martes, 6 de enero de 2026

La llegada

La primera vez que oí hablar de “La llegada” no fue en un parte del Gobierno ni en una alerta oficial. Fue en Pamplona,  a media mañana, tomándome un café en el Iruñazarra.

—Dicen que han visto “otra cosa” detrás del Sol —murmuraron en un grupo que se había situado a mi lado, como si nombrarlo en voz alta lo trajera más cerca.

Yo sonreí, por reflejo. Llevábamos años viendo  por Netflix, películas que te hablaban de catástrofes y situaciones inverosímiles, en la mayoría de los casos con final feliz. Desde la pandemia del Covid la ciencia ficción se había convertido en un género doméstico superado a menudo por la realidad que nos  tocaba vivir. Y este iba a ser el caso.

1) El primer relato oficial: “como el Atlas”

A finales del otoño anterior, nos habíamos empezado a familiarizar con los cometas: El cometa 3IATLAS había sido  el tercero de esos visitantes interestelares que habían entrado en el Sistema Solar como quien cruza una plaza sin mirar a los lados. Oficialmente, un cometa; tranquilizador, ‘sin amenaza’, ‘pasará lejos’. NASA lo explicó con cifras y distancias, aunque tardaron mucho tiempo en dar explicaciones.

En paralelo, empezó el otro relato: el de quienes se negaban a creer que la rareza fuese solo rareza. Avi Loeb —el mismo científico que ya había agitado el fantasma de lo tecnológico en otros visitantes interestelares— sugería, con su prudencia provocadora, que convenía tomar en serio la posibilidad de que fuese un artefacto, una sonda. No ‘hombrecitos verdes’, sino ingeniería disfrazada de naturaleza.

Lo terrible, pensé después, es que quizás el 3I/ATLAS fue eso: el reconocimiento previo, el escaneo desde la distancia. Y que la humanidad, en su soberbia confundió el prólogo con el episodio completo

Por eso, cuando en los telediarios aparecieron de nuevo gráficos, un objeto designado con letras y números, y expertos con voz de algodón diciendo “probablemente” y “sin riesgo”, la gente aceptó el guión. Los gobiernos repitieron el mismo gesto: lenguaje técnico, sonrisa calibrada, y una frase que en la calle se tradujo como: 

—Nada, hombre. Como el último cometa.

Lo que nos ocultaron —y esto lo supe después, cuando ya era imposible seguir fingiendo— es que no venía “de frente” como te lo enseñan en las películas. Apareció de repente detrás del Sol, en una trayectoria geométrica imposible para nuestros telescopios habituales, y la primera lectura incluso hablaba de ruta de colisión. La parte “detrás del Sol” era el escondite perfecto: el ángulo muerto natural del planeta. No lo dijeron para evitar el pánico. O, si uno se pone cínico, para evitar el caos de los mercados, la ruptura del orden, la estampida. Y, durante unos días, funcionó.

2) El astrónomo aficionado y la filtración por goteo

La verdad no la destapó un Estado, ni una agencia espacial, ni un comité de seguridad. La destapó un aficionado con paciencia y un equipo montado en una terraza; uno de esos perfiles que parecen inofensivos hasta que te das cuenta de que llevan años mirando donde nadie mira.

No fue una gran revelación a lo Hollywood. Fue un goteo: una gráfica comparada, una corrección de órbita, un “esto no cuadra”, luego un segundo aficionado confirmando, y al tercer día una cuenta anónima subiendo capturas con sello de un observatorio menor. Los medios convencionales lo llamaron “desinformación” hasta que empezaron a llamarlo “hipótesis”. Y cuando lo llamaron “hipótesis”, ya era tarde: la palabra había llegado a la calle.

En el Casco Antiguo la noticia se propagó como se propagan aquí las cosas: de barra en barra, de portal en portal, en una conversación que empieza con San Fermín y acaba en el fin del mundo sin que nadie sepa en qué curva cambió el tema. 

En la calle Estafeta, un camarero resumió:

—Nos han criado con invasiones. Y al final va a ser una piedra.

3) No era como nos enseñaban: ni hombrecitos verdes, ni nave

El objeto no era una nave estilizada ni un platillo. Era un artefacto rocoso, opaco, irregular. Un fragmento oscuro que, al principio, algunos confundieron con “otro cometa”, por pura necesidad psicológica de encajarlo en un cajón conocido. Pero cuando terminó la fase de negación, lo que quedó fue más inquietante: que algo con aspecto de roca pudiera ser inteligente.

Se colocó en órbita terrestre —una órbita media, estable— y entonces supimos el dato que me persigue todavía: medía alrededor de diez kilómetros.

Diez kilómetros.  Desde la Vuelta del Castillo, mirando un cielo sin nada a simple vista, entendí que el tamaño no era una cifra: era un cambio de escala. De pronto, nuestra historia era la historia de un barrio en las afueras de la galaxia.

4) Los Estados: guerra afuera, guerra adentro, y de pronto una amenaza común

Durante el último año habíamos visto el mundo atrapado en una espiral de viejos y nuevos conflictos como un mecanismo oxidado a punto de romperse:

Ucrania seguía siendo una herida abierta, con continuas ofensivas rusas y ataques a sus infraestructuras en una guerra interminable,  con una diplomacia que se movía a golpes, con reuniones y “planes” que no conducían  a nada concreto. Incluso en estos días se hablaba de nuevas rondas de contactos.

En Oriente Próximo, la paz era tan frágil como la había sido los últimos meses. 

El presidente americano seguía con su impredecible comportamiento, y recuperaba la doctrina Monroe, actuando  ora en el cono sur, ora en Centroamérica, ora en Groenlandia

Y en Asia, el estrecho de Taiwán y el Mar de China Meridional se habían convertido en un escenario de ejercicios, advertencias y “líneas” que cada año parecían moverse un poco más. A primeros  de 2026 había simulaciones de bloqueo y una escalada de presión sostenida.

Lo impresionante no fue que existieran esos conflictos —ya vivíamos anestesiados—, sino cómo, en cuanto el artefacto entró en la conversación de los gobiernos,  los conflictos y las guerras empezaron a parecer pequeñas. No porque lo fueran, sino porque quedaban subordinadas.

Vi en directo —en el ordenador, en el móvil, en la televisión— cómo se intentaba fabricar un nuevo relato: enemigos de ayer compareciendo juntos, banderas que compartían atril, portavoces hablando de “coordinación” y “defensa planetaria”. A su manera, era el primer alto el fuego real: no el que se firma, sino el que se impone por miedo.

5) Los intentos de comunicación y el silencio

Lo más duro fue lo torpe que resultamos ante algo que no necesitaba parecerse a nosotros. Enviamos señales matemáticas, secuencias, patrones, música, saludos en cien idiomas. Vi cómo resucitaban la operativa de La llegada de Villeneuve: la esperanza de que el lenguaje fuera un puente, no un campo minado.

Pero el artefacto no respondió.

Lo más inquietante no era que no contestaran; era que, si aquello era un reconocimiento, su éxito dependía precisamente de no contestar.

Y lo peor es que, con cada día de silencio, nuestra imaginación —que siempre se cree protagonista— empezó a llenarlo todo con intenciones humanas: “nos estudian”, “esperan”, “amenazan”, “se burlan”. La falta de respuesta no nos daba tranquilidad; nos daba espacio para el pánico.

6) El impacto mediático: no había otro tema

Pamplona, que es una ciudad acostumbrada a que el mundo venga a mirarla una semana al año y se vaya después, se vio de pronto al revés: nosotros mirando al mundo como un animal que percibe un crujido en el monte.

Los medios de comunicación entraron en un estado de emisión permanente. Se cancelaron parrillas. Analistas reciclados. Militares en platós. Astrofísicos explicando con dibujos de primaria. Influencers haciendo directos llorando. El problema no era la información, sino su ruido: nadie quería ser el último en hablar, y a la vez nadie sabía qué decir.

Las autoridades intentaron gestionar el miedo como se gestiona una inundación: diques, mensajes, psicólogos, “mantengan la calma”. Y la gente, que es más lista de lo que parece cuando le hablan desde arriba, se organizó por su cuenta: acopio discreto, llamadas a familiares, grupos de vecinos, una solidaridad práctica mezclada con algo de paranoia.

En el barrio, una señora del segundo repitió una frase que me pareció perfecta:

—Nos han enseñado a temer al monstruo. Pero no a temer al silencio.

7) El pulso electromagnético: el ensayo general del colapso

El primer golpe real no fue físico. Fue un pulso electromagnético.

No sé si fue intencionado o un subproducto de su actividad. Solo sé lo que se sintió aquí: la ciudad apagándose por capas. Primero datos. Luego llamadas. Después pantallas. Un silencio denso, como si alguien hubiese puesto algodón en el aire. Los semáforos titilaron y murieron. En algunos portales, las puertas automáticas se quedaron a medio cerrar, como si también ellas dudaran.

Duró poco, apenas unos minutos, “temporalmente”, dijeron luego. Pero bastó.

Bastó para que entendiéramos algo que ninguna serie te enseña bien: la indefensión no es que te falte un arma, es que te falte la coordinación. En cuanto la comunicación se fractura, el mundo moderno se convierte en una suma de islas asustadas.

Esa noche vi a un chaval en la Plaza del Castillo con una radio vieja de pilas, girando la rueda como quien invoca un dios menor. Y pensé: así empieza todo lo importante, con alguien buscando una señal. Y recordé el apagón que sufrimos en España en abril del año anterior.

8) La gran decisión: ¿atacar o no atacar?

Antes del apagón —esto se supo después, cuando se filtraron actas y se desclasificaron migajas— los ejércitos de medio mundo habían entrado en alerta, y no por postureo. Porque cuando tienes algo de diez kilómetros encima, lo nuclear deja de parecer una exageración y se convierte en una tentación.

En los debates, la pregunta era obscena por su simplicidad: ¿atacar o no atacar?. Había cuatro escenarios: 1ª. Si atacamos y era hostil, quizá ganamos tiempo. 2ª. Si atacamos y era neutral o incomprensible, quizá provocamos nuestra sentencia. 3ª. Si no atacamos y era hostil, quizá solo estamos esperando el golpe. 4ª. Si no atacamos y era neutral, quizá demostramos que somos capaces de no disparar primero.

Nunca vi tan claro el pánico de los Estados: estaban acostumbrados a enemigos “legibles”. Este no lo era. Y lo ilegible produce decisiones brutales.

Ahí reapareció, como una superstición intelectual, la idea del bosque oscuro: la hipótesis de que en el cosmos sobrevives si no te anuncias, si no pareces presa, si actúas como cazador antes de que te cacen. No porque seas malo, sino porque crees que el otro, si puede, lo será.

Pero entonces me golpeó otra duda, más simple y más amarga: si los humanos somos capaces de matarnos entre nosotros por banderas, fronteras y relatos, ¿qué impresión daríamos a una inteligencia que nos observa? Quizá la pregunta no era qué venían a hacer, sino qué merecemos que hagan.

9) Iluminados, sectas y el derrumbe del “extraterrestre benevolente”

Como siempre, apareció la necesidad de convertir el miedo en religión. Surgieron sectas con nombres que parecían títulos de series: “la Iglesia del Último Día”, “los Anunciadores”. Gente que adoraba el artefacto como si fuera un juicio moral, un castigo por “los pecados cometidos”, una limpieza necesaria. Lo más triste no era su fe. Era su alivio.

Para algunos, entregarse a una voluntad superior resultaba más soportable que asumir que quizá no hay voluntad, que quizá solo hay una presencia indiferente, como un meteorito con conciencia. El viejo consuelo del extraterrestre sabio y benevolente se vino abajo: la inteligencia no implica empatía. Y la distancia cósmica no garantiza ninguna forma de compasión.

10) Lo que empezó a importar de verdad

En Pamplona, lejos de los centros de mando, lo extraordinario se filtró en lo cotidiano: ¿llevo efectivo? ¿tengo linterna? ¿quién necesita ayuda en el bloque? ¿cómo quedamos si cae otra vez la red? Vi a gente reconciliarse por cansancio y por lucidez. Vi a otros volverse más crueles, como si la amenaza les diera permiso. Como en la pandemia, "la llegada" no nos había hecho mejores personas.

Y, por primera vez en años, las guerras del mundo —esas que llenaban titulares— quedaron desplazadas por una idea simple: podemos tener un enemigo común, y aun así no estar unidos. Porque la unidad verdadera no se decreta; se practica. Y nosotros, como especie, la verdad practicamos poco.

Los analistas decían que 2026 sería un año de conflictos persistentes, con frentes que no se apagarían solos y con tensiones que se desplazarían de escenario, no  desapareciendo. Yo pensé, a partir de este momento, algo más doméstico: que quizá el gran conflicto de 2026 sería interno, civilizatorio, una discusión sobre quiénes somos cuando alguien nos mira desde fuera.

11) El final abierto

Una madrugada, semanas después del pulso electromagnético, subí hasta  el monte San Cristobal y miré el cielo. No vi nada. Solo un firmamento igual que siempre, como si el universo se negara a darnos la satisfacción del espectáculo.

En el móvil —cuando volvió— entraban rumores de que el artefacto había cambiado levemente su órbita. Otros decían que había emitido una señal imposible de traducir. Otros, que era una sonda automática y que lo inteligente estaba lejos, esperando nuestra reacción como quien observa si una colonia de hormigas ataca una piedra.

Me acordé de una frase que había leído sobre el bosque oscuro: en el cosmos, toda civilización puede ser un cazador o una presa. Y me pregunté si la decisión no era “atacar o no”, sino algo más íntimo:

¿Qué clase de especie queremos ser antes de que pase lo irreversible?

En la calle, Pamplona seguía sonando a lo de siempre: una persiana subiendo, un camión de reparto, una conversación de vecinos, una risa breve. Y, sin embargo, por debajo de esos ruidos, había un silencio nuevo: el silencio de saber que nuestra historia ya no se contaría  solo en la Tierra.

Y ahí, en ese borde, lo único cierto era esto:

No teníamos respuesta. No sabíamos si venían en paz, en guerra, o en una categoría que ni siquiera hemos inventado. Y el artefacto, enorme e invisible a simple vista, seguía ahí arriba… como si esperara.

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