sábado, 24 de enero de 2026
Mundos alternativos: la Unión Soviética vive
El día del apocalipsis
Nos habían acostumbrado a
amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Epidemias, guerras y hambrunas en la tele...
En el plano cósmico la amenaza más
conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un asteroide más bien pequeño de apenas trescientos metros al que los noticiarios se referían con palabras tranquilizadoras: pasará lejos, escaso riesgo de impacto, monitorización constante, etc.
Con el tiempo, lo de Apofis de
tanto repetirlo se convirtió en una
especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos cae Apofis y nos libra de
todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa
es el seguro de vida del que teme.
Pero en esta ocasión no lo
vimos venir.
Cuando apareció ya era
demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días.
Día -100
Lo dijeron en una rueda de
prensa con banderas y atriles. En España compareció un ministro con ojeras de
madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el
mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las
lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad
de impacto. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”
En Pamplona, la noticia entró
por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y
luego el derrumbe. Vi a la gente detenerse en la calle Zapatería, junto a los
escaparates, como si de repente les hubieran cambiado la gravedad. Los
camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es
mentira” con esa seguridad que solo da el miedo.
Al principio nos ocultaron la
información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto
tiempo. Semanas, quizá meses. Cuando la filtración se coló en foros y en
cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto
no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.
Cien días para el impacto.
Cien días para convertir la
vida en una cuenta atrás.
Día -93
La ciudad empezó a cambiar
antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de
gestos. La gente miraba más el cielo. No el cielo de siempre, el cielo útil —si
llueve, si hiela—, sino el cielo como un escenario donde podía aparecer el
actor principal de la tragedia.
Los bancos siguieron abriendo,
al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las
reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es
un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.
En la Plaza del Castillo, un
hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y
un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo
rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos
le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre
desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a
otro sitio más grande.
Día -85
Las primeras medidas “de
orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley
marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque
de queda en algunas zonas, controles,
prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar
avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.
Lo que nadie decía era que el
orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda,
entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto,
entonces hay tiempo.
Una noche, volviendo a casa,
vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra.
El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo
detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el
mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa el tiempo.
En los balcones empezaron a
aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de
“resistiremos”, dibujos de estrellas tachadas. Era como si la gente necesitara
colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.
Día -77
Llegó la fase del “vivir a
tope”.
Los restaurantes se llenaron
de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se
celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que se abrazaban como
si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene
sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras
se formaban por pánico a morir solos.
Algunos gastaron todos los
ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas
en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos
futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.
Mis amigos se dividieron sin
decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a
Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin
viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si
existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.
En mi cabeza empezó a gestarse
un debate mental: ¿Qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días?
¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O
permitirme el lujo de no pedirlo?
El primer reto moral fue
sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.
Hice una lista en un papel.
Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que
nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí
calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un
producto con fecha de caducidad.
Al final llamé a pocos. Con
otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.
Día -70
En televisión mostraron por
primera vez la misión internacional.
Habían intentado lo
inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que
nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de
empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria. Palabras limpias
para un problema sucio.
El resultado fue fallido.
No lo dijeron así. Lo dijeron
con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas
alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les
enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de
tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.
Esa noche hubo disturbios en
varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el
cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería
discutir; quería anestesiarse.
Me sorprendió lo rápido que
apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia
de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación,
las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el
alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.
Yo intenté ser racional. Leí
artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres
históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de rezar sin rezar.
Pero la razón tiene un límite:
puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.
Día -63
Apareció un mercado nuevo: el
del consuelo.
Libros de “cómo afrontar el
fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias
intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche
deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía
grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se
vuelve urgente.
También apareció el otro
mercado: el de la violencia.
Grupos que asaltaban camiones.
Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin
juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para
protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.
En Pamplona, el miedo era
menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por
paquetes de arroz. Un vecino que escondía gasolina. Otra vecina que repartía
pan a quien lo necesitara. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma
facilidad.
Yo me descubrí en un punto
intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la
dignidad con las manos temblando.
Día -55
El asteroide empezó a tener
nombre.
Al principio fue un código de
catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos: “La Piedra”, “El
Juicio”, “El Ojo”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y
comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.
No recuerdo cuál se impuso,
porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la Cosa.
La Cosa que venía.
Con -55 días, ya no era una
noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente
decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se
convirtió en un modo de hablar.
Empecé a caminar más por la
ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de
Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos
y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente
a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo
puede borrarte de golpe.
Me dolió, de una manera
extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una
ciudad si no hay ojos que la recuerden?
Día -47
Los gobiernos anunciaron
“planes de supervivencia”.
Refugios. Distribución de
recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo
hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra
“selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.
En redes se filtraron listas:
listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se
enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo
unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿Quién decide esos pocos?
En casa, me descubrí
fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un
instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te
vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.
Día -40
Me encontré con una escena que
no he olvidado.
Era por la tarde. En la calle,
una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella
tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente,
hacia ninguna parte.
Pasé de largo y luego volví.
No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían
algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.
No dijeron nada.
Y en ese silencio entendí algo
que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto
que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por
resignación, sino por perspectiva.
Yo, en cambio, estaba en
guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera
una última página.
Día -33
La segunda gran operación de
desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.
Ya no había triunfalismo. Solo
un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles
nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes,
la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.
Volvió a fallar.
Esta vez lo dijeron casi con
honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos
en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.
Esa noche, por primera vez, vi
llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre
hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rio.
Día -25
Los comportamientos extremos
se hicieron normales.
Hubo quien mató por miedo.
Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como
si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se
volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no
sabía hacer otra cosa.
Yo intenté escribir. Quise
dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada
frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?
Sin embargo, seguí.
Escribí sobre mi infancia.
Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle
estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a
tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.
Mientras escribía, notaba el
odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.
Día -18
Comenzó la verdadera cuenta
atrás psicológica.
Los informativos mostraban
simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las
discusiones se volvieron técnicas: si impacta en océano, si impacta en
continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar
una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes
no eran nada halagüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra
similar a la del asteroide que acabo con
los dinosaurios.
En Pamplona, el cielo seguía
siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no
se oscurecía por respeto a nuestro miedo.
Una tarde, en la Plaza del
Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música
alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y
por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final,
el cuerpo insiste en celebrar.
Luego miré hacia arriba, por
costumbre.
Todavía no se veía nada.
Día -10
El asteroide se hizo visible
para los telescopios aficionados, y luego, para los prismáticos. Después, a
simple vista, como una estrella que no estaba antes.
En los balcones, la gente
salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo
aceptara testigos y, por eso, se contuviera.
Los toques de queda se
endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también
ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo
consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.
Yo caminaba de noche cuando
podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo
parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si
fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.
Día -5
La cosa ya era una presencia.
No solo en el cielo, también
en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”.
Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente
se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.
Yo fui al cementerio a visitar
la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya
estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.
Me arrodillé ante la tumba de
mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me
golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.
El conocimiento es un
privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.
Día -2
El cielo empezó a cambiar de
verdad.
La cosa brillaba más. No como
una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se
notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos
estaban ya programados para ver señales.
Las autoridades lanzaron
mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar
ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿Cómo se protege uno de un
mundo que se rompe?
La ciudad estaba extrañamente
silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si
todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.
Esa noche dormí a ratos. Soñé
con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como
si hubiera mordido el miedo.
Día -1
Hoy es el día anterior.
Lo escribo con una claridad
que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre
había sido una promesa. Ahora es una losa.
El asteroide es ya muy visible
en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada
del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la
noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.
La gente ha salido a las
plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran.
Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He
visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún
controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos
ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser
una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.
No sé qué hacer con esta
última noche.
He pensado en esconderme. He
pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil
para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.
Al final, he hecho lo más
simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda
Desde aquí, la zona norte de Pamplona
parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un
murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el
asteroide domina el cielo como un ojo abierto.
Me sorprendo hablando en voz
baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo
una frase que se me escapa:
—Así que eras tú.
La cosa brilla, indiferente.
No responde.
Miro alrededor. La ciudad está
llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe,
con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo
esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no
necesito sostener?
No sé si he sido mejor en
estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo
peor; otras, es lo único que te queda.
A lo lejos suena una canción.
No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa
que parece un desafío.
Yo sigo mirando el cielo.
Mañana.
Y el asteroide, enorme ya para
ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien
antes de acabar con todo.
miércoles, 21 de enero de 2026
Segunda oportunidad
En el relato "Relojería El Regreso" el protagonista viajaba a través de un artilugio con forma de reloj a diferentes momentos o realidades alternativas de su vida en base a una serie de hechos y de decisiones que tomó o no tomó en su momento. Este relato desarrolla una de esas realidades alternativas.
En la universidad el amor no entró como una revelación. Llegó como una segunda oportunidad. No fue un encuentro casual. Nunca lo fue.
Yo sabía que iba a encontrarla.
Cuando decidí no elegir Periodismo y elegir Historia, una
parte de mí lo hizo por razones que podía explicar sin sonrojarme —los libros,
la inclinación antigua por el pasado—, pero otra parte, la más secreta, la que no se le
confiesa a nadie, lo hice por ella.
Sabía que iba a estar allí.
Sabía que nuestras vidas, separadas al terminar el bachillerato, iban a volver a rozarse en unos meses en aquellos pasillos y aulas de una universidad donde no se levantaba demasiado la voz. Era una universidad vigilante y ascética. No había margen para la política, menos aún para el escándalo, y desde luego ninguno para esa clase de libertad que en otros campus se derramaba por los yerbines como una canción protesta en aquellos años de la transición. Allí todo era gris.
Llegué a Historia con una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque la iba a ver. Miedo porque no sabía qué quedaba de nosotros, o mejor dicho, de aquello que nunca llegó a ser nosotros. En el bachillerato había existido una corriente silenciosa, algo que se intuía entre una conversación y una mirada, entre un saludo demasiado atento y una despedida que se demoraba un segundo más de lo necesario. Pero no había ocurrido nada. Nada verdadero. Nada que pudiera recordarse sin recurrir al condicional.
La vi el primer día de clase.
Estaba aún más guapa que en el instituto. Más mujer, claro, pero conservando aquella alegría luminosa de entonces y es que solo habían pasado apenas cuatro meses. El pelo, castaño oscuro, seguía cayéndole con esa naturalidad que parecía estudiada por el azar. Los ojos almendrados mantenían la misma mezcla de serenidad y picardía. Vestía una falda de pana color miel, botas altas y un jersey claro bajo una gabardina azul marino. Al verla, me ocurrió algo extraño: no sentí que el tiempo hubiera pasado; sentí que había dado un rodeo larguísimo para dejarme exactamente en el mismo lugar y situación que en el comienzo de los años del bachiller.
Me vio.
Durante un instante pensé que me reconocería pero con la frialdad educada con que se saluda a un antiguo compañero. Pero sonrió en seguida. No una sonrisa de cortesía. Una sonrisa limpia, rápida, de verdad. Hubo un instante de vacilación, una milésima en la que ambos buscamos en la cara del otro al muchacho y a la chica que habíamos sido hasta hacía muy poco tiempo.
—Hola.
—Te estas poniendo rojo.
Ella seguía teniendo esa ironía suave, esa capacidad de convertir cualquier charla banal en una escena con alta temperatura. Pero al darse cuenta de mi nerviosismo cambió el tono y el tema de la conversación.
—Así que al final elegiste Historia—afirmó, recordando cierta clase en el instituto donde cada uno anunciaba públicamente la carrera de su elección, aunque fue interrumpida enseguida por el tutor del curso que estaba a punto de empezar su sesión,
Como la clase estaba casi llena, el único sitio libre era a mi lado, en el pupitre corrido de la segunda fila. Ella dejó su carpeta, se sentó y, mientras se acomodaba, me miró con la familiaridad que sólo se permite quien cree tener algún derecho sobre el pasado compartido.
Durante media hora mantuvimos ese viejo juego de miradas furtivas y medias sonrisas sobre el borde de los folios todavía en blanco. Nada había cambiado en el fondo; solo el decorado. Y, sin embargo, aquella misma tensión que antes me paralizaba empezó a parecerme, de pronto, menos un peligro que una invitación. En las semanas siguientes compartimos apuntes, libros, comentarios al margen. Nuestra cercanía tenía algo de alianza discreta. No había rivalidad entre nosotros. Nos ayudábamos. Si uno faltaba a una clase, el otro guardaba los apuntes. Si uno entendía mejor un texto, se lo explicaba al otro. Si un profesor se perdía en una digresión sobre el medievo o una cronología interminable, bastaba con una mirada lateral para salvar la mañana. Pero lo decisivo no ocurría en el aula. Ocurría al salir.
En el campus apenas podíamos ser poco más que alumnos; fuera, había bares en los que se podía hablar sin bajar la voz, calles por las que se podía caminar despacio, tardes que no tenían que rendir cuentas a nadie. Fue allí donde el reencuentro dejó de ser una coincidencia académica y empezó a convertirse en otra cosa. Tomábamos café después de clase en sitios algo apartados del circuito universitario. Hablábamos del instituto, claro, pero no de forma nostálgica, sino como quien vuelve a una habitación antigua. Hablábamos también de libros, de las familias, de planes imprecisos, del porvenir, como se habla a los dieciocho años: con una mezcla de miedo y de arrogancia, del que tiene todo el tiempo y el mundo por delante.
A veces, mientras ella hablaba, yo me sorprendía mirándola demasiado. No con descaro, sino con esa concentración involuntaria que provoca aquello que nos importa. Ella se daba cuenta. No se molestaba. En ocasiones incluso parecía demorarse en una frase, como si supiera que yo no estaba escuchando sólo las palabras.
Un viernes, a la salida, llovía con fuerza.
Compartimos paraguas, uno de esos paraguas pequeños que no resguardan apenas nada y obligan a dos personas a entrar, sin excusa, en el territorio del otro. Notaba el roce intermitente de su brazo contra el mío, el olor limpio de su pelo, el vapor de nuestra respiración en el aire frío. Hablamos de banalidades, pero debajo de cada frase discurría otra conversación más antigua, tensa y silenciosa.
En un momento dado, al esquivar un charco, tropezó ligeramente conmigo y dijo:
—Perdona, mon ami.
Lo dijo con aquel acento francés inventado de los dieciséis años.
La miré.
—No has dejado de hacerlo.
—¿El qué?
—Hablar así cuando quieres burlarte un poco del mundo.
Sonrió con una dulzura casi desarmada.
—Y tú de ponerte nervioso cuando te hablo demasiado cerca
No supe negarlo. A esas alturas de la vida, además, negar ciertas evidencias me parecía una pérdida de tiempo.
Fue entonces cuando empecé a comprender que la universidad nos estaba concediendo algo que el bachillerato no pudo darnos: no solo el reencuentro, sino el tiempo. Tiempo para quedarnos, para no salir huyendo, para que las frases no se quedaran a medio nacer.
Una semana tarde me confesó en el bar que se había dado cuenta de todo en 3º de BUP. De mis miradas, de mis huidas absurdas, de los rodeos interminables para pedir una goma o unos apuntes como quien se juega el destino.
—Lo sabía perfectamente —dijo, revolviendo el café con la cucharilla—. Yo y más gente.
—Lo sospechaba. Podías haber dicho o hecho algo —me atreví a decir.
Levantó las cejas.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Hice bastante.
—No me enteré.
—Ese era precisamente tu problema.
Y recordé aquel día en que recriminaba a una amiga el mensaje que me había lanzado de que ella quería hablar conmigo.
La cucharilla siguió girando entre sus dedos, despacio.
Aquella frase, tan sencilla, removió con años de retraso una tristeza vieja, por lo cerca que había estado todo. Pensé en la fiesta de fin de curso, en aquel lento que bailó otro, en las veces que estuve a punto de hablar y no hablé.
—Era idiota —dije.
—No lo eras, afirmó con indulgencia
A partir de entonces hubo entre nosotros una franqueza nueva. No explícita del todo, pero sí bastante para que el aire cambiara. Seguíamos sentándonos juntos, seguíamos compartiendo apuntes y cafés, pero ya no fingíamos que aquello era sólo una amistad universitaria. Había algo suspendido entre los dos, algo que avanzaba con lentitud aunque no por falta de deseo.
El baile llegó semanas después.
Fue tras una cena universitaria, en un disco pub de San Juan donde, por primera vez en mucho tiempo, ambos parecíamos a salvo de la mirada de los demás. Ella llevaba una blusa color crema y una falda oscura. Yo una chaqueta de pana marrón que me hacía sentir más adulto de lo que era. Habíamos llegado con un grupo, pero poco a poco la noche nos fue dejando solos. En un momento dado empezó a sonar una canción lenta: "Corazón de poeta" de Jeanette. Nos miramos. Esta vez no hubo competidor, ni vaso con hielo, ni cobardía con coartada.
—¿Bailas? —pregunté.
No era una pregunta difícil y, sin embargo, tardó un segundo en responder, como si aceptarla supusiera cruzar una frontera invisible. Sonrió primero, como si llevara mucho tiempo esperando que se lo pidiera. Luego dejó el vaso sobre una repisa y dijo:
—Sí.
Bailamos.
Al principio con esa torpeza razonable de quienes no están
acostumbrados a exhibir la intimidad. Luego de una forma más natural, más
próxima. Noté sus manos apoyarse en mis hombros, las mías en su cintura, el leve balanceo de nuestros cuerpos encontrando un acuerdo, el olor de su pelo, el vértigo de tenerla tan cerca. No pasó nada más aquella noche, y quizá por
eso fue tan importante. Porque no necesitó culminar en nada para quedarse
dentro de mí con la fuerza de las escenas decisivas.
En un momento del baile levantó un poco la cara y me dijo en voz baja:
—¿Ves como no era tan difícil?
—No. Solo me ha costado unos cuantos años.
—Siempre has sido un poco lento, me dijo con una sonrisa cómplice.
Se quedó mirándome de una manera distinta, sin ironía, sin juego, con una ternura tan franca que me dejó indefenso.
Nos despedimos tarde, en una esquina cualquiera, con una
lentitud nueva. Hubo un momento en que pensé que iba a besarla. O que debía
besarla. O que, si no lo hacía, volvería a perder el tren como años atrás.
Pero no lo hice. La costumbre del temor, o quizá el respeto excesivo por lo que
estaba naciendo, me dejó quieto.
Ella me miró con una mezcla de ternura y burla.
—Sigues pensándote las cosas demasiado.
Y se fue.
El beso llegó a la semana siguiente, en el mismo Disco Pub, donde habíamos bailado por primera vez. Esta vez volvía a sonar como en el bachillerato "Aline" de Christophe. Algo se me removió por dentro. Acercamos nuestros cuerpos mucho más, aunque un silencio denso y demasiado largo me incomodaba sobremanera. Ella apoyó la frente un segundo en mi hombro, y rompió, como siempre, el hielo.
—Mira que si después de tanto tiempo vas a quedarte callado otra vez —dijo.
Entonces no hubo un gran discurso, ni una declaración brillante, ni ninguna de esas frases memorables que sólo existen en las películas. Hubo algo mejor: una verdad sencilla, dicha a la altura del momento.
—Estaba loco por ti entonces—le dije—. Y lo sigo estando ahora.
Lo escuchó sin bajar la vista. Luego sonrió apenas, como si aquella confesión llegara con años de retraso pero aún así a tiempo.
—Ya era hora, mon ami.
Y me besó.
No fue un beso arrebatado ni cinematográfico. Fue, precisamente por eso, inolvidable. Un beso esperado durante años sin saberlo del todo, un gesto que venía a poner en orden muchas cosas antiguas. Supe, mientras ocurría, que no estaba besando sólo a la muchacha de aquella universidad, sino también a la que se había quedado bailando lejos en una fiesta de fin de curso, a la del pupitre de delante y a la de detrás, a la que hablaba en falso francés y me retenía con una pregunta burlona cuando yo huía hacia ninguna parte.
Todavía ahora, al recordarlo, lo que vuelve no es sólo el
contacto de sus labios, sino la conmoción de sentir que algo muy antiguo se ponía por fin en su sitio. No fue un beso apresurado ni
tímido. Tardé apenas medio segundo en corresponderle.
Cuando nos separamos, ella sonrió apenas, sin triunfalismo,
casi con alivio.
—Al final he tenido que hacerlo yo —dijo.
Yo me eché a reír, quizá para no mostrar hasta qué punto me
había desarmado.
—Sí. Así es.
—Menos mal.
Nos quedamos un rato abrazados, sin necesidad de añadir
nada. A nuestro alrededor seguía estando la misma ciudad, la misma universidad, el mismo tiempo lleno de prudencia. Pero para mí todo había cambiado
de sitio.
No sé si entonces pensé en el bachillerato, aunque debí de
pensarlo. En aquel tiempo suspendido, en aquellas oportunidades perdidas, en
todo lo que no se dijo cuando debía decirse. Lo que sí sé es que, por primera
vez, aquella noche no sentí nostalgia. La nostalgia sirve para adornar lo que no sucedió.
Aquella noche, en cambio, no había nada que adornar. Por fin había ocurrido.
Después vinieron más paseos, más tardes, más besos robados al margen de una universidad que no sabía nada de nosotros. Seguimos sentándonos juntos en clase, compartiendo apuntes como si nada hubiera cambiado, aunque ya había cambiado todo. A veces, en mitad de una explicación interminable sobre reinos, dinastías o estructuras agrarias, nuestras manos se rozaban bajo el pupitre y ese contacto mínimo bastaba para trastornar el sentido del día.
Con los años he pensado muchas veces en aquel curso. No lo recuerdo como una victoria sentimental, ni como una revancha contra lo no vivido, ni siquiera como la confirmación de un destino. Lo recuerdo como el curso en que entendí que las cosas importantes no pasan solas. Yo cambié de carrera creyendo que iba en busca de una disciplina más acorde conmigo. Y era verdad. Pero también iba en busca de una muchacha a la que no había olvidado. La encontré. Se sentó a mi lado. Compartió conmigo un pupitre y una estación de la vida. Algunas historias no fracasan: sólo esperan más tiempo del debido.
lunes, 19 de enero de 2026
La casa del confín del mundo. William Hope Hodgson
La tierra permanece. George R. Stewart
domingo, 18 de enero de 2026
Solo un enemigo: el tiempo. Michael Bishop
sábado, 17 de enero de 2026
¿Dónde está mi nombre?
El aparato antiguo heredado de los abuelos, era un modelo de sobremesa, pesado, con el plástico amarilleado por los años y un timbre metálico que se escuchaba en toda la casa. No era un objeto cualquiera: había sido el centro de la vida familiar durante décadas. Por eso no lo tiraron. Lo desconectaron, lo enrollaron con cuidado y lo guardaron en el armario del pasillo, arriba del todo, entre mantas viejas y cajas olvidadas. Cerraron la puerta y siguieron con su vida.
Durante dos semanas, la casa respiró en paz. El teléfono nuevo sonaba solo cuando tenía que sonar, y nadie volvió a despertarse sobresaltado por un timbrazo extraño. Parecía que el problema, fuese cual fuese, había quedado atrás.





