se pierden en su extensión
sobre la línea del horizonte.
Infinitud de pétreos bloques
se alzan sobre la vasta llanura,
dibujando en sus lados
pequeñas figuras paralelepípedas,
iguales todas,
como un gigantesco panal humano.
En su interior,
minúsculas figurillas se remueven,
gritan, andan de un lado a otro:
VIVEN. si a esto se puede llamar vida.
En el imperio del plástico
todo es uniforme,
todo es simétrico,
todo es perfecto.
Las muchedumbres silenciosas permanecen
sumidas en un mutismo hermético.
Masa muda, sibilina,
sepulcro de voces muertas, ahogadas,
fluyendo en constante corriente
por entre los huecos de las puertas
que se abren y se cierran.
En el imperio de los botones de colores,
el dedo aprieta… una vez más y otra…
clac, clac, y se encienden aquí y allá luces… frías.
Mueren las reliquias del pasado:
los libros, extraña pila de hojas encuadernadas,
los cines y teatros, oscuros lugares donde la gente
presenciaba lúgubres proyecciones,
raras representaciones,
grandiosos espectáculos de la noche de los tiempos…
FELICIDAD.
El hombre dejará pronto de trabajar.
Los robots son nuestros esclavos.
Las computadoras, leales,
nuestras siervas.
El PROGRESO es imparable.
Adelante.
Cuidado: quien controla el sistema
lo hace bueno o malo.
Los pájaros no vuelan ya libres
sobre los cielos azules.
Un pájaro de metal escupe confeti brillante
sobre las cabezas de los hombres.
Qué oscuro me parece todo
a pesar de la luz
del neón
y del láser.
Añoro el nostálgico pasado de los pueblos inexistentes,
de las anárquicas ciudades,
de las noches sin luz,
de los callejones sin fin…
Volver al pasado.
No, tampoco…
¿Dónde está el ERROR?...
No lo sé. La duda, otra vez.
¿Y por qué no ADELANTE,
con ese crepúsculo,
con ese libro,
con esa noche,
con todo?...
El hombre, la técnica.
Quiero escuchar la vida
en sus múltiples vibraciones:
el soplar del viento sobre las hojas,
el grito sordo de una fiera,
la canción de una muchacha,
la lluvia sobre un charco azul,
un beso largo… encendido en silencio,
el AMOR…
Es posible… o quizás es un sueño,
una quimera.
La duda se me aparece como una sombra
entre un claroscuro cavernoso,
en un húmedo rincón enmohecido.
El orden me asusta
como una voz hiriente
que, una vez sí y otra también,
rompiendo el aire con ese sonido grave, profundo,
me ordenará lo que debo hacer.
Alguien quiere iluminar
el futuro ennegrecido con ese orden.
NO, no quiero ni esas moles de piedracartón,
ni ese silencio,
ni esa uniforme ordenación
tan agradable a la vista
de las mentes racionales,
pero tan opresora.
La libertad es tan diversa
como un paisaje multicolor de primavera.
Encerrado estoy en una jaula de acero inoxidable,
con puertas automáticas.
Confortable.
Escrita en octubre de 1982. Pamplona. Revisada en 2026

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