Nos habíamos acostumbrado a creer que la luz formaba parte indisoluble de nuestra existencia, hasta el punto de no concebir la vida sin ella. Estaba ahí, como el aire, como el agua, y teníamos esa confianza infantil de que el mundo, con todas sus grietas y miserias, seguiría funcionando mañana sencillamente porque había funcionado ayer.
El 28 de abril de 2025 ya habíamos recibido un primer aviso. Durante unas horas, España entera se apagó: Pamplona se quedó sin luces, sin semáforos, sin datáfonos ni ascensores, y la gente salió a la calle con una mezcla de susto y de aventura, como si le hubieran regalado una tarde libre. Luego volvió la luz, y precisamente porque volvió, no nos tomamos aquel primer aviso en serio. Hablamos del apagón durante unos días. Circularon memes por WhatsApp, los expertos explicaron la fragilidad del sistema energético con palabras y gráficos —sobretensión, frecuencia, interconexión, oscilación, caída en cascada— y los políticos prometieron explicaciones que casi nadie esperó de verdad, y que cuando finalmente se dieron no resultaron convincentes. Pronto los congeladores volvieron a zumbar, los semáforos recuperaron su rutina y las pantallas regresaron a iluminarnos la cara. Hicimos entonces lo que siempre hacemos cuando el miedo pasa de largo: convencernos de que había sido tan solo un susto y que todo tiene siempre un final feliz.
Así fue hasta la segunda vez. Y la segunda vez no fue una avería, aunque eso lo supimos tarde, cuando ya no quedaban periódicos ni boletines digitales ni ruedas de prensa que pudieran seguirse en directo. Lo supimos por fragmentos: una frase oída en una radio de onda corta, una nota escrita por un técnico en la puerta de una subestación, la explicación temblorosa de un profesor de Física que hablaba en una asamblea de barrio. Había sido una llamarada solar, una fulguración monstruosa. Primero llegó la radiación —rayos X y ultravioleta extremo golpeando la parte alta de la atmósfera, cerrando durante horas las comunicaciones de alta frecuencia en la cara iluminada del planeta—; después llegaron las partículas, protones y electrones acelerados casi a la velocidad de la luz, una pedrada invisible contra satélites, sensores y sistemas de navegación; y por último, más lenta pero mucho más pesada, llegó la nube: una eyección de masa coronal, o varias seguidas, como si el Sol hubiera escupido hacia la Tierra una cordillera de plasma imantado.
Aquello tenía precedentes con nombre propio, como el evento Carrington de 1859, cuando las auroras se vieron en latitudes imposibles y las líneas de telégrafo chisporrotearon como si llevaran dentro una tormenta; o el evento Miyake, mucho más violento, ocurrido hace cerca de diez mil años, que dejó su firma en los anillos de los árboles y en el hielo, rastros de una radiación cósmica difícil de imaginar. Nosotros, sin embargo, no entendimos nada de eso el primer día: solo vimos apagarse los escaparates.
Día 1
Fue a media mañana. No hubo trueno ni explosión remota, ningún hongo de fuego sobre el horizonte, ninguna señal digna de una película. Pero el cielo cambió de color, del azul de siempre a un verde que oscilaba entre pliegues rojizos y morados en el cielo.
Al poco tiempo empezaron a sonar chasquidos aquí y allá, secos, en las cajas eléctricas de las fachadas, y un olor a plástico quemado salió de algún portal. En la plaza del Castillo, bajo el quiosco, ardió la subestación; en las casas se sucedían los cortocircuitos y los aparatos morían tras pequeñas explosiones. Yo estaba en la calle Mercaderes, junto a la esquina de la plaza Consistorial, cuando se apagaron los escaparates. Los cables que cruzaban algunas calles en la ciudad empezaron a iluminarse hasta ponerse casi incandescentes; las torres metálicas de los extrarradios parecían rodeadas de una corona violeta, los aisladores brillaban con halos breves y algunos cables, tensos entre poste y poste, vibraban como cuerdas enormes antes de incendiarse, romperse y caer al suelo con estrépito, como un latigazo gigante. En las subestaciones del extrarradio los fogonazos blancos se convertían en llamaradas anaranjadas, y luego se levantaban columnas de humo oscuro y aceitoso por todas partes.
Algunos creyeron estar ante el ataque de una guerra desconocida, declarada sin previo aviso; los más se acordaron del último apagón y supusieron, ingenuamente, que también esta vez habría técnicos trabajando para restablecer el servicio cuanto antes. Los comercios quedaron a medias. Una dependienta se asomó a la puerta con el datáfono en la mano, como si el aparato pudiera explicarle su propia muerte. En una tienda de recuerdos, apagadas las luces, los toros de peluche, los pañuelos rojos, las postales de San Fermín y las camisetas para turistas adquirieron de pronto un aire de almacén abandonado.
Alguien dijo: «Otra vez como en 2025». Y todos entendimos. El antecedente. La tarde en que un país entero descubrió su vulnerabilidad. La diferencia fue que aquella vez los móviles aún conservaban algo de cobertura, y esta no, o muy poca. Un mensaje de WhatsApp entraba con retraso, y luego ya ninguno; las llamadas se cortaban; los grupos familiares se llenaban de preguntas idénticas, enviadas a destiempo, como voces que se llaman desde habitaciones distintas de una casa que se hunde: «¿Tenéis luz?», «¿Sabéis algo?», «¿Funciona internet?», «Papá, contesta».
Algunos teléfonos perdieron la señal antes que la batería; otros mostraban barras falsas, una promesa ridícula. Más tarde supimos que varias constelaciones de satélites habían empezado a fallar casi a la vez: unos entraron en modo seguro, otros perdieron la orientación, otros quedaron mudos. El GPS, tan discreto que nadie pensaba en él, comenzó a mentir. Un repartidor enseñaba su pantalla y el punto azul saltaba de la plaza del Castillo a Burlada, de Burlada al monte San Cristóbal, del monte al río. Parecía una broma macabra. Todavía reíamos.
En la plaza del Castillo, las terrazas siguieron funcionando con relativa normalidad. Los camareros seguían moviéndose por reflejo, anotando consumiciones en papel. Un turista preguntó si podía pagar con tarjeta y el camarero lo miró sin enfado, casi con ternura: «Ahora mismo la tarjeta es un trozo de plástico», le dijo. La frase hizo reír a algunos.
Los semáforos dejaron de funcionar. En los cruces los coches avanzaban a trompicones, con la prudencia de quien no se fía de nadie; en la avenida de Baja Navarra se formó un denso atasco, al principio sin bocinas. Luego llegaron las bocinas, los insultos. Casi nadie creía que no fuera una avería como la otra vez, casi nadie pensaba, y eso a pesar de la señales que habíamos visto en el cielo, que aquella estrella familiar que nos daba luz y vida cada día pudiera ser la causa de la desgracia que cambiaría nuestras vidas, nuestro mundo, nuestra civilización.
La Policía Municipal regulaba el tráfico con gestos casi teatrales. Pamplona es una ciudad pequeña, pero basta apagarle el pulso para que se convierta en una especie de laberinto. Los ascensores dejaron atrapada a gente en comunidades del Ensanche, San Juan, Mendebaldea. Las puertas automáticas de algunos supermercados se bloquearon, y las alarmas sonaron un rato antes de morir como animales pequeños. Los trenes se detuvieron donde pudieron; los aviones aún en vuelo recibieron instrucciones confusas, con ventanas de comunicación que se abrían y cerraban a cada momento; en las carreteras, los paneles dejaron de anunciar de nada. Ya no había tráfico inteligente: solo tráfico.
En los hospitales, el apagón se convirtió en una cuenta atrás. El Hospital Universitario de Navarra entró en modo de emergencia, y con él la Clínica Universidad de Navarra, los centros de salud, las residencias de mayores, las farmacias con sus neveras llenas de medicamentos sensibles al frío. Arrancaron los generadores, y aquel ruido diésel, estruendoso, feo y maravilloso, se convirtió durante unas horas en el sonido de la esperanza. Pero los generadores no son eternos, y eso nadie lo decía en voz alta. Necesitan combustible, y el combustible necesita camiones, y los camiones surtidores, y los surtidores electricidad; las carreteras necesitan orden, y el orden comunicaciones, y las comunicaciones antenas, baterías, centros de datos y técnicos capaces de llegar a donde deben llegar. La civilización no era una pirámide: era una hilera de fichas de dominó. Y acabábamos de tocar la primera.
Día 2
La luz no volvió durante la noche, y ese fue el momento en que el miedo empezó a adquirir forma. Hasta entonces la gente había esperado, y esperar implica esperanza. Pero cuando amaneció y los interruptores seguían haciendo aquel clic inútil, la esperanza empezó a difuminarse.
Pamplona despertó sin despertadores; o, mejor dicho, despertó con los despertadores antiguos de algunos vecinos, con golpes en las puertas, con perros inquietos, con niños que preguntaban por qué no había dibujos en la tele, con ancianos que no podían cargar el audífono, con diabéticos que miraban la nevera como se mira un reloj de arena. En las pocas radios a pilas rescatadas de cajones olvidados se escuchaban mensajes confusos de alguna emisora que aun mantenía activos los equipos de emergencia: un fallo masivo, una incidencia grave, la red colapsada, una restauración demasiado compleja. Se pedía calma y colaboración, no usar el vehículo privado, no acudir a urgencias salvo necesidad real. La palabra «real» adquirió un nuevo sentido, porque ¿qué es una necesidad real cuando todo empieza a fallar?. Poco después escuchamos a trompicones un comunicado oficial. Hablaba de una tormenta geomagnética extrema, un evento solar de enorme magnitud que había dañado los satélites, de perturbaciones severas en la ionosfera, de corrientes inducidas en las redes de alta tensión, de transformadores afectados, de protocolos de desconexión y sobre todo de una recuperación lenta, extremadamente lenta. No era un sabotaje ni una guerra convencional; no había un enemigo al que imaginar con uniforme. Eso debería haber tranquilizado a la gente, pero no lo hizo: la idea de que el Sol pudiera arrodillar a la humanidad resultaba demasiado grande, demasiado absurda. Preferíamos un culpable humano —unos hackers, una potencia extranjera, alguien a quien echar la culpa—.
En los supermercados se formaron colas antes de la apertura, y muchos abrieron solo a medias, con la entrada controlada, admitiendo únicamente el pago en efectivo y dos botellas de agua por persona. Las conservas quedaron arrasadas en minutos. No quedaban pilas, ni velas, ni mecheros, y los congelados empezaban a sudar tras los cristales apagados. Vi a una mujer discutir por un paquete de arroz. No era una mala mujer; tenía los ojos rojos y un niño agarrado a la manga. Frente a ella, un hombre mayor sostenía el paquete contra el pecho. «Tengo a mi mujer enferma», decía él. «Y yo tengo críos», contestaba ella. Ninguno mentía, y ese fue el primer descubrimiento moral del apagón, la compra de un vulgar producto cotidiano podía derivar en una lucha cuerpo a cuerpo.
Día 3
Las fake news habian llegado antes que las explicaciones oficiales. Que si había sido un ciberataque ruso en represalia por el apoyo europeo a Ucrania; que si Marruecos había saboteado a España en una de sus crisis intermitentes; que si Francia había cerrado la interconexión con la península; que el Gobierno lo sabía; que los ricos ya estaban en refugios; que en Madrid y en Bilbao había vuelto la luz; que en Portugal estaban peor; que en Zaragoza habían asaltado un centro logístico; que el ejército tomaba las estaciones. Nadie sabía nada, pero todos conocían a alguien con un primo «en un sitio importante». Y cuando las baterías murieron quedó algo más inquietante: la transmisión oral. La ciudad regresó al rumor.
En el Casco Antiguo la gente caminaba más despacio, no por calma sino por desorientación. Sin pantallas, sin horarios exactos, sin el ruido constante de las notificaciones, el tiempo se transformó: las campanas recuperaron su autoridad y el cielo volvió a marcar las horas. Las tiendas escribían carteles a mano —«SOLO EFECTIVO», «NO HAY PAN», «CERRADO HASTA NUEVO AVISO»— y a la puerta de una farmacia una fila de personas esperaba bajo un sol de justicia para conseguir medicamentos para la tensión, insulina, antibióticos. Menudeaban los ataques de ansiedad. La farmacéutica salió a explicar que algunas neveras seguían frías gracias a un pequeño generador, que habría que priorizar, que no podía dispensar tres meses de tratamiento a cada persona, y que por favor, por favor, por favor. Ese tercer «por favor» fue el que la quebró. No lloró mucho, solo lo justo para que todos entendiéramos que ya no nos atendía un establecimiento, sino una persona.
Día 4
Las fábricas se detuvieron: Volkswagen Landaben, los polígonos de Orcoyen, Noáin, Mutilva y Esquíroz, los talleres, las naves de logística, las cadenas de montaje. Los trabajadores recibían instrucciones contradictorias —acudan, no acudan, permanezcan localizables, vuelvan a casa, esperen comunicación—, aunque nadie sabía ya por qué vía iba a llegar esa comunicación.
Fue entonces cuando empezamos a comprender, apenas, cómo se había producido la caída. Las líneas de muy alta tensión, esas costuras metálicas que atraviesan países enteros, se habían comportado como antenas tendidas sobre la corteza terrestre. La tormenta geomagnética alteró el campo magnético de la Tierra con una violencia para la que no estaban pensados los sistemas ordinarios, e indujo corrientes lentas, casi continuas, en redes diseñadas para corriente alterna. Los núcleos de algunos transformadores se saturaron, saltaron las protecciones, unas zonas se aislaron para defenderse y otras se hundieron al perder de golpe su apoyo. La frecuencia se desvió, los automatismos desconectaron centrales y algunas subestaciones quedaron físicamente dañadas. No fue una sola ficha cayendo, sino todas las fichas cayendo casi al mismo tiempo. La red eléctrica no se apaga como una lámpara: se defiende, se parte, intenta salvar trozos de sí misma. Pero cuanto más se partía, más difícil resultaba volver a unirla, porque para arrancar una red muerta hace falta otra red viva, aunque sea pequeña —una referencia, una frecuencia estable, comunicaciones, operadores coordinados, centrales capaces de arrancar en negro, combustible, datos—, y faltaba todo a la vez. Y allí donde algunos técnicos lograron levantar islas de electricidad, la segunda oleada geomagnética volvió a golpearlas. El Sol no había dado un solo puñetazo: había seguido empujando.
Los productos perecederos comenzaron a echarse a perder en las cámaras frigoríficas —carne, pescado, lácteos, vacunas, muestras de laboratorio, comidas preparadas para colegios y residencias—, y la cadena de frío, aquella expresión técnica que antes sonaba a asunto de inspectores, se convirtió en una línea de vida quebrada. En Mercairuña, se decía, hubo discusiones duras sobre qué repartir primero, a quién y con qué escolta; nadie quería llamar saqueo a lo que todavía podía llamarse redistribución de emergencia. Las palabras importaban, y durante unos días nos agarramos a ellas como a barandillas. El Ayuntamiento habilitó puntos de información en plazas y centros cívicos, con bandos impresos, megafonía sobre vehículos y listas clavadas con cinta adhesiva: hervir el agua si era posible, no acumular basura en casa, ayudar a los mayores, no bloquear los accesos sanitarios, evitar los desplazamientos innecesarios. La administración, sin pantallas, recuperó el papel, y el papel parecía poca cosa frente al tamaño de la noche.
Día 5
Entonces empezó el problema del agua, y no de golpe, porque casi nada importante se rompe de golpe. Primero bajó la presión, luego salió un hilo, luego el hilo se volvió marrón y luego, en algunos pisos altos, no salió nada. Habíamos pensado en la luz, en el móvil, en la nevera, pero no en las bombas, ni en los depósitos, ni en las depuradoras, ni en ese circuito oculto que lleva el agua limpia hasta la boca y se lleva la sucia lejos de casa.
Los baños se convirtieron en un tema público, y la basura también. En pocos días las bolsas se acumularon junto a los contenedores, primero cerradas y después rotas. Pamplona, tan limpia siempre, empezó a oler a fruta podrida, a combustible mal guardado, a sudor, a leche cortada, a humanidad sin filtros. Las calles estrechas del Casco Antiguo lo amplificaban todo: un llanto en Jarauta, una discusión en la Mañueta, una radio a pilas en la calle Mayor, una oración en voz baja junto a San Saturnino, una persiana metálica golpeada por alguien que exigía comida a un comercio ya vacío.
Esa noche, desde mi ventana, vi a un vecino bajar con una garrafa. Era un hombre discreto, de los que saludan siempre igual, con dos palabras y media sonrisa, y lo vi mirar a ambos lados antes de salir, como si llevar agua se hubiera convertido en una ostentación indecente. Ahí entendí que la riqueza había cambiado de forma. Ya no era dinero: era agua, comida, una bicicleta, una radio, un mechero; era conocer a alguien con huerta, tener familia en un pueblo, vivir en un primero y no en un séptimo, saber arreglar algo con las manos. También era tener animales, y eso tardamos poco en comprenderlo: una gallina dejó de ser una estampa rural para convertirse en una promesa diaria, un conejo era proteína, una cabra leche, un huerto futuro, y una tierra de labranza, por pequeña y descuidada que estuviese, empezó a verse como una cuenta corriente que no necesitaba banco. Los pisos habían sido cómodos; la tierra era poder.
Día 7
La primera semana terminó sin luz. No hubo comunicado triunfal ni fecha de reposición, solo una comparecencia escuchada a medias por las radios, repetida luego en las plazas y deformada en cada boca: un fallo estructural en la red europea, daños en nodos críticos, imposibilidad de sincronización, pérdidas irreversibles en los sistemas de control, necesidad de una reconstrucción parcial. Pero la frase que quedó, la que todos repetimos, fue otra: «No se puede garantizar el restablecimiento a corto plazo». A corto plazo. La expresión era una puerta cerrada con educación.
En los hospitales, los generadores empezaron a fallar por turnos. No todos, no siempre, pero fallaban, y el combustible se racionaba con escolta. Se cancelaron las intervenciones programadas, las urgencias se volvieron un embudo y las máquinas más complejas, esas que parecían prometer una pequeña victoria contra la muerte, dependían de cables, baterías, filtros, repuestos, software y climatización. La medicina moderna descubrió su fragilidad eléctrica; o quizá la descubrimos nosotros, que habíamos confundido la tecnología con la invulnerabilidad.
Los profesionales sanitarios hicieron lo imposible, y aquí esa frase, tantas veces gastada, era literal: médicos, enfermeras, celadores, técnicos, personal de limpieza, administrativos sin sistema informático, todos empujando contra un muro que crecía cada día. Pero lo imposible no alcanza siempre. El triaje, una palabra que antes pertenecía a los manuales de emergencia, entró en las conversaciones de pasillo: ¿a quién se enchufa al generador?, ¿qué quirófano se mantiene?, ¿qué incubadora?, ¿qué diálisis se retrasa?, ¿qué traslado es viable si las ambulancias no tienen comunicaciones fiables y el combustible se defiende como el oro?
Las residencias sufrieron primero en silencio, y luego ya no hubo silencio posible: ancianos deshidratados, medicación mal conservada, oxígeno limitado, caídas en escaleras oscuras, infecciones que antes se habrían contenido, fiebres que subían mientras una familia buscaba un coche, una garrafa, una noticia. Una conocida tenía a su padre ingresado, y me dijo: «No se ha muerto por el apagón. Se ha muerto porque todo lo que lo mantenía vivo necesitaba un mundo que ya no está». No supe qué contestar. Hay frases que no admiten consuelo.
Día 9
Los supermercados cerraron. Sin reposición, sin frío, sin seguridad, sin sistema de cobro ni garantías para los trabajadores, los supermercados se habían convertido en almacenes codiciados. Algunos establecimientos entregaron productos bajo control municipal, otros fueron asaltados, otros pactaron con los vecinos y otros bajaron la persiana y rezaron para que la persiana siguiera significando algo.
El dinero en efectivo circuló unos días con una autoridad sorprendente, y luego empezó a perder sentido. ¿Cuánto vale un billete de cincuenta euros si no hay pan?, ¿cuánto una transferencia que nadie puede ejecutar?, ¿cuánto una cuenta bancaria guardada en servidores inaccesibles? Una mujer ofreció un anillo por dos cajas de leche infantil; un hombre, clases de inglés por garbanzos; un chaval cambió una batería externa, ya inútil, por un paquete de tabaco. El trueque regresó sin romanticismo: no era una feria medieval, sino una humillación práctica. El desabastecimiento mostró una verdad obscena: no vivíamos rodeados de abundancia, sino de entregas puntuales. Los lineales llenos no eran almacenes, sino el escaparate de una coreografía diaria de camiones, plataformas, códigos de barras, pedidos automáticos, cámaras, rutas y turnos; cuando la coreografía se detuvo, la abundancia duró menos que una fiesta. Los que antes hablaban de «resiliencia» en los congresos descubrieron que la resiliencia verdadera era una anciana del segundo izquierda organizando la escalera para cocinar entre todos lo que quedaba en los congeladores antes de que se pudriera.
El dinero en efectivo circuló unos días con una autoridad sorprendente, y luego empezó a perder sentido. ¿Cuánto vale un billete de cincuenta euros si no hay pan?, ¿cuánto una transferencia que nadie puede ejecutar?, ¿cuánto una cuenta bancaria guardada en servidores inaccesibles? Una mujer ofreció un anillo por dos cajas de leche infantil; un hombre, clases de inglés por garbanzos; un chaval cambió una batería externa, ya inútil, por un paquete de tabaco. El trueque regresó sin romanticismo: no era una feria medieval, sino una humillación práctica. El desabastecimiento mostró una verdad obscena: no vivíamos rodeados de abundancia, sino de entregas puntuales. Los lineales llenos no eran almacenes, sino el escaparate de una coreografía diaria de camiones, plataformas, códigos de barras, pedidos automáticos, cámaras, rutas y turnos; cuando la coreografía se detuvo, la abundancia duró menos que una fiesta. Los que antes hablaban de «resiliencia» en los congresos descubrieron que la resiliencia verdadera era una anciana del segundo izquierda organizando la escalera para cocinar entre todos lo que quedaba en los congeladores antes de que se pudriera.
Día 14
La noche se hizo dueña. Durante los primeros días la oscuridad tuvo algo de novedad: se veían más estrellas, y alguien lo dijo incluso con belleza, «mira qué cielo», y era verdad, porque sobre Pamplona apareció un firmamento que la ciudad había olvidado. La Vuelta del Castillo parecía más grande, las murallas más hondas, el monte Ezkaba se recortaba como una presencia antigua. Pero después la noche dejó de ser poética y se convirtió en miedo: miedo a bajar al portal, a que llamaran a la puerta, a una tos, a una fiebre, a perder la linterna, a dormir demasiado profundo, a no volver a dormir nunca.
Se organizaron patrullas vecinales, al principio con buena voluntad y después con brazaletes improvisados, palos, linternas y listas de turnos. En algunos barrios funcionaron; en otros se convirtieron en pequeños poderes, porque la frontera entre proteger y mandar es delgada incluso con luz, y a oscuras desaparece enseguida. En la plaza del Castillo hubo una pelea grande que nadie supo explicar del todo: comida, un rumor, una acusación de robo, un empujón, una navaja, el pánico. Al día siguiente quedaban manchas oscuras cerca de un banco y muchas versiones, y cada cual contaba la que confirmaba su miedo.
«El hombre es un lobo para el hombre», dijo alguien en una cola, como quien cita una sentencia definitiva. Yo no estaba tan seguro. Había visto lobos, sí, pero también había visto manos: una vecina repartiendo agua a una mujer que no podía bajar las escaleras, un panadero trabajando de noche para cocer lo poco que quedaba de harina, dos chavales escoltando a un anciano hasta su portal. La especie humana era capaz de lo peor y lo mejor, y esa era a la vez nuestra desgracia y nuestra posibilidad. Los periódicos ya no salían, y sin periódicos, sin internet, sin televisión, la verdad se volvió local, frágil, tribal.
Día 20
Pamplona empezó a dividirse, no oficialmente ni sobre ningún mapa, pero se notaba. Estaban los que tenían recursos y los que no; los que podían marcharse a pueblos cercanos y los que no tenían adónde ir; los que contaban con familia en casas con chimenea, huerta, pozo o placas solares aisladas, y los que vivían en pisos dependientes de todo; los que sabían cocinar con fuego y los que solo habían usado la vitrocerámica; los que guardaban medicamentos y los que iban de farmacia en farmacia con recetas arrugadas; los que tenían el coche con el depósito lleno y los que descubrieron que un coche sin gasolina es un mueble caro.
La modernidad había sido muy cómoda, pero también nos había especializado hasta la indefensión. Cada uno sabía hacer una cosa diminuta dentro de una maquinaria inmensa —gestionar nóminas, diseñar campañas, reparar software, vender seguros, servir cafés con una máquina italiana, redactar informes, conducir carretillas, programar citas, editar vídeos, validar facturas, escanear códigos—, y de pronto hacían falta otras habilidades muy distintas: filtrar agua, curar una herida, guardar semillas, coser, orientarse, negociar sin policía, encender fuego bajo la lluvia, callar cuando conviene. La civilización no desapareció de golpe; se fue desnudando, y daba vergüenza mirarla.
El Estado seguía existiendo en los sellos, en los uniformes, en los edificios, en las palabras grandes, pero empezó a deshacerse por los bordes, no porque nadie lo derogara, sino porque no podía llegar. Un Estado sin comunicaciones es una voluntad encerrada en habitaciones separadas: un ministro puede ordenar, una consejera firmar, un alcalde decidir, pero si la orden no viaja, si nadie sabe qué ocurre diez kilómetros más allá, si las prioridades cambian antes de imprimirse, el poder se vuelve lento, casi artesanal. Los bandos municipales sustituyeron a las notificaciones, los mensajeros en bicicleta a los correos electrónicos, los campanarios y las paredes a las aplicaciones, y la autoridad pasó a depender menos del cargo que de la presencia: mandaba quien estaba allí, quien traía agua, quien tenía llaves, quien conocía a los panaderos, quien podía reunir a veinte personas sin que aquello terminara a golpes. Y eso no siempre era tranquilizador.
Día 30
Al mes, ya nadie hablaba de «apagón»: la palabra se quedaba corta. Un apagón es una interrupción, y aquello era otra cosa, un cambio de época sin ceremonia, un antes y un después marcados no por una guerra, ni por una invasión, ni por un meteorito, sino por la ausencia de aquel zumbido de fondo que había acompañado nuestras vidas desde antes de nacer.
El éxodo empezó sin anuncio. Primero fueron salidas discretas, familias que cargaban mochilas al amanecer, ancianos llevados a casa de unos primos en un pueblo, padres empujando carritos con mantas, latas, documentos y fotos; después fueron grupos más grandes, caravanas sin épica por las carreteras de la Cuenca, hacia valles donde alguien decía que había agua, patatas, leña y animales. Muchos no sabían caminar veinte kilómetros; algunos arrastraban maletas de ruedas que se rompían en la primera cuneta, y otros, bolsas de supermercado, como si aún fueran a volver en una hora. Los pueblos se convirtieron en promesa, y también en frontera. Quien tenía una casa familiar en un pueblo la nombraba con pudor, como antes se nombraba una herencia; quien tenía una huerta se descubrió rico; quien sabía ordeñar, injertar, podar, salar carne o guardar patatas en la oscuridad recibió de pronto un respeto que nunca había pedido. Los viejos, durante tantos años considerados lentos, molestos o fuera de época, resultaron saber cosas imprescindibles en esos momentos.
Los niños se adaptaron antes que los adultos. Jugaban en las plazas con una libertad peligrosa, inventaban normas, cambiaban cromos por nueces, preguntaban menos por internet y se aburrían de una manera fértil; a veces reían con una limpieza casi ofensiva, como si el mundo no se estuviera derrumbando, sino transformándose en un campamento interminable. Los adultos, en cambio, seguíamos consultando móviles muertos, y el gesto era patético: sacar el aparato del bolsillo, pulsar un botón, mirar una pantalla negra, una pequeña ceremonia de duelo. No echábamos de menos solo la comunicación, sino el ser localizables, importantes, distraídos; echábamos de menos no estar a solas con nuestra cabeza. Vi a un hombre sentado en un portal, pasando el dedo por la pantalla apagada del teléfono. «Aquí tengo las fotos de mi hija», me dijo sin que yo preguntara, y no supe si la hija estaba muerta, lejos o simplemente inaccesible. En aquel momento daba igual: la distancia había vuelto a ser distancia.
Día 45
Llegó el hambre, el hambre de verdad. No el apetito, no la incomodidad de cenar poco: hambre. El cuerpo se vuelve humilde con el hambre; primero protesta, luego negocia, luego se calla y empieza a ahorrar energía. La gente caminaba más despacio, las caras se afilaron, los niños dejaron de correr tanto y los ancianos parecían volverse transparentes. Se habilitaron comedores colectivos en colegios, parroquias, sociedades y bajeras —todo lo que podía alimentar a muchos se convirtió en infraestructura crítica—, y la palabra «cocina» recuperó una grandeza olvidada.
El reparto de alimentos destruyó amistades y creó otras. Había listas, porque siempre hay listas cuando algo falta: listas de familias con menores, de enfermos, de mayores solos, de voluntarios, de sancionados por intentar colarse, de ausentes. Una lista parece orden, pero también es una forma de violencia, porque alguien queda dentro y alguien queda fuera. Las discusiones ya no eran ideológicas, sino calóricas: un saco de harina podía enemistar a una calle entera y una caja de antibióticos convertir a una persona prudente en un animal. En los primeros días nos habíamos escandalizado con facilidad; al día cuarenta y cinco, el juicio moral pesaba menos, porque el hambre no lo justifica todo, pero lo explica.
Día 60
Hubo intentos de reconstrucción, y conviene decirlo, porque no todo fue caída, violencia, suciedad y miedo. También hubo una obstinación admirable: técnicos eléctricos trabajando sin descanso en las subestaciones dañadas, ingenieros dibujando mapas a mano, radioaficionados tejiendo redes de comunicación, bomberos repartiendo agua, agricultores entrando con sus productos bajo escolta, panaderos adaptando hornos, profesores improvisando clases sin libros suficientes, médicos visitando casas, vecinos cuidando a vecinos que antes apenas se saludaban. La especie humana es desesperante y contradictoria: puede romper un escaparate por una lata y, al día siguiente, compartir esa lata con un desconocido.
En Pamplona se formaron asambleas de barrio, algunas ejemplares y otras insoportables, pero en todas se discutía lo mismo con palabras distintas: quién recibe, quién espera, quién decide y quién vigila al que decide. La democracia, sin electricidad, se volvió más física. Había que estar allí, dar la cara, aguantar gritos, escuchar al que olía mal, al que lloraba, al que mentía y al que tenía razón; ya no bastaba con pulsar «me gusta» ni con indignarse desde el sofá. El mundo pequeño exigía presencia, y la presencia cansaba.
La autoridad se reorganizó como pudo. En algunas zonas, concejales, policías, técnicos municipales y voluntarios formaron comités de emergencia que funcionaban con listas, silbatos, pizarras y bicicletas; en otras mandaron los más fuertes, o los más armados, o los que tenían comida. Hubo comunidades que eligieron turnos de vigilancia y reparto, parroquias convertidas en ayuntamientos de hecho y sociedades gastronómicas que administraban lentejas con más solemnidad que un ministerio. No había una autoridad, sino muchas autoridades pequeñas, provisionales, discutidas, necesarias y peligrosas. El Estado no desapareció con una bandera arriada, sino que se fue volviendo intermitente: aparecía en un convoy escoltado, en una vacuna conservada de milagro, en un bando leído a voz en grito, en una patrulla que separaba a dos hombres antes de que uno matara al otro, y luego volvía a marcharse. La gente aprendió a obedecer menos la ley escrita que el acuerdo inmediato: «hoy toca a este portal», «mañana subimos al depósito», «nadie sale después de la campana», «los niños comen primero». Algunos de aquellos acuerdos salvaron vidas; otros las condenaron.
Día 75
La ciudad perdió su borde. Antes Pamplona terminaba donde empezaban sus rondas, sus polígonos, sus barrios nuevos y sus carreteras iluminadas; ahora los límites eran otros: hasta donde se podía caminar y volver antes de la noche, hasta donde llegaba una noticia fiable, hasta donde alguien te conocía lo suficiente para dejarte entrar. Los pueblos cercanos se volvieron promesa y amenaza a la vez: algunos acogieron y otros cerraron los caminos, no por pura maldad, sino por cálculo, por miedo, quizá por memoria histórica, porque Navarra estaba llena de casas con abuelos que aún recordaban otra escasez, otro frío, otro tiempo en que las cosas se guardaban «por si acaso». Y ese «por si acaso» resultó ser una sabiduría que habíamos despreciado.
En la ciudad, los pisos altos se vaciaron antes, porque subir agua ocho plantas era una condena, y las casas con patio, con bajera, con estufa o con acceso a la tierra se convirtieron en fortalezas domésticas. Hubo ocupaciones y hubo pactos; familias enteras se mudaron a lonjas, colegios y pabellones; hubo mascotas abandonadas y mascotas protegidas como hijos; hubo bibliotecas usadas como refugio, al principio no por los libros sino por el espacio. Y luego, curiosamente, por los libros, porque cuando las pantallas murieron del todo la gente volvió a leer. No todos, no idealicemos —muchos solo querían sobrevivir—, pero algunos buscaban novelas, manuales, enciclopedias, libros de agricultura, de medicina básica, de mecánica, de plantas silvestres. La cultura dejó de ser adorno y volvió a ser herramienta, y también consuelo. Recuerdo a una niña leyendo en voz alta junto a una ventana, aprovechando la última luz de la tarde. Era un libro de animales, y pronunciaba despacio, como si cada palabra tuviera que atravesar una frontera. A su alrededor, varios adultos escuchaban; no creo que les importaran los animales, sino que una voz ordenada, una frase detrás de otra, era todavía una forma de mundo.
Día 90
Los muertos empezaron a pesar más que los vivos. No en número, aunque eran muchos, sino en la conciencia, en la logística, en las conversaciones, en los silencios. Al principio se intentó mantener el rito —funeral, esquela escrita a mano, campana, despedida—, y después, cuando ya no se pudo, se hicieron entierros rápidos, comunes, prácticos. La muerte perdió papeles y ganó presencia. Los cementerios no estaban preparados para una civilización detenida; nada lo estaba, tampoco nosotros.
Me pregunté muchas veces si aquello era el fin del mundo, pero el mundo seguía. El Arga seguía bajando, las hierbas crecían entre las aceras, las palomas insolentes continuaban picoteando, los gatos se hicieron más visibles y las ratas también, la lluvia caía sin consultar a ninguna administración y el sol salía cada mañana con una puntualidad ofensiva. No era el fin del mundo: era el fin de nuestro mundo, y esa precisión no me consolaba demasiado. La Tierra no parecía vengarse —y eso habría sido más fácil de soportar, porque la venganza al menos reconoce a un culpable—, sino que simplemente continuaba: el musgo avanzaba por las juntas de las piedras, las semillas encontraban grietas, los pájaros gritaban al amanecer con la insolencia de siempre. Habíamos confundido nuestra red eléctrica con el esqueleto del planeta, y no lo era: era solo una capa, brillante, prodigiosa y arrogante, pero apenas una capa.
Día 100
A los cien días, alguien escribió en una pared de la calle Compañía: «LA LUZ NO VA A VOLVER». Durante una mañana entera la frase reunió gente; algunos se enfadaron, otros la tacharon y otros la fotografiaron con cámaras analógicas rescatadas de los cajones, como si aún existiera un futuro donde revelar el carrete. Un hombre añadió debajo: «VOLVEREMOS NOSOTROS». La segunda frase era más hermosa, y también más dudosa.
Me quedé un rato mirándolas, la pared, las letras, la pintura corrida. Antes, algo así habría sido una pintada más, una exageración juvenil o política; ahora era casi una tesis filosófica. ¿Qué significa volver cuando no hay regreso posible? ¿Volver a qué? ¿A pagar con tarjeta, a quejarnos porque internet va lento, a tirar comida caducada sin pensar, a vivir solos rodeados de miles de mensajes? ¿A creer que la calefacción, la cirugía, el agua caliente, el ascensor, el pan de cada mañana y la luz del pasillo eran derechos naturales y no acuerdos frágiles con una complejidad inmensa?
Aquel día subí hasta las murallas, no por épica sino por costumbre, por la necesidad de mirar la ciudad desde un lugar donde todavía parecía ciudad. Pamplona se extendía abajo, sin el brillo de los escaparates, sin el tráfico de siempre, sin los paneles luminosos, sin las pantallas de las marquesinas, sin el rumor eléctrico de los locales. Pero no estaba muerta: había humo de cocinas improvisadas, colas ordenadas junto a un punto de reparto, ropa tendida en los balcones, gente cruzando las plazas con cubos, un grupo de niños jugando cerca de la Taconera, una mujer cantando en una ventana. La ciudad había perdido velocidad, no alma.
Esta vez no había regreso, o al menos no al mismo lugar. Quizá el hombre pueda pasar; quizá pueda volver a las cavernas, a la intemperie, a la hoguera, a mirar con miedo la boca negra del bosque. Quizá toda nuestra historia no sea más que eso: una salida provisional de la cueva, un paseo arrogante bajo los cables, las torres, las antenas y los satélites, antes de regresar a la sombra con menos inocencia y más memoria.
Pero la Tierra permanece, sin aplaudirnos y sin castigarnos, permanece mientras alumbramos ciudades enteras y no somos capaces de encender un hornillo, permanece bajo nuestros asfaltos, bajo nuestros nombres, bajo nuestras facturas y bajo nuestras ruinas. El Arga no necesitaba cobertura; los árboles no necesitaban contraseña; y el sol, aquel mismo sol que nos había herido, seguiría saliendo sobre los tejados mientras hubiera tejados, y también después.
Y, sin embargo, allí abajo, entre calles viejas y tejados conocidos, algo seguía empeñado en continuar. No la civilización moderna, quizá; no aquella maquinaria brillante, arrogante y exacta que nos hizo creer que vivir consistía en delegar todos los milagros. Otra cosa: más pobre, más lenta, más cruel también, pero nuestra.
Esa noche, cuando bajé de las murallas, la oscuridad no me pareció menos oscura —sería mentira decirlo—: seguía dando miedo, seguía llena de peligros, seguía recordándonos a cada paso que habíamos sido expulsados de una comodidad que confundimos con destino. Pero en una esquina de la calle Mayor vi una luz pequeña, una vela detrás de un cristal. Nada más. Una llama ridícula, temblorosa, insuficiente. Y, aun así, varias personas caminaban hacia ella: no porque iluminara mucho, sino porque alguien la había puesto allí.

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