Tomás no se perdió por una carretera equivocada, sino por una hora equivocada.
El navegador del vehículo llevaba un buen rato haciendo lo que hacen los aparatos cuando detectan que la realidad no encaja en sus cálculos: callarse. La pantalla mostraba su coche como un punto quieto sobre una nada gris. La radio alternaba voces distantes con una estática que, a ciertas horas, parecía respirar.
A las once y pico, la carretera se abrió en dos sin anuncio previo. La señal del desvío, iluminada por los faros, tenía el azul gastado de los pueblos pequeños y una tipografía que no se usa ya, como si perteneciera a otra época.
VALMORGA.
Debajo, alguien había añadido con pintura negra:
“HASTA EL AMANECER.”
Tomás frenó lo justo para leerse la frase dos veces. No le gustó. No por lo que decía, sino por la precisión de la promesa, como si el pueblo fuese un lugar con horario, una franja de realidad que sólo ocurría entre dos puntos del reloj.
El depósito estaba bajo y el orgullo no llenaba el tanque. Giró.
El desvío no tardó en tragarse el mundo. Los árboles se cerraron sobre el asfalto. Las cunetas se hicieron profundas, como zanjas. El cielo quedó reducido a una banda oscura encima del parabrisas.
Y entonces, como si alguien hubiera encendido un decorado, aparecieron las primeras casas.
No eran ruinas. Era un pueblo completo: farolas encendidas, ventanas con luz cálida, una plaza con una fuente cuyo agua caía con un ritmo obstinado. Todo estaba demasiado… listo. Demasiado presente.
Aparcó junto a la plaza y apagó el motor. Enseguida notó algo extraño: el aire tenía una densidad particular, como si dentro del pueblo las cosas pesaran un poco más. Como si el silencio, incluso, tuviera bordes.
Un hombre cruzó la plaza con paso tranquilo. Chaqueta oscura, manos en los bolsillos. Sonrió sin sorpresa.
—Buenas noches. ¿Se ha perdido?
Tomás asintió, y el gesto le pareció una rendición.
—El GPS del vehículo… se ha quedado muerto.
—Aquí eso pasa —dijo el hombre, con naturalidad—. Pase. Hay sopa caliente.
Se presentó como Julián. Lo condujo al bar de la esquina, Casa Ventura. Dentro, tres o cuatro mesas ocupadas, un televisor sin sonido, y una mujer detrás de la barra colocando vasos con precisión, como si el orden fuese parte del ritual.
—Al de fuera póngale de cenar —dijo Julián.
La mujer le sonrió a Tomás como si lo conociera.
—¿Sopa? ¿Tortilla?
Tomás eligió sopa. En la primera cucharada notó un sabor doméstico, reconfortante. Y, debajo, una nota metálica muy leve, como la que deja el agua de un pozo.
Las conversaciones eran normales si se escuchaban por encima; inquietantes si se atendía a las palabras exactas.
—Hoy ha tardado en cerrar —dijo alguien.
—La luna viene clara, eso estira —respondió otro.
—Mientras no se quede nadie fuera… —añadió una tercera voz, y se calló de golpe.
Julián se inclinó hacia Tomás, bajó la voz. Esta vez no sonó misterioso; sonó serio.
—Aquí lo difícil no es llegar —dijo—. Es decidir qué hace uno mientras es de noche: si se queda… o si sigue.
Tomás dejó la cuchara.
—¿Seguir? ¿Hacia dónde?
Julián miró un instante hacia la puerta, no como quien teme que entre alguien, sino como quien teme que salga alguien.
—Hacia donde no debería ir sin querer —dijo—. Si se queda, está a salvo hasta el amanecer. Si sigue… no puedo prometerle nada.
No hubo dramatismo en la frase. Lo que la hizo pesada fue que parecía una norma vieja, anterior a Julián, anterior al bar, anterior incluso al propio pueblo.
—¿Y por qué me lo dice así?
Julián se encogió de hombros.
—Porque usted ha llegado. Y cuando alguien llega, tiene derecho a elegir.
Le ofrecieron una habitación en la pensión junto a la iglesia. La mujer de la recepción le entregó una llave grande y antigua con una etiqueta de cartón: Nº 3.
—Cuando empiece a clarear —dijo, sin mirarlo demasiado— no abra la ventana. Y no salga.
—¿Es peligroso el amanecer?
—No. El amanecer es… el final —respondió ella—. El pueblo se apaga. Lo demás, ya no.
Tomás subió con el cansancio pegado al cuerpo. En la mesilla había un reloj parado en 2:12. Afuera, la fuente seguía sonando, como si marcara el tiempo verdadero de Valmorga.
Se durmió.
Soñó con señales que cambiaban de nombre cuando uno parpadeaba. Con carreteras que se estiraban como piel. Con una puerta en mitad de la noche que sólo pedía una cosa: movimiento.
Lo despertó un silencio absoluto.
No el silencio normal del alba, sino un corte, como si alguien hubiera apagado el sonido con un interruptor.
Abrió los ojos.
No estaba en la habitación.
Estaba tumbado en mitad de una carretera desierta, con el cielo pálido encima y el frío del asfalto subiéndosele por la espalda. Su coche estaba en el arcén, cubierto por una película de polvo fino, como si hubiera pasado allí demasiado tiempo.
Se incorporó con torpeza, desorientado. Miró alrededor: un campo seco, el horizonte limpio. No había casas. No había plaza. No había fuente.
En la cuneta, a unos metros, yacía un cartel oxidado, caído como un animal viejo. Tomás se acercó y lo enderezó con esfuerzo. El metal chirrió.
VALMORGA.
En la parte inferior, remachada con tornillos, una placa metálica pequeña decía:
“Desaparecido el 14 de enero de 1976.”
Tomás sintió que algo dentro se desplazaba, como si su mente intentara recolocar piezas que no encajaban. Cincuenta años. Un número imposible para una sopa de hacía unas horas.
Dio la vuelta al cartel.
En el reverso, letras grabadas con punzón, toscas:
“SI CONTINÚAS, TEN CUIDADO.”
Debajo, más pequeño, como añadido después:
“TE DEVUELVE.”
Tomás se quedó inmóvil. Miró la carretera recta. Miró el coche. Miró la placa otra vez, como si las letras pudieran cambiar si insistía lo suficiente.
En el asiento del copiloto vio una servilleta doblada. La abrió.
Debajo, una frase más apretada:
“Si alguna vez continúas, no pares.”
Tomás volvió a sentarse al volante. El reloj del coche marcaba extrañamente las 2:12.
No avanzaba.
El motor del coche arrancó a la primera, obediente. Tomás condujo en dirección contraria a la que creía haber venido. Quería una gasolinera, una carretera principal, un lugar con luz de día que le devolviera la lógica.
Pero cuanto más conducía, más se le parecía todo. El mismo tramo de asfalto, la misma curva suave, el mismo poste reflectante inclinado.
Y, a los pocos minutos, como si la carretera fuera un circuito cerrado, apareció de nuevo el desvío.
El cartel azul.
Tomás frenó y respiró hondo.
Había un bucle. Una devolución. Una manera de corregir el desvío… o de insistir en él.
Esa noche —porque la noche siempre volvía a su pesar—, la escena se repitió casi con exactitud: la radio con estática, el navegador en silencio, el desvío con el azul gastado.
Y Tomás, otra vez, con la elección delante.
Esta vez no entró en le pueblo.
Mantuvo la velocidad.
No se detuvo. No apagó el motor. No miró el cartel más de lo necesario.
Pasó de largo.
Al principio no ocurrió nada. Sólo la carretera, la noche, el zumbido del motor.
Luego, la estática de la radio cambió. Ya no era ruido: era un murmullo, como si muchas voces hablaran a la vez desde una habitación cerrada. Los reflectantes de las cunetas empezaron a aparecer en pares demasiado simétricos, como ojos alineados. La línea blanca central, por un instante, le pareció dibujada a mano: temblorosa, imperfecta.
Tomás apretó el volante. Notó, sin querer, que el coche tendía a bajar una marcha, como si el propio motor dudara. Como si algo, en la noche, invitara a frenar.
Entonces lo vio.
A la derecha, entre los árboles, una forma demasiado alta para ser un animal y demasiado quieta para ser una persona. No se movía como un cuerpo.
Tomás no frenó.
Más adelante, el arcén se iluminó un segundo con una luz que no venía del coche. Una luz baja, como de farola… pero no había farolas en aquel tramo. Y en esa luz se intuyeron sombras que no correspondían a criaturas conocidas, como si pertenecieran a otro mundo.
El murmullo de la radio subió un poco. No eran palabras. Eran ritmos. Respiraciones. Una sincronía que le erizó la piel.
Tomás sintió ganas de mirar por el retrovisor. De comprobar que el desvío había quedado atrás. De asegurarse de que el mundo seguía siendo el suyo.
Recordó la servilleta: “Si alguna vez continúas, no pares.”
No miró.
No frenó.
Y la carretera empezó a cambiar de manera casi imperceptible. No con luces extrañas ni con grietas en el cielo. Con detalles: el olor del aire, demasiado dulce; la ausencia de insectos; el hecho de que el sonido del motor parecía apagarse en ciertos tramos como si lo tragara una espuma invisible.
Entonces ocurrió lo peor: la sensación de que el espacio se estaba volviendo más grande por dentro.
Como si el asfalto no llevara a un lugar, sino a una distancia. Como si, cuanto más avanzaba, más se despegaba de todo lo que había sido su ruta, su noche, su mundo.
Vio algo más. O creyó verlo.
Una figura en el margen de la carretera, inmóvil, mirando. No tenía rasgos que pudiera describir.
Tomás contuvo la respiración, como si respirar fuese una manera de hacer ruido.
Apretó el acelerador.
Y, de pronto, sin transición, volvió el silencio absoluto.
Un corte.
Como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme.
El cielo aclaraba.
Tomás parpadeó y sintió el golpe frío del amanecer.
El coche estaba parado en el arcén de una carretera desierta. Cubierto de polvo fino. El reloj del cuadro de mandos marcaba las 2:12.
En la cuneta, el cartel oxidado yacía caído.
VALMORGA.
En el reverso, las letras grabadas parecían más profundas de lo que recordaba:
En el asiento del copiloto, una nueva servilleta, doblada con cuidado.
Tomás la abrió con manos temblorosas.
Debajo, una última frase, apenas un rastro de tinta:
“La próxima vez, quizá no te encuentre la carretera.”
Tomás miró la línea recta delante de él. El día era claro. El campo, seco. Todo normal.
Pero dentro, muy dentro, seguía oyendo la fuente de la plaza, como un reloj que marca la única certeza de Valmorga: que allí, mientras es de noche, uno puede estar a salvo.
Y que el verdadero peligro no es perderse.
Es decidir, en esa franja exacta de tiempo, si uno se queda… o si sigue su camino.

