El sol se encuentra en su punto más álgido, presidiendo, en el centro del azulísimo firmamento, la vasta llanura castellana. El aire abrasa los campos, los encinares, los caminos, antaño polvorientos, hoy cubiertos de una negra capa de asfalto. Los pueblos, diseminados aquí y allá a lo largo de esta Tierra de Campos, yacen abrasados por este calor que se pega y penetra hasta la médula. Los rayos del sol se estrellan contra las agudas torres de las iglesias que, aquí y allá, como si de las almenas de un imaginario castillo se tratase, jalonan la llanura. Gotas de sudor caen por mi frente, la luz deslumbra y ansío encontrar la agradable sombra de un árbol, allá en la lejanía. Solo la suave brisa producida por el propio avance de la bicicleta alivia mi fatiga y mi creciente somnolencia. Quema el sol las espigas de los inmensos trigales.
Atrás queda el pueblo, con su iglesia, sus silos y palomares —altas torres redondas, blancas y rojas—. Y a un lado, a cierta distancia, queriendo marcar la diferencia entre el mundo de los vivos y el de los muertos, allá, circundado por una alta tapia y una pequeña y sobria capilla, inmutable, silencioso, permanece el camposanto, sembrado de decenas de cruces alrededor de las cuales, como fruto y símbolo de la unión con la tierra, se erigen algunos cipreses —mástiles de soledad, como dijera el poeta—.
Acabo de dejar la negra carretera y enfilo un pedregoso y polvoriento camino que me conducirá, tras subidas y bajadas, hasta las orillas del canal, donde diviso una hilera de árboles. ¡Oh, alivio de mis sudores! Al fin encuentro un respiro a mi fatiga. Tras apearme de la bicicleta y dejarla junto a un árbol, me echo sobre la hierba seca. Las hojas de los árboles impiden que el sol me siga cegando. Una débil frescura se hace notar, debida tal vez a la sombra de los árboles, tal vez al agua del canal que a mi diestra corre. Todo lo impregna la bulliciosa música campestre: el aire al chocar contra las hojas, el canto de los pájaros, el suave fluir de las aguas, el zumbido de las moscas, el croar de las ranas que anidan en el ancho barrizal, lleno de juncos y hierbas, debajo del viaducto. Música silenciosa que no rompe ningún ruido artificial.
En la otra orilla del canal se distingue la esbelta silueta de la torre de la iglesia de un pueblo abandonado, fantasmal, Abarca, rodeada por una frondosa arboleda. Allá, a la sombra de aquel apacible encinar, me asaltan un montón de pensamientos, sensaciones, que hacen que me olvide de que el tiempo pasa y de que debo volver al pueblo, pues es la hora de comer.
De nuevo vuelvo al camino polvoriento; el canal, el encinar, el viaducto quedan atrás. De vez en cuando, imperceptiblemente, casi sin pensarlo, vuelvo la cara hacia atrás... Enfrente, el pueblo... El calor abrasa.

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