miércoles, 25 de marzo de 2026

Lo que acecha en el Umbral

Hubo un tiempo en que creí que los sueños eran sólo el sótano de la mente: una dependencia oscura, mal ventilada, donde iban a almacenarse los restos del día, las vergüenzas aplazadas, los rostros rotos por la memoria, los deseos sin nombre. Un escritor, me decía, debe aprender a bajar allí de vez en cuando. Debe ensuciarse las manos. Debe saber escuchar lo que se murmura en la zona húmeda del alma. Yo había hecho de esa convicción casi una disciplina. Escribía de noche, dormía mal y leía demasiado. Había dedicado años a perseguir, con la avidez de los hombres que no saben que se están buscando la ruina, todo cuanto rozara el borde de lo visible: tratados de interpretación de sueños, relatos de apariciones, testimonios de desdoblamiento, viejas supersticiones funerarias, catálogos de herejías, crónicas de casas donde las puertas se abrían solas a determinada hora y nadie volvía a vivir en paz después de escuchar cierto ruido detrás de las paredes.

No me movía la credulidad, sino una clase más compleja de soberbia. Quería saber. Quería entender.  Quería tal vez escribir la página definitiva sobre aquello que habita detrás de la razón, en su trastienda. En aquel entonces todavía ignoraba que hay materias que no toleran ser miradas desde demasiado cerca; que la observación misma, cuando se aplica a ciertas regiones del espíritu, modifica el objeto observado y abre una reciprocidad funesta. Pensamos que contemplamos el abismo, pero el abismo no es un paisaje: es una boca y nos está mirando a nosotros.

Todo comenzó con una repetición.

Un sueño, si es que aquella experiencia admitía tal nombre, regresó dos veces en la misma semana, después cuatro, después cada noche, y más tarde comenzó a infiltrarse también en las siestas, en los cabezazos involuntarios frente al escritorio, en ese segundo turbio que media entre cerrar los ojos y perder la noción del cuerpo. Al despertar, me quedaba siempre una impresión material, casi fisiológica, como si no hubiera soñado un lugar sino atravesado una sustancia. Había en ese sueño un cuarto, o más exactamente la idea de un cuarto: un recinto apenas insinuado, sin mobiliario reconocible, delimitado por una penumbra que no procedía de la ausencia de luz, sino de una forma de luz degradada, enferma, vieja. Yo sabía que me hallaba allí sin recordar el trayecto, y en seguida, antes incluso de orientarme, percibía una certeza intolerable: no estaba solo.

No se trataba de una figura visible. No al principio. Era algo anterior a la visión, una presión. Una inteligencia inmóvil apostada en un ángulo que no coincidía con la geometría de la estancia. Digo ángulo por aproximación, pero no había allí esquina ni curva ni profundidad que se dejara medir con las facultades ordinarias. Era una presencia enquistada en una especie de pliegue del espacio, como si el sueño tuviera costuras y tras una de ellas palpitara algo, paciente, aguardando el momento propicio para asomar.

No tardé en comprender que no era yo quien penetraba en el sueño. Era el sueño quien avanzaba sobre mí.

Desde entonces, la palabra entrar comenzó a perseguirme. La escribía en los márgenes de mis cuadernos. La encontraba repetida, con una caligrafía que no siempre reconocía como mía, al pie de hojas arrancadas. Entrar. Dejar entrar. Abrir. Paso. Umbral. Al principio me reí de mí mismo. Atribuí todo aquello al cansancio, a la imaginación hipertrofiada, al exceso de trabajo y de lectura. Pero el cuerpo tiene una manera brutal de desmentir las explicaciones más convincentes. Empecé a sentirme corroído por dentro.  Me invadía la impresión de que un gusano mínimo y meticuloso trabajaba en secreto a través de mi carne y de mis pensamientos. No era un dolor. Algo me iba deshaciendo con paciencia de sepulturero. Había mañanas en que me tocaba el rostro al afeitarme y me parecía que la piel cedía con una blandura ajena, que mi expresión llegaba desde muy lejos, atravesando varias capas de deterioro.

Dormía peor, pero soñaba más. Y aquellos sueños se organizaron pronto como una geografía.

Había regiones.

No era un caos de imágenes, sino un sistema. A medida que descendía, iba reconociendo ámbitos diversos, planos que se comunicaban entre sí por corredores, túneles, pasajes de una lógica tan contundente que resultaba más difícil negarlos que aceptar la existencia del mundo visible. Uno de esos planos pertenecía a la infancia. Pero no hablo de recuerdos. Los recuerdos son remiendos, reconstrucciones parciales, versiones gastadas de un pasado que el tiempo ya ha debilitado. Aquello era otra cosa. Era la infancia como territorio autónomo, preservado en algún estrato del ser y accesible mediante ciertas puertas. Allí regresé a calles que había olvidado y que, sin embargo, me recibían con una exactitud ofensiva. Vi patios que habían desaparecido antes de mi adolescencia; oí los cubiertos de mi madre en una cocina donde ya no vivía nadie; pasé ante habitaciones cerradas durante décadas y sentí, detrás de ellas, la respiración expectante de escenas no consumadas.

A veces me veía a mí mismo niño.

No en tercera persona, como en esos sueños banales donde uno se multiplica sin escándalo, sino con la angustia de quien reconoce en otro cuerpo la versión intacta de una condena todavía en ciernes. Ese niño me observaba siempre con una mezcla de miedo y lucidez. No pedía ayuda. No la esperaba. Tenía ya en la mirada la resignación del que conoce el final antes de poseer lenguaje para nombrarlo.

Otro plano era el tiempo.

No el tiempo humano, lineal, doméstico, ese hilo dócil con que hilvanamos fechas y explicaciones, sino una extensión mineral donde los instantes coexistían como galerías subterráneas excavadas en una misma masa. Llegué allí una noche en que el sueño se volvió más profundo de lo habitual. Descendí por un túnel estrecho cuya piedra rezumaba una humedad viva, casi uterina, y encontré a ambos lados aberturas que daban no a lugares, sino a momentos. Asomándome a una de ellas me vi escribir páginas que aún no había escrito; en otra contemplé, con una frialdad que no era mía, la habitación donde me velarían; en una tercera me encontré viejo, o quizá apenas más tarde, pronunciando palabras desconocidas a alguien que no alcanzaba a ver. Comprendí que el tiempo, en aquellas regiones, no fluía: se apilaba. Y que el alma, si se la arranca de ciertas condiciones de la materia, puede transitarlo no como duración, sino como arquitectura.

Y detrás de todo eso, aguardando siempre en el reverso de cada descubrimiento, estaba la presencia.

Acabé por llamarla La Cosa, no porque el nombre la contuviera, sino porque necesitaba un sonido para referirme a aquello que iba ganando consistencia. Hubo una noche decisiva. La recuerdo como se recuerdan las cirugías o los accidentes: no por continuidad, sino por fogonazos. Desperté dentro del sueño, o eso creí, y en la penumbra de mi habitación advertí que la puerta del pasillo estaba abierta. Más allá no había pasillo, sino una oscuridad vertical, una especie de profundidad negra que no correspondía a la casa. Y desde esa oscuridad, o desde algún punto de mí mismo que se había alineado con ella, llegó la evidencia insoportable de que algo estaba a punto de cruzar.

No fui valiente. Tampoco cobarde. Fui algo peor: estuve fatigado.

Hay estados en que el terror deja de ser una fuerza que empuja a huir y se convierte en un cansancio sin orillas. Uno desea sólo que el asedio concluya, incluso si concluir significa ceder. En ese agotamiento, en esa disposición blanda del espíritu, casi sin quererlo, casi como quien afloja los dedos y deja caer una llave, permití la apertura.

La Cosa  no irrumpió con estrépito. Se instaló.

Durante días me resistí a formularlo así, pero no encontré otra palabra. Sentí su entrada como una modificación sutil en la textura de mis pensamientos. Ideas que no nacían de mí aparecían ya vestidas con mi voz interior. Impulsos sin afecto, curiosidades crueles y abstractas, percepciones desprovistas de toda moral empezaron a rozar la superficie de mi conciencia. Yo seguía siendo yo; lo bastante para advertir la intrusión, no lo suficiente para expulsarla. La Cosa se alojó primero en la mente, como un huésped exquisitamente paciente. Aprendía mis ritmos, reconocía mis recuerdos, ensayaba mis gestos desde dentro. A ojos del mundo no había más que un solo Eduardo. Esa fue la obscenidad más perfecta de todo el proceso: la intacta apariencia de unidad.

La casa respondió enseguida.

Las puertas se entreabrían con una lentitud deliberada. El reloj del comedor se detenía, noche tras noche, a la misma hora. Oía pasos en habitaciones vacías. Bajo la cama encontré varias veces una tierra negra, húmeda, con olor inconfundible a raíces y ataúd. En la cocina resonaban golpes secos, espaciados, como si unos nudillos pacientes ensayaran una comunicación rudimentaria. Los espejos me devolvían ocasionalmente un reflejo mínimamente retrasado; un desfase tan pequeño que habría podido atribuirlo al agotamiento si no fuera porque, una vez, al volver el rostro, vi con claridad que la imagen tardaba un instante de más en obedecerme.

Comenzaron entonces los viajes astrales, si es que ese nombre, demasiado usado por los charlatanes, no resulta ridículo para designar lo que viví. No eran visiones ni metáforas del sueño. Eran desanclajes. Me sentía desprenderme del cuerpo como un tejido mal cosido. Me elevaba sobre la cama y contemplaba, con una mezcla de piedad y repugnancia, la forma inmóvil que seguía respirando abajo. Después atravesaba el techo y ascendía a una noche donde las distancias no eran físicas. Podía deslizarme con igual facilidad sobre los tejados de la ciudad o hundirme bajo ella, a través de estratos donde la materia dejaba de parecerse a la tierra y se convertía en una sustancia sombría, viscosa, surcada por galerías de una geometría ofensiva para la razón.  

Esos ángulos.

Aún ahora, si alguna parte de mí persiste en alguna memoria de lo humano, sé que no podría describirlos. No pertenecían a un espacio concebible, y sin embargo se imponían con una nitidez superior a la de cualquier objeto cotidiano. Eran ángulos que no delimitaban superficies, sino modos de penetración. Uno no los miraba: ellos entraban por la mirada y seguían hundiéndose más allá, lesionando algo en la estructura misma del pensamiento. En esas regiones vi criaturas que no merecen el nombre de bestias porque implicaría un parentesco zoológico consolador. Eran abominaciones amorales, formas de vida o de no-vida que no conocían la piedad ni la violencia porque ambas cosas presuponen una escala humana de valores ya abolida allí. Algunas permanecían indiferentes a mi paso. Otras parecían registrar mi presencia con órganos equivalentes a una atención. Entre ellas avanzaba yo con el espanto hipnótico de quien se sabe intruso y, al mismo tiempo, reconoce en lo visitado una afinidad secreta.

Volvía de esos desplazamientos con el día fracturado.

La realidad, comparada con aquellas regiones, adquiría un espesor pobre, provisional, casi teatral. Empecé a desconfiar de los objetos familiares. La mesa de trabajo me parecía, por momentos, una piel tensada sobre algo vivo. El suelo no era suelo, sino tapa. Caminaba por el pasillo con la impresión de que debajo latía una vastedad subterránea separada de mí por unos pocos centímetros de materia obediente. Veía lugares imposibles en los repliegues de la ciudad: un patio que no figuraba en ningún plano, una escalera que descendía donde no debía haber sótano, una calle de mi infancia intercalada entre dos edificios modernos. Y lo más grave no era verlos, sino recordarlos. Recordar haber estado allí en circunstancias que no habían sucedido, traer de esos no-lugares una memoria tan consistente como la de cualquier hecho real.

Quise racionalizar el desastre. Leí con frenesí sobre telepatía, catalepsia, psicosis, desdoblamiento, espiritismo, experiencias cercanas a la muerte, alucinación hipnagógica. Buscaba una explicación médica, literaria o esotérica; me era igual, con tal de que delimitara el fenómeno. Pero cada lectura abría una puerta nueva. Entendí demasiado tarde que el saber, en ciertos territorios, no ilumina: perfora. Cuanto más investigaba, más accesibles se volvían las transiciones. Empecé a clasificar mis sueños como si esa taxonomía pudiera salvarme.

En primer lugar, los cotidianos: reproducciones casi fieles de mi vida diurna, con pequeñas fisuras reveladoras. Por otra parte estaban los maravillosos: jardines imposibles, ascensiones silenciosas, ciudades detenidas en una claridad mineral donde seres remotos me contemplaban con una benevolencia incomprensible. Y por último los horrendos: cementerios desfondados, criptas anegadas, túneles, putrefacción, la sensación de ser devorado desde dentro por algo lento y consciente.

Pero las categorías se contaminaron. Lo cotidiano se llenó de muerte, lo maravilloso de amenaza, lo horrendo de una seducción casi religiosa. Empecé a hablar solo. O quizá a dos voces. A veces me descubría pronunciando frases que no habían pasado por mi intención. Oía mi voz en otra habitación cuando yo estaba inmóvil. Escribía durante la noche sin recordar haberme levantado; al releer esas páginas encontraba descripciones exactas de sitios que visitaría después en sueños, o advertencias sobre sucesos menudos que ocurrían al día siguiente, como si una parte de mí hubiese desertado ya del presente lineal.

La Cosa aprendía.

Aprendía a mirar a través de mis ojos, a pensar con mis palabras, a habitar mis hábitos. Su percepción difería de la mía en un punto crucial: donde yo veía separación, él veía continuidad. Entre el sueño y la vigilia, entre la memoria y la visión, entre los muertos y los vivos, entre el aquí y esas otras dimensiones, para él no había muros verdaderos, sólo membranas. Yo era, para su propósito, una bisagra ideal: un hombre suficientemente obsesionado para llamar y suficientemente frágil para ceder.

Los cementerios adquirieron entonces un papel central en mis sueños y en mi pensamiento despierto. Comprendí —o creí comprender— que no son meros depósitos del cuerpo, sino zonas de adelgazamiento, lugares donde la realidad, sometida al peso de los muertos y a la insistencia del recuerdo, ofrece menos resistencia. Soñaba con necrópolis interminables, con mausoleos abiertos al subsuelo, con criptas cuya función verdadera no era guardar restos, sino custodiar umbrales. Bajaba por escaleras helicoidales hasta cámaras donde los nichos se prolongaban más allá de la piedra y daban a corredores sin final. Allí oía voces que no pedían auxilio ni descanso: pedían paso.

Las alucinaciones comenzaron a invadir el día sin dejar márgenes.

Oía nombres que nadie pronunciaba. Veía, en el fondo de los espejos o en los charcos, perspectivas que no coincidían con el entorno. En cierta ocasión, al apoyar la mano en el escritorio, la vi volverse translúcida por un segundo, como si la materia dudara de sí misma. Otra tarde supe con certeza quién iba a llamar por teléfono antes de que sonara, y después, antes de descolgar, conocí ya la primera frase de la conversación. No era premonición, sino contaminación del tiempo. En otra ocasión regresé del baño y encontré mi dormitorio sustituido, durante un parpadeo interminable, por un corredor de nichos húmedos. Cuando la habitación volvió a ser la de siempre, aún quedaba en el aire un olor nítido a piedra mojada y flores rancias.

Dejé de saber si me aproximaba a la esquizofrenia o a algo peor. La locura, al menos, tiene la piedad de ser sólo humana. Esto no lo era. No me estaba limitando a perder el juicio: estaba siendo usado para fines cuya escala me excedía. Mi yo se adelgazaba, se agujereaba. Había momentos en que me sentía yo mismo observado desde dentro, como se observa una casa cuyo cerramiento está a punto de ceder.

La fase final llegó con una rapidez obscena, como llegan los derrumbes después de una larga paciencia estructural. Las puertas comenzaron a abrirse y cerrarse con violencia. En la habitación de trabajo aparecieron huellas húmedas. Una madrugada, del patio interior subió un rumor de voces superpuestas, una multitud de murmullos que no tenían origen visible. Al asomarme no vi nada, pero supe que la casa, o la parcela de realidad en que estaba inscrita, había quedado ya contaminada. La materialización había empezado.

Quise cerrar. Sellé espejos, quemé cuadernos, mantuve luces encendidas, agoté el cuerpo para no dormir. Fue ridículo. El sueño había dejado de ser un episodio. Era ya una atmósfera, una infiltración del mundo. Vivía en una doble existencia: una mitad de mí atravesaba galerías subterráneas, cementerios, túneles y cámaras donde el tiempo se amontonaba; la otra mitad fingía todavía una vida normal, respondía mensajes, calentaba café, saludaba al vecino. Esa coexistencia era insostenible. El cuerpo empezó a resentirse. El corazón martilleaba de modo irregular. Las manos me temblaban. A veces me quedaba inmóvil durante minutos enteros, suspendido en un trance donde ambas realidades se superponían y yo no podía determinar cuál de las dos era la intrusa.

La última noche no tuve ya la impresión de soñar. Tuve la certeza de descender.

Atravesé un túnel de una oscuridad densa, casi líquida, con la serenidad desesperada de quien sabe que ha llegado demasiado lejos para volver. Al final había una réplica de mi casa, o mejor dicho, la forma arquetípica de mi casa, despojada de materia, como si el lugar real hubiese proyectado su sombra sobre otro plano. Las habitaciones eran reconocibles y ajenas. Todo estaba ligeramente desplazado, como sucede en los recuerdos falsos. En el pasillo esperaba la Cosa, por llamarla de alguna forma.

Tenía mi figura, pero no mi humanidad. Era mi yo reconstruido por una memoria hostil. Un Eduardo incompleto y exacto a la vez, como un retrato hecho por algo que ha estudiado meticulosamente a un hombre sin llegar a comprender del todo lo que significa estar vivo. No habló. Pensó dentro de mí con una claridad intolerable.

Ya está abierto.

Entonces vi, simultáneamente, dos escenas. En una, yo permanecía frente a él, en esa casa espectral. En la otra, mi cuerpo yacía en la cama de la habitación real. Y vi también cómo algo se incorporaba en él con una familiaridad escalofriante, como quien regresa a una estancia que lleva tiempo preparando.

Quise gritar. Quise despertar. Quise volver a ser indivisible. Pero ya no quedaba lugar al que volver. Yo era el residuo. El excedente. El error conservado después de la sustitución. Comprendí entonces que la destrucción verdadera no consistía en morir, sino en ser desalojado de uno mismo mientras la apariencia continúa en pie.

Lo último que sentí fue la ruptura definitiva de la costura interior que une a una conciencia consigo misma. Después ya no hubo dolor, sólo un silencio ancho, mineral, semejante al de ciertas criptas.

Al día siguiente dirían que había muerto durante la noche, quizá de un fallo cardíaco, quizá de un accidente cerebral precipitado por el insomnio y la tensión. Me hallarían con los ojos abiertos, rígidos de espanto. Harían conjeturas médicas. Susurrarían palabras sensatas al pie de la cama. Lo habitual.

Eso pertenece al mundo de los demás.

La verdad es otra.

Yo, Eduardo, morí. Morí por  haber sido puerta. Morí por haber confundido el ansia de conocimiento con el derecho a franquear ciertos umbrales. 

Pero la Cosa permaneció.

Permanece todavía.

Camina quizá con mi forma bajo la luz vulgar de los días. Tal vez escribe. Tal vez sonríe. Tal vez pronuncia mi nombre con la naturalidad de un hábito adquirido. A los ojos ajenos sólo existe un Eduardo, uno solo, indivisible, plausible. Nadie sospecha que la puerta continúa abierta. Nadie imagina que, algunas noches, cuando ese cuerpo duerme, no está soñando.

Está llamando.

Y del otro lado, en los ángulos imposibles, en los cementerios sin fondo, en las galerías donde los muertos no reposan y el tiempo se apila como piedra húmeda, algo escucha y empieza a acercarse.

 Relato creado en 1989 bajo el nombre de "J". Revisado en 2026

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