La galería de las horas mira al norte, y de noche, cuando apagan la luz, la niebla se queda pegada al cristal como si esperase a que alguien la dejara entrar. Las demás no la miran. Yo sí. Pienso que ojalá alguien me esperase a mí de esa manera —sin prisa, sin cansarse, toda la noche contra un vidrio frío— y por la mañana la niebla sigue ahí, fiel, la única cosa que no se ha ido.
Somos cuarenta y una y hay cuarenta y dos camas. La del fondo no la ocupa nadie. Las mayores dicen que es de una que se marchó un verano y no volvió, y que no se toca, y que cuando cruje por la noche hacemos como que es la madera vieja. Yo, la primera noche, conté las camas dos veces y me salió mal las dos. Después aprendí a no contar hacia el fondo. Aquí se aprende enseguida hacia dónde no hay que mirar.
Soy de las que se quedan.
Lo digo sin pena, como se dice el tiempo que hace. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y de mi padre no guardo más que una fotografía en la que sale serio, con un abrigo que le queda grande. Me cría una tía en Deba, la hermana de mi madre, que no es mala pero tiene su vida y su casa y una manera de mirarme, cuando llego en verano, que dura justo lo que tarda en acordarse de que soy yo. A ella le escribo. Las monjas leen las cartas antes de enviarlas —lo hacen delante de una, sin disimulo, como quien comprueba una cuenta—, así que escribo cosas de las que se pueden leer: que estudio, que estoy bien, que hace frío. Nunca escribo lo otro. Que la casa de Deba es lo único que tengo y que, aun así, cuando llega septiembre y me devuelven al internado, siento un alivio que me da vergüenza, porque significa que no quiero del todo el único sitio adonde puedo ir.
Se nota cuando alguien está esperando a una. Yo lo noto en las otras: en la que cuenta los días hasta Navidad, en la que corre al locutorio cuando la avisan. A mí no me avisan casi nunca. Por eso lo sé mirar tan bien: como se conoce bien lo que a una le falta.
Una tarde escribo a mi tía y la mano se me va. No me doy cuenta hasta que levanto los ojos y veo que he llenado media página de una ciudad que no conozco. Un paseo de árboles junto a un foso, un foso verde, con agua abajo. Y un hombre. Un hombre joven que lleva bajo el brazo una carpeta de cartón atada con una goma —que lleva, que llevará, que llevaba— y que está de pie, muy quieto, esperando a alguien que no llega. Escribo que se nota que está esperando. Escribo que se le nota tanto que da pena. Y entonces me asusto, porque no sé de dónde ha salido eso, y lo tacho hasta que el papel se rompe, y sor Encarnación me quita la hoja rota sin decir nada y anota algo en su cuaderno con esa letra apretada suya que parece coser.
Esa noche sueño con el foso verde. El hombre sigue allí. Ahora sé que me espera a mí, aunque todavía no me conoce y quizá no me conozca nunca. Me despierto con la certeza rarísima de que le he echado de menos toda la vida, y tengo doce años, y no he querido a nadie, y no me ha querido nadie, y me digo que una no puede echar de menos lo que no ha tenido. Y sin embargo.
Empiezo a recordar cosas que todavía no me han pasado.
Salimos los domingos, de dos en dos. A mí me toca casi siempre con Maite, que va dos camas más allá y tiene las manos llenas de sabañones de dormir sin calefacción, y que en cuanto puede se pega al radiador del pasillo y estira los dedos hacia el calor como quien se concede un lujo que no le corresponde. Maite es buena y calla mucho. La otra, Arantxa, no sale nunca de pareja porque nunca sobra nadie para ella; se queda en el patio, contra el muro, mirando la tapia como si al otro lado hubiera algo. A las tres nos une lo mismo, aunque no lo hablamos: que fuera de aquí no nos espera nadie. Somos hijas de nadie en una casa de nadie, encomendadas a unas monjas que nos quieren de una manera administrativa, racionada, sin cariño de sobra porque el cariño aquí también está tasado. No hay crueldad. Es peor. Hay una amabilidad cansada que no llega para todas.
Yo, en el paseo, me separo. Le suelto la mano a Maite en cuanto doblamos la esquina y me voy sola hasta donde la niebla se cierra sobre los tejos del jardín. Sé que está mal. Lo hago igual. En la niebla soy otra: una que camina hacia alguien.
Cuando llega la fiesta de Santa Eulalia bajamos todas a la capilla. En el retablo hay una niña pintada con una palma en la mano, una niña de trece años que murió por no callar lo que creía, y las monjas nos cuentan su historia cada año como quien nos cuenta un ejemplo. Patrona de las doncellas, dicen. Patrona de las que se van demasiado pronto, pienso yo, aunque no lo digo. La miro y me reconozco un poco, no sé por qué, con ese frío en la espalda de cuando una se ve en un espejo que no esperaba. Una interna mayor, encendiendo velas, me dice bajito que este colegio ha perdido chicas antes. En el mar, dice. En la carretera. «Y no volvieron —dice—, o volvieron de otra manera.» Y se santigua deprisa, como si hubiera hablado de más.
Enciendo una vela. Y por un segundo —lo juro— me veo desde fuera: de pie junto a un muro de piedra, con el uniforme puesto, en una niebla que no es esta, mientras un desconocido afloja el paso para mirarme. No para verme. Para mirarme. Y comprendo, con una alegría que no debería tener, que voy a ser mirada. Alguna vez. Por alguien. Aunque sea tarde. Aunque sea después.
El presente se me cierra encima como una puerta y vuelvo a ser la de la vela, la de doce años, la de la cama que no es del fondo todavía.
Se acaba el curso. A las de familia lejana nos llevan a la costa, y a mí me toca Deba, que es mi tía y es el mar. El mar de Deba golpea de noche contra las rocas como si quisiera entrar en la casa, y yo me duermo oyéndolo y sueño que ya lo he oído antes, encerrada tierra adentro, en el refectorio, entre el silencio de las meriendas, cuando creía que eran los radiadores. Recuerdo el mar antes de haberlo oído. Recuerdo la sal en un abrigo verde que todavía no tengo. Recuerdo a un hombre diciéndome que me ha querido de una forma que le ha estropeado para todo lo demás, y yo contestándole que la verdad no siempre necesita decirse entera, y no sé quién es ese hombre, ni por qué le contesto así, ni por qué al recordarlo me duele el pecho de una ternura vieja.
La última tarde, antes de que venga a buscarme mi tía, bajo sola a la orilla. Hay niebla, una niebla que sube del agua y se come los acantilados. Me quedo en el borde, donde la arena se hace roca. Y la niebla viene hacia mí, despacio, y esta vez no espera contra ningún cristal: me envuelve, me toca la cara con esa humedad de lana mojada que ya conozco, y entiendo, por fin, del todo, sin poder decírmelo con palabras, que soy yo. Que soy yo la que va a levantar la mano en la niebla de una ciudad que aún no piso. La que dirá, dentro de muchos años que para mí son ahora mismo, me perdí antes. La que buscará durante media vida ajena a alguien que la mire y diga su nombre.
Doy un paso hacia la niebla, como se da un paso hacia quien nos espera.
Dirán que me ahogué. Que hubo temporal, que el mar estaba bravo, que se me llevó entre las rocas. Saldrá en un periódico, pequeño, a una columna, con una foto en la que salgo seria, como mi padre, con algo que me queda grande.
No estoy segura de haberme ahogado.
Solo sé que entré en la niebla, y que la niebla, por una vez, me estaba esperando a mí.
Somos cuarenta y una y hay cuarenta y dos camas. La del fondo no la ocupa nadie. Las mayores dicen que es de una que se marchó un verano y no volvió, y que no se toca, y que cuando cruje por la noche hacemos como que es la madera vieja. Yo, la primera noche, conté las camas dos veces y me salió mal las dos. Después aprendí a no contar hacia el fondo. Aquí se aprende enseguida hacia dónde no hay que mirar.
Soy de las que se quedan.
Lo digo sin pena, como se dice el tiempo que hace. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y de mi padre no guardo más que una fotografía en la que sale serio, con un abrigo que le queda grande. Me cría una tía en Deba, la hermana de mi madre, que no es mala pero tiene su vida y su casa y una manera de mirarme, cuando llego en verano, que dura justo lo que tarda en acordarse de que soy yo. A ella le escribo. Las monjas leen las cartas antes de enviarlas —lo hacen delante de una, sin disimulo, como quien comprueba una cuenta—, así que escribo cosas de las que se pueden leer: que estudio, que estoy bien, que hace frío. Nunca escribo lo otro. Que la casa de Deba es lo único que tengo y que, aun así, cuando llega septiembre y me devuelven al internado, siento un alivio que me da vergüenza, porque significa que no quiero del todo el único sitio adonde puedo ir.
Se nota cuando alguien está esperando a una. Yo lo noto en las otras: en la que cuenta los días hasta Navidad, en la que corre al locutorio cuando la avisan. A mí no me avisan casi nunca. Por eso lo sé mirar tan bien: como se conoce bien lo que a una le falta.
Una tarde escribo a mi tía y la mano se me va. No me doy cuenta hasta que levanto los ojos y veo que he llenado media página de una ciudad que no conozco. Un paseo de árboles junto a un foso, un foso verde, con agua abajo. Y un hombre. Un hombre joven que lleva bajo el brazo una carpeta de cartón atada con una goma —que lleva, que llevará, que llevaba— y que está de pie, muy quieto, esperando a alguien que no llega. Escribo que se nota que está esperando. Escribo que se le nota tanto que da pena. Y entonces me asusto, porque no sé de dónde ha salido eso, y lo tacho hasta que el papel se rompe, y sor Encarnación me quita la hoja rota sin decir nada y anota algo en su cuaderno con esa letra apretada suya que parece coser.
Esa noche sueño con el foso verde. El hombre sigue allí. Ahora sé que me espera a mí, aunque todavía no me conoce y quizá no me conozca nunca. Me despierto con la certeza rarísima de que le he echado de menos toda la vida, y tengo doce años, y no he querido a nadie, y no me ha querido nadie, y me digo que una no puede echar de menos lo que no ha tenido. Y sin embargo.
Empiezo a recordar cosas que todavía no me han pasado.
Salimos los domingos, de dos en dos. A mí me toca casi siempre con Maite, que va dos camas más allá y tiene las manos llenas de sabañones de dormir sin calefacción, y que en cuanto puede se pega al radiador del pasillo y estira los dedos hacia el calor como quien se concede un lujo que no le corresponde. Maite es buena y calla mucho. La otra, Arantxa, no sale nunca de pareja porque nunca sobra nadie para ella; se queda en el patio, contra el muro, mirando la tapia como si al otro lado hubiera algo. A las tres nos une lo mismo, aunque no lo hablamos: que fuera de aquí no nos espera nadie. Somos hijas de nadie en una casa de nadie, encomendadas a unas monjas que nos quieren de una manera administrativa, racionada, sin cariño de sobra porque el cariño aquí también está tasado. No hay crueldad. Es peor. Hay una amabilidad cansada que no llega para todas.
Yo, en el paseo, me separo. Le suelto la mano a Maite en cuanto doblamos la esquina y me voy sola hasta donde la niebla se cierra sobre los tejos del jardín. Sé que está mal. Lo hago igual. En la niebla soy otra: una que camina hacia alguien.
Cuando llega la fiesta de Santa Eulalia bajamos todas a la capilla. En el retablo hay una niña pintada con una palma en la mano, una niña de trece años que murió por no callar lo que creía, y las monjas nos cuentan su historia cada año como quien nos cuenta un ejemplo. Patrona de las doncellas, dicen. Patrona de las que se van demasiado pronto, pienso yo, aunque no lo digo. La miro y me reconozco un poco, no sé por qué, con ese frío en la espalda de cuando una se ve en un espejo que no esperaba. Una interna mayor, encendiendo velas, me dice bajito que este colegio ha perdido chicas antes. En el mar, dice. En la carretera. «Y no volvieron —dice—, o volvieron de otra manera.» Y se santigua deprisa, como si hubiera hablado de más.
Enciendo una vela. Y por un segundo —lo juro— me veo desde fuera: de pie junto a un muro de piedra, con el uniforme puesto, en una niebla que no es esta, mientras un desconocido afloja el paso para mirarme. No para verme. Para mirarme. Y comprendo, con una alegría que no debería tener, que voy a ser mirada. Alguna vez. Por alguien. Aunque sea tarde. Aunque sea después.
El presente se me cierra encima como una puerta y vuelvo a ser la de la vela, la de doce años, la de la cama que no es del fondo todavía.
Se acaba el curso. A las de familia lejana nos llevan a la costa, y a mí me toca Deba, que es mi tía y es el mar. El mar de Deba golpea de noche contra las rocas como si quisiera entrar en la casa, y yo me duermo oyéndolo y sueño que ya lo he oído antes, encerrada tierra adentro, en el refectorio, entre el silencio de las meriendas, cuando creía que eran los radiadores. Recuerdo el mar antes de haberlo oído. Recuerdo la sal en un abrigo verde que todavía no tengo. Recuerdo a un hombre diciéndome que me ha querido de una forma que le ha estropeado para todo lo demás, y yo contestándole que la verdad no siempre necesita decirse entera, y no sé quién es ese hombre, ni por qué le contesto así, ni por qué al recordarlo me duele el pecho de una ternura vieja.
La última tarde, antes de que venga a buscarme mi tía, bajo sola a la orilla. Hay niebla, una niebla que sube del agua y se come los acantilados. Me quedo en el borde, donde la arena se hace roca. Y la niebla viene hacia mí, despacio, y esta vez no espera contra ningún cristal: me envuelve, me toca la cara con esa humedad de lana mojada que ya conozco, y entiendo, por fin, del todo, sin poder decírmelo con palabras, que soy yo. Que soy yo la que va a levantar la mano en la niebla de una ciudad que aún no piso. La que dirá, dentro de muchos años que para mí son ahora mismo, me perdí antes. La que buscará durante media vida ajena a alguien que la mire y diga su nombre.
Doy un paso hacia la niebla, como se da un paso hacia quien nos espera.
Dirán que me ahogué. Que hubo temporal, que el mar estaba bravo, que se me llevó entre las rocas. Saldrá en un periódico, pequeño, a una columna, con una foto en la que salgo seria, como mi padre, con algo que me queda grande.
No estoy segura de haberme ahogado.
Solo sé que entré en la niebla, y que la niebla, por una vez, me estaba esperando a mí.
II. Maite
A mí me devuelven.
Es la palabra exacta y no me molesta usarla. Tengo una tía en un pueblo de la carretera de San Sebastián que me recoge algún domingo, por deber, y que a media tarde ya está mirando el reloj. No es que no me quiera. Es que no sabe dónde ponerme. Su casa es pequeña, su marido habla poco, y yo, de visita, soy un mueble que no encaja. Antes de que anochezca me dice que va siendo hora, y me lleva a la parada, o me busca a alguien que suba hacia el puerto, y me devuelve al colegio, que es el único sitio donde tengo una cama con mi nombre, aunque el nombre lo hayan escrito ellas.
Vuelvo siempre tarde y siempre bajo la lluvia. Parece que lo hubieran arreglado así. Las visitas que no salen bien se acaban de noche.
En el internado tengo las manos deshechas de sabañones. El dormitorio no tiene calefacción y el frío se me mete en los dedos y no se va hasta junio. Mi lujo, el único, es el radiador del pasillo: me pego a él cuando las monjas no miran y estiro las manos hacia el calor hasta que me pican, y ese picor casi feliz es lo más parecido a que alguien me abrace que tengo en todo el invierno. Guardo también, en el fondo de la caja de los tesoros, un frasquito de colonia que era de una hermana joven que murió, colonia de las de antes, y algunas noches me pongo una gota en la muñeca y me huele a que soy alguien.
Cuento esto sin queja. No sé quejarme. En Santa Eulalia la que se queja molesta, y la que molesta se queda más sola todavía, así que aprendes a decir las desgracias como quien dice la hora.
Con Amaia salíamos de dos en dos y ella se soltaba en cada esquina y se iba a la niebla. Yo la dejaba. Le brillaban los ojos de una manera que a mí me daba un poco de miedo, como si mirara cosas que estaban más allá del muro, más allá del domingo. Cuando se fue al mar y no volvió, a nadie le extrañó demasiado; borraron su nombre de la lista, le quitaron la percha del ropero, y yo por la noche miraba su cama vacía y pensaba que ahora había dos al fondo. Una vez soñé el mar por ella, un mar que yo no conozco porque nunca me han llevado a la costa, un mar que golpeaba de noche como si quisiera entrar. Me desperté con sal en la boca. No se lo conté a nadie.
Lo mío es la carretera.
Hay una noche —está lloviendo, cómo no— en que vuelvo del pueblo de mi tía más tarde que nunca. La visita ha ido mal, no importa por qué, esas cosas no se cuentan. Mi tía no puede acercarme y me deja en el cruce, bajo el agua, con la promesa de que enseguida pasará alguien que suba hacia el colegio. Llevo el abrigo bueno y una diadema que me compró ella hace años, de arco, la única cosa de niña bonita que tengo. Paro un coche. O el coche para. Es un hombre solo, amable, que va hacia el puerto y me dice que me lleva. Subo. Le digo que voy al colegio. No pregunta cuál.
La carretera sube hacia el puerto de Azpiroz entre curvas, y la niebla, arriba, se cierra igual que se cerraba sobre los tejos del jardín. En una curva —hay una que dicen que se resiste, que se lleva a la gente— siento algo raro, un desencaje, como si el coche ya no fuera del todo por la carretera sino por dentro de un recuerdo. Miro por la ventanilla y no veo el arcén: veo unos faros que vienen, y una mano que se levanta hacia ellos pidiendo que paren. La mano es la mía. Voy dentro del coche y estoy fuera, en la cuneta, levantando la mano hacia mí misma, con la ropa seca aunque llueve, y no entiendo cómo puedo estar en los dos sitios, y tengo las manos, por una vez, calientes.
Después no hay después.
Dirán que hubo un accidente. Que el coche se salió en la curva mala, que la calzada estaba mojada, que a esas horas y con esa niebla. Pondrán una cruz clavada en el quitamiedos, de esas que va plantando el luto en las carreteras, y con el tiempo alguien colgará de ella una diadema oxidada que encontró medio enterrada entre la maleza, sin saber que era mía, y al colgarla me hará, sin querer, el único bien que puede hacérsele a una de nosotras: dejar algo mío donde se vea.
Pero yo, cuando pienso en aquella noche, no me acuerdo del golpe. Me acuerdo de la mano levantada hacia los faros. Y de que las manos, por fin, no me dolían de frío.
III. Arantxa
A mí no me devuelve nadie, porque a mí no me recoge nadie.
No tengo tía, ni casa de verano, ni pueblo en la carretera, ni siquiera un frasco de colonia de una muerta. Tengo la lista, y en la lista un nombre, y una percha en el ropero, y una cama. Cuando cierran el colegio por vacaciones y las otras se van —unas a su casa, otras a la costa—, yo soy de las poquísimas que se quedan del todo, las que no reclama nadie, las que hacen bulto en el pasillo mientras las monjas deciden qué se hace con nosotras. En verano nos llevan a una casa de la costa, y algunas no vuelven de allí, y a esas no se las nombra nunca más, se hace como si no hubieran existido. Yo miraba a Amaia irse al mar con una envidia que me daba asco de mí misma: envidia de que a ella la esperase, aunque fuera mal, aunque fuera una tía distraída, alguien.
Aprendí pronto a no mirar hacia el fondo del dormitorio. Aprendí a no contar las camas. Aprendí, sobre todo, a no esperar el locutorio, porque a mí no me avisaban jamás, y la que aprende a no esperar se ahorra un dolor pequeño trescientas veces al año.
Lo raro es esto: nada me ha mirado nunca, y la niebla sí.
Empezó en la ventana, de noche. Yo, que no le importo a nadie, notaba que la niebla del cristal me devolvía la mirada. No a las otras. A mí. Se quedaba ahí, contra el vidrio, y yo tenía la sensación clarísima —ridícula, lo sé— de que me veía, de que era lo único en el mundo que sabía dónde estaba yo exactamente. Empecé a esperar la noche por eso. A ponerme al lado de la ventana. A apoyar la frente en el frío. La niebla me miraba y yo me dejaba mirar, y era casi como ser querida.
Un domingo de niebla salimos, y como siempre no sobra nadie para hacer pareja conmigo, así que voy sola detrás de la fila. Nadie lo nota, que es la costumbre de todo lo mío. Doblamos junto a los tejos, la niebla baja del monte y se cierra sobre el camino, y yo, en vez de apretar el paso para no perder a las demás, hago lo que Amaia hacía: me quedo. Dejo que la fila se aleje. Las oigo contar, de dos en dos, cada vez más lejos —una, dos, tres, cuatro— y noto que en la cuenta falto yo, y que ni siquiera se dan cuenta de que faltan.
La niebla viene hacia mí. Por primera vez no está detrás de un cristal. Me toca. Y yo entro en ella no como quien se pierde, sino como quien acude, por fin, a lo único que la ha mirado en toda su vida.
De mí no dirán nada. No habrá mar, ni curva, ni cruz, ni columna en el periódico. En el libro del colegio, sor Encarnación escribirá con su letra de coser: «salida definitiva» o «trasladada a otro centro» o «reclamada por la familia» —una fórmula de contable, de esas que se ponen para no poner la verdad—, y quitarán mi percha, y rascarán mi nombre del pupitre, y me borrarán con el mismo cuidado con que se borra una cuenta saldada. Sin cuerpo. Sin ausencia siquiera, porque para que haya ausencia alguien tiene que echarte de menos.
Seré la cama nueva del fondo. La que cruje. La que las que lleguen aprenderán a no mirar.
Y esperaré, con las otras, de dos en dos por los caminos de la niebla, con el uniforme azul y la bufanda húmeda, esto que hemos venido a esperar todas desde el principio y que ninguna supo pedir a tiempo: que alguien cuente la cabeza que falta. Que alguien nos mire sin querer explicarnos del todo. Que alguien, una noche cualquiera, entre Pamplona y San Sebastián, con la niebla cerrándose en la carretera, deje —sin saber para quién— una luz encendida.
Algunas no volvemos a casa. Pero se agradece.

No hay comentarios:
Publicar un comentario