martes, 2 de junio de 2026

Los minutos prestados

No iba a Fuentes de Nava para ver el eclipse. O al menos eso me dije durante todo el viaje. Fui a ver unas casas. Dicha así la frase parecía una simple cuestión inmobiliaria pero no lo era. Iba a Fuentes porque se acercaba mi jubilación como se acerca una estación al final de un viaje y me apetecía tener un refugio tranquilo donde pasar las últimas décadas de mi vida. Era una forma de encontrarme conmigo mismo, recuperar las raíces, -mi familia y mis antepasados habían vivido en aquellas calles de Fuentes durante generaciones-, y de rodearme de un entorno más cercano y humano que el de la gran ciudad. Había pasado allí los veranos de mi infancia, antes de que la familia se asentara en 1961 en Pamplona, y aún recordaba los interminables viajes en tren, Alsasua, Venta de Baños, Palencia, el autobús de Pose dejándonos en la calle Mayor al caer la tarde y los perros de la casa de mis abuelos ladrando antes de vernos llegar.

Me alojé en el hotel rural "La Estrella de Campos", junto a la iglesia de San Pedro y la plaza del Ayuntamiento. El nombre del hotelito no podía ser más exacto. Desde la ventana se veía la torre de la iglesia alzándose sobre el caserío con un señorío indiscutible, como un faro plantado en mitad de la llanura, una llanura que hoy no tiene mar, porque dejó de tenerlo hace mucho tiempo. Cuentan los viejos que la Nava era un inmenso mar interior de juncos lleno de aves, un mar de más de 3.500 hectáreas en las épocas más húmedas,  recuperado con mucha menor extensión hace unas décadas.

Aquella mañana había visto dos casas. Una tenía el portal vencido y un olor antiguo a yeso húmedo, a madera cansada, a cierres que llevaban años sin ser girados. La otra conservaba una puerta claveteada y un zaguán de esos que parecen hechos para que una voz pregunte desde dentro: “¿Quién anda ahí?”. En ambas me sorprendí buscando lo que no estaba en venta: un pasillo ascendente de baldosas rojas, una cocina con pila, un calendario de taco, una despensa donde habrían dormido tinajas, chorizos y algún dulce escondido por una abuela previsora. No buscaba una vivienda. Buscaba lugares que me recordasen, al menos en parte, aquellos felices días de mi infancia.

A media tarde el pueblo empezó a alterarse. No de golpe, sino poco a poco. Primero fueron dos hombres los que colocaron unas sillas junto a la plaza. Luego una familia con niños que llevaba gafas para el eclipse compradas por internet. Después unos forasteros con trípodes, cámaras fotográficas, filtros solares y esa solemnidad de quienes creen haber venido a capturar el universo. En los soportales se hablaba más alto de lo normal. Alguien decía que aquello iba a durar minuto y medio. Otro corregía: “Aquí algo más, aquí casi dos”. Una mujer mayor, sentada junto a la pared, zanjó la cuestión con la sabiduría seca de la Tierra de Campos:

—Pues como todo lo bueno, durará poco tiempo.

Salí del hotel con unas gafas de cartón en el bolsillo y una emoción rara. Había visto fotografías, mapas, simulaciones. Sabía que el sol estaría muy bajo, que el oeste debía estar despejado, que el cielo de Tierra de Campos era, probablemente, uno de los mejores escenarios posibles de España para ver una cosa así. Allí no había montañas que estorbasen la visión.

A eso de las ocho el cielo tenía una claridad dorada, tendida, inmensa. Ese cielo castellano anchísimo que no parece estar arriba, sino alrededor. Los tejados soportaban un calor viejo. Las fachadas de adobe y ladrillo parecían haber absorbido la tarde entera. Un vencejo cruzó la plaza con un grito breve, como si hubiera visto antes que nosotros lo que venía.

Me coloqué cerca de la plaza, mirando hacia donde el sol descendía, enorme, tranquilo, indiferente. Al principio no ocurrió nada que no esperáramos. La luna empezó a morderlo por un lado. La gente se pasaba las gafas, miraba, exclamaba, volvía a mirar. Los niños se impacientaban. Un perro ladró dos veces y luego se calló.

La luz comenzó a ponerse enferma. Y no era una metáfora. Se puso de un color que no era de tarde ni de noche. Las sombras se afilaban. La plaza, hace un instante familiar, empezó a parecer el decorado de sí misma. Vi la torre de San Pedro recortarse contra un cielo que ya no era de agosto, sino de una estación desconocida. El horizonte se encendió en una claridad de brasas, como si amaneciera y anocheciera por todos los puntos cardinales al mismo tiempo.

Apareció la corona. Un anillo blanco, espectral, temblando alrededor de un agujero negro. El aire se enfrió. Las aves desaparecieron. La oscuridad cayó sobre Fuentes como una mano. De los palomares de las afueras salió de pronto una nube de palomas, desconcertadas, dibujando círculos en aquel falso anochecer. Empezó a hacer frío en pleno agosto. Un murmullo recorrió la plaza. Entonces la plaza dejo de ser la plaza de ahora.

El disco negro me cegó y me transportó. Como si aquel sol tapado fuera una puerta y al cerrarse la luz se abriera otra cosa. El color que quedó en el aire no era el de la noche. Era el color de la memoria, aquel sepia tibio de las fotografías de la caja de hojalata. Y dentro de él, el pueblo se rejuveneció de golpe. Las fachadas recuperaron un encalado que yo no veía desde hacía más de cincuenta años. Volvieron las cortinas de cuentas en las puertas, el olor a pan, a corral, a requesón, a cagalitas de oveja..

Y volvieron ellos. No andando por la calle Mayor. Estaban ya allí, como si nunca se hubieran ido, como si el único que había faltado todos estos años fuera yo.

En un banco de piedra de la plaza estaba mi tía Socorro cerca de la cantina de mi abuelo. Llevaba un mandil mojado y sus manos olían a vino tinto y a Fanta de naranja. Me miró sin extrañeza, como se mira a un sobrino que llega tarde de un mandado.

—Anda, vete a casa —me dijo— que te está buscando tu padre para que vayas a comer

Crucé la plaza pero ya no era el hombre a punto de jubilarse. Era el niño de ocho años, con pantalón corto el último año que fui al pueblo, pero a la vez seguía siendo yo, las dos edades dentro del mismo cuerpo, sin que ninguna estorbara a la otra.

Baje por la calle de la Cárcaba y subí luego por la de Huertas hasta la casa de la abuela. En la cocina, mi madre. Mi madre, Cecilia, joven. Más joven que yo ahora, que es la crueldad más dulce que existe: descubrir que los padres fueron antes que tú,  jóvenes,  con toda la vida por delante. Estaba tarareando, como hacía casi siempre, una de aquellas canciones suyas, en aquel momento “Recuerdame”, aquella canción  que decía siempre su abuela Petra que tenía mucha miga.

Quise decirle muchas cosas. Las que uno deja sin decir porque cree que habrá tiempo, y luego no lo hay. Pero descubrí que en aquellos minutos no hacían falta. Me bastó con secar los vasos de cristal a su lado, con que me mandara poner la mesa, con oírla quejarse de que parecía que venía tormenta por Autillo. La ternura, cuando vuelve, no quiere discursos. Le basta con poder encargarse de tareas pequeñas.

Luego apareció mi hermano y mi padre mucho después que me preguntó

—¿Dónde has estado?. Has tardado.

Y allí todos a la mesa, con mi familia y mis abuelos era el más feliz del mundo. Para mí todo era nuevo y extraordinario.

De repente, en un abrir y cerrar de ojos, sentí una sacudida, una especie de vibración y sentí como dejaba aquel cuerpo mío de niño para entrar en el de un joven de diez y seis. Era de noche y había verbena pues eran las fiestas de San Agustín. La orquesta tocaba uno de aquellos pasodobles que entonces no podían faltar en ninguna fiesta y que a mí me sonó un poco a cachondeo viniendo de donde venía, de Pamplona, “Era un siete de julio cuando la ví…”. Estaban tocando nada menos que el pasodoble “No te vayas de Navarra”. La plaza olía a churros, buñuelos y petardos y estaba medio pueblo. A unos pasos estaba mirándome la chica, hija de una vecina, que me había presentado el día anterior mi tía en Autillo, con aquellas un tanto forzadas frases de emparejamiento que se suelen decir por los mayores en algunos casos ante la evidente turbación de ambos.

En el último viaje aterricé en mi cuerpo de treinta y cinco noviembres, como quien dice anteayer. Había ido con mi hermano a casa de mi tía Socorro y nos estábamos fotografiando junto a ellos a la entrada de su casa en el nº 12 de la calle San Miguel.

Por eso no me asusté cuando, fuera, en el otro mundo, el sol empezó a tardar. Porque lo supe sin que nadie me lo explicara: cada minuto que el sol se demoraba en volver era un minuto más que me regalaban en extraño aquel viaje en el tiempo, en aquella insólita transferencia a diferentes momentos de mi existencia. El eclipse total iba a durar minuto y medio, dijeron. Duró mucho más. Los forasteros miraban sus relojes parados con cara de espanto, y los astrónomos no daban crédito, y yo, dentro de la sombra, recibía aquellos minutos como quien recibe una limosna inesperada y la guarda sin contarla, por miedo a que se acabe. Pero las cosas buenas, ya lo había dicho la mujer de la pared, duran poco. Aunque duren más de la cuenta, duran poco.

Por el borde del sol negro saltó una aguja de fuego.

Mi tía levantó la vista hacia la luz que volvía. Mi madre dejó de tararear. Mi padre me apretó el hombro una última vez. No hubo despedida con palabras. Se fueron deshaciendo en la claridad como se borra el vaho en un cristal, sin dramatismo, con esa naturalidad con que suceden las cosas en estos pueblos de Tierra de Campos. La plaza recuperó los trípodes, los móviles, los forasteros aplaudiendo.

Yo estaba de pie en la plaza Calvo Sotelo, con las gafas de cartón en la mano, y un hombre a mi lado me preguntaba si me encontraba bien. Dije que sí. Era casi verdad.

Habían pasado, dijeron luego, diez minutos desde el inicio de la totalidad. Diez. Nadie supo explicarlo. Al día siguiente los periódicos hablaron de un error de medición, de una anomalía atmosférica, de ilusiones colectivas provocadas por la emoción del fenómeno. Un experto aseguró en televisión que la duración real había sido la prevista, que «la percepción del tiempo se altera en situaciones extraordinarias». Quizá tenía razón. Los expertos suelen tenerla en casi todo, salvo en lo que importa.

Yo no discutí. Yo sabía cuánto había durado. Había durado una infancia entera y una adolescencia y un último regreso fugaz. Había durado lo que tardé en secar los vasos junto a mi madre, lo que duró una canción de verbena o la apertura del diafragma de una cámara de fotos.

Esta mañana volví a una de las casas, la de la puerta claveteada. El agente inmobiliario abrió y una corriente fresca recorrió el zaguán. Olía a cerrado, sí, pero también a pan y a barro y a ropa secada al sol. En la pared del fondo, donde el día anterior no había nada, colgaba un calendario de taco. Marcaba el doce de agosto. Quise arrancar la hoja por curiosidad y no pude. Estaba pegada al tiempo.

—Tiene bastante que reformar —dijo el agente—. Entonces ¿Le interesa?

Salí un momento al umbral. La torre de San Pedro brillaba bajo el sol normal de la mañana. Normal, sí. Pero yo ya sabía que ningún sol vuelve del todo igual después de haberte prestado a tus muertos por unos minutos.

Me interesaba. Claro que me interesaba.

No por la casa, que tendría que reformar entera. Sino porque había entendido una cosa sencilla y un poco terrible: que aquel eclipse no había sido un fenómeno, sino una especie de máquina del tiempo; que cada cierto número de años el cielo abre una rendija y, por ella, durante unos minutos prestados, podemos volver a tener sitio a la mesa de los nuestros. No habrá otro eclipse  total sobre este pueblo en lo que me quede de vida. Lo sé. Pero la casa está al lado de la plaza. Y uno quiere estar cerca del sitio donde, una tarde de agosto, le devolvieron por un rato todo lo que creía haber perdido.

Mire el cielo inmenso de la Tierra de Campos. Y por primera vez en muchos años ya no pensé en volver al pueblo. Pensé en quedarme para siempre.
 
Fuentes de Nava, 13 de agosto de 2026

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