miércoles, 12 de noviembre de 2025

La torre de la Nava

En la llanura la vista no tropieza con nada salvo con el aire. Por eso, cuando se alza una piedra más alta que las demás, lo llamamos torre aunque no tenga campanas ni reloj. La Torre de la Nava —medio ruinosa, medio orgullosa— se ve desde Fuentes y desde Autillo: un prisma de adobe y canto, con las esquinas vendadas de cal, erigido en el borde de un pagal donde antes hubo vid y hoy sólo espigas cortas y cardos. Las noches que el cielo se quedaba sin pájaros, un resplandor pálido asomaba por los huecos del último piso de la torre, como si alguien caminara allá arriba con un candil de aceite levantado.

Dicen los viejos que la construyó un mayorazgo tacaño para vigilar la Laguna, cuando la Nava era todavía espejo, y que al secarse el agua quedó mirando a la nada. Nadie vive allí —solíamos decir—, pero algo extraño flota en el ambiente. Porque hay noches de junio en que la cigüeña del campanario no duerme, los perros plantan las patas, se agachan de grupa, y lloran sin voz mirando el ojo ciego de piedra, y en los corrales amanece, de vez en cuando,  una oveja muerta, sin sangre y sin haber sido mordida, como si la hubiera dejado vacía una sed sin dientes.

No se habló de brujas al principio. En Tierra de Campos la palabra pesa más que un saco de trigo, y se pronuncia lo justo. Se dijo que si un zorro, que si un perro asilvestrado. Don Quirino, el cura, aconsejó revisar las tapias, y Severiano, el cartero, juró haber visto sombras de muchachos en la era a la hora del baile. Quien más quien menos alzaba las trancas antes de acostarse, metía al galgo en la cuadra y dejaba un sarmiento encendido en el fogón, por si el mal aire. Pero el mal no olía a perro ni a zorro: olía a hierro y romero seco, a ropa agitada por manos que no estaban.

Fue Titín quien bajó la voz en el bar de Román:

—Yo  he visto andar a alguien por la Torre.

Lo dijo sin mirar a nadie, como dicen los que prefieren no convencer. Román limpió un vaso que no estaba sucio. El tío Rogelio se rascó la barbilla, que era su manera de bendecir o maldecir una noticia.

—¿Qué has visto? —preguntó al fin.

Titín apretó el vaso de vino  entre las manos.

—Una luz. Y alguien que asoma por el ventanuco alto, donde no llega la escalera.

Rieron los mozos. La risa se convierte en una instintiva defensa cuando hay miedo. Yo no me reí. Aquella misma semana había amanecido seca la oveja más mansa de mi abuelo, con los ojos abiertos como si mirase el cielo desde dentro. No tenía una gota de sangre. Sólo pelo alborotado en la pechera, como cuando la mula se deja peinar a medias.

I

En las casas, las camas comenzaron a tener peso. No era pesadilla —o no siempre—: alguno  contaba al amanecer haber sentido un cuerpo sentarse a los pies, un aliento frío en la nuca, una mano suave que alisa la sábana, y luego una fatiga dulce como resaca. Las mozas no lo decían; las madres lo intuían. Alguna amanecía con marcas de dedos en los muslos; algún mozo con marcas en el cuello que parecían pequeños chupetones. Don Quirino rezó ensalmos contra las brujas en una misa sin calendario; doña Águeda, que sabe de yerbas, colgó ruda en su puerta. Los perros respondían con un silencio tenso.

—¿Tú crees en brujas? —me preguntó don Leandro, maestro jubilado, con su voz de clarinete.

—Creer… creer—dije—. No lo se. Solo sé que algo viene por la noche.

II

La Torre tenía cuatro alturas de tablas y cigüeñas en el tejado. Las escaleras crujían. Subimos tres: yo, -el burro delante para que no se espante-, Mauro el galguero y Manolito, el de la Tía Pura. Había  luna llena. Mejor no ver —dijo Mauro— lo que te obliga a creer. Llevábamos un farol, una cuerda y un rosario que nadie se colgó en la pechera.

Subimos por la escalera de caracol, con el musgo resbalando bajo las uñas. El primer piso olía a grano viejo, el segundo a palomar abandonado, el tercero… el tercero no olía. Aire de iglesia sin gente. Arriba, un ventanuco daba a la Nava —ahora campo— como un ojo reseco. Encendimos el farol y no hubo sombras; sólo una claridad inmóvil, como cuando la nieve lo iguala todo. En la pared, como garabatos de niño enfermo, había signos pintados con tinta que no conocíamos: círculos, líneas que se tocaban sin quererse, una especie de alfabeto. Manolito tocó un trazo.

—Está frío —dijo.

Noté algo: un soplo en la boca del estómago, no de fuera sino de dentro, como cuando uno se asusta antes de saber por qué. Mauro olió el aire con nariz de perro.

—¿Oyes? —preguntó.

No oí. Sentí.

Fue como cuando, niños, jugábamos a aplastarnos la pechera bajo el trillo: un peso amable al principio y un ahogo de risa después. Pero aquí no había risa. Algo nos probó la pechera desde dentro, con curiosidad. No dolió. Asustó.

—Nos mira —dijo Mauro, que dice a veces la palabra exacta.

Bajamos. El ventanuco dejó de ser ojo y volvió a ser agujero. En la era, el viento nos secó el sudor.

III

La semana siguiente murieron tres ovejas de la Tía Pura. Autillo y Fuentes se pasaron la noticia por la carretera vieja como se pasan los cántaros en la fuente. Las gallinas dejaron dos huevos sin cáscara, blandos como pulmones. En el corral de Donato, un macho  se dejó tumbar por un perro viejo. Don Quirino pronunciaba palabras que parecían latín. Las mujeres colgaron ajos y cruces en las cabeceras de la cama. Los perros dormían de día y rondaban en  la medianoche.

Nadie hablaba de brujas y menos aún de vampiro —eso es cosa de libros—, pero a todos nos rondaba la palabra por dentro.  Don Leandro escribió en la pizarra de su casa, para sí mismo: “Lo que chupa “esa cosa” no es sangre, es vigor”. A la mañana siguiente apareció con ojeras.

—Ha venido —dijo sin drama—. Se ha sentado a los pies y me ha dejado ligero… y viejo.

—¿La viste?

—No era  hombre  ni mujer—contestó—.

IV

Los sucesos empezaron una Candelaria. No había luna, ni viento, ni cigüeña, ni perro. En la madrugada se oyeron las campanas de Autillo con un compás que no lo conocíamos: tres golpes, un silencio, otros tres, y el aire en suspensión. A la mañana, encontramos a Martín el porquero con la cara metida en la pocilga, respirando, sí, pero sin recordar nada. No tenía una marca. Sólo esa blancura en la cara que deja el miedo.

—Se nos ha cansado —dijo el médico, y nos fuimos con esa palabra, “cansado”, metida en las botas.

La segunda noche fue de crujidos. Las camas, muy despacio, empezaron a mecer a quienes dormían. No era cimbreo de maderas viejas ni resuello de cimientos: era un balanceo de cuna.  Yo dormía a medias, con ese oído que se deja fuera, como los zapatos. En el peso de mis párpados noté otro peso: alguien se sentaba en mi cama. No olía ni  sentí ningún pie frio. Un desliz de sábanas ordenadas con cuidado.

—¿Qué quieres? —pregunté al aire, como preguntan los que no creen.

No respondió nadie. Sentí una respiración. No era la mía.  Sentí que algo tomaba prestado mi aliento y me lo devolvía filtrado, usado. No dolía. Me vaciaba. Me gustó un instante. Me horrorizó después.

—Vete —dije, y me oí la voz de niño.

A la hora (o a la segunda, o al minuto; el tiempo en esa orilla se estira) se levantó de mi cama con el mismo cuidado con que se había sentado. La ventana —que yo juraría cerrada— respiró. 

Bajé al corral. El cielo estaba limpio. En la Torre, lejos, una luz andaba de lado por el ventanuco. Los palomares, redondos, parecían vigilar como viejos. Me santigüé con un hábito prestado. 

V

Al día siguiente nos juntamos en la plaza como en un funeral. Severiano trajo noticias: en Villarramiel se había secado de golpe la vaca de Anselmo, “sin sangre y con el ojo como un espejo”. Doña Águeda sacó una estampa de San Benito y enseñó a las mozas un ensalmo:

“A ti te digo, bruja o brujón,
que de cama en cama vas,
vuelve al palo y a tu rincón,
que aquí no te hartarás.”

Lo rezaron con miedo y risa, como si la risa fuese un amén con faldas. 

Mi abuela, que había visto mucho mundo  dejaba un platillo con agua junto a la puerta y recitaba, con esa cantinela que se queda en las paredes como humo:

—Agua bendita en los rincones
para que no haya brujas ni sapalandrones.

Lo decía despacito, apuntando con el dedo a cada esquina de la cocina, y el agua temblaba un poco como si entendiera. Yo me reía por dentro por lo del sapalandrón, palabra hinchada de cuento; pero luego, al ir solo al pajar, notaba cómo las crines del potro se erizaban y se me deshacía la risa en la boca.

Don Quirino preparó  agua bendita y repartió un puñado de sal a cada cual. El tío Rogelio habló poco:

—Alguien vive en la Torre. No le gusta la luz ni el ruido. Vive en las sombras.

—¿Y si vamos? —propuso Mauro, que se apunta a un bombardeo.

—No se mata lo que no se nombra —dijo doña Águeda.

VI

Fueron cuatro los que subimos esa noche: Mauro, Manolito, Román y yo.  Llevábamos faroles, laurel, sal y el  miedo metido en el cuerpo. Entramos. Subimos. Sentimos el mismo aire. Vimos el mismo ojo. La misma escritura en la pared. La torre olía a cal y a macho cabrío, y a otra cosa dulce que quise reconocer y no quise a la vez. En el tercer descanso, alguien respiró muy cerca de nosotros y no era nuestra respiración. En el cuarto, la vela se inclinó hacia la pared y pintó una sombra que no correspondía a ninguno. No miré. Aprendí de mi abuela: hay sombras que se agrandan si les prestas  atención.

Vino. No anduvo: estuvo. Y cuando estuvo, todo lo demás sobró. El farol se volvió amarillo de susto. El laurel se dobló como cera. La sal hizo círculo. Mi pecho recibió un peso suave y senti como un cuchillo de tela. No vi ninguna cara. No había. No vi manos, pero había tacto. No vi ojos, pero había atención. Quiso mi aliento; le  di  la mitad, me guardé la otra mitad. Mauro empezó a rezar; Manolito gimoteaba

—Vete —dije otra vez, y me salió voz de viejo.

Se apartó con delicadeza. No huye quien no teme. Se retiró a la pared donde la escritura parecía latir. Sopló una brisa de pozo. Nos dejó.

Bajamos rotos y ligeros como los campos después de la siega. No habíamos vencido, pero tampoco habíamos sido vencidos. Nos habían dejado ser.

VII

Desde entonces pasan cosas y no pasan. Murió alguna oveja más. Una novia amaneció con ojeras nuevas y una alegría difícil de entender; un viudo volvió a dormir sin pastillas. Los niños dejaron de jugar cerca de la Torre y volvieron a jugar a la rayuela en la plaza Don Quirino hablaba de resignarse. Doña Águeda ha cambiado el ensalmo por lavanda debajo de la almohada. Don Leandro anota en su cuaderno: “Si lo nombras, viene y si no, también”.

Yo sigo atajando por el carril de barbecho que lleva a la Torre cuando vuelvo de Autillo. Al atardecer, el ventanuco es un ojo cosido. Nadie lo confirma: en los pueblos, lo inconveniente no se certifica. Pero quien duerme solo sabe —y quien duerme acompañado, a veces más— que de noche alguien vive en la Torre y baja a probar si todavía sabemos respirar.

Cuando me pesa el pecho, pongo sal en la ventana y ruda en la cama y rezo con palabras de mi madre; otras noches dejo el postigo entreabierto y escucho. No siempre quiero lo mismo. No siempre viene.

La Laguna ha vuelto a su modo —primaveras de alas batiendo el aire, inviernos de silencio— y, en septiembre, el trillo hace su música sobre la parva. La Torre sigue mirando a la nada. Autillo y Fuentes han aprendido a no preguntar demasiado. Si usted pasa y ve perros que no ladran, camas con peso, ovejas que amanecen ligeras, no maldiga. Ponga agua bendita en los rincones. Las brujas —si es que lo son— no se van con insultos; a veces se contentan con ensalmos y respeto.

Y si una noche nota —como yo— que alguien se sienta a los pies de su cama y le roba el aliento con mimo, recuerde lo que dijo el tío Rogelio, que vio muchos inviernos en su vida:

—No todo lo que chupa es malo. A veces se alimenta de lo que sobra. A veces enseña a respirar.

Nadie lo confirma. Nadie lo niega. La Torre sigue en su sitio. Y por las mañanas, cuando amanece raso, a veces se ve —si uno mira fino— una luz posada en el ventanuco, como la última brasa de un fuego que no ha querido quemarnos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario