jueves, 4 de junio de 2026

La profanación

1

Es 31 de julio de 1973 y el sol de la tarde cae vertical como un martillo. Subimos —arrastrando los pies, más bien— por el camino del Plazaola, Loren, Riki y yo. El Plazaola es un tren que ya no existe: levantaron los raíles cuando el aita era mozo, y de la vía solo quedó esto, un camino pedregoso sobre la antigua caja, recto hasta el cruce con el camino que baja de Artica y luego marcando una suave curva hacia la izquierda. El camino empieza junto a la estación vieja, la del Empalme, que se llamaba así porque conectaba con el otro tren de vía estrecha, el Irati que venía del este de la Cuenca; ahora la Estación es un edificio abandonado, con las ventanas tapiadas y vacías mirando a ningún sitio. Desde allí el camino pasa entre los Mogotes, deja a la derecha el soto de Artica  y sigue un buen trecho pegado a la vía que sí existe, la que va en dirección a Alsasua y Vitoria.

El aire está espeso, vibrante, lleno de insectos invisibles que zumban. Se nos pegan  las camisetas al cuerpo por el calor. Reímos en voz baja, por cosas pequeñas, sin importancia.

A la altura del cruce con el camino a Artica hay un primer paso a nivel sin barrera, como a cincuenta metros del camino. Riki se desvía un momento, se acerca a la vía del tren a Alsasua y apoya la oreja en el hierro caliente, como vemos en las películas del oeste.

—Nada —dice—. No viene.

—El ómnibus de  las ocho y media sí viene —digo yo, sin saber por qué lo digo, porque a las ocho y media ya estaré cenando en casa.

El camino llega cerca del pueblo viejo. Allí una carretera se descuelga hacia el barrio nuevo —el Berriozar de abajo, el de los bloques de viviendas a los dos lados de la avenida de Guipúzcoa, la vieja carretera de San Sebastián— y para ir hasta  él hay que cruzar la vía por un paso a nivel sin barrera. Nosotros no bajamos: subimos por el lado opuesto, dejando atrás, allá abajo, el barrio nuevo, y trepando hacia el pueblo viejo y el cementerio que queda detrás, los dos en la ladera del monte de San Cristóbal. Arriba están los cipreses, oscuros, que cierran el cielo sobre la tapia del camposanto. La tapia no es alta, pero  hay que escalarla, aunque se escala fácil. Por ahí saltamos de niños y nos sentíamos mayores.

Aquí arriba están enterrados mis abuelos. La abuela vivía en una de esas casas de piedra, junto al lavadero y rezaba en vasco; el aita nació aquí, pero de crío bajó con la familia a la Rochapea, y abajo ya solo hablamos castellano. De todo aquel vasco de la abuela a mí me ha quedado tan solo una palabra, aita, y poco más. Los míos están al fondo, en una hilera de  tumbas viejas que ya no cuida nadie: algunas conservan el nombre, otras lo han perdido del todo. Los muertos suben al pueblo viejo y los vivos bajamos a vivir a la ciudad. Hoy hemos subido al camposanto, vivos,  y no para rezar o velar por nadie, sino como una muestra de valentía, por lo que íbamos a hacer y eso, dice el cura de mi parroquia, la iglesia del Salvador, es una profanación.
 
Dentro, entre los cipreses, hay unas sesenta tumbas alineadas sin geometría; tres panteones de los ricos, con puertas de hierro; dos criptas a las que se baja por escaleras siempre húmedas y cubiertas de musgo. El cementerio huele a piedra mojada incluso en verano. El viento se levanta, pero no trae alivio: trae polvo y una electricidad que me eriza los brazos. No digo nada, porque hoy quiero ser valiente; he decidido que voy a mirar donde otros no miran, a los ojos de la muerte.

Cruzamos hacia el fondo, hacia las tumbas viejas, donde las hierbas altas y amarillas dibujan remolinos bajo los cipreses. Allí, entre los tallos secos, veo una lápida casi rota, desconchada como una costra que alguien hubiera intentado arrancar. No tiene flores ni nombre legible, solo unas letras comidas por la lluvia. Me agacho y paso los dedos. La piedra está tibia. Y me ocurre algo que no sé decir: que esa losa ya conoce el peso de mi mano, que mis dedos saben dónde agarrar antes de buscarlo. Aparto la idea como se aparta una mosca.

—¿La levantamos? —dice Loren, y lo dice como quien dice “¿saltamos al río?”.

Asiento. No estoy seguro de querer, pero asiento.

Pesa. La levantamos poco a poco y el aire cambia. Sube un olor que no se parece a nada: no huele a muerto como en los libros, huele a metal, a hojas pisadas, a humedad antigua, a algo que me aprieta la garganta. Bajo la losa, la tierra no está suelta. Hay madera oscura, hinchada por el agua. Loren mete la mano. Juntos apartamos un pedazo que se deshace con la facilidad del pan. Y entonces lo vemos.

No sé si es hombre o mujer. No sé si ha pasado un día o cien años. Tiene restos de traje pegados a una piel que aún no es del todo hueso; un cuello que no es un cuello, sino la forma de lo que lo fue. La cara está completa y no lo está, como si el tiempo la hubiera olvidado. No hay gusanos. No hay ruido. Solo nosotros y eso. Me quedo sin aire.

Suelto. La losa cae torpe, sin miramiento, con un sonido hueco que parece repetirse abajo, adentro. Doy un paso atrás. Tropiezo con una cruz de hierro oculta en la hierba. La cruz se me clava en el tobillo, me caigo hacia atrás, y oigo —más adentro que en los oídos— un crujido leve en la nuca, un chasquido pequeño, como el de una rama verde. Una punzada sube hasta el cráneo y luego, de golpe, no sube nada. La nuca se me queda quieta, ausente, como un brazo dormido. Me levanto por puro orgullo, por vergüenza quizás. No digo nada.

—Vámonos —susurra Riki, y me agarra del codo.

Bajamos corriendo por la carretera. La luz cambia: de golpe es tarde, de golpe es casi noche. Donde la carretera se parte, Loren y Riki tiran hacia abajo, hacia el barrio nuevo, por el atajo que cruza la vía.

—¡Por aquí se baja antes! —grita Loren—. ¡Que viene rápida la tormenta!

—¡Yo voy por el Plazaola! —contesto, y mi voz me suena lejos, como debajo del agua.

Los veo bajar hacia el paso sin barrera con las camisetas pegadas a la espalda. No vuelvo a mirar; cojo otra vez el camino del Plazaola, paso entre los Mogotes, dejo el soto, sigo hacia El Empalme, hacia la Rochapea, las casas del Salvador, mi casa. Llego con la sensación de no haber llegado todavía. Mi madre pone la mesa y pregunta por qué traigo tierra hasta los tobillos, pero no levanta la vista del mantel. Mi padre mira los vasos contra la luz, como si la luz fuera vino. Me siento. En la mesa hay un cubierto de más, o de menos; no sabría decir cuál. Nadie me mira del todo: me hablan como se le habla a alguien que está en la habitación de al lado, y las voces me llegan un poco tarde, como si tuvieran que cruzar un patio para alcanzarme. Ceno. Mastico, pero la comida no tiene sabor; la lengua no me obedece. Se ríen de  algo que están echando en la televisión. Yo trago. Me pesan los párpados como si alguien me los hubiera untado de plomo. Pido permiso y me retiro.

En mi cuarto, la cortina respira hacia dentro y hacia fuera. Me tumbo. Oigo, lejano, un rumor que parece de lluvia y no lo es. Pienso en la losa cayendo. Pienso en el crujido de mi nuca, que sigue sin dolerme, y eso —que no me duela— es lo único que me da miedo, como si por dentro se me hubiera parado un reloj. El sueño me toma sin pedir permiso.

2

Me despierto porque me despierto: sin un antes o un después, como si el despertar fuera lo primero. Estoy de pie en el cementerio de arriba. No sé cómo he llegado, pero el camino me pertenece y no me sorprende. La losa está abierta. La tumba, vacía. Abajo, en la cuenca, muy lejos, se ven las luces de la avenida de Guipúzcoa, pero no llega ningún ruido de allí. El aire tiene dentro todos los colores que tiene el agua cuando se hace negra.

A la entrada se recorta una figura. El viento le mueve las ropas, pero no le mueve el cuerpo. Camino hacia ella porque no sé hacer otra cosa. Cuando estoy a un paso, su rostro se aclara como si tuviera luz dentro, y en esa claridad aparece la cara de mi padre. O la cara que el aita ponía para asustarme de pequeño: la forma de la pena antes de la pena.

—Aita… —digo, pero el nombre me sale corto.

Entonces el rostro se pliega, se retuerce, y en un segundo es una calavera pulida. Y después ya no es calavera, sino el monstruo que visita mis noches desde antes de que supiera nombrar el miedo de pequeño. Ahora lo entiendo de otra manera: no es que el monstruo tenga muchas caras, es que la cosa que hay debajo se prueba caras, como quien se prueba sombreros, hasta dar con la que más me duele. Abre los brazos y me rodea con un abrazo frío y total. Siento el dolor clavado en la nuca y, al mismo tiempo, una paz que no se parece a la paz. Grito. El grito me despierta.

Llueve. No como suele llover: llueve como si el cielo tuviera cuentas pendientes con la tierra. Grito otra vez, pero mi grito se disuelve en la casa. Nadie responde. El cuarto se ha encogido, como si la madera se hubiera acercado al centro. El armario oscuro parece más alto; por debajo de sus puertas se cuela una luz que no está encendida en ninguna parte. Hay algo dentro. Lo sé como se saben las cosas que no nos han contado.

El espejo de la cómoda me devuelve una imagen que tarda un segundo en decidirse, y en ese segundo no soy yo: soy alguien parecido. Cuando al fin me devuelve, lo hace con un retraso mínimo, una cortesía que da miedo. Me llevo la mano a la nuca. El reflejo se lleva la mano a la nuca un instante después que yo, como si tuviera que acordarse de hacerlo.

Me tumbo. El reloj de pared no suena. No sé cuánto pasa; vuelvo a dormirme sin que la decisión me pertenezca.

Despierto al día siguiente con un olor a tierra húmeda que no debería estar en una casa de la Rocha. Bajo los pies encuentro granos de tierra pegada. En el terrazo hay dos rastros de pisadas oscuras. Uno es mío. El otro es un poco más grande, un poco más largo, como si mi pie hubiera crecido durante la noche sin avisarme. Me agacho y toco. La humedad me mancha la yema.

—¡Kike! —grita mi madre desde la cocina, alegre, cotidiana—. ¡A almorzar!

La casa vuelve a su tamaño. En la cocina están mi padre con el vaso, mi madre con la cafetera, el pan, la radio que habla de otra parte del mundo. Les miro las manos para asegurarme de que son sus manos. Almuerzo como si el mundo estuviera correcto. La leche tampoco sabe a nada.

—¿Qué hicisteis ayer por la tarde? —pregunta mi madre, pero no espera respuesta, y yo asiento como si respondiera.

La radio da un aviso de tormenta y nombra, de pasada, un suceso en el paso a nivel de Berriozar. Mi madre sube el volumen un segundo y vuelve a bajarlo.

—Cosas de mayores —dice, y me aparta el pelo de la frente.

Mi padre dice que las tormentas pasan por encima y no se quedan. Pienso en contarles lo de la losa, lo del crujido, lo de la figura con la cara de aita; pero cuando abro la boca, una parte de mí, prudente o cobarde, me sujeta la lengua. Por la ventana, allá arriba, la falda del monte de San Cristóbal y los cipreses del cementerio parecen más altos hoy.

Digo que voy a ver a los chicos. Mi madre me pide que vuelva a comer. Asiento. Al salir, el pasillo se alarga un poco y se acorta; el espejo me deja ir con una fracción de retraso. El armario no me mira, pero sé que sigue guardando lo que guarda.

3

Subo por el Plazaola a buscar a Loren y a Riki. No están en el camino. Llego hasta donde la carretera se parte, donde ayer se fueron hacia abajo, y miro hacia el barrio nuevo, hacia el paso sin barrera por el que cruzaron. En la grava, junto a los railes, hay un trozo de tela que no quiero mirar pero miro. Es una tela de cuadros. Riki llevaba una camisa a cuadros. Me digo que hay muchas camisas a cuadros en el mundo. Subo por la carretera hacia el pueblo viejo. No insisto. No quiero insistir.

La tapia me recibe como si yo le perteneciera. La escalo, como siempre, y camino entre los cipreses hacia el fondo, hacia las tumbas viejas de los míos, hacia la lápida desconchada. Está donde debe. Apoyo las manos. Esta vez la levanto solo.

Pesa menos. O yo peso más. Debajo hay madera, y bajo la madera, una cara. Me inclino. El rostro no coincide con ninguno que haya visto y, sin embargo, los contiene todos. Un segundo me parece la boca de Riki. Otro, la ceja de Loren. Otro… otro segundo me veo a mí, no al de ahora, sino al de cuando saltaba la tapia del chalet a robar higos. Mientras miro, la cara se apaga, se hunde, se desprende, como una fruta podrida a cámara rápida, hasta que donde había un rostro hay un cráneo, y las cuencas me miran con una neutralidad peor que cualquier amenaza.

Entonces la lápida se estremece bajo mis manos. Sobre la piedra desconchada aparecen letras pálidas, primero como humo, luego como tiza, al final como cincel. Un nombre. Una fecha. Mi nombre...

ENRIQUE *** — 31 de JULIO de 1973

No me lo explico. Me niego a explicármelo. Hago lo único que sé hacer: agarro la losa para taparla, para devolverla a su sitio, para deshacerlo todo con las manos. La losa no se deja. Pesa lo que pesa el mundo. Tiro hasta que las cuerdas del cuello me arden —y no me arden, porque la nuca sigue dormida, y ese silencio del cuello es ahora el centro de todo el miedo.

Lo dejo. Echo a correr. Corro cuesta abajo, hacia la Rocha,  hacia casa, para que mi madre me ponga la mano en la frente y me diga que son cosas de mayores. Bajo por la carretera,  al camino del Plazaola, paso entre los Mogotes, dejo el soto, sigo hacia El Empalme, hacia las casas del Salvador, hacia mi portal. Pero a casa no llego nunca. El camino se da la vuelta sobre sí mismo y otra vez estoy arriba, entre los cipreses, a los pies de la tapia. Lo intento despacio, midiendo cada paso, y de nuevo el camino pedregoso me deja delante del camposanto. La Rocha, mi calle, mi casa, se han quedado a un lado del mundo al que ya no llego.

Me rindo en mitad del camino, de rodillas. Y es ahí, quieto, cuando lo oigo todo a la vez sin que nadie me lo cuente. La campana del pueblo viejo da un toque que no viene de la iglesia: viene de la vía. Oigo dos camisetas pegadas a la espalda bajando por el atajo, cruzando el paso sin barrera que lleva al barrio nuevo, corriendo de la tormenta, sin saber lo que ya ha pasado ni lo que va a pasarles. Oigo el ómnibus de las ocho y media, el de pasajeros, el que viene de Alsasua y Vitoria y no frena. Oigo la voz que no llega. Oigo el silencio de después, que es un silencio con dos huecos exactos. Y entiendo por qué en el terrazo solo había un rastro acompañando al mío: porque el otro pie, el más grande, el más largo, no es de Loren ni de Riki. Es el que me espera. Es el mío de luego.

—No —digo, sin esperanza.

El viento se apaga. Un ciprés alarga su sombra sobre mí como un dedo. Oigo pasos. No son de Riki ni de Loren. Son los míos: el ritmo exacto con que bajo las escaleras de casa cuando no quiero hacer ruido. Me doy la vuelta.

Me encuentro. Estoy ahí, a un metro, con la tierra hasta los tobillos y la marca de la cruz de hierro en la piel. Mi cara me mira, y la mía, la que mira, ya no decide. La cosa que anoche se probó la cara de aita lleva ahora la mía, y por fin ha dado con la que más me duele.

Abro la boca para preguntar lo único que se me ocurre —“¿cuándo?”—, pero el otro yo no contesta con palabras. Levanta la mano y se la lleva a la nuca, despacio, y yo, sin querer, le imito con un retraso mínimo, una cortesía que da miedo, y comprendo de qué lado del espejo estoy.

Me acerco a la losa. Paso los dedos por las letras. Están frías. Debajo, lo sé sin mirar, hay madera hinchada y un hueco del tamaño exacto de mi silencio. No es la tumba de los abuelos -esa queda unos pasos más allá, con su nombre aún puesto-, es esta, la vieja sin nombre de la misma hilera, la que nadie reclamaba porque me estaba esperando a mí, en la tierra de los míos, desde siempre.  Arriba está el día en que me maté, ayer, 31 de julio. Y debajo de mi nombre, donde antes no había nada, leo ahora una línea nueva que aún no existe y que ya está, como se ve la lluvia antes de caer: 1 de AGOSTO, hoy, el día en que la losa se cierra sobre mí. Sin año. O con todos los años.

Porque mi mano ya conocía esta losa esta mañana. Porque hay un déjà vu que no es un error de la memoria, sino una huella. Lo he hecho antes. Lo haré: dentro de un año, el 1 de agosto, alguien que soy yo y no soy volverá a subir por el camino del Plazaola y a vivir estas mismas veinticuatro horas como si fueran nuevas, porque hay cosas que no se aprenden de una vez. El monstruo de mi infancia no era un anuncio de esto: era esto, visto de lejos, una y otra vez, por un niño que cada verano se acercaba un poco más a entenderlo.

No hay ceremonia. No hay lágrimas. Pongo la losa en su sitio con cuidado. Me doy un segundo para memorizar el paisaje: la tapia que hay que escalar; los cipreses oscuros; las sesenta tumbas; los tres panteones que creen en su eternidad de hierro; las dos criptas que saben lo que no decimos; las escaleras de musgo que beben del aire; y, allá abajo, en la cuenca, la avenida de Guipúzcoa encendiéndose, el mundo de los vivos, Berriozar, la Rochapea, todo lo que se queda abajo cuando uno sube.

—Kike —dice una voz, la mía, o la de aita, o la de la cosa que se prueba caras—. Es la hora.

Cuando la primera gota cae sobre la losa, el mundo hace un ruido mínimo, íntimo, como de llave que encaja. Siento el abrazo que conocí en el sueño, frío y total, y no me resisto. Pongo la mano sobre mi nombre, cierro los ojos y, en la oscuridad que no asusta, doy un paso.

Arriba, sobre la piedra, entre los cipreses, la última cifra de la fecha empieza despacio a borrarse, para volver a escribirse.

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