En las tierras cercanas a las Bodeguillas, se levantaba desde hacía
años un espantapájaros al que todos llamaban el Mudo. No porque fuera
más torpe que otros, sino porque tenía una tristeza de madera que parecía
callar incluso a las urracas. Lo hizo Lorenza, la viuda que llevaba las tierras
de su hermano con un muchacho a jornal, y lo plantó en mitad de los trigales
con camisa de cuadros, pantalón de pana vieja y un sombrero de ala rígida que
había sido del difunto.
El Mudo miraba siempre hacia el norte. No por elección, sino
porque así lo dejaron amarrado. Desde allí veía la raya recta del horizonte de la meseta,
los palomares redondos como cántaros, la torre de San Pedro con su piedra
iluminada al ponerse el sol, y el camino de tierra que, serpenteando suave, iba
hacia la laguna y los pueblos de alrededor: Abarca, Autillo, Castromocho.
Veía pasar tractores, carretas, algún rebaño sin prisa. Veía el mismo cielo
repetido cada día.
A lo largo de los meses las aves le tomaron la medida.
Primero lo respetaron cuando estaba recién puesto: nadie se fía de un hombre
nuevo. Después, las más descaradas empezaron a acercarse. Picaban en el
rastrojo, se posaban en su brazo, lo ignoraban como se ignora a un viejo que ya
no protesta. El Mudo, claro, seguía allí. Inmóvil. Vigilando sin ganas.
Espantando sin espantar.
Si hubiera podido suspirar, habría suspirado con frecuencia.
Porque el Mudo —no se sabe cómo, no se sabe desde cuándo— no
eran solo trapos sobre un palo. Tenía dentro una conciencia lenta, del tipo que
crece en las cosas que están quietas mucho tiempo. No pensaba como pensamos tú
o yo; pensaba como piensa un árbol, o una piedra al sol. Pero pensaba. Y lo
principal que pensaba era esto:
“¿Qué habrá más allá de este campo?”
No era curiosidad de mundo grande ni de aventuras de novela.
Era hastío. Era el cansancio de ver siempre la misma rasante, los mismos
colores, el mismo reloj de luz. A veces, cuando el sol caía y las sombras se
estiraban, el Mudo soñaba despierto con la posibilidad imposible de dar un
paso, aunque fuera torpe, aunque se cayera de bruces sobre los terrones.
Entonces llegó julio. Y con julio llegó la luna llena
grande, redonda, que sube por Tierra de Campos con una claridad de harina.
Aquella primera noche de luna llena, el viento aflojó de golpe, como si también
quisiera escuchar. Las espigas dormían. Los grillos cantaban tan parejo que
parecía un tejido. Y el Mudo sintió algo nuevo en las uñas de paja: una
tibieza.
No fue un rayo ni una magia de cuento con chispas. Fue más
bien como cuando se deshiela una mano agarrotada. Primero un hormigueo. Luego
una sensación de peso propio. Y, sin saber por qué, sintió la gravedad como una
invitación.
Miró hacia su brazo derecho. Podía moverlo.
Lo movió. Lento, con una torpeza de cosas que no han tenido
articulaciones. La camisa crujió. La cuerda que le sujetaba soltó un quejido
seco.
—Madre… —se oyó decir.
Se asustó de oírse. La voz no salía de una garganta, sino
del hueco de su pecho de paja; aun así estaba ahí, áspera, recién nacida.
Probó el otro brazo. También respondió. Probó el cuello: le
dolió, pero giró. Miró por primera vez hacia el sur, hacia Fuentes iluminado en
plata. El pueblo parecía una maqueta depositada sobre la meseta. Sintió un
tirón de emoción sin nombre, como un niño ante una puerta nueva.
Y entonces ocurrió lo que tanto había deseado:
Sus pies de palo se despegaron del suelo.
No fue un salto magnífico, sino un tambaleo. Se soltó del
poste y cayó de rodillas sobre el rastrojo. Se rascó la pierna sin tener piel.
Se reía por dentro y por fuera como puede reírse un espantapájaros torpe.
—Puedo —dijo, casi en secreto—. Puedo andar.
Andar fue difícil. El primer paso lo dio con la rodilla
vibrando. El segundo, con los brazos abiertos como quien busca equilibrio en
una barca. Al quinto, ya tenía un ritmo. Al décimo, se sentía dueño del camino.
Camino.
Camino.
La palabra le sonó a pan.
La luna estaba alta. El Mudo miró hacia el camino de tierra.
No tenía mapa, no tenía brújula, no tenía idea de hasta dónde podría llegar
antes de que se le acabara la vida nocturna. Pero tenía algo más fuerte: la
urgencia de no volver a quedarse quieto.
Echó a andar.
La primera noche llegó hasta las eras de Fuentes de Nava.
Olió el pueblo antes de verlo: olor a adobe fresco, a serrín viejo, a establo
cerrado. Se asomó al borde como quien se asoma a un baile sin entrar. Hizo
ruido sin querer, porque los jirones de su ropa rozaban las zarzas. Un perro
ladró en la distancia. Otro le contestó. El Mudo se quedó quieto un segundo, no
por miedo sino por costumbre. Luego recordó que ya no estaba clavado.
Siguió.
No entró en el pueblo aquella noche. No quería que lo
vieran. No sabía qué era lo que debía ser un ser como él en un lugar de
humanos. Se conformó con rodearlo, con oír el eco apagado de una radio nocturna
en alguna ventana y el tintineo lejano de un vaso en un bar.
En las afueras, cerca de un viejo caserío, vio
algo que le perforó la paja:
Otra figura de guardia.
Un espantapájaros distinto. Más alto, más nuevo. Con la
camisa limpia, el sombrero bien puesto, una bufanda roja que le caía como
lengua.
El Mudo se acercó despacio. La figura estaba quieta, clavada
al suelo. Pero en la luz azulada de luna parecía que lo miraba.
—Buenas noches —dijo el Mudo, por decir algo.
El otro no contestó, claro. Era espantapájaros, pero no
estaba vivo. Eso pensó el Mudo. Sin embargo, al acercarse más, vio bajo la
camisa un brillo extraño: no era paja amarilla, sino… otra cosa oscura, como
trenzas de sombra.
—¿Quién te ha hecho? —susurró.
En ese momento, el aire se enfrió de golpe. No era el fresco
normal de la madrugada; era un frío que te borra el aliento. El Mudo miró hacia
el este y vio una cosa que no cuadraba con el campo.
A lo lejos, por el camino que venía de Abarca, avanzaba una
mancha negra.
No era persona, ni animal, ni carreta. Era una sombra más
oscura que la noche, baja, pegada a la tierra, pero moviéndose. Se deslizaba
como humo sin viento. Por donde pasaba, la hierba parecía apagarse un tono,
como si la luz se la pensara dos veces.
El Mudo sintió algo parecido al miedo, que en él no era un
temblor sino un tirón hacia atrás.
La mancha no se acercó a él. Pasó de largo hacia Fuentes,
sin mirar. Pero él notó que al pasar, algo de su camisa se deshilachaba, como
si la oscuridad mordiera. Aún así, no se atrevió a moverse. La cosa llevaba un
silencio que imponía.
Cuando se perdió camino del pueblo, el Mudo respiró… o hizo
el gesto de respirar.
Miró al espantapájaros nuevo.
La bufanda roja se había quedado negra por un borde.
El Mudo comprendió algo sin palabras:
Aquello oscuro estaba “visitando” espantapájaros.
No sabía para qué. Pero sabía que no era bueno. Las cosas
malas de la Tierra de Campos casi siempre se mueven así: sin ruido, sin prisa,
con hambre lenta.
Volvió al campo donde estaba plantado el otro. Quiso
tocarlo. La mano le temblaba. Lo tocó.
La paja del interior no era paja.
Era ceniza.
Y olía a hoguera vieja.
Se apartó. La noche estaba cambiando de color: el cielo
empezaba a palidecer por el este. Notó cómo la vida prestada se le iba
aflojando por dentro, como cuando se desinfla un odre.
Se echó a correr torpemente de vuelta, sin saber bien por
qué, pero con la certeza de que debía volver antes de que amaneciera, como
decía un instinto de madera. Llegó a su poste cerca de las Bodeguillas y, justo cuando el
sol asomaba, el cuerpo se le endureció otra vez. Los brazos se le quedaron
tiesos en cruz. El cuello se le clavó hacia el norte.
Volvió a ser Mudo.
Pero ya no era el mismo.
Los humanos notaron cosas esos días. Lo notaron sin saber
nombrarlo, como siempre.
—Hay menos gorriones —dijo Lorenza en el bar.
—Será que el trigo ya está segado —respondieron.
—No, no es eso. Está raro el aire.
Algunos espantapájaros amanecieron con la ropa desgarrada o
ennegrecida, como si una brasa les hubiera besado por la noche. Otros
amanecieron caídos, el palo partido por la mitad. Nadie vio nada. Pero todos,
al comentarlo, bajaban un poco la voz.
Eusebio el de la calle Mayor, que era más viejo que el
propio pueblo, fumó su puro al atardecer y dijo:
—Eso que veis no es viento. Es viajero.
—¿Qué viajero? —preguntó Filomena.
Eusebio se encogió de hombros.
—Un viajero de sombra. Cuando algo malo no encuentra sitio, va de
pueblo en pueblo buscando una rendija.
La gente se rió con cuidado. No querían creerle y tampoco
querían desmentirle del todo.
La segunda noche de luna llena, el Mudo volvió a despertar.
Esta vez no tuvo que aprender de nuevo a mover el cuerpo.
Fue como ponerse un abrigo conocido. Se soltó del poste, cayó al suelo con
menos torpeza, y echó a andar hacia el camino antes de pensarlo.
No se detuvo en el caserío junto al canal. Bajó directo al
pueblo.
Fuentes dormía. Solo una luz de cocina encendida en una
casa. El Mudo entró por calles estrechas, cuidando de no hacer ruido. Los
adoquines eran fríos. La plaza del ayuntamiento parecía otro planeta sin gente.
La torre de la iglesia se alzaba encima como una aguja negra cosiendo el cielo.
Al pasar junto a la iglesia, oyó algo que le erizó la paja:
Un murmullo dentro del campanario.
No era campana. Era como una voz baja, un respirar ajeno. El
Mudo levantó la cara hacia la torre. En una de las troneras vio algo moverse:
una oscuridad densa, igual que la del camino. No subía ni bajaba; se asomaba,
como un gato que mira un corral.
El Mudo dio un paso atrás.
La oscuridad se retiró.
El Mudo entendió: aquello no solo viajaba, también
“habitaba” a ratos en sitios altos.
Siguiendo el rastro, salió del pueblo por la calle que va
hacia la laguna. En el borde vio otro espantapájaros, el de las huertas. Lo
habían hecho los chavales para reírse, con una camiseta del Real Madrid y un
sombrero de paja nuevo. Estaba aún vivo del día, pero de noche parecía triste.
El Mudo se acercó. Le tocó el pecho.
—No te dejes —susurró.
No sabía por qué lo decía. Era como si diera un consejo a sí
mismo.
Un ruido leve sonó atrás. El Mudo se giró.
Allí estaba la mancha negra, a pocos metros. Más grande que
la otra vez. Más concentrada. No tenía ojos, pero sentías que te miraba. No
tenía boca, pero sentías que quería algo.
El Mudo dio un paso atrás.
La mancha avanzó un paso.
No corría ni saltaba. Simplemente ocupaba el espacio.
El Mudo quiso huir, pero algo de dignidad nueva lo sostuvo.
Una dignidad recién encontrada, que solo tienen los seres a los que la vida les
ha costado una noche.
Alzó el brazo (su brazo de trapo y nudos).
—Aquí no —dijo.
Nada.
La mancha siguió.
El Mudo miró al espantapájaros de la huerta. Comprendió que
si no hacía algo, aquello lo convertiría en ceniza por dentro como a los otros.
¿Cómo se detenía una sombra? No tenía idea.
Entonces vio algo en el suelo: un haz de rastrojo seco,
atado con cuerda, que alguien había olvidado tras el día. Paja seca. Paja como
él. Paja que, en el fondo, era su idioma.
Agarró el haz. Se acercó a la mancha. Sintió frío. Mucho.
—Si comes sombra —dijo—, come luz también.
Y arrojó el haz dentro.
La mancha no se quemó. No hubo llama. Pero sí ocurrió algo
extraño: el haz de paja se iluminó, como si ardiera sin fuego, y dentro
de la oscuridad se dibujaron pequeños puntitos claros, como luciérnagas.
La mancha se detuvo.
El Mudo entendió la regla sin que nadie se la enseñara: la
oscuridad odia lo que tiene memoria de sol.
No era fuego lo que la asustaba, sino el recuerdo del sol en
la paja.
La mancha retrocedió un palmo. Luego otro. Como si hubiera
probado algo amargo.
El Mudo avanzó un paso, con el corazón de paja desbocado.
—Vete.
La mancha retrocedió más rápido, como un agua que se escapa
cuesta abajo. Se deslizó hacia el camino de Abarca y desapareció.
El Mudo cayó de rodillas. Le temblaban los brazos. Miró el
haz ahora apagado, normal. Pero aún olía a luz.
El espantapájaros de la huerta seguía clavado. No parecía
haber entendido nada.
El Mudo se quedó un rato, recuperando su respiración
imaginaria. Luego se levantó y volvió hacia el campo, no por miedo sino por
deber. Sabía que antes del alba debía estar donde lo plantaron. Sabía también
otra cosa nueva: que la batalla no había terminado.
Antes de amanecer se clavó otra vez en sus tierras.
Inmóvil.
Pero atento.
La tercera luna llena, el Mudo no esperó. Apenas la vida
entró en él, salió.
Siguió el camino en dirección contraria, hacia donde la
mancha había huido. Cruzó pagos silenciosos, oyó lechuzas, vio zorros que le
miraban sin miedo. Llegó a Abarca en plena madrugada. Allí vio lo mismo:
espantapájaros ennegrecidos en los campos, caídos, con la paja hecha humo.
La mancha negra se movía por los bordes del pueblo, como si
olfateara.
El Mudo no era héroe. Era un espantapájaros con piernas.
Pero había aprendido que podía hacer algo.
Buscó una era con rastrojo seco, de trigo viejo. Agarró
varios haces, los fue poniendo en el camino como migas al revés: migas de luz.
Cuando la mancha se acercó, el Mudo encendió la paja sin
fuego, solo con su presencia viva. Era raro: al tocarla, la paja recordaba el
sol. Se iluminaba desde dentro. La mancha reculó, furiosa sin ruido.
El Mudo la fue llevando así, paso a paso, fuera del pueblo.
Hacia la llanura abierta donde nada podía esconderse.
La mancha, acorralada por líneas de luz, se juntó más, se
hizo compacta. Intentó saltar hacia él. El Mudo aguantó la embestida con su
cuerpo blando. Sintió que una parte de su camisa se volvía ceniza. Pero no
cedió.
A lo lejos empezó a clarear.
El Mudo tuvo una idea final, simple como las ideas que
importan: no se puede matar una sombra, pero se la puede dejar sin noche.
Se plantó frente a ella, justo en el sitio donde el
horizonte era más limpio. Donde el sol entraría como cuchillo.
—Hasta aquí —dijo.
La mancha tembló. Se replegó sobre sí misma, intentando huir
hacia cualquier sitio oscuro. Pero el campo estaba pelado. No había árboles, no
había tapias, no había palomares cerca.
El rojo del alba asomó.
En el momento exacto en que el primer rayo tocó la mancha,
esta no ardió ni explotó. Solo se desmigajó, como barro seco cuando lo
pisas. Se volvió miles de pequeñas sombras diminutas que el sol fue borrando
sin esfuerzo.
Cuando el sol subió de verdad, ya no quedaba nada.
El Mudo sintió que sus piernas se endurecían. Cayó de
rodillas. El día lo devolvía a su inmovilidad.
Antes de quedar clavado, alcanzó a mirar hacia el horizonte,
a ese mundo que había conocido en noches prestadas. No había triunfos, no había
música de final. Solo una quietud nueva.
Volvió a su poste. Se endureció en cruz.
Pero esta vez el norte le pareció menos cárcel. Había
caminado lo suficiente para saber que la llanura no termina en el borde del
campo. Y que, por grande que sea la oscuridad, siempre hay un sol que se
levanta.
Los humanos no supieron nada con certeza. Solo que aquel año
dejó de aparecer la mancha. Los espantapájaros nuevos ya no amanecieron ceniza.
Los pájaros volvieron a posarse sin cautela. Lorenza dijo en el bar que el aire
estaba más ligero.
Eusebio, el viejo, se limitó a asentir.
—Se ha ido —dijo—. Porque a veces la tierra se defiende
sola, con lo que tiene.
Nadie entendió a qué se refería. Pero tampoco le preguntaron
más.
Clara —la nieta de Marcelino— fue una tarde a la zona de las Bodeguillas, como hacía siempre, y miró al Mudo. Juraría que el espantapájaros
tenía un desgarrón nuevo en la camisa, cerca del pecho, como de quemadura. Y
juraría también que el sombrero estaba un poco ladeado a la derecha, aunque
ella recordaba que lo habían puesto recto.
Se acercó, le puso una flor seca en el bolsillo.
—Gracias —susurró, sin saber bien por qué.
El Mudo no respondió.
Pero si hubiera podido, habría sonreído.
Y en la siguiente luna llena, cuando los caminos de Tierra
de Campos volvieron a abrirse para él, el espantapájaros echó a andar otra vez,
no ya por huir del aburrimiento, sino por patrullar, con la paciencia larga del
campo, por si alguna otra oscuridad sin dueño decidía que aquel horizonte llano
era un sitio fácil para quedarse. Porque hay viajeros de sombra que nunca dejan
de buscar rendijas.
Y, en Tierra de Campos, también hay viejos guardianes que
aprendieron a andar.

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