—Dicen que han visto “otra cosa”
detrás del Sol —murmuraron en un grupo que se había situado a mi lado, como si nombrarlo en voz alta lo trajera más
cerca.
Yo sonreí, por reflejo.
Llevábamos años viendo por Netflix, películas que te hablaban de catástrofes y situaciones inverosímiles, en la mayoría de los casos con final feliz. Desde la pandemia del Covid la ciencia ficción se había convertido en un género doméstico superado a menudo por la realidad que nos tocaba vivir. Y este iba a ser el caso.
1) El primer relato oficial:
“como el Atlas”
A finales del otoño anterior, nos
habíamos empezado a familiarizar con los cometas: El cometa 3IATLAS había sido el tercero de esos
visitantes interestelares que habían entrado en el Sistema Solar como quien
cruza una plaza sin mirar a los lados. Oficialmente, un cometa; tranquilizador,
‘sin amenaza’, ‘pasará lejos’. NASA lo explicó con cifras y distancias, aunque tardaron mucho tiempo en dar explicaciones.
En paralelo, empezó el otro
relato: el de quienes se negaban a creer que la rareza fuese solo rareza. Avi
Loeb —el mismo científico que ya había agitado el fantasma de lo tecnológico en
otros visitantes interestelares— sugería, con su prudencia provocadora, que convenía tomar en
serio la posibilidad de que fuese un artefacto, una sonda. No ‘hombrecitos verdes’, sino
ingeniería disfrazada de naturaleza.
Lo terrible, pensé después, es
que quizás el 3I/ATLAS fue eso: el reconocimiento previo, el escaneo desde la
distancia. Y que la humanidad, en su soberbia confundió el prólogo con el episodio completo
Por eso, cuando en los
telediarios aparecieron de nuevo gráficos, un objeto designado con
letras y números, y expertos con voz de algodón diciendo “probablemente” y “sin
riesgo”, la gente aceptó el guión. Los gobiernos repitieron el mismo gesto: lenguaje
técnico, sonrisa calibrada, y una frase que en la calle se tradujo como:
—Nada, hombre. Como el último cometa.
Lo que nos ocultaron —y esto lo supe después, cuando ya era imposible seguir fingiendo— es que no venía “de frente” como te lo enseñan en las películas. Apareció de repente detrás del Sol, en una trayectoria geométrica imposible para nuestros telescopios habituales, y la primera lectura incluso hablaba de ruta de colisión. La parte “detrás del Sol” era el escondite perfecto: el ángulo muerto natural del planeta. No lo dijeron para evitar el pánico. O, si uno se pone cínico, para evitar el caos de los mercados, la ruptura del orden, la estampida. Y, durante unos días, funcionó.
2) El astrónomo aficionado y
la filtración por goteo
La verdad no la destapó un
Estado, ni una agencia espacial, ni un comité de seguridad. La destapó un
aficionado con paciencia y un equipo montado en una terraza; uno de esos
perfiles que parecen inofensivos hasta que te das cuenta de que llevan años
mirando donde nadie mira.
No fue una gran revelación a lo
Hollywood. Fue un goteo: una gráfica comparada, una corrección
de órbita, un “esto no cuadra”, luego un segundo aficionado confirmando, y al
tercer día una cuenta anónima subiendo capturas con sello de un observatorio
menor. Los medios convencionales lo llamaron “desinformación” hasta que empezaron a llamarlo
“hipótesis”. Y cuando lo llamaron “hipótesis”, ya era tarde: la palabra había llegado a la calle.
En el Casco Antiguo la noticia se propagó como se propagan aquí las cosas: de barra en barra, de portal en portal, en una conversación que empieza con San Fermín y acaba en el fin del mundo sin que nadie sepa en qué curva cambió el tema.
En la calle Estafeta, un camarero
resumió:
—Nos han criado con invasiones. Y
al final va a ser una piedra.
3) No era como nos enseñaban:
ni hombrecitos verdes, ni nave
El objeto no era una nave
estilizada ni un platillo. Era un artefacto rocoso, opaco, irregular. Un
fragmento oscuro que, al principio, algunos confundieron con “otro cometa”, por
pura necesidad psicológica de encajarlo en un cajón conocido. Pero cuando terminó
la fase de negación, lo que quedó fue más inquietante: que algo con aspecto de
roca pudiera ser inteligente.
Se colocó en órbita terrestre
—una órbita media, estable— y entonces supimos el dato que me persigue todavía:
medía alrededor de diez kilómetros.
Diez kilómetros. Desde la Vuelta del Castillo,
mirando un cielo sin nada a simple vista, entendí que el tamaño no era una
cifra: era un cambio de escala. De pronto, nuestra historia era la historia
de un barrio en las afueras de la galaxia.
4) Los Estados: guerra afuera,
guerra adentro, y de pronto una amenaza común
Durante el último año habíamos visto el mundo atrapado en una espiral de viejos y nuevos conflictos como un mecanismo oxidado a punto de romperse:
Ucrania seguía siendo una herida abierta, con continuas ofensivas rusas y ataques a sus infraestructuras en una guerra interminable, con una diplomacia que se movía a golpes, con reuniones y “planes” que no conducían a nada concreto. Incluso en estos días se hablaba de nuevas rondas de contactos.
En Oriente Próximo, la paz era tan frágil como la había sido los últimos meses.
El presidente americano seguía con su impredecible comportamiento, y recuperaba la doctrina Monroe, actuando ora en el cono sur, ora en Centroamérica, ora en Groenlandia
Y en Asia, el estrecho de Taiwán y el Mar de China Meridional se habían convertido en un escenario de ejercicios, advertencias y “líneas” que cada año parecían moverse un poco más. A primeros de 2026 había simulaciones de bloqueo y una escalada de presión sostenida.
Lo impresionante no fue que
existieran esos conflictos —ya vivíamos anestesiados—, sino cómo, en cuanto el
artefacto entró en la conversación de los gobiernos, los conflictos y las guerras empezaron a parecer pequeñas. No porque lo fueran, sino porque quedaban
subordinadas.
Vi en directo —en el ordenador, en el móvil, en la televisión— cómo se intentaba fabricar un nuevo relato: enemigos de ayer
compareciendo juntos, banderas que compartían atril, portavoces hablando de “coordinación”
y “defensa planetaria”. A su manera, era el primer alto el fuego real: no el
que se firma, sino el que se impone por miedo.
5) Los intentos de
comunicación y el silencio
Lo más duro fue lo torpe que
resultamos ante algo que no necesitaba parecerse a nosotros. Enviamos señales
matemáticas, secuencias, patrones, música, saludos en cien idiomas. Vi cómo
resucitaban la operativa de La llegada de Villeneuve: la esperanza de
que el lenguaje fuera un puente, no un campo minado.
Pero el artefacto no respondió.
Lo más inquietante no era que no
contestaran; era que, si aquello era un reconocimiento, su éxito dependía
precisamente de no contestar.
Y lo peor es que, con cada día de
silencio, nuestra imaginación —que siempre se cree protagonista— empezó a
llenarlo todo con intenciones humanas: “nos estudian”, “esperan”, “amenazan”,
“se burlan”. La falta de respuesta no nos daba tranquilidad; nos daba espacio
para el pánico.
6) El impacto mediático: no
había otro tema
Pamplona, que es una ciudad
acostumbrada a que el mundo venga a mirarla una semana al año y se vaya
después, se vio de pronto al revés: nosotros mirando al mundo como un animal
que percibe un crujido en el monte.
Los medios de comunicación entraron en un estado
de emisión permanente. Se cancelaron parrillas. Analistas reciclados. Militares
en platós. Astrofísicos explicando con dibujos de primaria. Influencers
haciendo directos llorando. El problema no era la información, sino su ruido:
nadie quería ser el último en hablar, y a la vez nadie sabía qué decir.
Las autoridades intentaron
gestionar el miedo como se gestiona una inundación: diques, mensajes,
psicólogos, “mantengan la calma”. Y la gente, que es más lista de lo
que parece cuando le hablan desde arriba, se organizó por su cuenta: acopio discreto,
llamadas a familiares, grupos de vecinos, una solidaridad práctica mezclada con algo de paranoia.
En el barrio, una señora del
segundo repitió una frase que me pareció perfecta:
—Nos han enseñado a temer al
monstruo. Pero no a temer al silencio.
7) El pulso electromagnético:
el ensayo general del colapso
El primer golpe real no fue
físico. Fue un pulso electromagnético.
No sé si fue intencionado o un
subproducto de su actividad. Solo sé lo que se sintió aquí: la ciudad
apagándose por capas. Primero datos. Luego llamadas. Después pantallas. Un
silencio denso, como si alguien hubiese puesto algodón en el aire. Los semáforos
titilaron y murieron. En algunos portales, las puertas automáticas se quedaron
a medio cerrar, como si también ellas dudaran.
Duró poco, apenas unos minutos, “temporalmente”,
dijeron luego. Pero bastó.
Bastó para que entendiéramos algo
que ninguna serie te enseña bien: la indefensión no es que te falte un arma, es
que te falte la coordinación. En cuanto la comunicación se fractura, el
mundo moderno se convierte en una suma de islas asustadas.
Esa noche vi a un chaval en la
Plaza del Castillo con una radio vieja de pilas, girando la rueda como quien
invoca un dios menor. Y pensé: así empieza todo lo importante, con alguien
buscando una señal. Y recordé el apagón que sufrimos en España en abril del año anterior.
8) La gran decisión: ¿atacar o
no atacar?
Antes del apagón —esto se supo
después, cuando se filtraron actas y se desclasificaron migajas— los
ejércitos de medio mundo habían entrado en alerta, y no por postureo.
Porque cuando tienes algo de diez kilómetros encima, lo nuclear deja de parecer
una exageración y se convierte en una tentación.
En los debates, la pregunta era obscena por su simplicidad: ¿atacar o no atacar?. Había cuatro escenarios: 1ª. Si atacamos y era hostil, quizá ganamos tiempo. 2ª. Si atacamos y era neutral o incomprensible, quizá provocamos nuestra sentencia. 3ª. Si no atacamos y era hostil, quizá solo estamos esperando el golpe. 4ª. Si no atacamos y era neutral, quizá demostramos que somos capaces de no disparar primero.
Nunca vi tan claro el pánico de
los Estados: estaban acostumbrados a enemigos “legibles”. Este no lo era. Y lo
ilegible produce decisiones brutales.
Ahí reapareció, como una
superstición intelectual, la idea del bosque oscuro: la hipótesis de que
en el cosmos sobrevives si no te anuncias, si no pareces presa, si actúas como
cazador antes de que te cacen. No porque seas malo, sino porque crees que el
otro, si puede, lo será.
Pero entonces me golpeó otra
duda, más simple y más amarga: si los humanos somos capaces de matarnos
entre nosotros por banderas, fronteras y relatos, ¿qué impresión daríamos a una
inteligencia que nos observa? Quizá la pregunta no era qué venían a hacer,
sino qué merecemos que hagan.
9) Iluminados, sectas y el
derrumbe del “extraterrestre benevolente”
Como siempre, apareció la necesidad de convertir el miedo en religión. Surgieron sectas con nombres que parecían títulos de series: “la Iglesia del Último Día”, “los Anunciadores”. Gente que adoraba el artefacto como si fuera un juicio moral, un castigo por “los pecados cometidos”, una limpieza necesaria. Lo más triste no era su fe. Era su alivio.
Para algunos, entregarse a una
voluntad superior resultaba más soportable que asumir que quizá no hay
voluntad, que quizá solo hay una presencia indiferente, como un meteorito con
conciencia. El viejo consuelo del extraterrestre sabio y benevolente se vino
abajo: la inteligencia no implica empatía. Y la distancia cósmica no garantiza
ninguna forma de compasión.
10) Lo que empezó a importar
de verdad
En Pamplona, lejos de los centros
de mando, lo extraordinario se filtró en lo cotidiano: ¿llevo efectivo? ¿tengo
linterna? ¿quién necesita ayuda en el bloque? ¿cómo quedamos si cae otra vez la
red? Vi a gente reconciliarse por cansancio y por lucidez. Vi a otros volverse
más crueles, como si la amenaza les diera permiso. Como en la pandemia, "la llegada" no nos había hecho mejores personas.
Y, por primera vez en años, las
guerras del mundo —esas que llenaban titulares— quedaron desplazadas por una
idea simple: podemos tener un enemigo común, y aun así no estar unidos.
Porque la unidad verdadera no se decreta; se practica. Y nosotros, como
especie, la verdad practicamos poco.
Los analistas decían que 2026
sería un año de conflictos persistentes, con frentes que no se apagarían solos y
con tensiones que se desplazarían de escenario, no desapareciendo. Yo pensé, a partir de este momento, algo más doméstico: que quizá el gran conflicto de 2026 sería
interno, civilizatorio, una discusión sobre quiénes somos cuando alguien nos
mira desde fuera.
11) El final abierto
Una madrugada, semanas después
del pulso electromagnético, subí hasta el monte San Cristobal y miré el cielo. No vi nada. Solo un firmamento igual que
siempre, como si el universo se negara a darnos la satisfacción del espectáculo.
En el móvil —cuando volvió—
entraban rumores de que el artefacto había cambiado levemente su órbita. Otros
decían que había emitido una señal imposible de traducir. Otros, que era una
sonda automática y que lo inteligente estaba lejos, esperando nuestra reacción
como quien observa si una colonia de hormigas ataca una piedra.
Me acordé de una frase que había
leído sobre el bosque oscuro: en el cosmos, toda civilización puede ser un
cazador o una presa. Y me pregunté si la decisión no era “atacar o no”,
sino algo más íntimo:
¿Qué clase de especie queremos
ser antes de que pase lo irreversible?
En la calle, Pamplona seguía
sonando a lo de siempre: una persiana subiendo, un camión de reparto, una
conversación de vecinos, una risa breve. Y, sin embargo,
por debajo de esos ruidos, había un silencio nuevo: el silencio de saber que
nuestra historia ya no se contaría solo en la Tierra.
Y ahí, en ese borde, lo único
cierto era esto:
No teníamos respuesta. No sabíamos si venían en paz, en guerra, o en una categoría que ni siquiera
hemos inventado. Y el artefacto, enorme e invisible a simple vista, seguía ahí arriba… como
si esperara.

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