martes, 28 de abril de 2026

El ángel de la carretera

Volvía tarde a Pamplona por la carretera vieja de San Sebastián, con el Seat 850 resoplando y el parabrisas rayado por una llovizna fina. Habíamos apurado más de la cuenta el café en Tolosa. En la radio sonaba, casi a trompicones, cuando quería, una canción de Los Brincos, y cuando no, la emisión parecía un zumbido de abejas viejas. En el cajón de la guantera, descansaban una linterna con pilas y un rosario de mi madre. Nada más.

A la altura de la travesía de Betelu se espesó la niebla. Apagué la radio para estar más atento a  la carretera  y dejé que la calefacción me soplara  los tobillos. Curva, recta, curva: el bosque asomaba por entre los faros.

Fue en una recta antes de encarar el puerto de Azpiroz cuando la vi. A la derecha, en la cuneta, una chica levantaba la mano, recta, sin aspavientos, envuelta en una chaqueta clara y una falda oscura que el agua pegaba a sus piernas. El pelo negro, sujeto con una diadema; los ojos grandes, asustados, pero sin llegar a ser histéricos. Bajé la velocidad, puse el intermitente, miré por el retrovisor,  por si la Guardia Civil andaba cerca y me arrimé al arcén.

—¿Vas a Pamplona? —preguntó, sin rodeos, asomándose al marco de la ventanilla. Tenía una voz limpia, de internado, con algo de frío.

—Sí. Sube.

Abrió con cuidado, como si no quisiera mojar la tapicería, y se acomodó encogida, pegando las manos al bolso. Olía a agua y a algo dulce, quizá una colonia de las de antes. Cerré la puerta. El coche vibró.

—¿De dónde vienes? —pregunté, más por cortesía que por curiosidad.

—De San Sebastián —dijo—. Me he quedado sin combinación… y ya sabes cómo es esto.

Asentí. Yo también sabía: autobuses que no esperan, paradas sin marquesina, un mundo que se apaga temprano. Miré de reojo. Era guapa de una manera antigua: ojos firmes, pómulos limpios, la diadema puesta con precisión. Se frotó los brazos.

—Si quieres, sube la calefacción —propuse.

—Gracias. No hace falta —dijo, pero luego estiró un poco las manos hacia el aire tibio que salía de las rejillas de la calefacción, como quien se concede un  pequeño lujo.

La carretera comenzó a ganar altura. En la cuneta apareció un crucero de madera con un ramo húmedo. Siempre me impresiona cómo el duelo aprende geografía. La chica lo miró sin girar la cabeza, como quien conoce cada señal.

—Te dejo en Cuatrovientos si te parece —dije—. cerca de la Estación. De ahí tendrás autobuses o taxis.

—Sí —dijo—. Me viene bien.

Nos callamos un rato. Los faros de algún Pegaso nos daban de frente como bueyes con sueño. Cedí. Él también. La chica, a mi lado, respiraba leve, como si temiera enturbiar el cristal. Me di cuenta de que tiritaba.

—Toma —le ofrecí mi americana, que llevaba en el asiento de atrás—. Está seca.

—No —dijo de primeras, con vergüenza. Luego, sí. Se la puso sobre los hombros con cuidado. Me dio las gracias con un gesto mínimo.

La niebla hacía islotes en la carretera. Delante nuestra solo tres metros de asfalto nos pertenecían. Me vino a la cabeza un chiste, una tontería para aliviar, pero no me salió.

—¿Cómo te llamas? —arranqué al fin.

—No importa —dijo. No sonó hosca; sonó verdadera.

—Como quieras.

Nos acompañó otro silencio, este más cómodo. Luego, ella se inclinó apenas hacia adelante, como hacen los copilotos atentos, y señaló con una mano pálida.

—Despacio aquí —susurró—. Esta curva siempre se me resiste.

“Se me resiste”, pensé. La conocía. Frené. Los neumáticos besaron el asfalto con un quejido fino. La curva era de las que engañan: parece que cierran poco y se empeñan en cerrarse más. Pasamos.

—Gracias —dijo, y lo dijo como quien se quita un peso.

Azpiroz ya estaba detrás. Bajábamos. La niebla aflojaba, la lluvia no, al contrario, arreciaba con más fuerza. La vi sonreír por primera vez: una sonrisa breve, casi  de fotografía. Se ajustó la diadema, miró el cristal con mucha atención como si reconociera el lugar. Y entonces me dijo, con voz suave, sin drama, como se dice una dirección:

—Aquí. Para un momento.

Obedecí. No había arcén, sólo un respiro de cuneta junto a un tramo de quitamiedos viejo y una cruz apagada. La chica puso la mano en el salpicadero. Y dijo:

—Aquí me maté yo.

Giré la cabeza hacia ella. No estaba.

No hubo ruido de puerta, ni aire de fuga, ni agua en la moqueta. Nada. Sólo mi americana, doblada pulcramente sobre su asiento. Tardé unos segundos en entender que la respiración que oía era sólo la mía. El Seat seguía al ralentí, terco, como si nada en el mundo hubiese cambiado. Miré por el cristal: el quitamiedos abollado, la marca vieja de un golpe, una cruz rudimentaria con un ramo descolorido.

No recuerdo bien cómo arranqué otra vez. Sé que llegué a Cuatrovientos con las manos entumecidas y me apoyé en la barra del bar con el hambre súbita de los que acaban de llegar vivos. Pedí un café. El camarero —bigote corto, con delantal — me miró la tez de la cara.

—¿Le ha pasado algo? —preguntó con el usted automático de las madrugadas.

—He… He recogido a una chica en Azpiroz —dije—. Bajando me ha dicho… —no supe terminar—. En una curva. Aquí me maté yo.

El hombre dejó la cafetera en su sitio. No se rió. No me dijo “déjese de bromas”. No me llamó loco. Se secó las manos en un paño.

—No es el primero —dijo al fin, con la voz baja de los hechos viejos—. En el sesenta y tantos, una muchacha del internado de San Sebastián se salió en esa curva con un 600. Llovía. Dicen que iba tarde. Dicen tantas cosas. A veces avisa.

No hablaba de fantasmas. Hablaba como se habla del viento, de la nieve, de lo que sucede y pasa. Bebí el café de golpe. Una parte de mí quería reírse; otra dar las gracias.

Metí la mano en el bolsillo de  mi americana. Noté algo. Saqué la diadema. La misma: pálida, húmeda aún.

El camarero la miró, pesó el silencio y, como si ya supiera lo que debía yo hacer, señaló hacia la puerta.

—Si quiere, vuelva. Póngasela en la cruz. Ella sabrá.

Volví. Llovía con más intensidad. La carretera tenía algo más tráfico. Seguramente personas necesitadas de llegar pronto a casa para dar cuenta de una buena cena y un sueño reparador. Llegue al lugar. Aparqué mal, peligrosamente, con los intermitentes parpadeando. Crucé. El quitamiedos, la cuneta, el ramo viejo que olía a nada. Colgué la diadema con torpeza. No recé. Me aparté.

Cuando subí al coche, el asiento del acompañante seguía vacío, con la americana doblada, seca. Dejé el motor un momento en silencio. Me pareció —quizá fue sólo mi deseo— que el cristal del lado de ella se desempañaba desde dentro con la forma leve de una mano.

Al llegar a Pamplona, mi madre no preguntó por qué olía a colonia el forro de la chaqueta. Me puso en la mesa un plato de sopa y yo encendí la radio que me acompañó el resto de la cena.

No busqué la noticia en el Diario de Navarra ni pregunté en el internado. Una curiosidad sin motivo podría denotar un interés morboso y gratuito por mi parte. De vez en cuando, cuando subo por la vieja carretera hacia San Sebastián —pocas veces ya—, bajo un punto antes de esa curva. La saludo con el volante. Y, si es de noche y llueve, dejo en el asiento de al lado una chaqueta doblada, por si acaso.

Por si alguien levanta la mano en la neblina y dice, con voz limpia de internado, que baje la calefacción y que vaya despacio; por si  vuelve a señalar la curva y, antes de desaparecer, deja dicho, como quien deja una dirección en un sobre: Aquí me maté yo.

Escrito en Pamplona. 1987. Revisado en abril de 2026

domingo, 26 de abril de 2026

La estación de las 12:07

Nunca me fié de las estaciones pequeñas, de esas que parecen hechas para esperar más que para viajar. Andenes demasiado largos, bancos escasos, una máquina de café con el letrero de “en servicio” encendido desde sabe Dios cuándo, aunque nadie, jamás, pudiera asegurar haberla visto servir nada. La mía era así. Una techumbre de hierro cansado, goteras con memoria, relojes que daban una hora tan exacta que obligaban a dudar de la propia, y unos altavoces que pronunciaban nombres de ciudades con una monótona tristeza administrativa.

Llegué pronto. Demasiado pronto.

Llevaba un bolso ligero, un billete doblado en cuatro pares y esa sensación absurda de entrar en un lugar ya visitado, aunque no supiera cuándo ni por qué. Como si la estación me reconociera antes que yo a ella.

El tren apareció sin solemnidad. Primero fue una ráfaga. Luego, un zumbido largo, metálico. Después, el cuerpo entero de los vagones deslizándose junto al andén. Frenó con un lamento seco, como de tiza contra pizarra vieja, y dejó detrás un silencio enorme. Un silencio de iglesia cerrada, de misa que todavía no empieza.

Subí al coche 6. Asiento 12A. Ventanilla.

Un hombre con sombrero dobló el periódico sin mover apenas los dedos. Una mujer acariciaba el pelo de un niño sin mirarlo. Dos chicas se reían con la boca abierta, pero sin alegría en la cara. Eran detalles sin importancia. O lo habrían sido, en cualquier otro viaje. Allí, en cambio, todo parecía dispuesto con una precisión incómoda, como una escena repetida demasiadas veces y preparada, esta vez, para mí.

El tren arrancó con un tirón que no me movió. Afuera, los descampados empezaron a pasar como naipes barajados por una mano experta: casas bajas, huertos apretados contra muros desconchados, un perro inmóvil sobre un tejado, ropa tendida que no se agitaba.

No había viento.

Tampoco sombras.

Había luz, desde luego. Pero era una luz sin origen, igual por todas partes, una claridad plana que quitaba edad a las cosas. Me dije que sería el cansancio. Uno se dice muchas tonterías cuando todavía necesita creerlas.

El revisor llegó sin hacer ruido. No me pidió el billete. Lo señaló con la barbilla, como si supiera exactamente dónde lo llevaba guardado. Lo saqué más por obediencia que por trámite. Él lo tomó entre dos dedos, lo miró con unos ojos de color difícil, casi líquido, y pasó el índice por el papel.

Un frío perfecto, redondo, me subió por la mano.

Me lo devolvió sin sellarlo. Sonrió. Tenía la cortesía de los enterradores.

—¿Va lleno el tren? —pregunté, sólo para poner algo en el aire.

—Siempre —respondió.

No lo dijo como una información. Lo dijo como una corrección.

Cuando siguió por el pasillo, miré el billete. Entonces lo vi. No había destino. Sólo una fecha que no era la de aquel día ni la del anterior, un número de tren que no se parecía a ninguno conocido y, donde debía figurar mi nombre, una palabra breve. Me sonó a apodo antiguo. A algo que alguien me habría dicho de niño, en una cocina, con las manos manchadas de harina.

Sentí vergüenza. No supe de qué.

El paisaje fue perdiendo contorno. No porque el tren corriera más, sino porque el mundo parecía decidido a desdibujarse. Cruzamos un bosque que olía a pan recién abierto. Una fábrica sin humo dejaba escapar suspiros por las ventanas. Un río llevaba peces en fila, todos en la misma dirección, como si una cuerda invisible tirara de ellos.

Las vías no chirriaban en las curvas.

Dentro del vagón hacía una temperatura dulce, de manta limpia. Nadie hablaba y, sin embargo, yo oía conversaciones. La mía, sobre todo. Llegaba desde el pasillo, con mi voz, pero un poco más baja, un poco más vieja.

No pasa nada.
No te preocupes.
En un rato vuelvo.

Me levanté con la excusa de ir al baño. El pasillo estaba vacío. Sólo había una maleta pequeña junto a una puerta, y me pareció que dejaba un rastro leve, como si acabara de ser arrastrada por barro.

Volví deprisa.

Mi billete seguía sobre la mesilla. Igual que antes, salvo por una mancha de sangre en una esquina. La limpié con el pulgar. No manchó.

La mujer del niño empezó a tararear una nana. La conocía. La letra se me escapaba, pero la melodía estaba entera en algún rincón de mi cuerpo. Era la canción que mi madre cantaba cuando la fiebre subía y bajaba como una marea. Me giré para preguntarle dónde la había aprendido, pero el niño tenía los ojos cerrados con una seriedad impropia. No dormía. Aquello no era sueño. Era otra quietud. La de quienes ya han llegado.

El tren entró en un túnel sin aviso.

No se hizo de noche.

La luz continuó igual, obstinada, y en el cristal de la ventanilla apareció mi reflejo. Pero no era yo. O sí. Tenía un corte pequeño sobre la ceja, limpio, exacto, y un hilo rojo en la comisura de los labios. Me llevé la mano a la cara. Nada. Ni herida ni sangre. En el vidrio, en cambio, seguía allí.

Sonreí por cobardía.

El reflejo no me devolvió la sonrisa.

Busqué el móvil. No había cobertura. No había batería. No había móvil. Registré los bolsillos con esa torpeza rápida que da el pánico cuando todavía quiere parecer costumbre. Encontré una llave que no abría ninguna puerta de mi memoria, un recibo de un bar de estación —café solo, vaso de agua— y un papel doblado.

No sabía que lo llevaba.

Lo abrí.

La letra era mía.

“Hazlo rápido. No pienses.”

Quise doblarlo otra vez, pero las manos me temblaban con la discreción ridícula de los viejos cuando esconden malas cartas.

Entonces alguien tosió detrás de mí.

Me giré.

Había una chica de pie, apoyada en el respaldo del asiento anterior. Estaba empapada. Goteaba sobre el suelo con una educación triste, como quien pide perdón por entrar mojada en una casa ajena. No me miraba. Miraba por la ventanilla. Llevaba un abrigo claro, una bufanda pesada como una toalla escurrida y el pelo pegado a la frente. Olía a río. A piedra fría. A algo que ha permanecido demasiado tiempo bajo el agua.

—¿Todo bien? —pregunté.

Es lo que se pregunta cuando no se sabe qué preguntar.

—No —dijo ella—. Nunca está bien al principio.

—¿Al principio de qué?

—Del último viaje.

Lo dijo sin misterio, sin teatro. Casi con cansancio.

Me reí. Una risa pequeña. Mala. Necesaria.

—No creo en esas cosas.

—Ya —contestó—. Nadie cree. Hasta que sabe.

El tren salió del túnel como quien abandona una frase equivocada. Afuera sólo había campo, sol y nadie. Ni carreteras, ni animales, ni cables. El horizonte era una raya limpia, como en los dibujos de los niños cuando aún creen que el mundo cabe en una hoja.

La chica seguía goteando.

Pero el suelo no se mojaba.

El revisor volvió. Esta vez llevaba guantes. Se detuvo junto a nosotros, inclinó la cabeza ante la chica con un respeto que conmigo no había tenido, y ahora sí, me pidió el billete.

Se lo entregué.

Lo sostuvo en alto, lo rompió en dos con las uñas y los pedazos no cayeron.

—Próxima estación —anunció, con voz de sacristán—: Final.

Las dos palabras quedaron suspendidas bajo la lámpara del techo, batiendo alas pequeñas.

Nadie reaccionó. El hombre del sombrero siguió doblando noticias. Las chicas continuaron riéndose sin que se les arrugara el rostro. La madre besó la frente del niño con unos labios que no dejaron huella.

Yo tuve sed.

Me levanté buscando el vagón cafetería.

No había cafetería.

Sólo una puerta con un cartel: “No abrir”.

Y, por supuesto, la abrí.

Al otro lado no había pasillo. Había un andén.

Mi andén.

Mi estación.

La misma techumbre de hierro. Los mismos bancos contados. La misma máquina de café, luminosa, inútil, diciendo “en servicio”. Y yo allí, en el andén, de pie, mirando cómo entraba el tren. Mi abrigo. Mi bolso. Mi cara seria de persona que ya ha tomado una decisión y todavía finge esperar.

Vi mi boca moverse. No oí lo que decía.

Vi mis pies avanzar.

Uno.

Luego otro.

Demasiado cerca del borde.

Cerré la puerta de golpe.

El corazón me golpeaba la camisa como si quisiera salir antes que yo. Busqué a la chica mojada. No estaba. Tampoco el revisor. El vagón empezó a llenarse de ruidos que venían de muy atrás: hierro contra hierro, un grito que podía ser mío o de cualquiera, un claxon interminable, el aire abriéndose como una carta que nadie quería recibir.

Me senté.

No sé cuánto tiempo pasó.

El tren fue reduciendo la marcha con una delicadeza insoportable, la misma que tienen los coches fúnebres cuando cruzan despacio una calle estrecha. Luego llegó el silencio. Alguien anunció algo por los altavoces, pero no lo entendí. O no quise. Sonaron cuatro golpes leves en el techo, como si una mano invisible contara con los nudillos.

Las puertas se abrieron.

La gente empezó a levantarse.

Salimos al andén.

Al principio pensé: no es el mío.

Pero sí lo era. Los bancos. El reloj. La máquina de café. Las golondrinas invisibles. Todo. Sólo la hora había cambiado. O tal vez no. El reloj marcaba las 12:07. Siempre las 12:07.

Junto al borde del andén había una mancha oscura que no era aceite.

Los altavoces crepitaron con una voz gastada de repetir lo mismo demasiadas veces:

—Pasajeros del servicio especial con destino Final: rogamos no cruzar la línea amarilla. Gracias.

—¿Cuánto falta? —pregunté en voz alta.

A nadie. A todos.

—Nada —dijo el revisor detrás de mí—. Ya ha pasado.

Me giré.

Llevaba mi rostro.

No una máscara. No un parecido. Mi rostro. El corte en la ceja. El hilo rojo en la comisura. Mis ojos, esos ojos que no supe que eran míos hasta verlos fuera de mí.

Sonrió con mi sonrisa de fotografías antiguas.

—No —dije.

—Sí —respondió—. Lo hiciste. Saltaste.

Y entonces recordé.

No poco a poco. No como se recuerda una dirección o el nombre de alguien. Recordé de golpe, con una violencia clara.

La tarde. La lluvia sin decidirse. La llamada que no quise contestar. La carta doblada en el bolsillo: Hazlo rápido. No pienses. El andén vacío. Yo mirando el tren entrar como quien espera una absolución que ya viene tarde. Dos pasos absurdos. El bramido de un animal antiguo. El metal pasando, pasando, pasando. Y después, algo parecido a unas aves enormes tirando de mí hacia arriba, mientras el hierro cruzaba por el lugar donde mi cuerpo ya no estaba.

Quise correr hacia la salida.

Hacia cualquier parte.

Hacia donde regresan los que se arrepienten demasiado tarde.

No pude.

No había salida. Todas las puertas de la estación daban a la misma vía, y la vía tenía una sola dirección.

El tren silbó con dulzura.

—Es injusto —dije.

Era la única palabra que me quedaba.

—Es —contestó mi voz desde la cara del revisor—. Luego ya veremos.

La chica del abrigo mojado pasó junto a mí. Ya no goteaba. Tenía el pelo seco, ligero, casi nuevo. Al rozarme el codo con la manga, dejó una tibieza breve.

—Nunca está bien al principio —repitió—. Luego hay estaciones con bancos a la sombra.

El altavoz pronunció mi nombre. No el del documento. No el del billete. El otro. El de infancia. Lo dijo con una ternura torpe, como quien lee una lista procurando no equivocarse.

Subimos.

El tren olía a pan y a ropa tendida al sol.

El asiento 12A seguía allí. Mi ventanilla también. En el cristal, el reflejo tenía la ceja cerrándose y la boca limpia.

Cuando partimos, la estación quedó atrás igual de llena que siempre: un hombre con periódico, una mujer bostezando, una máquina de café anunciando un servicio que nadie esperaba ya.

La vía hacia delante era recta durante un tramo imposible. Al fondo, sin embargo, había una curva. Y no daba miedo.

No había prisa.

Podría llamar a aquello el último viaje. Sería correcto, quizá. Pero prefiero llamarlo la estación. Porque el horror no estuvo en el tren, ni en el revisor, ni siquiera en el recuerdo. El horror fue saberlo allí, en aquel andén conocido. Y la paz —un poco después, no a tiempo, nunca a tiempo— fue subir de nuevo, ya sin peso, con la certeza humilde de quien se ha equivocado para siempre y, aun así, escucha en la voz cansada de un altavoz la promesa de otra parada. Una cualquiera. Con bancos a la sombra.

La jaula confortable

Las calles rectas, largas, 
se pierden en su extensión 
sobre la línea del horizonte.
Infinitud de pétreos bloques 
se alzan sobre la vasta llanura, 
dibujando en sus lados 
pequeñas figuras paralelepípedas, 
iguales todas, 
como un gigantesco panal humano.
 
En su interior, 
minúsculas figurillas se remueven, 
gritan, andan de un lado a otro: 
VIVEN. si a esto se puede llamar vida.
 
En el imperio del plástico 
todo es uniforme, 
todo es simétrico, 
todo es perfecto. 
Las muchedumbres silenciosas permanecen 
sumidas en un mutismo hermético. 
Masa muda, sibilina, 
sepulcro de voces muertas, ahogadas, 
fluyendo en constante corriente 
por entre los huecos de las puertas 
que se abren y se cierran.
 
En el imperio de los botones de colores,
el dedo aprieta… una vez más y otra… 
clac, clac, y se encienden aquí y allá luces… frías.
 
Mueren las reliquias del pasado: 
los libros, extraña pila de hojas encuadernadas, 
los cines y teatros, oscuros lugares donde la gente 
presenciaba lúgubres proyecciones, 
raras representaciones, 
grandiosos espectáculos de la noche de los tiempos…
 
FELICIDAD. 
El hombre dejará pronto de trabajar. 
Los robots son nuestros esclavos. 
Las computadoras, leales, 
nuestras siervas. 
 
El PROGRESO es imparable. 
Adelante. 
Cuidado: quien controla el sistema 
lo hace bueno o malo.

Los pájaros no vuelan ya libres 
sobre los cielos azules. 
Un pájaro de metal escupe confeti brillante 
sobre las cabezas de los hombres.
 
Qué oscuro me parece todo 
a pesar de la luz 
del neón 
y del láser. 
Añoro el nostálgico pasado de los pueblos inexistentes, 
de las anárquicas ciudades, 
de las noches sin luz, 
de los callejones sin fin…
 
Volver al pasado. 
No, tampoco… 
¿Dónde está el ERROR?... 
No lo sé. La duda, otra vez.
 
¿Y por qué no ADELANTE, 
con ese crepúsculo,
con ese libro, 
con esa noche, 
con todo?... 
El hombre, la técnica.
 
Quiero escuchar la vida 
en sus múltiples vibraciones: 
el soplar del viento sobre las hojas, 
el grito sordo de una fiera, 
la canción de una muchacha, 
la lluvia sobre un charco azul, 
un beso largo… encendido en silencio, 
el AMOR…
 Es posible… o quizás es un sueño, 
una quimera.
 
La duda se me aparece como una sombra 
entre un claroscuro cavernoso, 
en un húmedo rincón enmohecido. 
El orden me asusta 
como una voz hiriente 
que, una vez sí y otra también, 
rompiendo el aire con ese sonido grave, profundo, 
me ordenará lo que debo hacer.

Alguien quiere iluminar
el futuro ennegrecido con ese orden.
NO, no quiero ni esas moles de piedracartón,
ni ese silencio,
ni esa uniforme ordenación
tan agradable a la vista
de las mentes racionales,
pero tan opresora.
La libertad es tan diversa
como un paisaje multicolor de primavera.

Encerrado estoy en una jaula de acero inoxidable, 
con puertas automáticas. 
Confortable.

Escrita en octubre de 1982. A los 18 años. Pamplona. Revisada en 2026

sábado, 25 de abril de 2026

Microrrelatos: Duermevela

La luna se vislumbra débilmente entre las oscuras nubes que cubren el cielo, inmenso océano negro. Tan solo su pálida esfera blanca ilumina el sombrío paraje: la tierra se extiende indefinidamente en un horizonte sin fin. El suelo, descarnado por innumerables grietas, simas que a cada momento parecen abrirse, como queriendo engullirme dentro de sus temibles abismos. Es tal la sensación de miedo que, cuanto más quiero alejarme de aquellas profundidades, aquel miedo, haciendo enflaquecer mis fuerzas, me hace perder el equilibrio y me empuja inexorablemente hacia ellas.

De pronto, una luz cegadora, deslumbrándome la vista, me hace perder el contacto con la realidad, sintiendo entonces cómo soy arrastrado hacia uno de aquellos abismos, como si una invisible fuerza, con unos invisibles brazos, me llevara a su seno. Siento que caigo en el vacío, dando vueltas y más vueltas, envuelto en una oscuridad absoluta. En esa acelerada carrera hacia el infinito creo reconocer rostros, situaciones ya vividas, conocidas, gestos, palabras que se repiten una y otra vez hasta perderse en la inmensidad. Una vez más siento esa luz cegadora, extraña luz que me hace perder las fuerzas, empequeñeciéndome hasta tal punto que no sé si existo o si soy fruto de mi imaginación.

Después de la luz, la oscuridad otra vez. Ha cesado ese vertiginoso movimiento de caída en el espacio. Siento que yago sobre una superficie inestable, tal vez un inmenso barrizal. A medida que pasa el tiempo, si es que acaso pasa, siento cómo mi cuerpo, desde los pies, se hunde en aquel barro viscoso, sin fondo. Unas manos parecen aferrarme por los pies, intentando que todo mi cuerpo se hunda en el fango. Una vez más, cuando estoy a punto de hundir mi rostro en aquella masa viscosa, casi sanguinolenta por momentos, esa luz de nuevo se apodera de mí y, con fuerza sobrenatural, logro salir de aquel lugar.

A partir de entonces mi cuerpo se eleva en el espacio y creo volar; mas, de improviso, siento que algo pugna por salir de mi interior: mi cuerpo, mi rostro, gira una y mil veces hundiéndose en el abismo del que momentos antes salí. Yo, YO sigo inerte en el espacio. Siento, no, veo, pero no tengo ojos, ni cuerpo; vivo. Una felicidad extraordinaria embarga mi espíritu. A la oscuridad de aquel espacio irreal le sigue una espantosa claridad...

Mi madre ha abierto la ventana y la luz cegadora de la mañana ha interrumpido bruscamente este extraño sueño. Sí, solo ha sido un sueño sin sentido, lo digo sin demasiada convicción... Una vez más remoloneo antes de abandonar definitivamente la cama.

Escrito el 12 de septiembre de 1981. Pamplona, con 17 años.

viernes, 24 de abril de 2026

Microrrelatos: El calor abrasa

El sol se encuentra en su punto más álgido, presidiendo, en el centro del azulísimo firmamento, la vasta llanura castellana. El aire abrasa los campos, los encinares, los caminos, antaño polvorientos, hoy cubiertos de una negra capa de asfalto. Los pueblos, diseminados aquí y allá a lo largo de esta Tierra de Campos, yacen abrasados por este calor que se pega y penetra hasta la médula. Los rayos del sol se estrellan contra las agudas torres de las iglesias que, aquí y allá, como si de las almenas de un imaginario castillo se tratase, jalonan la llanura. Gotas de sudor caen por mi frente, la luz deslumbra y ansío encontrar la agradable sombra de un árbol, allá en la lejanía. Solo la suave brisa producida por el propio avance de la bicicleta alivia mi fatiga y mi creciente somnolencia. Quema el sol las espigas de los inmensos trigales.

Atrás queda el pueblo, con su iglesia, sus silos y palomares —altas torres redondas, blancas y rojas—. Y a un lado, a cierta distancia, queriendo marcar la diferencia entre el mundo de los vivos y el de los muertos, allá, circundado por una alta tapia y una pequeña y sobria capilla, inmutable, silencioso, permanece el camposanto, sembrado de decenas de cruces alrededor de las cuales, como fruto y símbolo de la unión con la tierra, se erigen algunos cipreses —mástiles de soledad, como dijera el poeta—.

Acabo de dejar la negra carretera y enfilo un pedregoso y polvoriento camino que me conducirá, tras subidas y bajadas, hasta las orillas del canal, donde diviso una hilera de árboles. ¡Oh, alivio de mis sudores! Al fin encuentro un respiro a mi fatiga. Tras apearme de la bicicleta y dejarla junto a un árbol, me echo sobre la hierba seca. Las hojas de los árboles impiden que el sol me siga cegando. Una débil frescura se hace notar, debida tal vez a la sombra de los árboles, tal vez al agua del canal que a mi diestra corre. Todo lo impregna la bulliciosa música campestre: el aire al chocar contra las hojas, el canto de los pájaros, el suave fluir de las aguas, el zumbido de las moscas, el croar de las ranas que anidan en el ancho barrizal, lleno de juncos y hierbas, debajo del viaducto. Música silenciosa que no rompe ningún ruido artificial.

En la otra orilla del canal se distingue la esbelta silueta de la torre de la iglesia de un pueblo abandonado, fantasmal, Abarca, rodeada por una frondosa arboleda. Allá, a la sombra de aquel apacible encinar, me asaltan un montón de pensamientos, sensaciones, que hacen que me olvide de que el tiempo pasa y de que debo volver al pueblo, pues es la hora de comer. 

De nuevo vuelvo al camino polvoriento; el canal, el encinar, el viaducto quedan atrás. De vez en cuando, imperceptiblemente, casi sin pensarlo, vuelvo la cara hacia atrás... Enfrente, el pueblo... El calor abrasa.

Escrito en 1981 en Pamplona, a los 17 años

lunes, 20 de abril de 2026

Bosque Mitago. Robert Holdstock

La novela sigue a Steven Huxley, un joven herido que regresa a la casa familiar, en los campos de Gloucester, tras la Segunda Guerra Mundial. Allí descubre los diarios de su padre, George, obsesionado hasta la locura con un bosque habitado por criaturas míticas y fantásticas, y reanuda una tensa relación con su hermano Christian, que ha heredado esa misma obsesión. Esas criaturas son conocidas como «mitagos», personajes de los antiguos mitos creados por la imaginación popular y a los que el bosque da vida: Robin Hood, el rey Arturo, leyendas que abarcan desde la Edad de Piedra hasta nuestros días...

Christian desaparece en el bosque, y Steven saldrá en su búsqueda. Cuando se adentra en la espesura, Steven encontrará a Guiwenneth, una muchacha «mitago» dotada de increíble belleza. Perdido en las profundidades del bosque, Steven descubrirá a un gigantesco demonio, a Robin Hood, además de otras criaturas, palacios, tribus y civilizaciones enteras, antes de enfrentarse a su hermano, por el amor de Guiwenneth, en un poblado del Neolítico.

Los "mitagos" son figuras arquetípicas —héroes o monstruos como el Urscumugs— que el inconsciente colectivo de quienes viven cerca del bosque proyecta y materializa en su interior. Guiwenneth, una guerrera celta surgida del bosque, se convierte en el objeto de deseo que enfrentará a los dos hermanos en una rivalidad de resonancias casi míticas. Inmersa en la atmósfera de un thriller lovecraftiano, es una novela única y dotada de una magia indefinible cuyo recuerdo perdura mucho después de haber dejado atrás su última página.

Holdstock reformula la fantasía desde los postulados de Jung. El bosque no es sólo un escenario: es un órgano de la memoria cultural, un lugar donde duermen las versiones más antiguas de nuestros relatos, y leyendas. Esa idea —que los mitos no son invenciones sino sedimentos psíquicos que el paisaje puede devolvernos— está desarrollada con rigor y belleza.  La prosa es muy densa y sensorial. Es de destacar el contraste entre la Inglaterra gris de posguerra y el fulgor mítico del interior del bosque que funciona como metáfora de un país que intenta reconstruirse sin haber digerido sus propias capas de violencia ancestral. También hay que elogiar su estructura:  el uso de los diarios del padre como ventana a una obsesión previa, el juego con el tiempo (cuanto más adentro del bosque, más lentamente transcurre), y la forma en que los arquetipos se corrompen o mutan según la psique del observador.

A pesar de su  indudable calidad y originalidad  literaria el ritmo es desigual: contrata su inicio con una atmósfera casi gótica y el climax final con algunos pasajes intermedios algo más lentos y reiterativos.  Bosque Mitago, no obstante, es una de las pocas novelas de fantasía que amplía de verdad el género en lugar de repetirlo. Su influencia se puede reconocer luego en obras de Neil Gaiman, Charles de Lint, Susanna Clarke, etc. Leerla hoy es asomarse a un bosque que no ha dejado de crecer hacia dentro: más grande, más antiguo y más perturbador a cada página. Recomendable para lectores que gusten de una fantasía adulta, lenta, literaria y profundamente enraizada en la tradición mítica europea.