sábado, 24 de enero de 2026

Mundos alternativos: la Unión Soviética vive

Me desperté con la misma rutina de siempre, la misma sensación de lunes aunque el calendario dijera otra cosa. La persiana de la habitación dejaba entrar una luz azulada, de cielo raso, y el silencio de la casa tenía esa paz doméstica que suele engañarte: el mundo puede estar ardiendo ahí fuera y, aun así, el desayuno y la rutina diaria te espera.

Mi hermano seguía durmiendo en su cama, boca arriba, con el brazo por encima de la cabeza, como si nada pudiera tocarle, con la calma de quien no sospecha que la realidad puede cambiar sin avisar.

Fuí a la cocina. Abrí el frigorífico. Me preparé unos huevos revueltos con champiñones, un poco de fruta y un vaso de café con leche caliente. Lo de cada mañana antes de ir a trabajar al Casco Antiguo. Encendí la radio por costumbre: el informativo de las siete siempre me ha parecido un reloj-despertador con voz humana.

Hoy por Hoy. Aquí La SER.

El indicativo de Hoy por Hoy entraba con su familiaridad exacta, esa sintonía que no te sorprende porque forma parte de tus ritos cotidianos. Por eso me desconcertó tanto lo que vino después, un desconcierto que se tradujo en una instintiva reacción física. No fue un salto estridente, ni una señal de interferencia, ni un “ha sintonizado usted otra emisora”. Era la misma cadena, el mismo tono empleado por la presentadora estrella, la misma forma de hablar cercana… pero con un contenido que no pertenecía a mi vida.

—Son las siete de la mañana, las seis en Canarias. Comenzamos Hoy por Hoy con la última hora internacional: la OTAN mantiene el calendario de ampliación hacia el Este, aunque reconoce límites estratégicos “en la frontera soviética”. Moscú ha respondido a la cumbre de la OTAN advirtiendo de temibles “consecuencias” si se altera el equilibrio de seguridad.

Unión Soviética. Ampliación de la OTAN.

La taza me tembló un poco en la mano. 

Mi primera reacción fue estrictamente técnica: se han equivocado, estarán emitiendo un reportaje histórico. Esperé el giro, la aclaración, el “tal día como hoy hace …. años…”. Miré el calendario a ver si había alguna efemérides histórica. Nada. 

El presentador siguió con esa naturalidad de radio matinal que tan pronto te cuenta una huelga laboral como, a los treinta segundos, las noticias sobre el tiempo o el tráfico.

—En Moscú, el secretario general del Partido Comunista y presidente del Sóviet Supremo, Alexéi Sokolev, preside hoy el acto por el 35 aniversario de la Restauración 

Restauración. ¿1991?. Dicha así, con el mismo tono con el que anuncian una subida de la luz.

Me acerqué un poco más a la radio, como si la distancia fuese la culpable de que yo estuviera entendiendo mal. El presentador, sin dramatismo, añadió:

—…una fecha que el Kremlin considera el inicio de la “estabilización” tras el fracaso económico de la perestroika de Gorbachov.

Perestroika. Kremlin. Estabilización. En Hoy por Hoy, a las siete de la mañana, en mi cocina.

—…y ha defendido —dice— el modelo de “economía socialista modernizada” que desde principios de los 2000 ha permitido el crecimiento del consumo y el control estatal de los sectores estratégicos.

Ahí me golpeó lo más inquietante: no era el cliché del desabastecimiento eterno. No era la Unión Soviética que había conocido personalmente en 1988. Era una URSS que había hecho lo impensable: sobrevivir adaptándose, como China, con el partido comunista mandando y el mercado obedeciendo. Un pacto brutal, pero eficaz. En mi mundo, además, la OTAN se había extendido hasta las fronteras de Rusia, tras la desintegración de la URSS, entre  1999 y 2025. En este al parecer no.

Aun así, fuera de la radio todo seguía donde debía. El hervidor con la leche que borboteaba. El pan crujiendo al partirlo. El café olía como siempre. Todo en la cocina seguía encajando; lo único que se había desviado era la Historia. Ese contraste entre la rutina perfecta y la anomalía absoluta me dio aún mucho más miedo.

Miré desde la cocina por instinto a la habitación , como si mi hermano pudiera levantar la cabeza y decirme al escuchar la radio: “¿qué pasa?”. No. Seguía durmiendo. Y esa normalidad doméstica, lejos de tranquilizarme, me dejó una sensación de soledad: yo era el único oyente del cambio.

Apagué la radio.

La volví a encender.

SER. Hoy por Hoy. La misma voz.

—…y atención, porque Washington y Moscú vuelven a sentarse hoy en Ginebra para negociar límites en los sistemas de misiles hipersónicos. La Casa Blanca insiste en que no habrá concesiones en Europa…

Sistemas de misiles hipersónicos. Ginebra. Washington y Moscú como pareja fija del planeta. Otra vez la guerra fría, pero en 2026 y con palabras nuevas.

Salí de casa como sale uno cualquier día: con el abrigo a medio cerrar y las llaves en el bolsillo pero con la sensación de caminar dentro de un día normal guardando un secreto enorme y donde yo fuese al único al que le habían cambiado el escenario.

Pamplona, La Rocha estaba igual: las mismas fachadas, el mismo coche que siempre aparcaba donde no debía, el mismo olor a pan reciente si pasabas cerca del Taberna de Marcelo Celayeta. Al fondo se oía un camión de reparto. Un hombre caminaba rápido con la cabeza agachada, protegiéndose del frío. La ciudad no parecía enterarse de nada.

En la esquina, el quiosco tenía los mismos periódicos, con las mismas fotos de políticos, los mismos deportes, la misma economía. Si había una Unión Soviética, no se notaba en los escaparates ni en el modo en que la gente caminaba por la calle.

No había banderas, ni carteles, ni un cambio estético que delatara una Historia alternativa. El mundo seguía funcionando con su inercia local: las obras de Sarasate, la zona de bajas emisiones, nos quejábamos por lo caro que estaba todo y mirábamos al cielo solo para saber si iba a llover de forma inminente.

Y eso era lo más perturbador: que lo enorme apenas se notara.

En el taxi que me subió a lo Viejo volví a escuchar la radio. Agucé el oído para comprobar si la anomalía se sostenía cuando yo ya estaba en el mundo exterior.

—…las ocho menos cuarto. Vamos con una primera mirada a la economía: el precio de la energía vuelve a tensionar a la industria europea…

Energía. Eso sí era reconocible. Siguió:

—…y en el ámbito internacional, la Unión Soviética ha anunciado nuevos acuerdos de suministro con China, en un marco de cooperación estratégica que refuerza el eje euroasiático.

Eje euroasiático. China. Unión Soviética.

La clave empezó a ordenarse sola en mi cabeza. Si aquello era real, no podía ser una URSS congelada en la escasez. Tenía que ser una URSS que hubiese aprendido la lección: controlar el poder político, sí, pero permitir la prosperidad suficiente para que la gente no se levantase contra el régimen.

Una especie de “modelo chino” con otro relato y otra memoria.

Llegué al Casco Antiguo. Caminé por las calles estrechas con esa familiaridad que no se piensa. Un cartel de rebajas. Una persiana a medio subir. El olor de la cocina de un bar abriendo. Un repartidor arrastrando un carro con bebidas. Nadie actuaba como si el mundo estuviera en guerra fría permanente.
Abrí la oficina. Saludé. Empecé a trabajar. Respondí a correos, llamadas, mensajes. Todo normal. La vida cotidiana, en ese nivel, te obliga a funcionar aunque el universo se haya movido unos centímetros. Y esa normalidad, precisamente, me obligaba a ser doblemente prudente: si yo decía una sola frase fuera de sitio, parecería que deliraba. No le comenté nada a nadie.

Seguí trabajando como si nada. Atendí a gente. Firmé cosas. Hablé de asuntos pequeños. La vida del Casco Antiguo no se detiene por la geopolítica, y eso, de repente, me pareció un alivio y una condena: el mundo puede girar, pero la puerta hay que abrirla igual.

A la hora de comer, me fui a un bar de confianza del Casco.

En la televisión del bar hablaba el corresponsal en Moscú. Habló con serenidad de “la Restauración”. Lo explicó como si resumiera un cambio de gobierno.

—Tras el colapso económico de la perestroika, el núcleo duro del Partido, los militares y la Seguridad del Estado impusieron un giro. La represión política fue intensa en los primeros años, especialmente en las repúblicas separatistas. Pero a partir de finales de los noventa, y sobre todo desde el año 2002, se consolidó un modelo de apertura económica controlada: iniciativa privada limitada, licencias estrictas, cooperativas con incentivos, empresas mixtas en manufactura y consumo… con el Estado reteniendo energía, defensa, banca, transporte y telecomunicaciones.

Ahí estaba la verosimilitud: la URSS sobrevivía porque había llenado los frigoríficos y los estantes de los supermercados. Podía vigilar la palabra pública, pero no podía permitirse que las estanterías siguieran vacías. Me sorprendí imaginando escenas con supermercados soviéticos con productos “normales” y publicidad de consumo; marcas nacionales orgullosas; un patriotismo de prosperidad, no solo de sacrificio. Un orgullo reconstruido: “no nos desintegramos”, “no nos humillaron”, “seguimos siendo una temible potencia”. En un momento de reflexión, me asaltó el dilema moral que da sentido a estos mundos alternativos:

Si este sistema —más autoritario— ha conseguido estabilidad material, si la gente puede consumir, si hay empleo, si hay seguridad en las calles… ¿Cuánto está dispuesto a pagar un ciudadano por esa estabilidad y seguridad? ¿Cuánto de su voz, de su crítica, de su libertad?. ¿y cuántas personas se convencen de que esa entrega es razonable cuando su vida, por fin, deja de ser una eterna cola en la lucha por conseguir los productos cotidianos más básicos?

La conversación en la barra era la habitual en Pamplona: la subida de los precios, Osasuna, una obra mal ejecutada. Pero entre dos frases sobre el tiempo un paisano coló una línea, dicha sin intención, como un comentario sobre lo que estaba emitiendo la televisión:

—Y con los soviéticos como están, ya verás cómo vuelve a subir el gas.

Lo dijo como quien habla de la lluvia.

No pude evitar mirar al hombre. Él siguió comiendo. Nadie se alteró. Nadie discutió. Nadie pareció darse cuenta de que “los soviéticos” era una palabra que en mi vida real solo se usa en pasado. Allí, sin embargo, era presente, práctico, cotidiano.

Volví a trabajar, después de comer, con la sensación de haber entendido algo esencial: la geopolítica cambia, pero aquí, en estas calles, apenas se nota. Se nota en el recibo de la luz o del gas. El Casco Antiguo no se convierte en un decorado distinto; solo cambia el ruido de fondo.

Al final de la jornada me noté cansado de golpe, como si hubiera vivido dos vidas en un solo día: la local, que seguía su curso por Pamplona, y la global, que se había desplazado sin pedir permiso.

Cuando terminó la jornada, regresé a casa. El cielo estaba limpio, frío, con ese tono que hace que Pamplona parezca más nítida, más real. Mi hermano estaba en el salón, normal, ante la pantalla de la tablet.

No le comenté nada. No quería verme a mí mismo diciendo en voz alta: “he pasado el día en una línea temporal donde la Unión Soviética existe”. Me habría sonado a locura incluso a mí.

Cené sin hambre. En la cama, por última vez, puse la radio unos minutos. El mundo seguía igual: menciones a Moscú, a despliegue de misiles,  a China como socio necesario y a Europa como frontera.

Me quedé a oscuras pensando en algo incómodo: que quizá lo más inquietante no era la pervivencia de la Unión Soviética, sino la facilidad con la que mi cabeza estaba aceptando ese mundo con tal de que tuviera lógica. Con tal de que fuera consistente.

Y pensé en lo más inquietante de todo: que aquel mundo alternativo era perfectamente habitable para millones de personas, porque la vida cotidiana —si tienes trabajo, calefacción y comida— puede acostumbrarse a casi cualquier cosa. Incluso a un régimen.

Y también pensé que si esto era un mundo alternativo, si esto era una desviación quizá el sueño fuese el puente de regreso

Apagué. Me quedé a oscuras.

Y me dormí con el sonido de una palabra que no debiera existir en mi presente: Restauración

A la mañana siguiente me desperté con el mismo amanecer, la misma persiana, el mismo silencio. Fui a la cocina como un autómata, encendí la radio como un acto reflejo.

Y el indicativo era el de siempre.

La voz era la de siempre.

Hablaban de lo habitual: Ucrania, Venezuela, Groenlandia, Gaza,... conflictos viejos y conflictos nuevos. No había Unión Soviética. No había Restauración, No había Sokolev. Estaba mi mundo, con sus incertidumbres, sus alianzas, y sus sorpresas políticas.

Respiré como si llevara un día entero conteniendo el aire.

Mi hermano seguía durmiendo, igual que la víspera. Lo miré otra vez, y esta vez lo hice con ternura: qué fácil es estar a salvo cuando la realidad coincide con tu cotidianidad, con lo que vives cada día.

Mientras calentaba el café con leche en el microondas, el locutor mencionó al presidente Donald Trump y una negociación internacional que sonaba a otra época: la constitución de una Junta de Paz, el reparto de áreas de influencia, necesidades estratégicas de los estados, un mundo donde los aliados de ayer pueden ser los enemigos de mañana, y al revés. Nada que ver con la antigua Unión Soviética pensé. Y, sin embargo, algo en mi estómago no terminó de relajarse.

Hay días —lo sé ahora— en los que uno se despierta en otra línea alternativa sin necesidad de que lo anuncie la radio. Basta con que el mundo deje de parecer previsible. Basta con que el orden internacional que creías heredado y estable empiece a descomponerse  en manos de hombres capaces de cambiar el rumbo, de torcerlo todo de un golpe, con una frase, un gesto, o un cálculo. Quizás el mundo alternativo no esté tan lejos. A veces basta con un giro de liderazgo, una crisis, un cálculo, para que lo impensable se convierta en “ruido de fondo” en un programa de la mañana.

Apagué la radio despacio.

Miré al pasillo. Mi hermano seguía durmiendo.

Y pensé —sin atreverme a decirlo— que quizá no hace falta viajar o amanecer en un mundo alternativo para comprender lo frágil que es el nuestro.

El día del apocalipsis

Nos habían acostumbrado a amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Epidemias, guerras y hambrunas en la tele...

En el plano cósmico la amenaza más conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un asteroide más bien pequeño de apenas trescientos metros  al que los noticiarios se referían con palabras tranquilizadoras: pasará lejos, escaso riesgo de impacto, monitorización constante, etc.

Con el tiempo, lo de Apofis de tanto repetirlo  se convirtió en una especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos cae Apofis y nos libra de todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa es el seguro de vida del que teme.

Pero en esta ocasión no lo vimos venir.

Cuando apareció ya era demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días.

Día -100

Lo dijeron en una rueda de prensa con banderas y atriles. En España compareció un ministro con ojeras de madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad de impacto. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”

En Pamplona, la noticia entró por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y luego el derrumbe. Vi a la gente detenerse en la calle Zapatería, junto a los escaparates, como si de repente les hubieran cambiado la gravedad. Los camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es mentira” con esa seguridad que solo da el miedo.

Al principio nos ocultaron la información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto tiempo. Semanas, quizá meses. Cuando la filtración se coló en foros y en cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.

Cien días para el impacto.

Cien días para convertir la vida en una cuenta atrás.

Día -93

La ciudad empezó a cambiar antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de gestos. La gente miraba más el cielo. No el cielo de siempre, el cielo útil —si llueve, si hiela—, sino el cielo como un escenario donde podía aparecer el actor principal de la tragedia.

Los bancos siguieron abriendo, al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.

En la Plaza del Castillo, un hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a otro sitio más grande.

Día -85

Las primeras medidas “de orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque de  queda en algunas zonas, controles, prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.

Lo que nadie decía era que el orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda, entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto, entonces hay tiempo.

Una noche, volviendo a casa, vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra. El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa el tiempo.

En los balcones empezaron a aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de “resistiremos”, dibujos de estrellas tachadas. Era como si la gente necesitara colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.

Día -77

Llegó la fase del “vivir a tope”.

Los restaurantes se llenaron de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que se abrazaban como si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras se formaban por pánico a morir solos.

Algunos gastaron todos los ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.

Mis amigos se dividieron sin decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.

En mi cabeza empezó a gestarse un debate mental: ¿Qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días? ¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O permitirme el lujo de no pedirlo?

El primer reto moral fue sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.

Hice una lista en un papel. Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un producto con fecha de caducidad.

Al final llamé a pocos. Con otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.

Día -70

En televisión mostraron por primera vez la misión internacional.

Habían intentado lo inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria. Palabras limpias para un problema sucio.

El resultado fue fallido.

No lo dijeron así. Lo dijeron con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.

Esa noche hubo disturbios en varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería discutir; quería anestesiarse.

Me sorprendió lo rápido que apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación, las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.

Yo intenté ser racional. Leí artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de rezar sin rezar.

Pero la razón tiene un límite: puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.

Día -63

Apareció un mercado nuevo: el del consuelo.

Libros de “cómo afrontar el fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se vuelve urgente.

También apareció el otro mercado: el de la violencia.

Grupos que asaltaban camiones. Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.

En Pamplona, el miedo era menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por paquetes de arroz. Un vecino que escondía gasolina. Otra vecina que repartía pan a quien lo necesitara. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma facilidad.

Yo me descubrí en un punto intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la dignidad con las manos temblando.

 

Día -55

El asteroide empezó a tener nombre.

Al principio fue un código de catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos: “La Piedra”, “El Juicio”, “El Ojo”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.

No recuerdo cuál se impuso, porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la Cosa.

La Cosa que venía.

Con -55 días, ya no era una noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se convirtió en un modo de hablar.

Empecé a caminar más por la ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo puede borrarte de golpe.

Me dolió, de una manera extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una ciudad si no hay ojos que la recuerden?

Día -47

Los gobiernos anunciaron “planes de supervivencia”.

Refugios. Distribución de recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra “selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.

En redes se filtraron listas: listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿Quién decide esos pocos?

En casa, me descubrí fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.

Día -40

Me encontré con una escena que no he olvidado.

Era por la tarde. En la calle, una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente, hacia ninguna parte.

Pasé de largo y luego volví. No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.

No dijeron nada.

Y en ese silencio entendí algo que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por resignación, sino por perspectiva.

Yo, en cambio, estaba en guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera una última página.

Día -33

La segunda gran operación de desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.

Ya no había triunfalismo. Solo un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes, la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.

Volvió a fallar.

Esta vez lo dijeron casi con honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.

Esa noche, por primera vez, vi llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rio.

Día -25

Los comportamientos extremos se hicieron normales.

Hubo quien mató por miedo. Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no sabía hacer otra cosa.

Yo intenté escribir. Quise dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?

Sin embargo, seguí.

Escribí sobre mi infancia. Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.

Mientras escribía, notaba el odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.

Día -18

Comenzó la verdadera cuenta atrás psicológica.

Los informativos mostraban simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las discusiones se volvieron técnicas: si impacta en océano, si impacta en continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes no eran nada halagüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra similar a la  del asteroide que acabo con los dinosaurios.

En Pamplona, el cielo seguía siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no se oscurecía por respeto a nuestro miedo.

Una tarde, en la Plaza del Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final, el cuerpo insiste en celebrar.

Luego miré hacia arriba, por costumbre.

Todavía no se veía nada.

Día -10

El asteroide se hizo visible para los telescopios aficionados, y luego, para los prismáticos. Después, a simple vista, como una estrella que no estaba antes.

En los balcones, la gente salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo aceptara testigos y, por eso, se contuviera.

Los toques de queda se endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.

Yo caminaba de noche cuando podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.

Día -5

La cosa ya era una presencia.

No solo en el cielo, también en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”. Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.

Yo fui al cementerio a visitar la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.

Me arrodillé ante la tumba de mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.

El conocimiento es un privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.

Día -2

El cielo empezó a cambiar de verdad.

La cosa brillaba más. No como una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos estaban ya programados para ver señales.

Las autoridades lanzaron mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿Cómo se protege uno de un mundo que se rompe?

La ciudad estaba extrañamente silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.

Esa noche dormí a ratos. Soñé con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como si hubiera mordido el miedo.

Día -1

Hoy es el día anterior.

Lo escribo con una claridad que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre había sido una promesa. Ahora es una losa.

El asteroide es ya muy visible en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.

La gente ha salido a las plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran. Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.

No sé qué hacer con esta última noche.

He pensado en esconderme. He pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.

Al final, he hecho lo más simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda

Desde aquí, la zona norte de Pamplona parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el asteroide domina el cielo como un ojo abierto.

Me sorprendo hablando en voz baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo una frase que se me escapa:

—Así que eras tú.

La cosa brilla, indiferente. No responde.

Miro alrededor. La ciudad está llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe, con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no necesito sostener?

No sé si he sido mejor en estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo peor; otras, es lo único que te queda.

A lo lejos suena una canción. No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa que parece un desafío.

Yo sigo mirando el cielo.

Mañana.

Y el asteroide, enorme ya para ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien antes de acabar con todo.

miércoles, 21 de enero de 2026

Segunda oportunidad

En el relato "Relojería El Regreso" el protagonista viajaba a través de un artilugio con forma de reloj a  diferentes momentos o realidades  alternativas de su vida en base a una serie de hechos y de decisiones que tomó o no tomó en su momento. Este relato desarrolla una de esas realidades alternativas. 

En la universidad el amor no entró como una revelación. Llegó como una segunda oportunidad. No fue un encuentro casual. Nunca lo fue.

Yo sabía que iba a encontrarla.

Cuando decidí no elegir Periodismo y elegir Historia, una parte de mí lo hizo por razones que podía explicar sin sonrojarme —los libros, la inclinación antigua por el pasado—, pero otra parte, la más secreta, la que no se le confiesa a nadie, lo hice por ella.

Sabía que iba a estar  allí.

Sabía que nuestras vidas, separadas al terminar el bachillerato, iban a volver a rozarse en unos meses en aquellos pasillos y aulas de una  universidad donde  no se levantaba demasiado la voz. Era una universidad  vigilante y ascética. No había margen para la política, menos aún para el escándalo, y desde luego ninguno para esa clase de libertad que en otros campus se derramaba por los yerbines como una canción protesta en aquellos años de la transición. Allí todo era gris.

Llegué a Historia con una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque la iba a ver. Miedo porque no sabía qué quedaba de nosotros, o mejor dicho, de aquello que nunca llegó a ser nosotros. En el bachillerato había existido una corriente silenciosa, algo que se intuía entre una conversación y una mirada, entre un saludo demasiado atento y una despedida que se demoraba un segundo más de lo necesario. Pero no había ocurrido nada. Nada verdadero. Nada que pudiera recordarse sin recurrir al condicional.

La vi el primer día de clase.

Estaba aún más guapa que en el instituto. Más mujer, claro, pero conservando  aquella alegría luminosa de entonces y es que solo habían pasado apenas cuatro meses. El pelo, castaño oscuro,  seguía cayéndole con esa naturalidad que parecía estudiada por el azar. Los ojos almendrados mantenían la misma mezcla de serenidad y picardía. Vestía una falda de pana color miel, botas altas y un jersey claro bajo una gabardina azul marino. Al verla, me ocurrió algo extraño: no sentí que el tiempo hubiera pasado; sentí que había dado un rodeo larguísimo para dejarme exactamente en el mismo lugar y situación que en el comienzo de los años del bachiller.

Me vio.

Durante un instante pensé que me reconocería pero con la frialdad educada con que se saluda a un antiguo compañero. Pero sonrió en seguida. No una sonrisa de cortesía. Una sonrisa limpia, rápida, de verdad. Hubo un instante de vacilación, una milésima en la que ambos buscamos en la cara del otro al muchacho y a la chica que habíamos sido hasta hacía muy poco tiempo.

—Hola.

Se acercó un paso, me miró con esa mezcla de examen y afecto con que se revisan los recuerdos queridos y ante mi evidente turbación, -un sofoco de calor me subía a las mejillas-, me dijo, sin rodeos:

—Te estas poniendo rojo.

Sonrió con una sonrisa picarona. Y con esa sonrisa se me vinieron encima de golpe el aula, los recreos que no eran recreos, los comentarios a media voz, las bromas con el falso acento francés, la fiesta en el Amaya, todo aquel tiempo en el que casi pasó todo y no pasó nada.

Ella seguía teniendo esa ironía suave, esa capacidad de convertir cualquier charla banal en una escena con alta temperatura. Pero al darse cuenta de mi nerviosismo cambió el tono y el tema de la conversación. 

—Así que al final elegiste Historia—afirmó, recordando cierta clase en el instituto donde cada uno anunciaba públicamente la carrera de su elección, aunque fue interrumpida enseguida por el tutor del curso que estaba a punto de empezar su sesión,

Como la clase estaba casi llena, el único sitio libre era a mi lado, en el pupitre corrido de la segunda fila. Ella dejó su carpeta, se sentó y, mientras se acomodaba, me miró con la familiaridad que sólo se permite quien cree tener algún derecho sobre el pasado compartido.

Durante media hora mantuvimos ese viejo juego de miradas furtivas y medias sonrisas sobre el borde de los folios todavía en blanco. Nada había cambiado en el fondo; solo el decorado. Y, sin embargo, aquella misma tensión que antes me paralizaba empezó a parecerme, de pronto, menos un peligro que una invitación. En las semanas siguientes compartimos apuntes,  libros, comentarios al margen. Nuestra cercanía tenía algo de alianza discreta. No había rivalidad entre nosotros. Nos ayudábamos. Si uno faltaba a una clase, el otro guardaba los apuntes. Si uno entendía mejor un texto, se lo explicaba al otro. Si un profesor se perdía en una digresión sobre el medievo o una cronología interminable, bastaba con una mirada lateral para salvar la mañana. Pero lo decisivo no ocurría en el aula. Ocurría al salir.

En el campus apenas podíamos ser poco más que alumnos; fuera, había bares en los que se podía hablar sin bajar  la voz, calles por las que se podía caminar despacio, tardes que no tenían que rendir cuentas a nadie. Fue allí donde el reencuentro dejó de ser una coincidencia académica y empezó a convertirse en otra cosa. Tomábamos café después de clase en sitios algo apartados del circuito universitario. Hablábamos del instituto, claro, pero no de forma nostálgica, sino como quien vuelve a una habitación antigua. Hablábamos también de libros, de las familias, de planes imprecisos, del porvenir, como se habla a los dieciocho años: con una mezcla de miedo y de arrogancia, del que tiene todo el tiempo y el mundo por delante.

A veces, mientras ella hablaba, yo me sorprendía mirándola demasiado. No con descaro, sino con esa concentración involuntaria que provoca aquello que nos importa. Ella se daba cuenta. No se molestaba. En ocasiones incluso parecía demorarse en una frase, como si supiera que yo no estaba escuchando sólo las palabras.

Un viernes, a la salida, llovía con fuerza.

Compartimos paraguas,  uno de esos paraguas pequeños que no resguardan apenas nada y obligan a dos personas a entrar, sin excusa, en el territorio del otro. Notaba el roce intermitente de su brazo contra el mío, el olor limpio de su pelo, el vapor de nuestra respiración en el aire frío. Hablamos de banalidades, pero debajo de cada frase discurría otra conversación más antigua, tensa y silenciosa.

En un momento dado, al esquivar un charco, tropezó ligeramente conmigo y dijo:

—Perdona, mon ami.

Lo dijo con aquel acento francés inventado de los dieciséis años.

La miré.

—No has dejado de hacerlo.

—¿El qué?

—Hablar así cuando quieres burlarte un poco del mundo.

Sonrió con una dulzura casi desarmada.

—Y  tú de ponerte nervioso cuando te hablo demasiado cerca

No supe negarlo. A esas alturas de la vida, además, negar ciertas evidencias  me parecía una pérdida de tiempo.

Fue entonces cuando empecé a comprender que la universidad nos estaba concediendo algo que el bachillerato no pudo darnos: no solo el reencuentro, sino el tiempo. Tiempo para quedarnos, para no salir huyendo,  para que las frases no se quedaran a medio nacer.

Una semana  tarde me confesó en el bar que se había dado cuenta de todo en 3º de BUP. De mis miradas, de mis huidas absurdas, de los rodeos interminables para pedir una goma o unos apuntes como quien se juega el destino.

—Lo sabía perfectamente —dijo, revolviendo el café con la cucharilla—. Yo y más gente.

—Lo sospechaba. Podías haber dicho o  hecho algo —me atreví a decir.

Levantó las cejas.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Hice bastante.

—No me enteré.

—Ese era precisamente tu problema.

Y recordé aquel día en que recriminaba a una amiga el mensaje que me había lanzado de que ella quería hablar conmigo.

La cucharilla siguió girando entre sus dedos, despacio.

Aquella frase, tan sencilla, removió con años de retraso una tristeza vieja, por lo cerca que había estado todo. Pensé en la fiesta de fin de curso, en aquel lento que bailó otro, en las veces que estuve a punto de hablar y no hablé.

—Era idiota —dije.

—No lo eras, afirmó con indulgencia

A partir de entonces hubo entre nosotros una franqueza nueva. No explícita del todo, pero sí bastante para que el aire cambiara. Seguíamos sentándonos juntos, seguíamos compartiendo apuntes y cafés, pero ya no fingíamos que aquello era sólo una amistad universitaria. Había algo suspendido entre los dos, algo que avanzaba con lentitud aunque no por falta de deseo.

El baile llegó semanas después.

Fue tras una cena universitaria,  en un disco pub de San Juan  donde, por primera vez en mucho tiempo, ambos parecíamos a salvo de la mirada de los demás. Ella llevaba una blusa color crema y una falda oscura. Yo una chaqueta de pana marrón que me hacía sentir más adulto de lo que era. Habíamos llegado con un grupo, pero poco a poco la noche nos fue dejando solos. En un momento dado empezó a sonar una canción lenta:  "Corazón de poeta" de Jeanette. Nos miramos. Esta vez no hubo competidor, ni vaso con hielo, ni cobardía con coartada.

—¿Bailas? —pregunté.

No era una pregunta difícil y, sin embargo, tardó un segundo en responder, como si aceptarla supusiera cruzar una frontera invisible. Sonrió primero, como si llevara mucho tiempo esperando que se lo pidiera. Luego dejó el vaso sobre una repisa y dijo:

—Sí.

Bailamos.

Al principio con esa torpeza razonable de quienes no están acostumbrados a exhibir la intimidad. Luego de una forma más natural, más próxima. Noté sus manos apoyarse en mis hombros, las mías en su cintura, el leve balanceo de nuestros cuerpos encontrando un acuerdo, el olor de su pelo, el vértigo de tenerla tan cerca. No pasó nada más aquella noche, y quizá por eso fue tan importante. Porque no necesitó culminar en nada para quedarse dentro de mí con la fuerza de las escenas decisivas.

En un momento del baile levantó un poco la cara y me dijo en voz baja:

—¿Ves como no era tan difícil?

—No. Solo me ha costado unos cuantos años.

—Siempre has sido un poco lento,  me dijo con una sonrisa cómplice.

Se quedó mirándome de una manera distinta, sin ironía, sin juego, con una ternura tan franca que me dejó indefenso.

Nos despedimos tarde, en una esquina cualquiera, con una lentitud nueva. Hubo un momento en que pensé que iba a besarla. O que debía besarla. O que, si no lo hacía, volvería a perder el tren como años atrás. Pero no lo hice. La costumbre del temor, o quizá el respeto excesivo por lo que estaba naciendo, me dejó quieto.

Ella me miró con una mezcla de ternura y burla.

—Sigues pensándote las cosas demasiado.

Y se fue.

El beso llegó a la semana siguiente, en el mismo Disco Pub, donde habíamos bailado por primera vez. Esta vez volvía a sonar como en el bachillerato "Aline" de Christophe. Algo se me removió por dentro. Acercamos  nuestros cuerpos mucho más, aunque un silencio denso y demasiado largo me incomodaba sobremanera. Ella apoyó la frente un segundo en mi hombro, y rompió, como siempre, el hielo.

—Mira que si después de tanto tiempo vas a quedarte callado otra vez —dijo.

Entonces no hubo un gran discurso, ni una declaración brillante, ni ninguna de esas frases memorables que sólo existen en las películas. Hubo algo mejor: una verdad sencilla, dicha a la altura del momento.

—Estaba loco por ti entonces—le dije—. Y lo sigo estando ahora.

Lo escuchó sin bajar la vista. Luego sonrió apenas, como si aquella confesión llegara con años de retraso pero aún así a tiempo.

—Ya era hora, mon ami.

Y me besó.

No fue un beso arrebatado ni cinematográfico. Fue, precisamente por eso, inolvidable. Un beso esperado durante años sin saberlo del todo, un gesto que venía a poner en orden muchas cosas antiguas. Supe, mientras ocurría, que no estaba besando sólo a la muchacha de aquella universidad, sino también a la que se había quedado bailando lejos en una fiesta de fin de curso, a la del pupitre de delante y a la de detrás, a la que hablaba en falso francés y me retenía con una pregunta burlona cuando yo huía hacia ninguna parte.

Todavía ahora, al recordarlo, lo que vuelve no es sólo el contacto de sus labios, sino la conmoción de sentir que algo muy antiguo se ponía por fin en su sitio. No fue un beso apresurado ni tímido. Tardé apenas medio segundo en corresponderle.

Cuando nos separamos, ella sonrió apenas, sin triunfalismo, casi con alivio.

—Al final he tenido que hacerlo yo —dijo.

Yo me eché a reír, quizá para no mostrar hasta qué punto me había desarmado.

—Sí. Así es.

—Menos mal.

Nos quedamos un rato abrazados, sin necesidad de añadir nada. A nuestro alrededor seguía estando la misma ciudad, la misma universidad, el mismo tiempo lleno de prudencia. Pero para mí todo había cambiado de sitio.

No sé si entonces pensé en el bachillerato, aunque debí de pensarlo. En aquel tiempo suspendido, en aquellas oportunidades perdidas, en todo lo que no se dijo cuando debía decirse. Lo que sí sé es que, por primera vez, aquella noche no sentí nostalgia. La nostalgia sirve para adornar lo que no sucedió. Aquella noche, en cambio, no había nada que adornar. Por fin había ocurrido.

Después vinieron más paseos, más tardes, más besos robados al margen de una universidad que no sabía nada de nosotros. Seguimos sentándonos juntos en clase, compartiendo apuntes como si nada hubiera cambiado, aunque ya había cambiado todo. A veces, en mitad de una explicación interminable sobre reinos, dinastías o estructuras agrarias, nuestras manos se rozaban bajo el pupitre y ese contacto mínimo bastaba para trastornar el sentido del día.

Con los años he pensado muchas veces en aquel curso. No lo recuerdo como una victoria sentimental, ni como una revancha contra lo no vivido, ni siquiera como la confirmación de un destino. Lo recuerdo como el curso en que entendí que las cosas importantes no pasan solas. Yo cambié de carrera creyendo que iba en busca de una disciplina más acorde conmigo. Y era verdad. Pero también iba en busca de una muchacha a la que no había olvidado. La encontré. Se sentó a mi lado. Compartió conmigo un pupitre y una estación de la vida. Algunas historias no fracasan: sólo esperan más tiempo del debido. 

lunes, 19 de enero de 2026

La casa del confín del mundo. William Hope Hodgson

Leí hace más de 40 años esta obra en la colección Fontamara y hace unos días la volví a releer. Hacía no demasiado tiempo, en aquellos años, que había entrado en el tenebroso mundo onírico y terrorífico de Lovecraft y esta obra me abrió puertas y dimensiones que yo desconocía. La mejor de las obras de William Hope Hodgson escrita en 1908 tiene como escenario una vieja y extraña mansión de Irlanda que constituye una especie de portal a un mundo de pesadilla, un portal tras del cual acechan criaturas inimaginables del submundo y donde el protagonista viaja a través del tiempo y el espacio cósmico asistiendo al final del sistema solar, viaje, amen de otras características, que la hacen única dentro del género de la literatura fantástica. La descripción de los paisajes y de las atmósferas es tremendamente evocadora y estremecedora, con su torre y su pozo desde el que se deslizan las criaturas de las tinieblas. Nadie como Hodgson para sugerir vagos horrores, ocultos en un escenario natural. "Oigo un leve ruido en el sendero del jardín", es una de esas frases sencillas y a la vez terriblemente desasosegantes que aparece en las páginas de este libro.

Hodgson es junto a Machen, Blackwood y Lord Dunsany uno de los escritores del que Lovecraft recibe más claras influencias. Quien haya leído esta novela y los cuentos oníricos de Randolph Carter comprenderá hasta que punto el gran maestro del cuento de terror sobrenatural moderno, Lovecraft,   fue influido por Hodgson y su obra. El cuento materialista de terror del que Lovecraft es el máximo exponente mezcla el terror con la ciencia ficción sumergiéndonos en una serie de narraciones de horror cósmico que incluye incluso una nueva mitología llena de escalofriantes dioses y monstruos arquetípicos. Y esta novela entra claramente dentro de ese género. 

La trama del relato es bastante simple. Dos amigos, el narrador y su amigo Tonnison llegan al alejado pueblo de Kraighten, a sesenta kilómetros de Ardrahan, para pescar en un río que su amigo había encontrado, por azar, el año anterior. Descendiendo río abajo descubren unas ruinas, dentro de un oscuro bosque, de la que debió ser una antigua mansión, una mansión al borde de un abismo insondable. En aquel lugar encuentran un manuscrito, un diario de alguien que debió vivir en esa casa hace mucho, muchísimo tiempo. El manuscrito tiene un nombre "La casa del confín del mundo" y es justamente la novela que conjuntamente con los dos amigos estamos dispuestos a leer.

El relato nos habla de extrañas criaturas con apariencia porcina, del Mar del Sueño, los Globos Celestes, el Orbe Blanco, el Sol muerto o el sol negro, la Estrella Verde, el Asno Dios, la Cosa sin Ojos y otros muchos elementos y escenarios cósmicos. La casa al parecer estaba en conexión  con otra remota en el centro de una llanura rojiza incomparable, en un lugar indeterminado más allá del tiempo y del espacio. El final es aterrador, pero mejor que lo lean ustedes. No se arrepentirán. Eso sí, cierren las puertas, miren debajo de la cama, agucen el oído por si acaso...

La tierra permanece. George R. Stewart

Ish o Isherwood Williams, es uno de los pocos supervivientes de una epidemia que ha azotado a toda la humanidad y que la sitúa al borde de la extinción. Ish vagabundea por unos Estados Unidos cuya civilización se va desmoronando y encuentra, como si de un nuevo Adan se tratase a su Eva con la cual reinicia el proceso, en cierto sentido, de reconstrucción de la humanidad. Tratará de conservar el saber de la antigua civilización para que el hombre no vuelva a las cavernas. Sin embargo el ciclo se repite. Pese a los esfuerzos de Ish por mantener los conocimientos y la civilización, la gente se dejará llevar por la inercia, pensará tan solo en sobrevivir día a día, sin mayores ambiciones. Y el hombre tendrá que iniciar poco a poco otra vez el lento caminar hacia cotas más altas de civilización.

Veremos a Ish como actor y testigo en ese nuevo mundo que surge tras la desaparición de la civilización y veremos la evolución de Ish, desde su juventud al comienzo de la novela hasta su ancianidad al final, como si él mismo fuera un trasunto de la propia humanidad. La novela describe con maestría ese nuevo mundo, vacio de hombres y narra diferentes momentos de la vida de Ish  y de ese incierto deambular, ese nuevo comienzo del género humano.

Es una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído en mi vida. Todo un clásico, una autentica obra maestra que supera las estrechas fronteras del género para convertirse en una obra imperecedera que nos incita a reflexionar (sobre la felicidad, la civilización, la evolución social del hombre, etc) y que en el fondo nos deja un profundo sentimiento de tristeza. Nos hace sentirnos pequeños ante la inmensidad del mundo, del planeta  que nos rodea, como se dice en la novela "Los hombres van y vienen pero la Tierra permanece". La obra es un canto a la naturaleza y a la inmensidad de la vida.

domingo, 18 de enero de 2026

Solo un enemigo: el tiempo. Michael Bishop

"Solo un enemigo: el tiempo" es una novela de ciencia ficción, escrita por Michael Bishop, en 1982, que ganó el Premio Nebula a la mejor novela de ese año. Narra la historia de John Monegal, el hijo de una prostituta española y un soldado americano de color, adoptado por una familia blanca, los Monegal. John tiene frecuentes sueños vividos, viajes espirituales a los remotos orígenes del hombre. Gracias al proyecto "Esfinge Blanca" podrá viajar corporalmente al pasado o al menos a una resonancia de ese pasado. Allá conocerá a una tribu de homínidos entre los que se integrará, y conocerá, como uno más, lo difícil que era la lucha y supervivencia del hombre en aquellos primeros años prehistóricos. La novela se estructura en capítulos alternos que nos cuentan la historia de John Monegal en tercera persona, y su viaje al pleistoceno como Josua Kampa, en primera. Se alterna la acción en el pasado de hace dos millones de años con la historia de su vida pasada y presente. Cuando leí años después "El clan del oso cavernario" me acordé de esta novela y de ese viaje a la primavera del hombre. En el pleistoceno se enamorará de Helena que morirá en el parto de la hija de tan singular unión. Joshua traerá al presente a su hija. Al final parece como si el proceso se repitiese.

La novela no es una simple novela de ciencia ficción sino que tiene interesantes aspectos de antropología social que la hacen más perdurable. De algún modo, y aunque utiliza el viaje temporal como excusa, nos devuelve, en cierto sentido, a nuestra memoria como especie, esa que está escrita en nuestros genes, además de hablarnos de muchas más cosas como qué significa ser humano, la relatividad y el sentido de la existencia o el tema del desarraigo, tan presente en la vida actual como en el pasado remoto del protagonista. Pese a no ser una novela perfecta, ni redonda (hay algunas incongruencias), se deja leer con bastante facilidad, dejando un buen sabor de boca. Son especialmente destacables los capítulos del pasado remoto, quizás lo mejor de la obra. La trama del presente no tiene nada de especial y el final quizás decae un poco, pero en línea generales es una muy entretenida novela en la que, en ningún momento, se dejan sentir sus casi quinientas páginas de extensión. Te atrapa de principio a fin. Obra absolutamente recomendable.

sábado, 17 de enero de 2026

¿Dónde está mi nombre?

Cuando la familia Arrieta decidió cambiar el número fijo, lo hizo por pura fatiga. Durante meses habían soportado llamadas a deshora, encuestas interminables y voces equivocadas preguntando por personas que no vivían allí. Un par de noches incluso sonó el teléfono viejo cerca de las tres de la madrugada; al descolgar, nadie respondía. Así que un lunes llamaron a la compañía, y a la tarde siguiente un técnico sustituyó la línea sin más ceremonia.

El aparato antiguo heredado de los abuelos, era un modelo de sobremesa, pesado, con el plástico amarilleado por los años y un timbre metálico que se escuchaba en toda la casa. No era un objeto cualquiera: había sido el centro de la vida familiar durante décadas. Por eso no lo tiraron. Lo desconectaron, lo enrollaron con cuidado y lo guardaron en el armario del pasillo, arriba del todo, entre mantas viejas y cajas olvidadas. Cerraron la puerta y siguieron con su vida.

Durante dos semanas, la casa respiró en paz. El teléfono nuevo sonaba solo cuando tenía que sonar, y nadie volvió a despertarse sobresaltado por un timbrazo extraño. Parecía que el problema, fuese cual fuese, había quedado atrás.

Hasta la primera noche.

Fue un martes. A las tres en punto, un sonido antiguo cortó el sueño de todos: la campanilla del teléfono viejo, viva y girando como si nunca hubiese sido desconectada. El padre, sobresaltado, fue al pasillo creyendo que se trataba del teléfono nuevo. Pero el nuevo estaba en silencio. El timbre insistente venía del armario.

Abrió la puerta con una mezcla de incredulidad y fastidio. Allí estaba el aparato antiguo vibrando sobre el estante. No tenía cable. No tenía línea. No tenía sentido. Aun así, sonaba.

La madre apareció detrás de él, con la bata puesta y los ojos a medio abrir.

—Eso es imposible —murmuró.

El padre levantó el teléfono y lo movió, como esperando encontrar un truco físico que explicara el milagro. El aparato dejó de sonar al cabo de unos timbrazo, y quedó inmóvil, como un objeto muerto.

—Igual ha sido una interferencia —dijo la madre, intentando que la palabra “interferencia” sonara rotunda.

Cerraron el armario y volvieron a la cama. Pero a las tres en punto de la noche siguiente, el teléfono volvió a sonar. Y a la siguiente. Y a la siguiente.

Siempre a la misma hora.

El padre desmontó el aparato en busca de alguna batería interna, algún cable oculto, la más mínima trampa de la materia. No encontró nada. El teléfono era lo que parecía: viejo, simple, inerte.

Eso no impidió que cada noche, como obedeciendo a un reloj que nadie veía, sonara a las tres.

La cuarta noche, la tensión ya se había instalado como polvo fino en la casa. Los sonidos pequeños se agrandaban. El pasillo parecía más largo. El armario, más oscuro. Cuando el timbre empezó otra vez, no pudieron seguir ignorándolo.

El padre se levantó con paso lento y abrió el armario. El teléfono temblaba y sonaba con obstinación. Miró a la madre, que lo observaba desde el umbral con la cara pálida.

—Si no lo cogemos, no va a parar —dijo él, sin estar seguro de querer hacerlo.

Lo tomó con las dos manos y se lo llevó a la oreja.

—¿Sí?

Hubo silencio al otro lado, un silencio lleno de respiración tenue. Y entonces, una voz infantil, clara y muy cerca.

No sonaba como un recuerdo, ni como una voz de la familia: sonaba demasiado presente, como si la niña estuviera al otro lado del pasillo.

—¿Mamá?

El padre se quedó rígido.

—No… no soy mamá.

Un segundo de pausa.

—¿Papá?

—Tampoco. ¿Quién eres?

La niña no respondió de inmediato. Parecía hablar desde un lugar con eco de sueño.

—¿Está mi nombre? —preguntó con un hilo de voz.

—¿Cómo dices?

—¿Dónde está mi nombre?

La pregunta no sonaba a juego ni a broma. Sonaba a búsqueda desesperada.

—¿Qué nombre? Dime cómo te llamas.

La niña tardó en contestar.

—El mío.

Como si no pudiera pronunciarlo. Como si no lo recordara. El padre tragó saliva, luchando por mantener la calma.

—¿Con quién quieres hablar?

—Con la casa de mi madre.

—¿Y quién es tu madre?

—No sé.

El padre miró de reojo a la madre. Ella no se acercaba. Solo escuchaba, tiesa, como una estatua que no quisiera romperse.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

—Aquí —respondió la niña.

—¿Aquí dónde?

—Aquí donde suena.

El padre sintió un frío súbito por la nuca. No dijo nada durante un segundo demasiado largo.

—¿Me oyes bien?

—Sí.

—¿Tienes frío?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

Otra pausa. Y entonces la niña formuló la pregunta al revés, con una extraña lógica antigua:

—¿Tú sabes cómo me llamo?

—No —mintió el padre, sin saber por qué.

La niña suspiró.

—Entonces no eres tú.

Y colgó.

Cuando el padre volvió al dormitorio, no llevaba una explicación en la cara, sino otra cosa: un miedo tenue y una pena sin nombre. Contó lo ocurrido en voz baja. La madre no discutió ni se rió. Solo apretó las manos contra el edredón.

A la tarde siguiente, movidos por un impulso que ninguno supo nombrar, revolvieron cajas viejas del trastero. Entre álbumes y papeles amarillentos apareció una caja con fotografías. En el fondo, una cartulina escrita a mano: “Clara, 1984”.

El nombre los dejó quietos.

La madre se quedó mirando la cartulina como si le hubieran puesto delante una palabra prohibida.

Esa noche, durante la cena, lo preguntaron a los abuelos, que vivían en el piso de abajo y subían a menudo.

La abuela dejó el vaso en la mesa tan despacio que el gesto pareció un aviso. El abuelo apagó el televisor sin mirarlo siquiera.

—Clara… —repitió la abuela, con una voz a la que le faltaban años—. Era nuestra hija pequeña. La hermana de tu madre.

El silencio que siguió no fue de sorpresa, sino de algo más difícil: de puertas cerradas durante demasiado tiempo.

Les contaron lo que nunca habían contado. Clara había muerto con cinco años, en una neumonía que se la llevó en pocos días. La familia guardó el dolor como se guardan las cosas que no se sabe dónde poner: en un cuarto sin luz, lejos de las preguntas.

—Tenía mucha querencia a ese teléfono —añadió el abuelo, señalando el armario sin necesidad de verlo—Jugaba a llamar a la abuela. Se subía a una silla para llegar.

La madre, que había sido niña cuando aquello ocurrió, se quedó mirando el mantel como si por fin estuviera leyendo un nombre antiguo en él.

Esa noche, a las tres en punto, el teléfono sonó.

La madre fue al pasillo antes de que nadie pudiera detenerla. El timbre retumbaba dentro del armario abierto, igual que las noches anteriores. Tomó el auricular con manos temblorosas y contestó.

—¿Sí?

La respiración pequeña al otro lado.

—¿Mamá?

A la madre se le quebró la cara. Tardó un par de segundos en encontrar voz.

—No soy mamá, Clara —dijo al fin, y el nombre le salió como si le arañara—. Soy yo. Soy tu hermana.

Se oyó un sollozo diminuto, como un pájaro herido.

—¿De verdad eres tú?

—Sí, Clara.

El nombre, dicho en voz alta, pareció cambiar la temperatura del pasillo.

—¿Dónde está mi nombre? —preguntó la niña.

—Aquí, cariño. Está aquí conmigo.

—¿Y yo?

—Tú también estás aquí.

La niña no entendió. La madre lo percibió, como si el silencio tuviera forma.

—Tengo frío —dijo Clara.

La madre apretó el auricular contra su oreja, como si pudiera acercarla al calor.

—Ya no tienes que pasar frío —susurró—. Ya no.

Hubo otro silencio largo.

—¿Me vienes a buscar?

La madre cerró los ojos. Le costó hablar.

—No puedo ir. Pero puedo quedarme contigo… cada noche que quieras.

—¿A qué hora?

—A las tres.

La niña suspiró, de alivio o de cansancio.

—Vale.

Y antes de colgar, añadió algo que dejó a la madre quieta, con lágrimas en el cuello:

—Dile a mi papá que yo me acuerdo de él.

Clic.

Desde esa noche, las llamadas siguieron durante días. Siempre a las tres, siempre con la misma voz infantil que buscaba calor y nombre. La madre hablaba con ella en el pasillo a oscuras, con frases simples y temblorosas. A veces la conversación duraba un minuto; otras, más. Nadie escuchaba más de lo necesario. Era una intimidad hecha de dos mundos que se rozaban.

Una semana después, el teléfono no sonó.

La madre se despertó igual, esperando el timbre, pero la casa permaneció inmóvil. Tampoco sonó la noche siguiente.

La abuela dijo solo:

—Se ha ido.

Nadie lo discutió. Nadie se atrevió a pedir detalles.

A la mañana siguiente colocaron una de las fotos de Clara en el aparador del salón. La niña aparecía con un vestido de cuadros, con una cometa en la mano, sonriendo como si el aire le perteneciera. Bajo la foto, escribieron su nombre en un papel limpio: Clara.

El teléfono viejo lo dejaron también allí, en un rincón del aparador, sin línea y sin cable, como una silla que se reserva a quien ha estado.

Nunca volvió a sonar.

Pero desde entonces, cada vez que alguien pronunciaba aquel nombre, la casa parecía menos cerrada, menos pesada. Como si al fin hubiera aceptado que algunas cosas no regresan, pero tampoco desaparecen del todo. Y que a veces, durante unas noches exactas, el pasado llama solo para comprobar que su nombre sigue viviendo en algún sitio.