domingo, 26 de abril de 2026

La estación de las 12:07

Nunca me fié de las estaciones pequeñas, de esas que parecen hechas para esperar más que para viajar. Andenes demasiado largos, bancos escasos, una máquina de café con el letrero de “en servicio” encendido desde sabe Dios cuándo, aunque nadie, jamás, pudiera asegurar haberla visto servir nada. La mía era así. Una techumbre de hierro cansado, goteras con memoria, relojes que daban una hora tan exacta que obligaban a dudar de la propia, y unos altavoces que pronunciaban nombres de ciudades con una monótona tristeza administrativa.

Llegué pronto. Demasiado pronto.

Llevaba un bolso ligero, un billete doblado en cuatro pares y esa sensación absurda de entrar en un lugar ya visitado, aunque no supiera cuándo ni por qué. Como si la estación me reconociera antes que yo a ella.

El tren apareció sin solemnidad. Primero fue una ráfaga. Luego, un zumbido largo, metálico. Después, el cuerpo entero de los vagones deslizándose junto al andén. Frenó con un lamento seco, como de tiza contra pizarra vieja, y dejó detrás un silencio enorme. Un silencio de iglesia cerrada, de misa que todavía no empieza.

Subí al coche 6. Asiento 12A. Ventanilla.

Un hombre con sombrero dobló el periódico sin mover apenas los dedos. Una mujer acariciaba el pelo de un niño sin mirarlo. Dos chicas se reían con la boca abierta, pero sin alegría en la cara. Eran detalles sin importancia. O lo habrían sido, en cualquier otro viaje. Allí, en cambio, todo parecía dispuesto con una precisión incómoda, como una escena repetida demasiadas veces y preparada, esta vez, para mí.

El tren arrancó con un tirón que no me movió. Afuera, los descampados empezaron a pasar como naipes barajados por una mano experta: casas bajas, huertos apretados contra muros desconchados, un perro inmóvil sobre un tejado, ropa tendida que no se agitaba.

No había viento.

Tampoco sombras.

Había luz, desde luego. Pero era una luz sin origen, igual por todas partes, una claridad plana que quitaba edad a las cosas. Me dije que sería el cansancio. Uno se dice muchas tonterías cuando todavía necesita creerlas.

El revisor llegó sin hacer ruido. No me pidió el billete. Lo señaló con la barbilla, como si supiera exactamente dónde lo llevaba guardado. Lo saqué más por obediencia que por trámite. Él lo tomó entre dos dedos, lo miró con unos ojos de color difícil, casi líquido, y pasó el índice por el papel.

Un frío perfecto, redondo, me subió por la mano.

Me lo devolvió sin sellarlo. Sonrió. Tenía la cortesía de los enterradores.

—¿Va lleno el tren? —pregunté, sólo para poner algo en el aire.

—Siempre —respondió.

No lo dijo como una información. Lo dijo como una corrección.

Cuando siguió por el pasillo, miré el billete. Entonces lo vi. No había destino. Sólo una fecha que no era la de aquel día ni la del anterior, un número de tren que no se parecía a ninguno conocido y, donde debía figurar mi nombre, una palabra breve. Me sonó a apodo antiguo. A algo que alguien me habría dicho de niño, en una cocina, con las manos manchadas de harina.

Sentí vergüenza. No supe de qué.

El paisaje fue perdiendo contorno. No porque el tren corriera más, sino porque el mundo parecía decidido a desdibujarse. Cruzamos un bosque que olía a pan recién abierto. Una fábrica sin humo dejaba escapar suspiros por las ventanas. Un río llevaba peces en fila, todos en la misma dirección, como si una cuerda invisible tirara de ellos.

Las vías no chirriaban en las curvas.

Dentro del vagón hacía una temperatura dulce, de manta limpia. Nadie hablaba y, sin embargo, yo oía conversaciones. La mía, sobre todo. Llegaba desde el pasillo, con mi voz, pero un poco más baja, un poco más vieja.

No pasa nada.
No te preocupes.
En un rato vuelvo.

Me levanté con la excusa de ir al baño. El pasillo estaba vacío. Sólo había una maleta pequeña junto a una puerta, y me pareció que dejaba un rastro leve, como si acabara de ser arrastrada por barro.

Volví deprisa.

Mi billete seguía sobre la mesilla. Igual que antes, salvo por una mancha de sangre en una esquina. La limpié con el pulgar. No manchó.

La mujer del niño empezó a tararear una nana. La conocía. La letra se me escapaba, pero la melodía estaba entera en algún rincón de mi cuerpo. Era la canción que mi madre cantaba cuando la fiebre subía y bajaba como una marea. Me giré para preguntarle dónde la había aprendido, pero el niño tenía los ojos cerrados con una seriedad impropia. No dormía. Aquello no era sueño. Era otra quietud. La de quienes ya han llegado.

El tren entró en un túnel sin aviso.

No se hizo de noche.

La luz continuó igual, obstinada, y en el cristal de la ventanilla apareció mi reflejo. Pero no era yo. O sí. Tenía un corte pequeño sobre la ceja, limpio, exacto, y un hilo rojo en la comisura de los labios. Me llevé la mano a la cara. Nada. Ni herida ni sangre. En el vidrio, en cambio, seguía allí.

Sonreí por cobardía.

El reflejo no me devolvió la sonrisa.

Busqué el móvil. No había cobertura. No había batería. No había móvil. Registré los bolsillos con esa torpeza rápida que da el pánico cuando todavía quiere parecer costumbre. Encontré una llave que no abría ninguna puerta de mi memoria, un recibo de un bar de estación —café solo, vaso de agua— y un papel doblado.

No sabía que lo llevaba.

Lo abrí.

La letra era mía.

“Hazlo rápido. No pienses.”

Quise doblarlo otra vez, pero las manos me temblaban con la discreción ridícula de los viejos cuando esconden malas cartas.

Entonces alguien tosió detrás de mí.

Me giré.

Había una chica de pie, apoyada en el respaldo del asiento anterior. Estaba empapada. Goteaba sobre el suelo con una educación triste, como quien pide perdón por entrar mojada en una casa ajena. No me miraba. Miraba por la ventanilla. Llevaba un abrigo claro, una bufanda pesada como una toalla escurrida y el pelo pegado a la frente. Olía a río. A piedra fría. A algo que ha permanecido demasiado tiempo bajo el agua.

—¿Todo bien? —pregunté.

Es lo que se pregunta cuando no se sabe qué preguntar.

—No —dijo ella—. Nunca está bien al principio.

—¿Al principio de qué?

—Del último viaje.

Lo dijo sin misterio, sin teatro. Casi con cansancio.

Me reí. Una risa pequeña. Mala. Necesaria.

—No creo en esas cosas.

—Ya —contestó—. Nadie cree. Hasta que sabe.

El tren salió del túnel como quien abandona una frase equivocada. Afuera sólo había campo, sol y nadie. Ni carreteras, ni animales, ni cables. El horizonte era una raya limpia, como en los dibujos de los niños cuando aún creen que el mundo cabe en una hoja.

La chica seguía goteando.

Pero el suelo no se mojaba.

El revisor volvió. Esta vez llevaba guantes. Se detuvo junto a nosotros, inclinó la cabeza ante la chica con un respeto que conmigo no había tenido, y ahora sí, me pidió el billete.

Se lo entregué.

Lo sostuvo en alto, lo rompió en dos con las uñas y los pedazos no cayeron.

—Próxima estación —anunció, con voz de sacristán—: Final.

Las dos palabras quedaron suspendidas bajo la lámpara del techo, batiendo alas pequeñas.

Nadie reaccionó. El hombre del sombrero siguió doblando noticias. Las chicas continuaron riéndose sin que se les arrugara el rostro. La madre besó la frente del niño con unos labios que no dejaron huella.

Yo tuve sed.

Me levanté buscando el vagón cafetería.

No había cafetería.

Sólo una puerta con un cartel: “No abrir”.

Y, por supuesto, la abrí.

Al otro lado no había pasillo. Había un andén.

Mi andén.

Mi estación.

La misma techumbre de hierro. Los mismos bancos contados. La misma máquina de café, luminosa, inútil, diciendo “en servicio”. Y yo allí, en el andén, de pie, mirando cómo entraba el tren. Mi abrigo. Mi bolso. Mi cara seria de persona que ya ha tomado una decisión y todavía finge esperar.

Vi mi boca moverse. No oí lo que decía.

Vi mis pies avanzar.

Uno.

Luego otro.

Demasiado cerca del borde.

Cerré la puerta de golpe.

El corazón me golpeaba la camisa como si quisiera salir antes que yo. Busqué a la chica mojada. No estaba. Tampoco el revisor. El vagón empezó a llenarse de ruidos que venían de muy atrás: hierro contra hierro, un grito que podía ser mío o de cualquiera, un claxon interminable, el aire abriéndose como una carta que nadie quería recibir.

Me senté.

No sé cuánto tiempo pasó.

El tren fue reduciendo la marcha con una delicadeza insoportable, la misma que tienen los coches fúnebres cuando cruzan despacio una calle estrecha. Luego llegó el silencio. Alguien anunció algo por los altavoces, pero no lo entendí. O no quise. Sonaron cuatro golpes leves en el techo, como si una mano invisible contara con los nudillos.

Las puertas se abrieron.

La gente empezó a levantarse.

Salimos al andén.

Al principio pensé: no es el mío.

Pero sí lo era. Los bancos. El reloj. La máquina de café. Las golondrinas invisibles. Todo. Sólo la hora había cambiado. O tal vez no. El reloj marcaba las 12:07. Siempre las 12:07.

Junto al borde del andén había una mancha oscura que no era aceite.

Los altavoces crepitaron con una voz gastada de repetir lo mismo demasiadas veces:

—Pasajeros del servicio especial con destino Final: rogamos no cruzar la línea amarilla. Gracias.

—¿Cuánto falta? —pregunté en voz alta.

A nadie. A todos.

—Nada —dijo el revisor detrás de mí—. Ya ha pasado.

Me giré.

Llevaba mi rostro.

No una máscara. No un parecido. Mi rostro. El corte en la ceja. El hilo rojo en la comisura. Mis ojos, esos ojos que no supe que eran míos hasta verlos fuera de mí.

Sonrió con mi sonrisa de fotografías antiguas.

—No —dije.

—Sí —respondió—. Lo hiciste. Saltaste.

Y entonces recordé.

No poco a poco. No como se recuerda una dirección o el nombre de alguien. Recordé de golpe, con una violencia clara.

La tarde. La lluvia sin decidirse. La llamada que no quise contestar. La carta doblada en el bolsillo: Hazlo rápido. No pienses. El andén vacío. Yo mirando el tren entrar como quien espera una absolución que ya viene tarde. Dos pasos absurdos. El bramido de un animal antiguo. El metal pasando, pasando, pasando. Y después, algo parecido a unas aves enormes tirando de mí hacia arriba, mientras el hierro cruzaba por el lugar donde mi cuerpo ya no estaba.

Quise correr hacia la salida.

Hacia cualquier parte.

Hacia donde regresan los que se arrepienten demasiado tarde.

No pude.

No había salida. Todas las puertas de la estación daban a la misma vía, y la vía tenía una sola dirección.

El tren silbó con dulzura.

—Es injusto —dije.

Era la única palabra que me quedaba.

—Es —contestó mi voz desde la cara del revisor—. Luego ya veremos.

La chica del abrigo mojado pasó junto a mí. Ya no goteaba. Tenía el pelo seco, ligero, casi nuevo. Al rozarme el codo con la manga, dejó una tibieza breve.

—Nunca está bien al principio —repitió—. Luego hay estaciones con bancos a la sombra.

El altavoz pronunció mi nombre. No el del documento. No el del billete. El otro. El de infancia. Lo dijo con una ternura torpe, como quien lee una lista procurando no equivocarse.

Subimos.

El tren olía a pan y a ropa tendida al sol.

El asiento 12A seguía allí. Mi ventanilla también. En el cristal, el reflejo tenía la ceja cerrándose y la boca limpia.

Cuando partimos, la estación quedó atrás igual de llena que siempre: un hombre con periódico, una mujer bostezando, una máquina de café anunciando un servicio que nadie esperaba ya.

La vía hacia delante era recta durante un tramo imposible. Al fondo, sin embargo, había una curva. Y no daba miedo.

No había prisa.

Podría llamar a aquello el último viaje. Sería correcto, quizá. Pero prefiero llamarlo la estación. Porque el horror no estuvo en el tren, ni en el revisor, ni siquiera en el recuerdo. El horror fue saberlo allí, en aquel andén conocido. Y la paz —un poco después, no a tiempo, nunca a tiempo— fue subir de nuevo, ya sin peso, con la certeza humilde de quien se ha equivocado para siempre y, aun así, escucha en la voz cansada de un altavoz la promesa de otra parada. Una cualquiera. Con bancos a la sombra.

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