lunes, 6 de julio de 2026

Santa Eulalia, el internado que no estaba en los mapas

Hay un internado que no está en los mapas y del que, sin embargo, todo el mundo en la comarca ha oído hablar alguna vez, aunque no sepa dónde lo oyó. Se llama Santa Eulalia. Lo buscan en vano quienes se empeñan: no figura en el registro de centros religiosos del obispado, ni en los catastros, ni en las guías de carreteras. Y no obstante existió, existe todavía de una manera difícil de nombrar, en un pliegue del terreno que va de Pamplona a San Sebastián, allí donde la llanada de la Cuenca empieza a arrugarse en montes y la niebla se queda a vivir entre septiembre y mayo.

Yo he pasado veinte años reuniendo lo que sé de él. Empecé, como se empieza casi todo, por accidente: buscando otra cosa —buscando a una sola muchacha, si he de ser exacto—. Terminé comprendiendo que el internado no era el escenario de las historias que investigaba, sino su causa. Que las chicas de la niebla, la de la curva, cerca del puerto de Azpiroz, la que  aparecía junto a las sendas de la Vuelta del Castillo, no eran fenómenos independientes que yo iba coleccionando. Eran, todas, antiguas alumnas del colegio e internado de Santa Eulalia. Y que el internado, más que un lugar, era un espacio a caballo entre dos mundos, un lugar que se filtra entre la realidad y la ficción. Es la manera que tiene el tiempo de no soltar a ciertas jóvenes.

Lo que sigue es lo que pude averiguar aquí y allá. No  garantizo que todo haya pasado en realidad tal y como lo cuento pues como he dicho la realidad se confunde a menudo con la leyenda. Sólo  transmito lo que me contaron, dejando una puerta entreabierta por si algún osado o imprudente decide franquearla. 

I. La fundación

Las pocas fuentes que coinciden sitúan la fundación del colegio a finales del siglo XIX, en un antiguo caserón de indianos reformado por una congregación cuyo nombre nadie recuerda con exactitud —las Hijas de la Purísima Providencia, las Siervas de Santa Eulalia, varía según quién lo cuente—. Era un internado femenino de los que abundaron entonces: hijas de familias acomodadas de provincias, algunas navarras, muchas guipuzcoanas, unas cuantas de más lejos, enviadas a educarse lejos de casa "para hacerlas señoritas de provecho". Y, entreveradas con ellas, las otras: las huérfanas, las medio huérfanas, las encomendadas por una tía cansada o por un padre que no sabía qué hacer con una hija. A ésas no las mandaban a hacerse señoritas en el colegio. Las mandaban a que las guardaran en el internado anexo.

El edificio, de varios cuerpos,  se levantaba en un altozano, rodeado de un jardín con tejos —siempre tejos, el árbol de los cementerios— y cerrado por una tapia alta. Tenía capilla propia, un dormitorio común llamado, no sé por qué, "la galería de las horas", y una regla férrea que varias generaciones de exalumnas repitieron con el mismo escalofrío: las cartas a la familia se leían antes de enviarse; las salidas eran de dos en dos y nunca sin una hermana delante; y en verano, cuando el internado cerraba, las niñas cuyas familias no podían recogerlas se quedaban.

Se quedaban. Esa palabra, en las historias de Santa Eulalia, tiene siempre un doble fondo.

Porque en verano el colegio se vaciaba de casi todas, eran más de cien, y las pocas que restaban —las de familia lejana, las huérfanas de padre, las que "daban problemas"— eran llevadas a una casa que la congregación tenía en la costa, en Deba, frente a un mar que golpeaba de noche como si quisiera entrar. Y algunas de esas niñas, cada cierto número de veranos, no volvían de la costa al internado en septiembre.

En los libros del colegio figuraban como "trasladada a otro centro", "reclamada por la familia", "salida definitiva". Fórmulas de contable, como las que se ponen para no poner la verdadera. La verdadera nadie la escribió. Pero la comarca, que sabe las cosas de otra manera, empezó a decir, ya en los años veinte, que las niñas de Santa Eulalia que se iban a la costa a veces no se iban a ninguna parte: se quedaban en el agua, o se perdían en la niebla, o en ese sitio intermedio donde este extraño internado guarda a las suyas.

Y que, muertas o desaparecidas —que en Santa Eulalia viene a ser lo mismo—, seguían saliendo de dos en dos, con su uniforme azul, a pasear por los lugares donde habían sido, alguna vez, felices o desgraciadas.


II. Clara (1919)

La primera de la que tengo constancia firme se llamaba Clara, -un nombre que curiosamente, reaparece en otras historias de mi archivo, como si ciertos nombres atrajeran ciertos destinos-. Ingresó en Santa Eulalia el otoño de 1918, con la gripe todavía matando en los pueblos, enviada por un padre viudo que no sabía qué hacer con una hija de doce años.

De ella conservo una sola carta, que no llegó a enviarse porque la censura del colegio la retuvo, y que apareció décadas después entre los papeles de una hermana secularizada. La transcribo sin corregir:

"Querido padre: aquí las noches son muy largas. En la galería de las horas hay una cama vacía al fondo, la de una niña que se fue en verano y no ha vuelto, y las mayores dicen que por las noches se oye que alguien se acuesta en ella. Yo no lo he oído todavía pero tengo miedo de oírlo. La madre Encarnación dice que las que se van a la costa aprenden a nadar en un agua que no moja. No entiendo lo que quiere decir pero lo escribo para no olvidarlo. Sáqueme de aquí antes del verano, padre. No quiero aprender a nadar."

El padre nunca leyó esa carta. Clara pasó el verano en Deba. En septiembre, el libro del colegio anota, con la letra apretada de sor Encarnación: "Clara S. — salida definitiva. No procede reingreso."

Doce años. Salida definitiva.

Lo que sé de Clara después no viene de ningún archivo. Viene de una mujer de Deba, ya muy anciana cuando hablé con ella, que de niña jugaba en la playa y recordaba a "las del colegio de las monjas" bañándose vestidas, con el uniforme puesto, "para no enseñar las carnes ni al mar". Y recordaba, sobre todo, una tarde de galerna en que las hermanas contaron las cabezas al salir del agua y faltaba una, y no dieron parte, y siguieron como si nada, "porque las de familia lejana no las echaba de menos nadie". Recordaba el nombre porque las otras niñas lo llamaron un rato, hacia el mar, antes de que las hermanas las hicieran callar:

—¡Clara! ¡Claraaa!

Y luego el silencio, y la fila de dos en dos subiendo la cuesta hacia la casa, con una niña menos y ninguna monja dispuesta a contarlo.

III. La galería de las horas

Aquí debo explicar lo que he llegado a entender sobre el mecanismo del internado, si es que "entender" no es una palabra demasiado grande para lo que sólo intuyo.

Santa Eulalia no era un colegio que tuviera fantasmas. Era un colegio que fabricaba una clase particular de permanencia. Las niñas que morían o desaparecían durante el internamiento —y muy especialmente las que se quedaban en verano, sin nadie que preguntara por ellas— no se iban del todo. Quedaban adscritas al internado como se queda adscrito un legajo a un archivo: guardadas, catalogadas, sin salida. La "galería de las horas", ese dormitorio común donde siempre había una cama de más al fondo, era el punto donde las presentes y las que ya no lo estaban dormían bajo el mismo techo sin distinguirse.

Y como toda permanencia forzada, buscaba fugarse. Las internas de Santa Eulalia —las muertas— salían. Salían de dos en dos, porque así las habían enseñado a salir; salían con el uniforme azul, porque no tenían otro; y salían hacia los lugares donde el internado las había llevado en vida: la costa de Deba, las carreteras que unían el colegio con San Sebastián y con Pamplona, los paseos vigilados por la Ciudadela y la Vuelta del Castillo los domingos de visita. No buscaban vengarse. No sabían de quién. Buscaban, si acaso, que alguien las viera; que alguien, por una vez, contara la cabeza que faltaba y dijera su nombre en voz alta hacia el mar.

Porque a una interna de Santa Eulalia sólo se la suelta de una manera: reconociéndola. Diciendo su nombre. Devolviéndole algo suyo. Lo demás —las oraciones, las misas, el olvido piadoso— sólo la ata más fuerte a la galería.

Esto lo aprendí tarde, y a costa ajena. Lo aprendí por las que fueron compañeras de una misma promoción, tres niñas que durmieron en la misma galería y que se quedaron cada una a su modo: la del agua, la de la carretera y la que no dejó rastro. Empezaré por la carretera, porque es la que la comarca conoce mejor, y terminaré por la que nadie conocía, de la del medio —esa que me cambió la vida— ya hablé en mi novela "Amaia en la niebla" y en una historia anterior.
 
IV. Maite, la de la carretera

Salto medio siglo, porque el archivo salta. Hay un hueco en las historias de Santa Eulalia que coincide con la guerra y la posguerra, como si en aquellos años hubiera tantos muertos por todas partes que los del internado no llamaran a nadie la atención. Reaparecen ya en los años setenta, y reaparecen las tres juntas, porque las tres fueron de la misma promoción. La primera en la forma en que la comarca las conoce hoy: como aparición de carretera.

La más documentada es la de la curva del puerto de Azpiroz, en la vieja carretera de San Sebastián. Una muchacha que hace autostop de noche, con "voz limpia de internado", abrigo oscuro y las manos siempre heladas, y que pide que la lleven "al colegio" sin decir cuál. Los camioneros o automovilistas de la línea la conocían. Unos la recogían y, al llegar a la curva mala, la chica ya no estaba en el asiento. Otros no paraban, y esos —cuenta la leyenda, y las leyendas de carretera cuentan siempre lo mismo— tenían una mala noche en la curva.

Se llamaba Maite. Lo sé porque la reclamó, tarde, la única persona que la tuvo: una tía de un pueblo de aquella misma carretera, que la recogía algún domingo por deber y la devolvía siempre antes del anochecer, siempre bajo la lluvia, en un cruce, encomendándola a quien subiera hacia el puerto. Maite volvía de noche al único sitio donde tenía una cama con su nombre. Volvía de una visita que no había salido bien —las que no salen bien siempre se acaban de noche—, y una de esas noches subió a un coche que paró en el cruce y no llegó nunca.

He hablado con un transportista jubilado que la recogió tres veces en los años setenta y ochenta. La tercera, dijo, la chica le habló. Le dijo que se había matado allí "volviendo al internado", y que no podía dejar de volver porque nadie había recogido lo que se le cayó en el accidente. El hombre, que no era de imaginaciones, paró en la cuneta, buscó a la luz de los faros y encontró, entre la maleza, medio enterrada, una diadema. Una diadema de niña, de esas de arco, algo oxidada. La colgó de la cruz que hay clavada en la curva —esas cruces que el duelo va plantando en las carreteras— y desde entonces, dice, la chica no volvió a subírsele al camión.

La había soltado. Sin saberlo, había hecho lo único que suelta a una interna: devolverle algo suyo y ponerlo donde pudiera verse. Aquella diadema era, me consta, la única cosa de niña bonita que Maite tuvo nunca; se la había comprado la tía años atrás, en uno de aquellos domingos, y la guardaba como se guarda la prueba de que alguien, alguna vez, pensó en una.

V. Amaia (1984 y siempre)

A la segunda no la encontré yo en un archivo. Me encontró ella a mí, que es como te encuentran las de Santa Eulalia.

La vi una tarde de niebla en la Vuelta del Castillo, en Pamplona, junto a los fosos de la Ciudadela: una chica de uniforme azul, dieciséis años que no cuadraban con la antigüedad de sus ojos, quieta en el sitio exacto donde décadas atrás las internas paseaban de dos en dos los domingos de visita. Me habló. Dijo que se llamaba Amaia, que estudiaba en un colegio que ya no encontraría —"Santa Eulalia, lo cerraron"— y que volvía porque yo era el único que la había mirado. No el único que la había visto: el único que la había mirado. Hay una diferencia, y en esa diferencia cabe todo este relato.

Amaia venía del internado y del mar de Deba, como Clara. Tenía una tía en aquella costa, la hermana de su madre muerta, y la casa de Deba era el único sitio adonde podía ir en verano —lo cual, en Santa Eulalia, la convertía casi en una privilegiada—. Fue precisamente allí, en su único refugio, donde el mar se la llevó. "Me perdí en el mar", me dijo una vez. Y otra, corrigiéndose con esa exactitud que tienen los que ya no están: "Me perdí antes. En el mar sólo terminé de perderme."

Mucho después, revolviendo hemerotecas, di con el recorte: una joven interna en Pamplona, dieciséis años, desaparecida en un temporal de la costa guipuzcoana, entre las rocas. La fecha me heló las manos, porque era muy anterior a la tarde en que la conocí. Debería haber sentido miedo. Sentí alivio: por fin una prueba de que no la había inventado, aunque esa prueba la pusiera, de una vez y para siempre, del otro lado de la niebla.

Escribí su historia. La conté en un libro —lo titulé "Amaia en la niebla"—, cambiándole lo justo para que fuera literatura y no denuncia, y una noche, al terminarlo, Amaia dejó de venir. El libro circuló de una manera rara, casi secreta, y empezaron a escribirme antiguas internas que reconocían en ella a una compañera. Una de aquellas cartas llegó sin remitente. Decía sólo:
 
"Algunas no volvemos a casa. Pero agradecemos que alguien deje una luz encendida."

Tardé en comprender que aquella carta no la había escrito Amaia. La había escrito otra. Una interna de Santa Eulalia que sí volvió, que sobrevivió a los veranos de Deba y a la galería de las horas, que se hizo mujer, y que reconoció a su compañera muerta en las páginas de mi novela. Me escribió para decírmelo. Y para pedirme que fuera a verla, porque tenía que decirme algo que no había podido decírselo a nadie en casi veinte años.

VI. La que volvió

Se llamaba —me pidió que no diera su nombre, y respeto a los vivos más que a los muertos— y había entrado en Santa Eulalia la misma promoción que Amaia y que Maite. Nos vimos una sola vez, en una cafetería de Donosti. Me contó lo que ningún archivo guarda.

Me contó que la galería de las horas tenía, en efecto, camas de más, y que las niñas nuevas aprendían enseguida a no mirar hacia el fondo por las noches. Que en verano las de familia lejana eran llevadas a Deba, y que de Deba, algunos septiembres, volvían menos de las que habían ido, y que a las que faltaban no se las nombraba nunca más: se borraban de la lista, se les quitaba la percha del ropero, se hacía como si no hubieran existido. "Y eso —me dijo— era lo peor. No que se murieran. Que las borráramos. Nosotras también las borrábamos, por miedo. Y al borrarlas, las dejábamos atrapadas."

Me contó que ella sobrevivió porque su familia, arruinada pero viva, la reclamó a tiempo, justo antes de un verano. Que hizo la maleta llorando de alivio y de culpa, porque en la cama de al lado quedaba una niña que no tenía a nadie —ni tía, ni casa de costa, ni un pueblo en la carretera; nadie—, una niña a la que ni siquiera llevaban a Deba porque no había familia a quien avisar de nada, y que se quedaba los veranos enteros en el colegio vacío. Esa niña le dijo, al despedirse: "Cuando salgas, acuérdate de mi nombre. Aunque no vuelvas. Acuérdate. Porque yo no le voy a quedar a nadie más." Y ella se lo prometió. Y lo cumplió casi veinte años años  después.

No supo nunca cómo se fue. De ésas no se sabe cómo: un día estaban en la lista y al otro no, sin galerna, sin curva, sin cruz en ninguna parte. Sólo una percha vacía y un nombre rascado de un pupitre. La desaparición más limpia y más terrible de todas, porque no dejó ni el hueco: para que haya hueco, alguien tiene que echarte de menos.

—Usted le devolvió el nombre a Amaia —me dijo la mujer, y me apretó la mano con firmeza—. Yo vengo a darle el de la otra. Póngalo usted donde se lea, que es la única lápida que va a tener.

Y me lo dio. Y lo pongo:

Se llamaba Arantxa.

No hay recorte de periódico que la nombre, ni cruz en carretera, ni tía anciana en Deba que la recuerde bañándose vestida. No hay más rastro de Arantxa en el mundo que esta línea y la memoria de una mujer que cumplió su promesa. Si algo he entendido de Santa Eulalia es esto: que a la del agua la liberó un hombre que la miró, y a la de la carretera un camionero que le devolvió su diadema; pero a Arantxa, que no tenía agua ni diadema ni a nadie, sólo puede liberarla de su eterno deambular su nombre dicho en voz alta. Por eso lo escribo aquí, para que alguien lo lea, y al leerlo lo diga, y al decirlo, sin saberlo, la saque un poco del fondo de la galería.

"Déjelo escrito —me pidió la mujer—. No por mí. Por las que siguen en la galería sin que nadie las reclame. Un nombre dicho a tiempo saca a una niña del agua. Lo sé porque a mí me sacaron."

VII. Lo que queda del internado

He ido a buscar Santa Eulalia. Por supuesto que he ido. Uno no dedica casi veinte años de su vida a algo sin intentar, al menos una vez, ponerle los pies encima.

No lo he encontrado, y a la vez lo he encontrado demasiadas veces. Hay un altozano entre Pamplona y San Sebastián, pasado el puerto, donde la carretera hace una curva y la niebla se cierra, en el que, ciertas tardes de septiembre, se distingue entre los árboles la silueta de un caserón con tapia y tejos. He parado el coche. He caminado hacia allí. Y siempre, siempre, cuando llego a donde debería estar la verja, hay sólo monte, o un prado, o una ruina que podría ser cualquier cosa. El internado está en el sitio y no está: existe a la manera en que existen las cosas que el tiempo no ha soltado del todo, en un pliegue del espacio y el tiempo, "en un mapa imposible que no es del ahora ni el de antes ni el después", como dicen en Pamplona de otra calle que tampoco figura en ningún sitio.

Una vez, sólo una, llegué a la tapia. Fue un atardecer de niebla espesa, y juraría —lo escribo sabiendo cómo suena— que oí, del otro lado, la campana de un recreo, y voces de niñas contando en fila, de dos en dos, y una hermana mandando callar. Conté yo también, sin querer, siguiendo las voces. Y noté que en el conteo faltaba siempre un número. Que la fila decía "una, dos, tres, cuatro… seis", saltándose el cinco, como quien pasa por encima de un escalón que no está.

Me marché sin llamar. No abrí. Ya he dicho que ésa es la única obligación de quien encuentra una puerta entreabierta pero que no sabe lo que va encontrar detrás.

Epílogo

Dejo esto escrito, entonces, no como historia sino como aviso, y como encargo.

Si alguna vez, viajando de noche entre Pamplona y San Sebastián, la niebla se le cierra en una curva y ve, en el arcén, a una muchacha de uniforme azul que pide que la lleve "al colegio"; o si, paseando por la Vuelta del Castillo una tarde de niebla, distingue junto al camino  la silueta quieta de una chica que le sostiene la mirada más de lo que sostienen los vivos; o si, en el mar de Deba, en una tarde de galerna, le parece que entre las olas alguien nada vestido y no sale —no huya, si puede evitarlo. No rece por ella, que eso la ata. No la borre, que eso la hunde. Mírela. Cuente la cabeza que falta. Y, si sabe su nombre, dígalo en voz alta, hacia el agua o hacia la niebla, aunque se sienta ridículo, aunque nadie le crea.

Porque en Santa Eulalia, el colegio que no está en los mapas, hay todavía una galería con camas de más, y en esas camas duermen niñas que se quedaron sin que nadie las reclamara. Salen de dos en dos a los caminos, con su uniforme y su bufanda húmeda, buscando desde hace cien años lo único que las libere: que alguien las mire, y las nombre, y les deje —como me pidieron a mí, y como pido yo ahora a usted— una luz encendida.

Andres A.T. Pamplona. 2013

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