sábado, 24 de enero de 2026

Mundos alternativos: la Unión Soviética vive

Me desperté con la misma rutina de siempre, la misma sensación de lunes aunque el calendario dijera otra cosa. La persiana de la habitación dejaba entrar una luz azulada, de cielo raso, y el silencio de la casa tenía esa paz doméstica que suele engañarte: el mundo puede estar ardiendo ahí fuera y, aun así, el desayuno y la rutina diaria te espera.

Mi hermano seguía durmiendo en su cama, boca arriba, con el brazo por encima de la cabeza, como si nada pudiera tocarle, con la calma de quien no sospecha que la realidad puede cambiar sin avisar.

Fuí a la cocina. Abrí el frigorífico. Me preparé unos huevos revueltos con champiñones, un poco de fruta y un vaso de café con leche caliente. Lo de cada mañana antes de ir a trabajar al Casco Antiguo. Encendí la radio por costumbre: el informativo de las siete siempre me ha parecido un reloj-despertador con voz humana.

Hoy por Hoy. Aquí La SER.

El indicativo de Hoy por Hoy entraba con su familiaridad exacta, esa sintonía que no te sorprende porque forma parte de tus ritos cotidianos. Por eso me desconcertó tanto lo que vino después, un desconcierto que se tradujo en una instintiva reacción física. No fue un salto estridente, ni una señal de interferencia, ni un “ha sintonizado usted otra emisora”. Era la misma cadena, el mismo tono empleado por la presentadora estrella, la misma forma de hablar cercana… pero con un contenido que no pertenecía a mi vida.

—Son las siete de la mañana, las seis en Canarias. Comenzamos Hoy por Hoy con la última hora internacional: la OTAN mantiene el calendario de ampliación hacia el Este, aunque reconoce límites estratégicos “en la frontera soviética”. Moscú ha respondido a la cumbre de la OTAN advirtiendo de temibles “consecuencias” si se altera el equilibrio de seguridad.

Unión Soviética. Ampliación de la OTAN.

La taza me tembló un poco en la mano. No se me derramó el café con leche; se me derramó el pulso.

Mi primera reacción fue estrictamente técnica: se han equivocado, estarán emitiendo un reportaje histórico. Esperé el giro, la aclaración, el “tal día como hoy hace …. años…”. Miré el calendario a ver si había alguna efemérides histórica. Nada. El presentador siguió con esa naturalidad de radio matinal que tan pronto te cuenta una huelga laboral como, a los treinta segundos, las noticias sobre el tiempo o el tráfico.

—En Moscú, el secretario general del Partido Comunista y presidente del Sóviet Supremo, Alexéi Sokolev, preside hoy el acto por el 35 aniversario de la Restauración de 1991

Restauración. 1991. Dicha así, con el mismo tono con el que anuncian una subida de la luz.

Me acerqué un poco más a la radio, como si la distancia fuese la culpable de que yo estuviera entendiendo mal. El presentador, sin dramatismo, añadió:

—…una fecha que el Kremlin considera el inicio de la “estabilización” tras el fracaso económico de la perestroika de Gorbachov.

Perestroika. Kremlin. Estabilización. En Hoy por Hoy, a las siete de la mañana, en mi cocina.

—…y ha defendido —dice— el modelo de “economía socialista modernizada” que desde principios de los 2000 ha permitido el crecimiento del consumo y el control estatal de los sectores estratégicos.

Ahí me golpeó lo más inquietante: no era el cliché del desabastecimiento eterno. No era la Unión Soviética que había conocido personalmente en 1988. Era una URSS que había hecho lo impensable: sobrevivir adaptándose, como China, con el partido comunista mandando y el mercado obedeciendo. Un pacto brutal, pero eficaz. En mi mundo, además, la OTAN se había extendido hasta las fronteras de Rusia, tras la desintegración de la URSS, entre  1999 y 2025. En este al parecer no.

Aun así, fuera de la radio todo seguía donde debía. El hervidor con la leche borboteaba. El pan crujía al partirlo. El café olía como siempre. Todo en la cocina seguía encajando; lo único que se había desviado era la Historia. Ese contraste entre la rutina perfecta y la anomalía absoluta me dio aún mucho más miedo.

Miré desde la cocina por instinto a la habitación , como si mi hermano pudiera levantar la cabeza y decirme al escuchar la radio: “¿qué pasa?”. No. Seguía durmiendo. Y esa normalidad doméstica, lejos de tranquilizarme, me dejó una sensación de soledad: yo era el único oyente del cambio.

Apagué la radio.

La volví a encender.

SER. Hoy por Hoy. La misma voz.

—…y atención, porque Washington y Moscú vuelven a sentarse hoy en Ginebra para negociar límites en los sistemas de misiles hipersónicos. La Casa Blanca insiste en que no habrá concesiones en Europa…

Sistemas de misiles hipersónicos. Ginebra. Washington y Moscú como pareja fija del planeta. Otra vez la guerra fría, pero en 2026 y con palabras nuevas.

Salí de casa como sale uno cualquier día: con el abrigo a medio cerrar y las llaves en el bolsillo pero con la sensación de caminar dentro de un día normal con un secreto enorme en el bolsillo donde yo fuese al único al que le habían cambiado el escenario.

Pamplona, La Rocha estaba igual: las mismas fachadas, el mismo coche que siempre aparcaba donde no debía, el mismo olor a pan reciente si pasabas cerca del Taberna de Marcelo Celayeta. Al fondo se oía un camión de reparto. Un hombre caminaba rápido con la cabeza agachada, protegiéndose del frío. La ciudad no parecía enterarse de nada.

En la esquina, el quiosco tenía los mismos periódicos, con las mismas fotos de políticos, los mismos deportes, la misma economía. Si había una Unión Soviética, no se notaba en los escaparates ni en el modo en que la gente caminaba por la calle.

No había banderas, ni carteles, ni un cambio estético que delatara una Historia alternativa. El mundo seguía funcionando con su inercia local: las obras de Sarasate, la zona de bajas emisiones, nos quejábamos por lo caro que estaba todo y mirábamos al cielo solo para saber si iba a llover de forma inminente.

Y eso era lo más perturbador: que lo enorme apenas se notara.

En el taxi que me subió a lo Viejo volví a escuchar la radio. Agucé el oído para comprobar si la anomalía se sostenía cuando yo ya estaba en el mundo exterior.

—…las ocho menos cuarto. Vamos con una primera mirada a la economía: el precio de la energía vuelve a tensionar a la industria europea…

Energía. Eso sí era reconocible. Siguió:

—…y en el ámbito internacional, la Unión Soviética ha anunciado nuevos acuerdos de suministro con China, en un marco de cooperación estratégica que refuerza el eje euroasiático.

Eje euroasiático. China. Unión Soviética.

La clave empezó a ordenarse sola en mi cabeza. Si aquello era real, no podía ser una URSS congelada en la escasez. Tenía que ser una URSS que hubiese aprendido la lección: controlar el poder político, sí, pero permitir la prosperidad suficiente para que la gente no se levantase contra el régimen.

Una especie de “modelo chino” con otro relato y otra memoria.

Llegué al Casco Antiguo. Caminé por las calles estrechas con esa familiaridad que no se piensa. Un cartel de rebajas. Una persiana a medio subir. El olor de la cocina de un bar abriendo. Un repartidor arrastrando un carro con bebidas. Nadie actuaba como si el mundo estuviera en guerra fría permanente.
Abrí la oficina. Saludé. Empecé a trabajar. Respondí a correos, llamadas, mensajes. Todo normal. La vida cotidiana, en ese nivel, te obliga a funcionar aunque el universo se haya movido unos centímetros. Y esa normalidad, precisamente, me obligaba a ser doblemente prudente: si yo decía una sola frase fuera de sitio, parecería que deliraba. No le comenté nada a nadie.

Seguí trabajando como si nada. Atendí a gente. Firmé cosas. Hablé de asuntos pequeños. La vida del Casco Antiguo no se detiene por la geopolítica, y eso, de repente, me pareció un alivio y una condena: el mundo puede girar, pero la puerta hay que abrirla igual.

A la hora de comer, me fui a un bar de confianza del casco.

En la televisión del bar hablaba el corresponsal en Moscú. Habló con serenidad de “la Restauración”. Lo explicó como si resumiera un cambio de gobierno.

—Tras el colapso económico de la perestroika, el núcleo duro del Partido, los militares y la Seguridad del Estado impusieron un giro. La represión política fue intensa en los primeros años, especialmente en las repúblicas separatistas. Pero a partir de finales de los noventa, y sobre todo desde el año 2002, se consolidó un modelo de apertura económica controlada: iniciativa privada limitada, licencias estrictas, cooperativas con incentivos, empresas mixtas en manufactura y consumo… con el Estado reteniendo energía, defensa, banca, transporte y telecomunicaciones.

Ahí estaba la verosimilitud: la URSS sobrevivía porque había llenado los frigoríficos y lo estantes de los supermercados. Podía vigilar la palabra pública, pero no podía permitirse que las estanterías siguieran vacías. Me sorprendí imaginando escenas con supermercados soviéticos con productos “normales” y publicidad de consumo; marcas nacionales orgullosas; un patriotismo de prosperidad, no solo de sacrificio. Un orgullo reconstruido: “no nos desintegramos”, “no nos humillaron”, “seguimos siendo una temible potencia”. En un momento de reflexión, me asaltó el dilema moral que da sentido a estos mundos alternativos:

Si este sistema —más autoritario— ha conseguido estabilidad material, si la gente puede consumir, si hay empleo, si hay seguridad en las calles… ¿Cuánto está dispuesto a pagar un ciudadano por esa estabilidad y seguridad? ¿Cuánto de su voz, de su crítica, de su libertad?. ¿y cuántas personas se convencen de que esa entrega es razonable cuando su vida, por fin, deja de ser una eterna cola en la lucha por la supervivencia más básica?

La conversación en la barra era la habitual en Pamplona: la subida de los precios, Osasuna, una obra mal ejecutada. Pero entre dos frases sobre el tiempo un paisano coló una línea, dicha sin intención, como un comentario sobre lo que estaba emitiendo la televisión:

—Y con los soviéticos como están, ya verás cómo vuelve a subir el gas.

Lo dijo como quien habla de la lluvia.

No pude evitar mirar al hombre. Él siguió comiendo. Nadie se alteró. Nadie discutió. Nadie pareció darse cuenta de que “los soviéticos” era una palabra que en mi vida real solo se usa en pasado. Allí, sin embargo, era presente, práctico, cotidiano.

Volví a trabajar, después de comer, con la sensación de haber entendido algo esencial: la geopolítica cambia, pero aquí, en estas calles, apenas se nota. Se nota en el recibo de la luz o del gas. El Casco Antiguo no se convierte en un decorado distinto; solo cambia el ruido de fondo.

Al final de la jornada me noté cansado de golpe, como si hubiera vivido dos vidas en un solo día: la local, que seguía su curso por Pamplona, y la global, que se había desplazado sin pedir permiso.

Cuando terminó la jornada, regresé a casa. El cielo estaba limpio, frío, con ese tono que hace que Pamplona parezca más nítida, más real. Mi hermano estaba en el salón, normal, ante la pantalla de la tablet.

No le comenté nada. No quería verme a mí mismo diciendo en voz alta: “he pasado el día en una línea temporal donde la Unión Soviética existe”. Me habría sonado a locura incluso a mí.

Cené sin hambre. En la cama, por última vez, puse la radio unos minutos. El mundo seguía igual: menciones a Moscú, a despliegue de misiles,  a China como socio necesario y a Europa como frontera.

Me quedé a oscuras pensando en algo incómodo: que quizá lo más inquietante no era la pervivencia de la Unión Soviética, sino la facilidad con la que mi cabeza estaba aceptando ese mundo con tal de que tuviera lógica. Con tal de que fuera consistente.

Y pensé en lo más inquietante de todo: que aquel mundo alternativo era perfectamente habitable para millones de personas, porque la vida cotidiana —si tienes trabajo, calefacción y comida— puede acostumbrarse a casi cualquier cosa. Incluso a un régimen.

Y también pensé que si esto era un mundo alternativo, si esto era una desviación quizá el sueño fuese el puente de regreso

Apagué. Me quedé a oscuras.

Y me dormí con el sonido de una palabra que no debiera existir en mi presente: Restauración

A la mañana siguiente me desperté con el mismo amanecer, la misma persiana, el mismo silencio. Fui a la cocina como un autómata, encendí la radio como un acto reflejo.

Y el indicativo era el de siempre.

La voz era la de siempre.

Hablaban de lo habitual: Ucrania, Venezuela, Groenlandia, Gaza conflictos viejos y conflictos nuevos. No había Unión Soviética. No había Restauración, No había Sokolev. Estaba mi mundo, con sus incertidumbres, sus alianzas, y sus sorpresas políticas.

Respiré como si llevara un día entero conteniendo el aire.

Mi hermano seguía durmiendo, igual que la víspera. Lo miré otra vez, y esta vez lo hice con ternura: qué fácil es estar a salvo cuando la realidad coincide con tu cotidianidad, con lo que vives cada día.

Mientras calentaba el café con leche en el microondas, el locutor mencionó al presidente Donald Trump y una negociación internacional que sonaba a otra época: la constitución de una Junta de Paz, el reparto de áreas de influencia, necesidades estratégicas de los estados, un mundo donde los aliados de ayer pueden ser los enemigos de mañana, y al revés. Nada que ver con la antigua Unión Soviética pensé. Y, sin embargo, algo en mi estómago no terminó de relajarse.

Hay días —lo sé ahora— en los que uno se despierta en otra línea alternativa sin necesidad de que lo anuncie la radio. Basta con que el mundo deje de parecer previsible. Basta con que el orden internacional que creías heredado y estable empiece a descomponerse  en manos de hombres capaces de cambiar el rumbo, de torcerlo todo de un golpe, con una frase, un gesto, o un cálculo. Quizás el mundo alternativo no esté tan lejos. A veces basta con un giro de liderazgo, una crisis, un cálculo, para que lo impensable se convierta en “ruido de fondo” en un programa de la mañana.

Apagué la radio despacio.

Miré al pasillo. Mi hermano seguía durmiendo.

Y pensé —sin atreverme a decirlo— que quizá no hace falta viajar o amanecer en un mundo alternativo para comprender lo frágil que es el nuestro.

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