Pamplona. 2035. Yo no me veía haciendo de guía. Había estado acostumbrado a estar demasiados años recuperando historias entre papeles, archivos y fotos que hacer una visita guiada para un numeroso grupo de personas de diversa condición me daba cierta pereza.
Pero luego me llamaron de la Asociación del Casco Antiguo, en la que me había jubilado hacía cinco años: “Para el
50º aniversario queremos hacer una Ruta especial. La
tuya, la de las historias que cuentas en Memorias del Viejo Pamplona.” Y cuando te dicen “la tuya” a estas alturas, te han ganado el corazón.
Llevaba hablando de mi ciudad desde hacía más de 20 años, primero siguiendo la estela de mis recuerdos personales, luego investigando entre legajos la Pamplona de los siglos XIX y XX, sus comercios, sus calles, sus costumbres, repasando su pequeña historia, como se revisa la vida de una persona, como una crónica sentimental e intimista llena de amor y de detalles y porque no, con un cierto componente nostálgico que después de haberlo negado, -recuerdo la introducción que redacté cuando inicié mi pequeño cuaderno de bitácora digital-, con el paso de los años reivindico y además sin ningún tipo de recato.
Así que acepté.
Me dijeron: “Queremos que mezcles historia con recuerdos
personales, que se note que es una ruta de aniversario, emotiva.” Y yo pensé
que eso era como pedirme que respirara. Porque mi memoria está hecha de piedras y rincones del Viejo Pamplona.
Durante una semana me preparé el recorrido como si fuera la
primera vez. Repasé planos, actas, libros, viejos artículos de prensa, recorté
anécdotas que me gustaban. También saqué mis recuerdos como quien saca fotos de una
caja vieja: el bar-bolera donde entré por primera vez con diez y seis años en la calle del Carmen, la zapatería de la calle Eslava donde mi madre me compraba los zapatos, la primera vez que bailé con las peñas a la salida de la plaza de toros y pensé “esto no se puede acabar nunca”.
Quería una ruta que fuera como Pamplona misma: tres burgos
distintos cosidos a mano, cada uno con su carácter, todos obligados a convivir.
El ensayo lo hice un martes al anochecer. A mí me gusta
ensayar solo, cuando el Casco empieza a vaciarse y la ciudad baja el volumen,
porque así oigo mis propios pasos y sé si una parada tiene el ritmo que debe.
Era octubre, soplaba aire frío desde el río y las fachadas olían a humedad.
Empecé en la Plaza Consistorial, como manda la ortodoxia.
Miré el Ayuntamiento, me imaginé al grupo alrededor mío, solté en voz baja el
primer tramo:
—“Aquí, donde hoy estamos, empezaba la Navarrería…”
Bien.
Callejeé hacia Mercaderes, subí por Curia hacia la
Catedral, bajé por Dormitalería hacia la Bajada de Javier, crucé la plaza del Castillo, lo justo
para volver. Lo de siempre, pero con oído de estreno.
Y al llegar al inicio de la calle Nueva, donde
suelo explicar el límite antiguo entre San Cernin y San Nicolás, lo vi.
No es que “apareciera”. Estaba allí como si hubiera estado
siempre.
Un hombre de unos cincuenta años (no sé decirte porque lo
que venía con él era otro tipo de edad), con chaqueta larga oscura, sombrero de
ala corta, barba cuidada y un bastón que no era de señor sino de oficio. Tenía
una libreta bajo el brazo, de las de papel grueso, y una mirada viva, de esas
que le brillan a la gente que todavía cree que una ciudad es una novela.
Me paré. Me metí en el papel de guía y con un punto de desconfianza amable le dije:
—Buenas noches.
Él me contestó con una reverencia mínima, casi divertida.
—Buenas noches, colega.
“Colega.” Me sonó rarísimo en su boca, y a la vez exacto.
Como si lo hubiera estado usando toda su vida.
—¿Te has perdido? —pregunté.
Él miró alrededor, aspiró el aire como quien prueba un
caldo.
—No. Estoy donde tengo que estar. Solo que… —frunció el
ceño— esta Pamplona huele menos a establo de lo que recordaba.
Ahí se me helaron las manos de repente.
Porque el tono era de broma, sí. Pero la frase no era de
broma. Era una constatación.
—¿Quién eres? —solté, sin rodeos. Ya me conozco: cuanto más
raro es algo, más directo me pongo.
Él se apoyó en el bastón, sin miedo.
—Me llamo Martín Echauri. Guía de oficio. Desde 1863. —Me
miró fijo, con una curiosidad casi infantil—. Y tú eres… el de ahora.
Tuve que reírme, pero me salió una risa seca.
—No hay guías en 1863.
—¿Cómo que no? —se ofendió con gracia— ¡Claro que los hay!
¿Cómo crees que vienen los forasteros a conocer los tres burgos? No todo es mi
célebre tío el sacristán. Algunos tenemos la garganta para contar y las piernas
para enseñar.
No era un actor. No tenía la impostura del actor. Tenía ese
orgullo práctico de quien se sabe útil.
Me acerqué medio paso, como si la proximidad me fuera a
clarificarlo.
—¿De 1863 dices?
—De hoy, para mí. —Se encogió de hombros—. O de ayer. No te
sé decir. El tiempo se comporta un poco raro cuando uno camina solo.
Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y esa
normalidad fue lo que más me desarmó.
No te voy a contar aquí que me puse a revisar la realidad
como si fuera una fotografía. Tampoco te voy a decir que en ese instante creí
en fantasmas o en milagros. Solo te digo la verdad: el Casco Antiguo es capaz
de hacerte aceptar cosas imposibles sin que te dé tiempo a discutirlas.
Y además yo estaba ensayando una ruta sobre tres burgos que
coexistieron a disgusto durante siglos.
¿Qué iba a hacer? ¿Decirle que no?
—Estoy preparando la Ruta de los Tres Burgos para el 50º
aniversario de la Asociación del Casco Antiguo —le solté, casi por inercia profesional.
—Ah. —Sus ojos se iluminaron— ¿La ruta de Navarrería, San
Cernin y San Nicolás? Mi mejor recorrido. Yo también la hago.
Por un instante sentimos lo mismo los dos: esa complicidad
de oficio, el “ah, tú también sabes lo que es cargar con una ciudad en la
lengua”.
Me oyó la duda.
—Anda —dijo—. Hazla. Yo te sigo. A ver qué han hecho con
ella.
—¿Y si…? —empecé.
—Si yo puedo andar, tú puedes contar —me cortó, sonriendo.
Me oyó el silencio y lo llenó con oficio.
—Antes de empezar —dijo— dime una cosa: ¿qué vas a contarles tú? ¿Piedras? ¿Pleitos? ¿Santos?
Iba a contestarle con la lista de siempre, pero me salió otra cosa. Me salió mi cuaderno invisible: años y años mirando la ciudad no solo como mapa, sino como mostrador.
—Voy a contarles que esto bullía —dije—. Que a mediados y finales del siglo XIX las rúas medievales estaban llenas de tiendas, talleres y pequeñas fábricas. Que en locales estrechos cabía de todo: calzado, curtidos, chocolates, lejías, hierros, alpargatas, medias… hasta hielo y gaseosas. Que casi todo se hacía aquí, a mano, cerca.
Martín asintió con una gravedad alegre.
—Eso sí es ciudad. Eso es lo que huele.
Y ahí, como si él me hubiera abierto una compuerta, empecé a desgranar palabras que yo había leído y anotado tantas veces que ya eran casi recuerdos propios:
—Y la alimentación tenía nombres que ahora se han vuelto sinónimos por pereza —seguí—: ultramarinos, colmados, coloniales… y abacerías. Aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao… lo no perecedero.
—Abacería —repitió él, paladeándola—. Esa palabra la he oído mil veces. Y si la dices bien, hasta vuelve el olor.
Nos echamos a andar hacia la Catedral. Al pasar por una esquina húmeda, Martín levantó el bastón y señaló, como quien señala una escena que solo él ve.
—Ahí mismo —dijo— había un bastero. Y más arriba, un guarnicionero. Cuando llovía, el cuero olía como si la calle respirara.
Yo me reí, porque en mis notas estaba esa misma fauna humana, pero en tinta y no en voz.
—Basteros, guarnicioneros… bauleros… blanqueadores de cera —dije—. Y lo de la cera no era un detalle menor: las casas pobres alumbraban con velas de sebo, las pudientes con velas de cera. Hasta la luz marcaba la clase.
Martín hizo un gesto con la mano, como si espantara un argumento demasiado moderno.
—En mi tiempo no se decía “clase”. Se decía “se nota”.
Seguí, ya lanzado, como si le estuviera leyendo mi propia libreta.
—Boteros que hacían botas y pellejos para vino… broncistas… casulleros para ornamentos de culto… cedaceros con tamices, pero también fuelles y cubos… cesteros… cordeleros… corseteros… doradores… herreros y cerrajeros… traperos o ropavejeros… hojalateros, latoneros, plateros… Y luego, los “componedores de”: relojes, máquinas de coser, paraguas…
Martín soltó una risita.
—Componedores… sí. Ahora lo tiráis todo, ¿no? En mi Pamplona se arreglaba lo que se podía… y lo que no, también.
—Y la bisutería se llamaba quincalla fina —añadí—. Y mercería iba casi siempre con paquetería.
Martín se paró en seco, miró alrededor y olfateó como un perro viejo.
—“Quincalla fina”… —repitió—. Si lo dices delante de gente, alguno lo va a recordar aunque no sepa de qué.
No había terminado la frase cuando, sobre una fachada actual, vi durante un segundo una sombra de rótulo antiguo, como una piel superpuesta. Una palabra de madera que el ojo no pudo leer del todo.
Parpadeé. Desapareció.
Martín ni se inmutó.
—A veces se asoman —dijo, casi contento—. Pero solo si los nombras con respeto.
Y entonces lo entendí: Martín no era solo un guía del XIX. Era el permiso.
Y echó a caminar como si fuera lo más lógico del mundo.
No sé si fue valentía o puro cansancio de viejo guía, pero
empecé a explicarle la ruta.
Fuimos hacia la Catedral.
—Aquí empieza la Navarrería —dije, como siempre—, el burgo
episcopal, el más antiguo…
Martín alzó la mano.
—En mi Navarrería, el aroma a madera se agarraba a las
esquinas —comentó— la calle estaba llena de carpinterías: Aramburu, Martiricorena, Sauca, Bengoa, Elcarte. Y en esta cuesta de Curia se oía la herrería del maestro Salas desde el alba.
Yo miré alrededor: no había herrería, claro. En su lugar había una
tienda de tés y un piso turístico con persianas nuevas.
—Aquí hubo chocolaterías, tintorerías, tornerías, zapaterías, sí —acepté—. Y curtidos. Pero ahora hay otras cosas. Cambian las necesidades, cambian los tiempos, cambian las tiendas.
Martín frunció el ceño y se acercó a una puerta moderna.
—¿Y esto qué es? ¿Una casa de huéspedes sin rótulo?
—Pisos turísticos —le dije.
Él no entendió la palabra, pero entendió la idea.
—Ah. Gente que viene y no se queda. Siempre ha habido, pero
antes se les decía “forasteros”.
Nos reímos los dos, la primera risa limpia de la noche.
Llegamos al claustro.
Yo señalé.
—Esta piedra ha visto pasar…
—No, no —me interrumpió Martín, tocando la pared como quien
saluda a una persona—. Esta piedra escuchó primero. Antes de ver,
escuchó.
Me miró como si estuviera seguro de que yo lo sabía.
Y lo sabía, pero no lo habría dicho así.
Seguimos tramo a tramo. Yo narraba mi Pamplona: la de las
restauraciones, la de las peatonalizaciones, la de las tiendas que luchan por
no bajar la persiana, la de los Sanfermines que cada año cambian una milésima y
a la vez son idénticos a los anteriores.
Martín narraba la suya: murallas intactas que te separaban
de los campos como una tajada de pan duro, tabernas con suelo de barro, olores
de establo mezclados con incienso, soldados que vigilaban pasos, costureras que
cosían en las ventanas porque era la manera de ver vida sin dejar de trabajar.
Los dos íbamos diciendo lo mismo y cosas distintas.
Y empezó a pasar algo raro.
Mientras hablábamos, la ciudad parecía… responder.
En la cuesta de Santo Domingo, al explicar yo las carreras de los corredores y él el paso de los soldados, oímos un relincho. Un relincho real,
fuerte. Nos giramos. No había caballo. Pero el sonido se había quedado
suspendido un segundo en el aire como una nota.
En la calle Mañueta, al nombrar Martín la fonda de Benito Reta “la de antes”, vi (no sé si lo vi o lo recordó el ojo) un letrero viejo
de madera sobre el del comercio actual, como una sombra superpuesta. Parpadeé y desapareció.
Martín lo vio también. Me lo dijo sin dramatismo:
—A veces se asoman.
—¿Qué?
—Las cosas. Cuando las nombran.
Se me erizó la nuca. Pero seguí la ruta. ¿Qué iba a hacer?
Cuando una historia empieza a hablar, si la cortas te persigue.
Llegamos al límite con San Cernin.
Yo expliqué el pleito eterno entre burgos, las tensiones,
las murallas internas que los separaban antes de la Unión de 1423.
Martín añadió, con media sonrisa:
—Yo he visto tirar piedras de un lado al otro. Literalmente.
No lo contéis siempre como metáfora, que los mozos tenían buena puntería. Y eso me extrañó muchísimo, porque las murallas entre los burgos se derribaron hacía muchos siglos y Martín no pasaba, como he dicho, de los 50 años.
Y justo al decirlo, una piedra pequeña rodó desde un alero y
cayó al suelo entre nosotros. No nos dio, pero se quedó ahí, fresca, como
recién soltada.
Nos miramos. No dijimos nada.
Seguimos hacia San Cernin.
Ante el pocico de San Cernin, yo conté lo de la iglesia
fortaleza, lo de las defensas, las peñas y las sociedades gastronómicas cercanas. Martín contó cómo se
refugiaban allí los moradores del burgo cuando el burgo rival apretaba, cómo el campanario servía de
torre de vigilancia, cómo el pan se repartía en tiempos malos.
Mientras lo decía, las ventanas del campanario parecieron
iluminarse un instante con un fuego que no era de ahora. Un resplandor breve,
como de antorchas.
Martín lo observó con respeto, sin sorpresa.
—Eso es —murmuró.
No pregunté. No quería la respuesta en ese momento.
Terminamos el ensayo casi a la una de la mañana, en la Plaza
del Castillo, donde siempre cierro con una frase de orgullo razonable. Yo
estaba agotado. Martín también, pero con un brillo raro en la cara, como si
hubiera vuelto a una casa que le faltaba.
—Buena ruta, colega —me dijo—. Tu Pamplona es distinta, pero
no está mal cosida.
—La tuya… —empecé.
—La mía ya no está —me cortó con una tristeza breve—. Pero uno se acuerda.
Se dio la vuelta, caminó hacia el Paseo Sarasate y, como si
se metiera en una niebla que yo no veía, se desdibujó sin ruido.
Me quedé solo, con la Plaza vacía y un frío de golpe en el
estómago. Y pensé que quizá estaba más cansado de lo normal. Que habría
imaginado un actor, un sueño, una mezcla de lecturas.
Pero al llegar a casa encontré en el bolsillo de la chaqueta
una cosa que no era mía: una tarjeta pequeña, de papel áspero, con una
caligrafía antigua.
“Ruta de los Tres Burgos. Martín Echauri, guía.”
Esa misma semana hice la ruta oficial con un grupo de unas
treinta personas, dentro del programa del 50º aniversario.
Me llevé mis notas en el bolsillo, como amuleto; ya sabía que una palabra bien dicha podía abrir una grieta.
No dije nada de Martín. No soy imbécil. Yo sé que hay
historias que, si las cuentas antes de tiempo, se mueren en la boca de quien
las oye.
Empezamos a las seis, al anochecer, con una llovizna fina
que le queda bien al Casco. Había comerciantes, vecinos, algún periodista,
gente mayor que venía “por nostalgia” y jóvenes que venían “por curiosidad”.
Esa mezcla que es Pamplona cuando quiere.
Arranqué en la Consistorial y fui siguiendo el guion.
Yo llevaba el guion, sí, pero también llevaba otra cosa debajo de la lengua: las palabras de la noche anterior. Y mis notas. Y la manera en que Martín las había escuchado, como si fueran parte del empedrado.
Así que, antes incluso de entrar en la historia grande de los burgos, empecé por lo pequeño. Por lo que da autenticidad sin ponerse solemne.
—Antes de hablar de reyes, de murallas y de la Unión de 1423 —dije al grupo—, hay que entender una cosa: este Casco hace siglo y medio era toda la ciudad. A finales del XIX y principios del XX, entre estas callejas había de todo. Oficios hoy desaparecidos: basteros, guarnicioneros, boteros, cereros, hojalateros, traperos, doradores… y los “componedores de”, que arreglaban lo que ahora tiraríamos sin pensar.
Algunas personas sonrieron por la palabra “componedores”, como si ya les sonara de familia.
—Y en comercio —seguí— el horario era otro mundo. Los días laborables abrían a las siete de la mañana o antes y cerraban pasadas las nueve de la noche. Hasta 1904 no se instauró el descanso dominical; después, los domingos por la mañana abrían sobre todo alimentación, hasta mediodía. Y en Sanfermines… se abría todos los días.
Un hombre del grupo soltó un “madre mía” en voz baja. Una comerciante asintió con cara de “pues tampoco hemos cambiado tanto”.
—Y los precios —añadí— no eran siempre “precio”. Había regateo. Por eso durante años se presumía en anuncios de “precios fijos”. Aquello de los precios fijos era una modernidad.
En ese momento escuché un murmullo raro detrás de mí, como si el grupo hubiera respirado al mismo tiempo. Y alguien dijo:
—Qué fuerte… es como verlo.
No me dio tiempo a pensar qué quería decir con “verlo”, porque, al nombrar abacerías (lo hice sin darme cuenta, como me había salido con Martín), una señora mayor se llevó la mano a la nariz.
—Yo… yo huelo bacalao —dijo, extrañada de sí misma.
Hubo risas nerviosas. Pero otra persona, a dos pasos, dijo:
—Yo también.
Y entonces, por primera vez en la ruta “real”, flotó sobre nosotros ese olor imposible: no a restaurante, no a cocina actual… sino a tienda antigua de alimentos, a sal, a saco y a madera húmeda.
Yo seguí, porque eso era exactamente lo que había aprendido: no se interrumpe a una ciudad cuando decide hablar.
—Y fijaos en las sagas —dije, para darle suelo al temblor—. En Pamplona el comercio era eminentemente familiar: “Viuda de…”, “Hijos de…”, “Sucesores de…”. No era solo un nombre legal. Era continuidad.
Y, como si la palabra continuidad fuera una llave, en una esquina de Mercaderes alguien juró haber visto durante un segundo un rótulo antiguo por encima del actual. Como una sombra de madera.
Yo no lo negué. Solo dije, con la verdad más útil:
—Pamplona guarda capas.
Todo normal, al principio.
Hasta que, sin darme cuenta, solté una frase que no estaba
en mi guion:
—Aquí, en estas calles olía a cuero y madera desde el alba.
Me quedé congelado un segundo. Era frase de Martín. Mía ya
también.
El grupo hizo un murmullo simpático.
—Qué bonito —dijo una señora.
Seguimos.
Llegamos al claustro. Y yo dije:
—Antes de ver, esta piedra escuchó.
Otra frase de Martín. Otra vez el grupo asintiendo,
encantado.
Y entonces ocurrió algo que no se me va a olvidar.
En la cuesta de Santo Domingo, al hablar yo de los encierros y del baluarte de Parma, un chico del grupo levantó la mano, pálido.
—Perdona… —dijo—. ¿Eso que se oye es un caballo?
Yo no oía nada.
Pero la mitad del grupo asintió. Otros se rieron nerviosos.
Una niña dijo:
—Yo también lo oigo.
Un relincho, claro y breve, flotó sobre nuestras cabezas.
Fue tan real que todos nos callamos instintivamente.
Martín no estaba allí, claro… pero su manera de mirar me iba marcando el paso.
Yo seguí caminando, porque el oficio también es eso: no
parar la ruta aunque el mundo haga cosas raras. Pero el grupo iba más atento,
más abierto.
Y cada vez que yo nombraba algo antiguo que Martín había
descrito, aparecía un destello.
No siempre para todos. A unos les parecía ver un tramo de
muralla superpuesto al muro actual. A otros, una taberna de techo bajo donde
hoy hay una tienda de bolsos. Una mujer mayor se paró en San Cernin diciendo
“huele a establo”, con la misma certeza con la que se dice “huele a lluvia”.
Al llegar a la Plaza del Castillo, un señor con pinta de
jubilado serio me agarró del brazo.
—Oiga —me dijo en voz baja—. Yo juraría que he visto gente
con faroles detrás de nosotros.
No supe qué contestar.
Solo le dije la verdad más útil:
—Pamplona es así. A veces se asoma.
Cerré la ruta con la frase de siempre y el grupo aplaudió
más de lo normal, pero no por educación, sino por esa mezcla de emoción y
desconcierto que te deja una experiencia que no cabe del todo en palabras.
Al final, cuando ya se iban, me encontré con una joven que
no había hablado en toda la ruta. Tenía ojos de haber visto mucho.
—Gracias —me dijo—. He visto una calle que mi abuela me
describía y yo pensaba que se la inventaba.
Se me hizo un nudo.
—¿Cuál?
—La Calleja del Silencio.
Ahí me quedé quieto. Porque esa calleja está en el mapa
imposible que me dejaron un día, sí. Y en los papeles antiguos, quizá. Pero no
en la ciudad de ahora.
—¿Dónde la has visto?
Señaló detrás de la Catedral, hacia una zona de sombra entre
edificios.
—Ahí. Un segundo. Y luego estaba otra vez la pared.
Asentí sin hacer preguntas.
Esa noche volví a casa tarde, con la garganta seca de tanto
contar, más feliz que cansado. En la Plaza del Castillo, antes de entrar a
Mercaderes, juraría que vi a Martín apoyado en una farola, con su bastón y su
libreta, mirándome de lejos.
No me acerqué.
Solo levanté la mano en un saludo breve. Él se quitó el
sombrero.
Y en el aire se mezclaron, un instante, dos Pamplonas.
Desde entonces, cada vez que hago una ruta —de los Tres
Burgos o de cualquier otra cosa— dejo un hueco para él en mi cabeza. No como
fantasma, sino como colega de oficio.
Porque he aprendido algo raro y sencillo: una ciudad no es
solo lo que pisas. Es también lo que alguien pisó antes y aún puede describirse contigo al lado.
Y cuando lo haces bien, cuando los dos planos se superponen
sin romperse, la gente ve cosas que no debería… o que, en el fondo, siempre ha
tenido derecho a ver.