No me movía la credulidad, sino una clase más compleja de
soberbia. Quería saber. Quería entender. Quería tal vez escribir la página
definitiva sobre aquello que habita detrás de la razón, en su trastienda. En
aquel entonces todavía ignoraba que hay materias que no toleran ser miradas
desde demasiado cerca; que la observación misma, cuando se aplica a ciertas
regiones del espíritu, modifica el objeto observado y abre una reciprocidad
funesta. Pensamos que contemplamos el abismo, pero el abismo no es un paisaje:
es una boca y nos está mirando a nosotros.
Todo comenzó con una repetición.
Un sueño, si es que aquella experiencia admitía tal nombre,
regresó dos veces en la misma semana, después cuatro, después cada noche, y más
tarde comenzó a infiltrarse también en las siestas, en los cabezazos
involuntarios frente al escritorio, en ese segundo turbio que media entre
cerrar los ojos y perder la noción del cuerpo. Al despertar, me quedaba siempre
una impresión material, casi fisiológica, como si no hubiera soñado un lugar
sino atravesado una sustancia. Había en ese sueño un cuarto, o más exactamente
la idea de un cuarto: un recinto apenas insinuado, sin mobiliario reconocible,
delimitado por una penumbra que no procedía de la ausencia de luz, sino de una
forma de luz degradada, enferma, vieja. Yo sabía que me hallaba allí sin
recordar el trayecto, y en seguida, antes incluso de orientarme, percibía una
certeza intolerable: no estaba solo.
No se trataba de una figura visible. No al principio. Era
algo anterior a la visión, una presión. Una inteligencia inmóvil apostada en un
ángulo que no coincidía con la geometría de la estancia. Digo ángulo por
aproximación, pero no había allí esquina ni curva ni profundidad que se dejara
medir con las facultades ordinarias. Era una presencia enquistada en una
especie de pliegue del espacio, como si el sueño tuviera costuras y tras una de
ellas palpitara algo, paciente, aguardando el momento propicio para asomar.
No tardé en comprender que no era yo quien penetraba en el
sueño. Era el sueño quien avanzaba sobre mí.
Desde entonces, la palabra entrar comenzó a perseguirme. La
escribía en los márgenes de mis cuadernos. La encontraba repetida, con una
caligrafía que no siempre reconocía como mía, al pie de hojas arrancadas.
Entrar. Dejar entrar. Abrir. Paso. Umbral. Al principio me reí de mí mismo.
Atribuí todo aquello al cansancio, a la imaginación hipertrofiada, al exceso de
trabajo y de lectura. Pero el cuerpo tiene una manera brutal de desmentir las
explicaciones más convincentes. Empecé a sentirme corroído por dentro. Me invadía la impresión de que un gusano mínimo y
meticuloso trabajaba en secreto a través de mi carne y de mis pensamientos. No era un dolor. Algo me iba deshaciendo con paciencia de sepulturero. Había
mañanas en que me tocaba el rostro al afeitarme y me parecía que la piel cedía
con una blandura ajena, que mi expresión llegaba desde muy lejos, atravesando
varias capas de deterioro.
Dormía peor, pero soñaba más. Y aquellos sueños se
organizaron pronto como una geografía.
Había regiones.
No era un caos de imágenes, sino un sistema. A medida que
descendía, iba reconociendo ámbitos diversos, planos que se comunicaban entre sí
por corredores, túneles, pasajes de una lógica tan contundente que resultaba
más difícil negarlos que aceptar la existencia del mundo visible. Uno de esos
planos pertenecía a la infancia. Pero no hablo de recuerdos. Los recuerdos son
remiendos, reconstrucciones parciales, versiones gastadas de un pasado que el
tiempo ya ha debilitado. Aquello era otra cosa. Era la infancia como territorio
autónomo, preservado en algún estrato del ser y accesible mediante ciertas
puertas. Allí regresé a calles que había olvidado y que, sin embargo, me
recibían con una exactitud ofensiva. Vi patios que habían desaparecido antes de
mi adolescencia; oí los cubiertos de mi madre en una cocina donde ya no vivía
nadie; pasé ante habitaciones cerradas durante décadas y sentí, detrás de
ellas, la respiración expectante de escenas no consumadas.
A veces me veía a mí mismo niño.
No en tercera persona, como en esos sueños banales donde uno
se multiplica sin escándalo, sino con la angustia de quien reconoce en otro
cuerpo la versión intacta de una condena todavía en ciernes. Ese niño me
observaba siempre con una mezcla de miedo y lucidez. No pedía ayuda. No la
esperaba. Tenía ya en la mirada la resignación del que conoce el final antes de
poseer lenguaje para nombrarlo.
Otro plano era el tiempo.
No el tiempo humano, lineal, doméstico, ese hilo dócil con
que hilvanamos fechas y explicaciones, sino una extensión mineral donde los
instantes coexistían como galerías subterráneas excavadas en una misma masa.
Llegué allí una noche en que el sueño se volvió más profundo de lo habitual.
Descendí por un túnel estrecho cuya piedra rezumaba una humedad viva, casi
uterina, y encontré a ambos lados aberturas que daban no a lugares, sino a
momentos. Asomándome a una de ellas me vi escribir páginas que aún no había
escrito; en otra contemplé, con una frialdad que no era mía, la habitación
donde me velarían; en una tercera me encontré viejo, o quizá apenas más tarde,
pronunciando palabras desconocidas a alguien que no alcanzaba a ver. Comprendí
que el tiempo, en aquellas regiones, no fluía: se apilaba. Y que el alma, si se
la arranca de ciertas condiciones de la materia, puede transitarlo no como
duración, sino como arquitectura.
Y detrás de todo eso, aguardando siempre en el reverso de
cada descubrimiento, estaba la presencia.
Acabé por llamarla La Cosa, no porque el nombre la
contuviera, sino porque necesitaba un sonido para referirme a aquello que iba
ganando consistencia. Hubo una noche decisiva. La recuerdo como se recuerdan
las cirugías o los accidentes: no por continuidad, sino por fogonazos. Desperté
dentro del sueño, o eso creí, y en la penumbra de mi habitación advertí que la
puerta del pasillo estaba abierta. Más allá no había pasillo, sino una
oscuridad vertical, una especie de profundidad negra que no correspondía a la
casa. Y desde esa oscuridad, o desde algún punto de mí mismo que se había
alineado con ella, llegó la evidencia insoportable de que algo estaba a punto
de cruzar.
No fui valiente. Tampoco cobarde. Fui algo peor: estuve
fatigado.
Hay estados en que el terror deja de ser una fuerza que
empuja a huir y se convierte en un cansancio sin orillas. Uno desea sólo que el
asedio concluya, incluso si concluir significa ceder. En ese agotamiento, en
esa disposición blanda del espíritu, casi sin quererlo, casi como quien afloja
los dedos y deja caer una llave, permití la apertura.
La Cosa no irrumpió con estrépito. Se instaló.
Durante días me resistí a formularlo así, pero no encontré
otra palabra. Sentí su entrada como una modificación sutil en la textura de mis
pensamientos. Ideas que no nacían de mí aparecían ya vestidas con mi voz
interior. Impulsos sin afecto, curiosidades crueles y abstractas, percepciones
desprovistas de toda moral empezaron a rozar la superficie de mi conciencia. Yo
seguía siendo yo; lo bastante para advertir la intrusión, no lo suficiente para
expulsarla. La Cosa se alojó primero en la mente, como un huésped
exquisitamente paciente. Aprendía mis ritmos, reconocía mis recuerdos, ensayaba
mis gestos desde dentro. A ojos del mundo no había más que un solo Eduardo. Esa
fue la obscenidad más perfecta de todo el proceso: la intacta apariencia de
unidad.
La casa respondió enseguida.
Las puertas se entreabrían con una lentitud deliberada. El
reloj del comedor se detenía, noche tras noche, a la misma hora. Oía pasos en
habitaciones vacías. Bajo la cama encontré varias veces una tierra negra,
húmeda, con olor inconfundible a raíces y ataúd. En la cocina resonaban golpes
secos, espaciados, como si unos nudillos pacientes ensayaran una comunicación
rudimentaria. Los espejos me devolvían ocasionalmente un reflejo mínimamente
retrasado; un desfase tan pequeño que habría podido atribuirlo al agotamiento
si no fuera porque, una vez, al volver el rostro, vi con claridad que la imagen
tardaba un instante de más en obedecerme.
Comenzaron entonces los viajes astrales, si es que ese
nombre, demasiado usado por los charlatanes, no resulta ridículo para designar
lo que viví. No eran visiones ni metáforas del sueño. Eran desanclajes. Me
sentía desprenderme del cuerpo como un tejido mal cosido. Me elevaba sobre la
cama y contemplaba, con una mezcla de piedad y repugnancia, la forma inmóvil
que seguía respirando abajo. Después atravesaba el techo y ascendía a una noche
donde las distancias no eran físicas. Podía deslizarme con igual facilidad
sobre los tejados de la ciudad o hundirme bajo ella, a través de estratos donde
la materia dejaba de parecerse a la tierra y se convertía en una sustancia
sombría, viscosa, surcada por galerías de una geometría ofensiva para la razón.
Esos ángulos.
Aún ahora, si alguna parte de mí persiste en alguna memoria
de lo humano, sé que no podría describirlos. No pertenecían a un espacio
concebible, y sin embargo se imponían con una nitidez superior a la de
cualquier objeto cotidiano. Eran ángulos que no delimitaban superficies, sino
modos de penetración. Uno no los miraba: ellos entraban por la mirada y seguían
hundiéndose más allá, lesionando algo en la estructura misma del pensamiento.
En esas regiones vi criaturas que no merecen el nombre de bestias porque
implicaría un parentesco zoológico consolador. Eran abominaciones amorales,
formas de vida o de no-vida que no conocían la piedad ni la violencia porque
ambas cosas presuponen una escala humana de valores ya abolida allí. Algunas
permanecían indiferentes a mi paso. Otras parecían registrar mi presencia con
órganos equivalentes a una atención. Entre ellas avanzaba yo con el espanto
hipnótico de quien se sabe intruso y, al mismo tiempo, reconoce en lo visitado
una afinidad secreta.
Volvía de esos desplazamientos con el día fracturado.
La realidad, comparada con aquellas regiones, adquiría un
espesor pobre, provisional, casi teatral. Empecé a desconfiar de los objetos
familiares. La mesa de trabajo me parecía, por momentos, una piel tensada sobre
algo vivo. El suelo no era suelo, sino tapa. Caminaba por el pasillo con la
impresión de que debajo latía una vastedad subterránea separada de mí por unos
pocos centímetros de materia obediente. Veía lugares imposibles en los
repliegues de la ciudad: un patio que no figuraba en ningún plano, una escalera
que descendía donde no debía haber sótano, una calle de mi infancia intercalada
entre dos edificios modernos. Y lo más grave no era verlos, sino recordarlos.
Recordar haber estado allí en circunstancias que no habían sucedido, traer de
esos no-lugares una memoria tan consistente como la de cualquier hecho real.
Quise racionalizar el desastre. Leí con frenesí sobre
telepatía, catalepsia, psicosis, desdoblamiento, espiritismo, experiencias
cercanas a la muerte, alucinación hipnagógica. Buscaba una explicación médica,
literaria o esotérica; me era igual, con tal de que delimitara el fenómeno.
Pero cada lectura abría una puerta nueva. Entendí demasiado tarde que el saber,
en ciertos territorios, no ilumina: perfora. Cuanto más investigaba, más
accesibles se volvían las transiciones. Empecé a clasificar mis sueños como si
esa taxonomía pudiera salvarme.
En primer lugar, los cotidianos: reproducciones casi fieles de mi vida diurna, con pequeñas fisuras reveladoras. Por otra parte estaban los maravillosos: jardines imposibles, ascensiones silenciosas, ciudades detenidas en una claridad mineral donde seres remotos me contemplaban con una benevolencia incomprensible. Y por último los horrendos: cementerios desfondados, criptas anegadas, túneles, putrefacción, la sensación de ser devorado desde dentro por algo lento y consciente.
Pero las categorías se contaminaron. Lo cotidiano se llenó
de muerte, lo maravilloso de amenaza, lo horrendo de una seducción casi
religiosa. Empecé a hablar solo. O quizá a dos voces. A veces me descubría
pronunciando frases que no habían pasado por mi intención. Oía mi voz en otra
habitación cuando yo estaba inmóvil. Escribía durante la noche sin recordar
haberme levantado; al releer esas páginas encontraba descripciones exactas de
sitios que visitaría después en sueños, o advertencias sobre sucesos menudos
que ocurrían al día siguiente, como si una parte de mí hubiese desertado ya del
presente lineal.
La Cosa aprendía.
Aprendía a mirar a través de mis ojos, a pensar con mis
palabras, a habitar mis hábitos. Su percepción difería de la mía en un punto
crucial: donde yo veía separación, él veía continuidad. Entre el sueño y la
vigilia, entre la memoria y la visión, entre los muertos y los vivos, entre el
aquí y esas otras dimensiones, para él no había muros verdaderos, sólo
membranas. Yo era, para su propósito, una bisagra ideal: un hombre
suficientemente obsesionado para llamar y suficientemente frágil para ceder.
Los cementerios adquirieron entonces un papel central en mis
sueños y en mi pensamiento despierto. Comprendí —o creí comprender— que no son
meros depósitos del cuerpo, sino zonas de adelgazamiento, lugares donde la
realidad, sometida al peso de los muertos y a la insistencia del recuerdo,
ofrece menos resistencia. Soñaba con necrópolis interminables, con mausoleos
abiertos al subsuelo, con criptas cuya función verdadera no era guardar restos,
sino custodiar umbrales. Bajaba por escaleras helicoidales hasta cámaras donde
los nichos se prolongaban más allá de la piedra y daban a corredores sin final.
Allí oía voces que no pedían auxilio ni descanso: pedían paso.
Las alucinaciones comenzaron a invadir el día sin dejar
márgenes.
Oía nombres que nadie pronunciaba. Veía, en el fondo de los
espejos o en los charcos, perspectivas que no coincidían con el entorno. En
cierta ocasión, al apoyar la mano en el escritorio, la vi volverse translúcida
por un segundo, como si la materia dudara de sí misma. Otra tarde supe con
certeza quién iba a llamar por teléfono antes de que sonara, y después, antes
de descolgar, conocí ya la primera frase de la conversación. No era
premonición, sino contaminación del tiempo. En otra ocasión regresé del baño y
encontré mi dormitorio sustituido, durante un parpadeo interminable, por un
corredor de nichos húmedos. Cuando la habitación volvió a ser la de siempre,
aún quedaba en el aire un olor nítido a piedra mojada y flores rancias.
Dejé de saber si me aproximaba a la esquizofrenia o a algo
peor. La locura, al menos, tiene la piedad de ser sólo humana. Esto no lo era.
No me estaba limitando a perder el juicio: estaba siendo usado para fines cuya
escala me excedía. Mi yo se adelgazaba, se agujereaba. Había momentos en que me
sentía yo mismo observado desde dentro, como se observa una casa cuyo
cerramiento está a punto de ceder.
La fase final llegó con una rapidez obscena, como llegan los
derrumbes después de una larga paciencia estructural. Las puertas comenzaron a
abrirse y cerrarse con violencia. En la habitación de trabajo aparecieron
huellas húmedas. Una madrugada, del patio interior subió un rumor de voces
superpuestas, una multitud de murmullos que no tenían origen visible. Al
asomarme no vi nada, pero supe que la casa, o la parcela de realidad en que
estaba inscrita, había quedado ya contaminada. La materialización había empezado.
Quise cerrar. Sellé espejos, quemé cuadernos, mantuve luces
encendidas, agoté el cuerpo para no dormir. Fue ridículo. El sueño había dejado
de ser un episodio. Era ya una atmósfera, una infiltración del mundo. Vivía en
una doble existencia: una mitad de mí atravesaba galerías subterráneas,
cementerios, túneles y cámaras donde el tiempo se amontonaba; la otra mitad
fingía todavía una vida normal, respondía mensajes, calentaba café, saludaba al
vecino. Esa coexistencia era insostenible. El cuerpo empezó a resentirse. El
corazón martilleaba de modo irregular. Las manos me temblaban. A veces me
quedaba inmóvil durante minutos enteros, suspendido en un trance donde ambas
realidades se superponían y yo no podía determinar cuál de las dos era la
intrusa.
La última noche no tuve ya la impresión de soñar. Tuve la
certeza de descender.
Atravesé un túnel de una oscuridad densa, casi líquida, con
la serenidad desesperada de quien sabe que ha llegado demasiado lejos para
volver. Al final había una réplica de mi casa, o mejor dicho, la forma
arquetípica de mi casa, despojada de materia, como si el lugar real hubiese
proyectado su sombra sobre otro plano. Las habitaciones eran reconocibles y
ajenas. Todo estaba ligeramente desplazado, como sucede en los recuerdos
falsos. En el pasillo esperaba la Cosa, por llamarla de alguna forma.
Tenía mi figura, pero no mi humanidad. Era mi yo reconstruido
por una memoria hostil. Un Eduardo incompleto y exacto a la vez, como un retrato
hecho por algo que ha estudiado meticulosamente a un hombre sin llegar a
comprender del todo lo que significa estar vivo. No habló. Pensó dentro de mí
con una claridad intolerable.
Ya está abierto.
Entonces vi, simultáneamente, dos escenas. En una, yo
permanecía frente a él, en esa casa espectral. En la otra, mi cuerpo yacía en
la cama de la habitación real. Y vi también cómo algo se incorporaba en él con
una familiaridad escalofriante, como quien regresa a una estancia que lleva
tiempo preparando.
Quise gritar. Quise despertar. Quise volver a ser
indivisible. Pero ya no quedaba lugar al que volver. Yo era el residuo. El
excedente. El error conservado después de la sustitución. Comprendí entonces
que la destrucción verdadera no consistía en morir, sino en ser desalojado de
uno mismo mientras la apariencia continúa en pie.
Lo último que sentí fue la ruptura definitiva de la costura
interior que une a una conciencia consigo misma. Después ya no hubo dolor, sólo
un silencio ancho, mineral, semejante al de ciertas criptas.
Al día siguiente dirían que había muerto durante la noche,
quizá de un fallo cardíaco, quizá de un accidente cerebral precipitado por el
insomnio y la tensión. Me hallarían con los ojos abiertos, rígidos de espanto.
Harían conjeturas médicas. Susurrarían palabras sensatas al pie de la cama. Lo
habitual.
Eso pertenece al mundo de los demás.
La verdad es otra.
Yo, Eduardo, morí. Morí por haber sido puerta. Morí por haber
confundido el ansia de conocimiento con el derecho a franquear ciertos
umbrales.
Pero la Cosa permaneció.
Permanece todavía.
Camina quizá con mi forma bajo la luz vulgar de los días.
Tal vez escribe. Tal vez sonríe. Tal vez pronuncia mi nombre con la naturalidad
de un hábito adquirido. A los ojos ajenos sólo existe un Eduardo, uno solo,
indivisible, plausible. Nadie sospecha que la puerta continúa abierta. Nadie
imagina que, algunas noches, cuando ese cuerpo duerme, no está soñando.
Está llamando.
Y del otro lado, en los ángulos imposibles, en los
cementerios sin fondo, en las galerías donde los muertos no reposan y el tiempo
se apila como piedra húmeda, algo escucha y empieza a acercarse.

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