sábado, 24 de enero de 2026
Mundos alternativos: la Unión Soviética vive
El día del apocalipsis
Nos habían acostumbrado a
amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Epidemias, guerras y hambrunas en la tele...
En el plano cósmico la amenaza más
conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un asteroide más bien pequeño de apenas trescientos metros al que los noticiarios se referían con palabras tranquilizadoras: pasará lejos, escaso riesgo de impacto, monitorización constante, etc.
Con el tiempo, lo de Apofis de
tanto repetirlo se convirtió en una
especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos caerá el Apofis y nos librará de
todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa
es el seguro de vida del que tiene miedo.
Pero en esta ocasión no lo
vimos venir.
Cuando apareció, ya era
demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días para el impacto.
Día -100
Lo dijeron en una rueda de
prensa con atriles y banderas detrás. En España compareció un ministro con ojeras de
madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el
mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las
lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad
de impacto”. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”
En Pamplona, la noticia entró
por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y
luego el derrumbe. Los
camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es
mentira” con una firmeza que parecía ocultar el miedo, como si negarlo fuera una fórmula mágica para conjurar la amenaza.
Al principio y antes de hacerlo público nos ocultaron la
información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto
tiempo. Días, semanas tal vez. Cuando la filtración se coló en foros y en
cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto
no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.
Cien días para el impacto.
Cien días para convertir la
vida en una cuenta atrás.
Día -93
La ciudad empezó a cambiar
antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de
gestos. La gente miraba más al cielo. No al cielo de siempre, al cielo útil —si
llueve, si hiela—, sino al cielo como un escenario donde podía aparecer el
actor principal de la tragedia.
Los bancos siguieron abriendo,
al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las
reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es como un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.
En la Plaza del Castillo, un
hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y
un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo
rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos
le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre
desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a
otro sitio más grande.
Día -85
Las primeras medidas “de
orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley
marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque
de queda en algunas zonas, controles,
prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar
avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.
Lo que nadie decía era que el
orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda,
entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto,
entonces hay tiempo.
Una noche, volviendo a casa,
vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra.
El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo
detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el
mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa el tiempo.
En los balcones empezaron a
aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de
“resistiremos”. Era como si la gente necesitara
colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.
Día -77
Llegó la fase del “vivir a
tope”.
Los restaurantes se llenaron
de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se
celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que se abrazaban como
si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene
sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras
se formaban por pánico a morir solos.
Algunos gastaron todos los
ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas
en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos
futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.
Mis amigos se dividieron sin
decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a
Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin
viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si
existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.
En mi cabeza empezó a gestarse
un debate mental: ¿Qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días?
¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O
permitirme el lujo de no pedirlo?
El primer reto moral fue
sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.
Hice una lista en un papel.
Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que
nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí
calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un
producto con fecha de caducidad.
Al final llamé a pocos. Con
otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.
Día -70
En televisión mostraron por
primera vez la misión internacional.
Habían intentado lo
inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que
nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de
empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria.
El resultado fue fallido.
No lo dijeron así. Lo dijeron
con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas
alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les
enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de
tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.
Esa noche hubo disturbios en
varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el
cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería
discutir; quería anestesiarse.
Me sorprendió lo rápido que
apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia
de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación,
las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el
alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.
Yo intenté ser racional. Leí
artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres
históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de racionalizar lo irremediable.
Pero la razón tiene un límite:
puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.
Día -63
Apareció un mercado nuevo: el
del consuelo.
Libros de “cómo afrontar el
fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias
intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche
deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía
grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se
vuelve urgente.
También apareció el otro
mercado: el de la violencia.
Grupos que asaltaban camiones.
Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin
juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para
protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.
En Pamplona, el miedo era
menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por los últimos paquetes de arroz. Un vecino escondía gasolina. Otra vecina repartía
pan a quien lo necesitaba. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma
facilidad.
Yo me descubrí en un punto
intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la
dignidad con las manos temblando.
Día -55
El asteroide empezó a tener
nombre.
Al principio fue un código de
catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos como “La Piedra”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y
comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.
No recuerdo cuál se impuso,
porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la Cosa.
La Cosa que venía.
Con -55 días, ya no era una
noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente
decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se
convirtió en un modo de hablar.
Empecé a caminar más por la
ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de
Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos
y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente
a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo
puede borrarte de golpe.
Me dolió, de una manera
extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una
ciudad si no hay ojos que la recuerden?
Día -47
Los gobiernos anunciaron
“planes de supervivencia”.
Refugios. Distribución de
recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo
hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra
“selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.
En redes se filtraron listas:
listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se
enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo
unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿Quién decide esos pocos?
En casa, me descubrí
fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un
instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te
vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.
Día -40
Me encontré con una escena que
no he olvidado.
Era por la tarde. En la calle,
una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella
tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente,
hacia ninguna parte.
Pasé de largo y luego volví.
No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían
algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.
No dijeron nada.
Y en ese silencio entendí algo
que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto
que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por
resignación, sino por perspectiva.
Yo, en cambio, estaba en
guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera
una última página.
Día -33
La segunda gran operación de
desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.
Ya no había triunfalismo. Solo
un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles
nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes,
la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.
Volvió a fallar.
Esta vez lo dijeron casi con
honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos
en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.
Esa noche, por primera vez, vi
llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre
hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rio.
Día -25
Los comportamientos extremos
se hicieron normales.
Hubo quien mató por miedo.
Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como
si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se
volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no
sabía hacer otra cosa.
Yo intenté escribir. Quise
dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada
frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?
Sin embargo, seguí.
Escribí sobre mi infancia.
Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle
estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a
tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.
Mientras escribía, notaba el
odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.
Día -18
Comenzó la verdadera cuenta
atrás psicológica.
Los informativos mostraban
simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las
discusiones se volvieron técnicas: si impacta en el océano, si impacta en el continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar
una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes
no eran nada halagüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra
similar a la del asteroide que acabó con
los dinosaurios.
En Pamplona, el cielo seguía
siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no
se oscureciera por respeto a nuestro miedo.
Una tarde, en la Plaza del
Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música
alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y
por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final,
el cuerpo insiste en celebrar.
Luego miré hacia arriba, por
costumbre.
Todavía no se veía nada.
Día -10
El asteroide se hizo visible
para los telescopios aficionados y luego para los prismáticos. Después, a
simple vista, como una estrella que no estaba antes.
En los balcones, la gente
salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo
aceptara testigos y, por eso, se contuviera.
Los toques de queda se
endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también
ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo
consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.
Yo caminaba de noche cuando
podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo
parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si
fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.
Día -5
La cosa ya era una presencia.
No solo en el cielo, también
en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”.
Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente
se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.
Yo fui al cementerio a visitar
la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya
estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.
Me arrodillé ante la tumba de
mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me
golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.
El conocimiento es un
privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.
Día -2
El cielo empezó a cambiar de
verdad.
La cosa brillaba más. No como
una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se
notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos
estaban ya programados para ver señales.
Las autoridades lanzaron
mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar
ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿Cómo se protege uno de un
mundo que se rompe?
La ciudad estaba extrañamente
silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si
todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.
Esa noche dormí a ratos. Soñé
con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como
si hubiera mordido el miedo.
Día -1
Hoy es el día anterior.
Lo escribo con una claridad
que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre
había sido una promesa. Ahora es una losa.
El asteroide es ya muy visible
en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada
del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la
noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.
La gente ha salido a las
plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran.
Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He
visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún
controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos
ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser
una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.
No sé qué hacer con esta
última noche.
He pensado en esconderme. He
pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil
para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.
Al final, he hecho lo más
simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda
Desde aquí, la zona norte de Pamplona
parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un
murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el
asteroide domina el cielo como un ojo abierto.
Me sorprendo hablando en voz
baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo
una frase que se me escapa:
—Así que eras tú.
La Cosa brilla, indiferente.
No responde.
Miro alrededor. La ciudad está
llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe,
con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo
esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no
necesito sostener?
No sé si he sido mejor en
estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo
peor; otras, es lo único que te queda.
A lo lejos suena una canción.
No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa
que parece un desafío.
Yo sigo mirando el cielo.
Mañana.
Y el asteroide, enorme ya para
ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien
antes de acabar con todo.
miércoles, 21 de enero de 2026
Segunda oportunidad
En el relato "Relojería El Regreso" el protagonista viajaba a través de un artilugio con forma de reloj a diferentes momentos o realidades alternativas de su vida en base a una serie de hechos y de decisiones que tomó o no tomó en su momento. Este relato desarrolla una de esas realidades alternativas, una de las más dulces pero también una de las más peligrosas porque nada duele tanto como comprobar que en algún lugar imposible aquello que perdimos sí llegó a suceder.
En la universidad el amor no entró como una revelación. Llegó como una segunda oportunidad. No fue un encuentro casual. Nunca lo fue.
Yo sabía que iba a encontrarla.
Cuando decidí no estudiar Periodismo y matricularme en Historia, una parte de mí lo hizo por razones que podía explicar sin sonrojarme —los libros, mi curiosidad por el pasado, esa vieja inclinación mía a mirar hacia atrás como si allí hubiese quedado siempre algo esperando—.
Todo eso era verdad. Pero no era toda la verdad.
La otra parte, la que no se cuenta en casa ni se escribe en los formularios de matrícula, la más secreta, la más vergonzosa quizá, es que elegí Historia por ella.
Porque sabía que iba a estar allí.
Sabía que nuestras vidas, separadas al terminar el bachillerato, volverían a rozarse en unos meses en aquellos pasillos y aulas de una universidad donde nadie levantaba demasiado la voz. Era una universidad vigilante y ascética. No había margen para la política, menos aún para el escándalo, y desde luego ninguno para esa clase de libertad que en otros campus se derramaba por los yerbines como una canción protesta en aquellos años de la transición. Allí todo era gris.
Llegué a Historia con una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque la iba a ver. Miedo porque no sabía qué quedaba de nosotros, o mejor dicho, de aquello que nunca llegó a ser nosotros. En el bachillerato había existido una corriente silenciosa, algo que se intuía entre una conversación y una mirada, entre un saludo demasiado atento y una despedida que se demoraba un segundo más de lo necesario. Pero no había ocurrido nada. Nada cierto. Nada que pudiera recordarse sin recurrir al condicional.
La vi el primer día de clase.
Estaba aún más guapa que en el instituto. Más mujer, claro, pero conservando aquella alegría luminosa de entonces y es que solo habían pasado apenas cuatro meses. El pelo castaño oscuro le caía con una naturalidad que parecía cuidadosamente improvisada por el azar. Los ojos almendrados mantenían esa mezcla suya de serenidad y picardía, como si miraran siempre un poco más de lo que decían. Vestía una falda de pana color miel, botas altas y un jersey claro bajo una gabardina azul marino. Al verla, me ocurrió algo extraño: no sentí que el tiempo hubiera pasado; sentí que había dado un rodeo larguísimo para dejarme exactamente en el mismo lugar y situación que en el comienzo de los años del bachiller, al principio de todo, a la posibilidad intacta.
Ella me vio.
Durante un instante temí que me saludara con esa cortesía distante con la que se reconoce a un antiguo compañero. Un “hola, qué tal” suficiente y correcto, Pero sonrió en seguida. No una sonrisa educada. Una sonrisa limpia, rápida, verdadera. Hubo un instante de vacilación, una milésima de segundo en la que ambos buscamos en la cara del otro al muchacho y a la chica que habíamos sido hasta hacía muy poco tiempo.
—Hola.
—Te estas poniendo rojo.
Ella seguía teniendo esa ironía suave, esa capacidad de convertir cualquier charla banal en una escena de alta temperatura. Pero al darse cuenta de mi nerviosismo cambió el tono y el tema de la conversación.
—Así que al final elegiste Historia—afirmó, recordando cierta clase en el instituto donde cada uno anunciaba públicamente, con mayor o menor convicción, la carrera que pensaba estudiar. Yo iba a responder, pero en ese momento entró el tutor del curso dispuesto a inaugurar oficial y solemnemente la vida universitaria con un fajo de papeles.
La clase estaba casi llena. El único sitio libre quedaba a mi lado, en el pupitre corrido de la segunda fila. Ella dejó la carpeta, se sentó y, mientras se acomodaba, me miró con la familiaridad que sólo se permite quien cree tener algún derecho sobre el pasado compartido.
Durante media hora mantuvimos ese viejo juego de miradas furtivas y medias sonrisas sobre el borde de los folios todavía en blanco. Nada había cambiado en el fondo; solo el decorado. Y, sin embargo, aquella misma tensión que antes me paralizaba empezó a parecerme, de pronto, menos un peligro que una invitación. En las semanas siguientes compartimos apuntes, libros, comentarios al margen. Nuestra cercanía tenía algo de alianza discreta. No había rivalidad entre nosotros. Nos ayudábamos. Si uno faltaba a una clase, el otro guardaba los apuntes. Si uno entendía mejor un texto, se lo explicaba al otro. Si un profesor se perdía en una digresión sobre el medievo o en una cronología interminable, bastaba con una mirada lateral para salvar la mañana. Pero lo importante no ocurría en el aula. Ocurría después.
En el campus apenas podíamos ser poco más que alumnos; fuera, en cambio, el mundo respiraba de otro modo. Había bares donde se podía hablar sin bajar tanto la voz, calles por las que caminar despacio, tardes de las que no rendir cuentas a nadie. Fue en esos lugares donde el reencuentro dejó de ser una coincidencia universitaria y empezó a convertirse en otra cosa.
Tomábamos café después de clase en sitios algo apartados del circuito estudiantil. Hablábamos del instituto, claro, pero no de forma nostálgica, sino como quien vuelve a una habitación antigua, cerrada hacía poco y comprueba que todavía huele a madera, a tiza, a invierno. Hablábamos de libros, de nuestras familias, de profesores, de planes imprecisos, del futuro, sobre todo del futuro como se habla a los dieciocho años: con una mezcla de miedo y de arrogancia, del que tiene todo el tiempo y el mundo por delante.
A veces, mientras ella hablaba, yo me sorprendía mirándola demasiado. No con descaro. Peor. Con esa atención involuntaria que se posa sobre lo que te importa de verdad. Ella se daba cuenta. Nunca se incomodaba. Incluso, en ocasiones, parecía demorarse en una frase, suspender una palabra, concederme unos segundos más, como si supiera que yo no estaba escuchando sólo lo que decía.
Un viernes, a la salida, llovía con fuerza.
Compartimos paraguas.
Era uno de esos paraguas pequeños que no protegen casi nada y, por lo tanto, sirven para lo único importante: obligar a dos personas a entrar sin excusa en el territorio del otro. Notaba el roce intermitente de su brazo contra el mío, el olor limpio de su pelo húmedo, el vapor de nuestra respiración mezclándose en el aire frío. Hablábamos de asuntos sin importancia. Un profesor. Un examen próximo. Pero debajo de cada frase discurría otra conversación, mucho más antigua, mucho más tensa, una conversación que ninguno de los dos se atrevía todavía a poner en palabras.
En un momento dado, al esquivar un charco, tropezó ligeramente conmigo y dijo:
—Perdona, mon ami.
Lo dijo con aquel acento francés inventado de los dieciséis años.
La miré.
—No has dejado de hacerlo.
—¿El qué?
—Hablar así cuando quieres burlarte un poco del mundo.
Sonrió. Pero esta vez su sonrisa no tuvo filo. Fue dulce, casi desarmada.
—Y tú no has dejado de ponerte nervioso cuando te hablo demasiado cerca
No supe negarlo.
Además, a esas alturas de la vida, negar ciertas evidencias empezaba a parecerme una forma especialmente ridícula de cobardía.
Fue entonces cuando comprendí que la universidad nos estaba concediendo algo que el bachillerato no había sabido darnos: tiempo. No sólo el reencuentro, sino el tiempo. Tiempo para quedarnos. Para no huir. Para que las frases no murieran a medio nacer. Para dejar que algo avanzara, aunque avanzase despacio.
Una semana más tarde, en un bar, me confesó que se había dado cuenta de todo en tercero de BUP. De mis miradas, de mis huidas absurdas, de mis rodeos interminables para pedir una goma, unos apuntes o cualquier excusa, como quien se juega el destino en una frase cualquiera.
—Lo sabía perfectamente —dijo, revolviendo el café con la cucharilla—. Yo y más gente.
—Lo sospechaba. Podías haber dicho o hecho algo —me atreví a decir.
Levantó las cejas.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Hice bastante.
—No me enteré.
—Ese era precisamente tu problema.
Y recordé aquel día en que recriminaba a una amiga el mensaje que me había lanzado de que ella quería hablar conmigo.
La cucharilla siguió girando entre sus dedos, despacio.
Recordé oportunidades pequeñas. Miradas que eran puertas. Frases que pedían continuación. La fiesta de fin de curso. Aquel lento que bailó otro. Las veces que estuve a punto de hablar y no hablé.
Sentí una tristeza antigua, no exactamente dolorosa, sino incrédula. Una tristeza por lo cerca que había estado todo.
—Era idiota —dije.
Ella negó despacio.
—No lo eras.
Lo dijo con indulgencia. Con cariño, incluso. Como quien perdona una torpeza que ya no puede corregirse, pero tampoco necesita castigo.
A partir de entonces hubo entre nosotros una franqueza nueva. No explícita del todo. Aún no. Pero sí lo bastante clara para que el aire cambiara. Seguíamos sentándonos juntos, seguíamos compartiendo apuntes y cafés, pero ya no fingíamos que aquello era sólo una amistad universitaria. Había algo suspendido entre los dos, algo que avanzaba con lentitud aunque no por falta de deseo, al menos por mi parte.
El baile llegó semanas después.
Fue tras una cena universitaria, en un disco pub de San Juan donde, por primera vez en mucho tiempo, ambos parecíamos a salvo de la mirada de los demás. Ella llevaba una blusa color crema y una falda oscura. Yo una chaqueta de pana marrón que me hacía sentir más adulto de lo que era. Habíamos llegado con un grupo, pero poco a poco la noche nos fue dejando solos. En un momento dado empezó a sonar una canción lenta: "Corazón de poeta" de Jeanette. Nos miramos. Esta vez no hubo competidor, ni vaso con hielo, ni cobardía disfrazada de prudencia
—¿Bailas? —pregunté.
No era una pregunta difícil y, sin embargo, tardó un segundo en responder, como si aceptarla supusiera cruzar una frontera invisible. Sonrió primero, como si llevara mucho tiempo esperando que se lo pidiera. Luego dejó el vaso sobre una repisa y dijo:
—Sí.
Bailamos.
Al principio con esa torpeza razonable de quienes no están acostumbrados a exhibir la intimidad. Luego de una forma más natural, más próxima. Noté sus manos apoyarse en mis hombros, las mías en su cintura, el leve balanceo de nuestros cuerpos buscando un acuerdo, el olor de su pelo, el vértigo de tenerla tan cerca y no tener que apartarme. No pasó nada más aquella noche, y quizá por eso fue tan importante. Porque no necesitó culminar en nada para quedarse dentro de mí con la fuerza de las escenas decisivas.
Hay momentos que no piden consecuencia inmediata. Les basta con ocurrir. Les basta con abrir una grieta en el tiempo.
En un momento del baile levantó un poco la cara y me dijo en voz baja:
—¿Ves como no era tan difícil?
—No. Solo me ha costado unos cuantos años.
—Siempre has sido un poco lento, me dijo con una sonrisa cómplice.
Se quedó mirándome de una manera distinta, sin ironía, sin juego, con una ternura tan franca que me dejó indefenso.
Nos despedimos tarde, en una esquina cualquiera, con una
lentitud nueva. Hubo un momento en que pensé que iba a besarla. O que debía
besarla. O que, si no lo hacía, volvería a perder el tren como años atrás.
Pero no lo hice. La costumbre del miedo es persistente. También lo es esa forma equivocada de respeto que a veces nos deja inmóviles ante lo que más deseamos.
Ella me miró con una mezcla de ternura y burla, como si me estuviese leyendo la mente.
—Sigues pensándote las cosas demasiado.
Y se fue.
El beso llegó a la semana siguiente, en el mismo Disco Pub, donde habíamos bailado por primera vez. Esta vez volvía a sonar, como en el bachillerato, "Aline" de Christophe.
Algo se removió dentro de mí. No era sólo la música. Era la sensación de que la vida, en alguna de sus raras misericordias, estaba colocando otra vez las piezas sobre la mesa.
Bailamos más cerca.
Mucho más.
Pero el silencio entre nosotros empezó a hacerse demasiado largo. Denso. Casi incómodo. Ella apoyó la frente un segundo en mi hombro y, como siempre, fue ella quien rompió el hielo antes de que yo pudiera quedarme a vivir dentro de mi propia indecisión.
—Mira que si después de tanto tiempo vas a quedarte callado otra vez —dijo.
No hubo entonces un gran discurso, ni una declaración brillante, ni ninguna de esas frases memorables que sólo existen en las películas y en los recuerdos corregidos. Hubo algo mejor: una verdad sencilla, dicha a la altura del momento.
—Estaba loco por ti entonces—le dije—. Y lo sigo estando ahora.
Ella escuchó sin apartar la mirada. Sonrió apenas, como si aquella confesión llegara con años de retraso, sí, pero todavía a tiempo.
—Ya era hora, mon ami.
Y me besó.
No fue un beso arrebatado ni cinematográfico. Fue, precisamente por eso, inolvidable. Un beso esperado durante años sin saberlo del todo, un gesto que venía a poner en orden muchas cosas antiguas. Supe, mientras ocurría, que no estaba besando sólo a la muchacha de aquella universidad, sino también a la que se había quedado bailando lejos en una fiesta de fin de curso, a la del pupitre de delante y a la de detrás, a la que hablaba en falso francés y me retenía con una pregunta burlona cuando yo huía hacia ninguna parte.
Todavía ahora, al recordarlo, lo que vuelve no es sólo el
contacto de sus labios, sino la conmoción de sentir que algo muy antiguo se ponía por fin en su sitio. No fue un beso apresurado ni
tímido. Tardé apenas medio segundo en corresponderle.
Cuando nos separamos, ella sonrió apenas, sin triunfalismo,
casi con alivio.
—Al final he tenido que hacerlo yo —dijo.
Yo me eché a reír, quizá para no mostrar hasta qué punto me
había desarmado.
—Sí. Así es.
—Menos mal.
Nos quedamos un rato abrazados, sin necesidad de añadir nada. A nuestro alrededor seguía estando la misma ciudad, la misma universidad, el mismo tiempo lleno de prudencias. Pero para mí todo había cambiado de sitio.
Pero para mí todo había cambiado de lugar. Las calles eran las mismas y no lo eran. La música era la misma pero tampoco lo era. Incluso yo, que había llegado hasta allí cargando con una versión incompleta de mi propia historia, empecé a sentir que algo se cerraba sin clausurarse, que una puerta antigua dejaba de golpear al viento.
No sé si entonces pensé en el bachillerato, aunque debí de
pensarlo. En aquel tiempo suspendido, en aquellas oportunidades perdidas, en
todo lo que no se dijo cuando debía decirse. Lo que sí sé es que, por primera
vez, aquella noche no sentí nostalgia. La nostalgia sirve para embellecer lo que no sucedió.
Aquella noche, en cambio, no había nada que embellecer. Por fin había ocurrido.
Después vinieron más paseos, más tardes, más besos robados al margen de una universidad que no sabía nada de nosotros. Seguimos sentándonos juntos en clase, compartiendo apuntes como si nada hubiera cambiado, aunque ya había cambiado todo. A veces, en mitad de una explicación interminable sobre reinos, dinastías, fueros o estructuras agrarias, nuestras manos se rozaban bajo el pupitre. Era un contacto mínimo. Apenas nada. Y, sin embargo, bastaba para trastornar el sentido entero de la mañana.
Con los años he pensado muchas veces en aquel curso.
No lo recuerdo como una victoria sentimental. Tampoco como una revancha contra lo no vivido. Ni siquiera como la confirmación de un destino, porque los destinos son cómodos sólo cuando se miran desde lejos. Lo recuerdo de otra manera: como el curso en que entendí que las cosas importantes rara vez pasan solas. Hay que acercarse. Hay que decir. Hay que quedarse cuando todo en uno pide retirarse.
Yo cambié de carrera creyendo que buscaba una disciplina más acorde conmigo. Y era verdad. Pero también iba en busca de una muchacha a la que no había olvidado. La encontré. Se sentó a mi lado. Compartió conmigo un pupitre, una ciudad, una estación de la vida.
Y aprendí entonces algo que en la otra realidad quizá tardé demasiado en comprender: algunas historias no fracasan. Sólo esperan más tiempo del debido.

