jueves, 12 de marzo de 2026

La puerta de ónix

Para algunos, el sueño no pasa de ser una simple agitación del cerebro: una sedimentación confusa de las minucias del día, un residuo sin valor, una excrecencia más de esa materia fatigada y arrugada que llevamos dentro del cráneo. Para otros, no es más que un lenguaje roto, un alfabeto sin clave, una sarta de símbolos superpuestos que desaparecen con la mañana como desaparece el vaho sobre un cristal frío. Y hay también quienes ni siquiera le conceden entidad suficiente para despreciarlo: duermen, sueñan, olvidan.

Yo no sabría decir qué es el sueño. Ni siquiera sé si aquello que me ocurrió entre 1980 y 1990 pertenece por entero a su reino. No me propongo interpretarlo. No vengo a ofrecer una doctrina de la noche, ni una explicación psiquiátrica, ni una exégesis simbólica. Sería demasiado fácil traicionar con teorías lo que sólo puede decirse desde la incertidumbre. Me limitaré, por tanto, a dejar constancia. A consignar unos hechos nocturnos tal como fueron vividos: sin el amparo de la ciencia, sin el ornamento de la superstición y sin más defensa que la memoria.

Lo que sigue no es una colección de sueños, al menos no en el sentido vulgar del término. Son episodios breves, pero de intensidad extrema; acontecimientos que tuvieron lugar durante la noche, sí, pero cuya naturaleza todavía hoy no me atrevo a fijar del todo. A veces fueron pesadillas. Otras, experiencias de falsa vigilia. Otras más, anticipaciones oscuras de algo que aún no había sucedido. En todos los casos dejaron tras de sí la misma impresión: que la realidad, en ciertas madrugadas, adelgaza, se hace permeable. Y cuando se hace permeable, algo pasa.

Capítulo I. Donde la noche se abre

Todo comenzó en 1980. Yo era todavía muy joven. Dormía entonces en un cuarto compartido con mi hermano, una habitación como tantas otras, modesta y perfectamente reconocible, con sus muebles familiares, sus rincones previsibles, su puerta, su ventana y su oscuridad. Nada había en ella que pudiera predisponer al espanto. Durante el día era un lugar anodino. Durante la noche, sin embargo, empezó a transformarse. No de golpe. No con estrépito. Lo hizo lentamente, por infiltración, como si una segunda naturaleza hubiera comenzado a instalarse en las cosas más comunes.

La cama dejó de ser sólo una cama. La puerta dejó de ser sólo una puerta. El pasillo dejó de ser un corredor doméstico. La madrugada dejó de ser una simple hora. Y poco a poco todo fue cargándose de sentido.

Con el tiempo comprendí que aquellos episodios obedecían a una misma ley secreta. Siempre ocurrían en la proximidad del despertar, en esa franja indecisa donde la conciencia no pertenece ya del todo al sueño pero tampoco se ha reintegrado por completo a la vigilia. Era como si existiera un territorio intermedio, una cámara liminar entre dos estados, y yo hubiera quedado, por alguna razón, especialmente expuesto a sus corrientes.

He llamado a aquellas experiencias sueños vividos. No porque fueran más intensos o vívidos que los demás, sino porque en ellos yo no dejaba de estar, en alguna forma, despierto. O quizá sería más exacto decir: vigilante. Una parte de mí asistía a lo que ocurría sin abandonarse nunca del todo a la inconsistencia del sueño. Esa parte observaba, escuchaba, razonaba, temía, discernía. Y precisamente por eso el horror era mayor: porque no se trataba de un sueño pleno, ciego, absurdo, sino de una intrusión en el corazón mismo de la conciencia.

Con el paso de los años empecé a sospechar que el verdadero centro de aquellas experiencias no era el monstruo, ni la sombra, ni la pesadilla, ni siquiera el presagio.

Era el umbral.

Siempre había una frontera: entre el cuarto y el pasillo, entre la cama y el suelo, entre la oscuridad y la forma, entre el cuerpo y algo que no era exactamente el cuerpo, entre el sueño y la vigilia, entre la vida ordinaria y otro espacio contiguo cuya existencia sólo se revelaba durante algunos segundos de la madrugada. Y casi siempre había también una tentativa de paso. Algo que venía. Algo que se aproximaba. Algo que trataba de entrar o algo a lo que, sin quererlo, yo mismo me acercaba demasiado.

Por eso, cuando años después busqué un nombre para esta serie de episodios, no encontré otro mejor que La puerta de ónix. Antiguamente, se creía que el ónix era una piedra que podía absorber energías, asociada a rituales. No sé de dónde vino esa imagen. Tal vez de uno de aquellos sueños. Tal vez de todos a la vez. Además me traía reminiscencias del fascinante ciclo onírico de Randolph Carter de H.P. Lovecraft que leí en aquella época. 

La puerta de ónix no es una puerta visible, aunque a veces adopte la forma de una puerta real. No es la de la habitación ni la del pasillo, aunque pueda servirse de ambas. Es otra cosa: un límite oscuro, una lámina mineral entre dos órdenes de experiencia. De un lado está el mundo familiar, la casa, la cama, los ruidos conocidos, la lógica diurna. Del otro, algo que no puedo nombrar sin empobrecerlo. Una región donde las formas no terminan de definirse, donde las presencias no necesitan cuerpo, donde el espacio se falsifica y la conciencia, sin apagarse, comienza a deslizarse.

Lo primero que recuerdo con absoluta nitidez ocurrió en la madrugada del miércoles 24 de septiembre de 1980.

Desperté de pronto. No sabría decir por qué. No hubo ruido, ni sobresalto visible, ni motivo aparente. Pero algo me arrancó del sueño. Antes incluso de abrir del todo los ojos sentí una vibración: una alteración tenue del aire, un estremecimiento sordo, casi eléctrico, que no percibí con el cuerpo entero, sino con una zona más profunda e indefinible de mí mismo. A esa vibración le siguió un nerviosismo repentino, desnudo, animal. No era miedo todavía, sino su anuncio. Como si una parte muy antigua del organismo hubiese reconocido una señal antes de que la inteligencia pudiera traducirla.

Recuerdo con claridad la necesidad urgente de cubrirme bajo las sábanas. No era un gesto racional. No obedecía a pensamiento alguno. Era un impulso de ocultación, una obediencia ciega a la amenaza inminente. Pero no tuve tiempo. Antes de que pudiera esconderme vi, con una nitidez que aún hoy me produce un estremecimiento físico al recordarla, aquello que atravesó el cuarto.

Entró por la puerta. No la abrió. No giró el pomo. No empujó la hoja. Simplemente cruzó el umbral. Pasó delante de las dos camas, la mía y la de mi hermano, con una lentitud silenciosa, y se perdió después a través de la pared de la ventana, como si la materia del muro no le opusiera resistencia. Todo ocurrió en apenas unos segundos. No hubo ruido. No hubo roce. No hubo el menor signo de alteración en la habitación, salvo su presencia.

Brillaba en la oscuridad. No era una claridad plena ni una figura compacta. Era más bien una silueta de luz blanquecina, como una forma mal sostenida sobre la noche. Caminaba encorvada, con una ambigüedad que impedía decidir si recordaba más a un anciano o a un primate. Su contorno no era estable: tenía algo de aparición defectuosa, de imagen precaria, de resplandor organizado a duras penas en forma. Si hoy tuviera que compararla con algo, diría que parecía una holografía miserable, una proyección de luz envejecida que hubiera aprendido a desplazarse sola.

Yo no grité. O quizá sí, pero sólo por dentro. Recuerdo el espanto en su forma más inmóvil: la garganta cerrada, el cuerpo inmovilizado por el sobresalto, la mente suspendida en una sola evidencia. Aquello estaba allí. Lo estaba viendo. Lo había visto entrar. Lo había visto cruzar la habitación. Lo había visto desaparecer.

A la mañana siguiente siguió en mí la misma pregunta que no me ha abandonado del todo: ¿soñé aquello o me ocurrió?

La pregunta, formulada así, es imperfecta. Supone que sueño y realidad son dos órdenes claramente separados y que el problema consiste sólo en decidir a cuál de ellos perteneció la experiencia. Pero eso es precisamente lo que aquellos episodios vinieron a poner en duda. Porque hubo noches en las que no me pareció que el sueño sustituyera a la realidad, sino que la penetraba. No una ilusión en lugar del mundo, sino algo infiltrado en él. Algo que no venía a borrar la habitación, sino a servirse de ella.

Desde aquella primera aparición, la madrugada dejó de ser inocente.

Durante mucho tiempo conservé una atención casi supersticiosa hacia ciertos signos. El silencio excesivo de la casa. La disposición de la oscuridad. El modo en que una franja de luz podía dibujarse bajo una puerta. Los ronquidos en el cuarto contiguo. La calidad del aire. Los segundos previos a un ruido. Porque aprendí, sin saber cómo, que el horror no siempre se presenta de golpe. A veces se anuncia con una modificación diminuta de lo real, con un matiz apenas perceptible, con un desajuste insignificante en la textura del mundo.

El segundo episodio importante ocurrió meses después, el 16 de abril de 1981, y tuvo una naturaleza distinta. Ya no fue una aparición visible, sino algo quizá peor: una aproximación.

Era domingo. Me hallaba despierto al final de la madrugada, en ese tramo incierto en que la noche aún resiste, aunque la aurora haya empezado ya, muy lejos, a trabajar en secreto. Toda la casa dormía. Nadie tenía que levantarse temprano. Yo estaba tendido en la cama, entregado a pensamientos vagos, a imágenes dispersas, cuando de pronto advertí una presencia en el pasillo. No vi nada. Lo supe.

Quien no haya sentido eso puede creer que se trata de una forma de imaginación retrospectiva, de una interpretación impuesta después al recuerdo. No es así. La presencia fue anterior a todo razonamiento. Era una certeza irracional y, sin embargo, más sólida que muchas certezas de la vigilia. Algo venía por el pasillo. Algo se acercaba a mi puerta. Y poco después lo oí.

Pasos.

No hay nada más terrible que unos pasos en la madrugada cuando uno sabe —sin saber por qué lo sabe— que no pertenecen a nadie de la casa. El miedo a una figura visible siempre deja una posibilidad de defensa: uno se protege del cuerpo, de la cara, del gesto. Pero cuando lo que se oye es sólo la aproximación, el espanto se multiplica. Cada pisada es un anuncio. Cada sonido reduce la distancia entre el umbral y uno mismo. Lo que avanza todavía no tiene rostro y por eso mismo puede adoptar todos los rostros del horror.

Los demás dormían.

Eso era quizá lo más atroz. La absoluta normalidad del resto del mundo. La respiración tranquila de quienes nada perciben. La casa intacta, sumida en su sueño doméstico. Y sólo yo, separado de pronto de esa comunidad inocente, convertido en el punto hacia el que algo avanzaba.

Entonces grité. O desperté gritando.

Porque una de las propiedades más inquietantes de estos episodios es justamente esa: cuando terminan, no queda claro dónde ha terminado uno y dónde empieza el otro. Uno se incorpora, reconoce la habitación, la cama, la noche, y se dice que ha sido un sueño. Pero el alivio es incompleto. Hay una parte de la experiencia que no acepta ser archivada tan fácilmente. Algo persiste, no como imagen, sino como estructura del miedo.

Con el tiempo llegué a una conclusión extraña: es más angustioso oír unos pasos que ver una aparición. La aparición hiere de golpe. Los pasos, en cambio, conceden el tiempo suficiente para que el miedo se organice, crezca y se vuelva casi inteligente.

En el primer trimestre de 1982 ocurrió algo distinto, aunque relacionado quizá con la misma fisura.

Soñé que estaba en la cama escuchando un programa de radio. Reconocí la emisora, la voz del locutor, la música, el tono inconfundible de la transmisión. Era una escena trivial, desprovista de toda grandeza, y quizá precisamente por eso más perturbadora. Al despertar, mi hermano también se despertó. El aparato de radio estaba sobre la mesilla, apagado. Lo encendí. Pasó aproximadamente un minuto y medio. Y entonces escuché exactamente el mismo programa que había soñado.

No fue un prodigio. Fue algo más inquietante: una leve abolición del orden de las cosas.

Aquel fue mi primer sueño premonitorio. No anunciaba ninguna tragedia, ninguna escena memorable, sino un hecho nimio. Pero en ello residía su fuerza. Lo ominoso no necesita magnificencia. A veces basta con que un fragmento de futuro se deslice hacia atrás y toque, sin estrépito, el borde del sueño.

Tres años más tarde, en la madrugada del 5 al 6 de julio de 1985, otra premonición se presentó con una violencia mayor. Siete horas después de haberla soñado se produciría en mi vida real la ruptura brusca con la cuadrilla con la que salía entonces. No existían señales previas que me hubieran permitido prever racionalmente aquel desenlace. Sin embargo, el sueño lo sabía ya. Lo sabía con esa forma muda y anterior en que ciertas verdades parecen existir antes de poder ser pensadas.

A finales de 1985, tras un período relativamente tranquilo, los sueños vividos regresaron con una densidad nueva. Ya no eran sólo irrupciones aisladas. Empezaban a comportarse como una serie, como si obedecieran a una misma voluntad subterránea.

Una noche desperté en la oscuridad absoluta de mi cuarto. Oía los ronquidos de mis padres en la habitación contigua. Ese ruido familiar, casi vulgar, era lo único que aún garantizaba la continuidad del mundo. Pero volvió la vibración. La reconocí de inmediato. Aquella señal mínima que precedía a lo anormal.

Y después llegó la certeza.

Había alguien más en la habitación.

No una figura visible. No una sombra distinguible. Sólo una concentración de amenaza en la negrura, una presencia tan compacta que parecía alterar la temperatura del aire. No la veía, pero la percibía con una claridad insoportable. Era como si un sentido más antiguo que la vista hubiese despertado para advertirme que la habitación ya no estaba vacía.

Aquello se aproximó.

No con pasos. No exactamente. El espacio parecía plegarse a su favor. La distancia entre esa presencia y mi cama se redujo de una manera que no puedo describir mejor. Y entonces sentí sobre la cara un roce helado.

Saqué la mano de debajo de las sábanas y la lancé al aire. Durante un instante tuve la impresión de tocar algo duro, frío, absolutamente real: una resistencia invisible, una superficie sin forma.

Aquello seguía allí.

Me había tocado.

Y el contacto no dejó sólo miedo. Dejó otra cosa. Una impresión de contaminación. Como si a través de aquel roce algo ajeno hubiera penetrado en mí. No era sólo el frío de una materia extraña. Era la sensación de haber quedado expuesto a una intromisión más profunda, como si me hubieran impuesto una cercanía contra la que la piel no bastara.

Yo me repetía entonces, con la obstinación de quien intenta salvarse con palabras, que debía de haber sido un sueño.

Pero ya empezaba a sospechar que la explicación podía ser cierta y no bastar.

El 9 febrero de 1986 se abrió la etapa más intensa de toda esta serie. Lo supe ya desde el primero de aquellos episodios, no tanto por lo que vi como por la impresión creciente de que cada vez resultaba más difícil regresar del todo.

Tuve primero un sueño agradable. Lo recuerdo precisamente porque fue agradable y húmedo y porque la pérdida de ese tono alegre agravó lo que vino después. Al despertar, sentí la decepción  de comprobar que había sido sólo un sueño. Intenté dormirme de nuevo para retomarlo. Lo conseguí. Más tarde volví a abrir los ojos.

O creí abrirlos.

Estaba en mi habitación. O eso parecía. Durante unos segundos no advertí nada concreto, sólo una anomalía difusa, una desproporción muda, algo casi imperceptible en la organización del espacio. Hasta que comprendí, con una claridad espantosa, que no estaba en mi cuarto.

No era una simple desorientación, como la de ciertos despertares infantiles en los que uno tarda unos instantes en reconocer la puerta o la ventana. Era algo mucho peor: el descubrimiento de hallarse en una réplica deficiente del espacio familiar. Un cuarto casi igual al mío, pero desplazado, falseado, perteneciente a otro orden.

Había en la pared dos luces semiapagadas. Parecían casi fundidas, suspendidas en un resplandor enfermizo, como si una bajada de tensión hubiera dejado flotando en el aire una claridad espectral. Durante un instante llegué a confundirlas con la débil luz que a veces se filtra por las rendijas de la persiana. Pero no. Aquella luz venía de otro sitio. Era una luz del otro lado.

El miedo no fue instantáneo. Fue creciendo por capas. Primero la sospecha. Luego la certidumbre. Después la soledad absoluta, porque nadie puede acompañarte a un lugar así. Nadie puede verificar lo que ves. Y finalmente la experiencia física.

Sentí que la cama se hundía.

No era una mera sensación de caída. Era como si bajo las sábanas se hubiera abierto una boca, una concavidad voraz, un abismo dotado de voluntad que comenzaba a sorberme lentamente hacia abajo. El colchón cedía bajo mí, pero no como cede por el peso del cuerpo, sino como si debajo existiera otra profundidad.

En aquel instante comprendí algo que me acompañaría desde entonces: el espanto más puro no procede de la aparición de un monstruo, sino de la ruptura de las leyes elementales del refugio. Cuando también la cama traiciona, cuando incluso el lugar destinado al descanso se revela permeable a lo otro, uno ya no sabe dónde guarecerse.

La noche siguiente, el día 10,  volví a soñar. El contenido se borró casi entero al despertar, pero debió de ser horrible, porque me arrancó del sueño con violencia. Abrí los ojos y vi, muy cerca de mi cara, unos ojos.

No una cara. No un cuerpo. Sólo unos ojos.

Se recortaban en la oscuridad con una nitidez imposible. Durante años intenté convencerme de que se trataba de un fenómeno óptico, de una de esas imágenes residuales que a veces flotan unos segundos en la penumbra cuando uno despierta de golpe. Pero aquella explicación tampoco me satisfizo nunca. Lo que me sobrecogió no fue sólo verlos, sino la impresión de que estaban aguardando allí, justo en el borde del despertar, como si alguien o algo hubiera querido acompañarme hasta el umbral y casi hubiera logrado cruzarlo conmigo.

Respiré con alivio. Creí haber escapado.

Más tarde, al recordarlo, empecé a pensar en una imagen que regresaría una y otra vez: la de una puerta oscura, mineral, impenetrable. Una puerta de ónix. No la puerta del cuarto, aunque pudiera servirse de ella, sino otra situada más adentro, en la misma estructura de la conciencia. Algo había intentado atravesarla.

Y todavía no había terminado.

Capítulo II. El cuarto desplazado

Hubo un momento, después de aquellos episodios de febrero de 1986, en que empecé a temer no tanto la llegada del sueño como la posibilidad de que el sueño aprendiera a persistir dentro de la vigilia. Hasta entonces, por violentas que hubieran sido algunas experiencias, todavía me quedaba el consuelo de pensar que el despertar restablecía el orden, que la conciencia, una vez devuelta a su cauce, volvía a sellar la grieta por la que lo extraño había penetrado. Pero poco a poco empecé a sospechar que no siempre era así.

Había despertares que no concluían de inmediato. Había habitaciones que tardaban en ser otra vez habitaciones. Había objetos —el armario, la puerta, la ventana, la propia disposición de la cama— que en ciertos segundos conservaban una incertidumbre residual, como si el mundo, al recomponerse, necesitara un breve intervalo para recordar su forma correcta.

Aquello fue lo más inquietante de todo: comprender que el regreso no era instantáneo.

En los sueños ordinarios hay una ruptura limpia. Uno despierta, reconoce el cuarto, el cuerpo, la mañana o la noche, y la experiencia se repliega sin resistencia hacia la región de lo irreal. En cambio, en estos otros episodios, el despertar era una operación lenta, casi laboriosa, y a veces incompleta. No se trataba sólo de haber soñado algo terrible. Era como si hubiera que volver desde un lugar. Como si la conciencia hubiera estado realmente fuera de sitio y tuviera que rehacer el camino a través de una sustancia espesa, adversa, hasta recobrar el mundo compartido.

No tardó en presentarse una nueva prueba.

Martes, 26 de marzo de 1986

Durante semanas había persistido en mí la impresión de que algo había intentado cruzar conmigo el umbral. No era una idea articulada, ni una superstición en sentido estricto, sino una certeza física, una sospecha encarnada. Como si una fuerza sin rostro hubiera descubierto la existencia de una puerta y, después de rozarla, hubiera decidido insistir.

Aquella noche no hubo anuncio visible. No recuerdo luces, ni ruidos, ni la progresión de unos pasos en el pasillo. Hubo sólo el ataque.

Sentí una mano en el cuello.

No una presión vaga, no la sugestión de una pesadilla simbólica, sino la sensación neta, concentrada y brutal de una mano cerrándose sobre la garganta. Fue un contacto inmediato, hostil, íntimo de un modo insoportable. Al mismo tiempo, unas garras —o algo que sólo la palabra garras puede aproximar— se clavaban en mi cuerpo, como si intentaran abrirlo, desgarrarlo o reclamarlo.

No vi ninguna forma. Y quizá eso fue lo peor.

Cuando el horror se presenta bajo una figura, incluso la más monstruosa, conserva todavía los límites de lo visible. Puede ser descrito. Puede ser rodeado por la mirada. Pero la violencia sin cuerpo, la agresión que no ofrece contorno, deja a la imaginación suspendida en un vacío más atroz que cualquier imagen precisa. Allí donde no hay figura, todo es posible. Allí donde no hay rostro, el miedo no tiene dónde detenerse.

Lo que recuerdo de aquella experiencia es, por encima de todo, la convicción súbita de hallarme sometido a una voluntad. Ya no se trataba de una presencia que pasaba, ni de un signo, ni de un borde inquietante entre dos estados de conciencia. Había una decisión dirigida hacia mí. Algo no sólo se mostraba: actuaba.

Después desperté, o creí despertar, con esa mezcla habitual de alivio y duda. La mente se apresura siempre a reconstruir el orden: ha sido una pesadilla, nada más. Pero a esas alturas yo sabía ya que la fórmula resultaba insuficiente. No porque lo soñado dejara de ser sueño, sino porque la palabra no alcanzaba a explicar la calidad particular de lo vivido. La violencia del episodio no estaba sólo en lo ocurrido, sino en la impresión de traspaso que lo acompañaba. Como si algo, al tocarme, hubiera logrado establecer contacto a través de la frontera.

A partir de entonces empecé a conceder una importancia nueva al cuerpo.

Hasta ese momento, el cuerpo había sido sobre todo el escenario del miedo: la garganta cerrada, el temblor, la parálisis, la respiración alterada, el estremecimiento previo. Ahora empezaba a parecerse también a una puerta. Un lugar por donde algo podía entrar, o desde el que algo podía desprenderse. Lo que más tarde viviría no haría sino reforzar esa sospecha.

Pasaron algunos meses. El verano y el otoño de 1986 transcurrieron sin episodios de la misma magnitud. Esa tregua, lejos de tranquilizarme, produjo un efecto ambiguo. Por un lado me devolvía la ilusión de normalidad; por otro, me habituaba a vivir con una vigilancia latente. El miedo, cuando se prolonga, termina por reorganizar la percepción. Ya no hace falta que esté presente de manera explícita. Basta con que haya modificado la relación entre uno y el mundo.

La casa seguía siendo la misma, naturalmente. Mi cuarto seguía siendo mi cuarto. El pasillo conservaba sus dimensiones exactas, la puerta su madera, la ventana su luz. Pero la familiaridad había dejado de ser inocente. Todo objeto conocido albergaba ya la posibilidad de su doble. Todo espacio cotidiano podía, en determinadas circunstancias, desplazarse. Y esa posibilidad bastaba para que la realidad perdiera un grado de firmeza.

Fue entonces cuando llegó el episodio más perturbador de toda la serie.

Jueves, 1 de enero de 1987

Había pasado parte de la noche en ese estado incierto que precede al sueño profundo, una mezcla de vigilia somnolienta, pensamientos residuales e imágenes que se desprenden todavía del día vivido. Era la primera madrugada del año. La Nochevieja seguía reverberando en la mente como un rumor lejano: voces, brindis, frases sueltas, restos de luz. Poco a poco todo eso se fue deshaciendo y entré en una región del sueño de la que apenas conservo memoria.

Lo que no he olvidado es el despertar.

Desperté —o eso creí— con la conciencia muy clara de estar boca abajo, con las manos junto al tronco y la mejilla apoyada sobre una superficie dura. No había en ello nada particularmente alarmante todavía. Lo extraño vino un segundo después, cuando abrí los ojos y comprendí que aquella dureza no pertenecía a mi cama.

No estaba en mi cuarto. No estaba siquiera en una habitación.

Estaba tendido sobre la calzada de la calle San Francisco.

La percepción fue instantánea. No la deduje: la supe. Era de noche. El pavimento brillaba como si acabara de llover o como si conservara una humedad vieja, adherida a la piedra. Sentí el frío de la intemperie, el aliento abierto de la calle, la desnudez mineral del suelo bajo la mejilla. A mi alrededor no había paredes, ni techo, ni el abrigo doméstico de la casa. Estaba en plena vía, inmóvil, expuesto, imposiblemente despierto sobre una superficie donde yo no podía, de ningún modo, estar.

Ese fue el núcleo del espanto: no el mero cambio de escenario, sino la evidencia simultánea de dos certezas incompatibles. Había despertado. Y, sin embargo, el lugar del despertar era imposible.

En otras ocasiones lo extraño había penetrado en la habitación. Esta vez parecía haber sucedido lo contrario: era yo quien había sido arrojado fuera del mundo habitual, depositado en otro espacio con la violencia muda de un traslado. Tuve incluso la sensación de haber llegado allí deslizándome por un plano inclinado, como si el sueño no terminara en la cama, sino que se abriera bajo ella una pendiente secreta cuyo extremo desembocara en aquella calle nocturna. No puedo asegurarlo. Fue sólo una impresión, pero una impresión físicamente tan intensa que aún hoy la recuerdo con inquietud.

Quise incorporarme. No pude.

El cuerpo estaba sometido a esa inmovilidad viscosa, desesperante, que acompaña a ciertos despertares falsos. No me hallaba sólo tumbado sobre la calzada: estaba retenido en ella. La calle no era únicamente un escenario improbable, sino una superficie que me había absorbido en su lógica. Traté de convencerme de que todo aquello no era más que una pesadilla vivida, una ilusión extrema del despertar. Era el último recurso de la razón, su maniobra defensiva más elemental. Pero la razón, allí, sólo podía nombrar el horror; no disiparlo.

Permanecí paralizado un tiempo que no sé medir.

En esos estados, los segundos no se suceden de manera ordinaria. Se espesan. Cada instante ocupa más conciencia de la que debería. El tiempo deja de fluir y empieza a presionar. Recuerdo el pavimento, la humedad, el miedo sordo y la sensación degradante de hallarme fuera de lugar de un modo absoluto. La calle San Francisco no aparecía como imagen: se imponía como realidad.

Al final logré moverme. Y en ese movimiento desperté en mi cama.

Mi hermano me llamaba desde la suya en voz baja. Yo debía de haber emitido algún gemido casi imperceptible. Pero el despertar no trajo consigo el alivio total. Durante casi veinte segundos fui incapaz de orientarme en la habitación. El armario ya no estaba donde debía. La puerta y la ventana parecían desplazadas. La luz que entraba por la persiana me desconcertaba. El cuarto entero se me ofrecía como una versión errónea del cuarto.

Ese intervalo fue quizá tan inquietante como la propia calle. Porque revelaba que el regreso no consistía en un simple volver a abrir los ojos, sino en una lenta restitución del espacio. La realidad tardaba en reaparecer con su orden acostumbrado. O, para decirlo con más precisión: yo tardaba en reconocerla como la única realidad disponible.

Empecé a contarle a mi hermano lo sucedido. Le hablé del sueño, del desconcierto, de la dificultad de orientarme. Pero callé una impresión más honda, acaso porque aún no sabía formularla. Al despertar tuve la sensación de haber girado en la cama, como si aquel movimiento no hubiera comenzado allí, sino sobre el pavimento mismo de la calle. Como si el cuerpo, al regresar, hubiera tenido que reproducir aquí el gesto que lo despegaba de allí.

Nunca he podido probarme esa idea.

Y, sin embargo, desde aquella noche quedó en mí la sospecha de que ciertos sueños no transcurren en un mero teatro interior, sino en una zona intermedia donde el cuerpo participa de un modo que no entendemos. A veces he pensado, incluso, que no se trataba sólo de soñar, sino de desprenderse apenas del propio lugar, como si una parte de la conciencia avanzara a tientas más allá del cuerpo y luego tuviera que regresar. La cama y la calle, el cuarto y el exterior, el adentro y el afuera, dejaron de ser órdenes radicalmente separados. Entre ellos parecía haber, en determinadas madrugadas, una vía de paso.

No me asustaba sólo lo vivido. Me asustaba el pensamiento que lo seguía: la posibilidad de que la próxima vez me resultara más difícil volver. O peor todavía: la posibilidad de volver demasiado tarde, cuando algo en mí hubiera quedado ya fijado del otro lado.

El tiempo pasó.

Casi tres años sin que se repitiera nada de semejante intensidad. Esa larga pausa pudo haber borrado el carácter excepcional de lo anterior, reducirlo a una secuencia juvenil de pesadillas memorables, pero no ocurrió así. Los episodios seguían ahí, organizados en mi memoria no como anécdotas, sino como hitos de una misma topografía nocturna. Habían trazado un mapa oscuro. Yo sabía que el territorio continuaba existiendo aunque no lo recorriera.

Y entonces, en 1990, volvió a abrirse.

Domingo, 23 de julio de 1990

Soñaba que estaba en un tren. No recuerdo el paisaje exterior ni el trayecto. No hay estaciones, ni pasajeros, ni ruido de raíles en lo que la memoria ha conservado. Sólo la impresión de desplazamiento y el instante preciso en que ese sueño comenzó a confundirse con el despertar.

Vi con extraña claridad la posición de mis brazos. Uno estaba bajo la almohada; el otro, junto al cuerpo. Lo vi antes de moverme, o quizá antes de ser plenamente dueño de mis movimientos. Quise accionar el cuerpo y comprobé que no podía. Pero, al mismo tiempo, sentí otros brazos.

No es fácil describir aquello sin empobrecerlo.

No eran brazos imaginados ni miembros añadidos a la manera grotesca de una visión monstruosa. Eran mis propios brazos, y no lo eran. Una duplicación intangible, superpuesta al cuerpo real. Los sentía con nitidez y podía moverlos conscientemente, aunque los otros, los verdaderos, permanecieran inmóviles. Como si el despertar hubiera desdoblado por un instante la presencia corporal y me permitiera actuar desde una réplica invisible de mí mismo. 

Los ojos estaban casi abiertos. O más bien: casi querían abrirse del todo. Esa vacilación es importante. No se trataba de dos estados sucesivos, sino de una coexistencia. El cuerpo dormido y el cuerpo despertando permanecían aún montados el uno sobre el otro, sin separarse por completo. Y en ese solapamiento surgían los otros brazos.

Al final logré despertar del todo.

Moví los brazos reales.

Y entonces se produjo la confirmación más perturbadora: estaban exactamente en la posición en que antes los había visto durante el sueño. No había error retrospectivo. No había reconstrucción imaginaria del cuerpo. La visión correspondía con exactitud a lo real.

Aquel episodio fue menos terrorífico que otros, pero no menos inquietante. Ya no aparecía aquí una entidad hostil, ni una agresión, ni una falsificación del espacio. Lo que se ponía en cuestión era algo quizá más grave: la unidad del cuerpo y, con ella, la unidad misma del despertar. ¿Quién había movido aquellos otros brazos? ¿Desde dónde? ¿Qué parte de mí persistía aún en el sueño mientras otra empezaba a reincorporarse al mundo?

Comprendí entonces que la puerta de ónix no separaba sólo espacios. También dividía formas de presencia. No era una mera frontera entre sueño y realidad, sino entre dos modos de habitar el propio cuerpo.

Aún quedaba un último episodio.

Y fue el más simbólico de todos, el único que adoptó la forma de una visión casi alegórica sin perder por ello su dureza inquietante.

Jueves, 6 de diciembre de 1990

Estaba en un bar.

La escena tenía esa naturalidad inicial de ciertos sueños que se abren sin extrañeza, como si uno hubiera ingresado ya en una situación comenzada. Había gente. Había movimiento. Nada parecía anunciar lo extraordinario. Y de pronto apareció la espada.

No llegó desde ninguna parte visible. No cayó. No fue empuñada por nadie. Simplemente estaba allí, suspendida en el aire, girando sobre sí misma con una autonomía glacial. Su movimiento recordaba al de una ruleta, pero una ruleta sin azar, una ruleta que en vez de señalar números o casillas eligiera seres humanos. La hoja daba vueltas y parecía ir fijándose en unos y en otros. La gente se apartaba. Abría espacio a su paso. Y, al cabo de un momento, comprendí que el término de aquella rotación era yo.

Intenté esconderme.

Busqué refugio detrás de una puerta, debajo de una mesa, en cualquier ángulo donde el cuerpo pudiera sustraerse a la amenaza. Todo fue inútil. La espada seguía orientada hacia mí. No me perseguía exactamente; me designaba. Esa diferencia lo cambiaba todo. No era una violencia ciega. Era una elección.

Entonces hice algo que en otros episodios nunca había logrado hacer: en vez de huir o de limitarme a padecer, decidí enfrentarme a la visión.

Tomé la espada.

Levanté el filo ante mis ojos y pregunté:

—¿Qué es esto? ¿Qué significa esto?

En la hoja apareció una escena reflejada con la claridad inmóvil de un espejo oscuro. Me vi muriendo en una cama.

No era una imagen grandiosa ni teatral. No había estridencia. Justamente por eso resultaba más insoportable. Era una agonía callada, doméstica, irreparable. Junto a la cama, de espaldas, había alguien que me cuidaba. Quizá era mi padre. No puedo afirmarlo. En los sueños, como en ciertos recuerdos, la identidad se revela a veces menos por los rasgos que por una especie de gravitación afectiva.

Volví a preguntar:

—¿Por qué?

La espada no respondió. O respondió manteniendo la misma escena. A veces hay respuestas que consisten sólo en la obstinación de una imagen.

Entonces formulé la última pregunta:

—¿Cuándo?

Y fue precisamente en ese punto cuando desperté. Sonaba el teléfono. Eran las ocho y media de la mañana.

No he sabido nunca si la interrupción me salvó de una respuesta o me la arrebató.

Años después he pensado que quizá la visión de la espada no era únicamente una premonición de la muerte, sino una síntesis, una cifra última de todo lo anterior. Durante una década entera los sueños habían adoptado la forma de presencias, pasillos, falsos despertares, ataques, desdoblamientos, desplazamientos del espacio y del cuerpo. Pero en el fondo todos parecían orientados hacia una sola interrogación: qué hay detrás del umbral, qué forma tiene la frontera última, qué ocurre cuando lo extraño deja de ser una visita y se convierte en destino.

La espada no decía sólo morirás. Decía también: estás señalado.

Y ser señalado no equivale siempre a ser condenado. A veces significa simplemente haber visto demasiado de cerca la costura que separa dos mundos.

Capítulo III. Lo que la noche sabía

Con los años he comprendido que el miedo no fue lo único que me dejaron aquellos sueños.

Durante mucho tiempo pensé que lo esencial de aquellas experiencias era el espanto: la irrupción de una presencia, la sensación de ser acechado, la violencia del despertar incompleto, la sospecha de que algo intentaba cruzar desde otro lado. Y, sin embargo, al volver sobre ellas ahora, desde la distancia, advierto que había en todo aquello algo más que miedo. 

No creo haber recibido revelaciones. No me cuento entre quienes convierten el sueño en un oráculo y se atribuyen, retrospectivamente, un privilegio espiritual. Sería una falsificación más. La mayor parte de lo que vi no traía consigo mensaje alguno. No venía a consolar, ni a instruir, ni a justificar. A veces era sólo una intrusión. A veces, apenas una fisura. A veces, una violencia muda. Pero incluso en esos casos dejaba tras de sí la impresión de que lo real no agotaba del todo su propia forma.

La realidad, tal como la vivimos durante el día, se nos presenta como una superficie sellada. Las cosas ocupan su lugar. Los cuerpos obedecen a su peso. Las habitaciones son habitaciones. Las puertas separan espacios. El tiempo avanza en una sola dirección. Y nosotros, instalados en esa confianza elemental, terminamos creyendo que el mundo coincide por completo con la imagen estable que nos devuelve de sí mismo.

La noche, en cambio, sabe otra cosa. O mejor dicho: durante algunas noches, algo en nosotros deja de sostener con la misma firmeza esa construcción. Entonces no desaparece el mundo, pero se vuelve poroso. No deja de haber cama, puerta, pasillo, ventana, cuerpo, oscuridad. Lo que ocurre es que esos elementos empiezan a vacilar en su condición. Se desplazan mínimamente. Conservan la forma pero difuminan su contorno. Y en ese temblor de los elementos se abre una sospecha.

Tal vez por eso los sueños que más me marcaron no fueron necesariamente los más espectaculares, sino aquellos en los que un simple desajuste bastaba para desencadenar el horror. Una luz que no debía estar allí. Una habitación casi idéntica a la propia, pero no del todo. El pavimento húmedo de una calle sentido como suelo real del despertar. Unos brazos invisibles superpuestos a los brazos del cuerpo. Unos pasos que avanzan sin mostrar todavía su dueño. Lo insoportable no era siempre la aparición de algo monstruoso, sino la adulteración de lo familiar.

Porque lo verdaderamente terrible no es que exista lo extraño. Lo verdaderamente terrible es que pueda injertarse en lo conocido sin destruirlo. Que la casa siga siendo la casa y, al mismo tiempo, ya no lo sea del todo. Que uno siga siendo uno mismo y, sin embargo, experimente en su propio cuerpo una dislocación, una duplicación, un residuo de ajenidad. Que el despertar mismo —ese acto en el que confiamos como regreso definitivo a la realidad— pueda demorarse, fragmentarse o volverse dudoso.

De todas las lecciones sombrías que me dejó aquella década, quizá la más honda fue esa: el despertar no siempre es inmediato ni absoluto. Hay una ingenuidad profunda en nuestra manera corriente de entender la vigilia. Creemos despertar como quien cambia de estancia: se sale del sueño y se entra en el mundo. Pero mi experiencia fue otra. Hubo noches en que despertar se parecía más a emerger desde una profundidad viscosa, atravesando capas de realidad imperfecta, falsificaciones parciales, residuos de sombra. No se trataba de abrir los ojos: se trataba de regresar. Y el regreso, a veces, exigía una labor interior de orientación, casi de reconstrucción.

Por eso no me extraña que ciertos recuerdos de aquellos episodios se parezcan menos a escenas soñadas que a viajes incompletos. No afirmo con ello que abandonara literalmente el mundo, ni que mi cuerpo cruzara regiones metafísicas, ni nada semejante. No necesito exageraciones de ese tipo. Me basta reconocer que, en aquellos instantes, la conciencia parecía habitar un espacio intermedio cuya lógica no era ya la del sueño común y todavía no volvía a ser la de la vigilia consolidada. Ese espacio intermedio fue durante esos años mi verdadero territorio.

Allí aparecía siempre el mismo drama con variaciones distintas: algo quería entrar o algo quería arrastrarme. A veces era una silueta blanquecina que atravesaba el cuarto. A veces, una presencia invisible. A veces, la propia cama convertida en abertura. A veces, la calle nocturna como lugar imposible del despertar. A veces, una espada que no hería, sino que señalaba. Cada experiencia me obligaba a confrontar una forma distinta de frontera. La frontera entre lo visible y lo invisible. Entre el adentro y el afuera. Entre el cuerpo sentido y el cuerpo soñado. Entre el presente y aquello que se adelanta o retrocede en el tiempo. Entre la habitación reconocible y su réplica desplazada. 

A veces me pregunto por qué aquellas experiencias se concentraron precisamente en esa década de mi vida. No lo sé. Tal vez la juventud posee una porosidad que luego se pierde. Tal vez en ciertas edades la conciencia vive aún demasiado cerca de sus propias cavernas. Tal vez hay épocas en que el mundo exterior no ha terminado de imponerse del todo sobre las potencias oscuras del mundo interior. O tal vez, simplemente, aquella fue la etapa en que la puerta estuvo entreabierta.

No he vuelto a vivir nada exactamente igual. Ha habido sueños intensos, desde luego. Pesadillas. Despertares turbios. Alguna intuición súbita. Pero no esa insistencia, no esa coherencia secreta, no esa impresión de estar recorriendo una sola geografía bajo máscaras distintas. Aquello tuvo unidad. Aquello obedecía a un mismo clima espiritual, a una misma presión de fondo, a una misma vecindad con algo que no he vuelto a sentir del mismo modo.

La espada del último sueño me mostró una escena de muerte y no respondió al porqué. Tampoco alcanzó a responder al cuándo. Tal vez no era eso lo esencial. Tal vez su función no consistía en revelar un destino, sino en condensar todos los episodios anteriores en una imagen única: la de una conciencia obligada a mirarse desde fuera, a verse ya situada en el extremo final de sí misma, bajo la mirada muda de un signo que la ha escogido.

Vivimos rodeados de formas estables no porque el misterio no exista, sino porque necesitamos olvidar que existe. Dormimos, despertamos, trabajamos, hablamos, amamos, envejecemos, como si el mundo estuviera cerrado y completo. Y probablemente hacemos bien. Sería insoportable vivir de otro modo. Pero a veces, en ciertos minutos de la madrugada, el olvido se interrumpe. Entonces una puerta oscura se dibuja en algún lugar de la conciencia. No se abre del todo. No se cierra del todo. Y basta esa indecisión para que comprendamos que la realidad, tal como la habitamos, quizá no sea más que la habitación contigua a otra estancia sin luz. Y a esa puerta que comunica ambas habitaciones, a falta de un nombre mejor, la llamo la puerta de ónix. Y aún hoy no sé si durante aquellos años fui su visitante, su testigo, su presa o apenas la sombra de mí mismo al otro lado.

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