Leigh Brackett construye un Marte que no tiene nada de científico. Es un Marte mítico deudor de Edgar Rice Burroughs y su "Princesa de Marte". Brackett escribe con una prosa directa, heredera del pulp, pero con ráfagas de lirismo inesperado. Hay arena, sudor y acero… pero también silencios, sombras y una nostalgia que se filtra entre las grietas del relato. No busca la verosimilitud científica —y ahí radica parte de su fuerza— sino la intensidad emocional y el poder de la imagen: un Marte que no necesita ser creíble para resultar inolvidable. La espada de Rhiannon es un cuento de ruinas, ecos y destinos que ya estaban escritos antes de empezar. La relación entre La espada de Rhiannon y Una princesa de Marte no es simplemente de influencia: es casi un diálogo entre dos momentos del mismo imaginario literario. Edgar Rice Burroughs establece el modelo literario de las aventuras planetarias; Leigh Brackett lo recoge, lo oscurece y lo vuelve más introspectivo y melancólico, convirtiendo la novela en una aventura crepuscular. Carter era un humano superior físicamente destinado a convertirse en un héroe casi mítico. Stark no lo es. Burroughs introduce el romance clásico (John Carter y Dejah Thoris). Brackett reduce ese componente. Donde Burroughs ofrece amor y conquista, Brackett ofrece pérdida y tránsito.
domingo, 29 de marzo de 2026
La espada de Rhiannon. Leigh Brackett
Demasiado tarde para despertar
Las gotas caían despacio desde un techo manchado de humedad
y golpeaban el suelo de madera con un sonido hueco, como dedos impacientes
tamborileando sobre un ataúd. Durante unos segundos no se movió. Tenía la
garganta seca, el cuerpo entumecido y una sensación viscosa en la nuca, como si
alguien hubiera estado respirando sobre él durante horas.
Miró a su alrededor. Reconoció el cuarto: la cama estrecha de hierro, la silla con la ropa doblada, el armario de nogal con el espejo rajado en diagonal. Era la habitación de la casa de su abuela Martina en Fuentes de Nava, el pueblo a donde no había regresado desde hacía diecisiete años.
Y, sin embargo, aquello era imposible. La casa llevaba vacía desde el entierro de la abuela, hacía algo más de un año.
Se incorporó despacio. La colcha estaba húmeda. No de agua,
sino de una humedad tibia, de algo vivo que le hizo retirar la mano con un
escalofrío. Al llevarse los dedos a la cara percibió un olor agrio, dulzón,
como flores podridas mezcladas con leche pasada.
—No puede ser… —murmuró.
Lo último que recordaba era la carretera.
Conducía de noche, bajo una tormenta cerrada, camino del pueblo. Había recibido la llamada a mediodía, desde un número desconocido.
Una
voz de mujer, muy anciana, preguntó:
—¿Eres José Luis, el nieto de la Martina?
—Sí.
—Entonces ven. Tu abuela te sigue esperando.
La línea se cortó ahí.
Pensó que era una broma cruel. O algún asunto relacionado
con la herencia. O quizá un vecino de esos que se aferran a los muertos más que
a los vivos. Pero algo en la voz —una calma que no era de este mundo— le
arañó por dentro. Al atardecer ya estaba en el coche, atravesando kilómetros de asfalto, desde Bilbao, bajo un cielo plomizo.
Recordaba un cruce, luego niebla, luego una figura inmóvil
en mitad de la carretera.
Después, nada.
Se levantó de la cama con las piernas temblorosas. El suelo
estaba helado. Bajo la puerta se filtraba una luz grisácea. Quiso encender la
lámpara de la mesilla, pero no había bombilla. Solo el casquillo desnudo, negro
por dentro, como un ojo quemado.
Entonces oyó el primer ruido. Un roce bajo la cama. Muy suave. Como de uñas.
—No tiene gracia —dijo, aunque sabía que estaba solo. O casi.
Abrió la puerta y salió al pasillo. La casa respiraba.
José Luis apartó la vista.
Las puertas de los otros dormitorios estaban entornadas. Una
de ellas, la de la antigua habitación de costura, se movía golpeando el marco
con un toc… toc… toc rítmico que le erizó la piel. En otro tiempo su
abuela le había prohibido entrar allí.
—Hay cosas que duermen mejor sin compañía —decía.
Bajó la escalera.
Cada peldaño se quejaba como si cargara más peso del que
debía. La planta baja estaba en penumbra. El reloj de pared seguía funcionando,
pero las agujas giraban hacia atrás. En la cocina, los cacharros estaban
colocados en su sitio exacto, limpios, brillantes, como si alguien hubiera
preparado la casa para una visita. Sobre la mesa había un plato hondo cubierto
con un paño.
No quería acercarse. Aun así lo hizo. Levantó la tela con dos dedos.
Dentro había sopa. O algo que parecía sopa. Un caldo oscuro,
casi negro, en cuya superficie flotaban pequeños trozos blanquecinos. Pensó en
ajo. O en huesos diminutos. Entonces uno de aquellos trozos parpadeó.
José Luis dejó caer el paño y dio un paso atrás, atragantándose
con un grito.
Oyó una voz detrás de él.
—Te va a saber fría.
Se volvió con el corazón golpeándole las costillas. Su abuela Martina estaba en la puerta de la despensa. O lo que quedaba de ella.
Vestía el mismo luto que el día del entierro, pero el
vestido estaba pegado a su cuerpo como si hubiera salido del barro. La piel del
rostro parecía demasiado tensa sobre los huesos, translúcida en algunos puntos,
y en las comisuras de la boca tenía tierra seca. Sonreía con una dulzura
insoportable.
—Abuela… —balbuceó.
—Has tardado mucho, hijo.
No sabía qué responder. Quiso avanzar hacia ella y
abrazarla; querría haber sido niño otra vez, hundir la cara en su falda y
escuchar que nada malo podía entrar en aquella casa. Pero algo en sus ojos,
hundidos y vidriosos, lo mantuvo quieto. No eran ojos vivos. Ni muertos. Eran
otra cosa: dos pozos quietos con algo moviéndose muy abajo.
—Tú… tú estás muerta.
Ella inclinó la cabeza, casi divertida.
—Y tú no del todo.
José Luis sintió un golpe de hielo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Martina dio un paso hacia la cocina. No caminaba bien; más
que andar, parecía recordar vagamente cómo hacerlo.
—Ven. Tienes que comer. Despertar da mucha hambre.
—No estoy soñando —susurró él, más para convencerse que para
afirmarlo.
—Eso ya pasó.
La frase quedó suspendida en el aire, espesa como el olor de
la sopa.
José Luis retrocedió hasta chocar con la encimera.
—Quiero irme.
—No puedes.
—¿Por qué?
La sonrisa de la anciana se apagó.
—Porque llegaste al cruce y elegiste mirar.
Entonces recordó. La figura en la carretera.
No era una persona. Era alta, demasiado alta, inmóvil bajo
la lluvia. No tenía rostro. Solo una superficie lisa, pálida, en la que latían
sombras bajo la piel como gusanos. Él había frenado demasiado tarde. El coche
se desvió. Hubo un golpe brutal. Cristales. Sangre caliente en la frente.
Y antes de perder el sentido vio aquella cosa junto a la
ventanilla, inclinándose para mirarlo. O para olerlo.
—No… —dijo, ahogado.
Su abuela asintió despacio.
—Tu cuerpo sigue donde lo dejaste. Entre los hierros. Pero
aquí entró lo que te encontró primero.
José Luis sintió náuseas.
—Mientes.
—Ojalá.
Desde el comedor llegó un crujido. Después otro. Y otro más,
como si varias personas se estuvieran levantando de sus sillas al mismo tiempo.
Martina no apartó los ojos de él.
—La casa siempre ha sido un lugar de paso. Mi madre lo
sabía. Su madre también. Hay sitios donde el sueño y la muerte se rozan como
dos telas. Aquí la costura es muy fina. Demasiado fina. Por eso cerrábamos la
habitación de costura en invierno. Por eso no se respondía cuando llamaban
desde fuera después de medianoche.
José Luis miró hacia el comedor. Las sombras se movían detrás de la puerta.
—¿Quién hay ahí?
La anciana tardó en contestar.
—Los que despertaron cuando aún estaban soñando.
La puerta del comedor se abrió sola. Dentro, sentadas alrededor de la mesa larga, había seis personas. O seis formas humanas.
Una mujer sin párpados. Un niño con la cara cubierta por una
membrana transparente que subía y bajaba como si respirara agua. Un hombre
anciano con la mandíbula desencajada, llena de tierra. Otra figura de espaldas,
demasiado delgada, cuyos hombros temblaban con una risa muda. Todos tenían
delante un plato vacío.
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo para mirarlo.
—No… no… no…
Martina lo tomó de la muñeca. La mano estaba helada y dura.
—Escúchame, José Luis. Aún puedes salir.
Él se aferró a aquellas palabras como un náufrago.
—¿Cómo?
Por primera vez la anciana pareció verdaderamente triste.
—Tienes que despertar antes de que ellos te aprendan.
—¿Aprenderme, qué?
—Aprendan tu voz. Tu cara. Tus recuerdos. Si terminan, ya no sabrás
quien eres.
En el comedor, el niño membranoso abrió la boca. De ella
salió la voz de José Luis, perfecta, nítida:
—No puede ser…
Luego la mujer sin párpados repitió, con la voz de su madre:
—José Luis.
Luego el anciano de la mandíbula rota habló con el tono de
un médico:
—No responde. Preparad la descarga.
José Luis se quedó helado.
Aquellas voces no venían del aire. Venían de lejos, de un
sitio exterior, amortiguadas, como si atravesaran agua, sueño, tierra.
Entonces lo entendió: eran reales. Gente inclinada sobre su cuerpo.
Maniobras. Gritos. Metal en el pecho. Un intento desesperado de traerlo de vuelta.
—Me están… reanimando —dijo.
Su abuela asintió.
—Sí. Pero el camino de vuelta se estrecha. Cada vez que
dudas, ellos comen un poco más.
Las figuras del comedor comenzaron a levantarse. Una a una. Lentas. Torpes. Pero decididas.
José Luis tiró de su brazo, intentando soltarse.
—¡Dime qué tengo que hacer!
Martina lo atrajo hacia sí hasta que su rostro quedó a pocos
centímetros del suyo. Su aliento olía a criptas abiertas.
—No escuches a los muertos que te aman.
José Luis frunció el ceño, perdido.
—¿Qué?
—Cuando cruces el pasillo, oirás voces. Te llamarán con
cariño. Con culpa. Con dolor. No te vuelvas. Ninguno de nosotros sabrá
parecerse tanto a ellos como para engañarte… pero sí suficiente para que
quieras quedarte.
Las figuras ya estaban en la puerta.
La delgada seguía de espaldas. Lentamente, comenzó a girar
el cuello. Giró más. Y más. Hasta que la cabeza quedó del revés.
—Corre —susurró Martina.
José Luis corrió.
Atravesó la cocina, el recibidor, el pie de la escalera.
Detrás de él estalló un ruido de sillas volcadas y pies arrastrándose. Subió
los peldaños de dos en dos mientras la casa entera gemía. Las paredes latían.
El aire se había vuelto tibio y espeso, como el interior de una garganta.
Llegó al pasillo de arriba. Al fondo estaba su antigua habitación. La puerta abierta. Oscura. Tenía que cruzar hasta allí.
Dio dos pasos y oyó la primera voz.
—José Luis, cariño.
Era la voz de su madre. Tan clara, tan llena de miedo, que estuvo a punto de darse la vuelta.
—Abre los ojos, por favor. Por favor.
Siguió caminando.
A la izquierda, una puerta se entreabrió. Dentro creyó ver
su piso actual, la lámpara del salón, su abrigo colgado, la vida sencilla y
reciente. De la habitación salió la voz de Laura, su exmujer.
—No te vayas otra vez.
Se detuvo.
Había pasado un año desde que se marchó. Un año desde aquel
último portazo, desde aquellas palabras crueles que ninguno retiró. Sintió un
pinchazo de culpa tan hondo que le fallaron las rodillas.
—José Luis—repitió Laura, llorando—. Esta vez quédate.
Una mano helada le rozó la nuca. Se volvió por reflejo. No había nadie. Solo el pasillo.
Pero al final, cerca de la escalera, ya subían las figuras.
No caminaban: se ondulaban, se deslizaban con movimientos imperfectos,
articulaciones donde no debía haberlas, cabezas demasiado inclinadas. El niño
iba delante, sonriendo con la boca abierta hasta casi partirse en dos.
José Luis echó a correr otra vez.
La voz del médico tronó desde alguna parte remota:
—¡Carga a doscientos!
La casa entera tembló.
Las paredes se agrietaron y por las grietas asomaron dedos
negros, muchos, buscando. El espejo rajado del pasillo reflejó a José Luis… pero en
el reflejo su cara no era la suya. Era la superficie blanca y lisa de la cosa
de la carretera.
Gritó y se lanzó dentro de la habitación. Cerró de golpe. Empujó una cómoda contra la puerta. Las criaturas chocaron al otro lado con un sonido húmedo, no humano. Buscó desesperado algo, una salida, una señal, cualquier cosa. Entonces vio que bajo la cama brillaba una luz pálida. La misma cama donde había despertado. Volvió a oír el roce de uñas. Se arrodilló. Debajo no había oscuridad. Había un corredor larguísimo, iluminado por una claridad de hospital, y al fondo varias siluetas inclinadas sobre un cuerpo tendido. Oyó pitidos, voces, un “vamos, vamos” ahogado por la distancia.
Su cuerpo. Su salida. Pero entre él y aquella luz, reptando por el corredor imposible, estaba la cosa del cruce. Ahora sí la veía bien. No tenía rostro porque su rostro eran todos. Rasgos a medio formar emergían y se hundían en la carne blanquecina: una boca infantil, un ojo de anciana, la nariz de un desconocido, dientes que no correspondían a ninguna mandíbula. Se arrastraba hacia él con una paciencia glacial, como sabiendo que ya no era necesario apresurarse.
—Demasiado tarde —susurró con cien voces.
La puerta de la habitación comenzó a astillarse. Los golpes al otro lado iban acompasados con algo peor: la voz de su abuela.
—José Luis —dijo Martina, muy suave—. No mires debajo de la
cama.
Él se quedó inmóvil. La puerta volvió a estremecerse.
—No mires —insistió ella—. Ya has despertado aquí. Lo demás
es lo que sueña contigo.
Algo en su tono había cambiado. La ternura seguía ahí, sí,
pero ahora deformada, hambrienta, posesiva. Comprendió con un terror absoluto
que quizá ella también había mentido. Que quizá no intentaba salvarlo. Que
quizá solo quería retenerlo donde los muertos no se van nunca.
La criatura bajo la cama estaba más cerca. Detrás, las maderas crujieron. Una mano pálida atravesó la puerta.
Martina habló otra vez, casi cantando:
—Quédate, hijo. Arriba no hay nada. Solo dolor. Solo carne
rota. Aquí no volverás a perder a nadie.
José Luis lloró sin darse cuenta.
La criatura se detuvo a pocos pasos del borde. En la masa de
su no-cara apareció por un instante el rostro de Laura. Luego el de su madre.
Luego el suyo propio.
—Quédate —dijeron todos.
Y entonces, desde el fondo del corredor de luz, alguien
gritó con violencia:
—¡Ahora!
Una descarga blanca le atravesó el cráneo.
El mundo se quebró.
La casa chilló.
No un sonido, sino miles, como vigas, gargantas y campanas
rotas al mismo tiempo. Las paredes se abrieron. Del techo cayó lluvia negra.
Las criaturas del pasillo empezaron a convulsionar, perdiendo forma,
deshaciéndose en miembros y barro. La mano que asomaba por la puerta se
convirtió en un ramo de raíces.
Su abuela gritó su nombre. No como una abuela. Como una cueva.
José Luis se aferró al borde de la cama y metió la cabeza bajo
ella. El corredor de hospital estaba mucho más cerca. La luz lo devoraba todo.
Notó que algo le sujetaba los tobillos desde detrás, uñas hundiéndose en la
carne.
—¡No! —aulló Martina, o lo que hubiera sido Martina—.
¡Todavía no!
Él empujó hacia adelante.
Sintió que se desgarraba por dentro, como si atravesara una
tela cosida con nervios. El corredor se estrechó. La luz le quemó los ojos. Oía
pitidos desbocados, órdenes, pasos, llanto. También oía, cada vez más lejos
pero aún presente, la voz de la casa:
—Demasiado tarde para despertar…
Y entonces despertó.
De verdad.
Saltó sobre la camilla con un grito ronco y brutal,
arrancándose tubos, manotazos ciegos al aire, buscando defenderse de algo que
ya no estaba. Encima de él había lámparas blancas. Mascarillas. Un médico. Dos
enfermeras. La cara empapada de lágrimas de su madre.
—¡José Luis! ¡Dios mío, José Luis!
Lo sujetaron. Lo calmaron. Le hablaron. Le dijeron hospital,
accidente, parada cardiorrespiratoria, tres minutos, vuelta, estás aquí, estás
a salvo.
A salvo.
Pasaron los días.
Se dijo que era una alucinación. Un residuo neurológico. El
cerebro inventando arquitectura para no morir.
Casi logró creerlo. Hasta la primera noche en planta.
Se despertó sobresaltado a las tres y cuarto. La habitación del hospital estaba a oscuras, salvo por la línea verde del monitor. Afuera llovía. O eso pensó. Luego oyó el sonido con claridad. No venía de la ventana. Venía del techo. De dentro.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Giró muy despacio la cabeza. Debajo de la cama hospitalaria, en la estrecha banda de sombra, algo se movía con paciencia infinita. Como uñas.
Y la voz de su abuela, tierna, ahogada, subiendo desde allí
abajo, le susurró:
—José Luis… esta vez sí es demasiado tarde.
viernes, 27 de marzo de 2026
El espantapájaros de la Nava
En las tierras cercanas a las Bodeguillas, se levantaba desde hacía
años un espantapájaros al que todos llamaban el Mudo. No porque fuera
más torpe que otros, sino porque tenía una tristeza de madera que parecía
callar incluso a las urracas. Lo hizo la Lorenza, la viuda que llevaba las tierras
de su hermano con un muchacho a jornal, y lo plantó en mitad de los trigales
con camisa de cuadros, pantalón de pana vieja y un sombrero de ala rígida que
había sido del difunto.
El Mudo miraba siempre hacia el norte. No por elección, sino
porque así lo dejaron amarrado. Desde allí veía la raya recta del horizonte de la meseta,
los palomares redondos como cántaros, la torre de San Pedro con su piedra
iluminada al ponerse el sol, y el camino de tierra que, serpenteando suave, iba
hacia la Laguna y los pueblos de alrededor: Abarca, Autillo, Castromocho.
Veía pasar tractores, carretas, algún rebaño sin prisa. Veía el mismo cielo
repetido cada día.
A lo largo de los meses las aves le tomaron la medida.
Primero lo respetaron cuando estaba recién puesto: nadie se fía de un hombre
nuevo. Después, las más descaradas empezaron a acercarse. Picaban en el
rastrojo, se posaban en su brazo, lo ignoraban como se ignora a un viejo que ya
no protesta. El Mudo, claro, seguía allí. Inmóvil. Vigilando sin ganas.
Espantando sin espantar.
Si hubiera podido suspirar, habría suspirado con frecuencia.
Porque el Mudo —no se sabe cómo, no se sabe desde cuándo— no
eran solo trapos sobre un palo. Tenía dentro una conciencia lenta, del tipo que
crece en las cosas que están quietas mucho tiempo. No pensaba como pensamos tú
o yo; pensaba como piensa un árbol, o una piedra al sol. Pero pensaba. Y lo
principal que pensaba era esto:
“¿Qué habrá más allá de este campo?”
No era curiosidad de mundo grande ni de aventuras de novela.
Era hastío. Era el cansancio de ver siempre la misma rasante, los mismos
colores, el mismo reloj de luz. A veces, cuando el sol caía y las sombras se
estiraban, el Mudo soñaba despierto con la posibilidad imposible de dar un
paso, aunque fuera torpe, aunque se cayera de bruces sobre los terrones.
Entonces llegó julio. Y con julio llegó la luna llena
grande, redonda, que sube por Tierra de Campos con una claridad de harina.
Aquella primera noche de luna llena, el viento aflojó de golpe, como si también
quisiera escuchar. Las espigas de los campos dormían. Los grillos cantaban tan parejo que
parecía un tejido de sonidos. Y el Mudo sintió algo nuevo en las uñas de paja: una
tibieza.
No fue un rayo ni una magia de cuento con chispas. Fue más
bien como cuando se deshiela una mano agarrotada. Primero un hormigueo. Luego
una sensación de peso propio. Y, sin saber por qué, sintió la gravedad como una
invitación.
Miró hacia su brazo derecho. Podía moverlo.
Lo movió. Lento, con una torpeza de cosas que no han tenido
articulaciones. La camisa crujió. La cuerda que le sujetaba soltó un quejido
seco.
—Madre… —se oyó decir.
Se asustó de oírse. La voz no salía de una garganta, sino
del hueco de su pecho de paja; aun así estaba ahí, áspera, recién nacida.
Probó el otro brazo. También respondió. Probó el cuello: le
dolió, pero giró. Miró por primera vez hacia el sur, hacia Fuentes iluminado en
plata. El pueblo parecía una maqueta depositada sobre la meseta. Sintió un
tirón de emoción sin nombre, como un niño ante una puerta nueva.
Y entonces ocurrió lo que tanto había deseado: Sus pies de palo se despegaron del suelo.
No fue un salto magnífico, sino un tambaleo. Se soltó del
poste y cayó de rodillas sobre el rastrojo. Se rascó la pierna sin tener piel.
Se reía por dentro y por fuera como puede reírse un espantapájaros torpe.
—Puedo —dijo, casi en secreto—. Puedo andar.
Andar fue difícil. El primer paso lo dio con la rodilla
vibrando. El segundo, con los brazos abiertos como quien busca equilibrio en
una barca. Al quinto, ya tenía un ritmo. Al décimo, se sentía dueño del camino.
Camino. Camino. La palabra le sonó a pan.
La luna estaba alta. El Mudo miró hacia el camino de tierra.
No tenía mapa, no tenía brújula, no tenía idea de hasta dónde podría llegar
antes de que se le acabara la vida nocturna. Pero tenía algo más fuerte: la
urgencia de no volver a quedarse quieto.
Echó a andar.
La primera noche llegó hasta las eras de Fuentes de Nava.
Olió el pueblo antes de verlo: olor a adobe fresco, a establo
cerrado. Se asomó al borde como quien se asoma a un baile sin entrar. Hizo
ruido sin querer, porque los jirones de su ropa rozaban las zarzas. Un perro
ladró en la distancia. Otro le contestó. El Mudo se quedó quieto un segundo, no
por miedo sino por costumbre. Luego recordó que ya no estaba clavado.
Siguió.
No entró en el pueblo aquella noche. No quería que lo
vieran. No sabía qué era lo que debía ser un ser como él en un lugar de
humanos. Se conformó con rodearlo, con oír el eco apagado de una radio nocturna
en alguna ventana y el tintineo lejano de un vaso en un bar.
En las afueras, cerca de un viejo caserío, vio algo que le perforó la paja: Otra figura de guardia.
Un espantapájaros distinto. Más alto, más nuevo. Con la
camisa limpia, el sombrero bien puesto, una bufanda roja que le caía como una lengua.
El Mudo se acercó despacio. La figura estaba quieta, clavada
al suelo. Pero en la luz azulada de luna parecía que lo miraba.
—Buenas noches —dijo el Mudo, por decir algo.
El otro no contestó, claro. Era espantapájaros, pero no
estaba vivo. Eso pensó el Mudo. Sin embargo, al acercarse más, vio bajo la
camisa un brillo extraño: no era paja amarilla, sino… otra cosa oscura, como
trenzas de sombra.
—¿Quién te ha hecho...? —susurró.
En ese momento, el aire se enfrió de golpe. No era el fresco
normal de la madrugada; era un frío que te borra el aliento. El Mudo miró hacia
el este y vio una cosa que no cuadraba con el campo.
A lo lejos, por el camino que venía de Abarca, avanzaba una
mancha negra.
No era persona, ni animal, ni carreta. Era una sombra más
oscura que la noche, baja, pegada a la tierra, pero moviéndose. Se deslizaba
como humo sin viento. Por donde pasaba, la hierba parecía apagarse un tono,
como si la luz se lo pensara dos veces.
El Mudo sintió algo parecido al miedo, que en él no era un
temblor sino un tirón hacia atrás.
La mancha no se acercó a él. Pasó de largo hacia Fuentes,
sin mirar. Pero él notó que al pasar, algo de su camisa se deshilachaba, como
si la oscuridad mordiera. Aún así, no se atrevió a moverse. La cosa llevaba un
silencio que imponía.
Cuando se perdió camino del pueblo, el Mudo respiró… o hizo el gesto de respirar. Miró al espantapájaros nuevo. La bufanda roja se había quedado negra por un borde.
El Mudo comprendió algo sin palabras: Aquello oscuro estaba “visitando” espantapájaros.
No sabía para qué. Pero sabía que no era bueno. Las cosas
malas de la Tierra de Campos casi siempre se mueven así: sin ruido, sin prisa,
con hambre lenta.
Volvió al campo donde estaba plantado el otro. Quiso tocarlo. La mano le temblaba. Lo tocó. La paja del interior no era paja. Era ceniza. Y olía a hoguera vieja.
Se apartó. La noche estaba cambiando de color: el cielo
empezaba a palidecer por el este. Notó cómo la vida prestada se le iba
aflojando por dentro, como cuando se desinfla un odre.
Se echó a correr torpemente de vuelta, sin saber bien por
qué, pero con la certeza de que debía volver antes de que amaneciera, como
decía su instinto de madera. Llegó a su poste cerca de las Bodeguillas y, justo cuando el
sol asomaba, el cuerpo se le endureció otra vez. Los brazos se le quedaron
tiesos en cruz. El cuello se le clavó hacia el norte.
Volvió a ser el Mudo. Pero ya no era el mismo.
Los humanos notaron cosas esos días. Lo notaron sin saber
nombrarlo, como siempre.
—Hay menos gorriones —dijo la Lorenza en el bar.
—Será que el trigo ya está segado —respondieron.
—No, no es eso. Está raro el aire.
Algunos espantapájaros amanecieron con la ropa desgarrada o
ennegrecida, como si una brasa les hubiera besado por la noche. Otros
amanecieron caídos, el palo partido por la mitad. Nadie vio nada. Pero todos,
al comentarlo, bajaban un poco la voz.
Eusebio el de la calle Mayor, que era más viejo que el
propio pueblo, fumó su puro al atardecer y dijo:
—Eso que veis no es viento. Es viajero.
—¿Qué viajero? —preguntó Filomena.
Eusebio se encogió de hombros.
—Un viajero de sombra. Cuando algo malo no encuentra sitio, va de
pueblo en pueblo buscando una rendija.
La gente se rió con cuidado. No querían creerle y tampoco
querían desmentirle del todo.
La segunda noche de luna llena, el Mudo volvió a despertar. Esta vez no tuvo que aprender de nuevo a mover el cuerpo. Fue como ponerse un abrigo conocido. Se soltó del poste, cayó al suelo con menos torpeza, y echó a andar hacia el camino antes de pensarlo. No se detuvo en el caserío junto al canal. Bajó directo al pueblo.
Fuentes dormía. Solo una luz de cocina encendida en una
casa. El Mudo entró por calles estrechas, cuidando de no hacer ruido. Los
adoquines eran fríos. La plaza del ayuntamiento parecía otro planeta sin gente.
La torre de la iglesia se alzaba encima como una aguja negra cosiendo el cielo.
Al pasar junto a la iglesia, oyó algo que le erizó la paja: Un murmullo dentro del campanario. No era la campana. Era como una voz baja, un respirar ajeno. El Mudo levantó la cara hacia la torre. En una de las troneras vio algo moverse: una oscuridad densa, igual que la del camino. No subía ni bajaba; se asomaba, como un gato que mira un corral.
El Mudo dio un paso atrás. La oscuridad se retiró. El Mudo entendió: aquello no solo viajaba, también “habitaba” a ratos en sitios altos.
Siguiendo el rastro, salió del pueblo por la calle que va
hacia la Laguna. En el borde vio otro espantapájaros, el de las huertas. Lo
habían hecho los chavales para reírse. Estaba aún vivo del día, pero de noche parecía triste.
El Mudo se acercó. Le tocó el pecho.
—No te dejes —susurró.
No sabía por qué lo decía. Era como si se diera un consejo a sí mismo. Un ruido leve sonó atrás. El Mudo se giró. Allí estaba la mancha negra, a pocos metros. Más grande que la otra vez. Más concentrada. No tenía ojos, pero sentías que te miraba. No tenía boca, pero sentías que quería algo.
El Mudo dio un paso atrás. La mancha avanzó un paso. No corría ni saltaba. Simplemente ocupaba el espacio. El Mudo quiso huir, pero algo lo sostuvo. Una cosa nueva en él, que no sabía nombrar todavía.
Alzó el brazo (su brazo de trapo y nudos).
—Aquí no —dijo.
Nada. La mancha siguió.
El Mudo miró al espantapájaros de la huerta. Comprendió que
si no hacía algo, aquello lo convertiría en ceniza por dentro como a los otros.
¿Cómo se detenía una sombra? No tenía idea.
Entonces vio algo en el suelo: un haz de rastrojo seco,
atado con cuerda, que alguien había olvidado tras el día. Paja seca. Paja como
él. Paja que, en el fondo, era su idioma.
Agarró el haz. Se acercó a la mancha. Sintió frío. Mucho.
—Si comes sombra —dijo—, come luz también. Y arrojó el haz dentro.
La mancha no se quemó. No hubo llama. Pero sí ocurrió algo
extraño: el haz de paja se iluminó, como si ardiera sin fuego, y dentro
de la oscuridad se dibujaron pequeños puntitos claros, como luciérnagas.
La mancha se detuvo.
Y es que la oscuridad odia lo que tiene memoria de sol. No era fuego lo que le asustaba a la Sombra, sino el recuerdo del sol en la paja. La mancha retrocedió un palmo. Luego otro. Como si hubiera probado algo amargo.
El Mudo avanzó un paso, con el corazón de paja desbocado.
—Vete.
La mancha retrocedió más rápido, como un agua que se escapa
cuesta abajo. Se deslizó hacia el camino de Abarca y desapareció.
El Mudo cayó de rodillas. Le temblaban los brazos. Miró el
haz ahora apagado, normal. Pero aún olía a luz.
El espantapájaros de la huerta seguía clavado. No parecía
haber entendido nada.
El Mudo se quedó un rato, recuperando su respiración
imaginaria. Luego se levantó y volvió hacia el campo, no por miedo sino por
deber. Sabía que antes del alba debía estar donde lo plantaron. Sabía también
otra cosa nueva: que la batalla no había terminado.
Antes de amanecer se clavó otra vez en sus tierras. Inmóvil. Pero atento.
En la tercera luna llena, el Mudo no esperó. Apenas la vida
entró en él, salió.
Siguió el camino en dirección contraria, hacia donde la
mancha había huido. Cruzó pagos silenciosos, oyó lechuzas, vio zorros que le
miraban sin miedo. Llegó a Abarca en plena madrugada. Allí vio lo mismo:
espantapájaros ennegrecidos en los campos, caídos, con la paja hecha humo.
La mancha negra se movía por los bordes del pueblo, como si
olfateara.
El Mudo no era ningún héroe. Era un espantapájaros con piernas.
Pero había aprendido que podía hacer algo.
Buscó una era con rastrojo seco, de trigo viejo. Agarró
varios haces, los fue poniendo en el camino como migas al revés: migas de luz.
Cuando la mancha se acercó, el Mudo encendió la paja sin
fuego, solo con su presencia viva. Era raro: al tocarla, la paja recordaba el
sol. Se iluminaba desde dentro. La mancha reculó, furiosa, sin ruido.
El Mudo la fue llevando así, paso a paso, fuera del pueblo.
Hacia la llanura abierta donde nada podía esconderse.
La mancha, acorralada por líneas de luz, se juntó más, se
hizo compacta. Intentó saltar hacia él. El Mudo aguantó la embestida con su
cuerpo blando. Sintió que una parte de su camisa se volvía ceniza. Pero no
cedió.
A lo lejos empezó a clarear.
El Mudo tuvo una idea final: no se puede matar una sombra, pero se la puede dejar sin noche.
Se plantó frente a ella, justo en el sitio donde el
horizonte era más limpio. Donde el sol entraría como cuchillo.
—Hasta aquí —dijo.
La mancha tembló. Se replegó sobre sí misma, intentando huir
hacia cualquier sitio oscuro. Pero el campo estaba pelado. No había árboles, no
había tapias, no había palomares cerca.
El rojo del alba asomó.
En el momento exacto en que el primer rayo tocó la mancha,
esta no ardió ni explotó. Solo se desmigajó, como barro seco cuando lo
pisas. Se volvió miles de pequeñas sombras diminutas que el sol fue borrando
sin esfuerzo.
Cuando el sol subió de verdad, ya no quedaba nada.
El Mudo sintió que sus piernas se endurecían. Cayó de
rodillas. El día lo devolvía a su inmovilidad.
Antes de quedar clavado, alcanzó a mirar hacia el horizonte,
a ese mundo que había conocido en noches prestadas. No había triunfos, no había
música de final. Solo una quietud nueva.
Volvió a su poste. Se endureció en cruz. Pero esta vez el norte le pareció menos cárcel. Había caminado lo suficiente para saber que la llanura no termina en el borde del campo. Y que, por grande que sea la oscuridad, siempre hay un sol que se levanta.
Los humanos no supieron nada con certeza. Solo que aquel año
dejó de aparecer la mancha. Los espantapájaros nuevos ya no amanecieron convertidos en ceniza.
Los pájaros volvieron a posarse sin cautela. La Lorenza dijo en el bar que el aire
estaba más ligero.
Eusebio, el viejo, se limitó a asentir.
—Se ha ido —dijo—. Porque a veces la tierra se defiende
sola, con lo que tiene.
Nadie entendió a qué se refería. Pero tampoco le preguntaron
más.
Clara —la nieta de Marcelino— fue una tarde a la zona de las Bodeguillas, como hacía siempre, y miró al Mudo. Juraría que el espantapájaros
tenía un desgarrón nuevo en la camisa, cerca del pecho, como de quemadura. Y
juraría también que el sombrero estaba un poco ladeado a la derecha, aunque
ella recordaba que lo habían puesto recto.
Se acercó, le puso una flor seca en el bolsillo.
—Gracias —susurró, sin saber bien por qué.
El Mudo no respondió. Pero si hubiera podido, habría sonreído.
Y en la siguiente luna llena, cuando los caminos de Tierra
de Campos volvieron a abrirse para él, el espantapájaros echó a andar otra vez,
no ya por huir del aburrimiento, sino por patrullar, con la paciencia larga del
campo, por si alguna otra oscuridad sin dueño decidía que aquel horizonte llano
era un sitio fácil para quedarse. Porque hay viajeros de sombra que nunca dejan
de buscar rendijas por donde colarse.
Y, en Tierra de Campos, también hay viejos guardianes que
aprendieron a andar.
miércoles, 25 de marzo de 2026
Lo que acecha en el Umbral
No me movía la credulidad, sino una clase más compleja de
soberbia. Quería saber. Quería entender. Quería tal vez escribir la página
definitiva sobre aquello que habita detrás de la razón, en su trastienda. En
aquel entonces todavía ignoraba que hay materias que no toleran ser miradas
desde demasiado cerca; que la observación misma, cuando se aplica a ciertas
regiones del espíritu, modifica el objeto observado y abre una reciprocidad
funesta. Pensamos que contemplamos el abismo, pero el abismo no es un paisaje:
es una boca y nos está mirando a nosotros.
Todo comenzó con una repetición.
Un sueño, si es que aquella experiencia admitía tal nombre,
regresó dos veces en la misma semana, después cuatro, después cada noche, y más
tarde comenzó a infiltrarse también en las siestas, en los cabezazos
involuntarios frente al escritorio, en ese segundo turbio que media entre
cerrar los ojos y perder la noción del cuerpo. Al despertar, me quedaba siempre
una impresión material, casi fisiológica, como si no hubiera soñado un lugar
sino atravesado una sustancia. Había en ese sueño un cuarto, o más exactamente
la idea de un cuarto: un recinto apenas insinuado, sin mobiliario reconocible,
delimitado por una penumbra que no procedía de la ausencia de luz, sino de una
forma de luz degradada, enferma, vieja. Yo sabía que me hallaba allí sin
recordar el trayecto, y en seguida, antes incluso de orientarme, percibía una
certeza intolerable: no estaba solo.
No se trataba de una figura visible. No al principio. Era
algo anterior a la visión, una presión. Una inteligencia inmóvil apostada en un
ángulo que no coincidía con la geometría de la estancia. Digo ángulo por
aproximación, pero no había allí esquina ni curva ni profundidad que se dejara
medir con las facultades ordinarias. Era una presencia enquistada en una
especie de pliegue del espacio, como si el sueño tuviera costuras y tras una de
ellas palpitara algo, paciente, aguardando el momento propicio para asomar.
No tardé en comprender que no era yo quien penetraba en el
sueño. Era el sueño quien avanzaba sobre mí.
Desde entonces, la palabra entrar comenzó a perseguirme. La
escribía en los márgenes de mis cuadernos. La encontraba repetida, con una
caligrafía que no siempre reconocía como mía, al pie de hojas arrancadas.
Entrar. Dejar entrar. Abrir. Paso. Umbral. Al principio me reí de mí mismo.
Atribuí todo aquello al cansancio, a la imaginación hipertrofiada, al exceso de
trabajo y de lectura. Pero el cuerpo tiene una manera brutal de desmentir las
explicaciones más convincentes. Empecé a sentirme corroído por dentro. Me invadía la impresión de que un gusano mínimo y
meticuloso trabajaba en secreto a través de mi carne y de mis pensamientos. No era un dolor. Algo me iba deshaciendo con paciencia de sepulturero. Había
mañanas en que me tocaba el rostro al afeitarme y me parecía que la piel cedía
con una blandura ajena, que mi expresión llegaba desde muy lejos, atravesando
varias capas de deterioro.
Dormía peor, pero soñaba más. Y aquellos sueños se
organizaron pronto como una geografía.
Había regiones.
No era un caos de imágenes, sino un sistema. A medida que
descendía, iba reconociendo ámbitos diversos, planos que se comunicaban entre sí
por corredores, túneles, pasajes de una lógica tan contundente que resultaba
más difícil negarlos que aceptar la existencia del mundo visible. Uno de esos
planos pertenecía a la infancia. Pero no hablo de recuerdos. Los recuerdos son
remiendos, reconstrucciones parciales, versiones gastadas de un pasado que el
tiempo ya ha debilitado. Aquello era otra cosa. Era la infancia como territorio
autónomo, preservado en algún estrato del ser y accesible mediante ciertas
puertas. Allí regresé a calles que había olvidado y que, sin embargo, me
recibían con una exactitud ofensiva. Vi patios y rincones que habían desaparecido antes de
mi adolescencia; oí los cubiertos de mi madre en una cocina donde ya no vivía
nadie; pasé ante habitaciones cerradas durante décadas y sentí, detrás de
ellas, la respiración expectante de escenas no consumadas.
A veces me veía a mí mismo niño.
No en tercera persona, como en esos sueños banales donde uno
se multiplica sin escándalo, sino con la angustia de quien reconoce en otro
cuerpo la versión intacta de una condena todavía en ciernes. Ese niño me
observaba siempre con una mezcla de miedo y lucidez. No pedía ayuda. No la
esperaba. Tenía ya en la mirada la resignación del que conoce el final antes de
poseer lenguaje para nombrarlo.
Otro plano era el tiempo.
No el tiempo humano, lineal, doméstico, ese hilo dócil con
que hilvanamos fechas y explicaciones, sino una extensión mineral donde los
instantes coexistían como galerías subterráneas excavadas en una misma masa.
Llegué allí una noche en que el sueño se volvió más profundo de lo habitual.
Descendí por un túnel estrecho cuya piedra rezumaba una humedad viva, casi
uterina, y encontré a ambos lados aberturas que daban no a lugares, sino a
momentos. Asomándome a una de ellas me vi escribir páginas que aún no había
escrito; en otra contemplé, con una frialdad que no era mía, la habitación
donde me velarían; en una tercera me encontré viejo, o quizá apenas más tarde,
pronunciando palabras desconocidas a alguien que no alcanzaba a ver. Comprendí
que el tiempo, en aquellas regiones, no fluía: se apilaba. Y que el alma, si se
la arranca de ciertas condiciones de la materia, puede transitarlo no como
duración, sino como arquitectura.
Y detrás de todo eso, aguardando siempre en el reverso de
cada descubrimiento, estaba la presencia.
Acabé por llamarle La Cosa, no porque el nombre la contuviera, sino porque necesitaba un sonido para referirme a aquello que iba ganando consistencia. Hubo una noche decisiva. La recuerdo como se recuerdan las cirugías o los accidentes: no por continuidad, sino por fogonazos. Desperté dentro del sueño, o eso creí, y en la penumbra de mi habitación advertí que la puerta del pasillo estaba abierta. Más allá no había pasillo, sino una oscuridad vertical, una especie de profundidad negra que no correspondía a la casa. Y desde esa oscuridad, o desde algún punto de mí mismo que se había alineado con ella, llegó la evidencia insoportable de que algo estaba a punto de cruzar.
Hay estados en que el terror deja de ser una fuerza que
empuja a huir y se convierte en un cansancio sin orillas. Uno desea sólo que el
asedio concluya, incluso si concluir significa ceder. En ese agotamiento, en
esa disposición blanda del espíritu, casi sin quererlo, casi como quien afloja
los dedos y deja caer una llave, permití la apertura.
La Cosa no irrumpió con estrépito. Se instaló.
Durante días me resistí a formularlo así, pero no encontré
otra palabra. Sentí su entrada como una modificación sutil en la textura de mis
pensamientos. Ideas que no nacían de mí aparecían ya vestidas con mi voz
interior. Impulsos sin afecto, curiosidades crueles y abstractas, percepciones
desprovistas de toda moral empezaron a rozar la superficie de mi conciencia. Yo
seguía siendo yo; lo bastante para advertir la intrusión, no lo suficiente para
expulsarla. La Cosa se alojó primero en la mente, como un huésped
exquisitamente paciente. Aprendía mis ritmos, reconocía mis recuerdos, ensayaba
mis gestos desde dentro. A ojos del mundo no había más que un solo "Jota". Esa
fue la obscenidad más perfecta de todo el proceso: la intacta apariencia de
unidad.
La casa respondió enseguida. Las puertas se entreabrían con una lentitud deliberada. El reloj del comedor se detenía, noche tras noche, a la misma hora. Oía pasos en habitaciones vacías. Bajo la cama encontré varias veces una tierra negra, húmeda, con olor inconfundible a raíces y ataúd. En la cocina resonaban golpes secos, espaciados, como si unos nudillos pacientes ensayaran una comunicación rudimentaria. Los espejos me devolvían ocasionalmente un reflejo mínimamente retrasado; un desfase tan pequeño que habría podido atribuirlo al agotamiento si no fuera porque, una vez, al volver el rostro, vi con claridad que la imagen tardaba un instante de más en obedecerme.
Comenzaron entonces los viajes astrales, si es que ese
nombre, demasiado usado por los charlatanes, no resulta ridículo para designar
lo que viví. No eran visiones ni metáforas del sueño. Eran desanclajes. Me
sentía desprenderme del cuerpo como un tejido mal cosido. Me elevaba sobre la
cama y contemplaba, con una mezcla de piedad y repugnancia, la forma inmóvil
que seguía respirando abajo. Después atravesaba el techo y ascendía a una noche
donde las distancias no eran físicas. Podía deslizarme con igual facilidad
sobre los tejados de la ciudad o hundirme bajo ella, a través de estratos donde
la materia dejaba de parecerse a la tierra y se convertía en una sustancia
sombría, viscosa, surcada por galerías de una geometría ofensiva para la razón.
Esos ángulos.
Aún ahora, si alguna parte de mí persiste en alguna memoria
de lo humano, sé que no podría describirlos. No pertenecían a un espacio
concebible, y sin embargo se imponían con una nitidez superior a la de
cualquier objeto cotidiano. Eran ángulos que no delimitaban superficies, sino
modos de penetración. Uno no los miraba: ellos entraban por la mirada y seguían
hundiéndose más allá, lesionando algo en la estructura misma del pensamiento.
En esas regiones vi criaturas que no merecen el nombre de bestias porque
implicaría un parentesco zoológico consolador. Eran abominaciones amorales,
formas de vida o de no-vida que no conocían la piedad ni la violencia porque
ambas cosas presuponen una escala humana de valores ya abolida allí. Algunas
permanecían indiferentes a mi paso. Otras parecían registrar mi presencia con
órganos equivalentes a una atención. Entre ellas avanzaba yo con el espanto
hipnótico de quien se sabe intruso y, al mismo tiempo, reconoce en lo visitado
una afinidad secreta.
Volvía de esos desplazamientos con el día fracturado.
La realidad, comparada con aquellas regiones, adquiría un
espesor pobre, provisional, casi teatral. Empecé a desconfiar de los objetos
familiares. La mesa de trabajo me parecía, por momentos, una piel tensada sobre
algo vivo. El suelo no era suelo, sino tapa. Caminaba por el pasillo con la
impresión de que debajo latía una vastedad subterránea separada de mí por unos
pocos centímetros de materia obediente. Veía lugares imposibles en los
repliegues de la ciudad: un patio que no figuraba en ningún plano, una escalera
que descendía donde no debía haber sótano, una calle de mi infancia intercalada
entre dos edificios modernos. Y lo más grave no era verlos, sino recordarlos.
Recordar haber estado allí en circunstancias que no habían sucedido, traer de
esos no-lugares una memoria tan consistente como la de cualquier hecho real.
Quise racionalizar el desastre. Leí con frenesí sobre
telepatía, catalepsia, psicosis, desdoblamiento, espiritismo, experiencias
cercanas a la muerte, alucinación hipnagógica. Buscaba una explicación médica,
literaria o esotérica; me era igual, con tal de que delimitara el fenómeno.
Pero cada lectura abría una puerta nueva. Entendí demasiado tarde que el saber,
en ciertos territorios, no ilumina: perfora. Cuanto más investigaba, más
accesibles se volvían las transiciones. Empecé a clasificar mis sueños como si
esa taxonomía pudiera salvarme.
En primer lugar, los sueños cotidianos: reproducciones casi fieles de mi vida diurna, con pequeñas fisuras reveladoras. Por otra parte estaban los sueños maravillosos: jardines imposibles, ascensiones silenciosas, ciudades detenidas en una claridad mineral donde seres remotos me contemplaban con una benevolencia incomprensible. Y por último los sueños horrendos: cementerios desfondados, criptas anegadas, túneles, putrefacción, la sensación de ser devorado desde dentro por algo lento y consciente.
Pero las categorías se contaminaron. Los cotidianos se llenaron de muerte, los maravillosos de amenaza, y los horrendos de una seducción casi
religiosa. Empecé a hablar solo. O quizá a dos voces. A veces me descubría
pronunciando frases que no habían pasado por mi intención. Oía mi voz en otra
habitación cuando yo estaba inmóvil. Escribía durante la noche sin recordar
haberme levantado; al releer esas páginas encontraba descripciones exactas de
sitios que visitaría después en sueños, o advertencias sobre sucesos menudos
que ocurrían al día siguiente, como si una parte de mí hubiese desertado ya del
presente lineal.
La Cosa aprendía.
Aprendía a mirar a través de mis ojos, a pensar con mis
palabras, a habitar mis hábitos. Su percepción difería de la mía en un punto
crucial: donde yo veía separación, él veía continuidad. Entre el sueño y la
vigilia, entre la memoria y la visión, entre los muertos y los vivos, entre el
aquí y esas otras dimensiones, para él no había muros verdaderos, sólo
membranas. Yo era, para su propósito, una bisagra ideal: un hombre
suficientemente obsesionado para llamar y suficientemente frágil para ceder.
Los cementerios adquirieron entonces un papel central en mis
sueños y en mi pensamiento despierto. Comprendí —o creí comprender— que no son
meros depósitos del cuerpo, sino zonas de adelgazamiento, lugares donde la
realidad, sometida al peso de los muertos y a la insistencia del recuerdo,
ofrece menos resistencia. Soñaba con necrópolis interminables, con mausoleos
abiertos al subsuelo, con criptas cuya función verdadera no era guardar restos,
sino custodiar umbrales. Bajaba por escaleras helicoidales hasta cámaras donde
los nichos se prolongaban más allá de la piedra y daban a corredores sin final.
Allí oía voces que no pedían auxilio ni descanso: pedían paso.
Las alucinaciones comenzaron a invadir el día sin dejar
márgenes.
Oía nombres que nadie pronunciaba. Veía, en el fondo de los
espejos o en los charcos, perspectivas que no coincidían con el entorno. En
cierta ocasión, al apoyar la mano en el escritorio, la vi volverse translúcida
por un segundo, como si la materia dudara de sí misma. Otra tarde supe con
certeza quién iba a llamar por teléfono antes de que sonara, y después, antes
de descolgar, conocí ya la primera frase de la conversación. No era
premonición, sino contaminación del tiempo. En otra ocasión regresé del baño y
encontré mi dormitorio sustituido, durante un parpadeo interminable, por un
corredor de nichos húmedos. Cuando la habitación volvió a ser la de siempre,
aún quedaba en el aire un olor nítido a piedra mojada y flores rancias.
Dejé de saber si me aproximaba a la esquizofrenia o a algo
peor. La locura, al menos, tiene la piedad de ser sólo humana. Esto no lo era.
No me estaba limitando a perder el juicio: estaba siendo usado para fines cuya
escala me excedía. Mi yo se adelgazaba, se agujereaba. Había momentos en que me
sentía yo mismo observado desde dentro, como se observa una casa cuyo
cerramiento está a punto de ceder.
La fase final llegó con una rapidez obscena, como llegan los
derrumbes después de una larga paciencia estructural. Las puertas comenzaron a
abrirse y cerrarse con violencia. En la habitación de trabajo aparecieron
huellas húmedas. Una madrugada, del patio interior subió un rumor de voces
superpuestas, una multitud de murmullos que no tenían origen visible. Al
asomarme no vi nada, pero supe que la casa, o la parcela de realidad en que
estaba inscrita, había quedado ya contaminada. La materialización había empezado.
Quise cerrar. Sellé espejos, quemé cuadernos, mantuve luces
encendidas, agoté el cuerpo para no dormir. Fue ridículo. El sueño había dejado
de ser un episodio. Era ya una atmósfera, una infiltración del mundo. Vivía en
una doble existencia: una mitad de mí atravesaba galerías subterráneas,
cementerios, túneles y cámaras donde el tiempo se amontonaba; la otra mitad
fingía todavía una vida normal, respondía mensajes, calentaba café, saludaba al
vecino. Esa coexistencia era insostenible. El cuerpo empezó a resentirse. El
corazón martilleaba de modo irregular. Las manos me temblaban. A veces me
quedaba inmóvil durante minutos enteros, suspendido en un trance donde ambas
realidades se superponían y yo no podía determinar cuál de las dos era la
intrusa.
La última noche no tuve ya la impresión de soñar. Tuve la
certeza de descender.
Atravesé un túnel de una oscuridad densa, casi líquida, con
la serenidad desesperada de quien sabe que ha llegado demasiado lejos para
volver. Al final había una réplica de mi casa, o mejor dicho, la forma
arquetípica de mi casa, despojada de materia, como si el lugar real hubiese
proyectado su sombra sobre otro plano. Las habitaciones eran reconocibles y
ajenas. Todo estaba ligeramente desplazado, como sucede en los recuerdos
falsos. En el pasillo esperaba la Cosa, por llamarla de alguna forma.
Tenía mi figura, pero no mi humanidad. Era mi yo reconstruido
por una memoria hostil. Un "Jota" incompleto y exacto a la vez, como un retrato
hecho por algo que ha estudiado meticulosamente a un hombre sin llegar a
comprender del todo lo que significa estar vivo. No habló. Pensó dentro de mí
con una claridad intolerable.
Ya está abierto.
Entonces vi, simultáneamente, dos escenas. En una, yo
permanecía frente a él, en esa casa espectral. En la otra, mi cuerpo yacía en
la cama de la habitación real. Y vi también cómo algo se incorporaba en él con
una familiaridad escalofriante, como quien regresa a una estancia que lleva
tiempo preparando.
Quise gritar. Quise despertar. Quise volver a ser
indivisible. Pero ya no quedaba lugar al que volver. Yo era el residuo. El
excedente. El error conservado después de la sustitución. Comprendí entonces
que la destrucción verdadera no consistía en morir, sino en ser desalojado de
uno mismo mientras la apariencia continúa en pie.
Lo último que sentí fue la ruptura definitiva de la costura
interior que une a una conciencia consigo misma. Después ya no hubo dolor, sólo
un silencio ancho, mineral, semejante al de ciertas criptas.
Al día siguiente dirían que había muerto durante la noche,
quizá de un fallo cardíaco, quizá de un accidente cerebral precipitado por el
insomnio y la tensión. Me hallarían con los ojos abiertos, rígidos de espanto.
Harían conjeturas médicas. Susurrarían palabras sensatas al pie de la cama. Lo
habitual.
Eso pertenece al mundo de los demás.
La verdad es otra. Yo, "Jota", morí. Morí por haber sido puerta. Morí por haber confundido el ansia de conocimiento con el derecho a franquear ciertos umbrales.
Pero la Cosa permaneció. Permanece todavía.
Camina quizá con mi forma bajo la luz vulgar de los días.
Tal vez escribe. Tal vez sonríe. Tal vez pronuncia mi nombre con la naturalidad
de un hábito adquirido. A los ojos ajenos sólo existe un "Jota", uno solo,
indivisible, plausible. Nadie sospecha que la puerta continúa abierta. Nadie
imagina que, algunas noches, cuando ese cuerpo duerme, no está soñando.
Está llamando.
Y del otro lado, en los ángulos imposibles, en los
cementerios sin fondo, en las galerías donde los muertos no reposan y el tiempo
se apila como piedra húmeda, algo escucha y empieza a acercarse.





