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domingo, 8 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Mirando hacia atras

..Mis recuerdos son como luces en la noche tras las que se esconde una imagen borrosa tomada, empañada por el frio del presente, tras haber salido, de repente, del acogedor calor del pasado

Entro en una habitación de la casa y pienso:

"Es la misma, el mismo lugar visto tal vez 10 o 12 años atrás pero...

¿Soy yo... el que hoy como ayer me asomo a esta puerta y miro... con esa mirada perdida hacia mi interior, hacia adentro, hacía ese ayer... buscando esa otra mirada de un niño, un niño que iba creciendo poco a poco, ascendiendo azulejo tras azulejo de la cocina, un niño al que le quedaban enormemente grandes todas las cosas de la casa, aquel niño, aquel "enano" que asomaba la cabeza sobre la mesa, a la hora de comer y que colgaba los pies, balanceándolos en la silla?

Soy yo el que recuerdo, pero soy tan distinto que creo ser otro.

Esas sensaciones ahora recreadas son el único lazo de unión con aquel otro que se me pierde, al que confundo pareciéndome tan lejano, diferente y extraño

Pero me veo, me palpo  y soy el mismo,  quizás un poco más viejo, más cansado...

El tiempo pasa, y como tú, el paisaje se transforma:  un árbol, ayer arbusto, se erige hoy alto y sereno hacia el cielo,  una casa antigua se ha convertido en árido solar vacío  o en un gigante frío de acero y cristal,  un niño ayer, hoy un joven, un viejo, mañana quizás muerto y olvidado

Todo se somete al imparable mandato del tiempo

Cambiamos...pero somos los mismos

Pamplona. 1984 

viernes, 6 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Tarde otoñal

La plaza está vacía. 
Ya no se oye el rumor de los pájaros desde los altos aleros de las casas de piedra, piedra bañada por mil vientos, dura y tosca como la de la fuente de verdín cubierta sobre la que resbala silenciosa la cristalina agua.  
Desde el cielo blanquecino, casi gris, un pequeño pajarillo ha caído sobre el frío suelo de la plaza. 
Monotonía en el ambiente. 
Una suave lluvia ha empezado a caer. 
Las gotas golpean su frágil cuerpecillo cubierto de plumas.
Quejumbroso se arrastra con el pico entreabierto sin fuerzas para gritar entre la creciente maraña de amarillentas hojas agolpadas bajo las mustias copas. 
El agua sigue cayendo imperturbable sobre la fría roca. 
La tarde parece expirar un gélido aire. 
Por entre los hayedos del cercano monte un olor a fresco, a humedad perfuma cada rincón del pueblo.
Pronto saldrán los niños de la pequeña escuela y romperán el silencio monótono de la tarde parda otoñal con la algazara de sus voces infantiles. 
Un caminante ha llegado al pueblo. 
Entre los soportales de la plaza contempla con aspecto cansino la triste tarde. 
Desde la cercana taberna un olorcillo a recio aguardiente le sacude los sentidos. 
Sin pensarlo apenas,  vuelve sobre sus pasos y entra en la taberna. 
La plaza vacía está, suena una campanilla. 
Tumulto de voces que bajan por la estrecha calleja y sus cantos y sus risas y sus voces rompen la monotonía de la tarde y del ambiente y el agua de la fuente ya no resbala silenciosa y acelera su pulso y la lluvia ha dejado de caer y allá junto a un árbol se amontonan en corro un grupo de niños. 
Uno de ellos sostiene entre sus manos al pequeño pajarillo. 
Al poco tiempo, en la plaza solo queda el silencio, el rumor de las hojas del agua de la fuente y allí, en la lejanía, el murmullo de unos niños que a su casa marchan. 
Ha dejado de llover y entre el blanquecino cielo se ha abierto un claro, un ancho claro, por entre el que se escurren plomizos unos tímidos rayos de sol.

Pamplona. 1981 

Microrrelatos: Gato negro

Eres tú, oscura silueta, una imagen que me persigue a través de los lugares y el tiempo: 
Tras la ventana, quieto, imperturbable. Observas curioso e impasible lo que en el interior de la casa bulle o tal vez dormita. Enigmático, misterioso, caminas silencioso por alguna calle desierta de la ciudad y de vez en cuando te detienes ante un montón de basuras, y hurgas y escarbas y vuelves a andar y te pierdes en la lejanía, detrás de aquella esquina. O en ese pueblo perdido, sigiloso sobre las tapias, en la noche más oscura, en el silencio más profundo reflejando en tus brillantes pupilas la blanca y pálida figura de la luna. Sobre la arena de la playa, en la hora de la medianoche observando con temor las aguas del mar. Entre las rocas, saltando veloz, subiendo escarpadas paredes. Si el día te sorprende esquivo, huidizo, huraño te muestras y a la búsqueda de tu negro escondrijo corres. Eres tú, extraño animal, la noche hecha vida, el misterio, el temor, la superstición, la muerte. Siempre en la penumbra, bajo la tenue luz de las bombillas amarillas, de la luna o de los atardeceres, en la oscuridad de los lúgubres días grises. Oh, gato negro, símbolo de algo que no acierto  a desentrañar pero que me sigue entre la penumbra, el crepúsculo, el temor de mi propia vida,

Pamplona. 1982 

Microrrelatos: Silencio en la noche

Había llegado a aquella mansión pocos  antes del 1 de noviembre, en los sombríos días del mes de octubre. La aureola de leyendas que escondía aquel lóbrego y apartado lugar, unido  a un cierto deseo de descanso y meditación me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad inherente a mi extraño carácter había sido el  detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles. Se respiraba una atmósfera de recogimiento, que desprendían tanto aquella mole de piedra como  sus taciturnos y escasos habitantes, con los cuales  apenas hable: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su mansión en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña  temporada. Tal fue mi caso. Así pues yo me encontraba allí en calidad de huésped. Y en estos días otoñales yo era el único huésped de la lóbrega mansión, o al menos eso creía.

Había llegado al caer la tarde de un grisáceo día. Apenas cené y temprano me retiré a mi habitación. Más el sueño inexplicablemente no me llegaba y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu,  el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oir vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. Quería pensar que lo que sentía en aquellos momentos era fruto del ambiente de aquella casa, pero mis esfuerzos por tranquilizarme eran inútiles. En la oscura tiniebla de mi habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, las voces, murmullos o  el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos. Y el silencio estaba lleno de extraños rumores. Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche.

Con suavidad abrí  la ventana y el chirrido de los goznes se escapó suavemente, debido tal vez a su poco uso como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frio golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los arboles y un fugaz resplandor. Luego nada, silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana, Me quedé inmóvil  durante un rato cuando comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche, doce campanadas lentas, sordas...Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por estos lugares a propósito de este día. De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, ya que de lo contrario, iba  a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme, me encaminé hacia la biblioteca, con el corazón encogido por el miedo. Un sudor frio recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. De nuevo, en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a leer, entre nervioso y  y preocupado las páginas de aquel  libro amarillento por el paso del tiempo. Sin darme cuenta, mis ojos se  cerraron y  entré en un profundo sueño. Las horas habían pasado lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron  que me despertase. Abrí los ojos. El temor había desaparecido. La noche había felizmente pasado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. Un silencio que sin embargo, ahora, era  roto monótonamente por un pausado gotear. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos al techo: un gota oscura se filtraba entre las rendijas de los pesados y largos tablones. Mi corazón volvió a acelerar su pulso. Un terrorífico presentimiento había inmovilizado mis músculos. A pesar de ello, me incorporé sobre el lecho y me aproximé hacia el lugar, a los pies de mi cama. Un sudor frio, helado me recorrió el cuerpo, mis ojos se abrieron desmesuradamente. Sobre el suelo se estaba formando un charco de sangre. Algo terrible había debido pasar aquella noche, pensé. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas. Todo giraba a mi alrededor e insistentemente veía dibujadas en sangre las palabras MUERTE. Un golpe seco. De nuevo el silencio. Oscuridad total. Todo había acabado. Silencio en la noche.

Pamplona. Abril 1982 

martes, 3 de diciembre de 2019

Microrrelatos: Moscas

Negra, pequeña mosca familiar, siempre perseguida, compañera del verano, incluso hasta cuando en este momento, escribiendo estas líneas, sobre ni cabeza revolotea una y se posa muy cerca, sobre un libro, sobre la ventana, sobre la mesa. Ella es la última de este estío convertido súbitamente en otoño. Cuantos instantes me hacéis recordar, siempre a vuestra caza:

Cuando al despertar, y la luz entra por entre las rendijas de la persiana, vosotras os posáis, revoloteando, con un zumbido constante y molesto sobre mi  boca o o mis ojos y yo furioso me escondo bajo las sabanas, bajo la almohada.

Cuando al mediodía os acercáis a los platos rebosantes de comida, como osados comensales, sin que nadie os haya invitado.

O estudiando, en mi deseada concentración, hacéis una rápida incursión y de pronto os siento sobre mi cara y en el más absoluto de los silencios, zum, zumbido odioso que me hace perder la vista en el techo, siguiendo vuestro desigual, caprichoso vuelo, hasta que regresáis desde las alturas y revoloteando en torno a la luz de la lampara, acabáis posándoos en las páginas abiertas de un libro. Mientras, en mi mente bullen deseos de venganza y con la esperanza de recobrar la tranquilidad me acerco sigiloso, esperando el momento oportuno para descargar el mortal golpe.

Mosca pequeña, terrible huésped del verano. En cualquier lugar aparecéis y vais de un sitio a otro, moscas curiosas y bajo la araña de la habitación trazáis en el espacio extraños movimientos.

La ventana está abierta y por ella entran una y otra y otra y toda la habitación se ha convertido en un zumbido infernal y al grito de ¡moscas! empieza la cruenta batalla. Hoy el imperio del aerosol le ha quitado la emoción a la caza de las moscas. Aprietas un botón y a los pocos momentos, pobres moscas, mueren envenenadas en una desigual guerra química. Sin embargo, a pesar de vuestra odiosa compañía, oh, moscas seréis parte de mis pequeños recuerdos.

Pamplona. Septiembre 1982

Microrrelatos: La ciudad despierta

La ciudad emerge desde el fondo de la nocturna oscuridad y la calle amanece hoy entre una densa y espesa niebla. Los coches, escasos todavía, llevan sus faros encendidos. Las farolas aun no han sido apagadas. Sin embargo, inexorable, la ciudad recobra poco a poco su pulso cotidiano. Las camionetas de reparto dejan las cestas del pan y las cajas de la leche enfrente de las puertas de los establecimientos que todavía permanecen cerrados. 
Las callejuelas duermen el último sueño de una tranquila madrugada, en esos portales oscuros, fríos, que pronto se abrirán, en esos charcos helados por una gélida noche invernal. La ciudad renace en sus calles solitarias con el paso apresurado de un hombre de mediana edad, seguramente un trabajador, o de una joven muchacha, o de unos estudiantes con sus bolsos y sus libros, sus bocadillos envueltos en papel de aluminio; cada uno, cada día, caminando al encuentro de una larga jornada, monótonamente igual y aburrida. Se siente ya el bullicioso latir de los ruidos de las fábricas, de los motores de los automóviles... y a la niebla se asocian en virginal unión los humos de las altas chimeneas y de los tubos de escape... Van y vienen los verdes autobuses urbanos, y la gente espera y en pocos momentos aquellos se llenan a rebosar. Pasa el tiempo. En el reloj de la iglesia han dado las nueve. Las tiendas, los comercios, levantan sus persianas metálicas; las ventanas de las casas se abren, aireando las somnolientas habitaciones. Las gentes despiertan y salen  a la calle y van de aquí para allá. Mientras tanto la niebla se diluye, se eleva, va desapareciendo. La ciudad acaba de despertar.

Pamplona. Septiembre 1982

Microrrelatos: A la orilla del mar

Chocan las olas contra los arrecifes de la costa y la espuma enjuaga esa dura roca grisácea carcomida, quebrada por la fuerza del océano. 
Observo pensativo toda la grandeza de la mar verdiazulada, inmensa y en ese momento me siento pequeño imaginando al mismo tiempo cuan pequeño me sentiría de igual modo si en lo alto de una gran cumbre estuviera. Qué pequeños somos los hombres a pesar de nuestro orgullo y nuestra vanidad ante lo inabarcable de la naturaleza y el mundo y el universo que nos rodea. Olas como crestas que crecen y crecen sobre la superficie como si una gigantesca e invisible boca soplara sobre ella. Y de nuevo el sol, como otras tantas veces, tras la isla, a la entrada de la bahía, escondiéndose, ocultándose silencioso, quedando difuminado sobre la mar ese rojo sangre de los crepúsculos, se hundirá sobre el horizonte, bajo las aguas para volver a emerger sobre ellas al amanecer. Sol, isla, montes, playa. Isla pequeña, cubierta de arboles y rocas, peñasco solitario, montes verdes que bajo el mar hundís vuestros pies. Playa inundada hace horas por los cuerpos de los hombres, ahora en la noche vacía. Camino sobre la fría y blanquecina arena, perdido entre las difusas sombras de la oscuridad y de vez en cuando dejo que el agua moje mis pies, sintiendo el latido acompasado de ese enorme corazón que hace subir y bajar las aguas. Me siento sobre una roca y pienso y mis pensamientos solo son interrumpidos, de vez en cuando por alguna voz alguna pisada de alguien que como yo gusta de pasear, de noche, por este tranquilo paraje, con el ruido del mar como fondo. Y al otro lado, atrás, brillan las luces de la ciudad. Tengo que volver. Al alba, cuando la luz ilumine débil, pálidamente las tranquilas aguas, algunos barcos zarparán de puerto y se adentrarán mar adentro, entre las olas, perdiéndose en el horizonte. Cuando deje este lugar, yo, hombre de tierra adentro recordaré con nostalgia este mar, ese sol, aquella isla, esos montes esta playa porque son y serán mi sol, mi isla, mis montes, mi playa, mi mar.

Pamplona. Agosto 1982

jueves, 28 de noviembre de 2019

El espantapajaros

Andrajoso, quieto, callado... junto al camino te observé un día... Me saludabas con tu silueta silenciosa y ese gesto de crucificado. Sobre los campos florecidos de espigas sobresalía tu alargada figura.

Un día, alguien te puso una escoba en la mano... como queriendo incrementar tu dormida naturaleza de madera y trapo. Te miraba todos los días y alguna vez creí ver cómo te movías y desaparecías entre aquel mar amarillo, cansado de tu eterna vigilancia, huyendo del sol implacable y la lluvia, de las pedradas de los chicos, de la mofa de aquellos a los cuales debías ahuyentar.

Los pájaros no volaban asustados; se acercaban hasta ti y se posaban burlones sobre tu sombrero de paja, picoteándolo con cruel avidez, hasta dejarlo medio agujereado, lleno de calvas y huecos. Otras veces, encima de tus brazos estirados, descansaban tranquilos bajo la sombra que tu figura les daba, y luego se lanzaban sobre los campos amarillos para llenar sus buches.

El sol declinaba en el atardecer y tú quedabas solo, recortándose tu negra silueta en el horizonte blanco rojizo.

El tiempo fue pasando y los trapos envejecieron y la escoba desapareció y el sombrero solo era una grotesca apariencia de lo que fue (como tú). Los pájaros del anochecer anidaban en tus entrañas y picoteaban ahora en lo que un día les asustó, luego les causó curiosidad y al que más tarde se acostumbraron.

Tus ojos negros, cuencas vacías sin fondo (amarillo calavera), no lloraron, porque sobre tus pupilas yacía el cadáver de un pajarillo atrapado.

Un día de verano te quise mirar desde el borde del camino y no te encontré. Me quedé mirando un rato por si, como ayer, habías huido, pero el vacío había ocupado tu lugar.

Caminé hacia un calvero, entre el mar amarillo, y allá yacían tus restos. Una bandada de pájaros elevó su vuelo sobre el cielo azul brillante, perdiéndose en el horizonte.

Una mueca de horror se dibujó en mi rostro: sobre el suelo aparecía el cadáver de un hombre carcomido, picoteado hasta la desesperación.

Corrí lejos, muy lejos, mientras una palabra recorría mi mente: ¡Dios mío!

EL ESPANTAPÁJAROS

Pamplona, agosto de 1984