lunes, 2 de febrero de 2026

Viaje al pasado: El Castillo de Dª Berenguela

Aquel día, 9 de agosto de 1982, había salido de casa de mi tía en Autillo, temprano por la mañana, con la fresquera,  para darme mi paseo matinal con la bici. El cielo era de un azul impoluto,  con el sol todavía sin calentar,  escondido tras la iglesia de Santa Eufemia. Salí en dirección a Fuentes donde pasé  buena parte de la mañana. Al mediodía di cuenta de un generoso almuerzo en el bar de las Cuatro Esquinas, el antiguo Petiso, que me dejó como nuevo, con ganas de reanudar la excursión por los pueblos de la Comarca: Abarca, Castromocho para volver a Autillo de nuevo. Lo hice con el sol en lo alto y entré por el camino cercano al viejo edificio que me habían contado fue el palacio donde estuvo la reina Berenguela, cuando se coronó rey a su hijo Fernando al que más tarde apodarían El Santo.

Yo lo recordaba detrás de la iglesia, ya casi vencido, con el tejado abierto a dentelladas, el interior comido por la palomina y el abandono. Un edificio que estaba siendo utilizado aquellos días como  granero y que, visto desde fuera, en sus partes mejor conservadas nos retrotraía a lo que pudo ser un castillo o palacio de la alta edad media. Me pregunté  por un momento como habría sido la vida en aquella tierra en aquellos oscuros siglos. Nada me hacía sospechar en ese momento que más pronto que tarde tendría la respuesta. Me bajé de la bici,  me acerqué a la fuente pública que estaba unos metros más adelante, a la derecha, aquella fuente que había conocido desde pequeño, con  su manivela metálica que giraba con ese quejido de hierro, levantando el agua en cangilones como una noria pequeña. Bebí para saciar mi sed, con pequeños sorbos. El pueblo estaba quieto, tendido al sol como una piedra caliente. Las calles olían a polvo y a cereal, y el aire —ese aire de Tierra de Campos, ancho como una promesa— me entraba en los pulmones con la facilidad con la que entran los recuerdos.

-I-

Casi por reflejo tomé el camino hacia la Iglesia de Santa Eufemia. Candé la bici y entré  a la iglesia buscando paz. Adentro, el aire era otro: más fresco, más denso, con ese olor a piedra antigua, cera y madera barnizada. Me recibió esa penumbra que no es oscuridad: es una manera de bajar el ruido del mundo, de la vida cotidiana. Me quedé unos minutos mirando a las alturas, dejando que la vista se acostumbrara, como quien vuelve a casa y se fija en lo que nunca mira. Recuerdo el efecto que producían sobre mí las piedras y  las bóvedas de la iglesia. Tenía la sensación de que el tiempo se podía detener, congelar allí dentro.

Fue al rodear un lateral cuando vi una puerta que nunca había visto.

Una puerta pequeña, discreta, en un tramo lateral que yo habría jurado que era pared. No era una puerta monumental, ni un arco llamativo. Era una hoja de madera  vieja y oscura, con herrajes gastados. Tenía algo impropio. Como si no perteneciera a ese sitio o a ese tiempo.

Me acerqué. No sé por qué lo hice. Tal vez porque la curiosidad, cuando te ha elegido, se disfraza de necesidad. Puse la mano en el hierro y noté un estremecimiento leve, como si el metal estuviera vivo.

La empujé. La puerta cedió con un suspiro.

Detrás no había capilla ni sacristía. Había un paso estrecho, escalones hacia abajo y un aliento frío que olía a piedra cerrada, a tierra, a sótano y que me erizó los brazos. Bajé. Cada peldaño parecía tragarse el sonido de mis pasos. El sonido de la nave se fue apagando, tragado por la piedra. Y al final, en un hueco que parecía una cripta o un pasadizo olvidado, había una luz.

Bajé

Al fondo, una luz.

No una luz eléctrica. No una vela. Era una claridad blanca, sin fuente, sin llama, sin sombra, como si el aire estuviera iluminado por dentro. Me quedé quieto, con la respiración suspendida, y me oí pensar una tontería: “Esto no puede ser”. Pero la luz tiraba de mí con una fuerza antigua, como si la hubiera estado esperando.

Dí un paso.

La luz me envolvió y cuando la luz me tocó el mundo se deshizo y perdí la conciencia.

-II- 

Cuando desperté lo primero que sentí fue el olor. No era el olor de la mañana. Era un olor a humo y grasa vieja, estiércol reciente y  barro.

Después vino el ruido: voces, relinchos, metal golpeando metal, y un murmullo de gente reunida, la voz de un niño en la lejanía..

Lo tercero fue el suelo. Caí de rodillas en un barro duro, con piedras incrustadas. Abrí los ojos y el cielo me cayó encima, enorme, limpio, con una dureza azul que no recordaba desde hacía tiempo. Estaba fuera del recinto. A unos metros, donde debía estar la iglesia de San Eufemia había una ermita, la ermita se encontraba  cerca,  a cien metros,  del palacio defensivo que ya había conocido en muy mal estado unos momentos antes, un abismo de tiempo como comprobaría después,  y más allá se divisaba el pueblo pero no el de mis veraneos.

Era Autillo y no lo era. Tenía el mismo perfil, el mismo campo sin árboles, pero las casas eran más bajas, de barro y piedra, con techos de paja y madera oscura, y el suelo… el suelo era un barro endurecido, con surcos de carros y huellas de animales. Había moscas. Muchas. Y gallinas sueltas picoteando mierda seca.

Las moscas no eran un detalle: eran una nube insistente que se te metía en los ojos y en las comisuras de la boca. Zumbaban en las orejas como si el pueblo entero tuviera un motor pequeño y sucio funcionando sin parar. Vi charcos de agua estancada, verdosa, y un perro flaco lamiendo algo que no quise mirar mucho.

Me miré: vestía unos vaqueros desgastados, una guayabera de lino verde, unas zapatillas de deporte y llevaba en la muñeca un reloj digital de esos que se pusieron de moda en los años 80. Era como un  cartel luminoso en mitad de una procesión. Una blasfemia andante.

Me entró un miedo  frío, instantáneo, animal. Un miedo de esos que te avisan desde la barriga: estas en peligro inmediato. Corre.

A unos metros, un hombre me vio. Un hombre de barba corta y dientes oscuros. Llevaba una túnica corta, ceñida con cuerda, y un capuchón de lana. Se quedó clavado mirándome, como si yo fuera una aparición. Yo también me quedé quieto, intentando decidir, en una décima de segundo,  si correr o sonreír o caer de rodillas. Elegí lo peor: no hacer nada.

—¿Quién… sodes? —dijo, con una voz ronca y una pronunciación rara, más abierta, más áspera. Me miraba como se mira a un muerto que aun anda

Aquel “sodes” me atravesó. No era castellano moderno; era un castellano que reconocí por intuición, como se reconoce el rostro de un antepasado en una fotografía.

No respondí. Me noté la boca seca.

El hombre dio un paso atrás y gritó hacia la ermita:

—¡Aqueste es extraño! Y la palabra extraño sonó como "culpable".

Y entonces vi por qué había tanta gente.

A la salida del pueblo, se levantaba un pequeño claro donde se había reunido medio mundo: campesinos, mujeres con sayas y mantos, niños pegados a las faldas, hombres con barba corta, algunos con gorros de paño. Y entre ellos, como una línea que cortaba el aire, un nutrido destacamento de soldados.

Los soldados no pertenecían a ninguna recreación histórica ni al rodaje de una película; eran reales y muchos no lucían muy bonitos que se dijera. Algunos llevaban gambesones acolchados y manchados, otros cotas de malla sucias que olían a metal y grasa aunque  brillaban al sol como escamas, y sobre la cabeza muchos llevaban caperuzas de malla o cascos sencillos, algunos de ellos abollados por  las refriegas de las batallas. Vi escudos golpeados con formas alargadas, lanzas, y espadas envainadas.

En los bordes del campamento había restos: huesos roídos cerca de una hoguera apagada, trapos sucios que parecían vendas viejas, y manchas oscuras en el suelo que no eran de barro. El aire tenía ese rastro de carne salada y de sebo, como si alguien hubiera pasado la vida entera encima de una fogata.

Había numerosos caballos: nerviosos, resoplando, golpeando el suelo, con las crines trenzadas y arneses de cuero oscuro. Olían a  sudor caliente, a orina. Algunos tenían espuma en las bocas. Uno coceó al aire y casi tira a un hombre,

Los  pendones se movían al viento: telas gruesas, pesadas con bordados toscos y diferentes colores, que prometían lealtades y guerras. No distinguí bien los emblemas, pero vi castillos bordados y cruces, y entendí que estaba mirando algo que no era una fiesta local, ni parecía tampoco, como he dicho,  una recreación histórica.

Había viajado en el tiempo, Dios sabe donde. Estaba asistiendo a un episodio de la historia de España.

Me dio un vuelco el estómago y me temblaron las piernas, al pensar que podía estar en los oscuros siglos de la edad media donde reinaba  la ignorancia y la superstición.

Intenté retroceder hacia la ermita, hacia la luz, pero al girarme… no había luz. La entrada por la que había salido no era una puerta; era una pared de piedra. Me quedé helado

Tragué saliva. Estoy aquí. Y aquí significa… aquí de verdad.

-III-

Una mujer, mayor, con las manos enrojecidas y cuarteadas por el sol, se acercó con cautela. Me olió y me miró de arriba abajo como se mira un animal raro, desconocido.

—Traes paños de loco o de encantado—dijo, y no sonó como burla, sino como advertencia.

Me tocó la guayabera verde, pellizcando la tela como si no entendiera cómo podía existir.

Yo conseguí articular algo:

—Me… he perdido.

La frase sonó ridícula en aquel lugar, pero la mujer pareció aceptar que un hombre se pierde como se pierde una oveja.

—Si te ven los de armas, prenderte han. Ven.

Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me arrastró hacia un grupo de carros. Allí, detrás de unos haces de leña  me lanzó un manto oscuro que olía a humo y cuerpo y una especie de sayo de lana áspera que rascaba como esparto.

El manto no solo olía a cuerpo: olía a cuerpo enfermo, a lana mojada mal secada, a una acidez de sudor que llevaba días ahí. En cuanto me lo eché encima sentí que algo se movía. No una imaginación: un cosquilleo real, como si pequeñas patas se abrieran paso por el cuello y las muñecas. Quise rascarme, pero la mujer me clavó una mirada que me dejó quieto.

—Quítate eso —ordenó señalando mi guayabera

Tardé un segundo en entender. Me desnudé a medias, temblando de miedo y de vergüenza, intentando no hacer movimientos raros. Me cubrí como pude. Me puse el sayo por encima  y me cubrí con el manto. Aun así, los vaqueros y el reloj digital asomaban así como las zapatillas que delataban mi época como si fueran señales de humo.

La mujer chasqueó la lengua y me echó barro en los bajos.

—Agora pareces menos endiablado.

“Endiablado”. Otra palabra que me golpeó.

Quise preguntar dónde estaba, qué estaba pasando, pero ella señaló hacia el claro:

—Agora calla. Mira. Viene gente grande.

Y entonces, como si el aire se hubiera tensado, los murmullos se apagaron. Los soldados se alinearon. Los caballos levantaron la cabeza.

Vi llegar a un pequeño grupo escoltado.

En medio, una mujer con porte firme. No iba vestida como una campesina. Llevaba un vestido largo, con buenas telas, colores más profundos, y un velo o toca que enmarcaba el rostro. No era una figura de cuento: era una autoridad que no necesitaba gritar para que el mundo se apartara. Junto a ella, un joven —no un niño— con el rostro serio, la espalda recta, y una mirada que parecía no permitirse el miedo.

Supe que eran ellos antes de que nadie lo dijera: Berenguela y su hijo Fernando.

Mi garganta se cerró.

En mi cabeza se mezclaron datos y vértigo: la muerte del rey Enrique en Palencia, la tensión con la casa de Lara, el miedo a que León reclamara Castilla, la carrera para traer al infante Fernando y evitar que el reino se deshiciera como pan viejo. Todo eso, que había estudiado en libros, allí era una suma de ojos vigilantes, manos en espadas y silencios cargados.

Alrededor de ellos se movían hombres de más rango: con mantos y espadas mejores y escoltas mejor alimentadas. Y el resto, -campesinos, mujeres y niños-, miraban con una mezcla de esperanza y miedo, como se mira una tormenta que puede regar o destruir.

Un hombre de aspecto noble, ancho de hombros, con un manto más rico y escolta propia, se adelantó. No oí su nombre, pero por la manera en que la gente lo miraba comprendí que aquel era alguien que mandaba en Autillo: el señor del lugar, el que daba refugio y fuerza a esa escena. Mi memoria buscó el nombre que yo ya sabía: Gonzalo Royz  Girón, el mayordomo, el defensor de la reina, el señor de Autillo.

El noble ´dijo,  en  voz alta,  unas palabras que fueron escuchadas con respeto. Oí frases sueltas, cortadas, pronunciadas en ese castellano rugoso que se me quedaba clavado. Hablaba de la muerte del rey Enrique al caerle una teja en la cabeza,  de las ambiciones del conde, -se refería al conde Alvaro Nuñez de Lara. Pero el tono era claro: una proclamación, un reconocimiento, una aceptación. A él le siguieron otros ricos omnes. Hablaban de derecho, de herencia, de lealtad. Una palabra se repetía a cada momento: fidelidad.

La reina escuchó.

Y luego, llegó el momento.

Berenguela dio un paso. Miró a su hijo. Y en esa mirada vi algo que no esperaba: no solo poder. Vi cansancio pero también ví decisión. Como si aquella mujer, para mantener el reino en pie, hubiera tenido que dormir poco durante años.

Hizo un gesto —un gesto breve— y el joven quedó un poco más adelante, expuesto ante todos.

Alguien alzó un pendón. Alguien gritó “¡Castilla!” y el grito se contagió como fuego en rastrojo. Vi manos levantarse, vi cabezas inclinarse, vi bocas repetir un nombre que se quebraba en la pronunciación antigua:

—¡Frenando! ¡Frenando rey!

Me entraron ganas de llorar y no supe por qué. Porque estaba allí. Porque ese instante, que en mi tiempo es una frase en un párrafo, en ese tiempo era una frontera.

Y otro con voz que partía el aire, dijo algo que me erizó entero porque era exactamente el pulso del texto antiguo:

-Real!!, Real!!, Real!! 

Fernando era proclamado rey en Autillo —en aquel junio de 1217— y el pueblo entero parecía comprender que, aunque no lo supiera aún, España cambiaba de dirección en ese claro, junto a una ermita extramuros.

Fernando —tan joven— levantó la barbilla. Sus labios se movieron. Tal vez juró. Tal vez pidió ayuda. Tal vez prometió justicia. No lo sé. Lo que sí sé es que, cuando habló, el silencio que lo escuchó era el silencio de miles de vidas que dependían de esa voz.

Y entonces ocurrió algo pequeño, humano, que me desarmó: Berenguela se acercó un instante y, casi sin que nadie lo notara, le tocó el brazo, como una madre que dice “estoy aquí, aguanta” sin palabras.

Pensé en lo que vendría: guerras, pactos, asedios; la coronación formal poco después; la oposición; la paciencia. Y, más adelante, el punto final que cerraría el círculo: la unión definitiva de Castilla y León en 1230, cuando Fernando heredara León.

Pero yo no estaba allí para ver el futuro. Yo estaba allí para sentir el peso del pasado.

Los hombres alrededor comentaron algo que me encajó con otro detalle de la crónica: la multitud era tanta que no cabían en palacio.

—Non cabemos en palacio. Al mercado —ordenó uno—. Al mercado que todos lo vean

Y el gentío se movió como ganado empujado por pastores: empujones, niños llorando, mujeres apretando el manto contra el pecho, hombres levantando codos. El barro se convertía  en polvo. Me atreví a moverme unos pasos, con el manto tapándome el cuerpo como si pudiera taparme la época. Desde ese nuevo ángulo vi el pueblo mejor: las calles sin empedrar, los charcos secos, animales sueltos, niños descalzos, perros flacos.

En el recinto  del mercado, la suciedad se multiplicaba: charcos de sangre aguada cerca de una tabla donde habían destripado algo, pellejos colgando, y un montón de vísceras oscurecidas que atraían moscas como si fueran imanes. El suelo estaba resbaladizo en algunos puntos, y la gente pisaba sin mirar, acostumbrada. Un hombre gritaba precios (en dinero de vellón) con voz rota; una mujer ofrecía sal; otro vendía un queso reseco cubierto de tela sucia. Hasta mi llegaba un hedor a carne, a tripa caliente, a sebo y a humo que se te pegaba en el pelo.

-IV-

Comprendí entonces que esa proclamación tenía algo de urgencia logística y algo de gesto simbólico: que fuese ante todos, en lugar público, con testigos, porque los reinos no se sostienen solo con sangre, sino con ojos.

A lo lejos, hacia donde, en mi recuerdo, estaba la fuente de la manivela, había  un pozo: un brocal de piedra, un travesaño de madera, una cuerda con cubo. A su lado, un pilón humilde donde bebían dos bestias.

En ese ir y venir, mi mirada se fue instintivamente hacia donde, en mis veraneos, se alzaba el llamado palacio “de la reina”, en realidad el palacio de Ruiz Girón una  imponente construcción con muros gruesos, un portón y actividad alrededor. No era la  ruina que yo conocía. Era un edificio vivo, con guardias, con movimiento, con autoridad. Estaba viendo el pasado intacto de una construcción que yo había conocido rota, abandonada.

Aunque en realidad no era el “de la reina”, como decíamos de niños; sino el del mayordomo, el del señor. De pronto entendí la trampa dulce de las leyendas: a veces un lugar necesita un nombre grande para que no se olvide.

Mi mente iba demasiado rápido. No pude evitarlo: di un paso más, buscando ver mejor, buscando grabarlo en la retina para llevármelo a mi tiempo como quien roba una reliquia.

Y ese fue mi error.

Cometí el error típico del que mira demasiado: di un paso fuera del amparo del carro, buscando ver mejor.

Un soldado me vio.

—¡Eh, tú! —gritó.

Me señaló con una seguridad brutal, como si llevara un cartel colgado. Se acercó rápido, olfateando rareza. ´

Olía a sudor rancio y a metal. Me agarró del manto y tiró.

El manto se abrió un poco y asomó el vaquero. Luego las zapatillas y más tarde el Casio que había comprado en Pamplona ese mismo verano.

Su cara cambió de sospecha a certeza de herejía.

—Esto… non es paño de cristiano y este artefacto que es—escupió, y me agarró la muñeca con una fuerza brutal para arrancarme el reloj que tanto le había sorprendido.

Me apretó hasta que sentí que me iba a dejar marca.

—¿De quién eres? ¿Quién te envía? —me ladró.

Intenté decir “me he perdido”, pero mi voz salió rara, demasiado suave, fuera de tono, como si mi lengua no perteneciera a ese siglo.

El soldado no oyó palabras: sintió una amenaza.

—¡Prendedlo!

La palabra me cayó como una piedra.

Me empujó hacia delante. Noté ojos clavados: curiosidad, miedo, odio. Alguien gritó “bruxo”. Otro se santiguó. Una mujer se apartó como si yo contagiara.

Uno de los del gentío —un hombre con la cara chupada y los labios blanquecinos— levantó un dedo hacia mí y empezó a gritar como si ya tuviera sentencia: que si era sombra de mal agüero, que si era una señal del diablo, que si por gente como yo caían tejas y morían reyes. Y lo peor fue que otros le siguieron, no porque no me entendieran, sino porque necesitaban un recipiente donde vaciar su miedo. Sentí que no era un simple  “arresto”, sino que estaba al borde de un linchamiento, la posibilidad real de que allí mismo me abrieran la cabeza “para ver qué tenía dentro”.

Y entonces lo supe: si me llevaban delante de los grandes, no iba a salir con una simple multa.

En ese siglo, un extraño puede desaparecer sin dejar rastro y al pueblo le quedará la tranquilidad de haber erradicado lo incomprensible.

Me revolví. El soldado me golpeó con el antebrazo. Vi las estrellas.

Corrí.

No corrí “bien”. Corrí como un animal acorralado, con el barro agarrándoseme a las suelas, oyendo detrás el metal y los gritos.

Llegué a la ermita de piedra. Palpé el lateral como un loco.

La puerta. La luz. Por favor.

Una losa cedió.

Detrás estaba la luz, blanca, imposible.

Noté la mano del soldado en mi hombro, tirando hacia atrás. Su aliento me golpeó la nuca.

—¡Non escaparás!

Y yo, sin pensar, me lancé a la luz como quien se tira a un pozo.

-V-

Caí de rodillas en la cripta bajo la iglesia de Santa Eufemia, con el sabor a humo todavía en la boca y el corazón pugnando por salírseme del pecho. Olía a la humedad de la piedra de la cripta mezclada con el olor a la cera  de cirios pertenecientes a la ceremonia de alguna antigua inhumación.

Subí como un animal que huye del fuego,  a trompicones. La misma escalera. La misma puerta de madera. La abrí. Entré en la nave silenciosa de Santa Eufemia como un náufrago que regresa a tierra. El aire olía a nada: a limpieza, a piedra quieta, a presente.

Me quedé apoyado en una columna sin poder moverme, oyendo mi respiración, esperando que el tiempo dejara de girar.

Cuando por fin salí a la calle,  Autillo era el de siempre: el silencio,  el camino blanco, el viento, los tejados. Me acerqué a la fuente y giré la manivela. El hierro gimió. El agua subió en su cadena de cangilones y cayó al pilón, como si nada hubiera pasado.

Pero yo ya no era el mismo.

Porque yo había estado allí.

Había visto a Berenguela sostener el reino con un gesto mínimo. Había oído el castellano antiguo salir de bocas reales. Había visto la proclamación convertida en campamento, y el mercado llenarse porque “non cabían en palacio”.

Y había vuelto justo cuando me iban a prender.

Me quedé mirando al agua un rato largo.

Volví la vista hacia detrás de la iglesia, hacia el lugar donde mi memoria guardaba la ruina del palacio. Allí estaba: deteriorado, vencido, vacío… granero de un tiempo que lo había olvidado.

Y, sin embargo, en mi cabeza seguía vivo: los pendones al viento, las cotas de malla brillando, una madre tocando el brazo de su hijo para sostener un reino.

Solo entonces comprendí el verdadero terror del viaje: no era que me prendieran en 1217, por brujo o por espía que también, el verdadero drama era que, tras regresar, nadie  creyera mi  historia pues si la contaba me tomarían por un orate, por un loco. Solo yo sabía que lo había visto todo.

Me eché a reír, solo, paseando por el pueblo, con el corazón aún galopando como un caballo de guerra…y con la sensación de que el tiempo, por debajo, seguía abierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario