Las gotas caían despacio desde un techo manchado de humedad
y golpeaban el suelo de madera con un sonido hueco, como dedos impacientes
tamborileando sobre un ataúd. Durante unos segundos no se movió. Tenía la
garganta seca, el cuerpo entumecido y una sensación viscosa en la nuca, como si
alguien hubiera estado respirando sobre él durante horas.
Miró a su alrededor. Reconoció el cuarto. La cama estrecha de hierro. La silla con la ropa doblada. El armario de nogal con el espejo rajado en diagonal. Era la habitación de la casa de su abuela Martina en Fuentes de Nava, el pueblo donde no regresaba desde hacía diecisiete años.
Y, sin embargo, aquello era imposible.
La casa llevaba vacía desde el entierro de la abuela.
Se incorporó despacio. La colcha estaba húmeda. No de agua,
sino de una humedad tibia y orgánica que le hizo retirar la mano con un
escalofrío. Al llevarse los dedos a la cara percibió un olor agrio, dulzón,
como flores podridas mezcladas con leche pasada.
—No puede ser… —murmuró.
Lo último que recordaba era la carretera.
Conducía de noche, bajo una tormenta cerrada, camino del
pueblo. Había recibido la llamada a mediodía, desde un número desconocido. Una
voz de mujer, muy anciana, preguntó:
—¿Eres José Luis, el nieto de la Martina?
—Sí.
—Entonces ven. Tu abuela te sigue esperando.
La línea se cortó ahí.
Pensó que era una broma cruel. O algún asunto relacionado
con la herencia. O quizá un vecino de esos que se aferran a los muertos más que
a los vivos. Pero algo en la voz —una calma vacía, una convicción de piedra— le
arañó por dentro. Al atardecer ya estaba en el coche, atravesando kilómetros de asfalto, desde Bilbao, bajo un cielo enfermo.
Recordaba un cruce, luego niebla, luego una figura inmóvil
en mitad de la carretera.
Después, nada.
Se levantó de la cama con las piernas temblorosas. El suelo
estaba helado. Bajo la puerta se filtraba una luz grisácea. Quiso encender la
lámpara de la mesilla, pero no había bombilla. Solo el casquillo desnudo, negro
por dentro, como un ojo quemado.
Entonces oyó el primer ruido.
Un roce bajo la cama.
Muy suave.
Como de uñas.
José Luis retrocedió de un salto y se quedó mirando la rendija
de sombra entre el colchón y el suelo. No salió nada. Solo siguió oyéndose
aquel arrastrar pausado, paciente, como si algo se estuviera recolocando allí
abajo para observarle mejor.
—No tiene gracia —dijo, aunque sabía que estaba solo.
O casi.
Abrió la puerta y salió al pasillo.
La casa respiraba.
No había otra palabra para describirlo. Las paredes de yeso
crujían con una cadencia húmeda, como costillas al expandirse. La madera se
arqueaba con suspiros lentos. Del piso de abajo subía un olor a cera derretida
y tierra removida. Al fondo del corredor seguía colgado el retrato de su abuelo
Manuel, con su traje negro y aquella expresión de severidad antigua. Pero en la
pintura, donde siempre recordaba unos ojos grises, ahora había dos manchas
oscuras, profundas, como cuencas vaciadas.
José Luis apartó la vista.
Las puertas de los otros dormitorios estaban entornadas. Una
de ellas, la antigua habitación de costura, se movía apenas, golpeando el marco
con un toc… toc… toc rítmico que le erizó la piel. En otro tiempo su
abuela le había prohibido entrar allí.
—Hay cosas que duermen mejor sin compañía —decía.
Bajó la escalera.
Cada peldaño se quejaba como si cargara más peso del que
debía. La planta baja estaba en penumbra. El reloj de pared seguía funcionando,
pero las agujas giraban hacia atrás. En la cocina, los cacharros estaban
colocados en su sitio exacto, limpios, brillantes, como si alguien hubiera
preparado la casa para una visita. Sobre la mesa había un plato hondo cubierto
con un paño.
No quería acercarse.
Aun así lo hizo.
Levantó la tela con dos dedos.
Dentro había sopa. O algo que parecía sopa. Un caldo oscuro,
casi negro, en cuya superficie flotaban pequeños trozos blanquecinos. Pensó en
ajo. O en huesos diminutos. Entonces uno de aquellos trozos parpadeó.
José Luis dejó caer el paño y dio un paso atrás, atragantándose
con un grito.
Oyó una voz detrás de él.
—Te va a saber fría.
Se volvió con el corazón golpeándole las costillas.
Su abuela Martina estaba en la puerta de la despensa.
O lo que quedaba de ella.
Vestía el mismo luto que el día del entierro, pero el
vestido estaba pegado a su cuerpo como si hubiera salido del barro. La piel del
rostro parecía demasiado tensa sobre los huesos, translúcida en algunos puntos,
y en las comisuras de la boca tenía tierra seca. Sonreía con una dulzura
insoportable.
—Abuela… —balbuceó.
—Has tardado mucho, hijo.
No sabía qué responder. Quiso avanzar hacia ella y
abrazarla; querría haber sido niño otra vez, hundir la cara en su falda y
escuchar que nada malo podía entrar en aquella casa. Pero algo en sus ojos,
hundidos y vidriosos, lo mantuvo quieto. No eran ojos vivos. Ni muertos. Eran
otra cosa: dos pozos quietos con algo moviéndose muy abajo.
—Tú… tú estás muerta.
Ella inclinó la cabeza, casi divertida.
—Y tú no del todo.
José Luis sintió un golpe de hielo en el estómago.
—¿Qué significa eso?
Martina dio un paso hacia la cocina. No caminaba bien; más
que andar, parecía recordar vagamente cómo hacerlo.
—Ven. Tienes que comer. Despertar da mucha hambre.
—No estoy soñando —susurró él, más para convencerse que para
afirmarlo.
—Eso ya pasó.
La frase quedó suspendida en el aire, espesa como el olor de
la sopa.
José Luis retrocedió hasta chocar con la encimera.
—Quiero irme.
—No puedes.
—¿Por qué?
La sonrisa de la anciana se apagó.
—Porque llegaste al cruce y elegiste mirar.
Entonces recordó.
La figura en la carretera.
No era una persona. Era alta, demasiado alta, inmóvil bajo
la lluvia. No tenía rostro. Solo una superficie lisa, pálida, en la que latían
sombras bajo la piel como gusanos. Él había frenado demasiado tarde. El coche
se desvió. Hubo un golpe brutal. Cristales. Sangre caliente en la frente.
Y antes de perder el sentido vio aquella cosa junto a la
ventanilla, inclinándose para mirarlo. Olerlo.
—No… —dijo, ahogado.
Su abuela asintió despacio.
—Tu cuerpo sigue donde lo dejaste. Entre los hierros. Pero
aquí entró lo que te encontró primero.
José Luis sintió náuseas.
—Mientes.
—Ojalá.
Desde el comedor llegó un crujido. Después otro. Y otro más,
como si varias personas se estuvieran levantando de sus sillas al mismo tiempo.
Martina no apartó los ojos de él.
—La casa siempre ha sido un lugar de paso. Mi madre lo
sabía. Su madre también. Hay sitios donde el sueño y la muerte se rozan como
dos telas. Aquí la costura es muy fina. Demasiado fina. Por eso se tapiaba la
habitación de costura en invierno. Por eso no se respondía cuando llamaban
desde fuera después de medianoche.
José Luis miró hacia el comedor.
Las sombras se movían detrás de la puerta.
—¿Quién hay ahí?
La anciana tardó en contestar.
—Los que despertaron cuando aún estaban soñando.
La puerta del comedor se abrió sola.
Dentro, sentadas alrededor de la mesa larga, había seis
personas.
O seis formas humanas.
Una mujer sin párpados. Un niño con la cara cubierta por una
membrana transparente que subía y bajaba como si respirara agua. Un hombre
anciano con la mandíbula desencajada, llena de tierra. Otra figura de espaldas,
demasiado delgada, cuyos hombros temblaban con una risa muda. Todos tenían
delante un plato vacío.
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo para mirarlo.
—No… no… no…
Martina lo tomó de la muñeca.
La mano estaba helada y dura.
—Escúchame, José Luis. Aún puedes salir.
Él se aferró a aquellas palabras como un náufrago.
—¿Cómo?
Por primera vez la anciana pareció verdaderamente triste.
—Tienes que despertar antes de que ellos te aprendan.
—¿Aprenderme, qué?
—Aprendan tu voz. Tu cara. Tus recuerdos. Si terminan, ya no sabrás
quien eres.
En el comedor, el niño membranoso abrió la boca. De ella
salió la voz de José Luis, perfecta, nítida:
—No puede ser…
Luego la mujer sin párpados repitió, con la voz de su madre:
—José Luis.
Luego el anciano de la mandíbula rota habló con el tono de
un médico:
—No responde. Preparad la descarga.
José Luis se quedó helado.
Aquellas voces no venían del aire. Venían de lejos, de un
sitio exterior, amortiguadas, como si atravesaran agua, sueño, tierra.
Comprendió con horror que eran reales. Gente inclinada sobre su cuerpo.
Maniobras. Gritos. Metal. Un intento desesperado de traerlo de vuelta.
—Me están… reanimando —dijo.
Su abuela asintió.
—Sí. Pero el camino de vuelta se estrecha. Cada vez que
dudas, ellos comen un poco más.
Las figuras del comedor comenzaron a levantarse.
Una a una.
Lentas.
Torpes.
Pero decididas.
José Luis tiró de su brazo, intentando soltarse.
—¡Dime qué tengo que hacer!
Martina lo atrajo hacia sí hasta que su rostro quedó a pocos
centímetros del suyo. Su aliento olía a criptas abiertas.
—No escuches a los muertos que te aman.
José Luis frunció el ceño, perdido.
—¿Qué?
—Cuando cruces el pasillo, oirás voces. Te llamarán con
cariño. Con culpa. Con dolor. No te vuelvas. Ninguno de nosotros sabrá
parecerse tanto a ellos como para engañarte… pero sí suficiente para que
quieras quedarte.
Las figuras ya estaban en la puerta.
La delgada seguía de espaldas. Lentamente, comenzó a girar
el cuello. Giró más. Y más. Hasta que la cabeza quedó del revés.
—Corre —susurró Martina.
José Luis corrió.
Atravesó la cocina, el recibidor, el pie de la escalera.
Detrás de él estalló un ruido de sillas volcadas y pies arrastrándose. Subió
los peldaños de dos en dos mientras la casa entera gemía. Las paredes latían.
El aire se había vuelto tibio y espeso, como el interior de una garganta.
Llegó al pasillo de arriba.
Al fondo estaba su antigua habitación.
La puerta abierta.
Oscura.
Tenía que cruzar hasta allí.
Dio dos pasos y oyó la primera voz.
—José Luis, cariño.
Era la voz de su madre. Tan clara, tan llena de miedo, que estuvo a punto de darse la vuelta.
—Abre los ojos, por favor. Por favor.
Siguió caminando.
A la izquierda, una puerta se entreabrió. Dentro creyó ver
su piso actual, la lámpara del salón, su abrigo colgado, la vida sencilla y
reciente. De la habitación salió la voz de Laura, su exmujer.
—No te vayas otra vez.
Se detuvo.
Había pasado un año desde que se marchó. Un año desde aquel
último portazo, desde aquellas palabras crueles que ninguno retiró. Sintió un
pinchazo de culpa tan hondo que le fallaron las rodillas.
—José Luis—repitió Laura, llorando—. Esta vez quédate.
Una mano le rozó la nuca. Helada.
Se volvió por reflejo. No había nadie. Solo el pasillo.
Pero al final, cerca de la escalera, ya subían las figuras.
No caminaban: se ondulaban, se deslizaban con movimientos imperfetos,
articulaciones donde no debía haberlas, cabezas demasiado inclinadas. El niño
iba delante, sonriendo con la boca abierta hasta casi partirse en dos.
José Luis echó a correr otra vez.
La voz del médico tronó desde alguna parte remota:
—¡Carga a doscientos!
La casa entera tembló.
Las paredes se agrietaron y por las grietas asomaron dedos
negros, muchos, buscando. El espejo rajado del pasillo reflejó a José Luis… pero en
el reflejo su cara no era la suya. Era la superficie blanca y lisa de la cosa
de la carretera.
Gritó y se lanzó dentro de la habitación. Cerró de golpe. Empujó una cómoda contra la puerta.
Las criaturas chocaron al otro lado con un sonido húmedo, no
humano.
Buscó desesperado algo, una salida, una señal, cualquier cosa.
Entonces vio que bajo la cama brillaba una luz pálida. La misma cama donde había despertado.
Volvió a oír el roce de uñas. Se arrodilló. Debajo no había oscuridad.
Había un corredor larguísimo, iluminado por una claridad de
hospital, y al fondo varias siluetas inclinadas sobre un cuerpo tendido. Oyó
pitidos, voces, un “vamos, vamos” ahogado por la distancia.
Su cuerpo.
Su salida.
Pero entre él y aquella luz, reptando por el corredor
imposible, estaba la cosa del cruce.
Ahora sí la veía bien.
No tenía rostro porque su rostro eran todos. Rasgos a medio
formar emergían y se hundían en la carne blanquecina: una boca infantil, un ojo
de anciana, la nariz de un desconocido, dientes que no correspondían a ninguna
mandíbula. Se arrastraba hacia él con una paciencia glacial, como sabiendo que
ya no era necesario apresurarse.
—Demasiado tarde —susurró con cien voces.
La puerta de la habitación comenzó a astillarse.
Los golpes al otro lado iban acompasados con algo peor: la
voz de su abuela.
—José Luis —dijo Martina, muy suave—. No mires debajo de la
cama.
Él se quedó inmóvil.
La puerta volvió a estremecerse.
—No mires —insistió ella—. Ya has despertado aquí. Lo demás
es lo que sueña contigo.
Algo en su tono había cambiado. La ternura seguía ahí, sí,
pero ahora deformada, hambrienta, posesiva. Comprendió con un terror absoluto
que quizá ella también había mentido. Que quizá no intentaba salvarlo. Que
quizá solo quería retenerlo donde los muertos no se van nunca.
La criatura bajo la cama estaba más cerca.
Detrás, las maderas crujieron. Una mano pálida atravesó la
puerta.
Martina habló otra vez, casi cantando:
—Quédate, hijo. Arriba no hay nada. Solo dolor. Solo carne
rota. Aquí no volverás a perder a nadie.
José Luis lloró sin darse cuenta.
Era cierto. Arriba —o afuera, o donde fuese— lo esperaban
una vida incompleta, culpas, accidentes, fracturas, tal vez meses de
rehabilitación, quizá una muerte igualmente segura. Allí, al menos, estaba la
promesa de no sentir más.
La criatura se detuvo a pocos pasos del borde. En la masa de
su no-cara apareció por un instante el rostro de Laura. Luego el de su madre.
Luego el suyo propio.
—Quédate —dijeron todos.
Y entonces, desde el fondo del corredor de luz, alguien
gritó con una violencia feroz:
—¡Ahora!
Una descarga blanca le atravesó el cráneo.
El mundo se quebró.
La casa chilló.
No un sonido, sino miles, como vigas, gargantas y campanas
rotas al mismo tiempo. Las paredes se abrieron. Del techo cayó lluvia negra.
Las criaturas del pasillo empezaron a convulsionar, perdiendo forma,
deshaciéndose en miembros y barro. La mano que asomaba por la puerta se
convirtió en un ramo de raíces.
Su abuela gritó su nombre. No como una abuela. Como una cueva.
José Luis se aferró al borde de la cama y metió la cabeza bajo
ella. El corredor de hospital estaba mucho más cerca. La luz lo devoraba todo.
Notó que algo le sujetaba los tobillos desde detrás, uñas hundiéndose en la
carne.
—¡No! —aulló Martina, o lo que hubiera sido Martina—.
¡Todavía no!
Él empujó hacia adelante.
Sintió que se desgarraba por dentro, como si atravesara una
tela cosida con nervios. El corredor se estrechó. La luz le quemó los ojos. Oía
pitidos desbocados, órdenes, pasos, llanto. También oía, cada vez más lejos
pero aún presente, la voz de la casa:
—Demasiado tarde para despertar…
Y entonces despertó.
De verdad.
Saltó sobre la camilla con un grito ronco y brutal,
arrancándose tubos, manotazos ciegos al aire, buscando defenderse de algo que
ya no estaba. Encima de él había lámparas blancas. Mascarillas. Un médico. Dos
enfermeras. La cara empapada de lágrimas de su madre.
—¡José Luis! ¡Dios mío, José Luis!
Lo sujetaron. Lo calmaron. Le hablaron. Le dijeron hospital,
accidente, parada cardiorrespiratoria, tres minutos, vuelta, estás aquí, estás
a salvo.
A salvo.
Pasaron los días.
La recuperación fue lenta, pero posible. Fracturas,
contusión pulmonar, una conmoción severa. Lo que no contó a nadie fue lo de la
casa. Ni la lluvia interior. Ni la sopa. Ni las voces. Ni el pasillo. Ni la
criatura sin rostro.
Se dijo que era una alucinación. Un residuo neurológico. El
cerebro inventando arquitectura para no morir.
Casi logró creerlo.
Hasta la primera noche en planta.
Se despertó sobresaltado a las tres y cuarto.
La habitación del hospital estaba a oscuras, salvo por la
línea verde del monitor. Afuera llovía.
O eso pensó.
Luego oyó el sonido con claridad.
No venía de la ventana.
Venía del techo.
De dentro.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Giró muy despacio la cabeza.
Debajo de la cama hospitalaria, en la estrecha banda de
sombra, algo se movía con paciencia infinita.
Como uñas.
Y la voz de su abuela, tierna, ahogada, subiendo desde allí
abajo, le susurró:
—José Luis… esta vez sí es demasiado tarde.

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