En Fuentes de Nava, febrero de 1888 había empezado seco, con
heladas finas que dejaban la tierra dura como pan viejo. Pero el día 14, San
Valentín, el cielo se cerró de golpe al norte y empezó a nevar con una textura
distinta a la de otras veces: nieve espesa, pesada, que no caía en copos
sueltos sino en una cortina continua que parecía no tener fondo. Aquel
temporal, y otros que se encadenaron durante semanas hasta comienzos de marzo,
incomunicaron la meseta, borraron caminos y mataron ganado en muchas comarcas
del norte y del interior.
El primer día aún hubo bromas.
—Esto no es nada —decía el tío Quiterio en la puerta del bar
de Rosa—. Mañana escampa.
Pero al tercer día ya nadie bromeaba. La nieve había tapado
las cunetas, había levantado paredes blancas contra las tapias y se había
comido la raya de los caminos. Los palomares redondos, tan altos y seguros en
verano, parecían ahora cascos de barcos hundidos en una mar inmóvil. La laguna
—el Mar de Campos, como la llamaban los viejos— se adivinaba bajo un manto sin
orillas, y el viento, cuando empezó a soplar, levantó remolinos que cegaban los
ojos y te dejaban los pensamientos helados.
La gente se encerró como pudo. Se hacían turnos para abrir
paso a golpes de pala entre una casa y otra. Los hombres más fuertes salían de
madrugada a buscar leña o a rescatar animales atrapados en los corrales. Las
mujeres racionaban el pan y calentaban sopas con lo que quedaba. La iglesia
tocaba a oración, pero también a aviso: aquello no era una nevada cualquiera.
En las afueras del pueblo, Águeda y su
hijo Santos tenían unas ciento cincuenta ovejas. Viuda desde hacía dos
años, Águeda había aprendido a llevar la hacienda con manos de piedra y cabeza
fría. Santos tenía dieciocho, era alto y delgado, y llevaba el campo metido en
los huesos. Aquella nevada les cogió con la paridera a medias y el redil lleno.
—No salgas al raso ni aunque oigas aullar el infierno —le
dijo Águeda el segundo día, cuando el blanco era ya un muro.
—¿Y las ovejas? —protestó él—. Si no limpio el tejado, se
hunde.
—Te acompaño yo. Pero no te me separes.
Salieron juntos con el amanecer en el lomo. El frío mordía
como si tuviera dientes. Santos abría huella con una pala grande; Águeda iba
detrás con un haz de cuerdas y un candil tapado, porque la luz atrae a las
cosas que no tienen casa.
Llegaron al aprisco. El techo de ramaje se abombaba bajo la
nieve. Entre los balidos sonaba algún golpe de pezuña contra la madera. Lo
primero fue quitar peso. Trabajaron una hora larga, el sudor volviéndose hielo
en la espalda.
Cuando acabaron, Santos vio el rastro.
—Madre.
Ella se acercó. En el borde del redil, donde antes había
un portillo, había huellas grandes, redondas, hondas. No de oveja. No de
perro doméstico. Eran huellas de lobo, pero de lobo enorme, como si la tierra
se hubiera abierto para dejarlo pasar.
Águeda apretó la mandíbula.
—Han bajado del monte.
Santos no dijo nada. En Tierra de Campos no hay montes, pero
hay inviernos que inventan distancias. Cuando el hambre te guía, cualquier alto
es sierra y cualquier sombra es bosque.
En los días siguientes los lobos empezaron a rondar. No se
les veía, pero se los oía: aullidos lejanos que el viento traía desde la
blancura. Los perros del pueblo respondían desde las tenadas, tensos en las
cadenas. Las ovejas se arracimaban como si tuvieran un presentimiento que los
humanos no alcanzaban.
La cuarta noche una oveja desapareció.
Estaba allí al cierre. A la mañana siguiente, no. No había
rastro de sangre ni pelo. Solo un hueco limpio en la nieve y una línea de
huellas que se perdía hacia la laguna.
—La han llevado viva —dijo Santos.
Águeda no contestó. Se santiguó por costumbre, pero con una
rabia sorda. Si los lobos venían, el invierno sería doble.
La quinta noche desaparecieron tres.
La sexta, siete.
Y el aullido cambió. Ya no sonaba como de lobo de manada,
sino como de algo solitario. Un lamento grueso, casi humano, que subía
desde la llanura como si la nevada tuviera garganta.
En el pueblo empezó el miedo de verdad. No el miedo a la
nieve —que era grande, sí, pero era cosa de Dios—; el miedo a lo que la nieve
traía a ras de suelo.
En la casa de los Castro, a la salida hacia Castromocho,
faltó el niño pequeño al amanecer. Había salido con el padre a buscar un saco
de harina a casa del cuñado y nunca volvieron a encontrarlos. Más tarde
supieron que un grupo de hombres que intentaba cruzar hacia Paredes se perdió y
murió enterrado en la ventisca. Era lo que pasaba aquellos días: la nieve no
solo tapaba caminos, también se tragaba gente.
Pero a Fuentes le quedaba otro miedo, más bajo y más
pegajoso.
La séptima noche, Santos se despertó con los perros ladrando
como locos.
Se asomó a la ventana de la casa. La luna apenas podía
contra el cielo lechoso. Vio movimiento junto al aprisco: una sombra grande,
encorvada, que iba y venía sin prisa. No era animal a cuatro patas. Caminaba
erguida, pero no como un hombre.
Santos sintió el mismo frío de fuera subirle por dentro.
Cogió la escopeta de su padre. Águeda ya estaba en pie, con
un candil en la mano.
—Te dije que no salieras solo.
—No voy solo.
Salieron los dos. La nieve les llegaba a media pierna. El
aire olía a pelo mojado y a hierro.
Cuando estaban a veinte pasos del aprisco, la sombra se
volvió hacia ellos. Y Santos vio, a la luz del candil, una cara que no sabía
nombrar: hocico largo, orejas altas, ojos amarillos. El cuerpo era de hombre
grande con la espalda vencida, pero los brazos terminaban en garras. Llevaba
algo colgando de una muñeca: un jirón de lana.
Santos apuntó sin pensarlo.
—¡Eh!
La criatura no retrocedió. Dio un paso hacia ellos, lento.
En sus ojos había hambre, sí, pero también otra cosa que parecía pena vieja.
Águeda puso el candil en alto.
—No dispares —susurró.
—¿Madre…?
—No dispares todavía.
La criatura olfateó el aire. Emitió un gruñido bajo, como si
quisiera hablar y no pudiera. Luego, de golpe, se volvió y se perdió hacia la
laguna con una velocidad imposible, dejando un rastro de huellas profundas que
no eran del todo de lobo ni del todo de hombre.
Santos se quedó temblando, no de frío.
—¿Qué era eso?
Águeda miró la blancura a lo lejos.
—Lo que el hambre hace cuando no encuentra carne bastante
—dijo, y la voz le salió más vieja de lo que era—. Lo que la nieve desata.
No añadió más. Pero Santos recordó entonces algo que había
oído de niño: historias de un pastor de Mazuecos de Valdeginate que hacía décadas
desapareció una noche de ventisca. Decían que los lobos lo cercaron, que volvió
al pueblo distinto, que no dormía dentro, que se iba aullar a las eras en luna
llena. La historia acababa siempre con un “bah, cuentos”. Pero aquella noche el
“bah” se le quedó a Santos muerto en la boca.
—Tenemos que avisar al pueblo.
—¿Y qué les dices? —replicó Águeda—. ¿Que hay un hombre
lobo? Nos van a tomar por locos.
—Pero las ovejas…
Águeda apretó los labios.
—Al pueblo le dices lo de las huellas. Lo demás… lo guardas
aquí. Porque si eso es lo que creo, no se mata con pólvora.
Santos quiso protestar, pero no supo cómo.
Volvieron a casa sin hablar. Esa noche no pegaron ojo.
El octavo día de nevadona llegó con calma rara. No nevaba,
pero el blanco era tan vasto que daba vértigo. La vida quedaba reducida a lo
inmediato: fuego, pan duro, un balido aislado, una tos en la otra habitación.
A media tarde, Santos se ofreció para hacer ronda.
—No puedes —dijo Águeda.
—Si no vigilo, nos quedamos sin ganado.
Águeda lo miró fijo. En su cara había miedo, pero también
una decisión hecha de siglos.
—Vale. Pero te llevo algo.
Del arcón sacó una campanilla de bronce pequeña. Era
de su abuela.
—¿Esto? —preguntó Santos.
—Dicen que el bronce despierta a quien queda atrapado en
piel ajena. Y si no despierta, al menos avisa.
Santos tragó saliva. Se colgó la campanilla al cinturón,
como si fuese un talismán inútil.
—No tardes.
—No tardaré.
Fue al redil con el sol muriéndose. Las ovejas estaban
inquietas. Santos se metió dentro, comprobó cierres, echó paja seca, revisó el
techo. El silencio de fuera era una cosa viva, tan espesa que oías la propia
sangre.
Cuando ya iba a salir, oyó un gemido detrás del redil.
No era balido. Era voz humana, muy baja.
—…Santos…
Se quedó helado.
—¿Quién anda ahí?
Otro gemido. Más claro.
—…Santos, hijo…
Era la voz de Eutimio, el vecino que había
desaparecido dos noches antes camino de los Huerta. Santos salió corriendo
hacia el sonido.
Junto a una tapia enterrada en nieve, vio una figura
arrodillada. No era lobo. Era hombre. Tenía la cara hinchada de frío, los
labios morados, la barba llena de escarcha. Pero estaba vivo.
—¡Eutimio!
El hombre levantó la mirada como quien vuelve de una cueva.
—Me… me llevó… —balbuceó—. No sé dónde estuve. Era como
andar dentro de la nieve. Me soltó aquí al amanecer.
Santos lo agarró por los hombros.
—¿Quién te llevó?
Eutimio tembló entero.
—Un perro grande… No. Un hombre… No sé. —Sus ojos se
llenaron de terror infantil—. Tenía ojos de lobo y… y lloraba.
Santos sintió un golpe de confirmación.
Le hizo caminar hacia la casa a trompicones. A mitad de
camino, Eutimio se paró.
—No lo mates, chico —dijo, respirando a bocanadas—. No es
malo… es como si estuviera preso.
Santos no supo qué contestar.
Cuando llegaron, Águeda los metió dentro sin preguntas.
Tendió a Eutimio junto al fuego. Le dio caldo. Lo cubrió con mantas. Santos no
se quitaba del pecho la imagen de aquellos ojos amarillos con pena.
Esa noche, mientras Eutimio deliraba y el viento —ahora sí—
volvía a pegar golpes en la ventana, Águeda habló con su hijo como se hablan
las cosas graves.
—Si lo que ronda es el pastor perdido… no es un monstruo. Es
un hombre atrapado en hambre de lobo. Y ese hambre lo manda.
—¿Y qué hacemos?
Águeda miró la campanilla en el cinturón de Santos.
—Mañana, antes de que anochezca, vamos a las eras con carne.
Y con la campana.
Santos la miró sin entender.
—¿Para atraerlo?
—Para recordarle.
Al noveno día, la nevadona arreció otra vez. El cielo cerró
y el mundo se volvió blanco puro. Pero Águeda y Santos salieron igual. Llevaban
una pieza de oveja muerta de frío envuelta en saco y una cuerda larga. Andaron
hasta las eras del alto, donde el viento solía repuntar.
La ventisca les azotaba la cara como harina de piedra.
Clavaron la carne en un madero, lejos de ellos. Águeda ató
un extremo de la cuerda a su cintura.
—Si se te olvida que eres hombre —dijo mirando a la nieve —,
que esta cuerda te lo recuerde.
Santos quiso hablar, pero solo le salió vapor.
Se pusieron a esperar.
Pasó un cuarto de hora, quizá más. De pronto, el aire se
quedó quieto un instante imposible. Y en ese hueco, se oyó el aullido,
pero tan cerca que parecía dentro de la cabeza.
La figura apareció como una sombra que se despega del
temporal. Caminaba erguida entre remolinos. Se paró a diez pasos. Olfateó la
carne.
Santos levantó la campanilla con mano temblorosa. La hizo
sonar.
El tintineo era pequeño, pero cortó el aire como tijera.
La criatura se quedó rígida. Dio un paso atrás. Otro. Se
llevó las manos a la cabeza como si algo le doliera muy dentro.
Águeda avanzó despacio, sin arma. Solo con el candil y la
voz.
—Mateo.
Santos la miró de reojo. ¿Mateo? Ese era el nombre del
pastor desaparecido en la historia.
La criatura levantó la cabeza. Los ojos amarillos vacilaron
como si en ellos hubiera otra luz.
Águeda repitió más fuerte, contra el viento:
—Mateo de Mazuecos, hijo de laBrígida. ¿Te acuerdas?
La criatura soltó un gruñido que fue, por primera vez, casi
palabra.
—…Brí…gida…
Santos sintió que algo se le quebraba en el pecho.
Águeda se acercó otro paso. La cuerda tensó.
—No venimos a matarte. Venimos a devolverte. Esta nieve es
vieja maldición, pero tú eres más viejo que ella. Eres hombre.
La criatura temblaba entera. Sus uñas rascaron la nieve como
queriendo excavar una salida. Luego, de golpe, cayó de rodillas. El hocico
bajó. Los hombros se encogieron.
Sonó un sollozo… humano.
El viento volvió de golpe, con furia. La cortina blanca se
cerró un segundo. Cuando se abrió, la criatura ya no estaba.
Solo quedaba la carne intacta y una línea de huellas que se
perdía hacia el norte.
Santos miró a Águeda.
—¿Lo hemos… perdido?
Águeda sacudió la cabeza.
—No. Lo hemos despertado un poco. A veces basta con eso para
que una bestia deje de serlo.
Volvieron a casa con el alma revuelta.
La nevadona se fue agotando como se agotan las cosas gigantes: tarde y sin pedir permiso. A principios de marzo, el cielo abrió y el sol empezó a domeñar el manto. Luego vino el deshielo, traicionero, con ríos crecidos y barro hasta la rodilla. En otros lugares hubo inundaciones y más desgracias, pero en Fuentes, cuando el agua por fin corrió, la gente sintió que salía de una casa cerrada demasiado tiempo.
Se contaron pérdidas: ovejas muertas, carros enterrados, dos hombres del pueblo que jamás volvieron. Se rezó por ellos sin saber dónde dejaba Dios a los que no tienen tumba.
Los lobos dejaron de oírse.
Pero una mañana, cuando ya las cunetas eran barro, Santos
encontró algo junto al aprisco: un rosario viejo, ennegrecido, colgado
del portillo como una despedida. No era suyo. No era de Águeda. Tenía iniciales
en el crucifijo: “M.M.”
Mateo de Mazuecos.
Santos lo llevó a su madre.
Águeda lo sostuvo en la palma sin decir nada. Luego alzó la
vista hacia la llanura.
—Se ha ido a morir donde debía —murmuró.
—¿Y si no se ha muerto?
Águeda sonrió con tristeza pequeña.
—Entonces habrá encontrado el camino de vuelta a sí mismo. Y
eso es casi lo mismo.
Eutimio, ya repuesto, volvió a su casa. Antes de irse, se
acercó a Santos.
—No lo cuentes mucho —le dijo, con esa seriedad que no viene
de la edad sino del espanto—. Ya sabes cómo es la gente. Pero acuérdate.
Santos asintió.
Se acordaría.
Porque en Tierra de Campos, cuando la nieve baja de verdad,
no solo trae frío. Trae las cosas viejas que el mundo escondía en los bordes:
lobos hambrientos, caminos perdidos, hombres atrapados en su propio hambre. Y
también trae algo bueno, aunque cueste verlo: la posibilidad de recordar quién
eres cuando el aire pretende borrarte.
Cuando la primavera salió del todo y el trigo empezó a
verdear otra vez, Santos subió al alto del molino sin aspas y miró la llanura
limpia. El sol brillaba como si no hubiera pasado nada.
Pero él sabía.
Bajó la cabeza y oyó, no lejos, un aullido muy suave. No de
amenaza. De despedida.
Y en ese sonido, aunque nadie más lo notara, el invierno de
los tres ochos terminó por fin de irse.

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