sábado, 14 de febrero de 2026

Un portal a otro tiempo y otra ciudad

En la calle Curia, esquina con Compañía, había un edificio que todo el mundo conocía sin conocerlo. De esos que parecen tener más pisos por dentro que por fuera. La fachada guardaba un portal estrecho con una puerta de madera oscura, clavos redondos y un cristal esmerilado donde ponía, en letras gastadas: “Nº 1”.

Los del barrio decían “el 1 de Compañía” como quien dice “la fuente de Navarrería” o “la cuesta de Santo Domingo”: un lugar fijo, de toda la vida. Pero el 1 no era fijo. Solo lo parecía de día.

De noche, a partir de las doce, el portal cambiaba de ciudad.

No lo sabía todo el mundo. Lo sabían los que vuelven tarde, los que a esas horas no quieren que haya testigos, los que llevan en los bolsillos razones demasiado grandes para contar. Y lo supo, por mala suerte y por terquedad adolescente, Iñaki, un chaval de dieciséis años con pelo de casco de moto y una bici Orbea que chirriaba lo justo para que su ama lo oyera volver.

Era el 15 de julio de de 1979, San Fermín ya había pasado como un vendaval con resaca, y Pamplona entraba en esa calma rara de verano en la que el Casco Antiguo tiene olor a piedra caliente y a persiana medio bajada. Iñaki trabajaba de "maca" en la zapatería de un tío suyo en la calle Zapatería (cómo no), y por las tardes se escapaba a las piscinas de la Rochapea que hacía poco tiempo se habían inaugurado. Aquella noche venía de allí, con las manos todavía con olor a cloro, cuando vio la puerta del nº 1 de Compañía entreabierta.

No era tan raro. Había vecinos despistados, carteros con prisa, algún borrachín que se equivocaba de casa. Pero aquella noche el aire que salía de dentro no era aire de portal. No olía a humedad, ni a coliflor hervida, ni a felpudo viejo. Olía… a tabaco rubio y a perfume caro, de esos que solo llevaban las turistas francesas en los encierros.

Iñaki frenó. Miró alrededor. No había nadie. Ni un gato.

—¿Hola? —dijo, con esa voz que intenta sonar mayor y se le quiebra por dentro.

Empujó la puerta.

El zaguán era el mismo de siempre: suelo de baldosa con dibujos geométricos, buzones abollados, una bombilla amarilla colgando. Subió dos escalones. Y entonces el suelo se estiró, como si una alfombra invisible tirara de él hacia adelante. No fue un golpe ni un mareo. Fue más bien la certeza de que la calle Compañía se había quedado atrás sin moverse un centímetro.

Apareció en otra ciudad.

Lo primero fue el sonido. No había silencio de Pamplona a esas horas, sino música lejana, de trompeta y piano, como en las películas que ponían en el cine Juventud cuando había ciclo “de arte y ensayo”. Luego las luces: farolas redondas, escaparates llenos de sombreros y vestidos con flecos. Y al fondo, un río ancho con reflejos de oro y un puente que Iñaki reconoció sin haberlo visto nunca.

París.

París de postal, sí, pero no del que sale en los anuncios de colonia. París con coches antiguos, con gente fumando en la calle sin prisa, con mujeres de pelo corto y labios oscuros. Una pareja pasó a su lado discutiendo en francés. Un tipo con boina, -pero no de las de aquí-,  lo miró como si fuera un turista tonto y siguió caminando.

Iñaki se quedó clavado. La bici no estaba. Ni falta que le hacía. Tenía las piernas flojas.

—Eh, chico. ¿Te encuentras bien?

La voz venía de un café de esquina. En la puerta, un camarero con chaleco blanco le hacía señas con una sonrisa cansada. Iñaki entendió las palabras pero no sabía cómo. O quizá no las entendió: quizá el portal también traducía.

—¿Dónde… dónde estoy?

El camarero miró alrededor como quien comprueba que nadie escucha.

—En París, claro. ¿Dónde ibas a estar? —y bajó la voz—. Si vienes por el portal, mejor no te entretengas. Antes del amanecer vuelve a tu puerta.

Iñaki notó un escalofrío.

—¿Cómo sabe usted…?

—Aquí todos lo sabemos. Un portal que aparece a medianoche y desaparece con el alba no es algo que uno olvide. Anda. Entra y siéntate. Un café. Te hará falta si quieres volver.

Iñaki entró.

El café era pequeño, lleno de humo y de conversaciones vivas. En una mesa del fondo una mujer cantaba algo triste. En otra, tres hombres se pasaban papeles y hablaban rápido. Iñaki se sintió como si se hubiera colado en una película que no era para su edad.

—¿Qué año es? —preguntó.

El camarero levantó una ceja.

—1920. ¿Qué más da? El portal te lleva donde te lleva. Pero siempre te suelta aquí, en la esquina del mismo café. Como una estación.

  1. Iñaki intentó apretar ese número contra su cabeza y no pudo. Era como si le hubieran dicho “dentro de un sueño” o “en un sitio que no existe”.

Bebió el café a tragos pequeños. El camarero lo observaba con una mezcla de ternura y costumbre.

—No te quedes mirando tanto —le dijo—. Hay quienes se han perdido por mirar demasiado.

—¿Se han… perdido?

—Sí. Llegan como tú, con ojos de sorpresa. Se enamoran de una ciudad. Se olvidan del portal de origen. Y cuando vuelve a cerrarse… el de aquí no los devuelve. Los deja… en algún lugar intermedio. Nadie sabe cuál.

Iñaki se quedó quieto. Un reloj en la pared marcaba la una y cuarto.

—¿Y cómo vuelvo?

—Sencillo y difícil. Antes de que amanezca, tienes que estar en el portal por el que entraste. Pero no solo eso: tienes que reconocerlo. Si dudas, si te equivocas de puerta, te lleva a otra ciudad distinta. Y cada salto hace más difícil recordar la primera.

—¿Reconocerlo? Si es el mismo portal.

El camarero negó con la cabeza.

—No. Aquí todos los portales viejos se parecen. Y cuando estás nervioso… te engañan. Te miran como si fueran el tuyo. Por eso, los que vuelven siempre traen algo de su ciudad de origen. Un detalle. Un olor. Una palabra que solo existe allí.

Iñaki pensó en Pamplona. En su portal, olía a lejía del tercero B, a fritanga del bar de abajo, a piedra mojada cuando llovía. Pensó en el sonido de su calle, en el eco de los pasos. Pensó en su ama echándole la bronca por llegar tarde. En su tío diciendo “aprende, chaval, que el cuero no perdona”.

Y sin saber por qué se llevó la mano al bolsillo.

Tenía un pañuelo de San Fermín. Uno de esos que te venden en los puestos de venta ambulante,  había perdido el suyo en la mañana del 14 y no quería asistir al acto del pobre de mí sin él. Lo había comprado en la calle San Saturnino, justo delante de la Farmacia Sánchez Ostiz. 

El  pañuelo rojo era tierra firme.

—Esto. —se lo enseñó al camarero.

El hombre sonrió, aliviado.

—Perfecto. Eso huele a tu casa más que cualquier mapa. Guárdalo bien. Y no te metas en líos. París de noche muerde.

Iñaki salió del café con el pecho apretado y una energía rara, esa mezcla de miedo y una felicidad absurda que solo te da descubrir que el mundo es más grande que tus calles.

Caminó un rato. Vio el río, vio el puente, vio mujeres bailando en una plaza pequeña. Vio a un grupo de chicos de su edad o algo más mayores fumando y riendo como si el futuro no existiera. A uno de ellos se le cayó una moneda y rodó hasta los zapatos de Iñaki.

—Merci—dijo el chico cuando se la devolvió, y le ofreció un cigarro.

—No fumo.

—Pues deberías. Aquí todos fumamos.

Iñaki se rió. Era la primera vez que se reía desde que entró al portal.

—Yo soy de Pamplona.

—¿Pamplona? —el chico pronunció despacio, como si fuera una palabra bonita—. ¿Eso es España?

—Sí.

—Ah, España. Tierra de sol y toros. ¿Vienes mañana por la noche? Hay una fiesta cerca del Moulin Rouge.

Iñaki iba a decir que sí por pura emoción. Pero se acordó del pañuelo, del camarero, del amanecer. Del portal que no perdonaba.

—No sé si podré. Tengo que volver antes de que salga el sol.

El chico lo miró con seriedad repentina.

—Entonces vete ya. Aquí el sol sale pronto y sin avisar.

Y fue como si el París de 1920 entendiera la orden. Una brisa fría se metió por las calles. De golpe, Iñaki sintió que había estado demasiado tiempo fuera. Miró el reloj de una tienda: las cuatro menos cuarto.

Echó a correr.

Las piernas le dolían, pero lo peor era otra cosa: el miedo a no encontrar la esquina del café. A confundirse en una ciudad que no era la suya. A que los portales se multiplicaran ante él como espejos.

Llegó sin aliento. La esquina estaba allí. El café también. Pero al lado del café había tres portales viejos, idénticos, con puertas de madera oscura. En una calle cualquiera eso sería normal. Allí era una trampa.

Iñaki frenó en seco, sudando.

“Reconocerlo”, había dicho el camarero.

Sacó el pañuelo de San Fermín y lo apretó entre los dedos. Se lo llevó a la nariz como un niño que huele una manta. Olía a los últimos momentos de la fiesta. A su sudor, al miedo del encierro, a kalimotxo, aquel pañuelo le traía otros recuerdos:  el paso de la Comparsa o  la penetrante música de los gaiteros en la Plaza Consistorial.

Cerró los ojos.

Y de pronto lo supo. No porque pudiera explicarlo, sino porque el cuerpo le tiró: el portal del centro debía ser el suyo. La puerta tenía una muesca en forma de media luna abajo a la derecha. Como el golpe que le había dado con la bici un año antes, al girar mal la curva.

Empujó.

El zaguán lo recibió con la misma bombilla amarilla, la misma baldosa, los mismos buzones. Pero esta vez olía a humedad y a coliflor hervida. Sonaba a silencio de Pamplona. Era su portal.

Subió los dos escalones, y el suelo se encogió de vuelta. Abrió la puerta exterior.

La calle Compañía.

La piedra estaba fresca. Un barrendero pasaba con el camión. En el cielo, el primer azul pálido de la mañana. Iñaki miró el reloj del ayuntamiento, a lo lejos: las cinco y diez.

Había vuelto.

Se apoyó en la pared, riéndose y casi llorando. Notó que el pañuelo en su mano estaba caliente, como si hubiera pasado por una chimenea.

Cuando llegó a casa, su ama estaba en la cocina con bata y cara de no haber dormido.

—¿Dónde te metes, alma de cántaro? —le soltó sin gritar, que era peor.

Iñaki abrió la boca para inventarse una excusa de piscina, de amigo, de bici pinchada. Pero le salió otra cosa:

—He estado en París.

Su ama lo miró dos segundos, como calibrando si aquello era broma o insolencia.

—¿En París? Pues ponte a limpiar tu habitación, que menudo París tienes ahí. Y lávate esas manos.

Iñaki obedeció. Subió las escaleras con las piernas temblorosas. Antes de entrar en su cuarto se detuvo en el descansillo y miró por la ventana del portal hacia la calle.

El uno estaba cerrado, como siempre, igual de viejo e inocente.

De día, el portal era un portal.

Iñaki se metió el pañuelo en el bolsillo de su vaquero. No lo iba a perder jamás.

Aquella noche no durmió. Solo pensó en el chico del cigarro, en la música lejana, en las farolas redondas. Y pensó también en la advertencia.

Porque, claro, al día siguiente… quiso volver.

Pero esa es otra historia.

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