Cuando la familia Arrieta decidió cambiar el número fijo, lo hizo por pura fatiga. Durante meses habían soportado llamadas a deshora, encuestas interminables y voces equivocadas preguntando por personas que no vivían allí. Un par de noches incluso sonó el teléfono viejo cerca de las tres de la madrugada; al descolgar, nadie respondía. Así que un lunes llamaron a la compañía, y a la tarde siguiente un técnico sustituyó la línea sin más ceremonia.
El aparato antiguo heredado de los abuelos, era un modelo de sobremesa, pesado, con el plástico amarilleado por los años y un timbre metálico que se escuchaba en toda la casa. No era un objeto cualquiera: había sido el centro de la vida familiar durante décadas. Por eso no lo tiraron. Lo desconectaron, lo enrollaron con cuidado y lo guardaron en el armario del pasillo, arriba del todo, entre mantas viejas y cajas olvidadas. Cerraron la puerta y siguieron con su vida.
Durante dos semanas, la casa respiró en paz. El teléfono nuevo sonaba solo cuando tenía que sonar, y nadie volvió a despertarse sobresaltado por un timbrazo extraño. Parecía que el problema, fuese cual fuese, había quedado atrás.
Hasta la primera noche.
Fue un martes. A las tres en punto, un sonido antiguo cortó el sueño de todos: la campanilla del teléfono viejo, viva y girando como si nunca hubiese sido desconectada. El padre, sobresaltado, fue al pasillo creyendo que se trataba del teléfono nuevo. Pero el nuevo estaba en silencio. El timbre insistente venía del armario.
Abrió la puerta con una mezcla de incredulidad y fastidio. Allí estaba el aparato antiguo vibrando sobre el estante. No tenía cable. No tenía línea. No tenía sentido. Aun así, sonaba.
La madre apareció detrás de él, con la bata puesta y los ojos a medio abrir.
—Eso es imposible —murmuró.
El padre levantó el teléfono y lo movió, como esperando encontrar un truco físico que explicara el milagro. El aparato dejó de sonar al cabo de unos timbrazo, y quedó inmóvil, como un objeto muerto.
—Igual ha sido una interferencia —dijo la madre, intentando que la palabra “interferencia” sonara rotunda.
Cerraron el armario y volvieron a la cama. Pero a las tres en punto de la noche siguiente, el teléfono volvió a sonar. Y a la siguiente. Y a la siguiente.
Siempre a la misma hora.
El padre desmontó el aparato en busca de alguna batería interna, algún cable oculto, la más mínima trampa de la materia. No encontró nada. El teléfono era lo que parecía: viejo, simple, inerte.
Eso no impidió que cada noche, como obedeciendo a un reloj que nadie veía, sonara a las tres.
La cuarta noche, la tensión ya se había instalado como polvo fino en la casa. Los sonidos pequeños se agrandaban. El pasillo parecía más largo. El armario, más oscuro. Cuando el timbre empezó otra vez, no pudieron seguir ignorándolo.
El padre se levantó con paso lento y abrió el armario. El teléfono temblaba y sonaba con obstinación. Miró a la madre, que lo observaba desde el umbral con la cara pálida.
—Si no lo cogemos, no va a parar —dijo él, sin estar seguro de querer hacerlo.
Lo tomó con las dos manos y se lo llevó a la oreja.
—¿Sí?
Hubo silencio al otro lado, un silencio lleno de respiración tenue. Y entonces, una voz infantil, clara y muy cerca.
No sonaba como un recuerdo, ni como una voz de la familia: sonaba demasiado presente, como si la niña estuviera al otro lado del pasillo.
—¿Mamá?
El padre se quedó rígido.
—No… no soy mamá.
Un segundo de pausa.
—¿Papá?
—Tampoco. ¿Quién eres?
La niña no respondió de inmediato. Parecía hablar desde un lugar con eco de sueño.
—¿Está mi nombre? —preguntó con un hilo de voz.
—¿Cómo dices?
—¿Dónde está mi nombre?
La pregunta no sonaba a juego ni a broma. Sonaba a búsqueda desesperada.
—¿Qué nombre? Dime cómo te llamas.
La niña tardó en contestar.
—El mío.
Como si no pudiera pronunciarlo. Como si no lo recordara. El padre tragó saliva, luchando por mantener la calma.
—¿Con quién quieres hablar?
—Con la casa de mi madre.
—¿Y quién es tu madre?
—No sé.
El padre miró de reojo a la madre. Ella no se acercaba. Solo escuchaba, tiesa, como una estatua que no quisiera romperse.
—¿Dónde estás? —preguntó él.
—Aquí —respondió la niña.
—¿Aquí dónde?
—Aquí donde suena.
El padre sintió un frío súbito por la nuca. No dijo nada durante un segundo demasiado largo.
—¿Me oyes bien?
—Sí.
—¿Tienes frío?
—Sí.
—¿Cómo te llamas?
Otra pausa. Y entonces la niña formuló la pregunta al revés, con una extraña lógica antigua:
—¿Tú sabes cómo me llamo?
—No —mintió el padre, sin saber por qué.
La niña suspiró.
—Entonces no eres tú.
Y colgó.
Cuando el padre volvió al dormitorio, no llevaba una explicación en la cara, sino otra cosa: un miedo tenue y una pena sin nombre. Contó lo ocurrido en voz baja. La madre no discutió ni se rió. Solo apretó las manos contra el edredón.
A la tarde siguiente, movidos por un impulso que ninguno supo nombrar, revolvieron cajas viejas del trastero. Entre álbumes y papeles amarillentos apareció una caja con fotografías. En el fondo, una cartulina escrita a mano: “Clara, 1984”.
El nombre los dejó quietos.
La madre se quedó mirando la cartulina como si le hubieran puesto delante una palabra prohibida.
Esa noche, durante la cena, lo preguntaron a los abuelos, que vivían en el piso de abajo y subían a menudo.
La abuela dejó el vaso en la mesa tan despacio que el gesto pareció un aviso. El abuelo apagó el televisor sin mirarlo siquiera.
—Clara… —repitió la abuela, con una voz a la que le faltaban años—. Era nuestra hija pequeña. La hermana de tu madre.
El silencio que siguió no fue de sorpresa, sino de algo más difícil: de puertas cerradas durante demasiado tiempo.
Les contaron lo que nunca habían contado. Clara había muerto con cinco años, en una neumonía que se la llevó en pocos días. La familia guardó el dolor como se guardan las cosas que no se sabe dónde poner: en un cuarto sin luz, lejos de las preguntas.
—Tenía mucha querencia a ese teléfono —añadió el abuelo, señalando el armario sin necesidad de verlo—Jugaba a llamar a la abuela. Se subía a una silla para llegar.
La madre, que había sido niña cuando aquello ocurrió, se quedó mirando el mantel como si por fin estuviera leyendo un nombre antiguo en él.
Esa noche, a las tres en punto, el teléfono sonó.
La madre fue al pasillo antes de que nadie pudiera detenerla. El timbre retumbaba dentro del armario abierto, igual que las noches anteriores. Tomó el auricular con manos temblorosas y contestó.
—¿Sí?
La respiración pequeña al otro lado.
—¿Mamá?
A la madre se le quebró la cara. Tardó un par de segundos en encontrar voz.
—No soy mamá, Clara —dijo al fin, y el nombre le salió como si le arañara—. Soy yo. Soy tu hermana.
Se oyó un sollozo diminuto, como un pájaro herido.
—¿De verdad eres tú?
—Sí, Clara.
El nombre, dicho en voz alta, pareció cambiar la temperatura del pasillo.
—¿Dónde está mi nombre? —preguntó la niña.
—Aquí, cariño. Está aquí conmigo.
—¿Y yo?
—Tú también estás aquí.
La niña no entendió. La madre lo percibió, como si el silencio tuviera forma.
—Tengo frío —dijo Clara.
La madre apretó el auricular contra su oreja, como si pudiera acercarla al calor.
—Ya no tienes que pasar frío —susurró—. Ya no.
Hubo otro silencio largo.
—¿Me vienes a buscar?
La madre cerró los ojos. Le costó hablar.
—No puedo ir. Pero puedo quedarme contigo… cada noche que quieras.
—¿A qué hora?
—A las tres.
La niña suspiró, de alivio o de cansancio.
—Vale.
Y antes de colgar, añadió algo que dejó a la madre quieta, con lágrimas en el cuello:
—Dile a mi papá que yo me acuerdo de él.
Clic.
Desde esa noche, las llamadas siguieron durante días. Siempre a las tres, siempre con la misma voz infantil que buscaba calor y nombre. La madre hablaba con ella en el pasillo a oscuras, con frases simples y temblorosas. A veces la conversación duraba un minuto; otras, más. Nadie escuchaba más de lo necesario. Era una intimidad hecha de dos mundos que se rozaban.
Una semana después, el teléfono no sonó.
La madre se despertó igual, esperando el timbre, pero la casa permaneció inmóvil. Tampoco sonó la noche siguiente.
La abuela dijo solo:
—Se ha ido.
Nadie lo discutió. Nadie se atrevió a pedir detalles.
A la mañana siguiente colocaron una de las fotos de Clara en el aparador del salón. La niña aparecía con un vestido de cuadros, con una cometa en la mano, sonriendo como si el aire le perteneciera. Bajo la foto, escribieron su nombre en un papel limpio: Clara.
El teléfono viejo lo dejaron también allí, en un rincón del aparador, sin línea y sin cable, como una silla que se reserva a quien ha estado.
Nunca volvió a sonar.
Pero desde entonces, cada vez que alguien pronunciaba aquel nombre, la casa parecía menos cerrada, menos pesada. Como si al fin hubiera aceptado que algunas cosas no regresan, pero tampoco desaparecen del todo. Y que a veces, durante unas noches exactas, el pasado llama solo para comprobar que su nombre sigue viviendo en algún sitio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario