Aquí murió María Blasa por
salirse de su casa;
si no se hubiese salido nada le hubiese sucedido.
No sé si es verdad. Yo no lo
vi. Tal vez lo tapó la hierba, tal vez algún arado lo tumbó, tal vez la memoria lo
mueve según su conveniencia. Pero el nombre se me quedó como se queda
el olor del tabaco en los abrigos: María Blasa, la que se salió, la que soñaba de
pie, la que fue al Canal con un cántaro de barro en noche de truenos, rayos y
relámpagos, y a la que mató un rayo a mitad del camino, entre la llama de
arriba y el agua de abajo.
Los viejos, con el codo en el
mostrador del bar de Román, contaban: “Era sonámbula. Se levantó con la
tormenta, agarró el cántaro —que el sueño no entiende de previsiones— y salió
como quien cumple un mandado antiguo.” Las mujeres, en la fuente, bajan la voz al
nombrarla; alguna hace ese gesto de santiguarse sin santiguarse con el borde
del delantal.
Un mojón con ripio y una
muchacha bajo un rayo bastan a esta llanura para que la leyenda no se muera. Yo
aprendí el refrán de niño, sin saber cuánto de aviso y cuánto de consuelo
guardaba. Más tarde, cuando supe de otra noche con truenos y relámpagos, lo entendí
de otra manera.
Fue hacia 1961. Mi madre,
Cecilia, cruzaba el pueblo con mi hermano en brazos —apenas un niño de 3 años— cuando el
cielo decidió partirse en mil trozos. Estaba en torno al Corro del Postigo cuando la tormenta
le cayó encima de repente: el aire se
volvió lobo, las piedras de la calle, jabones, y del campanario corrió por los
tejados una luz blanca que buscaba donde romperse. Mi madre apretó al niño
contra el pecho y echó a andar con fe de mulera: quería ir del Corro a la Ronda de las
Brujas, y de allí, sin mirar a nadie, hasta la casa de sus padres, mis abuelos,
sana y salva, pero le dijeron que se había caído un poste a mitad del camino y decidió sobre la marcha guarecerse en la casa de sus suegros en el corro del Cuartel. “Nunca he corrido tanto con tanto peso”, decía después, y no sé
si hablaba del cuerpo pequeño que llevaba en brazos o del miedo grande que le atenazaba.
Desde entonces, las tormentas
tuvieron en casa tanto en el pueblo como en Pamplona otro nombre. Mi madre las escuchaba venir en el pueblo por la arrítmica respiración
del horno y por cómo movían los postigos; en cuanto tronaba en Pamplona, había que
desenchufar los aparatos, cerrar las ventanas, bajar las persianas y ponerse el miedo por delantal. “Los
rayos hacen memoria —decía—; buscan donde ya corrieron”. Y yo, que siempre
quise contradecirla, aprendí a obedecerla cuando un relámpago me hacía día el
cuarto a la hora equivocada.
Vengo a contar la historia de
María Blasa y la de mi madre como si fueran la misma. Porque se me han pegado
en la memoria como se pegan dos hojas en la lluvia y no hay modo de
separarlas sin romperlas.
Una tarde de julio, con
aire de bochorno y nubes moradas por el oeste, salí hacia el Puente Nuevo
buscando el mojón. La tierra olía a arcilla. Llevaba en el bolsillo una cinta azul por si el mojón se
dejaba encontrar y había que marcarlo como se marcan los hallazgos arqueológicos.
No lo vi. Entre yerbas altas y
malvas de cuneta, había piedras suficientes para organizar un cementerio de
dichos; pero ninguna decía lo que tenía que decir. A cada rato me venía el
ripio entero, terco y eficaz como los que se enseñan para no olvidar:
Aquí murió María Blasa por
salirse de su casa;
si no se hubiese salido nada le hubiese sucedido.
Lo repetí bajo, no por miedo a
despertar nada, sino por respeto a lo que duerme. El Canal iba lleno. Me arrimé. El agua de color verduzco corría monótonamente. Pensé en María Blasa caminando dormida, con el cántaro a la cadera, con el paso
de quien conoce el peso del mandado. Pensé en el rayo como una decisión de otro
mundo. Pensé en mi madre, apretando a su hijo, atravesando el pueblo con la
noche partida en la espalda.
A las primeras gotas, grandes
y espaciadas, regresé al pueblo por el carril contrario. Empezó a soplar con fuerza el viento. Los perros en los
corralones se callaron. Aceleré el paso y me
puse la llanura a la espalda, que es la manera más sensata de ir hacia casa.
Entonces la vi. No una figura
y un cántaro, no una muchacha seria; vi una claridad
en mitad del camino, como esas columnas breves que la lluvia inventa a veces
cuando el sol se arrebuja por detrás. Duró nada. Pero en ese nada ví —o creí ver— el borde de una falda y un paso ligero que no deja
huella. Si lo soñé, soñaba despierto, y hubo un rayo seco que tuvo piedad de mí.
Llegué al pueblo con el cuerpo
mojado. Las primeras descargas se rompieron sobre el Corro
de Postigo . Crucé por la Carcaba, ataqué el Corro del Cuartel y entré en la casa de mi abuelo Máximo. Cerré el portón y las ventanas.
La tormenta se estrelló sobre los tejados. El cielo se tiño de un tono grisáceo. En la cocina, la lumbre apagada proyectaba
sombras sin fuego. Abrí el cajón de la mesa por hacer algo y encontré —no sé
por qué había vuelto allí— la cinta azul. La tuve un rato en los dedos como se
tiene entre dedos la promesa de un nombre. Salí al corral y la até al pomo
de la puerta.
“Para que se acuerde”, pensé. No sabía quién tenía que acordarse.
En la primera calma de la tormenta, alguien
llamó.
No fue en la puerta; fue en el
tabique junto al hogar: dos golpecitos que se repetían, sin rima. Pegué la mano a la pared. Estaba fría. Murmuré:
—María Blasa…
La pared no contestó. El
trueno sí. Abrí el portón. La calle parecía un río. Colgué en el clavo de fuera la cinta azul para que
la viera quien tuviese que verla. Y entonces hice un gesto inútil y apropiado:
puse un cántaro en el umbral.
No llegó nadie. Pasó la
tormenta sobre Fuentes. Entré el cántaro,
sequé la cinta, me senté donde mi madre se sentó después de cruzar
la Ronda con mi hermano apretado y el corazón agitado.
Esa noche tuve un sueño bonito. Vi una muchacha que andaba dormida. El
rayo le tocaba el hombro con sencillez, como quien avisa. Ella se detenía,
miraba el agua, alargaba el cántaro y bebía no del Canal, sino
de una fuente que no estaba en el mapa. Despertaba con una sonrisa extraña: ni
de niña, ni de santa, ni de novia; sonrisa de quien comprende un secreto que no
hace falta contar.
Al despertar, fui al camino
otra vez. Volví a
buscar el mojón. No estaba. Había, en su lugar supuesto, un hoyo humilde con
dos malvas que, por toda inscripción, ofrecían el lila de su pobreza. Me agaché
y, por hacerle justicia, apreté en la tierra la cinta azul. No
dejé ningún nombre. No hace falta cuando el nombre sigue andando.
De regreso, pasé por el Corro
de Postigo y al entrar por el corro del Cuartel, un remolino de hojas me rodeó con un tacto como de falda.
Sonreí solo como sonríen los que saben que no saben. En casa, junto al hogar,
la pared estaba templada y el cántaro, en el poyo, guardaba una gota en el
labio.
Cuando tronó de nuevo, días
después, ya no me escondí con la prisa de siempre. Hice lo que habría hecho mi madre : abrí
el postigo lo justo para oír si alguien llama. Si llaman huesos o tormentas, yo
pregunto como en el cuento antiguo de mi abuelo Vicente:
—¿Quién es?
Y si nadie responde, repito en
bajo el refrán que fija mojones y memorias:
Aquí murió María Blasa por
salirse de su casa…
No por asustar a nadie, ni por
atar a quien camina dormido; lo digo para recordar que hay salidas que son
perdición y salidas que son salvación, y que en esta tierra llana donde parece
que no pasa nada, a veces pasa un rayo, pasa una mujer con un niño, pasa un
nombre que no se olvida, y pasa —créame— la caricia de quien se fue y sigue
volviendo cuando el viento afina la llanura como una cuerda larga sobre la que
andamos todos, despiertos o soñando.

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