viernes, 13 de diciembre de 2019

Azul cielo, blanquecina espora

Azul cielo, blanquecina espora que cae por entre los rayos, soñando una noche sin límites, resurgiendo luego en increíble alborada. 

Se estremecen las oscuras cuevas con el fuego sanguíneo de las madrugadas silenciosas. 

Las columnas tiemblan, se quiebran, se abren cautas, derrumbándose  ante el violento grito que surge de las profundidades. 

Arde la ciudad. Los edificios caen pesados, estrepitosamente humeantes.

Emergen sobre la extensa superficie llana de la mar onduladas olas que crecen y se elevan
y de pronto desaparecen en gigantescas cataratas. 

Los montes se levantan y erigen en su cumbre un monolito pétreo, todo un símbolo.

Duermen los espejos verdes, ciegos, bajo una cortina negra. 

La luna ríe, la luna llora y se refleja orgullosa sobre el espejo verde en la aurora. 

Azul cielo, pétalo rojo abierto a la luz del alba que se eriza en vibrante escalofriante la frescura del rocío de la mañana.

La yerba entredorada en el amanecer soñado humo blanquecino exhala. 

De la noche fría aterida surge la yerba negra, oscura convertida, cuando la luna ríe .

Una espada cae al abismo entre brumas escondido, desconocido, profundo. 

Arde el bosque. Las chispas encendieron el fuego rojo. 

El sol va muriendo y la sangre riega las praderas verdes.

Mientras tanto las avispas gigantescas picotean el agua de las charcas y penetran en las profundas simas donde el rio fluye y oculto mece el cristal de agua, que en un hilo cae transparente. 

La sima sin sueño acoge oscura los efluvios de la noche sin límites.

Abiertas las heridas, abierto el corazón que palpita sin cesar, la sangre no encuentra cauce por donde correr y en catarata se estrella contra las rocas.

El sol ha muerto, la oscuridad de nuevo. 

La sima sin sueño acoge en su seno el último rayo de luz.

Las nubes enturbian los espejos verdes haciendo llorar a la luna y las amapolas marchitas desaparecen.

Azul cielo, blanquecina espora que vuela libre por el espacio infinito, perdiéndose en ese abismo neblinoso, onírico, hermoso del sueño, de la imaginación de...

Pamplona. Octubre 1982 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Bajo tierra

La noche descubre su velo negro y lo extiende sobre la tierra. El cielo centellea en mil puntos: las estrellas, que se encienden y se apagan brillando, como el cirio, en aquella casa negra, tras las ventanas polvorientas donde una sonata monótona de voces susurrantes repite una mortecina estrofa.

Pedazos de nubes blancas en el oscuro azul. El rio silencioso calla. Un viento helado atraviesa lo campos y sacude las hojas de los arboles.

La casa negra enmudece. El cirio se ha apagado. Un sollozo ahogado rasga la quietud de la casa negra

La estrofa mortuoria se eleva por entre las ventanas cerradas hasta los arboles,  hasta el río, hasta las nubes que revolotean en el azul oscuro

La noche ha muerto. El sol brilla de nuevo en una mañana blanca, blanca luz, blanca casa... los arboles y el rio brillan con un tono blanquecino.

De la casa blanca sale una triste comitiva. En la noche negra murió  la niña del alba. Del color de las almendras eran sus ojos, como los rayos del sol, rubios sus largos cabellos eran, cayéndole sobre la blanquecina cara. Blanco es también hoy el manto que a su última morada lleva

Al cerro de los muertos van, cruzando el camino rojo, ya la llevan a enterrar

Los pájaros no cantan, el río escucha, los arboles callan.

Ya cae el polvo sobre el féretro blanco, pero por más que quieren cubrirla con la tierra
el aire, el viento, a la luz de la mañana muestra de nuevo la blanca caja

Bajo la tierra al fin está. La negra muerte se la ha llevado en la fría noche. Aquí su cuerpo dejó bajo la tierra. Dormirán sus helados huesos  un sueño sin fin entre la nada.

Pamplona. Noviembre 1982

Deja que el tiempo pase

Deja que los días huyan

que las hojas del calendario se las lleve el viento
como esas del otoño amarillento
volando por el espacio
de lo que es y no puedo tocarlo
de lo que vivo y sin embargo no veo
de todo aquello a lo que me dirijo y deseo.

Deja que los años transcurran
que las imagenes del pasado
en el foso de los recuerdos dormiten
como esos fantasmas de los sueños
que vienen y que van
escribiendo en mi mente un extraño e  irreal cuento

Deja que tu vida pase
que el tiempo queme
esas horas
esos días
esos años
tantos momentos que hubieras querido apresar para siempre
pero que huyeron para nunca regresar.

Dejalo, ya que es imposible detener la acelerada marcha
de lo que existe, envejece y muere
ya que es imposible hacer algo para que no ocurra

¿Sonries?.
Conformismo ante la fatal evidencia de  lo que somos

Si. No digas deja
di toma, vive, coge
no sea que volviendo la vista atrás no veas nada

De tan estoica manera de existir
suele quedar el vacio y la inutilidad de lo que desconocemos:
el rumbo de nuestra propia vida.

Pamplona. Septiembre 1983 

viernes, 6 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Gato negro

Eres tú, oscura silueta, una imagen que me persigue a través de los lugares y el tiempo: 
Tras la ventana, quieto, imperturbable. Observas curioso e impasible lo que en el interior de la casa bulle o tal vez dormita. Enigmático, misterioso, caminas silencioso por alguna calle desierta de la ciudad y de vez en cuando te detienes ante un montón de basuras, y hurgas y escarbas y vuelves a andar y te pierdes en la lejanía, detrás de aquella esquina. O en ese pueblo perdido, sigiloso sobre las tapias, en la noche más oscura, en el silencio más profundo reflejando en tus brillantes pupilas la blanca y pálida figura de la luna. Sobre la arena de la playa, en la hora de la medianoche observando con temor las aguas del mar. Entre las rocas, saltando veloz, subiendo escarpadas paredes. Si el día te sorprende esquivo, huidizo, huraño te muestras y a la búsqueda de tu negro escondrijo corres. Eres tú, extraño animal, la noche hecha vida, el misterio, el temor, la superstición, la muerte. Siempre en la penumbra, bajo la tenue luz de las bombillas amarillas, de la luna o de los atardeceres, en la oscuridad de los lúgubres días grises. Oh, gato negro, símbolo de algo que no acierto  a desentrañar pero que me sigue entre la penumbra, el crepúsculo, el temor de mi propia vida,

Pamplona. 1982 

Silencio en la noche

Había llegado a aquella mansión pocos  antes del 1 de noviembre, en los sombríos días del mes de octubre. La aureola de leyendas que escondía aquel lóbrego y apartado lugar, unido  a un cierto deseo de descanso y meditación me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad inherente a mi extraño carácter había sido el  detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles. Se respiraba una atmósfera de recogimiento, que desprendían tanto aquella mole de piedra como  sus taciturnos y escasos habitantes, con los cuales  apenas hable: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su mansión en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña  temporada. Tal fue mi caso. Así pues yo me encontraba allí en calidad de huésped. Y en estos días otoñales yo era el único huésped de la lóbrega mansión, o al menos eso creía.

Había llegado al caer la tarde de un grisáceo día. Apenas cené y temprano me retiré a mi habitación. Más el sueño inexplicablemente no me llegaba y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu,  el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oir vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. Quería pensar que lo que sentía en aquellos momentos era fruto del ambiente de aquella casa, pero mis esfuerzos por tranquilizarme eran inútiles. En la oscura tiniebla de mi habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, las voces, murmullos o  el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos. Y el silencio estaba lleno de extraños rumores. Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche.

Con suavidad abrí  la ventana y el chirrido de los goznes se escapó suavemente, debido tal vez a su poco uso como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frio golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los arboles y un fugaz resplandor. Luego nada, silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana, Me quedé inmóvil  durante un rato cuando comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche, doce campanadas lentas, sordas...Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por estos lugares a propósito de este día. De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, ya que de lo contrario, iba  a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme, me encaminé hacia la biblioteca, con el corazón encogido por el miedo. Un sudor frio recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. De nuevo, en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a leer, entre nervioso y  y preocupado las páginas de aquel  libro amarillento por el paso del tiempo. Sin darme cuenta, mis ojos se  cerraron y  entré en un profundo sueño. Las horas habían pasado lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron  que me despertase. Abrí los ojos. El temor había desaparecido. La noche había felizmente pasado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. Un silencio que sin embargo, ahora, era  roto monótonamente por un pausado gotear. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos al techo: un gota oscura se filtraba entre las rendijas de los pesados y largos tablones. Mi corazón volvió a acelerar su pulso. Un terrorífico presentimiento había inmovilizado mis músculos. A pesar de ello, me incorporé sobre el lecho y me aproximé hacia el lugar, a los pies de mi cama. Un sudor frio, helado me recorrió el cuerpo, mis ojos se abrieron desmesuradamente. Sobre el suelo se estaba formando un charco de sangre. Algo terrible había debido pasar aquella noche, pensé. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas. Todo giraba a mi alrededor e insistentemente veía dibujadas en sangre las palabras MUERTE. Un golpe seco. De nuevo el silencio. Oscuridad total. Todo había acabado. Silencio en la noche.

Pamplona. 1982 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Cuando ya nada se espera

El tiempo marcó sus huellas 
en los profundos surcos de su cara,
surcos de cansancio,
de dolor,
de frustración,
de engaño,
de trabajo.

 El tiempo hizo de sus negros cabellos
sedosos hilos de plata.
Las cuencas de los ojos hundidas,
el andar pausado,
la mirada triste

Se sentó en un banco de la solitaria plaza
rumiando su soledad
observando con infinita angustia
cada persona
cada árbol
cada edificio

Y pasó largo tiempo...
Y el viejecito seguía sentado en el banco amarillo
de la cada vez más solitaria plaza
Y comenzó a llover
Y el anciano no se movía
Hacía frio
Ya nadie pasaba
La noche llegó oscura
a la solitaria plaza
Noche de largo viento en la plaza vacía.

Al día siguiente alguien deparó en aquel anquilosado ser
y comprobó que el frio glacial de la muerte le había sorprendido la mañana anterior.
Rígido se mantuvo, como sentado
relegado con indiferencia en su lenta y silenciosa agonía


Soledad en el último tramo del camino.
La vejez nos sorprende
arrancando nuestra ilusión,
nuestra fuerza juvenil, física y mental
nuestro idealismo,
Todo
Retornando a la dependencia de la infancia,
convertidos en un estorbo inservible para la familia
en un ser improductivo
en una carga para la sociedad.

Hombres que han trabajado,
que han dado toda su vida para esa familia
que han construido en parte el bienestar de esa sociedad
reciben como recompensa la soledad y el desprecio: ¡¡¡Viejo!!!

El pobre anciano comprueba con increíble tristeza como, sin darse cuenta,
se le ha escapado el tiempo de las manos
Su mundo, su único mundo es el de  los recuerdos
recuerdos que comparte con los amigos de su edad
recuerdos que glorifica, que añora
a los que cubre de una  especial nostalgia.
Es lo único que posee, lo único que no le pueden arrebatar.

Alguno rumiara solo, como el viejecito descrito,
con la mirada perdida en no se sabe donde,
esos recuerdos
esa agonía de aquellos que como él saben que no tienen futuro
esperando con temor ese momento trágico.

Temor a enfrentarse con la nada
teniendo esa misma nada detrás, en tu propia vida.

Trágico ser:
Nace, vive sin saber porque y para qué
y sin saber vivir le llega la muerte demasiado pronto
como para darse cuenta de su inevitable pérdida de tiempo.

Crueles e imbéciles los que hoy marginan a nuestros mayores.
No saben que mañana serán ellos los rechazados, los olvidados

Pamplona. 1983 

martes, 3 de diciembre de 2019

Microrrelatos: La ciudad despierta

La ciudad emerge desde el fondo de la nocturna oscuridad y la calle amanece hoy entre una densa y espesa niebla. Los coches, escasos todavía, llevan sus faros encendidos. Las farolas aun no han sido apagadas. Sin embargo, inexorable, la ciudad recobra poco a poco su pulso cotidiano. Las camionetas de reparto dejan las cestas del pan y las cajas de la leche enfrente de las puertas de los establecimientos que todavía permanecen cerrados. 
Las callejuelas duermen el último sueño de una tranquila madrugada, en esos portales oscuros, fríos, que pronto se abrirán, en esos charcos helados por una gélida noche invernal. La ciudad renace en sus calles solitarias con el paso apresurado de un hombre de mediana edad, seguramente un trabajador, o de una joven muchacha, o de unos estudiantes con sus bolsos y sus libros, sus bocadillos envueltos en papel de aluminio; cada uno, cada día, caminando al encuentro de una larga jornada, monótonamente igual y aburrida. Se siente ya el bullicioso latir de los ruidos de las fábricas, de los motores de los automóviles... y a la niebla se asocian en virginal unión los humos de las altas chimeneas y de los tubos de escape... Van y vienen los verdes autobuses urbanos, y la gente espera y en pocos momentos aquellos se llenan a rebosar. Pasa el tiempo. En el reloj de la iglesia han dado las nueve. Las tiendas, los comercios, levantan sus persianas metálicas; las ventanas de las casas se abren, aireando las somnolientas habitaciones. Las gentes despiertan y salen  a la calle y van de aquí para allá. Mientras tanto la niebla se diluye, se eleva, va desapareciendo. La ciudad acaba de despertar.

Pamplona. Septiembre 1982