sábado, 19 de enero de 2019

El parque

El Paseo está solitario. 
Pueblan el silencio 
el piar de algún pájaro, 
el aire que choca contra las hojas de los arboles, 
el ruido del agua de la fuente al caer.

Pasa el tiempo. 
Algunas madres acompañadas de sus hijos llegan 
y se sientan en cada uno de los bancos de piedra o madera 
que están uniformemente distribuidos por el parque. 

Mientras aquellas hablan y hablan sin cesar  
los pequeños se pierden entre los arboles, 
entre los setos de los jardines y juegan. 

Transcurre el tiempo 
y el silencio del agua, 
del aire 
de los mudos pájaros 
se ha visto enturbiado 
por el murmullo de las conversaciones 
que poco a poco se elevan de tono.

Un viejo está sentado sobre un banco de piedra 
y a su alrededor se arremolinan decenas de palomas, 
acompañándole sobre el banco, 
apoderándose de él, 
bajo sus pies, 
sobre su cabeza, hombros y piernas. 
Un niño ha corrido hacia las palomas 
y estas han emprendido rápidamente veloz ascensión 
hacia las ramas de los arboles más cercanos.

Mientras, las estatuas de fría piedra esculpida 
que jalonan el paseo 
permanecen inmutables 
en su silencio, 
en su quietud secular. 

Y hay quienes pasean sus minúsculos perros 
por las calles del Paseo, 
y  sobre los bancos de piedra 
permanecen sentadas algunas madres, 
algún viejo, 
algún matrimonio 
alguna joven pareja.

Y el tiempo pasa, 
y el agua sigue cayendo, 
y los arboles siguen dando sombra, 
y las palomas vuelven al regazo del anciano, 
y los niños continúan jugando 
y las madres hablan y hablan, 
y los perros se orinan bajo las farolas. 
Atardece. 
El sol deja de iluminar el parque, 
adueñándose de este una rojiza oscuridad. 

Y los niños, 
y los viejos, 
y las madres 
y los perros 
abandonan el lugar.

Las farolas se encienden, 
alumbrando con débil luz 
la solitaria oscuridad de ese rincón vacío ya de gente. 

Más ahí seguirá el parque, 
de día o de noche, 
en el triste otoño, cubierto de hojarasca 
o en el invierno, tapizado por un inmenso manto blanquecino 
y siempre igual: 
el viejo, 
el niño, 
la madre habladora, 
el perro. 

Silencio, 
tarde de verano, 
silencio.

Pamplona. Agosto 1982

jueves, 10 de enero de 2019

Microrrelatos: Viaje en tren

Sentado sobre un banco, espero impaciente la llegada del tren. Pasa el tiempo y a cada momento miro una y otra vez el reloj. Por fin en la larga recta que enfila la estación se ve ya el potente faro de la locomotora que se acerca velozmente. La gente que abarrota la estación se apresura a subir cuanto antes al tren. Los altavoces han anunciado su llegada, procedencia y destino y tiempo de parada. He cogido las maletas y agarrándome a la fría barandilla subo a uno de los vagones. La gente se va acomodando poco a poco en sus asientos. La estación ha quedado casi vacía. Solamente ciertos familiares saludan con la mano a algunos de los recién subidos que, con emoción no disimulada, se despiden de aquellos. Luego un señor con gorra roja y un banderín debajo del brazo se dirige a la parte anterior del tren, concretamente hacia la locomotora. Un pitido, e inmediatamente todo el tren es sacudido por un movimiento brusco de atrás hacia adelante. Nos hemos puesto en marcha. Las casas, carreteras, arboles pasan, primero despacio, después mucho más rápido ante mis ojos.

En el interior del vagón algunas familias, hombres de negocios impecablemente vestidos, soldados de permiso tal vez, alguna monja. Todos hablan y hablan. Y entre el murmullo de sus conversaciones y entre el vaivén y la contemplación del paisaje a través de la ventana pasa el tiempo y por momentos me quedo casi sumido en una agradable somnolencia, solo rota por la voz de un señor vestido de azul que va pidiendo los billetes a cada uno de los viajeros, y ya le veo perderse al final del pasillo, camino de otro vagón. Y el tren se detiene en una y otra ciudad. Gentes que suben. Gentes que bajan. No. Todavía no he llegado. El sopor se acrecienta y se apodera de mí y sin darme cuenta me he quedado dormido...

De pronto, el tren ha parado y el ruido de la gente bajando las maletas me advierte de que por fin  he llegado a mi  destino, he llegado a casa. Somnoliento, cansado por el viaje, cegado por los imprevistos rayos del sol del mediodía, con la maleta en la mano bajo del tren. La gente abarrota de nuevo la estación. Otra estación. Otras despedidas, o tal vez otros recibimientos. Gentes que van de aquí para allá, movidos por mil circunstancias diferentes...y el tren en el que he llegado parte de nuevo a otro lugar. Atrás dejo la estación. Me encamino a casa. Una sensación de alegría por la llegada a mi ciudad, a mi casa me invade.

Pamplona. Septiembre 1982

miércoles, 2 de enero de 2019

El tiempo

Oscura prisión de la que parece imposible escapar. 

Cada tic-tac del reloj nos roba un poco de vida. 

Nuestro existir condicionado 
por los recuerdos del pasado, 
por las posibilidades abiertas del futuro 
se agota a medida que ese reloj de pared 
mueve regularmente,  maquinalmente,  
el péndulo, de un lado a otro,  
tic-tac, eternamente,  
y las agujas giran 
y los días y las noches pasan 
y así todas las cosas sujetas a cambio 
envejecen, 
mueren, 
desaparecen.

Tupida telaraña que cubre la existencia de la vida. 
Habitación oscura que ilumina el alba, 
que alumbra con bríos el sol del mediodía, 
que se oscurece en la noche. 

Día que dura toda una vida. 
Implacable con todo lo existente. 
Si no existiera el tiempo, 
¡Cuán felices seríamos!. 
Imposible fantasía. 

Si el tiempo no existiese, 
no existiríamos nosotros. 
Caen lentos los granos del tiempo 
por el fino hilo del reloj de arena.

¡Volvamos a empezar!

El tiempo no perdona nuestros errores. 
Nos conduce sin compasión, 
inconmovible, 
hacia el fin o tal vez es el fin, 
la muerte 
quien desde el principio coloca junto a nosotros 
ese pequeño reloj mecánico o de arena... 
y nuestras ropas se agrietan, amarillean, rompen 
y nuestra piel se arruga 
y todo lo que nos rodea siente la pesada mano de ese ser invisible.

La telaraña se cierra sobre nosotros. 
Recuerda el anciano su pasado con emoción 
y su presente sin futuro es ya hoy la muerte. 
La casa se derrumba, 
el árbol se seca... 

Cambian con rapidez las circunstancias. 
Cambiamos nosotros. 
Morimos. 
El tiempo ha dejado de existir... (para nosotros). 
Ya no cae más arena por el fino hilo de cristal...
Los relojes se han parado.

Pamplona. Septiembre de 1982 

martes, 1 de enero de 2019

Presentación


Este blog personal empezó con otro nombre: se llamaba "La sombra tras la ventana". Lo abrí allá por abril de 2012. Fue el primero de mis blogs pero la creación de otros, alguno de ellos con gran acogida, como "Memorias del viejo Pamplona", hicieron que éste quedase prácticamente hibernado durante estos años. Allí volqué algunos materiales escritos entre 1981 y 1990, fundamentalmente relatos, poemas y prosa poética, cuando apenas tenía 17 o 18 años y tenían, tienen para mi el encanto de los recuerdos y la ingenuidad de la edad. Muchos contienen elementos fantásticos. Algunos son autobiográficos. El romanticismo más arrebatador, también en lo literario, la atracción por lo oscuro, extraño, melancólico, fantástico o sobrenatural ha sido una constante desde mi más temprana edad. Ahora me he planteado resucitar ese proyecto bajo el nombre de "Sombras tras los visillos" y ampliarlo con nuevos materiales de producción propia, además de reseñas literarias sobre los libros que he leído. Los temas son recurrentes en ambos casos: el amor, la fantasía, lo sobrenatural, el miedo, la ciencia ficción, etc.  Se llama "Sombras tras los visillos", si, como esas ventanas de los pueblos cuyos visillos se entornan cuando pasa un forastero, y donde a menudo tienes que imaginar quien está al otro lado.

ACTUALIZADA: En el año 2025 retomo con fuerza este blog después de varios años inactivo, desempolvando borradores de cuentos y relatos escritos o esbozados en los años 80 y me planteo además desgajar el apartado de literatura fantástica de mi blog "Fringemanía" e incorporarlo  a este blog. En cierto sentido parto de cero, pero el enorme éxito cosechado por mi blog "Memorias del Viejo Pamplona" con más de 7 millones de visitas me animan a relanzar mis otros blogs  y  entre ellos este. Espero que disfruten tanto leyéndolo como yo escribiéndolo