lunes, 19 de enero de 2026

La casa del confín del mundo. William Hope Hodgson

Leí hace más de 40 años esta obra en la colección Fontamara y hace unos días la volví a releer. Hacía no demasiado tiempo, en aquellos años, que había entrado en el tenebroso mundo onírico y terrorífico de Lovecraft y esta obra me abrió puertas y dimensiones que yo desconocía. La mejor de las obras de William Hope Hodgson escrita en 1908 tiene como escenario una vieja y extraña mansión de Irlanda que constituye una especie de portal a un mundo de pesadilla, un portal tras del cual acechan criaturas inimaginables del submundo y donde el protagonista viaja a través del tiempo y el espacio cósmico asistiendo al final del sistema solar, viaje, amen de otras características, que la hacen única dentro del género de la literatura fantástica. La descripción de los paisajes y de las atmósferas es tremendamente evocadora y estremecedora, con su torre y su pozo desde el que se deslizan las criaturas de las tinieblas. Nadie como Hodgson para sugerir vagos horrores, ocultos en un escenario natural. "Oigo un leve ruido en el sendero del jardín", es una de esas frases sencillas y a la vez terriblemente desasosegantes que aparece en las páginas de este libro.

Hodgson es junto a Machen, Blackwood y Lord Dunsany uno de los escritores del que Lovecraft recibe más claras influencias. Quien haya leído esta novela y los cuentos oníricos de Randolph Carter comprenderá hasta que punto el gran maestro del cuento de terror sobrenatural moderno, Lovecraft,   fue influido por Hodgson y su obra. El cuento materialista de terror del que Lovecraft es el máximo exponente mezcla el terror con la ciencia ficción sumergiéndonos en una serie de narraciones de horror cósmico que incluye incluso una nueva mitología llena de escalofriantes dioses y monstruos arquetípicos. Y esta novela entra claramente dentro de ese género. 

La trama del relato es bastante simple. Dos amigos, el narrador y su amigo Tonnison llegan al alejado pueblo de Kraighten, a sesenta kilómetros de Ardrahan, para pescar en un río que su amigo había encontrado, por azar, el año anterior. Descendiendo río abajo descubren unas ruinas, dentro de un oscuro bosque, de la que debió ser una antigua mansión, una mansión al borde de un abismo insondable. En aquel lugar encuentran un manuscrito, un diario de alguien que debió vivir en esa casa hace mucho, muchísimo tiempo. El manuscrito tiene un nombre "La casa del confín del mundo" y es justamente la novela que conjuntamente con los dos amigos estamos dispuestos a leer.

El relato nos habla de extrañas criaturas con apariencia porcina, del Mar del Sueño, los Globos Celestes, el Orbe Blanco, el Sol muerto o el sol negro, la Estrella Verde, el Asno Dios, la Cosa sin Ojos y otros muchos elementos y escenarios cósmicos. La casa al parecer estaba en conexión  con otra remota en el centro de una llanura rojiza incomparable, en un lugar indeterminado más allá del tiempo y del espacio. El final es aterrador, pero mejor que lo lean ustedes. No se arrepentirán. Eso sí, cierren las puertas, miren debajo de la cama, agucen el oído por si acaso...

La tierra permanece. George R. Stewart

Ish o Isherwood Williams, es uno de los pocos supervivientes de una epidemia que ha azotado a toda la humanidad y que la sitúa al borde de la extinción. Ish vagabundea por unos Estados Unidos cuya civilización se va desmoronando y encuentra, como si de un nuevo Adan se tratase a su Eva con la cual reinicia el proceso, en cierto sentido, de reconstrucción de la humanidad. Tratará de conservar el saber de la antigua civilización para que el hombre no vuelva a las cavernas. Sin embargo el ciclo se repite. Pese a los esfuerzos de Ish por mantener los conocimientos y la civilización, la gente se dejará llevar por la inercia, pensará tan solo en sobrevivir día a día, sin mayores ambiciones. Y el hombre tendrá que iniciar poco a poco otra vez el lento caminar hacia cotas más altas de civilización.

Veremos a Ish como actor y testigo en ese nuevo mundo que surge tras la desaparición de la civilización y veremos la evolución de Ish, desde su juventud al comienzo de la novela hasta su ancianidad al final, como si él mismo fuera un trasunto de la propia humanidad. La novela describe con maestría ese nuevo mundo, vacio de hombres y narra diferentes momentos de la vida de Ish  y de ese incierto deambular, ese nuevo comienzo del género humano.

Es una de las mejores novelas de ciencia ficción que he leído en mi vida. Todo un clásico, una autentica obra maestra que supera las estrechas fronteras del género para convertirse en una obra imperecedera que nos incita a reflexionar (sobre la felicidad, la civilización, la evolución social del hombre, etc) y que en el fondo nos deja un profundo sentimiento de tristeza. Nos hace sentirnos pequeños ante la inmensidad del mundo, del planeta  que nos rodea, como se dice en la novela "Los hombres van y vienen pero la Tierra permanece". La obra es un canto a la naturaleza y a la inmensidad de la vida.

domingo, 18 de enero de 2026

Solo un enemigo: el tiempo. Michael Bishop

"Solo un enemigo: el tiempo" es una novela de ciencia ficción, escrita por Michael Bishop, en 1982, que ganó el Premio Nebula a la mejor novela de ese año. Narra la historia de John Monegal, el hijo de una prostituta española y un soldado americano de color, adoptado por una familia blanca, los Monegal. John tiene frecuentes sueños vividos, viajes espirituales a los remotos orígenes del hombre. Gracias al proyecto "Esfinge Blanca" podrá viajar corporalmente al pasado o al menos a una resonancia de ese pasado. Allá conocerá a una tribu de homínidos entre los que se integrará, y conocerá, como uno más, lo difícil que era la lucha y supervivencia del hombre en aquellos primeros años prehistóricos. La novela se estructura en capítulos alternos que nos cuentan la historia de John Monegal en tercera persona, y su viaje al pleistoceno como Josua Kampa, en primera. Se alterna la acción en el pasado de hace dos millones de años con la historia de su vida pasada y presente. Cuando leí años después "El clan del oso cavernario" me acordé de esta novela y de ese viaje a la primavera del hombre. En el pleistoceno se enamorará de Helena que morirá en el parto de la hija de tan singular unión. Joshua traerá al presente a su hija. Al final parece como si el proceso se repitiese.

La novela no es una simple novela de ciencia ficción sino que tiene interesantes aspectos de antropología social que la hacen más perdurable. De algún modo, y aunque utiliza el viaje temporal como excusa, nos devuelve, en cierto sentido, a nuestra memoria como especie, esa que está escrita en nuestros genes, además de hablarnos de muchas más cosas como qué significa ser humano, la relatividad y el sentido de la existencia o el tema del desarraigo, tan presente en la vida actual como en el pasado remoto del protagonista. Pese a no ser una novela perfecta, ni redonda (hay algunas incongruencias), se deja leer con bastante facilidad, dejando un buen sabor de boca. Son especialmente destacables los capítulos del pasado remoto, quizás lo mejor de la obra. La trama del presente no tiene nada de especial y el final quizás decae un poco, pero en línea generales es una muy entretenida novela en la que, en ningún momento, se dejan sentir sus casi quinientas páginas de extensión. Te atrapa de principio a fin. Obra absolutamente recomendable.

sábado, 17 de enero de 2026

¿Dónde está mi nombre?

Cuando la familia Arrieta decidió cambiar el número fijo, lo hizo por pura fatiga. Durante meses habían soportado llamadas a deshora, encuestas interminables y voces equivocadas preguntando por personas que no vivían allí. Un par de noches incluso sonó el teléfono viejo cerca de las tres de la madrugada; al descolgar, nadie respondía. Así que un lunes llamaron a la compañía, y a la tarde siguiente un técnico sustituyó la línea sin más ceremonia.

El aparato antiguo heredado de los abuelos, era un modelo de sobremesa, pesado, con el plástico amarilleado por los años y un timbre metálico que se escuchaba en toda la casa. No era un objeto cualquiera: había sido el centro de la vida familiar durante décadas. Por eso no lo tiraron. Lo desconectaron, lo enrollaron con cuidado y lo guardaron en el armario del pasillo, arriba del todo, entre mantas viejas y cajas olvidadas. Cerraron la puerta y siguieron con su vida.

Durante dos semanas, la casa respiró en paz. El teléfono nuevo sonaba solo cuando tenía que sonar, y nadie volvió a despertarse sobresaltado por un timbrazo extraño. Parecía que el problema, fuese cual fuese, había quedado atrás.

Hasta la primera noche.

Fue un martes. A las tres en punto, un sonido antiguo cortó el sueño de todos: la campanilla del teléfono viejo, viva y girando como si nunca hubiese sido desconectada. El padre, sobresaltado, fue al pasillo creyendo que se trataba del teléfono nuevo. Pero el nuevo estaba en silencio. El timbre insistente venía del armario.

Abrió la puerta con una mezcla de incredulidad y fastidio. Allí estaba el aparato antiguo vibrando sobre el estante. No tenía cable. No tenía línea. No tenía sentido. Aun así, sonaba.

La madre apareció detrás de él, con la bata puesta y los ojos a medio abrir.

—Eso es imposible —murmuró.

El padre levantó el teléfono y lo movió, como esperando encontrar un truco físico que explicara el milagro. El aparato dejó de sonar al cabo de unos timbrazo, y quedó inmóvil, como un objeto muerto.

—Igual ha sido una interferencia —dijo la madre, intentando que la palabra “interferencia” sonara rotunda.

Cerraron el armario y volvieron a la cama. Pero a las tres en punto de la noche siguiente, el teléfono volvió a sonar. Y a la siguiente. Y a la siguiente.

Siempre a la misma hora.

El padre desmontó el aparato en busca de alguna batería interna, algún cable oculto, la más mínima trampa de la materia. No encontró nada. El teléfono era lo que parecía: viejo, simple, inerte.

Eso no impidió que cada noche, como obedeciendo a un reloj que nadie veía, sonara a las tres.

La cuarta noche, la tensión ya se había instalado como polvo fino en la casa. Los sonidos pequeños se agrandaban. El pasillo parecía más largo. El armario, más oscuro. Cuando el timbre empezó otra vez, no pudieron seguir ignorándolo.

El padre se levantó con paso lento y abrió el armario. El teléfono temblaba y sonaba con obstinación. Miró a la madre, que lo observaba desde el umbral con la cara pálida.

—Si no lo cogemos, no va a parar —dijo él, sin estar seguro de querer hacerlo.

Lo tomó con las dos manos y se lo llevó a la oreja.

—¿Sí?

Hubo silencio al otro lado, un silencio lleno de respiración tenue. Y entonces, una voz infantil, clara y muy cerca.

No sonaba como un recuerdo, ni como una voz de la familia: sonaba demasiado presente, como si la niña estuviera al otro lado del pasillo.

—¿Mamá?

El padre se quedó rígido.

—No… no soy mamá.

Un segundo de pausa.

—¿Papá?

—Tampoco. ¿Quién eres?

La niña no respondió de inmediato. Parecía hablar desde un lugar con eco de sueño.

—¿Está mi nombre? —preguntó con un hilo de voz.

—¿Cómo dices?

—¿Dónde está mi nombre?

La pregunta no sonaba a juego ni a broma. Sonaba a búsqueda desesperada.

—¿Qué nombre? Dime cómo te llamas.

La niña tardó en contestar.

—El mío.

Como si no pudiera pronunciarlo. Como si no lo recordara. El padre tragó saliva, luchando por mantener la calma.

—¿Con quién quieres hablar?

—Con la casa de mi madre.

—¿Y quién es tu madre?

—No sé.

El padre miró de reojo a la madre. Ella no se acercaba. Solo escuchaba, tiesa, como una estatua que no quisiera romperse.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

—Aquí —respondió la niña.

—¿Aquí dónde?

—Aquí donde suena.

El padre sintió un frío súbito por la nuca. No dijo nada durante un segundo demasiado largo.

—¿Me oyes bien?

—Sí.

—¿Tienes frío?

—Sí.

—¿Cómo te llamas?

Otra pausa. Y entonces la niña formuló la pregunta al revés, con una extraña lógica antigua:

—¿Tú sabes cómo me llamo?

—No —mintió el padre, sin saber por qué.

La niña suspiró.

—Entonces no eres tú.

Y colgó.

Cuando el padre volvió al dormitorio, no llevaba una explicación en la cara, sino otra cosa: un miedo tenue y una pena sin nombre. Contó lo ocurrido en voz baja. La madre no discutió ni se rió. Solo apretó las manos contra el edredón.

A la tarde siguiente, movidos por un impulso que ninguno supo nombrar, revolvieron cajas viejas del trastero. Entre álbumes y papeles amarillentos apareció una caja con fotografías. En el fondo, una cartulina escrita a mano: “Clara, 1984”.

El nombre los dejó quietos.

La madre se quedó mirando la cartulina como si le hubieran puesto delante una palabra prohibida.

Esa noche, durante la cena, lo preguntaron a los abuelos, que vivían en el piso de abajo y subían a menudo.

La abuela dejó el vaso en la mesa tan despacio que el gesto pareció un aviso. El abuelo apagó el televisor sin mirarlo siquiera.

—Clara… —repitió la abuela, con una voz a la que le faltaban años—. Era nuestra hija pequeña. La hermana de tu madre.

El silencio que siguió no fue de sorpresa, sino de algo más difícil: de puertas cerradas durante demasiado tiempo.

Les contaron lo que nunca habían contado. Clara había muerto con cinco años, en una neumonía que se la llevó en pocos días. La familia guardó el dolor como se guardan las cosas que no se sabe dónde poner: en un cuarto sin luz, lejos de las preguntas.

—Tenía mucha querencia a ese teléfono —añadió el abuelo, señalando el armario sin necesidad de verlo—Jugaba a llamar a la abuela. Se subía a una silla para llegar.

La madre, que había sido niña cuando aquello ocurrió, se quedó mirando el mantel como si por fin estuviera leyendo un nombre antiguo en él.

Esa noche, a las tres en punto, el teléfono sonó.

La madre fue al pasillo antes de que nadie pudiera detenerla. El timbre retumbaba dentro del armario abierto, igual que las noches anteriores. Tomó el auricular con manos temblorosas y contestó.

—¿Sí?

La respiración pequeña al otro lado.

—¿Mamá?

A la madre se le quebró la cara. Tardó un par de segundos en encontrar voz.

—No soy mamá, Clara —dijo al fin, y el nombre le salió como si le arañara—. Soy yo. Soy tu hermana.

Se oyó un sollozo diminuto, como un pájaro herido.

—¿De verdad eres tú?

—Sí, Clara.

El nombre, dicho en voz alta, pareció cambiar la temperatura del pasillo.

—¿Dónde está mi nombre? —preguntó la niña.

—Aquí, cariño. Está aquí conmigo.

—¿Y yo?

—Tú también estás aquí.

La niña no entendió. La madre lo percibió, como si el silencio tuviera forma.

—Tengo frío —dijo Clara.

La madre apretó el auricular contra su oreja, como si pudiera acercarla al calor.

—Ya no tienes que pasar frío —susurró—. Ya no.

Hubo otro silencio largo.

—¿Me vienes a buscar?

La madre cerró los ojos. Le costó hablar.

—No puedo ir. Pero puedo quedarme contigo… cada noche que quieras.

—¿A qué hora?

—A las tres.

La niña suspiró, de alivio o de cansancio.

—Vale.

Y antes de colgar, añadió algo que dejó a la madre quieta, con lágrimas en el cuello:

—Dile a mi papá que yo me acuerdo de él.

Clic.

Desde esa noche, las llamadas siguieron durante días. Siempre a las tres, siempre con la misma voz infantil que buscaba calor y nombre. La madre hablaba con ella en el pasillo a oscuras, con frases simples y temblorosas. A veces la conversación duraba un minuto; otras, más. Nadie escuchaba más de lo necesario. Era una intimidad hecha de dos mundos que se rozaban.

Una semana después, el teléfono no sonó.

La madre se despertó igual, esperando el timbre, pero la casa permaneció inmóvil. Tampoco sonó la noche siguiente.

La abuela dijo solo:

—Se ha ido.

Nadie lo discutió. Nadie se atrevió a pedir detalles.

A la mañana siguiente colocaron una de las fotos de Clara en el aparador del salón. La niña aparecía con un vestido de cuadros, con una cometa en la mano, sonriendo como si el aire le perteneciera. Bajo la foto, escribieron su nombre en un papel limpio: Clara.

El teléfono viejo lo dejaron también allí, en un rincón del aparador, sin línea y sin cable, como una silla que se reserva a quien ha estado.

Nunca volvió a sonar.

Pero desde entonces, cada vez que alguien pronunciaba aquel nombre, la casa parecía menos cerrada, menos pesada. Como si al fin hubiera aceptado que algunas cosas no regresan, pero tampoco desaparecen del todo. Y que a veces, durante unas noches exactas, el pasado llama solo para comprobar que su nombre sigue viviendo en algún sitio.

miércoles, 14 de enero de 2026

Una princesa de Marte. Edgar Rice Burroughs

Quienes hemos leído y disfrutado hace años con la lectura de "Una princesa de Marte" (1912), una novela de aventuras que podríamos decir que inaugura el genero de "capa y espada intergaláctico" o "the heroic-fantasy of science-fiction", no podemos por menos de sentir cierta decepción al ver esta película. La novela fue la primera de las 11 que el escritor Edgar Rice Burroughs, -conocido mundialmente por su serie sobre Tarzán-, escribió ambientadas en Marte (Barsoom). Luego vendrían otras obras ambientadas en Venus o en el interior de la Tierra. La película presenta abundantes diferencias con el libro, en quien se basa, tanto de forma como de fondo. La película de Disney, como no podía ser de otro modo suaviza un tanto el soterrado erotismo que destila la novela y en general la serie y que aparecerá en otras muchas novelas de fantasía heroica y algunas space operas de la época pulp. La película tampoco transmite la frescura de la novela ni se percibe la sensación de estar descubriendo el mundo maravilloso que transmite Burroughs en su obra.

La serie marciana de Burroughs ha inspirado cantidad de manifestaciones artísticas en el campo del cine, la literatura o el comic. La influencia de estas novelas en otros autores de ciencia ficción posteriores así como en el cine contemporáneo de género es evidente. Muchas de las obras de Jack Vance, Edmon Hamilton, Catherine L. Moore o Leigh Brackett tienen claras influencias cuando no son herederas del espíritu de maravilla y aventura fantástica de la serie de Marte. Leigh Brackett escribiría décadas más tarde una novela que es todo un homenaje a "Una princesa de Marte", "La espada de Rhiannon". La larguísima serie de Gor, cuyo autor es John Norman guarda grandes similitudes con la serie marciana de Burroughs, si bien carga más las tintas en el erotismo que en la fantasía o en la sci-fi.

Por otro lado y por lo que se refiere al cine, toda la rica imaginería del mundo "Star Wars" de George Lucas le debe mucho a Burroughs. Por cierto, Leigh Brackett colaboraría en los años 70 con Lucas como una de las guionistas de "El imperio contraataca". Incluso en la última película de James Cameron "Avatar", podemos ver bastantes similitudes entre los zarkanos de Barsoom y los Na´vi de "Avatar".

Contrariamente a lo que algunos aprendices de críticos dicen por ahí y que no tienen ni idea del largo recorrido del género, "John Carter" no copia a "Avatar" o a "Star Wars", sino más bien al contrario, estas películas tienen claras influencias de "Una princesa de Marte" de la que esta película no es más que una mediocre adaptación. Y es que salvo honrosas excepciones ("El Señor de los Anillos" puede ser una de ellas, "Blade Runner" o "El planeta de los simios", otras) los lectores solemos salir defraudados de la inmensa mayoría de las películas que se basan en las novelas o relatos que hemos leído. Por lo general nuestra imaginación está muy por encima de las plasmaciones cinematográficas posteriores.

Recordemos el argumento de la novela y algunas diferencias con la película:

"John Carter es teletransportado al planeta Marte. Allá será hecho prisionero por los zarkanos, una raza cruel, horrible, sin sentimientos, donde se hará acreedor a su respeto y admiración. será ayudado por la zarkana Sola y por el inseparable perro guardián marciano Vula, conocerá y se enamorará de la princesa Dejah Thoris, experimentando infinidad de aventuras y librando mil batallas hasta que finalmente consigue sus propósitos, sin embargo cuando todo parece aventurar un final feliz...es devuelto a la Tierra". En lo básico la película se inspira en la novela, pero la película se permite ciertas licencias respecto de la obra literaria:

En la película John Carter es teletransportado por un dispositivo de los thern, raza que no existe en la novela, ni tampoco el citado dispositivo. Las naves marcianas son impulsadas por energía solar, mientras en la novela son impulsadas por el viento. En la película se alude a la diosa de la que los thern son sus enviados mientras que en la novela no hay referencia a dioses marcianos, etc. El romance en la novela es crucial y actúa de motor de buena parte de las acciones del protagonista, mientras que en la película el romance es secundario y aparece tardíamente. (De hecho Dejah Thoris aparece bien avanzada la película y su presencia es intermitente). Algunos comportamientos del protagonista de la novela han sido convenientemente suprimidos o suavizados en la película porque serían calificados de políticamente incorrectos en el mundo en que vivimos.

La película no es mala. Es entretenida; tiene unos buenos efectos especiales (costó más de 250 millones de dólares, que no ha recuperado), pero es como un gran artefacto pirotécnico vacío, no transmite, ni emociona. ¿Qué falla?: casi todo, pero no hasta el punto de naufragar, la dirección de actores brilla por su ausencia, el actor protagonista no tiene el carisma necesario para interpretar este papel, el ritmo del relato fílmico avanza a trompicones. Pero sobre todo y esto es para mi lo más importante es una película absolutamente lastrada por el estilo excesivamente blanco de Disney, que ha eliminado el tono adulto del original literario. En resumen, es una correcta película de aventuras que creo no defraudará a quien no haya leído la novela original, y por lo tanto no tenía grandes expectativas en ella. Los demás, los buenos aficionados esperamos con ansia una adaptación cinematográfica que recoja mejor el espíritu del original.

sábado, 10 de enero de 2026

La aguja del doctor Costigan. Jerry Sohl

El doctor Costigan construye un aparato, una especie de puerta a un mundo paralelo. Un sabotaje por parte de unos fanáticos religiosos provoca que la abertura hacia ese mundo paralelo se ensanche, proyectando a ese espacio a un nutrido número de personas, que se encontraban en un determinado perímetro alrededor del aparato. Los viajeros parten de cero, de la situación más primitiva e intentan reconstruir su vida, su civilización anterior, consiguiéndolo. Al mismo tiempo logran construir un nuevo aparato para que les devuelva a la dimensión anterior, sin embargo ese aparato no puede conducirles a Chicago, a su Chicago de nuevo porque les conduce a otro mundo paralelo diferente. Los viajeros no lo saben y creyendo que la Aguja conducen a su mundo anterior, optan no obstante por permanecer en ese mundo paralelo en el que ya han vivido durante diez años de sus vidas. En la escena final un nuevo viajero sale del lago, como ellos diez años antes. Novelita que se deja leer pero en la que uno se sorprende por la facilidad con que un grupo humano, partiendo de cero, se hace con la tecnología necesaria para volver a su anterior dimensión. Afortunadamente nadie quiere volver, pues todos viven muy felices en su nueva arcadia, en su nueva sociedad utópica donde cada uno de ellos ha encontrado su camino.

jueves, 8 de enero de 2026

Bienvenido a Valmorga

Tomás no se perdió por una carretera equivocada, sino por una hora equivocada.

El navegador del vehículo llevaba un buen rato haciendo lo que hacen los aparatos cuando detectan que la realidad no encaja en sus cálculos: callarse. La pantalla mostraba su coche como un punto quieto sobre una nada gris. La radio alternaba voces distantes con una estática que, a ciertas horas, parecía respirar.

A las once y pico, la carretera se abrió en dos sin anuncio previo. La señal del desvío, iluminada por los faros, tenía el azul gastado de los pueblos pequeños y una tipografía que no se usa ya, como si perteneciera a otra época.

VALMORGA.

Debajo, alguien había añadido con pintura negra:

“HASTA EL AMANECER.”

Tomás frenó lo justo para leerse la frase dos veces. No le gustó. No por lo que decía, sino por la precisión de la promesa, como si el pueblo fuese un lugar con horario, una franja de realidad que sólo ocurría entre dos puntos del reloj.

El depósito estaba bajo y el orgullo no llenaba el tanque. Giró.

El desvío no tardó en tragarse el mundo. Los árboles se cerraron sobre el asfalto. Las cunetas se hicieron profundas, como zanjas. El cielo quedó reducido a una banda oscura encima del parabrisas.

Y entonces, como si alguien hubiera encendido un decorado, aparecieron las primeras casas.

No eran ruinas. Era un pueblo completo: farolas encendidas, ventanas con luz cálida, una plaza con una fuente cuyo agua caía con un ritmo obstinado. Todo estaba demasiado… listo. Demasiado presente.

Aparcó junto a la plaza y apagó el motor. Enseguida notó algo extraño: el aire tenía una densidad particular, como si dentro del pueblo las cosas pesaran un poco más. Como si el silencio, incluso, tuviera bordes.

Un hombre cruzó la plaza con paso tranquilo. Chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Sonrió sin sorpresa.

—Buenas noches. ¿Se ha perdido?

Tomás asintió, y el gesto le pareció una rendición.

—El GPS del vehículo… se ha quedado muerto.

—Aquí eso pasa —dijo el hombre, con naturalidad—. Pase. Hay sopa caliente.

Se presentó como Julián. Lo condujo al bar de la esquina, Casa Ventura. Dentro, tres o cuatro mesas ocupadas, un televisor sin sonido, y una mujer detrás de la barra colocando vasos con precisión, como si el orden fuese parte del ritual.

—Al de fuera póngale de cenar —dijo Julián.

La mujer le sonrió a Tomás como si lo conociera.

—¿Sopa? ¿Tortilla?

Tomás eligió sopa. En la primera cucharada notó un sabor doméstico, reconfortante. Y, debajo, una nota metálica muy leve, como la que deja el agua de un pozo.

Las conversaciones eran normales si se escuchaban por encima; inquietantes si se atendía a las palabras exactas.

—Hoy ha tardado en cerrar —dijo alguien.

—La luna viene clara, eso estira —respondió otro.

—Mientras no se quede nadie fuera… —añadió una tercera voz, y se calló de golpe.

Julián se inclinó hacia Tomás, bajó la voz. Esta vez no sonó misterioso; sonó serio.

—Aquí lo difícil no es llegar —dijo—. Es decidir qué hace uno mientras es de noche: si se queda… o si sigue.

Tomás dejó la cuchara.

—¿Seguir? ¿Hacia dónde?

Julián miró un instante hacia la puerta, no como quien teme que entre alguien, sino como quien teme que salga alguien.

—Hacia donde no debería ir sin querer —dijo—. Si se queda, está a salvo hasta el amanecer. Si sigue… no puedo prometerle nada.

No hubo dramatismo en la frase. Lo que la hizo pesada fue que parecía una norma vieja, anterior a Julián, anterior al bar, anterior incluso al propio pueblo.

—¿Y por qué me lo dice así?

Julián se encogió de hombros.

—Porque usted ha llegado. Y cuando alguien llega, tiene derecho a elegir.

Le ofrecieron una habitación en la pensión junto a la iglesia. La mujer de la recepción le entregó una llave grande y antigua con una etiqueta de cartón: Nº 3.

—Cuando empiece a clarear —dijo, sin mirarlo demasiado— no abra la ventana. Y no salga.

—¿Es peligroso el amanecer?

—No. El amanecer es… el final —respondió ella—. El pueblo se apaga. Lo demás, ya no.

Tomás subió con el cansancio pegado al cuerpo. En la mesilla había un reloj parado en 2:12. Afuera, la fuente seguía sonando, como si marcara el tiempo verdadero de Valmorga.

Se durmió.

Soñó con señales que cambiaban de nombre cuando uno parpadeaba. Con carreteras que se estiraban como piel. Con una puerta en mitad de la noche que sólo pedía una cosa: movimiento.

Lo despertó un silencio absoluto.

No el silencio normal del alba, sino un corte, como si alguien hubiera apagado el sonido con un interruptor.

Abrió los ojos.

No estaba en la habitación.

Estaba tumbado en mitad de una carretera desierta, con el cielo pálido encima y el frío del asfalto subiéndosele por la espalda. Su coche estaba en el arcén, cubierto por una película de polvo fino, como si hubiera pasado allí demasiado tiempo.

Se incorporó con torpeza, desorientado. Miró alrededor: un campo seco, el horizonte limpio. No había casas. No había plaza. No había fuente.

En la cuneta, a unos metros, yacía un cartel oxidado, caído como un animal viejo. Tomás se acercó y lo enderezó con esfuerzo. El metal chirrió.

VALMORGA.

En la parte inferior, remachada con tornillos, una placa metálica pequeña decía:

“Desaparecido el 14 de enero de 1976.”

Tomás sintió que algo dentro se desplazaba, como si su mente intentara recolocar piezas que no encajaban. Cincuenta años. Un número imposible para una sopa de hacía unas horas.

Dio la vuelta al cartel.

En el reverso, letras grabadas con punzón, toscas:

“SI CONTINÚAS, TEN CUIDADO.”

Debajo, más pequeño, como añadido después:

“TE DEVUELVE.”

Tomás se quedó inmóvil. Miró la carretera recta. Miró el coche. Miró la placa otra vez, como si las letras pudieran cambiar si insistía lo suficiente.

En el asiento del copiloto vio una servilleta doblada. La abrió.

“Gracias por quedarte.”
“Estuviste a salvo.”

Debajo, una frase más apretada:

“Si alguna vez continúas, no pares.”

Tomás volvió a sentarse al volante. El reloj del coche marcaba extrañamente las 2:12.

No avanzaba.

El motor del coche arrancó a la primera, obediente. Tomás condujo en dirección contraria a la que creía haber venido. Quería una gasolinera, una carretera principal, un lugar con luz de día que le devolviera la lógica.

Pero cuanto más conducía, más se le parecía todo. El mismo tramo de asfalto, la misma curva suave, el mismo poste reflectante inclinado.

Y, a los pocos minutos, como si la carretera fuera un circuito cerrado, apareció de nuevo el desvío.

El cartel azul.

VALMORGA.
“HASTA EL AMANECER.”

Tomás frenó y respiró hondo.

Había un bucle. Una devolución. Una manera de corregir el desvío… o de insistir en él.

Esa noche —porque la noche siempre volvía a su pesar—, la escena se repitió casi con exactitud: la radio con estática, el navegador en silencio, el desvío con el azul gastado.

Y Tomás, otra vez, con la elección delante.

Esta vez no entró en le pueblo.

Mantuvo la velocidad.

No se detuvo. No apagó el motor. No miró el cartel más de lo necesario.

Pasó de largo.

Al principio no ocurrió nada. Sólo la carretera, la noche, el zumbido del motor.

Luego, la estática de la radio cambió. Ya no era ruido: era un murmullo, como si muchas voces hablaran a la vez desde una habitación cerrada. Los reflectantes de las cunetas empezaron a aparecer en pares demasiado simétricos, como ojos alineados. La línea blanca central, por un instante, le pareció dibujada a mano: temblorosa, imperfecta.

Tomás apretó el volante. Notó, sin querer, que el coche tendía a bajar una marcha, como si el propio motor dudara. Como si algo, en la noche, invitara a frenar.

Entonces lo vio.

A la derecha, entre los árboles, una forma demasiado alta para ser un animal y demasiado quieta para ser una persona. No se movía como un cuerpo.

Tomás no frenó.

Más adelante, el arcén se iluminó un segundo con una luz que no venía del coche. Una luz baja, como de farola… pero no había farolas en aquel tramo. Y en esa luz se intuyeron sombras que no correspondían a criaturas conocidas,  como si pertenecieran a otro mundo.

El murmullo de la radio subió un poco. No eran palabras. Eran ritmos. Respiraciones. Una sincronía que le erizó la piel.

Tomás sintió ganas de mirar por el retrovisor. De comprobar que el desvío había quedado atrás. De asegurarse de que el mundo seguía siendo el suyo.

Recordó la servilleta: “Si alguna vez continúas, no pares.”

No miró.

No frenó.

Y la carretera empezó a cambiar de manera casi imperceptible. No con luces extrañas ni con grietas en el cielo. Con detalles: el olor del aire, demasiado dulce; la ausencia de insectos; el hecho de que el sonido del motor parecía apagarse en ciertos tramos como si lo tragara una espuma invisible.

Entonces ocurrió lo peor: la sensación de que el espacio se estaba volviendo más grande por dentro.

Como si el asfalto no llevara a un lugar, sino a una distancia. Como si, cuanto más avanzaba, más se despegaba de todo lo que había sido su ruta, su noche, su mundo.

Vio algo más. O creyó verlo.

Una figura en el margen de la carretera, inmóvil, mirando. No tenía rasgos que pudiera describir. 

Tomás contuvo la respiración, como si respirar fuese una manera de hacer ruido.

Apretó el acelerador.

Y, de pronto, sin transición, volvió el silencio absoluto.

Un corte.

Como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme.

El cielo aclaraba.

Tomás parpadeó y sintió el golpe frío del amanecer.

El coche estaba parado en el arcén de una carretera desierta. Cubierto de polvo fino. El reloj del cuadro de mandos marcaba las 2:12.

En la cuneta, el cartel oxidado yacía caído.

VALMORGA.

En el reverso, las letras grabadas parecían más profundas de lo que recordaba:

“SI CONTINÚAS, TEN CUIDADO.”
“TE DEVUELVE.”

En el asiento del copiloto, una nueva servilleta, doblada con cuidado.

Tomás la abrió con manos temblorosas.

“Te lo dijimos.”
“No todos vuelven.”

Debajo, una última frase, apenas un rastro de tinta:

“La próxima vez, quizá no te encuentre la carretera.”

Tomás miró la línea recta delante de él. El día era claro. El campo, seco. Todo normal.

Pero dentro, muy dentro, seguía oyendo la fuente de la plaza, como un reloj que marca la única certeza de Valmorga: que allí, mientras es de noche, uno puede estar a salvo.

Y que el verdadero peligro no es perderse.

Es decidir, en esa franja exacta de tiempo, si uno se queda… o si sigue su camino.