No lo conocía y me asustaba. Me asustaba cuando asomaba por la puerta con su sonrisa ensayada, cuando decía mi nombre como si lo soplara a través de una ranura, cuando dejaba el sombrero en la percha con un gesto muy educado y muy preciso. "Saluda", ordenaban, y yo saludaba con la cabeza clavada en el suelo, ceñudo, torpe. Luego venían los tíos —de verdad— con su alboroto, su olor a tabaco, los comentarios sobre el tiempo y el partido, las risas que tropiezan; y él, al fondo, en la esquina del sofá, como una sombra que ha aprendido a sentarse.
"Es un poco arisco el crío", reían. "Cobardica", añadía alguien, con cariño. Yo no me fiaba. No me fiaba de cómo colocaba los cubiertos con las puntas hacia dentro, de la manera silenciosa en que cerraba las puertas, del modo en que miraba las fotografías del aparador sin tocarlas. No me fiaba de su silencio que medía la casa como si tomara apuntes.
Un domingo llegaron los tíos. Traían pastas en una caja con lazo y un ramo de flores amarillas. La casa olía a pollo en el horno y a jabón. Mi madre se cubrió las manos con el delantal recién planchado, mi padre se ató con prisa el cinturón. "Pasad, pasad", dijo ella, y el salón se hizo pequeño de golpe. El desconocido —porque seguía siéndolo, aunque repitieran su nombre en voz alta, como si así hiciera menos ruido— se quedó junto al quicio, con el abrigo en el antebrazo, esperando no sé qué permiso. "Quédate a comer", invitaron. Dijo que no, que no molestaba, que sólo venía un momento. No se fue. Se sentó, probó el café, dijo que estaba bueno, dejó la taza sin cerco.
Yo me agarré a la falda de mi madre, y ella me apartó con un gesto medio tierno, medio fastidiado: "Venga, hombre, saluda como se debe". El desconocido me guiñó un ojo y yo sentí el estómago como cuando se da un golpe en la esquina de la mesa. "Este niño tiene genio", soltó alguien, y se rieron. Él no.
Después, cuando ya se habían ido todos —los tíos con sus adioses largos, el olor de tabaco arrastrándose por el pasillo—, mi padre dijo que tenía que bajar al bar a ver a Manolo un momento; mi madre, que iba a casa de la vecina a dejarle un molde. "No tardes", dijo él. "Nada, nada". Yo me quedé recogiendo las migas del mantel con los dedos, por matar el rato. Fue entonces cuando la puerta del salón se cerró con suavidad.
El desconocido estaba en el marco, sin abrigo. Su sombra, a esa hora, era más grande que él. No sonreía. No enfadado, no contento; sólo sin la máscara para adultos. Me miró como si contara, y yo me imaginé números bajando por su frente.
—Ven —dijo.
No obedecí. La palabra "ven" pesó en el aire, cayó al suelo, y yo di un paso atrás. Pensé en el patio, en la cocina, en el ruido de la calle. Pensé en mi madre en la escalera, en mi padre con el vaso apoyado, en Manolo detrás de la barra. Pensé en correr. Mis piernas no sabían todavía si eran de correr.
—Vamos a ver unas cosas —dijo, con esa voz que no suena nunca en público—. Un juego. Sólo un momento.
Se acercó un paso. El suelo crujió de una manera que mi madre siempre notaba, pero no ahora. Olía a tabaco frío y a algo metálico, quizá el reloj. Yo miré la mesa, las sillas, la cortina. Todo estaba en su sitio, y, sin embargo, todo se había ido de su sitio.
—No —dije, y me sorprendió que saliera entera la palabra.
El desconocido inclinó la cabeza como si hubiera oído mal. Su mano se abrió en el aire, la palma hacia arriba, invitando. No grité. No me salía. El miedo me subió por la espalda como las manos cuando están frías. Me arrimé al aparador, a las fotografías que él contemplaba sin tocar. Mi abuela me miraba desde el blanco y negro con su moño alto y su cara de no dejar pasar tonterías. El desconocido dio otro paso.
—No —repetí, y esta vez fue más alto. O eso me pareció.
Entonces quiso sujetarme. No con un golpe, no a lo bruto: con esa manera de agarrar que finge que no aprieta. La muñeca, suave, "vamos", y yo, que no sabía pelear, me acordé de un gesto que había visto a mi primo: tiré hacia abajo y hacia atrás con todo mi peso de niño. La mano resbaló, el reloj chocó con el borde de la mesa, sonó un clic, una hebilla que se suelta, un gesto pequeño que el salón oyó con claridad. Aproveché el balanceo, me escurrí como un gato por debajo del brazo y salí al pasillo.
Corrí. Corrí hacia la puerta de la calle como si esa puerta fuera un cohete y yo supiera volar. Giré el pestillo a medias, me dolió el dedo, me importó poco. El desconocido me siguió a dos zancadas. No gritó mi nombre —no tenía—, no dijo nada. En el vestíbulo, con la luz apagada, sus pasos sonaban más que los míos. Abrí. El portón se atragantó como siempre en el mismo sitio. Empujé con el hombro, el hombro dolió, el portón cedió. Salí al rellano, escalera abajo como si fueran diez pisos y no dos.
En el primer tramo me encontré con mi madre, el molde en brazos.
—¿A dónde vas? —preguntó, sorprendida, asustada por el susto del hijo.
No supe qué decirle con palabras. Le señalé con el dedo índice hacia arriba. El desconocido estaba en el descansillo, la sombra detrás.
—Ha querido… —empecé. La frase se me desarmó en la boca.
Mi madre miró hacia él. Él se paró donde debía, con la postura correcta de las visitas que no suben ni bajan si no se les invita. Puso cara de no entender, la cara de los adultos en las comedias cuando les cae una maceta.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó mi padre desde abajo, que volvía con el vaso de anís pegado todavía a la mano de recuerdo.
—El niño ha bajado como un diablo —dijo mi madre, sin quitarme el molde de encima—. Dice que…
—Dice cosas —interrumpió el desconocido, con un tono que imitaba preocupación—. Nos hemos quedado un momento a solas y el pequeño… ya sabes. No ha querido enseñarme sus cromos. Se ha asustado.
"Se ha asustado" como diagnóstico, como sentencia que absuelve al que sentencia. Mi padre alzó una ceja. Miró al desconocido, me miró a mí. Yo asentía con todo el cuerpo a una frase que no tenía sitio: "quiso hacerme daño". Pero era una frase demasiado grande para mi boca de niño, y no cabía.
—Es muy reservado —añadió él—. No pasa nada.
No pasó nada, dijeron. Subimos, bajamos, nos dispersamos cada uno a lo suyo. "No pasa nada", repetían, y el "nada" hacía ruido en mí como hace ruido una piedra en un tarro. El desconocido se fue, con el abrigo en el antebrazo, el reloj torcido, el sombrero en su sitio. Cerró la puerta con suavidad. Mi madre me miró la muñeca: roja. Le puso un poco de agua, un beso de esos que curan si les dejas. No lloré. Tenía una bola en la garganta que no sabía disolverse.
—No exageres —dijo mi padre, queriendo ser justo—. Fulano es un buen hombre.
—No —dije, y esta vez sonó claro. Tenía la voz del que ha probado el hierro.
La casa siguió su trabajo como si no supiera de lo que hablan las paredes. Pero las cosas dejan señales. En la alfombra del salón, junto a la mesa, encontramos un botón pequeño, negro, con el hilo reventado. Mi madre lo recogió con sus dedos de costurera. Lo miró contra la luz. —Del abrigo de fulano —dijo, sin querer decir más. "Qué torpe", añadió, forzando una sonrisa, y guardó el botón en la cajita donde guarda todos los botones del mundo.
Por la noche me costó dormir. No por monstruos debajo de la cama, no por sombras en el armario. Por algo más pequeño y más insistente: un murmullo que me decía "no te confundas", "no le des nombre educado a lo que no lo tiene". Sentía la casa como a un animal grande que se hubiera sentado sobre nosotros para cuidarnos, y a la vez presentí que hay cuidados que no bastan. Recordé la cara de mi abuela en el marco del aparador. No dejaba pasar tonterías.
No me creyeron del todo. Me creyeron a medias, con la media fe que se reserva a las cosas que no encajan. Yo crecí con esa media fe en la nuca, como una mano que no aprieta pero pesa. Aprendí a escuchar los cerrojos y a abrir puertas hacia dentro. Aprendí a mirar de frente cuando algo huele a mala educación.
A veces, en silencio, saco del cajón la cajita de botones de mi madre. Allí sigue el botón negro, mudo como una piedra. Lo pongo en la palma de la mano y pesa más de lo que debería. Nadie sabe de quién es, menos yo. Luego lo devuelvo a su sitio, cierro la tapa, apago la luz y duermo.

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