miércoles, 21 de enero de 2026

Segunda oportunidad


En el relato "Relojería El Regreso" el protagonista viajaba a través de un artilugio con forma de reloj a diferentes momentos o realidades alternativas de su vida en base a una serie de hechos y de decisiones que tomó o no tomó en su momento. Este relato desarrolla una de esas realidades alternativas, una de las más dulces pero también una de las más peligrosas porque nada duele tanto como comprobar que en algún lugar imposible aquello que perdimos sí llegó a suceder.

En la universidad el amor no entró como una revelación. Llegó como una segunda oportunidad. No fue un encuentro casual. Nunca lo fue.

Yo sabía que iba a encontrarla.

Cuando decidí no estudiar Periodismo y matricularme en Historia, una parte de mí lo hizo por razones que podía explicar sin sonrojarme —los libros, mi curiosidad por el pasado, esa vieja inclinación mía a mirar hacia atrás como si allí hubiese quedado siempre algo esperando—.

Todo eso era verdad. Pero no era toda la verdad.

La otra parte, la que no se cuenta en casa ni se escribe en los formularios de matrícula, la más secreta, la más vergonzosa quizá, es que elegí Historia por ella.

Porque sabía que iba a estar allí.

Sabía que nuestras vidas, separadas al terminar el bachillerato, volverían a rozarse en unos meses en aquellos pasillos y aulas de una  universidad donde  nadie levantaba demasiado la voz. Era una universidad  vigilante y ascética. No había margen para la política, menos aún para el escándalo, y desde luego ninguno para esa clase de libertad que en otros campus se derramaba por los yerbines como una canción protesta en aquellos años de la transición. Allí todo era gris.

Llegué a Historia con una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque la iba a ver. Miedo porque no sabía qué quedaba de nosotros, o mejor dicho, de aquello que nunca llegó a ser nosotros. En el bachillerato había existido una corriente silenciosa, algo que se intuía entre una conversación y una mirada, entre un saludo demasiado atento y una despedida que se demoraba un segundo más de lo necesario. Pero no había ocurrido nada. Nada cierto. Nada que pudiera recordarse sin recurrir al condicional.

La vi el primer día de clase.

Estaba aún más guapa que en el instituto. Más mujer, claro, pero conservando  aquella alegría luminosa de entonces y es que solo habían pasado apenas cuatro meses. El pelo castaño oscuro le caía con una naturalidad que parecía cuidadosamente improvisada por el azar. Los ojos almendrados mantenían esa mezcla suya de serenidad y picardía, como si miraran siempre un poco más de lo que decían. Vestía una falda de pana color miel, botas altas y un jersey claro bajo una gabardina azul marino. Al verla, me ocurrió algo extraño: no sentí que el tiempo hubiera pasado; sentí que había dado un rodeo larguísimo para dejarme exactamente en el mismo lugar y situación que en el comienzo de los años del bachiller, al principio de todo, a la posibilidad intacta.

Ella me vio.

Durante un instante temí que me saludara con esa cortesía distante con la que se reconoce a un antiguo compañero. Un “hola, qué tal” suficiente y correcto,  Pero sonrió en seguida. No una sonrisa educada. Una sonrisa limpia, rápida, verdadera. Hubo un instante de vacilación, una milésima de segundo en la que ambos buscamos en la cara del otro al muchacho y a la chica que habíamos sido hasta hacía muy poco tiempo.

—Hola.

Se acercó un paso, me miró con esa mezcla de examen y afecto con que se revisan los recuerdos queridos y ante mi evidente turbación, -un rubor me subía a las mejillas-, me dijo, sin rodeos:

—Te estas poniendo rojo.

Sonrió con una sonrisa picarona. Y con esa sonrisa se me vinieron encima de golpe el aula, los recreos que no eran recreos, los comentarios a media voz, las bromas con el falso acento francés, la fiesta en el Amaya, los pasillos, todo aquel tiempo en el que casi pasó todo y no pasó nada.

Ella seguía teniendo esa ironía suave, esa capacidad de convertir cualquier charla banal en una escena de alta temperatura. Pero al darse cuenta de mi nerviosismo cambió el tono y el tema de la conversación. 

—Así que al final elegiste Historia—afirmó, recordando cierta clase en el instituto donde cada uno anunciaba públicamente, con mayor o menor convicción, la carrera que pensaba estudiar. Yo iba a responder, pero en ese momento entró el tutor del curso dispuesto a inaugurar oficial y solemnemente la vida universitaria con un fajo de papeles.

La clase estaba casi llena. El único sitio libre quedaba a mi lado, en el pupitre corrido de la segunda fila. Ella dejó la carpeta, se sentó y, mientras se acomodaba, me miró con la familiaridad que sólo se permite quien cree tener algún derecho sobre el pasado compartido.

Durante media hora mantuvimos ese viejo juego de miradas furtivas y medias sonrisas sobre el borde de los folios todavía en blanco. Nada había cambiado en el fondo; solo el decorado. Y, sin embargo, aquella misma tensión que antes me paralizaba empezó a parecerme, de pronto, menos un peligro que una invitación. En las semanas siguientes compartimos apuntes,  libros, comentarios al margen. Nuestra cercanía tenía algo de alianza discreta. No había rivalidad entre nosotros. Nos ayudábamos. Si uno faltaba a una clase, el otro guardaba los apuntes. Si uno entendía mejor un texto, se lo explicaba al otro. Si un profesor se perdía en una digresión sobre el medievo o en una cronología interminable, bastaba con una mirada lateral para salvar la mañana. Pero lo importante  no ocurría en el aula. Ocurría después.

En el campus apenas podíamos ser poco más que alumnos; fuera, en cambio, el mundo respiraba de otro modo. Había bares donde se podía hablar sin bajar tanto  la voz, calles por las que caminar despacio, tardes de las que no rendir cuentas a nadie. Fue en esos lugares donde el reencuentro dejó de ser una coincidencia universitaria y empezó a convertirse en otra cosa. 

Tomábamos café después de clase en sitios algo apartados del circuito estudiantil. Hablábamos del instituto, claro, pero no de forma nostálgica, sino como quien vuelve a una habitación antigua, cerrada hacía poco y comprueba que todavía huele a madera, a tiza, a invierno. Hablábamos  de libros, de nuestras  familias, de profesores, de planes imprecisos, del futuro, sobre todo del futuro como se habla a los dieciocho años: con una mezcla de miedo y de arrogancia, del que tiene todo el tiempo y el mundo por delante.

A veces, mientras ella hablaba, yo me sorprendía mirándola demasiado. No con descaro. Peor. Con esa atención involuntaria que se posa sobre lo que te importa de verdad. Ella se daba cuenta. Nunca se incomodaba. Incluso, en ocasiones, parecía demorarse en una frase, suspender una palabra, concederme unos segundos más, como si supiera que yo no estaba escuchando sólo lo que decía.

Un viernes, a la salida, llovía con fuerza.

Compartimos paraguas. 

Era uno de esos paraguas pequeños que no protegen casi nada y, por lo tanto, sirven para lo único importante: obligar a dos personas a entrar sin excusa en el territorio del otro. Notaba el roce intermitente de su brazo contra el mío, el olor limpio de su pelo húmedo, el vapor de nuestra respiración mezclándose en el aire frío. Hablábamos de asuntos sin importancia. Un profesor. Un examen próximo. Pero debajo de cada frase discurría otra conversación, mucho más antigua, mucho más tensa, una conversación que ninguno de los dos se atrevía todavía a poner en palabras.

En un momento dado, al esquivar un charco, tropezó ligeramente conmigo y dijo:

—Perdona, mon ami.

Lo dijo con aquel acento francés inventado de los dieciséis años.

La miré.

—No has dejado de hacerlo.

—¿El qué?

—Hablar así cuando quieres burlarte un poco del mundo.

Sonrió. Pero esta vez su sonrisa no tuvo filo. Fue dulce, casi desarmada.

—Y  tú no has dejado de ponerte nervioso cuando te hablo demasiado cerca

No supe negarlo. 

Además, a esas alturas de la vida, negar ciertas evidencias empezaba a parecerme una forma especialmente ridícula de cobardía.

Fue entonces cuando comprendí que la universidad nos estaba concediendo algo que el bachillerato no había sabido darnos: tiempo. No sólo el reencuentro, sino el tiempo. Tiempo para quedarnos. Para no huir. Para que las frases no murieran a medio nacer. Para dejar que algo avanzara, aunque avanzase despacio.

Una semana más tarde, en un bar, me confesó que se había dado cuenta de todo en tercero de BUP. De mis miradas, de mis huidas absurdas, de mis rodeos interminables para pedir una goma, unos apuntes o cualquier excusa, como quien se juega el destino en una frase cualquiera.

—Lo sabía perfectamente —dijo, revolviendo el café con la cucharilla—. Yo y más gente.

—Lo sospechaba. Podías haber dicho o  hecho algo —me atreví a decir.

Levantó las cejas.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Hice bastante.

—No me enteré.

—Ese era precisamente tu problema.

Y recordé aquel día en que recriminaba a una amiga el mensaje que me había lanzado de que ella quería hablar conmigo.

La cucharilla siguió girando entre sus dedos, despacio.

Recordé oportunidades pequeñas. Miradas que eran puertas. Frases que pedían continuación. La fiesta de fin de curso. Aquel lento que bailó otro. Las veces que estuve a punto de hablar y no hablé.

Sentí una tristeza antigua, no exactamente dolorosa, sino incrédula. Una tristeza por lo cerca que había estado todo.

—Era idiota —dije.

Ella negó despacio.

—No lo eras.

Lo dijo con indulgencia. Con cariño, incluso. Como quien perdona una torpeza que ya no puede corregirse, pero tampoco necesita castigo.

A partir de entonces hubo entre nosotros una franqueza nueva. No explícita del todo. Aún no. Pero sí lo bastante clara para que el aire cambiara. Seguíamos sentándonos juntos, seguíamos compartiendo apuntes y cafés, pero ya no fingíamos que aquello era sólo una amistad universitaria. Había algo suspendido entre los dos, algo que avanzaba con lentitud aunque no por falta de deseo, al menos por mi parte.

El baile llegó semanas después.

Fue tras una cena universitaria,  en un disco pub de San Juan  donde, por primera vez en mucho tiempo, ambos parecíamos a salvo de la mirada de los demás. Ella llevaba una blusa color crema y una falda oscura. Yo una chaqueta de pana marrón que me hacía sentir más adulto de lo que era. Habíamos llegado con un grupo, pero poco a poco la noche nos fue dejando solos. En un momento dado empezó a sonar una canción lenta:  "Corazón de poeta" de Jeanette. Nos miramos. Esta vez no hubo competidor, ni vaso con hielo, ni cobardía disfrazada de prudencia

—¿Bailas? —pregunté.

No era una pregunta difícil y, sin embargo, tardó un segundo en responder, como si aceptarla supusiera cruzar una frontera invisible. Sonrió primero, como si llevara mucho tiempo esperando que se lo pidiera. Luego dejó el vaso sobre una repisa y dijo:

—Sí.

Bailamos.

Al principio con esa torpeza razonable de quienes no están acostumbrados a exhibir la intimidad. Luego de una forma más natural, más próxima. Noté sus manos apoyarse en mis hombros, las mías en su cintura, el leve balanceo de nuestros cuerpos buscando un acuerdo, el olor de su pelo, el vértigo de tenerla tan cerca y no tener que apartarme. No pasó nada más aquella noche, y quizá por eso fue tan importante. Porque no necesitó culminar en nada para quedarse dentro de mí con la fuerza de las escenas decisivas.

Hay momentos que no piden consecuencia inmediata. Les basta con ocurrir. Les basta con abrir una grieta en el tiempo.

En un momento del baile levantó un poco la cara y me dijo en voz baja:

—¿Ves como no era tan difícil?

—No. Solo me ha costado unos cuantos años.

—Siempre has sido un poco lento,  me dijo con una sonrisa cómplice.

Se quedó mirándome de una manera distinta, sin ironía, sin juego, con una ternura tan franca que me dejó indefenso.

Nos despedimos tarde, en una esquina cualquiera, con una lentitud nueva. Hubo un momento en que pensé que iba a besarla. O que debía besarla. O que, si no lo hacía, volvería a perder el tren como años atrás. Pero no lo hice. La costumbre del miedo es persistente. También lo es esa forma equivocada de respeto que a veces nos deja inmóviles ante lo que más deseamos.

Ella me miró con una mezcla de ternura y burla, como si me estuviese leyendo la mente.

—Sigues pensándote las cosas demasiado.

Y se fue.

El beso llegó a la semana siguiente, en el mismo Disco Pub, donde habíamos bailado por primera vez. Esta vez volvía a sonar, como en el bachillerato,  "Aline" de Christophe.

Algo se removió dentro de mí. No era sólo la música. Era la sensación de que la vida, en alguna de sus raras misericordias, estaba colocando otra vez las piezas sobre la mesa.

Bailamos más cerca.

Mucho más.

Pero el silencio entre nosotros empezó a hacerse demasiado largo. Denso. Casi incómodo. Ella apoyó la frente un segundo en mi hombro y, como siempre, fue ella quien rompió el hielo antes de que yo pudiera quedarme a vivir dentro de mi propia indecisión.

—Mira que si después de tanto tiempo vas a quedarte callado otra vez —dijo.

No hubo entonces un gran discurso, ni una declaración brillante, ni ninguna de esas frases memorables que sólo existen en las películas y en los recuerdos corregidos. Hubo algo mejor: una verdad sencilla, dicha a la altura del momento.

—Estaba loco por ti entonces—le dije—. Y lo sigo estando ahora.

Ella escuchó sin apartar la mirada. Sonrió apenas, como si aquella confesión llegara con años de retraso, sí, pero todavía a tiempo.

—Ya era hora, mon ami.

Y me besó.

No fue un beso arrebatado ni cinematográfico. Fue, precisamente por eso, inolvidable. Un beso esperado durante años sin saberlo del todo, un gesto que venía a poner en orden muchas cosas antiguas. Supe, mientras ocurría, que no estaba besando sólo a la muchacha de aquella universidad, sino también a la que se había quedado bailando lejos en una fiesta de fin de curso, a la del pupitre de delante y a la de detrás, a la que hablaba en falso francés y me retenía con una pregunta burlona cuando yo huía hacia ninguna parte.

Todavía ahora, al recordarlo, lo que vuelve no es sólo el contacto de sus labios, sino la conmoción de sentir que algo muy antiguo se ponía por fin en su sitio. No fue un beso apresurado ni tímido. Tardé apenas medio segundo en corresponderle.

Cuando nos separamos, ella sonrió apenas, sin triunfalismo, casi con alivio.

—Al final he tenido que hacerlo yo —dijo.

Yo me eché a reír, quizá para no mostrar hasta qué punto me había desarmado.

—Sí. Así es.

—Menos mal.

Nos quedamos un rato abrazados, sin necesidad de añadir nada. A nuestro alrededor seguía estando la misma ciudad, la misma universidad, el mismo tiempo lleno de prudencias. Pero para mí todo había cambiado de sitio.

Pero para mí todo había cambiado de lugar. Las calles eran las mismas y no lo eran. La música era la misma pero tampoco lo era. Incluso yo, que había llegado hasta allí cargando con una versión incompleta de mi propia historia, empecé a sentir que algo se cerraba sin clausurarse, que una puerta antigua dejaba de golpear al viento.

No sé si entonces pensé en el bachillerato, aunque debí de pensarlo. En aquel tiempo suspendido, en aquellas oportunidades perdidas, en todo lo que no se dijo cuando debía decirse. Lo que sí sé es que, por primera vez, aquella noche no sentí nostalgia. La nostalgia sirve para embellecer lo que no sucedió. Aquella noche, en cambio, no había nada que embellecer. Por fin había ocurrido.

Después vinieron más paseos, más tardes, más besos robados al margen de una universidad que no sabía nada de nosotros. Seguimos sentándonos juntos en clase, compartiendo apuntes como si nada hubiera cambiado, aunque ya había cambiado todo. A veces, en mitad de una explicación interminable sobre reinos, dinastías, fueros o estructuras agrarias, nuestras manos se rozaban bajo el pupitre. Era un contacto mínimo. Apenas nada. Y, sin embargo, bastaba para trastornar el sentido entero de la mañana.

 Con los años he pensado muchas veces en aquel curso. 

No lo recuerdo como una victoria sentimental. Tampoco como una revancha contra lo no vivido. Ni siquiera como la confirmación de un destino, porque los destinos son cómodos sólo cuando se miran desde lejos. Lo recuerdo de otra manera: como el curso en que entendí que las cosas importantes rara vez pasan solas. Hay que acercarse. Hay que decir. Hay que quedarse cuando todo en uno pide retirarse.

Yo cambié de carrera creyendo que buscaba una disciplina más acorde conmigo. Y era verdad. Pero también iba en busca de una muchacha a la que no había olvidado. La encontré. Se sentó a mi lado. Compartió conmigo un pupitre, una ciudad, una estación de la vida.

Y aprendí entonces algo que en la otra realidad quizá tardé demasiado en comprender: algunas historias no fracasan. Sólo esperan más tiempo del debido.

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