Unas escaleras de piedra. Bajo con cuidado. Un túnel oscuro alumbrado por una luz amarillenta. A través de él, en otro tiempo, cruzaba una ruidosa y traqueteante locomotora. Por encima del túnel, la avenida. Qué silencio. Qué extraño estado, intermedio entre el sueño y la obnubilación alegre de la mente. Parece irreal. Sensación lúcida y diferente.
He atravesado el túnel; la boca oscura ha quedado atrás. Ante mí, el puente sobre el río, y al final una calle y las primeras casas del barrio. El río navega silencioso, en la oscuridad de sus aguas. Me detengo a contemplar el lecho del río.
Siento algo agradable: la soledad de la contemplación en una madrugada silenciosa y serena. Allá, sobre la meseta, se erige la ciudad, las casas viejas amontonadas, las luces encendidas como velas en la lejanía, las murallas como vestigio histórico que resiste y a la vez es huella del paso del tiempo.
Belleza de las cosas pequeñas, de lo cotidiano: un río, un túnel abandonado bajo la avenida, una visión nocturna y solitaria de la ciudad. Camino a casa, y en el silencio me acompaña todavía el rumor del agua fluyendo.
Pamplona. septiembre de 1983
