Día -100
Nos habían acostumbrado a
amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Guerras y hambrunas en la tele,
epidemias.
En el plano espacial la más
conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un asteroide más bien pequeño de apenas 300 m al que los noticiarios aludían con los
añadidos de “pequeño riesgo”, “ventana de impacto”, “seguimiento constante”y “tranquilidad”.
Con el tiempo, lo de Apofis de
tanto repetirlo se convirtió en una
especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos cae Apofis y nos libra de
todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa
es el seguro de vida del que teme.
Pero en esta ocasión no lo
vimos venir.
Cuando apareció ya era
demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días.
Cien.
Lo dijeron en una rueda de
prensa con banderas y atriles. En España compareció un ministro con ojeras de
madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el
mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las
lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad
de impacto. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”
En Pamplona, la noticia entró
por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y
luego el derrumbe. Vi a la gente detenerse en la calle Zapatería, junto a los
escaparates, como si de repente les hubieran cambiado la gravedad. Los
camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es
mentira” con esa seguridad que solo da el miedo.
Al principio nos ocultaron la
información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto
tiempo. Semanas, quizá meses. Cuando la filtración se coló en foros y en
cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto
no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.
Cien días para el impacto.
Cien días para convertir la
vida en una cuenta atrás.
Día -93
La ciudad empezó a cambiar
antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de
gestos. La gente miraba más el cielo. No el cielo de siempre, el cielo útil —si
llueve, si hiela—, sino el cielo como un escenario donde podía aparecer el
actor principal de la tragedia.
Los bancos siguieron abriendo,
al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las
reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es
un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.
En la Plaza del Castillo, un
hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y
un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo
rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos
le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre
desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a
otro sitio más grande.
Día -85
Las primeras medidas “de
orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley
marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque
de queda en algunas zonas, controles,
prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar
avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.
Lo que nadie decía era que el
orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda,
entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto,
entonces hay tiempo.
Una noche, volviendo a casa,
vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra.
El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo
detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el
mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa la batería.
En los balcones empezaron a
aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de
“resistiremos”, dibujos de estrellas tachadas. Era como si la gente necesitara
colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.
Día -77
Llegó la fase del “vivir a
tope”.
Los restaurantes se llenaron
de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se
celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que abrazaban como
si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene
sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras
se formaban por pánico a morir solos.
Algunos gastaron todos los
ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas
en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos
futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.
Mis amigos se dividieron sin
decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a
Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin
viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si
existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.
En mi cabeza empezó a gestarse
un debate mental: ¿qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días?
¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O
permitirme el lujo de no pedirlo?
El primer reto moral fue
sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.
Hice una lista en un papel.
Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que
nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí
calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un
producto con fecha de caducidad.
Al final llamé a pocos. Con
otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.
Día -70
En televisión mostraron por
primera vez la misión internacional.
Habían intentado lo
inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que
nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de
empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria. Palabras limpias
para un problema sucio.
El resultado fue fallido.
No lo dijeron así. Lo dijeron
con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas
alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les
enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de
tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.
Esa noche hubo disturbios en
varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el
cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería
discutir; quería anestesiarse.
Me sorprendió lo rápido que
apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia
de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación,
las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el
alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.
Yo intenté ser racional. Leí
artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres
históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de rezar sin rezar.
Pero la razón tiene un límite:
puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.
Día -63
Apareció un mercado nuevo: el
del consuelo.
Libros de “cómo afrontar el
fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias
intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche
deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía
grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se
vuelve urgente.
También apareció el otro
mercado: el de la violencia.
Grupos que asaltaban camiones.
Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin
juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para
protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.
En Pamplona, el miedo era
menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por
paquetes de arroz. Un vecino que escondía gasolina. Otra vecina que repartía
pan a quien lo necesitara. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma
facilidad.
Yo me descubrí en un punto
intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la
dignidad con las manos temblando.
Día -55
El asteroide empezó a tener
nombre.
Al principio fue un código de
catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos: “La Piedra”, “El
Juicio”, “El Ojo”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y
comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.
No recuerdo cuál se impuso,
porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la cosa.
La cosa que venía.
Con -55 días, ya no era una
noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente
decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se
convirtió en un modo de hablar.
Empecé a caminar más por la
ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de
Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos
y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente
a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo
puede borrarte de golpe.
Me dolió, de una manera
extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una
ciudad si no hay ojos que la recuerden?
Día -47
Los gobiernos anunciaron
“planes de supervivencia”.
Refugios. Distribución de
recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo
hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra
“selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.
En redes se filtraron listas:
listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se
enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo
unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿quién decide esos pocos?
En casa, me descubrí
fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un
instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te
vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.
Día -40
Me encontré con una escena que
no he olvidado.
Era por la tarde. En la calle,
una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella
tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente,
hacia ninguna parte.
Pasé de largo y luego volví.
No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían
algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.
No dijeron nada.
Y en ese silencio entendí algo
que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto
que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por
resignación, sino por perspectiva.
Yo, en cambio, estaba en
guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera
una última página.
Día -33
La segunda gran operación de
desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.
Ya no había triunfalismo. Solo
un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles
nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes,
la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.
Volvió a fallar.
Esta vez lo dijeron casi con
honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos
en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.
Esa noche, por primera vez, vi
llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre
hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rió.
Día -25
Los comportamientos extremos
se hicieron normales.
Hubo quien mató por miedo.
Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como
si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se
volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no
sabía hacer otra cosa.
Yo intenté escribir. Quise
dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada
frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?
Sin embargo, seguí.
Escribí sobre mi infancia.
Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle
estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a
tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.
Mientras escribía, notaba el
odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.
Día -18
Comenzó la verdadera cuenta
atrás psicológica.
Los informativos mostraban
simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las
discusiones se volvieron técnicas: si impacta en océano, si impacta en
continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar
una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes
no eran nada halaguüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra
similar a la del asteroide que acabo con
los dinosaurios.
En Pamplona, el cielo seguía
siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no
se oscurecía por respeto a nuestro miedo.
Una tarde, en la Plaza del
Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música
alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y
por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final,
el cuerpo insiste en celebrar.
Luego miré hacia arriba, por
costumbre.
Todavía no se veía nada.
Día -10
El asteroide se hizo visible
para los telescopios aficionados, y luego, para los prismáticos. Después, a
simple vista, como una estrella que no estaba antes.
En los balcones, la gente
salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo
aceptara testigos y, por eso, se contuviera.
Los toques de queda se
endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también
ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo
consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.
Yo caminaba de noche cuando
podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo
parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si
fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.
Día -5
La cosa ya era una presencia.
No solo en el cielo, también
en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”.
Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente
se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.
Yo fui al cementerio a visitar
la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya
estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.
Me arrodillé ante la tumba de
mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me
golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.
El conocimiento es un
privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.
Día -2
El cielo empezó a cambiar de
verdad.
La cosa brillaba más. No como
una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se
notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos
estaban ya programados para ver señales.
Las autoridades lanzaron
mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar
ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿cómo se protege uno de un
mundo que se rompe?
La ciudad estaba extrañamente
silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si
todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.
Esa noche dormí a ratos. Soñé
con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como
si hubiera mordido el miedo.
Día -1
Hoy es el día anterior.
Lo escribo con una claridad
que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre
había sido una promesa. Ahora es una losa.
El asteroide es ya muy visible
en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada
del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la
noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.
La gente ha salido a las
plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran.
Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He
visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún
controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos
ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser
una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.
No sé qué hacer con esta
última noche.
He pensado en esconderme. He
pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil
para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.
Al final, he hecho lo más
simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda
Desde aquí, la zona norte de Pamplona
parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un
murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el
asteroide domina el cielo como un ojo abierto.
Me sorprendo hablando en voz
baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo
una frase que se me escapa:
—Así que eras tú.
La cosa brilla, indiferente.
No responde.
Miro alrededor. La ciudad está
llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe,
con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo
esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no
necesito sostener?
No sé si he sido mejor en
estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo
peor; otras, es lo único que te queda.
A lo lejos suena una canción.
No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa
que parece un desafío.
Yo sigo mirando el cielo.
Mañana.
Y el asteroide, enorme ya para
ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien
antes de acabar con todo.

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