Pueblan el silencio
el piar de algún pájaro,
el aire que choca contra las hojas de los arboles,
el ruido del agua de la fuente al caer.
Pasa el tiempo.
Algunas madres acompañadas de sus hijos llegan
y se sientan en cada uno de los bancos de piedra o madera
que están uniformemente distribuidos por el parque.
Mientras aquellas hablan y hablan sin cesar
los pequeños se pierden entre los arboles,
entre los setos de los jardines y juegan.
Transcurre el tiempo
y el silencio del agua,
del aire
y de los mudos pájaros
se ha visto enturbiado
por el murmullo de las conversaciones
que poco a poco se elevan de tono.
Un viejo está sentado sobre un banco de piedra
y a su alrededor se arremolinan decenas de palomas,
acompañándole sobre el banco,
apoderándose de él,
bajo sus pies,
sobre su cabeza, hombros y piernas.
Un niño ha corrido hacia las palomas
y estas han emprendido rápidamente veloz ascensión
hacia las ramas de los arboles más cercanos.
Mientras, las estatuas de fría piedra esculpida
que jalonan el paseo
permanecen inmutables
en su silencio,
en su quietud secular.
Y hay quienes pasean sus minúsculos perros
por las calles del Paseo,
y sobre los bancos de piedra
permanecen sentadas algunas madres,
algún viejo,
algún matrimonio
alguna joven pareja.
Y el tiempo pasa,
y el agua sigue cayendo,
y los arboles siguen dando sombra,
y las palomas vuelven al regazo del anciano,
y los niños continúan jugando
y las madres hablan y hablan,
y los perros se orinan bajo las farolas.
Atardece.
El sol deja de iluminar el parque,
adueñándose de este una rojiza oscuridad.
Y los niños,
y los viejos,
y las madres
y los perros
abandonan el lugar.
Las farolas se encienden,
alumbrando con débil luz
la solitaria oscuridad de ese rincón vacío ya de gente.
Más ahí seguirá el parque,
de día o de noche,
en el triste otoño, cubierto de hojarasca
o en el invierno, tapizado por un inmenso manto blanquecino
y siempre igual:
el viejo,
el niño,
la madre habladora,
el perro.
Silencio,
tarde de verano,
silencio.
Pamplona. Agosto 1982



