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sábado, 8 de agosto de 2026

Microrrelatos: Anochecer en Castilla

Está anocheciendo. El sol nos regala sus últimos rayos de luz, antes de ocultarse definitivamente en el horizonte. No, aquí no se oculta tras una montaña como en mi tierra, aquí en esta inmensa llanura, el sol puede ser admirado en toda su grandeza crepuscular.

Allá, justo detrás del pueblo, el cielo adquiere una tonalidad rojiza, en contraste con los inmensos campos de trigo, amarillos ellos.

Estoy a las afueras, encima del pretil del puente, contemplando el paisaje. Las casas se mezclan en una abigarrada masa color ocre, ocre como la tierra en que están asentadas y de la que hechas están, como la tierra que verano tras verano hace cubrir de amarillo toda la vasta superficie que a nuestra vista se extiende. Se oscurece el cielo pasando de un azul oscuro a un intenso negro salpicado por innumerables estrellas relucientes.

Me levanto del pretil y camino entre las oscuras callejas, angostas, pedregosas, llenas de guijarros y de polvo, tan solo iluminadas por algunos pequeños farolillos, colgados a la vuelta de cualquier esquina.

De vez en cuando el silencio se ve roto por el ladrido de un perro o el repiquetear de las esquilas de algún rebaño de ovejas que, después de todo un día apacentando en estos campos, van a pasar la noche en la tenada de una de las casas del pueblo. Paso por la plaza, vacía también, y enfilo mis pasos a la casa de mi tía, donde me espera, como de costumbre, la cena y el sueño, producto del cansancio y la fatiga de todo un día en los Campos de Castilla.

Escrito el 15 de agosto de 1981. Fue el primer microrrelato de mi época juvenil, con apenas 17 años.