domingo, 15 de marzo de 2026

El pozo

En Fuentes de Nava el silbido del viento entra por las rendijas del adobe, mueve las telillas de las arañas y hace sonar, como un arpa vieja, la cuerda del brocal del pozo. A veces, por las noches, mi abuela dejaba el candil colgado del poyo de la cocina y se asomaba al corral, al fondo del cual, junto a la cuadra y la parra, estaba el pozo: una boca de piedra y soga, carrucha y cubo ennegrecido por el uso. “No te acerques”, me decía; y yo obedecía con la mitad del cuerpo, porque la otra mitad ya andaba asomada por dentro, donde el agua, a su modo, también silba.

Era una casa de adobe, baja y amarilla de sol, con corral de ganado, alacenas de cal y una cocina que olerá siempre, -aunque yo no viva-, a puchero y  humo. El pozo quedaba en el ángulo más fresco, custodiado por una higuera que daba sombra y brevas tardías. En verano lo cubríamos con una tapadera, no tanto por miedo a las alimañas como por el reflejo: el agua devolvía un cielo tan hondo que a los niños nos daban ganas de echar a nadar por él.

Cuentan los viejos que los pozos hablan. Algunos, los más viejos, guardan recuerdo de mares antiguos bajo la costra de cereal; otros, los más huraños, devuelven voces de otra parte. “Este —decía mi abuelo, señalando el nuestro con el cigarro humedecido en la boca— tiene el oído fino”. Reíamos. Eran principios de los años ochenta y hacía varias décadas que habían llegado los tractores a la era, y la Laguna de la Nava no era más que un nombre, un rumor de agua desecada. Por la noche, cuando el pueblo quedaba oscuro —salvo el claro de luna reflejándose sobre el campanario de la iglesia de SanPedro—, yo escuchaba la cuerda crujir en el brocal y pensaba que, si bajaba de puntillas, el agua me hablaría.

Hubo, sin embargo, dos pozos en mi casa: el lleno y el vacío. No eran dos bocas, sino dos humores del mismo pozo. En primavera, cuando la parra abría las manos y la higuera se volvía sombra espesa, subíamos cubos que olían a piedra fresca. Se veía, allá abajo, la luna temblar, y si uno aguardaba quieto el tiempo suficiente, el reflejo dejaba de temblar y miraba serio, como miran los retratos. En agosto, con las eras abrasadas y los trillos girando sobre la parva, el pozo bajaba; la soga raspaba más hondo y, de pronto, el cubo golpeaba tierra húmeda: el pozo vacío. 

Yo vi las dos caras. Y aprendí que a veces, cuando el pozo estaba lleno, no éramos nosotros quienes nos asomábamos a él, sino él quien se asomaba a nosotros. Lo supe la tarde en que Damián, el del palomar, vino asustado: juraba que en el agua había visto dos cigüeñas volando al revés, alas de nieve en un cielo negro. 

La vida era como la de cualquier pueblo de Tierra de Campos en la que se hubiese detenido el tiempo:  misa de doce con don Quirino tosiendo en el púlpito, la Guardia Civil de verde y con bigote paseando por la plaza, los "chiguillos" al canal a por cangrejos, las mujeres en la fuente con los cántaros en la cadera y voz de romancero. Yo pasaba los veranos sentado en el pretil del pozo, con los libros que me prestaba don Leandro, maestro de gesto seco y corazón de trigo. “Lee despacio —me decía—, que los libros de ciudad se te pueden atragantar si corres”. Leí a Machado en voz baja bajo la higuera, a Delibes por la noche en mi habitación y a Bécquer absorto aunque mirando, de vez en cuando, el aleteo de una polilla contra el candil. Y una tarde, en Palencia, en una librería que olía a tinta y a papel nuevo, ví el libro de William Hope Hodgson “La Casa en el confín del mundo”, lo compré, lo leí y se me disparó la imaginación. “Hay puertas que no lo parecen”, pensé, y sentí un cosquilleo en el vientre al pensar que el pozo podía ser una.

Lo comprobé el año de la sequía. No había trigo que cantara, ni alondra que se atreviese. Mi madre dejó de coser por las tardes y se sentaba a mirar el corral como se mira el mar en los cuadros: sin esperar que surquen las olas. Una noche de agosto el pozo estaba vacío, tan vacío que el cubo subió con un sonido de hueso. Me incliné y lo vi, por primera vez, sin agua. No era un hueco: era un túnel. Olía no a piedra, sino a metal frío y a una especie de algas sin agua. El viento —ese que todo lo silba aquí— subía del fondo con palabras. Me temblaron las rodillas. Bajé la tapa —por primera vez no para las alimañas, sino para mí— y me fui al catre con una vela que dejé en el suelo, como cuando era pequeño y tenía miedo de los muertos de las historias que podían surgir desde los rincones o bajo la cama.

No dormí. Me quedé mirando la sombra que hacían en la pared las varillas del somier, y por esas rejillas vi cosas que no estaban: planicies sin trigo, cielos que no se movían, lunas con cicatrices. No era ninguna pesadilla, porque estaba despierto, era otra cosa. Por la mañana, en lugar de a pan, me supo a hierro la boca. Mi madre, sin mirarme, puso el cazo de leche y dijo: “No vuelvas a levantar la tapa”. Obedecí a medias; la otra media ya estaba dentro, con la soga.

Llegó septiembre. Los veraneantes se iban marchando a sus lugares de origen: Bilbao, Vitoria, Pamplona. Tierra de Campos se quedaba un poco más vacía. Yo me quedé con mi madre, con una mula más lista que el aire  y un pozo que parecía hablarme a ratos. El pozo lleno volvió en octubre con las primeras aguas: el cubo salió goteando, y en el espejo vi mi cara. Pero no era la mía. O no solo. Había más distancia de la que cabe en un patio entre mis ojos y esa mirada. Me quedé quieto hasta que el agua dejó de estremecerse. La cara me devolvió una sonrisa lenta que no había empezado en mis labios. Cerré los ojos. Cuando los abrí, el agua estaba limpia. No dije nada. ¿A quién iba a decírselo?

Desde ese día comencé a bajar cosas al pozo. Pero no  eran piedras ni monedas. Eran palabras. Me asomaba, recitaba en voz baja algunas líneas del libro "Campos de Castilla", algunos párrafos de "El Camino" de Delibes o algunas una "rimas" de Becquer. El agua, cuando estaba llena, las devolvía en susurros afinados; cuando estaba vacía, no las devolvía: las guardaba. A veces, por la noche, me parecía que en el patio alguien recitaba, pero no era el viento, ni era yo. Era otra voz y otra respiración.

Mi abuelo comenzó a evitar el corral. Le empezaba a dar mal fario. Se arrimaba a la pared de tapial, tiraba la colilla del cigarro en el barro seco y se iba sin despedirse. Don Quirino me puso la mano en el hombro un domingo y dijo, con esa voz que no sirve para absolver: “No cedas a la tentación.” Yo levanté la vista hacia las cigüeñas del campanario, que hacían música con los picos, y me prometí no tentar. Al caer la tarde estaba otra vez con la barbilla sobre el brocal.

Aquella noche la higuera movió las hojas sin viento. Fue como si alguien entrara en la cocina sin abrir la puerta. El pozo estaba lleno, negro como las trenzas de las mozas del pueblo en la romería. Me asomé. El cielo estaba abajo. Y en el cielo se veía una casa —no la nuestra— que se alejaba. Tenía ventanas sin luz y un tejado que no conocía. Sobre el tejado, dos sombras miraban también. Una de ellas levantó la mano. Yo, por instinto, se la devolví. El agua hizo un círculo que tardó demasiado en desaparecer. Me separé del brocal con la sensación —del todo ridícula si alguien me la cuenta— de haber regresado de algún lugar.

Desde entonces vi más en el reflejo del agua. Vi montes que no existen en Tierra de Campos. Vi perros con ojos como brasas que no ladraban. Vi niñas que corrían hacia mí y se desdibujaban al llegar. Vi pozos dentro de pozos: cada reflejo era una boca y, en cada boca, otra luna. Le conté a don Leandro lo justo para que me entendiera sin llamarme trastornado. Me llevó a su casa, me enseñó un libro con letras pequeñas y me señaló un nombre en inglés: Hodgson. “En la llanura —dijo— también puedes encontrar un confín.” Y entonces supe que no era el único que se había asomado donde no se debe.

Llegó el invierno: Nieve poca, escarcha mucha. Las bóvedas de adobe rezumaban frío. La mula dormía con el aliento hecho nube. Yo salía al corral con la manta por los hombros, como un viejo. El pozo, entonces, estaba callado; el lleno era un cristal oscuro; el vacío, un sueño profundo. No pasaba nada, y eso me inquietaba más que las visiones. Me puse malo: sudor de una tarde, fiebre de una noche. En mitad de la fiebre bajé al corral. No era yo. O no solo. Levanté la tapa de cualquier manera. Y escuché.

No era el viento. Era alguien, primero una voz de niña y luego de mujer leyendo mi voz desde abajo: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero".. Después otra: "Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia". Y luego otra más: “Volverán las oscuras golondrinas…”. Frases conocidas, familiares para mí, enunciadas con un tono que no era de aquí, que no era de este mundo. Me entró una gran congoja y me  vino el deseo de saltar. No por desesperación —yo no era un mozo con novias perdidas ni deudas con el barquero—, sino por ansia de certeza: ver por una vez de cerca aquello que sólo se me dejaba adivinar.

Vinieron luego los días de viento y de lluvia. La Laguna que no estaba parecía querer volver; por las noches olía a barro de cosas viejas. El pueblo hacía su vida: misa, mercado,  los viajes diarios a Palencia, cartas desde fuera. Yo iba y venía, como cualquiera. A ratos, al arrimo de la pared caliente de la cocina me creía curado. Al anochecer, volvía el zumbido en las tripas que no era hambre. Mi madre ya no me decía “no te acerques”; nos hablábamos poco, pero los dos sabíamos que el pozo me tiraba como tira la cuerda a los cubos.

El día que me fui fue un día azul de calendario. Mayo. La parra ya daba sombra completa. En el palomar revoloteaba la zurita con los volantones. A don Quirino se le voló el sombrero en la esquina de la plaza y se le vio la calva como una hostia. Las cosas pequeñas siguieron su ritmo, y, dentro de mí, el paso ya estaba dado. Me puse la camisa buena, la que huele a arca, y bajé al corral con el cubo en la mano. No lo necesitaba, pero en los pueblos nunca se baja al pozo con las manos vacías.

Me asomé sin prisa. El pozo estaba lleno, tan lleno como estaba  mi corazón de anhelos y de deseos la víspera. El agua era oscura, pero no opaca. Se me devolvió una imagen. Detrás de mi cara, a distintas profundidades, se divisaban difuminadas otras: la del niño que fui; la del adolescente que soñó con la capital; la de mi madre, mucho más joven; la de un desconocido que podría ser yo en una ciudad donde no sopla el viento; y más abajo, otra que no era humana y me sonrió sin boca. Reconocí, no sé por qué, la casa del confín del mundo. Reconocí a alguien que me había estado esperando.

En el brocal, la soga estaba tibia. Puse el pie en la piedra gastada por tantos cubos. Oí, al otro lado del tapial, un rebuzno de la mula, la risa de un niño que no era yo, un camión de piensos pasar por la carretera nueva. Todo eso quedó en su música. Yo levanté la pierna como la levantan las cigüeñas antes de volar y me incliné de forma que la caída fuese decisión y no traspiés. No tuve miedo.

La primera impresión fue de frío dulce. La segunda, de altura: no caía abajo, caía hacia dentro, como si el pozo no fuese un hoyo en la tierra sino un pliegue del cielo. Pasé junto a piedras que no raspaban, por sombras que no pesaban, entre luces de colores. Oí voces —las mías y las de otros— decir cosas leídas como si siempre las hubiésemos sabido. Vi la Laguna viva, palomares y cigüeñas, campos que eran mares, y mares que eran trigos. Vi un pozo dentro de otro pozo, y al final del último, una llanura sin viento donde alguien se deslizaba con una paciencia que no pedía permiso.

A mitad de descenso, una mano —no de carne— me tocó el hombro. Don Leandro y mi madre me habrían dicho que era Dios. A mí no me hizo falta nombre. Supe que había llegado. Si alguien lee esto en una mesa, en una casa de adobe, con un candil que hace olas en la pared, que no ponga una losa sobre lo que no entiende. Que escuche. Los pozos hablan. El lleno devuelve cielos; el vacío guarda voces. Dos mundos se tocan en el agua de Fuentes de Nava, y el viento de la Tierra de Campos sabe la tonada. Yo me tiré —como se tira uno a bautizarse—, y no me arrepiento. En esta llanura sin esquinas, el confín también es casa.

Si mañana sube un cubo con agua clara, beban sin miedo. Si alguna noche el pozo está vacío y silba, acuéstense pronto y recen bajo. Todo pasa. Y, sin embargo, todo queda: la cuerda gastada, la piedra lisa, la sombra de la higuera, el rebuzno de la mula, el tic-tac del reloj de pared junto a  la escalera, la cinta roja en un tobillo de mujer que huidiza desaparece.

El pozo seguirá en su sitio como una puerta sin aldaba. Y el viento, allá arriba, seguirá afinando la llanura como una cuerda larga hasta que todos sepamos —como sabían Bécquer, Machado o Delibes— que bajo la costra humilde de la vida, otra vida tiembla y nos llama por nuestro nombre secreto.

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