía allí. Solo que ya no estaba dentro.

Vi mi cuerpo en la cama. Lo vi pequeño, gastado, querido. Vi a mis hijos inclinarse, en diferentes momentos de aquella tarde de sábado,  sobre mí, con esa incredulidad terrible que tienen los vivos ante un muerto reciente. Un minuto antes todavía era una madre enferma. Un minuto después era un cuerpo. Esa transformación, para quien la contempla desde el otro lado, resulta casi insoportable. No por una misma, sino por ellos.

Ellos lloraban por mí. Pero también lloraban por los años anteriores, por la madre que habían ido perdiendo poco a poco, despacio, por la madre que recordaban andando, hablando, haciendo cosas en la casa, riñéndoles quizás, llamándoles desde la cocina, ocupando la casa con esa presencia que una solo entiende cuando ya no está. Lloraban por la mujer que fui y por la que no pude seguir siendo.

Mi familia me esperaba. Pero yo todavía no quería irme.

Hay un momento, después de morir, en que uno descubre que la vida no se termina de golpe. Se termina para el cuerpo. Para los demás. Para los papeles, los médicos, las llamadas, el pésame, la ropa que hay que recoger. Pero la conciencia queda un tiempo suspendida alrededor de lo amado. Al menos a mí me ocurrió así. La casa tiraba de mí. Mis hijos tiraban de mí. Mi marido tiraba de mí también, aunque él estaba todavía del lado de los vivos.

Sobre todo él.

Lo vi después, muchas veces, desde esa cercanía nueva y extraña. Lo vi solo de una manera que quizá los demás no siempre pudieron ver. La viudez empezó en él como una habitación sin ventanas. Había perdido a su compañera, pero durante mucho tiempo, en realidad, ya me había ido perdiendo por tramos. En aquellos momento sentí que estaba como anestesiado.

Yo intenté acercarme. No sabía cómo. Tocaba las cosas sin tocarlas. Rozaba el aire. Permanecía en los lugares donde antes había estado mi cuerpo. A veces una puerta quedaba mal cerrada,  una madera crujía, o alguien sentía una presencia y se quedaba quieto, escuchando.

Era yo. O lo que quedaba de mí antes de aprender a alejarme.

II. Él

Yo empecé a morirme en febrero. No el ocho de abril, cuando dejé de respirar mientras dormía. Ese fue el último gesto, el cierre, la firma puesta al final de una página que llevaba semanas escribiéndose sola. Mi muerte verdadera comenzó aquella mañana en que algo dentro de mi cabeza se rompió con estrépito y el mundo, de pronto, perdió su  equilibrio. Me afectó al cuerpo y a la palabra.

No sé qué fue peor.

El cuerpo se volvió torpe, extranjero, como si alguien me lo hubiera cambiado durante la noche por otro parecido pero mal ajustado. Las manos no me obedecían del todo al principio. Los movimientos se desviaban. La realidad parecía inclinarse. Pero la palabra… la palabra fue otra cosa. La palabra se me quedó atrapada dentro de mí como un pájaro golpeándose contra los cristales. De mi boca tan solo salía un balbuceo ininteligible.

Yo entendía todo. Eso quiero dejarlo claro. Entendía muchas cosas. Entendía las caras de mis hijos, aunque procuraran suavizarlas. Entendía el tono de los médicos. Sentía que entraba y salía del hospital con el cuerpo cada vez más cansado y que todos fingían una esperanza razonable porque sin esperanza no se puede estar sentado junto a una cama. Entendía mi nombre cuando lo pronunciaban. Entendía las preguntas.

Lo que no podía era contestar.

Nada humilla tanto como conservar por dentro la frase exacta y no poder sacarla. Quería decir: estoy aquí, no habléis como si no os oyera, no tengáis miedo, o tenedlo, pero no lo escondáis tanto. Quería decir el nombre de vuestra madre. Sobre todo eso,  recuerdo que en algún momento de aquellos dos meses milagrosamente  lo logré verbalizar.

Su nombre me venía continuamente. No siempre como recuerdo. A veces como necesidad. Había muerto el año anterior y, sin embargo, en aquellos últimos días yo la sentía más cerca que durante los muchos meses de duelo. Los vivos tienen una idea muy rígida del tiempo. Creen que un año es un año, que una muerte queda atrás porque el calendario avanza, que abril de un año sustituye a abril del siguiente. No es así. El corazón no cuenta bien. La memoria tampoco.

Para mí es como si ella estuviese en la habitación contigua,  hubiese salido un momento y tardase demasiado en volver. En los hospitales pensaba en ella con una insistencia que no era del todo voluntaria. Su imagen se mezclaba con las luces blancas, las batas, el sonido de las ruedas en los pasillos. A veces, al despertar, creía que iba a verla junto a mi cama, cuando durante muchos años había sido al revés. No estaba. O quizá sí. Yo no tenía forma de decirlo.

Mis hijos venían. Con ese cansancio acumulado que tienen las familias cuando la enfermedad rompe el calendario y lo llena todo de avisos, ingresos, esperas, llamadas, pruebas, regresos y nuevas alarmas. Los miraba y me dolía su preocupación pero era mucho mayor el miedo que tenía a quedarme solo, a sufrir solo y por supuesto a morirme solo aunque realmente esto es lo único que hacemos solos. Qué cosa más extraña: a pesar de que a uno le queden pocos años de vida, uno nunca se acostumbra a la idea. El instinto de conservación es sin duda uno de los más fuertes que tenemos.

A veces uno de ellos se inclinaba hacia mí y me hablaba despacio, como si las palabras, pronunciadas con más cuidado, pudieran encontrar el camino de vuelta. Yo intentaba responder. En mi cabeza las frases estaban enteras. Pero tan solo farfullaba. Me enfadaba el que no me pudieran entender. La boca no me acompañaba. Mi cuerpo era una casa saqueada; yo seguía viviendo dentro, pero habían arrancado las escaleras. En mi interior tenía un amargo sentimiento de miedo, impotencia y rabia por la incomunicación a la que me veía condenado.

La enfermedad tiene mucho de destierro. No te expulsa del mundo de una vez. Te va alejando de tus costumbres, de tu autoridad, de tu manera de ocupar la mesa, de tus pequeños mandos diarios. Primero otros deciden por ti cosas mínimas. Luego cosas importantes. Al final hablan alrededor de tu cama con cariño y prudencia, y tú comprendes que ya eres el centro de una conversación en la que apenas puedes participar.

La noche del ocho de abril no tuvo grandeza. La muerte, cuando se acerca de verdad, a menudo abandona todo teatro. Yo dormía. O eso parecía. Dentro de mí, sin embargo, había una actividad extraña, una especie de retirada silenciosa. Como si muchas personas estuvieran desmontando una casa a oscuras para no despertar a nadie.

Respiraba mal. Lo sé porque lo oía desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. Esto es difícil de explicar con palabras de vivo. Había un ruido en mi garganta, un esfuerzo  profundo por respirar, que alarmó a mi hijo. Él intentó despertarme de aquellos estertores. Me llamó, primero con cautela, luego con miedo. Después con una voz que ya no era del todo la suya, sino la de todos los hijos cuando descubren que el padre está a punto de cruzar una raya que ellos no pueden cruzar.

Yo quise abrir los ojos. Tal vez los abrí. No los del cuerpo.

Lo vi inclinado sobre mí. Vi su urgencia, su incredulidad, su resistencia absurda y hermosa. Quería traerme de vuelta con la voz, como si llamarme bastara. Durante la vida los padres despiertan a los hijos muchas veces: para ir al colegio, para salir de un mal sueño, para recordarles que se hace tarde. Aquella noche mi hijo intentaba despertarme a mí. Y yo, que lo oía, no podía obedecerlo.

No sufrí como él creyó. Eso me gustaría que lo supiera.

El cuerpo sufría, quizá. El cuerpo hacía su ruido final, su trabajo torpe, su despedida biológica. Pero yo ya estaba empezando a separarme. No hacia arriba, ni hacia un lugar concreto. Más bien hacia afuera. Me desprendía despacio de la carne, de la cama, del pecho que subía cada vez menos, de la boca incapaz de hablar, de aquellas manos que habían sido mías durante tantos años.

Y entonces la vi. A ella. A vuestra madre. No entró por la puerta. No apareció como aparecen los vivos. Simplemente estaba. Como si siempre hubiera estado allí, esperando el momento en que yo pudiera mirarla con los ojos adecuados. No venía joven ni vieja. Venía entera. Traía en sí todas las edades de nuestra vida en común: la muchacha que fue, la mujer que sostuvo la casa, la enferma que yo había visto apagarse durante años, la muerta que yo había echado de menos sin saber ya cómo decirlo.

No dijo nada. No hizo falta.

Mi hijo seguía llamándome. Yo seguía queriendo responder.

Pero la respuesta ya no pertenecía al aire de aquella habitación. Mi última respiración salió o no salió, eso lo vieron ellos. Para mí fue más bien una puerta que cedía. No se abrió con violencia. No hubo golpe. Solo una resistencia vencida. Un lado y otro. Antes y después.

Y, de pronto, vi mi cuerpo. Qué extraño es verse muerto.

No produce horror al principio. Produce un total desconcierto. Ese hombre de la cama era yo y ya no era yo. Tenía mi cara, mi desgaste, mi historia escrita en la frente, pero yo estaba a un lado, ligero y torpe, sin saber qué hacer con esta recién estrenada libertad. Durante dos meses mi cuerpo me había retenido en una cárcel de silencio. Ahora el silencio se había roto, pero nadie podía oírme.

—Estoy bien —dije. Creo que lo dije. Pero nadie levantó la cabeza.

Mi hijo lloraba. O contenía el llanto. A veces los hombres  lloran por dentro, como si algo se les hubiera agrietado en una zona no visible. Yo lo vi derrumbarse aunque siguiera de pie.

La casa se llenó de una tristeza densa. Y yo no podía consolar a nadie.

Eso fue lo peor de la muerte. No dejar de vivir. No ver mi cuerpo. No comprender que ya no volvería a sentarme a la mesa ni a tocar las cosas con mis manos. Lo peor fue estar al lado de mis hijos y no poder ponerles una mano en el hombro. Haber recuperado, por fin, una voz interior limpia y que esa voz no atravesara el mundo.

III. La casa

Durante un tiempo no nos fuimos. Ella ya sabía más que yo de aquella otra forma de estar. Había aprendido a acercarse sin asustar, a dejar una impresión leve, a rozar los lugares queridos sin quedar atrapada del todo. Yo, en cambio, era torpe. Un recién muerto es casi un niño. Quiere tocar y no sabe. Quiere hablar y mueve apenas el aire. Quiere permanecer en la casa, pero la casa ya no le pertenece de la misma manera.

Nos quedamos cerca de los hijos. No siempre juntos, no siempre visibles el uno para el otro como los vivos entienden la presencia. Pero estábamos. Yo la sentía. Ella me guiaba a veces. Otras veces era yo quien me resistía, aferrado a una silla, a un marco, al borde de la cama donde mi cuerpo había dejado su última forma.

Vinieron a llevárselo. Mi cuerpo. Digo “mi cuerpo” porque todavía no sabía llamarlo de otra manera. Yo miraba. Ella también.

Cuando sacaron mi cuerpo de la casa sentí un tirón brusco. No era dolor físico, desde luego. Era algo más parecido a la nostalgia, pero una nostalgia inmediata, recién nacida. Yo me había pasado la vida entrando y saliendo por aquella puerta, sin darle importancia, para ir a trabajar a la fábrica, para volver a las cinco de la tarde tras una jornada de  trabajo. Aquel día, al verme salir sin moverme, comprendí que una casa no es un lugar. Es una suma de repeticiones. La taza siempre en el mismo sitio. La chaqueta colgada en el perchero. La voz que pregunta desde el pasillo. El ruido de una llave antes de entrar por la puerta. 

Los hijos se quedaron dentro. Y allí empezó su verdadera orfandad. No comienza cuando morimos. No exactamente. La orfandad comienza después, cuando la casa se calla y nadie sabe qué hacer con las cosas. Mientras hay médicos, llamadas, gestiones, pésames, funerales y trámites, el dolor tiene ocupaciones. Va de un sitio a otro con papeles en la mano. Pero luego llega una tarde cualquiera. Una tarde sin solemnidad. Y alguien abre un armario y ve tu ropa o tus zapatillas. Entonces la muerte, que parecía un acontecimiento, se convierte en una  presencia doméstica.

Los vimos pasar por eso. No todo a la vez. El tiempo, al otro lado, no corre igual.

Para ellos transcurrían horas, días, semanas. Para nosotros, a veces, todo sucedía en una sola mirada. Un hijo salía de la habitación y regresaba más viejo. Una noche se abría y, al cerrarse, ya había pasado un mes. El calendario de los vivos nos llegaba como la luz de una estrella lejana: sabíamos que estaba ahí, pero no siempre coincidía con nuestro presente.

Ese desfase dolía. Porque nosotros seguíamos cerca de una despedida que para ellos tenía que empezar a alejarse. Ellos necesitaban sobrevivirnos. Nosotros necesitábamos permitirlo.

Pero antes hicimos ruido. No para asustar. Nunca para asustar. Los ruidos de los muebles fueron nuestros intentos de hablar con una materia que ya no nos reconocía. Yo empujé apenas cuatro horas después de mi muerte el aire hacia un armario y la madera respondía con un crujido. A veces una puerta quedaba entreabierta. A veces, en la noche, la casa pronunciaba esos golpes secos que los vivos escuchan conteniendo la respiración.

Éramos nosotros. O nuestro deseo de seguir siendo nosotros.

Recuerdo una noche en especial. La habitación estaba vacía y, sin embargo, llena de todo. Las cosas conservan memoria durante un tiempo. La cama recordaba mi peso. La pared recordaba las sombras. Quise llegar hasta mi  hijo mayor, el que dormía en la antigua cama desde la que durante tanto tiempo había vigilado mi sueño. Lo vi hundido en un cansancio que no era sueño del todo, sino derrota. Dormía como duermen los que han pasado años pendientes de que otro respire: con el cuerpo vencido y una parte del alma todavía en guardia.

Me acerqué a él. No sabía si quería despertarlo o protegerlo. Quizá las dos cosas. Durante la vida había habido entre nosotros gestos bruscos, bromas secas, llamadas de atención que escondían más preocupación que enfado. Los padres no siempre sabemos acariciar con suavidad. A veces empujamos. A veces levantamos la voz. A veces lanzamos al aire una torpeza que, por dentro, solo quiere decir: mírame, sigo aquí, no te duermas, hazme caso, estoy aquí…

Sobre la cama quedaba una almohada.

Era un objeto cualquiera, blanco, blando, doméstico. Precisamente por eso me atrajo. No una señal grandiosa. No una lámpara encendiéndose sola, ni una sombra atravesando la pared. Una almohada. Algo que había recibido cabezas enfermas, desvelos, respiraciones difíciles, noches de hospital imaginadas antes de que llegaran, el peso humilde de una casa rendida.

Quise moverla. No pude tocarla como se tocan las cosas cuando se está vivo, pero mi deseo la alcanzó de algún modo. O quizá no la alcanzó y fue el sueño de mi hijo el que puso forma a mi intento. Eso tampoco lo sé. Al otro lado, los hechos no siempre tienen bordes nítidos.

En su sueño, la almohada salió despedida desde la antigua cama.

Él la sintió venir por detrás, como una reprimenda, como una sacudida, como si yo, cabreado ante su sueño indolente, quisiera despertarlo de golpe. Me dolió que pudiera entenderlo así, aunque también sonreí con una ternura que ya no tenía labios. Porque algo de mí había en ese gesto torpe. No la rabia. No exactamente. Más bien esa forma mía de llamar su atención, para hacerle ver que yo estaba allí, que necesitaba de su atención y de sus cuidados como había hecho siempre.

Él se sobresaltó en el sueño, y durante un instante la habitación pareció recuperar todos sus cuerpos: el suyo, el mío, el de su hermano, el de vuestra madre, la familia entera reunida alrededor de una almohada imposible. Después solo quedó el silencio. Pero el silencio ya no estaba vacío.

Los sueños fueron otra puerta. A través de ellos resultaba más fácil acercarse. No porque el sueño sea mentira, sino porque los vivos, cuando sueñan, dejan de vigilar el mundo con tanta severidad. Aflojan la razón. Abren habitaciones interiores. Allí podíamos presentarnos de otra manera, no como cuerpos, no como fantasmas, sino como presencias reconocibles. Una mirada. Una frase. Una escena imposible que al despertar conserva, sin embargo, una verdad que no se puede discutir.

Ella visitó primero sus sueños. Tenía más paciencia. Yo tardé. Quizá porque aún estaba aprendiendo a no querer volver con demasiada fuerza. La muerte no purifica de golpe. Uno se lleva sus costumbres, sus miedos, incluso su carácter. Yo seguía empeñado en hacerme entender, como durante los dos meses de silencio. Qué ironía. Había pasado mis últimas semanas queriendo hablar desde un cuerpo que no respondía, y ahora quería hablar desde una ausencia que tampoco encontraba boca.

Poco a poco comprendí. La voz no siempre necesita sonido.

A veces queda en quienes nos amaron. En una frase tuya que repiten sin darse cuenta. En una manera de colocar las manos. En una manía heredada. En un gesto ante la mesa. En el modo en que alguien cuenta una historia familiar y, al contarla, nos devuelve un instante al mundo.

Nosotros estábamos en ellos. No como metáfora. No solo como recuerdo. Habíamos pasado a formar parte de su manera de mirar. Eso era permanecer, aunque no fuera lo que al principio deseábamos. Yo quería la presencia completa, la silla ocupada, la conversación posible. Ella, que había vivido más tiempo prisionera de un cuerpo, entendió antes la libertad de ser de otra forma.

—Déjales —me dijo.

—Se quedan solos.

—Se quedan vivos.

Era distinto. Y tenía razón.

La casa fue perdiendo nuestra temperatura. No de golpe. Ninguna ausencia se enfría de golpe. Durante un tiempo, los objetos siguen llamando a sus dueños. Luego se resignan. Cambian de sitio. Se guardan. Se tiran algunos. Otros permanecen por razones que nadie sabe explicar. Los vivos creen que deciden qué conservar y qué no, pero muchas veces son las cosas las que eligen quedarse.

Nosotros también teníamos que elegir.

El hermano de mi esposa  venía a veces, también mi hermana del pueblo, quizás ellos y no otros familiares porque habían sido los últimos en irse.  Venían desde una claridad sin forma y esperaban sin prisa. Otros estaban también, aunque no siempre distinguíamos sus rostros. La muerte no era una reunión familiar, pero tampoco era soledad. Había una corriente. Algo que llamaba. No con urgencia. Con una paciencia enorme, casi mineral.

Yo miraba a mis hijos y el mundo me parecía todavía demasiado mío.

Ella miraba conmigo.

—Volveremos a verlos —dijo.

—¿Cuándo?

No respondió enseguida.

—Al otro lado, el cuándo es una palabra pobre.

Los vivos viven dentro del tiempo como dentro de una calle estrecha: un paso detrás de otro, una fecha después de otra fecha, una pérdida tras otra pérdida. Nosotros empezábamos a sentir otra amplitud. Allí un año podía plegarse como una sábana. Un minuto podía contener una infancia. El futuro no estaba delante ni el pasado detrás. Todo funcionaba de otra manera.

Por eso, quizá, podíamos ver a nuestros hijos en varios momentos a la vez. Niños todavía. Adultos cansados. Huérfanos recientes. Personas que hablarían de nosotros con naturalidad, sin que el llanto acudiera siempre a la garganta. Eso nos consoló.

Al principio me dolía que pudieran acostumbrarse. Luego comprendí que esa era precisamente nuestra salvación. Que se acostumbraran no significaba que nos olvidaran. Significaba que la vida, testaruda y misericordiosa, les abría de nuevo las ventanas.

IV. El viaje

Nos alejamos una noche que no sé fechar. Para ellos quizá fue una noche cualquiera. Tal vez llovía. Tal vez no. Quizá uno de mis hijos dormía mal y el otro estaba, como siempre, ocupado en asuntos de trabajo muy concretos, de esos que la vida  coloca encima de la mesa cada día incluso cuando el corazón preferiría quedarse en los cementerios. La existencia continúa con una falta de delicadeza que, vista desde el otro lado, acaba pareciendo compasión.

Nos alejamos sin movernos. La casa quedó debajo, o detrás, o dentro. No encuentro la palabra. Primero vimos el tejado, la calle, la ciudad extendida en la oscuridad. Las luces parecían brasas. Los ríos, venas lentas. Las carreteras, hilos encendidos. Luego la tierra se curvó, azul y silenciosa, suspendida en una inmensa negrura que no daba miedo.

Yo pensé en mis hijos. Ella también. O quizá ya no pensábamos. Los llevábamos con nosotros de otro modo, como se lleva el calor de una mano después de haberla soltado. El amor no nos ataba a la casa, pero tampoco se rompía. Se transformaba en una especie de orientación. Donde ellos estaban, algo en nosotros sabía mirar.

Atravesamos espacios que no puedo describir adecuadamente. Había luz, pero no una luz que viniera de ninguna lámpara. Había voces, aunque no pertenecían a gargantas. Había memoria, pero no pesaba. Yo vi escenas de mi vida pasar no como una película, sino como agua. La infancia, el trabajo, los días ordinarios, los errores, los enfados inútiles, los momentos en que amé mal por cansancio o por torpeza, los momentos en que fui amado sin merecerlo del todo. Nada se juzgaba con severidad, pero todo se veía. Esa era la verdadera desnudez.

Ella vio también. Vi sus años de dependencia desde dentro de ella, y entonces comprendí cosas que en vida apenas había rozado. Comprendí la paciencia de su silencio. La profundidad de su encierro. La forma en que había sentido cada cuidado, cada visita, cada pequeño gesto. Comprendí que incluso en sus años más inmóviles había seguido siendo ella con una intensidad que los demás no siempre supimos ver ni alcanzar.

Ella, a su vez, vio mis dos últimos meses. Vio mis frases atrapadas. Mi rabia. Mi miedo. Mi deseo de nombrarla. Y al verlo me tomó de la mano, aunque ya no teníamos manos como antes.

—Ahora puedes hablar —me dijo.

Y era verdad. Pero cuando por fin pude hablar, descubrí que ya no necesitaba decir tantas cosas.

Seguimos. El universo no era vacío. Estaba lleno de pasadizos invisibles, de nacimientos, de finales, de materia soñando formas nuevas. Las estrellas no eran puntos lejanos, sino el escenario de grandes transformaciones. Todo moría y nacía sin cesar, y ninguna muerte parecía aislada. Una hoja, un animal, una madre, un padre, una estrella agotada, un niño que aún no había abierto los ojos: todo pertenecía al mismo movimiento.

No sé cuánto duró aquel viaje. Quizá un segundo.  Quizá siglos.

Mientras tanto, en el mundo de nuestros hijos, los días siguieron cayendo uno detrás de otro. Hubo mañanas de trabajo, comidas sin nosotros, fechas señaladas, fotografías recuperadas, conversaciones en las que nuestros nombres aparecieron de pronto. Hubo tristeza, sí, pero también risa. Eso nos alegró más de lo que ellos habrían imaginado. Los muertos no quieren que los vivos sean fieles al dolor. Quieren que sean fieles al amor. Y el amor, cuando es verdadero, acaba permitiendo la alegría.

Llegó un momento en que la puerta ya no estaba.

La puerta entreabierta, aquella rendija por la que nosotros mirábamos y ellos presentían, fue dejando de ser necesaria. No se cerró con violencia. No hubo despedida definitiva. Simplemente cambió de forma. Dejó de estar en la casa y pasó a estar en ellos. En sus sueños. En sus relatos. En la memoria que se transmite sin saberlo. En la frase escrita años después para intentar comprender lo que ninguna razón alcanza.

Entonces supimos que podíamos irnos.

Otros familiares nos esperaban más adelante, o más adentro.  Y, más allá de ellos, algo todavía más vasto nos llamaba. No era un lugar de descanso eterno en el sentido que los vivos imaginan. Era una especie de  tránsito, de transformación. Una espera activa. Una corriente hacia otra forma de vida. Yo tuve miedo de olvidar.

—No se olvida —dijo ella.

—¿Y si nos vamos demasiado lejos?

—Nada que ha sido amado queda lejos del todo.

No sé si eso era consuelo o conocimiento. Al otro lado, ambas cosas se parecen.

Antes de cruzar hacia esa nueva claridad miré una vez más. Vi a mis hijos no como los había dejado la noche del ocho de abril, sino como eran y serían: vulnerables, tercos, heridos, capaces de salir adelante. Vi su soledad, pero también la red invisible que los sostenía. Vi que hablaban de nosotros. Vi que a veces dudaban. Vi que una madera crujía en su memoria y todavía levantaban la cabeza.

Quise decirles una última cosa. No sé si llegó. Quizá les llegó como sueño. Quizá como escalofrío. Quizá como una paz repentina en medio de una tarde sin explicación. Quizá como una frase escrita muchos años después.

Les dije que no habíamos sufrido tanto como temían, que su cuidado no se había perdido, que la muerte no había borrado la casa, ni las manos, ni las voces, ni el amor puesto en cada día difícil.

Les dije que no buscaran pruebas, pero que tampoco despreciaran las señales. Les dije que vivieran.

Después nos dejamos llevar. No hacia la nada. Hacia otra dimensión.

Y mientras el mundo de los vivos seguía girando con sus relojes, sus hospitales, sus habitaciones vacías y sus puertas mal cerradas, nosotros entramos en un tiempo distinto, ancho como el cielo, breve como un parpadeo. Un tiempo donde dos meses pueden ser una vida entera y una vida entera apenas el prólogo de algo que empieza.

No sé cuándo volveré. Ni sé si, al volver, recordaré esta casa, estos hijos, aquella última noche, el nombre de mi mujer,  la madera crujiendo en la oscuridad.

Pero algo quedará. Algo queda siempre.

Tal vez una inclinación inexplicable hacia ciertas calles. Tal vez una tristeza antigua al oír una puerta entornada. Tal vez una ternura sin dueño. Tal vez, en otro cuerpo y en otro tiempo, una criatura abra los ojos por primera vez y traiga en la mirada una memoria que nadie sabrá descifrar.

Entonces la vida habrá empezado de nuevo. Y al otro lado de alguna puerta, quizá, alguien sonreirá sin hacer ruido.

 

domingo, 24 de mayo de 2026

El jardín de Suldrun. Jack Vance

El jardín de Suldrun (1983) es la primera entrega de la trilogía Lyonesse de Jack Vance, una obra que muchos consideran la cima de su carrera y una de las grandes piezas semi-olvidadas de la fantasía del siglo XX. La novela transcurre en las Islas Elder, un archipiélago imaginario situado al oeste de Francia y al sur de Irlanda y Bretaña, en una época anterior al rey Arturo.

Dos hilos sostienen el libro. Por un lado, las maquinaciones de Casmir, rey de Lyonesse, que sueña con unificar las Elder bajo su corona y trata a su hija Suldrun como una pieza más en ese tablero. Por otro, las desventuras de Aillas, príncipe de Troicinet, arrojado al mar por una traición y obligado a recorrer las islas como esclavo, fugitivo y, finalmente, vengador. La historia comienza con  Suldrun, hija de rey Casmir  y la reina Sollace de Lyonesse que se enamora de Aillas, príncipe de Troicinet con quien tiene un hijo. Suldrun muere y su hijo Dhrun será cuidado por las hadas y espíritus del bosque. Y no digo más...

El jardín de Suldrun es un magnífico fresco histórico donde se narran las guerras y disputas de los diferentes reinos de las islas Elder. En sus más de cuatrocientas páginas veremos desfilar ambiciones, intrigas, amores, la búsqueda del hijo perdido, el descubrimiento de una identidad, pero también hay magia, batallas, odio. Entre los personajes cabe destacar a Dhrun y Glyneth, a los hechiceros Tamurello y Shimrod, a Melancthe y Carfilhiot, al archimago Murgen. No es una novela de fantasía más. Es una gran novela épica de alta fantasía que merece estar entre las grandes obras del género, junto a "El señor de los anillos".

Encontramos a un Vance desconocido en esta faceta, -siempre lo asocié a la ciencia ficción de aventuras en las que me pareció un maestro-,  y sin embargo, sabe construir un mundo mágico, lleno de reyes, princesas perdidas, pretendientes al trono, magos retorcidos, caballeros, campesinos, brujas, hadas, demonios y  trolls.  Vance mezcla con asombrosa libertad y buen oficio materia artúrica, folklore celta, cuento de hadas e intriga política.  

Lo más distintivo, sin embargo, es la voz de Vance. Su prosa —muy bien trasladada al español por Carlos Gardini— es elaborada, irónica, levemente arcaizante, llena de diálogos en los que los personajes se hablan con una cortesía floral que oculta cuchillos. Vance describe atrocidades con la misma ecuanimidad distante con que describe un banquete o un atardecer, y de ese contraste nace un efecto inquietante muy suyo. La historia de Suldrun confinada en su jardín amurallado, en particular, alcanza una intensidad trágica que pocos autores del género han igualado.

No es un libro perfecto. La estructura es episódica, casi picaresca, y a veces uno tiene la impresión de que Vance se entretiene en exceso en los rodeos marinos de Aillas o en las trifulcas entre magos. Los personajes femeninos, salvo Suldrun, Melancthe y Glyneth, tienden a ser funcionales. Y quien busque la épica grandilocuente al estilo Tolkien o el realismo crudo de Martin puede sentirse desconcertado por su tono cuentístico, casi de fábula adulta.

Pero quien acepte sus reglas se encontrará con un libro raro y deslumbrante: un mundo complejo trabajado hasta el último topónimo, una crueldad narrada sin sentimentalismo pero con compasión, y una belleza melancólica que se queda con uno mucho después de cerrarlo. Lyonesse es la prueba de que Vance, además de un orfebre del lenguaje, era un narrador trágico de primer orden. Lectura imprescindible para quien  quiera ampliar  los horizontes de la fantasía. Para leer y releer.

viernes, 15 de mayo de 2026

La feria de los extraños

Sucedió en Fuentes de Nava, en los primeros años cuarenta. No puedo precisar el día concreto, aunque creo que fue a mediados de julio porque el campo tenía ese color dorado de después de la cosecha. Los campos, ya segados, extendían su rastrojo pardo hasta donde alcanzaba la vista, y el olor a paja caliente se metía por las ventanas con la misma insistencia con que  se colaba la miseria en algunos hogares de jornaleros, en   aquellos duros años de la posguerra, años en que la gente solía hablar poco y bajaba la voz cuando había alguien desconocido escuchando cerca.

Mi padre era pastor y estaba casi todo el día fuera de casa, cuidando el rebaño de ovejas, con los perros vigilando cerca y en el zurrón, la comida que le había preparado mi madre para pasar la jornada. Mi madre llevaba el hogar con un espíritu de sacrificio y una austeridad digna de encomio, -eramos cinco hermanos, yo la más pequeña, y había que dar de comer a todos-.  Rumiaba su tristeza en silencio desde hacía ya casi cuatro años. De mis tíos, los hermanos de mi madre, no se hablaba nunca en casa. No se decía que estuvieran muertos aunque para nosotros era un secreto a voces. 

-La llegada-

Aquel día me mandaron, como tantos otros días, a por agua a la fuente del final de la calle del Caño. Fuentes de Nava dormitaba bajo un sol de justicia, con ese sopor de julio que aplasta los tejados y hace que hasta las gallinas busquen la sombra con una desesperación casi humana.

Yo iba con el cántaro pequeño, el que podía manejar sin que se me doblara demasiado la muñeca. Al llegar a la fuente, antes de llenar el cántaro, vi una cosa rara en el agua. No era mi cara. Tampoco era una nube. Era una fila de tres carromatos avanzando despacio, con las ruedas oscuras y los toldos remendados.

Levanté la vista y allí estaban.

No junto a la fuente,  sino en el extremo del pueblo, donde el terreno se abría ya hacia el campo y las últimas casas parecían quedarse mirando a la llanura infinita. Tres carromatos en fila. Nadie los había visto llegar. Tres carromatos de madera oscura, casi negra, cada uno distinto del anterior aunque los tres formando un conjunto que parecía calculado, como si alguien hubiera dispuesto el escenario de una función. Las lonas que los cubrían eran de colores desvaídos, ni del todo rojos ni del todo azules, de ese color  que tienen las cosas que no tienen edad o tienen tanta que han perdido sus colores originales en algún recodo del tiempo.

Eran unas quince personas, aunque contar a aquella gente resultaba difícil, porque se movían con una ligereza que hacía que el ojo los perdiera y los reencontrara en otro sitio, como si el número fuera una cuestión de perspectiva y no de aritmética. El jefe, o quien hacía de jefe, era un hombre corpulento de barba oscura y ojos de un verde tan pálido que parecían hechos de agua estancada. Llevaba un chaleco de brocado que alguna vez había sido elegante y que ahora era tan solo  un chaleco viejo. A su lado, una mujer de edad imposible de calcular, ni joven ni vieja, con el pelo recogido en un pañuelo negro de seda.  Había un muchacho larguirucho que caminaba con las rodillas hacia dentro y que miraba a todos desde una altura desproporcionada, con ojos pequeños de pájaro. Y había otros: una señora muy baja y ancha que reía siempre por lo bajo como si conociera el chiste antes de que lo contaran, un hombre sin cuello aparente que movía los brazos con una lentitud de nadador fuera del agua, una mujer pelirroja con las manos manchadas de algo que podía ser pintura u otra cosa, y más personas, todos singulares, todos distintos, todos con ese aspecto de quien ha dejado atrás demasiados pueblos en demasiados años como para acordarse  del nombre del primero.

Vendían quincalla:  broches, botones de nácar, espejos de mano, peines de imitación de carey, cintas de colores, medallas,  agujas, sortijas pobres, horquillas, botones,  cuentas de collar que brillaban como si fueran algo más de lo que eran, cadenillas, piedras de colores que decían que las habían traído de  ferias muy lejanas.  La mujer del pañuelo negro de seda disponía las mercancías a la venta sobre un paño extendido en el suelo, con un cuidado casi litúrgico, como si cada objeto tuviera su lugar predeterminado en un mapa que solo ella conocía. Las mujeres del pueblo se acercaban, palpaban, preguntaban el precio con esa mezcla de interés y recelo que pone quien desea algo pero no acaba de fiarse del todo de quien se lo está vendiendo.

Pero la quincalla era solo el principio.

No llegaron envueltos en truenos ni trajeron lobos amaestrados ni hicieron desaparecer a nadie delante de todos. Hacían fotos. Representaban con títeres historias cotidianas de pastores, sacristanes y soldados fanfarrones,  con las que aquel público de Fuentes podía identificarse fácilmente. Los números cómicos eran muy simples pero eficaces: un payaso se caía de espaldas, se levantaba ofendido, se quitaba el sombrero y de dentro le salía una gallina de trapo. Los niños reíamos. Los adultos también, aunque con una risa contenida.

-El espectáculo-

Al mediodía la troupe desplegó los títeres. Lo hizo el hombre sin cuello, que resultó tener unas manos prodigiosas, dedos largos y seguros que daban vida a unos muñecos de madera y tela con una habilidad que mantenía en silencio a los niños. La historia que contaban los títeres era rara, lo recuerdo bien: un pastor que encontraba una puerta en mitad del campo, una puerta sin casa alrededor, y que al abrirla no encontraba nada al otro lado o encontraba algo que el titiritero no mostraba sino que insinuaba con la sola postura del muñeco, con ese modo de quedarse quieto ante el umbral que decía más que cualquier palabra. Los niños reíamos sin saber muy bien de qué.

Después vino el payaso. Era el muchacho larguirucho, transformado por una nariz roja y unos pantalones enormes en algo entre gracioso y vagamente inquietante. Hacía caer cosas, tropezaba, se golpeaba la cabeza con un ruido de madera hueca que arrancaba carcajadas, pero de vez en cuando, entre una payasada y la siguiente, se quedaba un instante absolutamente quieto, mirando a un punto fijo en el espacio que no era ninguno de nosotros, con una expresión que no era la del payaso sino la de alguien que recuerda algo doloroso. Solo un instante. Luego volvía a tropezar y todo el mundo reía y nadie había visto lo que yo había visto, o quizás sí lo habían visto y preferían seguir riendo.

El acróbata era el hombre de los brazos lentos, que fuera de la actuación parecía torpe y dentro de ella era otra cosa completamente diferente. Lanzaba al aire tres pelotas de colores y las pelotas obedecían a una lógica diferente a la de los demás objetos del mundo, porque subían un poco más de lo que debían y tardaban un poco más de lo necesario en caer, como si el aire allí donde él actuaba fuera más denso o más generoso. Después añadía cartas. Las cartas subían como pájaros planos, daban vueltas, caían siempre en su mano. En una ocasión lanzó una pelota roja tan alta que desapareció contra el cielo de la tarde. Todos miramos hacia arriba. La pelota tardó mucho en bajar. Demasiado. Cuando cayó, ya no era roja, sino negra, y al tocar la palma del hombre soltó un poco de humo.

Y luego estaba la cámara de fotos.

La había instalado el hombre de la barba verde agua, sobre un trípode de madera oscura, con una cortinilla negra que le caía sobre la cabeza cuando miraba por el objetivo. Era de esas cámaras antiguas que parecen un mueble más que un instrumento, con un fuelle de cuero que se extendía como un acordeón enfermo. Fotografiaba a los vecinos por unas pocas perras: te ponías rígido, aguantabas la respiración el tiempo que él tardaba en disparar el obturador, y a los dos días tenías un retrato sepia de ti mismo con una expresión de quien acaba de ver algo sorprendente.

Al principio todo fue normal. Nadie dijo nada. O quizá alguien lo dijo y yo no lo oí. A los once años se oyen unas cosas y otras no. Yo oía, por ejemplo, el ruido de las pulseras de lata, el chasquido de las cartas, el crujido de las marionetas. Oía también una especie de zumbido que salía de debajo de los carromatos cuando el sol se ponía. No era música ni viento. Era como si dentro de las ruedas hubiera un panal de abejas dormidas.

Durante dos tardes fui con otros niños a la feria. Compré una horquilla torcida por una perra gorda, miré los pendientes sin atreverme a tocarlos, me dejé hacer una fotografía con el cántaro apoyado en el suelo, aunque luego no pude pagarla y el fotógrafo guardó la placa sin entregarme copia. Me dio vergüenza. Una vergüenza tonta, de niña sorprendida queriendo tener lo que no podía permitirse.

La tercera tarde me quedé más de la cuenta. Aquella tarde-noche, los carromatos cerraron sus lonas y el pueblo volvió a su sopor habitual. La representación de títeres había terminado. Las familias regresaban al pueblo. El payaso se quitaba la pintura con un trapo húmedo. El equilibrista guardaba las pelotas en una caja. Los carromatos parecían más bajos, más oscuros. 

Yo tenía que haber vuelto a casa, porque mi madre estaría como todos los días esperando el agua para la cena y mi padre, si había regresado ya del campo, preguntaría por mí, era la niña de sus ojos, con ese severo silencio suyo que pesaba más que una regañina. Pero algo me retuvo. Hay una curiosidad que solo tienen los niños de cierta clase, una curiosidad que no es simple descaro sino algo más parecido a la necesidad, a la sensación de que si no se mira detrás de las cosas, el mundo quedará siempre incompleto. Yo era de esa clase. 

-El espejo-

El extremo de la plaza estaba en silencio. Las lonas de los carromatos colgaban inmóviles. No había nadie cerca, la pequeña troupe había desaparecido como por arte de magia. Me acerqué al segundo carromato, el del medio, porque su lona estaba mal cerrada por un lado y dejaba una franja de oscuridad que era al mismo tiempo una invitación y una advertencia.

Me asomé. Lo primero que vi fue el  espejo.

Era grande, más grande de lo que hubiera cabido cómodamente en aquel espacio, con un marco de madera tallada que representaba figuras que el tiempo había vuelto confusas, animales o personas o tal vez ninguna de las dos cosas. Estaba apoyado en el fondo del carromato, contra la pared de madera, y reflejaba el interior del carro con enorme fidelidad. Pero luego miré mejor.

En el espejo no estaba mi cara. 

Es decir, yo no aparecía reflejada aunque me moviera delante de él. Lo que el espejo mostraba era otro lugar diferente: una habitación grande y baja, de paredes de piedra, con una luz que no venía de ningún sitio concreto pero que lo iluminaba todo con una palidez de luna dentro de una cueva. Y en esa habitación, sentados o de pie o simplemente inmóviles con esa inmovilidad de quien ha agotado la energía de moverse, había niños. Cinco o seis, de distintas edades, todos con la misma ropa que debían de llevar el día en que llegaron allí, una ropa que ya no era del todo de este mundo por el tiempo que llevaban puesta. No jugaban. No lloraban. Estaban quietos, con las rodillas recogidas, como si esperaran una orden. Uno llevaba una gorra demasiado grande. Una niña tenía un lazo blanco sucio en el pelo. Otro, muy pequeño, sostenía entre las manos un caballo de madera sin patas. Al fondo, una luz se movía como el reflejo del agua.

Uno de ellos se acercó al espejo desde dentro, apoyó la mano en la superficie desde el otro lado, y yo vi cómo la palma se aplastaba contra el cristal sin que ninguna palma apareciera en mi lado. Me miró. O miró hacia donde yo estaba. Sus ojos eran los ojos de un niño que ha dejado de esperar pero que todavía no ha aprendido a no mirar.

Me aparté de golpe del espejo con el corazón golpeándome en el pecho.

Entonces sí apareció mi cara, pálida, con los ojos abiertos y el pelo mal trenzado. Pensé que había visto mal. Los niños creen eso muchas veces antes de aceptar el miedo. Volví a mirar. Mi cara siguió allí, pero detrás de mi hombro, muy al fondo, una mano pequeña golpeó el cristal desde el otro lado.

No sonó y esa falta de sonido fue peor que un grito

Tendría que haber salido corriendo. Cualquier niña sensata lo habría hecho. Pero yo era de esa clase de niños que, cuando el miedo se asienta, se convierte en una especie de energía que te empuja hacia adelante en lugar de hacia atrás. Abrí la lona del tercer carromato.

-La cámara de fotos-

Allí estaba la cámara, guardada sobre una mesa de tablones. Y junto a ella, un fajo de fotografías reveladas que el hombre de la barba debía de haber dejado para revisar. 

Las primeras cinco fotografías eran retratos de personas del pueblo, retratos normales, gente con su expresión de domingo y su rigidez de fotografiado. Pero la sexta no era de ningún vecino conocido. Era una imagen de la plaza, tomada desde el mismo ángulo que hubiera tomado el fotógrafo si se hubiera quedado allí parado, pero en la plaza no había nadie que yo reconociera. Las ropas eran distintas a las de ahora, mucho más antiguas, de otro tiempo. Y en el centro de la imagen, difusa pero inconfundible, estaba la silueta de los tres carromatos, estacionados exactamente donde estaban ahora, bajo un cielo de otra estación o de otro año, con una luz que no era la luz de hoy. Las siguientes fotografías en el fajo eran ya de nuevo retratos de conocidos. Luego, la decimosegunda era otra imagen que no era del presente: esta vez sí reconocí la plaza, pero vacía de un modo que no era el vacío de la siesta, sino el vacío de lo que todavía no ha ocurrido, con una diferencia en las casas y en la luz que solo puede describirse como una foto del mañana. La decimotercera me dejó sin palabras.

Mostraba la calle del Caño, pero no como era aquel día. La fuente seguía allí, sí, y también algunas casas, pero había algo cambiado en la luz, en las fachadas, en los tendidos eléctricos. Una mujer joven caminaba por la calle con una cesta. Tardé en reconocerla porque llevaba el pelo recogido de otra manera y porque en su cara había una gravedad que yo todavía no tenía.

Era yo.

Yo, pero mayor. No de veintitres años, como ahora. Más. Tal vez de treinta y tantos.  Iba vestida de negro y sostenía en la mano un papel doblado. Detrás de mí, junto a la pared, se veía al payaso. No había envejecido. Estaba igual. Con la cara despintada y los ojos fijos en mi espalda.

Aquella imagen se me quedó clavada. No la entendí. ¿Cómo iba a entenderla? Una niña de once años no piensa en el mañana como en una habitación ya amueblada donde alguien puede asomarse antes de tiempo. Una niña espera crecer sin imaginar que su cara futura existe en alguna parte, esperando su turno. Yo sólo supe que aquella cámara no retrataba siempre lo que tenía delante. Cada seis disparos robaba otra cosa. Un mañana. Un ayer tal vez. Una desgracia que aún no había encontrado su fecha.

-El saco-

Dejé las fotografías exactamente como las había encontrado.

Me fui, o eso intenté. Al dar la vuelta tropecé con un saco tirado en el suelo. Era un saco vulgar, de arpillera, atado con una cuerda. Estaba abierto y vacío. Lo sé porque lo miré. Dentro no había nada salvo oscuridad y unas hebras secas. Se me cayó la horquilla que había comprado y, por puro instinto, la metí en el saco para no perderla mientras me arreglaba el cántaro.

Al meter la mano para sacarla, encontré dos horquillas. Iguales.

Me quedé tan quieta que noté cómo me latían los dedos. Pensé que acaso la segunda ya estaría allí. Para probar, aunque no sé de dónde saqué el valor, metí una piedrecilla blanca. Saqué dos. Metí las dos. Saqué cuatro. Las dejé caer todas dentro. El saco no pesó más. Volví a meter la mano y saqué un puñado entero, tantas piedras blancas que se derramaron por el suelo como dientes. Y lo mismo hice con una naranja que vi allí cerca. El saco siempre duplicaba el numero de objetos que introducías previamente.

Una risa sonó detrás de mí.

No era la risa del payaso. Era más pequeña. Más seca. No me volví. Salí corriendo entre los puestos y me escondí detrás del carromato de la cámara.

-El llavín-

Allí descubrí otra cosa. Me aparté de una caja y entonces vi el llavín.

Colgaba de un clavo en la madera del carromato. Era pequeño, casi ridículo, como de arqueta o de cajón de mesilla. Tenía la cabeza redonda y el cuerpo estrecho, hecho de un metal sin brillo. No sé por qué lo cogí.  Hay objetos que se toman por impulso. Uno los toca después, cuando ya los ha aceptado por dentro.

Lo escondí en el bolsillo del vestido. No pesaba nada. Pero desde que lo guardé, todos los cierres del mundo parecieron llamarme. La portezuela trasera del carromato. La caja del equilibrista. El candado de un baúl. La trampilla del teatrillo de titeres. Todo parecía tener una cerradura secreta.

Esa noche volví a casa tarde. Mi madre me miró las manos. Tenía los dedos manchados de una arenilla blanca, de las piedras del saco. No preguntó. Mi padre estaba sentado cerca de la puerta, limpiando las correas de los perros. Levantó los ojos hacia mí y luego hacia la calle. Los animales, dijo sin decirlo, no se acercan a la feria. Ningún perro del pueblo había ido detrás de los carromatos. Ninguna mula quería pasar cerca. Esa clase de detalle, en una casa de pastor, valía más que cualquier sermón.

Dormí poco.

El llavín se calentaba en mi bolsillo aunque lo había dejado bajo la almohada. Lo oía moverse. Hacía un ruido mínimo, como un tintineo de insecto. Al cerrar los ojos veía a los niños del espejo. No parecían muertos. Eso me tranquilizaba y me horrorizaba a la vez. Los muertos, al menos, están en alguna parte que los mayores saben nombrar. Aquellos niños estaban detrás de un cristal, en un cuarto sin puerta, esperando que alguien entendiera.

Al día siguiente fui sola.

No llevé el cántaro. Mentí en casa de una forma torpe y salí por otra calle. La feria parecía más alegre que nunca. El payaso hacía reír a un grupo de criaturas. El hombre de las cartas sacaba ases de la oreja de un viejo. La muchacha de la bisutería colocaba pendientes a una novia reciente. Todo era normal. Como si la tarde anterior no hubiera existido.

Esperé 

Esperé a que terminara la función. Esperé a que el sol bajara. Esperé a que los adultos se cansaran de mirar y los niños fueran llamados desde lejos. Me quedé detrás de unas matas con el polvo pegado a las rodillas y el llavín apretado dentro del puño.

Cuando ya nadie miraba, fui directamente al espejo.

Los niños seguían allí. Uno había levantado la cabeza. La niña del lazo blanco tenía la cara pegada al cristal. Sus labios se movían, pero no llegaba sonido alguno. Entonces comprendí una cosa terrible: no pedían ayuda con palabras porque allí dentro quizá no existían las palabras, o quizá se gastaban antes de atravesar el azogue.

Busqué una cerradura en el marco. No la había.

Pasé los dedos por las flores talladas, por las bocas, por las esquinas. Nada. El llavín, sin embargo, empezó a vibrar. Lo acerqué al cristal. En la superficie del espejo apareció un punto oscuro, luego una raya, luego una forma pequeña de cerradura que se abrió como un ojo.

Metí el llavín que giró solo.

No hubo estruendo. No se rompió el espejo. Simplemente el aire cambió. El cristal se ablandó como si estuviese hecho de agua espesa y una mano infantil salió hasta la muñeca. Después otra. Luego una cara. La niña del lazo blanco atravesó el espejo con dificultad, como quien nace al revés. Cayó al suelo sin hacer ruido. Detrás de ella asomaron el niño de la gorra y el del caballo sin patas.

Pero no salieron todos. No pudieron.

Del fondo del cuarto gris vino una sombra larga, tan larga que no parecía pertenecer a un cuerpo. Los niños retrocedieron. Yo también. La sombra extendió algo parecido a un brazo y tocó el espejo desde dentro. El cristal volvió a endurecerse de golpe. Al otro lado quedaron varios rostros, aplastados por una desesperación muda.

La niña del lazo blanco me miró. Tenía los ojos muy antiguos. No de vieja, sino de haber visto demasiadas veces la misma noche. Quise preguntarle su nombre, de dónde era, cuánto tiempo llevaba allí. No pude. No había tiempo.

Entonces apareció la vieja del pañuelo negro de seda. No la oí llegar. Estaba junto al puesto, con el pañuelo  y las manos cruzadas. No me tocó. Ni me riñó. Sólo miró a los tres niños que habían salido y luego miró el saco de arpillera, todavía tirado en el suelo.

-El descubrimiento-

Comprendí. El saco no sólo duplicaba piedras.

Me negué a aceptarlo  antes incluso de saber a qué me negaba. Pero el niño del caballo sin patas se había acercado al saco. Lo miraba con una mansedumbre espantosa. La niña del lazo blanco le puso una mano en el hombro. El de la gorra temblaba. Todo ocurrió sin voces. Uno de ellos tenía que volver, o algo tenía que ocupar su lugar. Las cosas mágicas de aquella troupe no regalaban nada. Prestaban, cambiaban, cobraban.

Yo metí dentro del saco el llavín. No pensé. Lo hice. El saco se estremeció. Se hundió hacia dentro, como si hubiera tragado una piedra enorme. Metí la mano. Saqué dos llavines. Luego cuatro. Luego ocho. La vieja de negro abrió mucho los ojos, y por primera vez pareció vieja de verdad, no disfrazada de vieja. Arrojé los llavines contra el espejo.

Cada uno encontró una cerradura. Se abrieron pequeñas puertas en el cristal, muchas, demasiadas, como agujeros de luz oscura. Los niños del otro lado comenzaron a salir. No todos por completo. Algunos sólo manos. Otros rostros. Otros medio cuerpo, como figuras mal recortadas. El espejo se llenó de grietas sin romperse. La sombra del fondo se agitó. El puesto entero empezó a crujir. Las pulseras cayeron al suelo, los collares se retorcieron como culebras, los botones saltaron de sus cartones.

Entonces la cámara disparó sola. Un fogonazo blanco iluminó la feria.Durante ese instante vi cosas que no he podido olvidar y que aún hoy, al escribirlas, no sé ordenar. 

Vi a mis tíos, los hermanos de mi madre, de pie junto a la tapia de un cementerio, jóvenes, con polvo en los zapatos, mirando en una noche que no era la mía. 

Vi a mi padre en el campo, rodeado de ovejas inmóviles, con la cabeza levantada como si hubieran oído mi miedo desde muy lejos. 

Vi a mi madre niña, corriendo por la calle del Caño con el pelo suelto. 

Vi Fuentes de Nava cubierto otra vez por el agua, las bodeguillas convertidas en islas bajas, la torre de la iglesia reflejada en una laguna imposible. 

Vi al payaso sin pintura, con una cara que no era humana ni dejaba de serlo. 

Vi mi propia mano de veintitres años escribiendo estas líneas.

Y vi, sobre todo, a la niña del lazo blanco meterse en la cámara. No dentro del carromato. Dentro de la cámara. La cortinilla negra se hinchó como una vela. El fotógrafo, que hasta entonces no había aparecido, salió de algún rincón con la boca abierta. La niña tiró de algo desde dentro. Tal vez una placa. Tal vez un nervio. Tal vez el futuro. La cámara empezó a echar humo.

Yo corrí.

No por valentía, sino por puro terror. Corrí hacia el pueblo mientras detrás de mí sonaban golpes secos, maderas partidas, ruedas moviéndose sin caballos. A mitad de camino me volví. Los tres carromatos estaban en fila. Las lonas caían. Los faroles se apagaban uno a uno.  Vi al payaso subirse al último carro. Vi al equilibrista lanzar una pelota negra al aire. La pelota no volvió a caer.

Luego no hubo nada. Nada salvo el campo.

Ni carromatos, ni puestos, ni teatrillo, ni huellas suficientes para demostrar lo ocurrido. Sólo unas marcas hondas cerca del final de la calle del Caño, círculos y rayas, como si algo muy pesado hubiera estado allí apoyado durante mucho tiempo.

Nadie los vio marcharse, igual que nadie los había visto llegar.

Volví a casa de madrugada.

Mi madre estaba despierta. Mi padre también. No preguntaron dónde había estado. Esa falta de preguntas me hizo llorar más que una paliza. Abrí la mano y vi que conservaba una placa de la cámara. No recordaba haberla cogido. En ella aparecían dos muchachos jóvenes junto a mi madre. Eran mis tíos. Los tres reían. Reían de verdad, con la boca abierta y los ojos limpios, antes de que el silencio de la muerte les callará para siempre.

Mi madre tomó la placa. Se sentó con ella, junto al candil, hasta que amaneció. No dijo sus nombres aquella noche. Los dijo algunos días después, muy bajo, como quien desentierra un secreto  peligroso. Desde entonces sus nombres volvieron a la casa. No del todo. Nunca del todo. Pero lo bastante para que yo supiera que habían existido con cuerpo, con risa, con camisas, con sombra.

De los niños del espejo no volví a saber nada.

Sé que los niños del espejo eran de distintas épocas y tal vez de distintos pueblos, porque la ropa de alguno de ellos era de hace mucho más tiempo del que yo entonces podría calcular y quizás salieron a otros pueblos, a otros años, a calles donde nadie los esperaba.  También he pensado que algunos no eran niños de carne, sino infancias robadas, pedazos de personas, edades detenidas. La mía, desde luego, quedó allí en parte. Lo noté enseguida. Después de aquella noche dejé de jugar como antes. Miraba los cierres de las puertas, los espejos de las casas, las cámaras de los fotógrafos ambulantes. Cuando alguien agitaba un saco vacío, yo tenía que apartar la vista.

Sé que la cámara registraba el tiempo de una manera que no era la del tiempo corriente sino la de alguna otra versión del tiempo, una más ancha, con más espacio para el pasado y el futuro de lo que cabe en una fotografía normal. Sé que el saco y el llavín eran herramientas de un oficio que no era el de vendedor de quincalla, aunque tampoco sé bien el nombre de ese otro oficio.

-El regreso-

Han pasado nueve años.

Tengo veintitres años y escribo este relato en una mesa pequeña, con una pluma estilográfica que rasca demasiado el papel. Fuera se oye la calle. Otra calle, otro tiempo. Hay quien dirá que lo soñé, que una niña asustada mezcla ferias, hambre, secretos familiares y cuentos de mayores. Puede ser. Yo misma lo he deseado muchas veces. Pero conservo la placa de mis tíos. La conserva mi madre, mejor dicho, envuelta en un pañuelo dentro de una caja. Y conservo también una de aquellas horquillas duplicadas. Una sola. La otra la tiré al pozo porque no soportaba verla junto a su hermana idéntica.

No sé es si aquellos hombres y mujeres singulares y extraños, eran malos. Lo pienso a veces y no encuentro la respuesta. El mal, cuando se presenta en julio en un pueblo de Tierra de Campos con tres carromatos y un payaso y una función de títeres, no parece exactamente mal, o no parece solo eso. Parece algo más antiguo que el bien y el mal, algo que existía antes de que se pusieran nombres a las cosas.

Cada cierto tiempo, cuando el calor de julio aplasta los tejados y el olor a paja caliente se mete por las ventanas, miro hacia el extremo de la plaza sin querer mirarlo. Y pienso en aquel niño que apoyó la palma en el cristal del espejo y me miró desde el otro lado con los ojos de quien ha dejado de esperar pero todavía no ha aprendido a no mirar.

Esta tarde he vuelto a la fuente del final de la calle del Caño.No sé por qué. Quizá porque hay días que empiezan a llamarnos desde muy temprano. El agua estaba quieta. Me incliné. Durante un momento vi reflejada mi cara de ahora. Luego pasó algo por debajo, una sombra rectangular, lenta, como un carromato atravesando el fondo del agua.

Al levantarme, encontré en el suelo una tarjeta pequeña.

Era una fotografía.

No estaba allí un instante antes. La cogí con dos dedos, temiendo que quemara. La imagen era borrosa, pero se distinguía bien una mesa, una pluma, una mano escribiendo. Mi mano. Esta misma mano. Detrás de mí, en la fotografía, había una cortinilla negra.

No he querido mirar más.

La he dejado boca abajo junto al tintero. Mientras escribo estas últimas líneas, oigo muy lejos una risa de payaso, una risa cansada, casi bondadosa. También un golpe seco de pelota al caer. Después otro. Después otro.

Y ahora, desde la calle, llega el rumor de unas ruedas que nadie ha visto entrar en el pueblo.

Y entonces me pregunto si alguien, en algún pueblo de algún julio de este país, los habrá visto llegar de nuevo, sin que nadie sepa desde dónde.

Fuentes de Nava, 1952

domingo, 3 de mayo de 2026

El caminante embozado

¡Qué triste y larga me pareció aquella tarde de noviembre, aunque yo apenas contara diez años y todavía ignorase que algunas tardes no terminan nunca! Villalcázar de Sirga, al que los viejos seguían llamando Villasirga con una especie de respeto antiguo, se recogía bajo un cielo bajo de color ceniza. El viento corría por la Calle Real, levantando polvo, estrellándose contra las tapias, metiéndose por los postigos mal cerrados y arrancando de las puertas un quejido parecido al de las almas cuando, según decía mi abuela, aún no han encontrado sitio ni en la tierra ni en el cielo.

Era el final del año de nuestro señor de 1698  aunque yo entonces no sabía nada de siglos ni de reyes. Para mí el mundo empezaba a los pies de Santa María la Blanca y terminaba más allá del camino a Carrión, allí donde la llanura se estiraba hasta confundirse con el cielo. El Camino de Santiago  traía todo tipo de personas: hombres con concha al pecho y pies deshechos, frailes silenciosos, hidalgos empobrecidos  que caminaban por una promesa, mendigos que olían a lluvia vieja y algún caballero sin caballo cuya espada parecía ya más un recuerdo que un arma.

Aquella tarde me mandaron al pozo cercano a la salida del camino, hacia la parte por donde se marchaban los peregrinos en dirección a Carrión de los Condes. Yo no quería ir. Sobre las piedras de Santa María la Blanca empezaba a posarse una luz amarillenta, casi enfermiza, y las figuras del pórtico se oscurecían con una severidad que me encogía el ánimo. La iglesia, tan alta y tan fuerte, parecía menos templo que fortaleza abandonada por hombres y habitada por secretos. Bajo sus muros se hablaba de templarios, de sepulcros, de milagros de la Virgen y de caballeros que habían dejado allí sus huesos esperando una resurrección que tardaba demasiado.

Tomé el cántaro pequeño, porque el grande me vencía el brazo, y salí de casa con esa obediencia rencorosa que tienen los niños cuando no se pueden librar de un encargo. En la plaza quedaban pocas voces. Una mula golpeó el suelo dentro de un corral. En alguna cocina ardía ya la lumbre, y el olor a humo de casa pobre, a berza y a lana húmeda, se mezclaba con el frío de la calle. Pasé junto a la iglesia sin mirar mucho, aunque sentí, como siempre, que desde lo alto de las piedras alguien me estaba mirando.

El pozo estaba casi fuera del pueblo. Su brocal de piedra, gastado por manos de muchos años, conservaba un verdín oscuro en las hendiduras. Dejé el cántaro a un lado, até la cuerda al cubo y lo solté. El golpe del agua subió desde abajo con un sonido hueco, profundo, como si hubiera caído no en un pozo, sino en la garganta misma de la tierra. Entonces lo oí.

Un paso. Nada más. Después, otro.

Quise creer que era el viento moviendo alguna rama seca cercana, pero allí no había árboles bastantes para mentirme de ese modo. Miré hacia el Camino. La llanura estaba desnuda, partida por una senda parda que se alejaba entre rastrojos. Un instante antes no había nadie. Al siguiente, vi la figura.

Venía despacio, sin levantar polvo, envuelta en una capa oscura que el aire  agitaba apenas. El embozo le cubría el rostro hasta muy arriba, y un sombrero ancho le derramaba sombra sobre los ojos. No supe si era alto o si el miedo lo agrandó para siempre en mi memoria. Llevaba un bordón, como los peregrinos, y del pecho le colgaba algo que pudo ser una concha, una medalla o una cruz. Pero bajo la capa, cuando una ráfaga de viento la apartó de su costado, ví brillar la empuñadura de una espada.

Sentí que se me helaba la boca y un escalofrío me recorría el cuerpo.

Podía ser un romero o un caballero o una de esas almas que, por haber prometido demasiado en vida, se ven obligadas a seguir caminando después de muertas. Todo eso lo pensé a la vez, con la confusión viva de los diez años, cuando el mundo todavía no separa lo posible de lo imposible y hasta una sombra tiene derecho a ser verdadera.

Se detuvo junto al pozo. Sus ojos, únicos dueños visibles de aquel rostro, no ardían ni brillaban. Eran unos ojos cansados, unos ojos de hombre que habían visto demasiados caminos y ninguna llegada. No hizo ademán de tocarme. No se inclinó. No pidió nada con palabras que yo recuerde. Y, sin embargo, comprendí que quería beber.

Subí el cubo con torpeza. La cuerda me quemaba las manos o tal vez era el frío de la llanura el que quemaba mis manos. El caminante no me ayudó. Permaneció quieto, silencioso, con una paciencia tan antigua que daba espanto. Al fin, el cubo asomó al brocal y el agua negra tembló bajo la última claridad. Le tendí el cazo de lata. Lo tomó con una mano enguantada y bebió despacio, de una manera extraña, como si no apagase la sed, sino una memoria de sed conservada durante muchos años.

Entonces sonó la campana de Santa María la Blanca.

Una sola vez.

No era hora de misa ni de oración. No había muerto anunciado, que yo supiera, ni tormenta, ni incendio del que alertar. La campana dio su golpe grave, seco, y el sonido rodó por el pueblo con una lentitud de piedra. El caminante volvió la cabeza hacia la iglesia, y en aquel movimiento hubo algo tan doloroso que dejé de tenerle miedo por un instante. Pareció reconocer las piedras. Pareció ser reconocido por ellas.

El viento levantó el borde de su capa. Vi mejor la espada, vieja, oscura, con el pomo gastado por una mano que acaso ya no existía. Vi también, atada bajo el embozo o escondida cerca del pecho, una cinta azul, deshilachada, sucia por el tiempo. No sé por qué aquella cinta me impresionó más que el arma. Tal vez porque una espada pertenece al que la porta, pero una cinta de color la asociábamos en aquel tiempo a una promesa.

El caminante sacó aquella reliquia con lentitud y la dejó sobre el brocal. No habló, o si habló no fueron palabras lo que yo oí, sino una orden suave que me entró directamente en la cabeza. Supe que debía llevársela a mi abuela Elvira.

Al tocarla, sentí un frío distinto al de hacía un rato. No era un frío de viento ni de piedra. Era un frío de cosa guardada bajo tierra, de un paño que hubiera dormido demasiado tiempo junto a un corazón parado. La apreté en el puño, incapaz de soltarla y de seguir mirándola.

Entonces los perros comenzaron a ladrar.

Primero uno, detrás de una tapia. Después otro, más lejos. Luego todos, desde los corrales, desde los pajares, desde las calles próximas a la iglesia. No ladraban como cuando pasa un extraño, ni como cuando huelen al lobo. Era un ladrido quebrado, desigual, lleno de un miedo que no parecía animal. Por el Camino, a espaldas del embozado, se levantó una niebla baja, cenicienta, arrastrada sobre los rastrojos. Avanzaba sin prisa, pero avanzaba. Y yo, que ya no distinguía si respiraba o si el corazón me golpeaba en la garganta, eché a correr.

Corrí con el cántaro medio vacío, con el agua golpeándome las piernas y la cinta azul encerrada en la mano. Crucé el borde del pueblo, pasé bajo la sombra enorme de Santa María la Blanca y creí oír, dentro de la iglesia, pasos lentos sobre las losas; pasos de hierro, de espuelas viejas, de alguien que atravesara la nave sin cuerpo y sin descanso. No miré. ¡Dios sabe que no miré! A los diez años uno puede ser curioso, pero no tanto como para ofrecerle el rostro a lo que viene desde el fondo de los siglos.

Cuando entré en casa, la lumbre ardía baja. Mi padre levantó la vista con enojo por el agua derramada; mi madre abrió la boca para reprenderme; mi abuela, sentada junto al fuego, hilaba con esa calma de las mujeres que han esperado toda la vida algo que ya no se atreven a nombrar. Yo abrí la mano. La cinta cayó sobre la mesa.

Nunca olvidaré el rostro de mi abuela.

No gritó. No preguntó al principio. Solo miró aquella tira azul como se mira a un muerto que vuelve sin ataúd. La rueca siguió girando unos instantes, sola, con un zumbido mínimo y terco. Después se detuvo. En la habitación pareció apagarse el aire.

Aquella noche supe, a medias, lo que los mayores creían haber enterrado bajo años de pan, hijos, rezos y silencio. Antes de casarse con mi abuelo, mi abuela había dado palabra a un hombre llamado Hernando de Valcárcel. Venía de sangre hidalga, aunque pobre; servía a un señor de Carrión y llevaba espada, libros y una honra demasiado grande para sus bolsillos. Se marchó una mañana por el Camino, no como peregrino sino como soldado, quizá hacia Flandes, quizá hacia Portugal, quizá hacia ninguno de esos lugares que los vivos usan para explicar la ausencia. Ella le ató al brazo una cinta azul como prueba de su amor y compromiso y él prometió volver antes de Todos los Santos.

No volvió.

Llegaron rumores. Que si había muerto en una batalla, que si lo había hecho por unas fiebres.  El caso es que su cuerpo nunca se halló. Mi abuela esperó hasta que esperar empezó a parecer una locura, y después hizo lo que hacen los vivos cuando los muertos no se deciden a estar muertos: siguió viviendo. Se casó, tuvo hijos, luego nietos. Amasó pan,  encendió lumbres, rezó por un hombre y durmió junto a otro. Pero cada tarde, cuando la luz caía sobre la Calle Real, miraba hacia el Camino.

Desde aquella noche, en que yo le llevé la cinta azul, dejó de hacerlo.

Eso fue lo que más me aterró.

No la niebla. No la campana fuera de hora. No los perros. Ni siquiera aquel embozado de ojos cansados y espada antigua. Lo que de verdad me hizo comprender que algo imposible había ocurrido fue ver a mi abuela sentarse, al día siguiente, de espaldas a la ventana, como quien ya no espera a nadie.

Mi padre fue al pozo por la mañana por si encontraba alguna pista de aquel extraño hecho. No había huellas en el barro, ni marca de botas, ni señal de bordón. Nadie en el pueblo había visto entrar ni salir a romero alguno, aunque algunos juraron haber oído, antes del alba, un golpe parecido al de una puerta cerrándose dentro de Santa María la Blanca.

Durante muchos años quise saber qué había visto. Unos habrían dicho que fue un peregrino conocedor de historias ajenas; otros, un caballero viejo que regresaba tarde a saldar una deuda de amor; los más temerosos habrían bajado la voz para hablar de un alma en pena, condenada a caminar por la llanura hasta que una promesa encontrase por fin su destinataria. Yo nunca pude escoger una verdad.

Solo conservo la imagen de aquel atardecer: el pozo, el viento, la iglesia oscurecida, la cinta azul en mi mano de niño y, sobre el Camino de Carrión, un hombre embozado que parecía venir no de Frómista, ni de Burgos, ni de ningún punto de la tierra, sino del lugar exacto donde permanecen las promesas incumplidas.

Y aún hoy, cuando en las tardes de noviembre el viento golpea las puertas y la campana suena más grave de lo debido, me parece ver una sombra avanzar por la Calle Real, con bordón de romero, espada de caballero y andar cansado de difunto.

Mateo de la Serna. Villalcázar de Sirga. 1715