sábado, 24 de enero de 2026

El día del apocalipsis


Día -100

Nos habían acostumbrado a amenazas que siempre pasaban demasiado lejos. Guerras y hambrunas en la tele, epidemias.

En el plano espacial la más conocida, durante años, había sido la del asteroide Apofis, un  asteroide más bien pequeño de apenas 300 m  al que los noticiarios aludían con los añadidos de “pequeño riesgo”, “ventana de impacto”, “seguimiento constante”y  “tranquilidad”.

Con el tiempo, lo de Apofis de tanto repetirlo  se convirtió en una especie de chiste recurrente. “Ya verás, al final nos cae Apofis y nos libra de todo.” Lo decían con esa risa amarga que no compromete a nada, porque la risa es el seguro de vida del que teme.

Pero en esta ocasión no lo vimos venir.

Cuando apareció ya era demasiado tarde. Y cuando se hizo público, faltaban tan solo cien días.

Cien.

Lo dijeron en una rueda de prensa con banderas y atriles. En España compareció un ministro con ojeras de madrugada, y detrás, una pantalla con un punto blanco y una elipse roja. En el mundo, decenas de líderes repitieron la misma frase, traducida a todas las lenguas: “Se ha detectado un objeto de tamaño considerable con probabilidad de impacto. Se están coordinando medidas internacionales. Mantengan la calma.”

En Pamplona, la noticia entró por el móvil como entra el agua por una grieta: primero una humedad mínima y luego el derrumbe. Vi a la gente detenerse en la calle Zapatería, junto a los escaparates, como si de repente les hubieran cambiado la gravedad. Los camareros del bar donde suelo tomar café subieron el volumen. Alguien dijo “es mentira” con esa seguridad que solo da el miedo.

Al principio nos ocultaron la información, dicen que para no provocar el pánico. Nadie supo durante cuánto tiempo. Semanas, quizá meses. Cuando la filtración se coló en foros y en cuentas anónimas, la versión oficial intentó vestirla de rumor. Pero el secreto no aguanta cuando la ciencia tiene números y los números tienen fecha.

Cien días para el impacto.

Cien días para convertir la vida en una cuenta atrás.

Día -93

La ciudad empezó a cambiar antes de que nadie lo admitiera. No fue una decisión colectiva; fue una suma de gestos. La gente miraba más el cielo. No el cielo de siempre, el cielo útil —si llueve, si hiela—, sino el cielo como un escenario donde podía aparecer el actor principal de la tragedia.

Los bancos siguieron abriendo, al menos al principio. Las empresas también. El horario de las oficinas, las reuniones, los correos, persistieron como un reflejo muscular. La normalidad es un animal terco: aunque le disparen, sigue corriendo unos metros.

En la Plaza del Castillo, un hombre gritaba que todo era un montaje. Tenía un cartel hecho con una sábana y un rotulador negro: “NO HAY ASTEROIDE” “OS QUIEREN CONTROLAR”. La gente lo rodeaba como se rodea a un músico callejero: curiosidad sin compromiso. Algunos le grababan con el móvil. Otros se reían de él. A los pocos días, el hombre desapareció. No supe si por cansancio, por detención o porque se fue a gritar a otro sitio más grande.

Día -85

Las primeras medidas “de orden” llegaron antes que las de salvación. En muchos países se declaró la ley marcial. En España se habló del “estado de excepción”, como en la pandemia. Toque de  queda en algunas zonas, controles, prohibiciones de reunión. El argumento era simple: evitar saqueos, evitar avalanchas, evitar que la gente se mate antes de tiempo.

Lo que nadie decía era que el orden, en el fondo, era una manera de negar el final. Si hay toque de queda, entonces hay mañana. Si hay multa, entonces hay futuro. Si hay un decreto, entonces hay tiempo.

Una noche, volviendo a casa, vi a dos policías pidiendo documentación a un chaval que iba con una guitarra. El chico miraba el suelo como si le hubieran confiscado el cielo. No lo detuvieron. Solo lo humillaron un poco, lo suficiente para recordar que el mundo seguía teniendo jerarquías incluso cuando se le acababa la batería.

En los balcones empezaron a aparecer banderas de todo tipo: nacionales, regionales, mensajes de “resistiremos”, dibujos de estrellas tachadas. Era como si la gente necesitara colgar algo visible para no sentirse invisible ante el universo.

Día -77

Llegó la fase del “vivir a tope”.

Los restaurantes se llenaron de golpe, luego se vaciaron, luego volvieron a llenarse. Las bodas se celebraban en lunes, en la sala de un hotel, con invitados que abrazaban como si cada abrazo fuese una firma. Los divorcios se anunciaban sin drama: “No tiene sentido seguir fingiendo.” Las parejas se rompían por falta de ganas, y otras se formaban por pánico a morir solos.

Algunos gastaron todos los ahorros. Otros lo guardaron todo como si el dinero fuese un talismán. Vi colas en joyerías y colas en tiendas de campaña. La misma ciudad comprando dos futuros incompatibles: el del lujo y el del refugio.

Mis amigos se dividieron sin decirlo. Estaban los que proponían viajes: “Hay que ver el mar.” “Hay que ir a Roma.” “Hay que ir a Japón, aunque sea una locura.” Y estaban los que, sin viajar, miraban mapas de búnkeres, de cuevas, de lugares “seguros”. Como si existiera un lugar seguro cuando el golpe era planetario.

En mi cabeza empezó a gestarse un debate mental: ¿qué haría yo si supiera que me quedan setenta y siete días? ¿Ser mejor? ¿Ser peor? ¿Devolver favores? ¿Cobrar deudas? ¿Pedir perdón? ¿O permitirme el lujo de no pedirlo?

El primer reto moral fue sencillo y vergonzoso: llamar o no llamar a gente a la que había dejado atrás.

Hice una lista en un papel. Nombres. Una ex. Un amigo con el que me peleé por una tontería. Un primo al que nunca contesté. Empecé a tachar y a escribir al lado: “¿Para qué?” Me descubrí calculando el beneficio emocional del perdón, como si la bondad fuese un producto con fecha de caducidad.

Al final llamé a pocos. Con otros, me quedé en silencio. No por orgullo, sino por cobardía.

Día -70

En televisión mostraron por primera vez la misión internacional.

Habían intentado lo inevitable: desviar el asteroide. Una operación coordinada entre potencias que nunca se habían puesto de acuerdo en nada. Se hablaba de impacto cinético, de empuje, de explosiones controladas, de tracción gravitatoria. Palabras limpias para un problema sucio.

El resultado fue fallido.

No lo dijeron así. Lo dijeron con fórmulas: “la desviación obtenida es insuficiente”. “se trabaja en nuevas alternativas”. “se mantiene la esperanza”. Pero los científicos, cuando les enfocaron la cara, tenían esa expresión que yo había visto en funerales: no de tristeza, sino de resignación. El gesto de quien sabe que ya no hay margen.

Esa noche hubo disturbios en varias ciudades. Aquí, en Pamplona, no ardió nada grande, pero sí se notó el cambio. Las conversaciones en los bares se hicieron cortas. La gente no quería discutir; quería anestesiarse.

Me sorprendió lo rápido que apareció la religión, incluso entre los que se habían reído de ella. La iglesia de San Saturnino se llenó durante semanas. También los centros de meditación, las sesiones de tarot, los “guías espirituales” que cobraban por decirte que el alma no muere. Cada cual buscaba una forma de convertir el impacto en tránsito.

Yo intenté ser racional. Leí artículos, vi conferencias, aprendí escalas de energía, comparé cráteres históricos, imaginé ondas de choque. Fue mi forma de rezar sin rezar.

Pero la razón tiene un límite: puede explicarte el final, no puede impedir que te rompas por dentro.

Día -63

Apareció un mercado nuevo: el del consuelo.

Libros de “cómo afrontar el fin”. Terapias exprés. Drogas. Alcohol. Fiestas clandestinas. “Experiencias intensas”. Había quienes vendían “últimos deseos” por catálogo: un coche deportivo por un día, una cena con un famoso, un salto en paracaídas. Parecía grotesco y, sin embargo, tenía lógica: si el tiempo se reduce, el deseo se vuelve urgente.

También apareció el otro mercado: el de la violencia.

Grupos que asaltaban camiones. Bandas que controlaban barrios en algunas ciudades. Rumores de ejecuciones sin juicio en otros países. A veces me pregunto si la ley marcial no era para protegernos del caos, sino para garantizar que el poder muriese con uniforme.

En Pamplona, el miedo era menos sangriento, más cotidiano. Colas en supermercados. Gente discutiendo por paquetes de arroz. Un vecino que escondía gasolina. Otra vecina que repartía pan a quien lo necesitara. El fin sacaba lo peor y lo mejor con la misma facilidad.

Yo me descubrí en un punto intermedio: no era héroe ni villano. Solo un hombre intentando mantener la dignidad con las manos temblando.

 

Día -55

El asteroide empezó a tener nombre.

Al principio fue un código de catálogo, algo frío. Luego, en redes, surgieron apodos: “La Piedra”, “El Juicio”, “El Ojo”. Al final, los medios lo bautizaron con un nombre sonoro y comercial, como si el apocalipsis necesitara marca.

No recuerdo cuál se impuso, porque en mi cabeza siempre fue lo mismo: la cosa.

La cosa que venía.

Con -55 días, ya no era una noticia; era una estructura mental. Todo se medía en relación a eso. La gente decía “si llegamos” como antes decía “si me da tiempo”. Y el “si llegamos” se convirtió en un modo de hablar.

Empecé a caminar más por la ciudad, como si quisiera memorizarla. La curva del río. El puente de Curtidores. Las calles del Casco Antiguo con sus fachadas que han visto siglos y que, sin embargo, quizá no iban a ver el siguiente verano. Me detenía frente a un portal y pensaba: aquí alguien ha sido feliz sin saber que el universo puede borrarte de golpe.

Me dolió, de una manera extraña, la idea de que la historia quedaría sin lector. ¿De qué sirve una ciudad si no hay ojos que la recuerden?

Día -47

Los gobiernos anunciaron “planes de supervivencia”.

Refugios. Distribución de recursos. Protocolos. Todo sonaba a manual de emergencia, pero la escala lo hacía ridículo. ¿Refugios para qué? ¿Para quién? ¿Con qué criterio? La palabra “selección” no se pronunciaba, pero se notaba en el aire.

En redes se filtraron listas: listas de “personal esencial”, listas de “zonas prioritarias”. La gente se enfureció. Y tenía motivos. La moral se ponía a prueba de forma brutal: si solo unos pocos pueden tener una posibilidad mínima, ¿quién decide esos pocos?

En casa, me descubrí fantaseando con colarme en un refugio. Y luego me odié por ello. Fue un instante, pero suficiente para entender algo: el fin no te vuelve noble; te vuelve transparente. Te muestra lo que eres cuando te quitan el maquillaje.

Día -40

Me encontré con una escena que no he olvidado.

Era por la tarde. En la calle, una pareja de ancianos estaba sentada en un banco. Él le sujetaba la mano. Ella tenía una bolsa de plástico con pan y fruta. No hablaban. Miraban al frente, hacia ninguna parte.

Pasé de largo y luego volví. No sé por qué. Me quedé cerca, sin que me notaran. Quería escuchar si decían algo importante. Si nombraban el asteroide. Si se quejaban. Si rezaban.

No dijeron nada.

Y en ese silencio entendí algo que me dio vergüenza no haber entendido antes: hay gente que ha vivido tanto que el fin no es una tragedia, sino una forma más de cierre. No por resignación, sino por perspectiva.

Yo, en cambio, estaba en guerra con la idea de dejar cosas sin terminar. Como si el universo me debiera una última página.

Día -33

La segunda gran operación de desviación se anunció con menos fanfarria para no generar expectativas.

Ya no había triunfalismo. Solo un tono de obligación, como quien hace un último trámite. Se lanzaron misiles nucleares, se intentó fragmentar, se intentó alterar el curso. En las imágenes, la cosa era un punto. Un punto que arrastraba el destino de todos.

Volvió a fallar.

Esta vez lo dijeron casi con honestidad. “No hay posibilidad técnica de evitar el impacto.” “Nos centraremos en mitigar consecuencias.” La palabra “mitigar” era una broma macabra.

Esa noche, por primera vez, vi llorar a un hombre en el bar. Un tipo grande, de manos como palas, que siempre hablaba de fútbol. Lloraba sin esconderse. Y nadie se rió.

Día -25

Los comportamientos extremos se hicieron normales.

Hubo quien mató por miedo. Hubo quien se suicidó por desesperación. Hubo quien se entregó al placer como si el placer fuese una venganza. Hubo quien se volvió santo. Hubo quien se volvió bestia. Y, sobre todo, hubo quien siguió yendo a trabajar porque no sabía hacer otra cosa.

Yo intenté escribir. Quise dejar algo. Un cuaderno con mi letra, como prueba de que existí. Pero cada frase me parecía impostada. ¿Qué sentido tiene escribir para nadie?

Sin embargo, seguí.

Escribí sobre mi infancia. Sobre Pamplona. Sobre una tarde de lluvia en la que corrí por una calle estrecha y sentí que el mundo era infinito. Escribí sobre lo que no dije a tiempo. Escribí sobre gente que me quiso sin que yo tal vez lo mereciera.

Mientras escribía, notaba el odio hacia el reloj. Cada palabra era un segundo que se iba.

Día -18

Comenzó la verdadera cuenta atrás psicológica.

Los informativos mostraban simulaciones del cielo. Mapas de impacto. Probabilidades de lugar exacto. Las discusiones se volvieron técnicas: si impacta en océano, si impacta en continente, si el polvo, si el invierno global, si el fuego. Era como planificar una catástrofe para sentirse menos impotente. Pero los datos y los antecedentes no eran nada halaguüeños. El asteroide medía unos 14 kilómetros, una cifra similar a la  del asteroide que acabo con los dinosaurios.

En Pamplona, el cielo seguía siendo cielo. A ratos, incluso hermoso. Eso era lo más cruel: que el mundo no se oscurecía por respeto a nuestro miedo.

Una tarde, en la Plaza del Castillo, vi a un grupo de chavales tocando música. No música triste. Música alegre, casi insolente. La gente los rodeaba. Algunos bailaban. Había risas. Y por un instante, sentí algo parecido a la gratitud: incluso al borde del final, el cuerpo insiste en celebrar.

Luego miré hacia arriba, por costumbre.

Todavía no se veía nada.

Día -10

El asteroide se hizo visible para los telescopios aficionados, y luego, para los prismáticos. Después, a simple vista, como una estrella que no estaba antes.

En los balcones, la gente salía a mirar. Como si mirar fuese una forma de negociar. Como si el universo aceptara testigos y, por eso, se contuviera.

Los toques de queda se endurecieron. La policía patrullaba con un cansancio extraño, como si también ellos estuvieran contando. Se prohibieron reuniones grandes, y eso solo consiguió que hubiera más reuniones pequeñas, más íntimas, más desesperadas.

Yo caminaba de noche cuando podía, por calles que había recorrido mil veces. Las piedras del Casco Antiguo parecían más antiguas que nunca. Me sorprendí acariciando una pared, como si fuera el lomo de un animal que va a morir contigo.

Día -5

La cosa ya era una presencia.

No solo en el cielo, también en la conversación. Nadie decía “cuando pase”, ya decían “antes del impacto”. Las llamadas telefónicas eran más largas. Las despedidas, más torpes. La gente se perdonaba con menos palabras, o no se perdonaba en absoluto.

Yo fui al cementerio a visitar la tumba de mis padres. No sé qué buscaba. Quizá la idea de que la muerte ya estaba allí, esperando, y que nosotros solo estábamos poniéndonos a la cola.

Me arrodillé ante la tumba de mi madre y pensé: ellos no sabían, y aun así vivieron. Esa idea me golpeó. Nosotros, en cambio, sabíamos, y ese saber nos devoraba.

El conocimiento es un privilegio cuando te permite actuar. Cuando no te permite nada, es una tortura.

Día -2

El cielo empezó a cambiar de verdad.

La cosa brillaba más. No como una estrella, sino como un objeto que tiene intención. Había quien decía que se notaba una especie de cola, un halo. Yo no sé si era real o si nuestros ojos estaban ya programados para ver señales.

Las autoridades lanzaron mensajes finales: permanecer bajo techo, protegerse de ondas de choque, evitar ventanas. Los consejos tenían un punto de ironía: ¿cómo se protege uno de un mundo que se rompe?

La ciudad estaba extrañamente silenciosa. No era un silencio de paz; era un silencio de contención. Como si todos estuviéramos esperando el golpe sin querer gastar el aire.

Esa noche dormí a ratos. Soñé con un ruido blanco, con un sonido sin origen. Desperté con la boca seca, como si hubiera mordido el miedo.

Día -1

Hoy es el día anterior.

Lo escribo con una claridad que me asusta. Mañana. Mañana, el impacto. La palabra “mañana” siempre había sido una promesa. Ahora es una losa.

El asteroide es ya muy visible en el firmamento. No hace falta buscarlo: está ahí, como una vergüenza colgada del cielo. Desde la ventana lo veo sobre los tejados, recortado contra la noche. No es una estrella. No es un planeta. Es algo que viene.

La gente ha salido a las plazas y a las calles con mantas, con termos, con botellas. Algunos lloran. Otros cantan. Otros rezan. He visto abrazos largos, de esos que duelen. He visto discusiones absurdas, como si discutir fuese una forma de sentir que aún controlamos algo. He visto también una ternura inesperada: desconocidos ofreciéndose cigarrillos, parejas jóvenes besándose como si el beso pudiera ser una muralla, niños preguntando si mañana habrá colegio.

No sé qué hacer con esta última noche.

He pensado en esconderme. He pensado en salir. He pensado en llamar a alguien. He pensado en apagar el móvil para no leer más mensajes de despedida. He pensado en no pensar.

Al final, he hecho lo más simple: he subido hasta la muralla del Paseo de Ronda

Desde aquí, la zona norte de Pamplona parece una maqueta. Las luces tiemblan. Se oyen voces mezcladas, como un murmullo. El aire está frío. Y arriba, sobre el monte San Cristobal, el asteroide domina el cielo como un ojo abierto.

Me sorprendo hablando en voz baja, sin destinatario. No es una oración exacta, no es una protesta. Es solo una frase que se me escapa:

—Así que eras tú.

La cosa brilla, indiferente. No responde.

Miro alrededor. La ciudad está llena de gente que intenta decidir cómo morir: con dignidad, con rabia, con fe, con risa, con música, con silencio. Los retos morales se han reducido a lo esencial: ¿con quién quiero estar? ¿Qué perdón me debo? ¿Qué mentira ya no necesito sostener?

No sé si he sido mejor en estos cien días. He sido más yo, eso sí. Y a veces ser más uno mismo es lo peor; otras, es lo único que te queda.

A lo lejos suena una canción. No distingo cuál. Alguien aplaude. Alguien grita. Alguien se ríe con una risa que parece un desafío.

Yo sigo mirando el cielo.

Mañana.

Y el asteroide, enorme ya para ser un punto, se queda allí, suspendido, como si quisiera que lo viéramos bien antes de acabar con todo.

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