jueves, 9 de julio de 2026

Salida definitiva. Memoria del colegio e internado de Santa Eulalia

Hay un internado que no está en los mapas y del que, sin embargo, todo el mundo en la comarca ha oído hablar alguna vez, aunque no sepa dónde lo oyó. Se llama Santa Eulalia. Lo buscan en vano quienes se empeñan: no figura en el registro de centros religiosos del obispado, ni en los catastros, ni en las guías de carreteras. Y no obstante existió, existe todavía de una manera difícil de nombrar, en un pliegue del terreno que va de Pamplona a San Sebastián, allí donde la llanada de la Cuenca empieza a arrugarse en montes y la niebla se queda a vivir entre septiembre y mayo. 

Yo he pasado veinte años reuniendo lo que sé de él. Empecé, como se empieza casi todo, por accidente: buscando otra cosa —buscando a una sola muchacha, si he de ser exacto—. Terminé comprendiendo que el internado no era el escenario de las historias que investigaba, sino su causa. Que las chicas de la niebla, la de la curva, cerca del puerto de Azpiroz, la que  aparecía junto a las sendas de la Vuelta del Castillo, no eran fenómenos independientes que yo iba coleccionando. Eran, todas, antiguas alumnas del colegio e internado de Santa Eulalia. Y que el internado, más que un lugar, era un espacio a caballo entre dos mundos, un pliegue que se filtra entre la realidad y la ficción. Es la manera que tiene el tiempo de no soltar a ciertas muchachas. 
 
Lo que sigue es lo que pude averiguar aquí y allá. No garantizo que todo haya pasado tal y como lo cuento, pues la realidad, en esta comarca, se confunde a menudo con la leyenda. Sólo transmito lo que me contaron, dejando una puerta entreabierta por si algún osado o imprudente decide franquearla.

I. La fundación

Las pocas fuentes que coinciden sitúan la fundación del colegio a finales del siglo XIX, en un antiguo caserón de indianos reformado por una congregación cuyo nombre nadie recuerda con exactitud —las Hijas de la Purísima Providencia, las Siervas de Santa Eulalia, varía según quién lo cuente—. Era un internado femenino de los que abundaron entonces: hijas de familias acomodadas de provincias, algunas navarras, muchas guipuzcoanas, unas cuantas de más lejos, enviadas a educarse lejos de casa "para hacerlas señoritas de provecho". Y, entreveradas con ellas, las otras: las huérfanas, las medio huérfanas, las encomendadas por una tía cansada o por un padre que no sabía qué hacer con una hija. A ésas no las mandaban a hacerse señoritas en el colegio. Las mandaban a que las guardaran en el internado anexo.

El edificio, de varios cuerpos,  se levantaba en un altozano, rodeado de un jardín con tejos —siempre tejos, el árbol de los cementerios— y cerrado por una tapia alta. Tenía capilla propia, un dormitorio común llamado, no sé por qué, "la galería de las horas", y una regla férrea que varias generaciones de exalumnas repitieron con el mismo escalofrío: las cartas a la familia se leían antes de enviarse; las salidas eran de dos en dos y nunca sin una hermana delante; y en verano, cuando el internado cerraba, las niñas cuyas familias no podían recogerlas se quedaban. 

Se quedaban. Esa palabra, en las historias de Santa Eulalia, tiene siempre un doble fondo.

Porque en verano el colegio se vaciaba. Entre externas e internas las alumnas pasaban del centenar, aunque en la galería no durmieran nunca más de cuarenta y tantas; y las pocas que restaban al cerrar —las de familia lejana, las huérfanas de padre, las que «daban problemas»— eran llevadas a una casa que la congregación tenía en la costa, en Deba, frente a un mar que, son palabras de una de ellas, golpeaba de noche como si quisiera entrar. Y algunas de esas niñas, cada cierto número de veranos, no volvían de la costa al internado en septiembre.

En los libros del colegio figuraban como «trasladada a otro centro», «reclamada por la familia», «salida definitiva». Asientos de contable, escritos para no escribir la verdad. La verdad no la anotó nadie. Pero la comarca, que sabe las cosas de otra manera, empezó a decir, ya en los años veinte, que las niñas de Santa Eulalia que se iban a la costa a veces no se iban a ninguna parte: se quedaban en el agua, o se perdían en la niebla, o en ese sitio intermedio donde el internado guarda a las suyas.

Y que, muertas o desaparecidas —que en Santa Eulalia viene a ser lo mismo—, seguían saliendo de dos en dos, con su uniforme azul, a pasear por los lugares donde habían sido, alguna vez, felices o desgraciadas. 



II. Clara (1919)

La primera de la que tengo constancia firme se llamaba Clara, -un nombre que curiosamente, reaparece en otras historias de mi archivo, como si ciertos nombres atrajeran ciertos destinos-. Ingresó en Santa Eulalia el otoño de 1918, con la gripe todavía matando en los pueblos, enviada por un padre viudo que no sabía qué hacer con una hija de doce años.

De ella conservo una sola carta, que no llegó a enviarse porque la censura del colegio la retuvo, y que apareció décadas después entre los papeles de una hermana secularizada. La transcribo sin corregir:

"Querido padre: aquí las noches son muy largas. En la galería de las horas hay una cama vacía al fondo, la de una niña que se fue en verano y no ha vuelto, y las mayores dicen que por las noches se oye que alguien se acuesta en ella. Yo no lo he oído todavía pero tengo miedo de oírlo. La madre Encarnación dice que las que se van a la costa aprenden a nadar en un agua que no moja. No entiendo lo que quiere decir pero lo escribo para no olvidarlo. Sáqueme de aquí antes del verano, padre. No quiero aprender a nadar." 
 
El padre nunca leyó esa carta. Clara pasó el verano en Deba. En septiembre, el libro del colegio anota, con la letra apretada de sor Encarnación: "Clara S. — salida definitiva. No procede reingreso."

Doce años. Salida definitiva.

Lo que sé de Clara después no viene de ningún archivo. Viene de una mujer de Deba, ya muy anciana cuando hablé con ella, que de niña jugaba en la playa y recordaba a "las del colegio de las monjas" bañándose vestidas, con el uniforme puesto, "para no enseñar las carnes ni al mar". Y recordaba, sobre todo, una tarde de galerna en que las hermanas contaron las cabezas al salir del agua y faltaba una, y no dieron parte, y siguieron como si nada, "porque las de familia lejana no las echaba de menos nadie". Recordaba el nombre porque las otras niñas lo llamaron un rato, hacia el mar, antes de que las hermanas las hicieran callar:

—¡Clara! ¡Claraaa!

Y luego el silencio, y la fila de dos en dos subiendo la cuesta hacia la casa, con una niña menos y ninguna monja dispuesta a contarlo. 
 
Anoto aquí una menudencia que tardé años en atreverme a anotar: esa letra apretada de sor Encarnación, esa letra reaparece idéntica en los libros del colegio más de cincuenta años después, firmando otras salidas definitivas. Puede que en la congregación se heredara el nombre con el cargo, como se heredan los hábitos. Puede. En Santa Eulalia aprendí pronto a no hacer dos veces las preguntas que sólo tienen una respuesta mala.

III. Las camas de más

Aquí debo explicar lo que he llegado a entender sobre el mecanismo del internado, si es que "entender" no es una palabra demasiado grande para lo que sólo intuyo.

Santa Eulalia no era un colegio que tuviera fantasmas. Era un colegio que fabricaba una clase particular de permanencia. Las niñas que morían o desaparecían durante el internamiento —y muy especialmente las que se quedaban en verano, sin nadie que preguntara por ellas— no se iban del todo. Quedaban adscritas al internado como se queda adscrito un legajo a un archivo: guardadas, catalogadas, sin salida. La "galería de las horas", ese dormitorio común donde siempre había una cama de más al fondo, era el punto donde las presentes y las que ya no lo estaban dormían bajo el mismo techo sin distinguirse.

Y como toda permanencia forzada, buscaba fugarse. Las internas de Santa Eulalia —las muertas— salían. Salían de dos en dos, porque así las habían enseñado a salir; salían con el uniforme azul, porque no tenían otro; y salían hacia los lugares donde el internado las había llevado en vida: la costa de Deba, las carreteras que unían el colegio con San Sebastián y con Pamplona, los paseos vigilados por la Ciudadela y la Vuelta del Castillo los domingos de visita. No buscaban vengarse. No sabían de quién. Buscaban, si acaso, que alguien las viera; que alguien, por una vez, contara la cabeza que faltaba y dijera su nombre en voz alta hacia el mar.

Porque a una interna de Santa Eulalia sólo se la suelta de una manera: reconociéndola. Diciendo su nombre. Devolviéndole algo suyo. Lo demás —las oraciones, las misas, el olvido piadoso— sólo la ata más fuerte a la galería.

Esto lo aprendí tarde, y a costa ajena. Lo aprendí por tres niñas de una misma promoción, la que entró hacia 1972, que durmieron en la misma galería y se quedaron cada una a su modo: la del agua, la de la carretera y la que no dejó rastro. Empezaré por la carretera, porque es la que la comarca cree conocer mejor, y terminaré por la que nadie conocía. De la del medio —la que me cambió la vida— hablé ya en una novela, y diré aquí únicamente lo que la novela no pudo decir.
 
IV. Maite, la de la carretera

Salto medio siglo, porque el archivo salta. Hay un hueco en las historias de Santa Eulalia que coincide con la guerra y la posguerra, como si en aquellos años hubiera tantos muertos por todas partes que los del internado no llamaran la atención de nadie. Reaparecen en los años setenta. Y reaparecen las tres casi juntas, porque casi juntas se fueron.

La comarca cuenta la de la carretera a su manera, que es la manera que tienen las comarcas de conservar las cosas: estropeándolas un poco para que duren. Dicen que fue en el sesenta y tantos; que era una muchacha de un internado de San Sebastián; que conducía un Seiscientos y se salió en la curva mala del puerto de Azpiroz. He comprobado que en esa curva hubo, en efecto, una muerta a comienzos de los sesenta, y un Seiscientos. Pero no era ella. Las carreteras funden a sus muertos como la niebla funde los faros: cuando esta otra se mató allí, en el invierno de 1976 a 1977, la curva ya tenía leyenda, y la leyenda se la quedó.

Se llamaba Maite. Era interna de Santa Eulalia, de la promoción del 72, e iba de pasajera en un coche que la subía de vuelta al colegio. Lo sé porque la reclamó, tarde, la única persona que la tuvo: una tía de un pueblo de aquella misma carretera, del lado de Guipúzcoa, que la recogía algún domingo por deber y la devolvía siempre antes del anochecer, siempre bajo la lluvia, en un cruce, encomendándola a quien subiera hacia el puerto. Maite volvía de una visita que no había salido bien —las que no salen bien se acaban siempre de noche— y una de esas noches subió a un coche que paró en el cruce y no llegó nunca.

Desde entonces la vieron muchos: una muchacha que levanta la mano en la niebla, con la ropa apenas mojada y las manos heladas, que dice que viene de San Sebastián —quizá porque el nombre del pueblo de su tía no le decía nada a nadie— y pide que la acerquen a Pamplona. Unos la recogían y, pasada la curva, ya no estaba en el asiento. Otros no paraban, y ésos —cuenta la leyenda, y las leyendas de carretera cuentan siempre lo mismo— tenían una mala noche en la curva.

He hablado con el último que la llevó: un hombre de Pamplona que volvía de Tolosa en un Seat 127, una noche de lluvia de finales de los setenta. Me contó que la chica tenía «una voz limpia, de internado» —la expresión es suya y no he sabido mejorarla—; que tiritaba y él le prestó su americana; que ella le avisó de la curva, «esta curva siempre se me resiste», y que él no reparó hasta después en el tiempo de ese verbo; y que al final, señalando un respiro de cuneta junto al quitamiedos abollado, dijo, como quien deja una dirección en un sobre: aquí me maté yo. Cuando giró la cabeza, en el asiento no quedaba más que la americana, doblada, seca. Y en un bolsillo, una diadema de niña, de las de arco, todavía húmeda.

Un camarero de Cuatrovientos —el mismo, sospecho, que lleva media vida sirviendo con los cafés la versión del Seiscientos— le dijo lo que había que hacer. El hombre volvió a la curva esa misma noche y colgó la diadema de la cruz que el luto había plantado junto al quitamiedos. No rezó, e hizo bien: a las de Santa Eulalia las oraciones las atan. Desde entonces, que yo sepa, nadie ha vuelto a verla en aquel tramo. Años más tarde el hombre puso por escrito aquella noche; he leído esas cuartillas, fechadas en 1987, y no hay en ellas una sola palabra que suene a inventada.

Había hecho, sin saberlo, lo único que suelta a una interna: devolverle algo suyo y ponerlo donde pudiera verse. Aquella diadema era, me consta, la única cosa de niña bonita que Maite tuvo nunca; se la había comprado la tía años atrás, en uno de aquellos domingos, y la llevaba puesta la noche del accidente, como se lleva la prueba de que alguien, alguna vez, pensó en una.

Al despedirnos, el hombre me confesó algo más: que todavía hoy, cuando sube de noche hacia San Sebastián y llueve, deja en el asiento de al lado una chaqueta doblada. Por si acaso, dijo. No le pregunté si era superstición o cortesía. En esta historia son la misma cosa.


V. Amaia (1984 y siempre)


A la segunda no la encontré en un archivo. Me encontró ella a mí, que es como te encuentran las de Santa Eulalia: una tarde de niebla de 1984, en la Vuelta del Castillo, junto a los fosos de la Ciudadela, en el sitio exacto donde décadas atrás las internas paseaban de dos en dos los domingos de visita. Uniforme azul, una cartera de cuero contra el pecho, dieciséis años que no cuadraban con la antigüedad de sus ojos. Le pregunté si venía de algún internado. Dijo que sí. Le pregunté de cuál. Dudó, y dijo: Santa Eulalia.
 
Todo lo demás lo conté en una novela, "Amaia en la niebla", cambiándole lo justo para que fuera literatura y no denuncia, y no voy a repetirlo aquí: los expedientes no deben plagiar a los libros. Diré sólo lo que importa a éste. Que se llamaba Amaia Etxalar. Que tenía en Deba una tía, hermana de su madre muerta, y que fue allí, en su único refugio, donde el mar terminó lo que el internado había empezado: «me perdí antes», me corrigió una vez; «en el mar sólo terminé de perderme». Que el recorte que la nombra es de 1976 —un temporal en la costa guipuzcoana, una fotografía a una columna en la que sale seria, con algo que le queda grande— y es ocho años anterior a la tarde en que la conocí. Que años después me dijo por qué volvía: porque fui el único que la vio sin querer explicarla del todo. Y que dejó de venir cuando el libro estuvo terminado, como si escribirla hubiera sido, también, una manera de decir su nombre en voz alta.

El libro se publicó y circuló de una forma rara, casi secreta. Me escribieron antiguas internas de colegios que sí están en los mapas. Y una carta llegó sin remitente. Decía únicamente:

«Algunas no volvemos a casa, pero agradecemos que alguien deje una luz encendida.»

Tardé en comprender que aquella carta no la había escrito Amaia. La había escrito otra. Una interna de Santa Eulalia que sí volvió, que sobrevivió a la galería de las horas y a los veranos de Deba, y que reconoció a sus compañeras muertas en mis páginas. Me escribió una segunda vez, ya con remite, para pedirme que fuera a verla: tenía que decirme algo que llevaba casi treinta años sin poder decirle a nadie.

VI. La que volvió

Me pidió que no diera su nombre, y yo respeto a los vivos más que a los muertos. Había entrado en Santa Eulalia con la promoción del 72, la de Amaia, la de Maite. Nos vimos una sola vez, en una cafetería de Donosti, y me contó lo que ningún archivo guarda.

Me contó que a las que faltaban en septiembre no se las nombraba nunca más. «Y eso —me dijo— era lo peor. No que se murieran. Que las borráramos. Nosotras también las borrábamos, por miedo. Y al borrarlas, las dejábamos atrapadas.»

Me contó que ella sobrevivió porque su familia, arruinada pero viva, la reclamó a tiempo, justo antes de un verano. Que hizo la maleta llorando de alivio y de culpa, porque en la cama de al lado quedaba una niña que no tenía a nadie —ni tía, ni casa de costa, ni un pueblo en la carretera; nadie—, una niña a la que ni siquiera llevaban a Deba porque no había familia a quien avisar de nada, y que se quedaba los veranos enteros en el colegio vacío. Esa niña le dijo, al despedirse: "Cuando salgas, acuérdate de mi nombre. Aunque no vuelvas. Acuérdate. Porque yo no le voy a quedar a nadie más." Y ella se lo prometió. Y lo cumplió casi veinte años años  después.

De cómo se fue no supo nunca nada; se lo contaron otras, años después y a medias: que un día estaba en la lista y al otro no. Sin galerna, sin curva, sin cruz en ninguna parte. En el libro del colegio, la letra de Sor Encarnación escribió su fórmula. Salida definitiva. La desaparición más limpia y más terrible de todas.

—Usted le devolvió el nombre a Amaia —me dijo la mujer, y me apretó la mano con firmeza—. Yo vengo a darle el de la otra. Póngalo usted donde se lea, que es la única lápida que va a tener.

Y me lo dio. Y lo pongo:

Se llamaba Arantxa. 

No hay recorte que la nombre, ni cruz en carretera, ni anciana en Deba que la recuerde bañándose vestida. No hay más rastro de Arantxa en el mundo que esta línea y la memoria de una mujer que cumplió su promesa. Si algo he entendido de Santa Eulalia es esto: a la del agua la soltó un hombre que la miró y escribió su nombre; a la de la carretera, otro que le devolvió su diadema; pero a Arantxa, que no tenía agua ni diadema ni a nadie, sólo puede soltarla su nombre dicho en voz alta. Por eso lo escribo aquí: para que alguien lo lea, y al leerlo lo diga, y al decirlo, sin saberlo, la saque un poco del fondo de la galería.

«Déjelo escrito —me pidió la mujer—. No por mí. Por las que siguen en la galería sin que nadie las reclame. Un nombre dicho a tiempo saca a una niña del agua. Lo sé porque a mí me sacaron


VII. Lo que queda del internado

He ido a buscar Santa Eulalia. Por supuesto que he ido. Uno no dedica casi veinte años de su vida a algo sin intentar, al menos una vez, ponerle los pies encima.

No lo he encontrado, y a la vez lo he encontrado demasiadas veces. Hay un altozano entre Pamplona y San Sebastián, pasado el puerto, donde la carretera hace una curva y la niebla se cierra, en el que, ciertas tardes de septiembre, se distingue entre los árboles la silueta de un caserón con tapia y tejos. He parado el coche. He caminado hacia allí. Y siempre, siempre, cuando llego a donde debería estar la verja, hay sólo monte, o un prado, o una ruina que podría ser cualquier cosa. El internado está en el sitio y no está: existe a la manera en que existen las cosas que el tiempo no ha soltado del todo, en un pliegue del espacio y el tiempo, "en un mapa imposible que no es del ahora ni el de antes ni el después", como dicen en Pamplona de otra calle que tampoco figura en ningún sitio.

Una vez, sólo una, llegué a la tapia. Fue un atardecer de niebla espesa, y juraría —lo escribo sabiendo cómo suena— que oí, del otro lado, la campana de un recreo, y voces de niñas contando en fila, de dos en dos, y una hermana mandando callar. Conté yo también, sin querer, siguiendo las voces. Y noté que en el conteo faltaba siempre un número. Que la fila decía "una, dos, tres, cuatro… seis", saltándose el cinco, como quien pasa por encima de un escalón que no está.

Me marché sin llamar. No abrí. Ya he dicho que ésa es la única obligación de quien encuentra una puerta entreabierta y no sabe lo que hay detrás.

Epílogo

Dejo esto escrito, entonces, no como historia sino como aviso, y como encargo.

Si alguna vez, viajando de noche entre Pamplona y San Sebastián, la niebla se le cierra en una curva y ve, en el arcén, a una muchacha de uniforme azul que pide que la lleve "al colegio"; o si, paseando por la Vuelta del Castillo una tarde de niebla, distingue junto al camino  la silueta quieta de una chica que le sostiene la mirada más de lo que sostienen los vivos; o si, en el mar de Deba, en una tarde de galerna, le parece que entre las olas alguien nada vestido y no sale —no huya, si puede evitarlo. No rece por ella, que eso la ata. No la borre, que eso la hunde. Mírela. Cuente la cabeza que falta. Y, si sabe su nombre, dígalo en voz alta, hacia el agua o hacia la niebla, aunque se sienta ridículo, aunque nadie le crea.

Porque en Santa Eulalia, el colegio que no está en los mapas, hay todavía una galería con camas de más, y en esas camas duermen niñas que se quedaron sin que nadie las reclamara. Salen de dos en dos a los caminos, con su uniforme y su bufanda húmeda, buscando desde hace cien años lo único que las libere: que alguien las mire, y las nombre, y les deje —como me pidieron a mí, y como pido yo ahora a usted— una luz encendida.


Memoria del colegio e internado de Santa Eulalia. Andres A.T. Pamplona. 2013
 

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