domingo, 15 de diciembre de 2019

Como un rio

Torrente nacido en la agreste montaña, 
cristalina agua que corre libre entre los surcos de la tierra, entre las rocas, nieve que el sol calienta en agua, sangre mía se convierte. Al fin encuentro un cauce por el que discurrir mis días.

Mi lecho lleno de guijarros, arrancados de la montaña virgen,  mi agua pura como está, escasa pero limpia, corre con prisa gritando ingenuamente su monótona estrofa.

Con el tiempo mi fuerza he perdido, he notado el peso de un caudal que se hace cada vez mayor. Crecen a mis orillas arboles frondosos. Yo soy un mundo. Estoy vivo porque en mí viven otros.

Alguien, una muchacha,  refleja su bello rostro sobre mi lecho. Quisiera arrastrarla conmigo hacia lugares donde jamás ojos humanos han llegado. Más ella sigue mirando impasible, de pie. De pronto ha arrojado una piedra y su rostro se ha distorsionado y ha desaparecido, pero la piedra ha caído lentamente al fondo, mientras todo el lecho se estremecía en circulares ondas.

Mientras tanto llegarán las lluvias, llegaron ya torrenciales, golpeando con fuerza, aumentando más y más mi caudal pero revolviéndolo todo, enturbiando el cristalino seno.

El lodo se apodera de mis orillas, nadie puede ya reflejarse como en un espejo, no podré tampoco contemplar a aquella muchacha, esos arboles, ese cielo azul... Todo está oscuro y gira turbio sobre y dentro de mí. Hasta cuando? Hasta que las tormentas pasen.

Quisiera anegar todo, quisiera cubrir la tierra toda con mi agua...más no, me perdería, prefiero mi profundo cauce y el remanso de esos arboles. Es más cómodo. Está hecho.

Sin embargo llegará un día, el estío y secará mi cauce y dejará al descubierto mis entrañas y me moriré sin esa agua que me cubra, prefiero la inundación!

Pasará el tiempo y un día encontraré mi fin: un mar sin límites, un vacío enorme en el que me diluyo y me confundo más seguiré vivo mientras la nieve de la montaña regenere mi caudal. Seguiré lleno de vida.

Simple historia la mía. Solamente quiero ser un río tranquilo, apacible, limpio al pie de una frondosa arboleda, bajo un cielo azul o una noche estrellada, sintiendo las gotas de lluvia, como una caricia, escuchando el canto de los pájaros, del viento contemplando ese rostro que en mí se refleja con el deseo de que en ninfa se convirtiera...

Más el peligro acecha, espera en cualquier recodo, en cualquier momento. Negros seres de negras mentes pretenden envenenar mi sangre quieren quesea como sus oscuras cloacas, refugio de ratas inmundas, paraíso de la muerte quieren que forme parte de la red de colectores de su sistema. No lo consentiré. La vida morirá en mí pero ellos también conmigo.

Pamplona. Agosto 1982

viernes, 13 de diciembre de 2019

Muere la vida

Muere la vida lentamente, 
con penoso esfuerzo pasan los días 
y después que estos se pierden en el recuerdo, 
¡que breves me parecen!. 
La luz de la bombilla fúlgida 
brilla como una estrella  
que me quema las pupilas. 
La voz de alguien que por la radio habla 
me suena hueca, grave, fría. 
La habitación duerme 
atravesada por un gélido halo que me estremece. 
Todo está tan quieto. 
¿Existo?

Si, 
la tinta corre por la pluma 
y emborrona las cuartillas pero... 
no, no es suficiente, 
es necesario algo más. 

Estoy aquí, 
frías las manos, 
la mente turbia, gris. 
En mis oídos bulle un monótono canto, 
es la música de la vida, 
como una vulgar opereta. 
Silencio, deseo. 
Me siento: mi corazón late. 
Pienso: No, no es suficiente

La vida dormita en esas montañas de mi infancia, 
en esas largas avenidas asfaltadas, 
en esos libros un día leídos, 
hoy olvidados entre el polvo y la palidez de sus páginas amarillentas, 
en esas habitaciones vacías, llenas de soledad, 
en esos largos pasillos, 
en esas tardes heladas, 
en esos rostros, 
en sus miradas, 
en esos recuerdos

Las ventanas de las casas cerradas están... 
pero a través de los cristales miran oscuras sombras 
que brillan reflejadas en la superficie pulida y transparente, 
iluminadas por la palidez cetrina de sus rostros. 
Fantasía

Gotean pesada, 
regularmente, los grifos, 
como otra muestra del paso del tiempo. 
Tic, tac, cloc, cloc 
como si ese lento caer de la gota 
se hubiera transformado en otra extraña forma de medir nuestra vida. 
El grifo está roto. El agua seguirá cayendo. El tiempo...

Relámpago ciego 
como culebra brillante que retorcida te estrellas 
y conviertes en erial la tierra 
y sin dejar rastro marchas. 

Símbolo imposible: 
luna, 
sol, 
atardecer, 
soledad, 
I... 
palabras, 
sensaciones, 
ilusión, 
esperanza- 
Quien?, 
Cuando?, 
Dónde?, 
Cómo?. 
Demasiadas preguntas...

La vida sigue muriendo inexorable. 
No, no es suficiente esperar. 
Vivir  nunca es suficiente. 
No he encontrado todavía la  respuesta. 
La búsqueda es larga, difícil. 
Las avenidas silenciosas me  acogen 
bajo la penumbra rojizo amarilla de una noche fría, 
de un otoño lluvioso.

No se adonde voy. 
Destino incierto. 
Estoy aquí: 
la mente oscurecida por la sombra gigantesca 
de mi figura reflejada en la pared, 
iluminado el rostro por esa bombilla fúlgida que me quema las pupilas. 
Estoy cansado. 
Los parpados se cierran 
y el sueño cubre con un espeso velo todos mis pensamientos. 
La tinta ha dejado de correr... 
Silencio.

Pamplona. Octubre 1982 

Azul cielo, blanquecina espora

Azul cielo, blanquecina espora que cae por entre los rayos, soñando una noche sin límites, resurgiendo luego en increíble alborada. 

Se estremecen las oscuras cuevas con el fuego sanguíneo de las madrugadas silenciosas. 

Las columnas tiemblan, se quiebran, se abren cautas, derrumbándose  ante el violento grito que surge de las profundidades. 

Arde la ciudad. Los edificios caen pesados, estrepitosamente humeantes.

Emergen sobre la extensa superficie llana de la mar onduladas olas que crecen y se elevan
y de pronto desaparecen en gigantescas cataratas. 

Los montes se levantan y erigen en su cumbre un monolito pétreo, todo un símbolo.

Duermen los espejos verdes, ciegos, bajo una cortina negra. 

La luna ríe, la luna llora y se refleja orgullosa sobre el espejo verde en la aurora. 

Azul cielo, pétalo rojo abierto a la luz del alba que se eriza en vibrante escalofriante la frescura del rocío de la mañana.

La yerba entredorada en el amanecer soñado humo blanquecino exhala. 

De la noche fría aterida surge la yerba negra, oscura convertida, cuando la luna ríe .

Una espada cae al abismo entre brumas escondido, desconocido, profundo. 

Arde el bosque. Las chispas encendieron el fuego rojo. 

El sol va muriendo y la sangre riega las praderas verdes.

Mientras tanto las avispas gigantescas picotean el agua de las charcas y penetran en las profundas simas donde el rio fluye y oculto mece el cristal de agua, que en un hilo cae transparente. 

La sima sin sueño acoge oscura los efluvios de la noche sin límites.

Abiertas las heridas, abierto el corazón que palpita sin cesar, la sangre no encuentra cauce por donde correr y en catarata se estrella contra las rocas.

El sol ha muerto, la oscuridad de nuevo. 

La sima sin sueño acoge en su seno el último rayo de luz.

Las nubes enturbian los espejos verdes haciendo llorar a la luna y las amapolas marchitas desaparecen.

Azul cielo, blanquecina espora que vuela libre por el espacio infinito, perdiéndose en ese abismo neblinoso, onírico, hermoso del sueño, de la imaginación de...

Pamplona. Octubre 1982 

lunes, 9 de diciembre de 2019

El miedo


Temible, sombrío, 
el miedo nos atenaza en cualquier momento de nuestra vida. 
Nacemos con él, 
indefensas criaturas, 
en el mismo instante en que vemos el primer rayo de luz, 
en ese instante en que rompemos a llorar, 
ante este mundo hostil y extraño.

Nos acosa en la infancia, 
en esas noche oscuras de insomnio,
cuando la penumbra encierra un secreto fantasmal y terrible que acecha junto a nuestra cabecera, 
cuando se desata el viento en la atronadora tormenta 
y crujen los cristales 
y los arboles se agitan como gigantescas figuras, 
trazando ante la ventana, tétricas sombras 
que se reflejan en la pared de la habitación, 
cuando el silencio oscuro de la casa solitaria nos inquieta 
y quisiéramos oir, de pronto, 
la voz de algún familiar que regresa. 

La infancia se pierde atrás,
olvidada entre el polvo de los juguetes que nunca más se usarán. 
Nos hacemos mayores, 
pero el miedo no desaparece, 
se multiplica en cada minuto de nuestra existencia. 

Una figura nos persigue a altas horas de la madrugada 
por una calle desierta. 
Los latidos se aceleran, 
la sangre corre más rápida 
y ese sudor frío...

El timbre suena como un grito desgarrador, 
pero al otro lado de la puerta no se oye ninguna voz familiar. 
Silencio

La tierra tiembla bajo nuestros pies. 
Todo parece querer desplomarse. 
Muerte. 
Miedo. 
Espanto. 
Terror.

Es la amenaza constante que pende, 
como Espada de Damocles, 
sobre nuestras cabezas. 
El daño, el peligro que, 
tarde o temprano,
nos atrapará en esa telaraña gigantesca.

El tiempo corre 
y el monstruo negro se abalanzará sobre nuestros cuerpos. 
Mientras tanto 
la percepción viva del peligro que nos acecha 
nos sobrecogerá el ánimo, 
nos erizará los cabellos 
y casi sin darnos cuenta estos se volverán grises o tal vez blancos.

Ya en la edad senil 
las arrugas surcando el rostro, 
lacerando aquel que, en otro tiempo, fue terso y suave, 
nos avisarán de que Ella llegará pronto.

El tiempo se hace odioso: 
nos empuja con parsimoniosa tranquilidad 
hacia ese corredor oscuro y sin retorno.

El miedo se agiganta, 
se agita como aquellos arboles de nuestra infancia... 
Soledad, 
angustia... 
Y un día cualquiera, 
en una noche de insomnio, extraña y oscura, 
-el día habrá sido como otro día cualquiera-, 
alguien, algo se acercará junto al lecho 
sí, como en aquellos años, 
sintiendo esta vez, de verdad, su helada presencia... 

Y todo habrá acabado...hasta ese miedo.

Somos miedo hecho carne. 
Moriremos de miedo porque vivimos con él hasta el fin.

Pamplona. Noviembre 1982 

domingo, 8 de diciembre de 2019

Bajo tierra

La noche descubre su velo negro 
y lo extiende sobre la tierra. 

El cielo centellea en mil puntos:
las estrellas, 
que se encienden y se apagan brillando, 
como el cirio, en aquella casa negra, 
tras las ventanas polvorientas donde una sonata monótona de voces susurrantes 
repite una mortecina estrofa.

Pedazos de nubes blancas en el oscuro azul. 
El rio silencioso calla. 
Un viento helado 
atraviesa lo campos 
sacude las hojas de los arboles.

La casa negra enmudece. 
El cirio se ha apagado. 
Un sollozo ahogado 
rasga la quietud de la casa negra

La estrofa mortuoria 
se eleva por entre las ventanas cerradas 
hasta los arboles,  
hasta el río, 
hasta las nubes que revolotean en el azul oscuro

La noche ha muerto. 
El sol brilla de nuevo en una mañana blanca, 
blanca luz, 
blanca casa... 
los arboles y el rio brillan con un tono blanquecino.

De la casa blanca sale una triste comitiva. 
En la noche negra murió  la niña del alba. 
Del color de las almendras eran sus ojos, 
como los rayos del sol, 
rubios sus largos cabellos eran, 
cayéndole sobre la blanquecina cara. 
Blanco es también hoy el manto 
que a su última morada lleva

Al cerro de los muertos van, 
cruzando el camino rojo, 
ya la llevan a enterrar

Los pájaros no cantan, 
el río escucha, 
los arboles callan.

Ya cae el polvo sobre el féretro blanco, 
pero por más que quieren cubrirla con la tierra
el aire, el viento, 
a la luz de la mañana muestra de nuevo la blanca caja

Bajo la tierra al fin está. 
La negra muerte se la ha llevado en la fría noche. 
Aquí su cuerpo dejó bajo la tierra. 
Dormirán sus helados huesos  un sueño sin fin entre la nada.

Pamplona. Noviembre 1982

Deja que el tiempo pase

Deja que los días huyan

que las hojas del calendario se las lleve el viento
como esas del otoño amarillento
volando por el espacio
de lo que es y no puedo tocarlo
de lo que vivo y sin embargo no veo
de todo aquello a lo que me dirijo y deseo.

Deja que los años transcurran
que las imagenes del pasado
en el foso de los recuerdos dormiten
como esos fantasmas de los sueños
que vienen y que van
escribiendo en mi mente un extraño e  irreal cuento

Deja que tu vida pase
que el tiempo queme
esas horas
esos días
esos años
tantos momentos que hubieras querido apresar para siempre
pero que huyeron para nunca regresar.

Dejalo, ya que es imposible detener la acelerada marcha
de lo que existe, envejece y muere
ya que es imposible hacer algo para que no ocurra

¿Sonries?.
Conformismo ante la fatal evidencia de  lo que somos

Si. No digas deja
di toma, vive, coge
no sea que volviendo la vista atrás no veas nada

De tan estoica manera de existir
suele quedar el vacio y la inutilidad de lo que desconocemos:
el rumbo de nuestra propia vida.

Pamplona. Septiembre 1983 

Microrrelatos: Mirando hacia atras

..Mis recuerdos son como luces en la noche tras las que se esconde una imagen borrosa tomada, empañada por el frio del presente, tras haber salido, de repente, del acogedor calor del pasado

Entro en una habitación de la casa y pienso:

"Es la misma, el mismo lugar visto tal vez 10 o 12 años atrás pero...

¿Soy yo... el que hoy como ayer me asomo a esta puerta y miro... con esa mirada perdida hacia mi interior, hacia adentro, hacía ese ayer... buscando esa otra mirada de un niño, un niño que iba creciendo poco a poco, ascendiendo azulejo tras azulejo de la cocina, un niño al que le quedaban enormemente grandes todas las cosas de la casa, aquel niño, aquel "enano" que asomaba la cabeza sobre la mesa, a la hora de comer y que colgaba los pies, balanceándolos en la silla?

Soy yo el que recuerdo, pero soy tan distinto que creo ser otro.

Esas sensaciones ahora recreadas son el único lazo de unión con aquel otro que se me pierde, al que confundo pareciéndome tan lejano, diferente y extraño

Pero me veo, me palpo  y soy el mismo,  quizás un poco más viejo, más cansado...

El tiempo pasa, y como tú, el paisaje se transforma:  un árbol, ayer arbusto, se erige hoy alto y sereno hacia el cielo,  una casa antigua se ha convertido en árido solar vacío  o en un gigante frío de acero y cristal,  un niño ayer, hoy un joven, un viejo, mañana quizás muerto y olvidado

Todo se somete al imparable mandato del tiempo

Cambiamos...pero somos los mismos

Pamplona. 1984 

viernes, 6 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Tarde otoñal

La plaza está vacía. Ya no se oye el rumor de los pájaros desde los altos aleros de las casas de piedra, piedra bañada por mil vientos, dura y tosca como la de la fuente de verdín cubierta sobre la que resbala silenciosa la cristalina agua. 
Desde el cielo blanquecino, casi gris, un pequeño pajarillo ha caído sobre el frío suelo de la plaza. Monotonía en el ambiente. Una suave lluvia ha empezado a caer. Las gotas golpean su frágil cuerpecillo cubierto de plumas. Quejumbroso se arrastra con el pico entreabierto sin fuerzas para gritar entre la creciente maraña de amarillentas hojas agolpadas bajo las mustias copas. El agua sigue cayendo imperturbable sobre la fría roca. La tarde parece expirar un gélido aire. Por entre los hayedos del cercano monte un olor a fresco, a humedad perfuma cada rincón del pueblo. Pronto saldrán los niños de la pequeña escuela y romperán el silencio monótono de la tarde parda otoñal con la algazara de sus voces infantiles. Un caminante ha llegado al pueblo. Entre los soportales de la plaza contempla con aspecto cansino la triste tarde. Desde la cercana taberna un olorcillo a recio aguardiente le sacude los sentidos, Sin pensarlo apenas,  vuelve sobre sus pasos y entra en la taberna. La plaza vacía está, suena una campanilla. Tumulto de voces que bajan por la estrecha calleja y sus cantos y sus risas y sus voces rompen la monotonía de la tarde y del ambiente y el agua de la fuente ya no resbala silenciosa y acelera su pulso y la lluvia ha dejado de caer y allá junto a un árbol se amontonan en corro un grupo de niños, Uno de ellos sostiene entre sus manos al pequeño pajarillo. Al poco tiempo, en la plaza solo queda el silencio, el rumor de las hojas del agua de la fuente y allí, en la lejanía, el murmullo de unos niños que a su casa marchan. Ha dejado de llover y entre el blanquecino cielo se ha abierto un claro, un ancho claro, por entre el que se escurren plomizos unos tímidos rayos de sol.

Pamplona. 1981 

Microrrelatos: Gato negro

Eres tú, oscura silueta, una imagen que me persigue a través de los lugares y el tiempo: 
Tras la ventana, quieto, imperturbable. Observas curioso e impasible lo que en el interior de la casa bulle o tal vez dormita. Enigmático, misterioso, caminas silencioso por alguna calle desierta de la ciudad y de vez en cuando te detienes ante un montón de basuras, y hurgas y escarbas y vuelves a andar y te pierdes en la lejanía, detrás de aquella esquina. O en ese pueblo perdido, sigiloso sobre las tapias, en la noche más oscura, en el silencio más profundo reflejando en tus brillantes pupilas la blanca y pálida figura de la luna. Sobre la arena de la playa, en la hora de la medianoche observando con temor las aguas del mar. Entre las rocas, saltando veloz, subiendo escarpadas paredes. Si el día te sorprende esquivo, huidizo, huraño te muestras y a la búsqueda de tu negro escondrijo corres. Eres tú, extraño animal, la noche hecha vida, el misterio, el temor, la superstición, la muerte. Siempre en la penumbra, bajo la tenue luz de las bombillas amarillas, de la luna o de los atardeceres, en la oscuridad de los lúgubres días grises. Oh, gato negro, símbolo de algo que no acierto  a desentrañar pero que me sigue entre la penumbra, el crepúsculo, el temor de mi propia vida,

Pamplona. 1982 

Silencio en la noche

Había llegado a aquella mansión pocos  antes del 1 de noviembre, en los sombríos días del mes de octubre. La aureola de leyendas que escondía aquel lóbrego y apartado lugar, unido  a un cierto deseo de descanso y meditación me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad inherente a mi extraño carácter había sido el  detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles. Se respiraba una atmósfera de recogimiento, que desprendían tanto aquella mole de piedra como  sus taciturnos y escasos habitantes, con los cuales  apenas hable: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su mansión en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña  temporada. Tal fue mi caso. Así pues yo me encontraba allí en calidad de huésped. Y en estos días otoñales yo era el único huésped de la lóbrega mansión, o al menos eso creía.

Había llegado al caer la tarde de un grisáceo día. Apenas cené y temprano me retiré a mi habitación. Más el sueño inexplicablemente no me llegaba y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu,  el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oir vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. Quería pensar que lo que sentía en aquellos momentos era fruto del ambiente de aquella casa, pero mis esfuerzos por tranquilizarme eran inútiles. En la oscura tiniebla de mi habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, las voces, murmullos o  el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos. Y el silencio estaba lleno de extraños rumores. Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche.

Con suavidad abrí  la ventana y el chirrido de los goznes se escapó suavemente, debido tal vez a su poco uso como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frio golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los arboles y un fugaz resplandor. Luego nada, silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana, Me quedé inmóvil  durante un rato cuando comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche, doce campanadas lentas, sordas...Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por estos lugares a propósito de este día. De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, ya que de lo contrario, iba  a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme, me encaminé hacia la biblioteca, con el corazón encogido por el miedo. Un sudor frio recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. De nuevo, en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a leer, entre nervioso y  y preocupado las páginas de aquel  libro amarillento por el paso del tiempo. Sin darme cuenta, mis ojos se  cerraron y  entré en un profundo sueño. Las horas habían pasado lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron  que me despertase. Abrí los ojos. El temor había desaparecido. La noche había felizmente pasado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. Un silencio que sin embargo, ahora, era  roto monótonamente por un pausado gotear. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos al techo: un gota oscura se filtraba entre las rendijas de los pesados y largos tablones. Mi corazón volvió a acelerar su pulso. Un terrorífico presentimiento había inmovilizado mis músculos. A pesar de ello, me incorporé sobre el lecho y me aproximé hacia el lugar, a los pies de mi cama. Un sudor frio, helado me recorrió el cuerpo, mis ojos se abrieron desmesuradamente. Sobre el suelo se estaba formando un charco de sangre. Algo terrible había debido pasar aquella noche, pensé. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas. Todo giraba a mi alrededor e insistentemente veía dibujadas en sangre las palabras MUERTE. Un golpe seco. De nuevo el silencio. Oscuridad total. Todo había acabado. Silencio en la noche.

Pamplona. 1982 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Cuando ya nada se espera

El tiempo marcó sus huellas 
en los profundos surcos de su cara,
surcos de cansancio,
de dolor,
de frustración,
de engaño,
de trabajo.

 El tiempo hizo de sus negros cabellos
sedosos hilos de plata.
Las cuencas de los ojos hundidas,
el andar pausado,
la mirada triste

Se sentó en un banco de la solitaria plaza
rumiando su soledad
observando con infinita angustia
cada persona
cada árbol
cada edificio

Y pasó largo tiempo...
Y el viejecito seguía sentado en el banco amarillo
de la cada vez más solitaria plaza
Y comenzó a llover
Y el anciano no se movía
Hacía frio
Ya nadie pasaba
La noche llegó oscura
a la solitaria plaza
Noche de largo viento en la plaza vacía.

Al día siguiente alguien deparó en aquel anquilosado ser
y comprobó que el frio glacial de la muerte le había sorprendido la mañana anterior.
Rígido se mantuvo,  sentado en el banco
relegado con indiferencia en su lenta y silenciosa agonía


Soledad en el último tramo del camino.
La vejez nos sorprende arrancando nuestra ilusión,
nuestra fuerza juvenil, física y mental
nuestro idealismo,
Todo
Retornando a la dependencia de la infancia,
convertidos en un estorbo inservible para la familia
en un ser improductivo
en una carga para la sociedad.

Hombres que han trabajado,
que han dado toda su vida para esa familia
que han construido en parte el bienestar de esa sociedad
reciben como recompensa la soledad y el desprecio: ¡¡¡Viejo!!!

El pobre anciano comprueba con increíble tristeza como, sin darse cuenta,
se le ha escapado el tiempo de las manos
Su mundo, su único mundo es el de  los recuerdos
recuerdos que comparte con los amigos de su edad
recuerdos que glorifica, 
que añora
a los que cubre de una  especial nostalgia.
Es lo único que posee, lo único que no le pueden arrebatar.

Alguno rumiará solo, como el viejecito descrito,
con la mirada perdida en no se sabe donde,
esos recuerdos
esa agonía 
de aquellos que, como él, saben que no tienen futuro
esperando con temor ese momento trágico.

Temor a enfrentarse con la nada
teniendo esa misma nada detrás, 
en tu propia vida.

Trágico ser:
Nace, vive sin saber porque y para qué
y sin saber vivir le llega la muerte demasiado pronto
como para darse cuenta de su inevitable pérdida de tiempo.

Crueles e imbéciles los que hoy marginan a nuestros mayores.
No saben que mañana serán ellos los rechazados, los olvidados

Pamplona. 1983 

martes, 3 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Moscas

Negra, pequeña mosca familiar, siempre perseguida, compañera del verano, incluso hasta cuando en este momento, escribiendo estas líneas, sobre ni cabeza revolotea una y se posa muy cerca, sobre un libro, sobre la ventana, sobre la mesa. Ella es la última de este estío convertido súbitamente en otoño. Cuantos instantes me hacéis recordar, siempre a vuestra caza:

Cuando al despertar, y la luz entra por entre las rendijas de la persiana, vosotras os posáis, revoloteando, con un zumbido constante y molesto sobre mi  boca o o mis ojos y yo furioso me escondo bajo las sabanas, bajo la almohada.

Cuando al mediodía os acercáis a los platos rebosantes de comida, como osados comensales, sin que nadie os haya invitado.

O estudiando, en mi deseada concentración, hacéis una rápida incursión y de pronto os siento sobre mi cara y en el más absoluto de los silencios, zum, zumbido odioso que me hace perder la vista en el techo, siguiendo vuestro desigual, caprichoso vuelo, hasta que regresáis desde las alturas y revoloteando en torno a la luz de la lampara, acabáis posándoos en las páginas abiertas de un libro. Mientras, en mi mente bullen deseos de venganza y con la esperanza de recobrar la tranquilidad me acerco sigiloso, esperando el momento oportuno para descargar el mortal golpe.

Mosca pequeña, terrible huésped del verano. En cualquier lugar aparecéis y vais de un sitio a otro, moscas curiosas y bajo la araña de la habitación trazáis en el espacio extraños movimientos.

La ventana está abierta y por ella entran una y otra y otra y toda la habitación se ha convertido en un zumbido infernal y al grito de ¡moscas! empieza la cruenta batalla. Hoy el imperio del aerosol le ha quitado la emoción a la caza de las moscas. Aprietas un botón y a los pocos momentos, pobres moscas, mueren envenenadas en una desigual guerra química. Sin embargo, a pesar de vuestra odiosa compañía, oh, moscas seréis parte de mis pequeños recuerdos.

Pamplona. Septiembre 1982

Microrrelatos: La ciudad despierta

La ciudad emerge desde el fondo de la nocturna oscuridad y la calle amanece hoy entre una densa y espesa niebla. Los coches, escasos todavía, llevan sus faros encendidos. Las farolas aun no han sido apagadas. Sin embargo, inexorable, la ciudad recobra poco a poco su pulso cotidiano. Las camionetas de reparto dejan las cestas del pan y las cajas de la leche enfrente de las puertas de los establecimientos que todavía permanecen cerrados. 
Las callejuelas duermen el último sueño de una tranquila madrugada, en esos portales oscuros, fríos, que pronto se abrirán, en esos charcos helados por una gélida noche invernal. La ciudad renace en sus calles solitarias con el paso apresurado de un hombre de mediana edad, seguramente un trabajador, o de una joven muchacha, o de unos estudiantes con sus bolsos y sus libros, sus bocadillos envueltos en papel de aluminio; cada uno, cada día, caminando al encuentro de una larga jornada, monótonamente igual y aburrida. Se siente ya el bullicioso latir de los ruidos de las fábricas, de los motores de los automóviles... y a la niebla se asocian en virginal unión los humos de las altas chimeneas y de los tubos de escape... Van y vienen los verdes autobuses urbanos, y la gente espera y en pocos momentos aquellos se llenan a rebosar. Pasa el tiempo. En el reloj de la iglesia han dado las nueve. Las tiendas, los comercios, levantan sus persianas metálicas; las ventanas de las casas se abren, aireando las somnolientas habitaciones. Las gentes despiertan y salen  a la calle y van de aquí para allá. Mientras tanto la niebla se diluye, se eleva, va desapareciendo. La ciudad acaba de despertar.

Pamplona. Septiembre 1982

Microrrelatos: A la orilla del mar

Chocan las olas contra los arrecifes de la costa y la espuma enjuaga esa dura roca grisácea carcomida, quebrada por la fuerza del océano. 
Observo pensativo toda la grandeza de la mar verdiazulada, inmensa y en ese momento me siento pequeño imaginando al mismo tiempo cuan pequeño me sentiría de igual modo si en lo alto de una gran cumbre estuviera. Qué pequeños somos los hombres a pesar de nuestro orgullo y nuestra vanidad ante lo inabarcable de la naturaleza y el mundo y el universo que nos rodea. Olas como crestas que crecen y crecen sobre la superficie como si una gigantesca e invisible boca soplara sobre ella. Y de nuevo el sol, como otras tantas veces, tras la isla, a la entrada de la bahía, escondiéndose, ocultándose silencioso, quedando difuminado sobre la mar ese rojo sangre de los crepúsculos, se hundirá sobre el horizonte, bajo las aguas para volver a emerger sobre ellas al amanecer. Sol, isla, montes, playa. Isla pequeña, cubierta de arboles y rocas, peñasco solitario, montes verdes que bajo el mar hundís vuestros pies. Playa inundada hace horas por los cuerpos de los hombres, ahora en la noche vacía. Camino sobre la fría y blanquecina arena, perdido entre las difusas sombras de la oscuridad y de vez en cuando dejo que el agua moje mis pies, sintiendo el latido acompasado de ese enorme corazón que hace subir y bajar las aguas. Me siento sobre una roca y pienso y mis pensamientos solo son interrumpidos, de vez en cuando por alguna voz alguna pisada de alguien que como yo gusta de pasear, de noche, por este tranquilo paraje, con el ruido del mar como fondo. Y al otro lado, atrás, brillan las luces de la ciudad. Tengo que volver. Al alba, cuando la luz ilumine débil, pálidamente las tranquilas aguas, algunos barcos zarparán de puerto y se adentrarán mar adentro, entre las olas, perdiéndose en el horizonte. Cuando deje este lugar, yo, hombre de tierra adentro recordaré con nostalgia este mar, ese sol, aquella isla, esos montes esta playa porque son y serán mi sol, mi isla, mis montes, mi playa, mi mar.

Pamplona. Agosto 1982

Microrrelatos: Solo en la ciudad dormida

Silencio en las calles solitarias. Soy un noctámbulo perdido entre los estrechos callejones, un transeúnte desconocido. 
¿La ciudad duerme o esta muerta? Desde lo alto, allá  abajo, la ciudad se extiende, alumbrada, por pequeños cirios o velitas amarillentas. Nadie me observa. Nadie existe. Solo yo. Mi sombra reflejada en los viejos edificios, mis pasos el único ruido de la existencia. ¡Qué amargura! Y mis pensamientos, mi único acompañante. Preguntas y respuestas formuladas y contestadas por uno mismo. No puede ser posible que no haya nada más vivo en este mundo. Oscuro se ha tornado mi paseo. A un lado una increíble muralla, al otro viejos edificios. Bajo mis pies una mullida hierba  silencia el propio latir de mi existencia.

Oh!!!. Al fin, sobre la hierba he encontrado una gata apaciblemente echada, blanca con manchas marrones. Vida!!! Me inclino para acariciarla, más agresiva me muestra sus dientes, se incorpora y dando unos pasos hacia atrás huye, emitiendo un sonido gutural.

Algo más tranquilo miro desde la muralla hacia el cielo. Miles de estrellas salpican el negro firmamento.  ¿Qué hora será?. A pesar de todo, de la gata, de las estrellas, de las luces encendidas como velas, a pesar de todo ello quisiera encontrarme con algún ser humano que esté vivo, como yo, Vuelvo sobre mis pasos y de nuevo la luz, las calles solitarias. Sin darme cuenta mi pie ha tropezado con una lata vacía y el sonoro golpe ha retumbado con fuerza rompiendo la paz de la noche. Inmediatamente, desde dentro de una de aquellas casas se ha oído un exabrupto, un juramento y una luz se ha encendido tras una ventana. Acelero mi paso, ya más tranquilo al comprobar que todavía vive alguien en esta ciudad de la noche. 

Pamplona. Agosto 1982

jueves, 28 de noviembre de 2019

El espantapajaros

Andrajoso, quieto, callado...junto al camino te observé un día...
Me saludabas con tu silueta silenciosa y ese gesto de crucificado.
Sobre los campos florecidos de espigas sobresalía tu alargada figura.

Un día, alguien te puso una escoba en la mano...como queriendo incrementar tu dormida naturaleza de madera y trapo.
Te miraba todos los días y alguna vez creí ver como te movías y desaparecías entre aquel mar amarillo,
cansado de tu eterna vigilancia,
huyendo del sol implacable y la lluvia,
de las pedradas de los chicos,
de la mofa de aquellos a los cuales debías ahuyentar.

Los pájaros no volaban asustados;
se acercaban hasta tí
y se posaban burlones sobre tu sombrero de paja,
picoteándole con cruel avidez, hasta dejarlo medio agujereado, lleno de calvas y huecos;

Otras veces encima de tus brazos estirados
descansaban tranquilos, bajo la sombra que tu figura les daba
y luego se lanzaban sobre los campos amarillos para llenar sus buches.

El sol declinaba en el atardecer
y tu quedabas solo, recortándose tu negra silueta en el horizonte blanco rojizo.

El tiempo fue pasando
y los trapos envejecieron
y la escoba desapareció
y el sombrero sólo era una grotesca apariencia de lo que fue (como tú).

Los pájaros del anochecer anidaban en tus entrañas
y picoteaban ahora en lo que un día les asustó
luego les causó curiosidad
y al que más tarde se acostumbraron.

Tus ojos negros, cuencas vacíos sin fondo (amarillo calavera)
no lloraron, porque sobre tus pupilas
yacía el cadáver de un pajarillo atrapado.

Un día de verano te quise mirar desde el borde del camino
y no te encontré.
Me quedé mirando un rato por si, como ayer, habías huido
pero el vacío había ocupado tu lugar.

Caminé hacia un calvero, entre el mar amarillo
y allá yacían tus restos.
Una bandada de pájaros elevó su vuelo, sobre el cielo azul brillante,
perdiéndose en el horizonte.

Un mueca de horror se dibujó en mi rostro;
Sobre el suelo aparecía el cadáver de un hombre carcomido,
picoteado hasta la desesperación.

Corrí lejos, muy lejos
mientras una palabra recorría mi mente
¡Dios mío! EL ESPANTAPAJAROS

Pamplona, agosto de 1984 

miércoles, 1 de mayo de 2019

Soñé la noche

Soñé que la noche crecía como niebla
sobre mis cansados parpados
y en la oscuridad temida 
reviví los recuerdos añorados.

Sentí que tus ojos me miraban
y tu cuerpo era una sombra indefinida,
una grisácea pincelada de duda temblorosa
que erizaba los cabellos yertos de los muertos.

De la noche escapé, entre visillos negros,
para visitar aquella lúgubre morada
donde la luna fue sol y la piel quemada,
donde vinimos los instantes idílicos
de una existencia atormentada.

No encontré el lugar
no encontré la casa.
Pregunté al vacío,
me contestó: Nada.

Desperté en la noche,
me encontré muriendo,
no existió tu sombra
ni ningún momento
que soñar pudiera
pues estaba muerto.

Pamplona. 1986

Entre el ser y el querer

Al final de la jornada estúpida 
de vacíos y errores,
al final de la indefinible nada
al final de ese intento inútil que es ser feliz,
se encuentra siempre el conocido rostro de la resignación
o la caída en la batalla entre tu y el otro...que sois
lo mismo, la misma cara.
Combate inútil de frustración y esperanza

Pamplona. 1986