Acaba de anochecer; las nubes han tomado una tonalidad rojiza. Caen los primeros copos de nieve, monótonos, silenciosos, sobre la fría tierra. A través de la ventana contemplo la oscuridad salpicada de blanco. Hace frío. Afuera silba el aire helado, la ventisca. Nadie pasa; todo está desierto: las callejas, el campo. En casa, la familia charla al calor del hogar.
La nieve sigue cayendo impasible sobre los senderos, sobre los tejados, sobre los que en otro tiempo fueron polvorientos caminos. Contemplo desde la ventana la oscura silueta de la torre de la iglesia, separada del resto del templo como un mástil que se eleva al cielo, alta y sombría. Bajo el campanario, la esfera del reloj luce mortecina, como todas las noches. Afuera, la nieve hace remolinos. Duerme la casa entera, envuelta en la madrugada invernal.
Pasan las horas. Llega el día. La vasta llanura castellana está cubierta por un inmenso manto de nieve. No se distinguen las negruzcas carreteras. Todo lo cubre: campos, tapias, tejados y chimeneas. A la pálida luz de la mañana, el pueblo ofrece una visión singular. Las rachas de ventisca han agolpado la nieve junto a los cristales y en el zaguán de las puertas. La noche ha congelado el chorro de las fuentes, y de ellas cuelgan duros y alargados chuzos.
Ahora no nieva, pero sigue soplando un aire gélido. El cielo, ora blanco, ora gris, amenaza con otra nevada. En la lejanía, la llanura se extiende toda blanca. Los árboles que bordean el Canal están vestidos de escarcha, como los puentes que sortean su curso. Allá en el horizonte se dibujan otros pueblos como este, con sus altas torres recortándose en el cielo gris y sus tejados nevados. Corre el viento por la fría Tierra de Campos, y la nieve vuelve a caer, silenciosa. Grises tierras, pardas casas de adobe. Una oscura melancolía me embarga al recordar el caluroso verano y el triste otoño.

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