domingo, 15 de diciembre de 2019
Como un rio
viernes, 13 de diciembre de 2019
Muere la vida
Pamplona. Octubre 1982
Azul cielo, blanquecina espora
Pamplona. Octubre 1982
lunes, 9 de diciembre de 2019
El miedo
La infancia se pierde atrás,
Pamplona. Noviembre 1982
domingo, 8 de diciembre de 2019
Bajo tierra
Pamplona. Noviembre 1982
Deja que el tiempo pase
que las hojas del calendario se las lleve el viento
como esas del otoño amarillento
volando por el espacio
de lo que es y no puedo tocarlo
de lo que vivo y sin embargo no veo
de todo aquello a lo que me dirijo y deseo.
Deja que los años transcurran
que las imagenes del pasado
en el foso de los recuerdos dormiten
como esos fantasmas de los sueños
que vienen y que van
escribiendo en mi mente un extraño e irreal cuento
Deja que tu vida pase
que el tiempo queme
esas horas
esos días
esos años
tantos momentos que hubieras querido apresar para siempre
pero que huyeron para nunca regresar.
Dejalo, ya que es imposible detener la acelerada marcha
de lo que existe, envejece y muere
ya que es imposible hacer algo para que no ocurra
¿Sonries?.
Conformismo ante la fatal evidencia de lo que somos
Si. No digas deja
di toma, vive, coge
no sea que volviendo la vista atrás no veas nada
De tan estoica manera de existir
suele quedar el vacio y la inutilidad de lo que desconocemos:
el rumbo de nuestra propia vida.
Pamplona. Septiembre 1983
Microrrelatos: Mirando hacia atras
viernes, 6 de diciembre de 2019
Microrrelatos: Tarde otoñal
Pamplona. 1981
Microrrelatos: Gato negro
Pamplona. 1982
Silencio en la noche
Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron que me despertase. Abrí los ojos. El temor había desaparecido. La noche había felizmente pasado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. Un silencio que sin embargo, ahora, era roto monótonamente por un pausado gotear. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos al techo: un gota oscura se filtraba entre las rendijas de los pesados y largos tablones. Mi corazón volvió a acelerar su pulso. Un terrorífico presentimiento había inmovilizado mis músculos. A pesar de ello, me incorporé sobre el lecho y me aproximé hacia el lugar, a los pies de mi cama. Un sudor frio, helado me recorrió el cuerpo, mis ojos se abrieron desmesuradamente. Sobre el suelo se estaba formando un charco de sangre. Algo terrible había debido pasar aquella noche, pensé. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas. Todo giraba a mi alrededor e insistentemente veía dibujadas en sangre las palabras MUERTE. Un golpe seco. De nuevo el silencio. Oscuridad total. Todo había acabado. Silencio en la noche.
Pamplona. 1982
miércoles, 4 de diciembre de 2019
Cuando ya nada se espera
surcos de cansancio,
de dolor,
de frustración,
de engaño,
de trabajo.
El tiempo hizo de sus negros cabellos
sedosos hilos de plata.
Las cuencas de los ojos hundidas,
el andar pausado,
la mirada triste
Se sentó en un banco de la solitaria plaza
rumiando su soledad
observando con infinita angustia
cada persona
cada árbol
cada edificio
Y pasó largo tiempo...
Y el viejecito seguía sentado en el banco amarillo
de la cada vez más solitaria plaza
Y comenzó a llover
Y el anciano no se movía
Hacía frio
Ya nadie pasaba
La noche llegó oscura
a la solitaria plaza
Noche de largo viento en la plaza vacía.
Al día siguiente alguien deparó en aquel anquilosado ser
y comprobó que el frio glacial de la muerte le había sorprendido la mañana anterior.
Rígido se mantuvo, sentado en el banco
relegado con indiferencia en su lenta y silenciosa agonía
Soledad en el último tramo del camino.
La vejez nos sorprende arrancando nuestra ilusión,
nuestra fuerza juvenil, física y mental
nuestro idealismo,
Todo
Retornando a la dependencia de la infancia,
convertidos en un estorbo inservible para la familia
en un ser improductivo
en una carga para la sociedad.
Hombres que han trabajado,
que han dado toda su vida para esa familia
que han construido en parte el bienestar de esa sociedad
reciben como recompensa la soledad y el desprecio: ¡¡¡Viejo!!!
El pobre anciano comprueba con increíble tristeza como, sin darse cuenta,
se le ha escapado el tiempo de las manos
Su mundo, su único mundo es el de los recuerdos
recuerdos que comparte con los amigos de su edad
recuerdos que glorifica,
a los que cubre de una especial nostalgia.
Es lo único que posee, lo único que no le pueden arrebatar.
Alguno rumiará solo, como el viejecito descrito,
con la mirada perdida en no se sabe donde,
esos recuerdos
esa agonía
esperando con temor ese momento trágico.
Temor a enfrentarse con la nada
teniendo esa misma nada detrás,
Trágico ser:
Nace, vive sin saber porque y para qué
y sin saber vivir le llega la muerte demasiado pronto
como para darse cuenta de su inevitable pérdida de tiempo.
Crueles e imbéciles los que hoy marginan a nuestros mayores.
No saben que mañana serán ellos los rechazados, los olvidados
Pamplona. 1983
martes, 3 de diciembre de 2019
Microrrelatos: Moscas
Microrrelatos: La ciudad despierta
Microrrelatos: A la orilla del mar
Pamplona. Agosto 1982
Microrrelatos: Solo en la ciudad dormida
jueves, 28 de noviembre de 2019
El espantapajaros
Me saludabas con tu silueta silenciosa y ese gesto de crucificado.
Sobre los campos florecidos de espigas sobresalía tu alargada figura.
Un día, alguien te puso una escoba en la mano...como queriendo incrementar tu dormida naturaleza de madera y trapo.
Te miraba todos los días y alguna vez creí ver como te movías y desaparecías entre aquel mar amarillo,
cansado de tu eterna vigilancia,
huyendo del sol implacable y la lluvia,
de las pedradas de los chicos,
de la mofa de aquellos a los cuales debías ahuyentar.
se acercaban hasta tí
y se posaban burlones sobre tu sombrero de paja,
picoteándole con cruel avidez, hasta dejarlo medio agujereado, lleno de calvas y huecos;
Otras veces encima de tus brazos estirados
descansaban tranquilos, bajo la sombra que tu figura les daba
y luego se lanzaban sobre los campos amarillos para llenar sus buches.
El sol declinaba en el atardecer
y tu quedabas solo, recortándose tu negra silueta en el horizonte blanco rojizo.
El tiempo fue pasando
y los trapos envejecieron
y la escoba desapareció
y el sombrero sólo era una grotesca apariencia de lo que fue (como tú).
Los pájaros del anochecer anidaban en tus entrañas
y picoteaban ahora en lo que un día les asustó
luego les causó curiosidad
y al que más tarde se acostumbraron.
Tus ojos negros, cuencas vacíos sin fondo (amarillo calavera)
no lloraron, porque sobre tus pupilas
yacía el cadáver de un pajarillo atrapado.
Un día de verano te quise mirar desde el borde del camino
y no te encontré.
Me quedé mirando un rato por si, como ayer, habías huido
pero el vacío había ocupado tu lugar.
Caminé hacia un calvero, entre el mar amarillo
y allá yacían tus restos.
Una bandada de pájaros elevó su vuelo, sobre el cielo azul brillante,
perdiéndose en el horizonte.
Un mueca de horror se dibujó en mi rostro;
Sobre el suelo aparecía el cadáver de un hombre carcomido,
picoteado hasta la desesperación.
mientras una palabra recorría mi mente
¡Dios mío! EL ESPANTAPAJAROS
Pamplona, agosto de 1984
miércoles, 1 de mayo de 2019
Soñé la noche
sobre mis cansados parpados
y en la oscuridad temida
Sentí que tus ojos me miraban
y tu cuerpo era una sombra indefinida,
una grisácea pincelada de duda temblorosa
que erizaba los cabellos yertos de los muertos.
De la noche escapé, entre visillos negros,
para visitar aquella lúgubre morada
donde la luna fue sol y la piel quemada,
donde vinimos los instantes idílicos
de una existencia atormentada.
No encontré el lugar
no encontré la casa.
Pregunté al vacío,
me contestó: Nada.
Desperté en la noche,
me encontré muriendo,
no existió tu sombra
ni ningún momento
que soñar pudiera
pues estaba muerto.
Pamplona. 1986
Entre el ser y el querer
al final de la indefinible nada
al final de ese intento inútil que es ser feliz,
se encuentra siempre el conocido rostro de la resignación
o la caída en la batalla entre tu y el otro...que sois
lo mismo, la misma cara.
Combate inútil de frustración y esperanza
Pamplona. 1986
















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