viernes, 6 de marzo de 2026

La puerta entreabierta

La muerte entró en casa dos veces en poco más de un año. Primero se llevó a mi madre, el 13 de abril de 2013. Después a mi padre, el 8 de abril de 2014. Entre una fecha y otra, y durante un tiempo después, mi hermano y yo vivimos cosas que aún hoy no sé nombrar del todo. Podría llamarlas sueños, pero no eran simples sueños. Podría llamarlas visiones, pero tampoco estoy seguro. Eran experiencias de un borde, de una grieta, de una puerta que se había quedado mal cerrada entre este mundo y otro.

Cuando mi madre enfermó, yo dormía junto a ella, en la misma habitación. Aquello se convirtió en costumbre: escuchar su respiración, vigilar la noche, acostumbrarme a los ruidos mínimos de la enfermedad y del miedo. Por eso, cuando murió, el vacío no fue un vacío normal. No era solo la ausencia de un cuerpo. Era una ausencia densa, activa, como si todavía quedara algo de ella en el aire, adherido a las sábanas, a la madera de la cama, a los rincones de la habitación.

A los dos días de su muerte tuve el primero de aquellos sueños vividos. No sé si estaba dormido o si había entrado en esa fase en la que el sueño se mezcla con la realidad hasta volverla indistinguible. Recuerdo que dejé la mano sobre la cama de mi madre, como tantas veces había hecho al volverme durante la noche, y sentí su presencia a mi lado. No fue una idea. No fue un recuerdo. Fue una presencia. Una de esas cosas que resultan casi imposibles de explicar con palabras, porque las palabras siempre llegan tarde y siempre se quedan cortas.

En otro de aquellos sueños creí ver su cuerpo, o quizá no su cuerpo sino la huella de su cuerpo sobre el lecho. Como si hubiese quedado allí el rastro de una permanencia física, una forma tenue, un residuo de existencia. Pensé, sin pensarlo realmente, que tal vez los muertos no se marchan de inmediato, que a veces se resisten a abandonar esta dimensión y permanecen un tiempo junto a aquello que amaron o que no saben dejar atrás.

Hubo otro sueño en el que mi madre estaba viva. Yo sabía, sin embargo, que no pertenecíamos ya al mundo de siempre. Notaba que me hallaba en una especie de dimensión astral, un lugar cercano y remoto a la vez, como una habitación levantada detrás de la realidad. Ella estaba allí. No hablábamos. No hacía falta. Además de su presencia, advertía otra, quizá otras, presencias espirituales, silenciosas, observando o aguardando. No sentí paz. Sentí extrañeza, una extrañeza tan intensa que rozaba el terror.

Otra noche noté el aliento de un espíritu detrás de mi espalda.

No lo vi. Solo sentí su respiración, próxima, imposible, helándome la nuca con una certeza animal. En aquellos sueños todo era así: demasiado real. Yo sabía que mi padre y mi hermano dormían en sus camas, en la casa sumida en el silencio de la madrugada. Lo sabía con la misma seguridad con la que sabía que algo, del otro lado, respiraba detrás de mí.

Con el paso de los días comprendí que no se trataba de sueños corrientes. Eran sueños vividos. Pesadillas, casi siempre, porque el sueño usurpaba la realidad y ya no había manera de distinguir dónde terminaba uno y empezaba la otra. Era como si una puerta se hubiese quedado abierta temporalmente y yo, sin quererlo, accediese a esa rendija por donde se cuela lo que no debería cruzar.

Una noche vi una sombra negra con ojos rojos. Se acercaba de derecha a izquierda por la ventana, a mi espalda, con una lentitud que aún me resulta insoportable recordar. No puedo jurar que fuera un espíritu, ni una forma nacida del miedo, ni una imagen fabricada por el agotamiento y el dolor. Solo sé lo que vi en aquel estado turbio y terrible: una sombra con ojos encendidos, avanzando hacia mí desde la oscuridad.

Otra vez soñé que mi hermano pasaba por el pasillo camino de la cocina. Le llamé. En el mismo instante comprendí que estaba pasando de verdad. Mi voz, dentro del sueño, coincidió con la realidad, y aquello me despertó. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Fue una sensación espantosa: advertir que el sueño había tocado el mundo real, o que el mundo real se había infiltrado dentro del sueño.

Así transcurrió más de un mes tras la muerte de mi madre: noches atravesadas por presencias, respiraciones, sombras y esa angustiosa impresión de haber sido admitido, sin permiso, en una región intermedia donde los muertos aún no estaban del todo muertos ni los vivos del todo a salvo.

Después murió mi padre.

Habían pasado apenas unas horas desde que los del tanatorio se llevaron el cuerpo cuando empezaron los ruidos en la habitación. Mi hermano y yo los oímos claramente. Crujidos de muebles, sonidos secos, pequeñas quejas de la madera, como si algo se moviese o se acomodase en el cuarto donde hasta hacía nada él había estado durmiendo. Mi hermano seguía ocupando aquella habitación desde que mi padre cayó enfermo. Durante diez años los dos habíamos cuidado de nuestros padres. Nos habíamos repartido las noches, el peso de la enfermedad, la vigilancia del sueño ajeno, ese agotamiento lento de quien aprende a vivir siempre alerta. Tal vez por eso la casa no sabía todavía que ellos ya no estaban. Tal vez por eso nosotros tampoco lo sabíamos.

Poco después mi hermano tuvo uno de sus propios sueños. Soñó que le lanzaban una almohada por detrás, desde la antigua cama donde dormía mi padre. No era solo la imagen lo inquietante. Era la impresión de que aquel objeto cotidiano, tan doméstico y tan inocente, se convertía de pronto en el vehículo de una reprimenda llegada desde el otro lado, como si el espíritu de mi padre, cabreado ante el sueño indolente de mi hermano, le hubiese arrojado la almohada para sacudirlo, para recriminarle algo, o simplemente para recordarle que seguía allí. Y precisamente por tratarse de una almohada, de algo tan vulgar y cercano, el gesto resultaba todavía más turbador

También soñábamos con mi padre queriendo entrar en casa. Pero en el sueño sabíamos que no era él. O que no era solo él. Había algo profundamente perturbador en ese reconocimiento. Una figura llegaba, reclamando paso, y nosotros sentíamos de inmediato una certeza heladora: no puede ser quien eres tú. No puede ser mi padre, aunque venga con su forma, con su voz o con su recuerdo. Como si la muerte pudiera imitar a los nuestros para engañarnos. Como si algo usara su figura para acercarse.

Hubo voces en el pasillo. Voces de los muertos, pensé muchas veces al despertar, aunque al decirlo en voz alta sonase excesivo o delirante. Pero en la noche no lo parecía. En la noche era real. El pasillo, oscuro y estrecho, se volvía un lugar de tránsito, un corredor entre dos planos, un sitio donde lo invisible parecía rozar las paredes.

Otras veces sucedía algo todavía más extraño: en medio del sueño anticipaba algo que mi hermano me diría unos segundos más tarde, ya despierto. Como si la frase o la idea me hubiese llegado antes por otra vía. Como si, en ese estado liminar, el tiempo no se comportase de forma normal y algunas cosas sucedieran primero en el sueño y luego en el mundo.

Durante algún tiempo seguí soñando con ellos.

Soñaba con mi madre viva, andando, restablecida, como si la enfermedad nunca hubiera existido. La veía bien, presente, cercana. Y yo sabía que estaba muerta, pero no se lo decía. En el sueño eso me parecía importante: callarlo. No romper nada. No pronunciar la palabra definitiva. También estaban a veces mi padre y mi hermano, reunidos en la habitación del patio, en una escena de calma extraña, doméstica y sagrada al mismo tiempo. Entonces, de repente, la habitación quedaba vacía. A oscuras. Como si alguien hubiera apagado el mundo. Y yo me quedaba allí, solo, gimiendo, llorando, repitiendo vuelve, vuelve, vuelve, con esa desesperación infantil que brota cuando uno comprende que no hay ya regreso posible.

En otro sueño llevábamos a mi padre al hospital, como tantas veces habíamos hecho en la realidad. Era uno de esos trayectos que la costumbre había vuelto casi mecánicos: la prisa, la preocupación, el cansancio, la esperanza que uno mantiene incluso cuando ya casi no cree en ella. Pero, en mitad de aquel traslado soñado, mi padre desaparecía. Se volatilizaba. Como si nunca hubiera estado allí. Yo trataba de buscarlo con una angustia que me cerraba la garganta. Miraba alrededor, preguntaba, corría, y solo encontraba un hueco, una ausencia absoluta, como si la realidad lo hubiese borrado en un instante.

Ahora, cuando vuelvo sobre aquellos meses, pienso que muchos de aquellos sueños eran sueños de conexión espiritual, sí, pero también de pérdida. Quizá ambas cosas sean inseparables. El duelo abre puertas que en otro tiempo permanecen cerradas. Nos vuelve más frágiles, más porosos, más expuestos a lo que recordamos, a lo que tememos y a lo que acaso existe en algún lugar que no comprendemos. La muerte no se limita a llevarse a los muertos: altera la textura del mundo, desplaza los límites de lo visible, deja a los vivos asomados a un borde.

No sé explicar del todo lo que nos ocurrió a mi hermano y a mí entre abril de 2013 y mayo de 2014. No sé si fueron manifestaciones del dolor, del agotamiento, de la vigilia prolongada, de la culpa de sobrevivir, del amor que se resiste a soltar. No sé si, realmente, durante un tiempo se abrió una puerta y algo pasó de un lado a otro. Hay cosas que no se pueden demostrar, pero tampoco se pueden olvidar.

Lo único que sé con certeza es que, en aquellas noches, la casa dejó de ser solo una casa. Fue hospital, santuario, cámara de ecos, frontera. Y nosotros, que habíamos pasado diez años velando el sueño de nuestros padres, nos descubrimos de pronto velando otra cosa: su ausencia. O quizá su persistencia.

A veces pienso que los muertos no se van de golpe. Que antes de desaparecer del todo retroceden lentamente, como una figura que se aleja por un pasillo interminable y aún vuelve la cabeza una última vez. Tal vez por eso durante tanto tiempo creí sentirlos cerca, oír sus pasos, respirar su aliento en el borde mismo del sueño.

Tal vez por eso aún hoy, algunas noches, cuando el silencio de la casa se parece demasiado al de entonces, tengo la impresión de que aquella puerta nunca llegó a cerrarse del todo.

miércoles, 25 de febrero de 2026

El guía de los tres burgos

Pamplona. 2035. Yo no me veía haciendo de guía. Había estado acostumbrado a estar demasiados años recuperando historias entre papeles, archivos y  fotos que hacer una visita guiada para un numeroso grupo de personas de diversa condición me daba cierta pereza.

Pero luego me llamaron de la Asociación del Casco Antiguo, en la que me había jubilado hacía cinco años: “Para el 50º aniversario queremos hacer una Ruta especial. La tuya, la de las historias que cuentas en Memorias del Viejo Pamplona.” Y cuando te dicen “la tuya” a estas alturas, te han ganado el corazón.

Llevaba hablando de mi ciudad desde hacía más de 20 años, primero siguiendo la estela de mis recuerdos personales, luego investigando entre   legajos la Pamplona de los siglos XIX  y  XX, sus comercios, sus calles, sus costumbres, repasando su pequeña historia, como se revisa la vida de una persona, como una crónica sentimental e intimista llena de amor y de detalles y porque no, con un cierto componente nostálgico que después de haberlo negado, -recuerdo la introducción que redacté cuando inicié mi pequeño cuaderno de bitácora digital-,  con el paso de los años reivindico y además sin ningún tipo de recato.

Así que acepté.

Me dijeron: “Queremos que mezcles historia con recuerdos personales, que se note que es una ruta de aniversario, emotiva.” Y yo pensé que eso era como pedirme que respirara. Porque mi memoria está hecha de piedras y  rincones del Viejo Pamplona. 

Durante una semana me preparé el recorrido como si fuera la primera vez. Repasé planos, actas, libros, viejos artículos de prensa, recorté anécdotas que me gustaban. También saqué mis recuerdos como quien saca fotos de una caja vieja: el bar-bolera donde entré por primera vez con diez y seis años en la calle del Carmen, la zapatería de la calle Eslava donde mi madre me compraba los zapatos, la primera vez que bailé  con  las peñas a la salida de la plaza de  toros  y pensé “esto no se puede acabar nunca”.

Quería una ruta que fuera como Pamplona misma: tres burgos distintos cosidos a mano, cada uno con su carácter, todos obligados a convivir.

El ensayo lo hice un martes al anochecer. A mí me gusta ensayar solo, cuando el Casco empieza a vaciarse y la ciudad baja el volumen, porque así oigo mis propios pasos y sé si una parada tiene el ritmo que debe. Era octubre, soplaba aire frío desde el río y las fachadas olían a humedad.

Empecé en la Plaza Consistorial, como manda la ortodoxia. Miré el Ayuntamiento, me imaginé al grupo alrededor mío, solté en voz baja el primer tramo:

—“Aquí, donde hoy estamos, empezaba la Navarrería…”

Bien.

Callejeé hacia Mercaderes, subí por Curia hacia la Catedral, bajé por Dormitalería hacia la Bajada de Javier, crucé la plaza del Castillo, lo justo para volver. Lo de siempre, pero con oído de estreno.

Y al llegar al inicio de la calle Nueva, donde suelo explicar el límite antiguo entre San Cernin y San Nicolás, lo vi.

No es que “apareciera”. Estaba allí como si hubiera estado siempre.

Un hombre de unos cincuenta años (no sé decirte porque lo que venía con él era otro tipo de edad), con chaqueta larga oscura, sombrero de ala corta, barba cuidada y un bastón que no era de señor sino de oficio. Tenía una libreta bajo el brazo, de las de papel grueso, y una mirada viva, de esas que le brillan a la gente que todavía cree que una ciudad es una novela.

Me paré. Me metí en el papel de guía y  con un punto de desconfianza amable le dije:

—Buenas noches.

Él me contestó con una reverencia mínima, casi divertida.

—Buenas noches, colega.

“Colega.” Me sonó rarísimo en su boca, y a la vez exacto. Como si lo hubiera estado usando toda su vida.

—¿Te has perdido? —pregunté.

Él miró alrededor, aspiró el aire como quien prueba un caldo.

—No. Estoy donde tengo que estar. Solo que… —frunció el ceño— esta Pamplona huele menos a establo de lo que recordaba.

Ahí se me helaron  las manos de repente.

Porque el tono era de broma, sí. Pero la frase no era de broma. Era una constatación.

—¿Quién eres? —solté, sin rodeos. Ya me conozco: cuanto más raro es algo, más directo me pongo.

Él se apoyó en el bastón, sin miedo.

—Me llamo Martín Echauri. Guía de oficio. Desde 1863. —Me miró fijo, con una curiosidad casi infantil—. Y tú eres… el de ahora.

Tuve que reírme, pero me salió una risa seca.

—No hay guías en 1863.

—¿Cómo que no? —se ofendió con gracia— ¡Claro que los hay! ¿Cómo crees que vienen los forasteros a conocer los tres burgos? No todo es mi célebre tío el sacristán. Algunos tenemos la garganta para contar y las piernas para enseñar.

No era un actor. No tenía la impostura del actor. Tenía ese orgullo práctico de quien se sabe útil.

Me acerqué medio paso, como si la proximidad me fuera a clarificarlo.

—¿De 1863 dices?

—De hoy, para mí. —Se encogió de hombros—. O de ayer. No te sé decir. El tiempo se comporta un poco raro cuando uno camina solo.

Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y esa normalidad fue lo que más me desarmó.

No te voy a contar aquí que me puse a revisar la realidad como si fuera una fotografía. Tampoco te voy a decir que en ese instante creí en fantasmas o en milagros. Solo te digo la verdad: el Casco Antiguo es capaz de hacerte aceptar cosas imposibles sin que te dé tiempo a discutirlas.

Y además yo estaba ensayando una ruta sobre tres burgos que coexistieron a disgusto durante siglos.

¿Qué iba a hacer? ¿Decirle que no?

—Estoy preparando la Ruta de los Tres Burgos para el 50º aniversario de la Asociación del Casco Antiguo —le solté, casi por inercia profesional.

—Ah. —Sus ojos se iluminaron— ¿La ruta de Navarrería, San Cernin y San Nicolás? Mi mejor recorrido. Yo también la hago.

Por un instante sentimos lo mismo los dos: esa complicidad de oficio, el “ah, tú también sabes lo que es cargar con una ciudad en la lengua”.

Me oyó la duda.

—Anda —dijo—. Hazla. Yo te sigo. A ver qué han hecho con ella.

—¿Y si…? —empecé.

—Si yo puedo andar, tú puedes contar —me cortó, sonriendo.

Me oyó el silencio y lo llenó con oficio.

—Antes de empezar —dijo— dime una cosa: ¿qué vas a contarles tú? ¿Piedras? ¿Pleitos? ¿Santos?

Iba a contestarle con la lista de siempre, pero me salió otra cosa. Me salió mi cuaderno invisible: años y años mirando la ciudad no solo como mapa, sino como mostrador.

—Voy a contarles que esto bullía —dije—. Que a mediados y finales del siglo XIX las rúas medievales estaban llenas de tiendas, talleres y pequeñas fábricas. Que en locales estrechos cabía de todo: calzado, curtidos, chocolates, lejías, hierros, alpargatas, medias… hasta hielo y gaseosas. Que casi todo se hacía aquí, a mano, cerca.

Martín asintió con una gravedad alegre.

—Eso sí es ciudad. Eso es lo que huele.

Y ahí, como si él me hubiera abierto una compuerta, empecé a desgranar palabras que yo había leído y anotado tantas veces que ya eran casi recuerdos propios:

—Y la alimentación tenía nombres que ahora se han vuelto sinónimos por pereza —seguí—: ultramarinos, colmados, coloniales… y abacerías. Aceite, vinagre, legumbres secas, bacalao… lo no perecedero.

—Abacería —repitió él, paladeándola—. Esa palabra la he oído mil veces. Y si la dices bien, hasta vuelve el olor.

Nos echamos a andar hacia la Catedral. Al pasar por una esquina húmeda, Martín levantó el bastón y señaló, como quien señala una escena que solo él ve.

—Ahí mismo —dijo— había un bastero. Y más arriba, un guarnicionero. Cuando llovía, el cuero olía como si la calle respirara.

Yo me reí, porque en mis notas estaba esa misma fauna humana, pero en tinta y no en voz.

—Basteros, guarnicioneros… bauleros… blanqueadores de cera —dije—. Y lo de la cera no era un detalle menor: las casas pobres alumbraban con velas de sebo, las pudientes con velas de cera. Hasta la luz marcaba la clase.

Martín hizo un gesto con la mano, como si espantara un argumento demasiado moderno.

—En mi tiempo no se decía “clase”. Se decía “se nota”.

Seguí, ya lanzado, como si le estuviera leyendo mi propia libreta.

—Boteros que hacían botas y pellejos para vino… broncistas… casulleros para ornamentos de culto… cedaceros con tamices, pero también fuelles y cubos… cesteros… cordeleros… corseteros… doradores… herreros y cerrajeros… traperos o ropavejeros… hojalateros, latoneros, plateros… Y luego, los “componedores de”: relojes, máquinas de coser, paraguas…

Martín soltó una risita.

—Componedores… sí. Ahora  lo tiráis todo, ¿no? En mi Pamplona se arreglaba lo que se podía… y lo que no, también.

—Y la bisutería se llamaba quincalla fina —añadí—. Y mercería iba casi siempre con paquetería.

Martín se paró en seco, miró alrededor y olfateó como un perro viejo.

—“Quincalla fina”… —repitió—. Si lo dices delante de gente, alguno lo va a recordar aunque no sepa de qué.

No había terminado la frase cuando, sobre una fachada actual, vi durante un segundo una sombra de rótulo antiguo, como una piel superpuesta. Una palabra de madera que el ojo no pudo leer del todo.

Parpadeé. Desapareció.

Martín ni se inmutó.

—A veces se asoman —dijo, casi contento—. Pero solo si los nombras con respeto.

Y entonces lo entendí: Martín no era solo un guía del XIX. Era el permiso.

Y echó a caminar como si fuera lo más lógico del mundo.

No sé si fue valentía o puro cansancio de viejo guía, pero empecé a explicarle la ruta.

Fuimos hacia la Catedral.

—Aquí empieza la Navarrería —dije, como siempre—, el burgo episcopal, el más antiguo…

Martín alzó la mano.

—En mi Navarrería, el aroma a madera se agarraba a las esquinas —comentó— la calle estaba llena de carpinterías: Aramburu, Martiricorena, Sauca, Bengoa, Elcarte. Y en esta cuesta de Curia se oía la herrería del maestro Salas desde el alba.

Yo miré alrededor: no había herrería, claro. En su lugar había una tienda de tés y un piso turístico con persianas nuevas.

Aquí hubo chocolaterías, tintorerías, tornerías, zapaterías, sí —acepté—. Y curtidos. Pero ahora hay otras cosas. Cambian las necesidades, cambian los tiempos, cambian las tiendas.

Martín frunció el ceño y se acercó a una puerta moderna.

—¿Y esto qué es? ¿Una casa de huéspedes sin rótulo?

—Pisos turísticos —le dije.

Él no entendió la palabra, pero entendió la idea.

—Ah. Gente que viene y no se queda. Siempre ha habido, pero antes se les decía “forasteros”.

Nos reímos los dos, la primera risa limpia de la noche.

Llegamos al claustro.

Yo señalé.

—Esta piedra ha visto pasar…

—No, no —me interrumpió Martín, tocando la pared como quien saluda a una persona—. Esta piedra escuchó primero. Antes de ver, escuchó.

Me miró como si estuviera seguro de que yo lo sabía.

Y lo sabía, pero no lo habría dicho así.

Seguimos tramo a tramo. Yo narraba mi Pamplona: la de las restauraciones, la de las peatonalizaciones, la de las tiendas que luchan por no bajar la persiana, la de los Sanfermines que cada año cambian una milésima y a la vez son idénticos a los anteriores.

Martín narraba la suya: murallas intactas que te separaban de los campos como una tajada de pan duro, tabernas con suelo de barro, olores de establo mezclados con incienso, soldados que vigilaban pasos, costureras que cosían en las ventanas porque era la manera de ver vida sin dejar de trabajar.

Los dos íbamos diciendo lo mismo y cosas distintas.

Y empezó a pasar algo raro.

Mientras hablábamos, la ciudad parecía… responder.

En la cuesta de Santo Domingo, al explicar yo las carreras de los corredores y él el paso de los soldados, oímos un relincho. Un relincho real, fuerte. Nos giramos. No había caballo. Pero el sonido se había quedado suspendido un segundo en el aire como una nota.

En la calle Mañueta, al nombrar Martín la fonda de Benito Reta “la de antes”, vi (no sé si lo vi o lo recordó el ojo) un letrero viejo de madera sobre el del comercio actual, como una sombra superpuesta. Parpadeé y desapareció.

Martín lo vio también. Me lo dijo sin dramatismo:

—A veces se asoman.

—¿Qué?

—Las cosas. Cuando las nombran.

Se me erizó la nuca. Pero seguí la ruta. ¿Qué iba a hacer? Cuando una historia empieza a hablar, si la cortas te persigue.

Llegamos al límite con San Cernin.

Yo expliqué el pleito eterno entre burgos, las tensiones, las murallas internas que los separaban antes de la Unión de 1423.

Martín añadió, con media sonrisa:

—Yo he visto tirar piedras de un lado al otro. Literalmente. No lo contéis siempre como metáfora, que los mozos tenían buena puntería. Y eso me extrañó muchísimo, porque las murallas entre los burgos se derribaron hacía muchos siglos y Martín no pasaba, como he dicho, de los 50 años.

Y justo al decirlo, una piedra pequeña rodó desde un alero y cayó al suelo entre nosotros. No nos dio, pero se quedó ahí, fresca, como recién soltada.

Nos miramos. No dijimos nada.

Seguimos hacia San Cernin.

Ante el pocico de San Cernin, yo conté lo de la iglesia fortaleza, lo de las defensas, las peñas y las sociedades gastronómicas cercanas. Martín contó cómo se refugiaban allí los moradores del burgo cuando el burgo rival apretaba, cómo el campanario servía de torre de vigilancia, cómo el pan se repartía en tiempos malos.

Mientras lo decía, las ventanas del campanario parecieron iluminarse un instante con un fuego que no era de ahora. Un resplandor breve, como de antorchas.

Martín lo observó con respeto, sin sorpresa.

—Eso es —murmuró.

No pregunté. No quería la respuesta en ese momento.

Terminamos el ensayo casi a la una de la mañana, en la Plaza del Castillo, donde siempre cierro con una frase de orgullo razonable. Yo estaba agotado. Martín también, pero con un brillo raro en la cara, como si hubiera vuelto a una casa que le faltaba.

—Buena ruta, colega —me dijo—. Tu Pamplona es distinta, pero no está mal cosida.

—La tuya… —empecé.

—La mía ya no está —me cortó con una tristeza breve—. Pero uno se acuerda.

Se dio la vuelta, caminó hacia el Paseo Sarasate y, como si se metiera en una niebla que yo no veía, se desdibujó sin ruido.

Me quedé solo, con la Plaza vacía y un frío de golpe en el estómago. Y pensé que quizá estaba más cansado de lo normal. Que habría imaginado un actor, un sueño, una mezcla de lecturas.

Pero al llegar a casa encontré en el bolsillo de la chaqueta una cosa que no era mía: una tarjeta pequeña, de papel áspero, con una caligrafía antigua.

“Ruta de los Tres Burgos. Martín Echauri, guía.”

Esa misma semana hice la ruta oficial con un grupo de unas treinta personas, dentro del programa del 50º aniversario.

Me llevé mis notas en el bolsillo, como amuleto; ya sabía que una palabra bien dicha podía abrir una grieta.

No dije nada de Martín. No soy imbécil. Yo sé que hay historias que, si las cuentas antes de tiempo, se mueren en la boca de quien las oye.

Empezamos a las seis, al anochecer, con una llovizna fina que le queda bien al Casco. Había comerciantes, vecinos, algún periodista, gente mayor que venía “por nostalgia” y jóvenes que venían “por curiosidad”. Esa mezcla que es Pamplona cuando quiere.

Arranqué en la Consistorial y fui siguiendo el guion.

Yo llevaba el guion, sí, pero también llevaba otra cosa debajo de la lengua: las palabras de la noche anterior. Y mis notas. Y la manera en que Martín las había escuchado, como si fueran parte del empedrado.

Así que, antes incluso de entrar en la historia grande de los burgos, empecé por lo pequeño. Por lo que da autenticidad sin ponerse solemne.

—Antes de hablar de reyes, de murallas y de la Unión de 1423 —dije al grupo—, hay que entender una cosa: este Casco hace siglo y medio era toda la ciudad. A finales del XIX y principios del XX, entre estas callejas había de todo. Oficios hoy desaparecidos: basteros, guarnicioneros, boteros, cereros, hojalateros, traperos, doradores… y los “componedores de”, que arreglaban lo que ahora tiraríamos sin pensar.

Algunas personas sonrieron por la palabra “componedores”, como si ya les sonara de familia.

—Y en comercio —seguí— el horario era otro mundo. Los días laborables abrían a las siete de la mañana o antes y cerraban pasadas las nueve de la noche. Hasta 1904 no se instauró el descanso dominical; después, los domingos por la mañana abrían sobre todo alimentación, hasta mediodía. Y en Sanfermines… se abría todos los días.

Un hombre del grupo soltó un “madre mía” en voz baja. Una comerciante asintió con cara de “pues tampoco hemos cambiado tanto”.

—Y los precios —añadí— no eran siempre “precio”. Había regateo. Por eso durante años se presumía en anuncios de “precios fijos”. Aquello de los precios fijos era una modernidad.

En ese momento escuché un murmullo raro detrás de mí, como si el grupo hubiera respirado al mismo tiempo. Y alguien dijo:

—Qué fuerte… es como verlo.

No me dio tiempo a pensar qué quería decir con “verlo”, porque, al nombrar abacerías (lo hice sin darme cuenta, como me había salido con Martín), una señora mayor se llevó la mano a la nariz.

—Yo… yo huelo bacalao —dijo, extrañada de sí misma.

Hubo risas nerviosas. Pero otra persona, a dos pasos, dijo:

—Yo también.

Y entonces, por primera vez en la ruta “real”, flotó sobre nosotros ese olor imposible: no a restaurante, no a cocina actual… sino a tienda antigua de alimentos, a sal, a saco y a madera húmeda.

Yo seguí, porque eso era exactamente lo que había aprendido: no se interrumpe a una ciudad cuando decide hablar.

—Y fijaos en las sagas —dije, para darle suelo al temblor—. En Pamplona el comercio era eminentemente familiar: “Viuda de…”, “Hijos de…”, “Sucesores de…”. No era solo un nombre legal. Era continuidad.

Y, como si la palabra continuidad fuera una llave, en una esquina de Mercaderes alguien juró haber visto durante un segundo un rótulo antiguo por encima del actual. Como una sombra de madera.

Yo no lo negué. Solo dije, con la verdad más útil:

—Pamplona guarda capas.

Todo normal, al principio.

Hasta que, sin darme cuenta, solté una frase que no estaba en mi guion:

—Aquí, en estas calles olía a cuero y  madera desde el alba.

Me quedé congelado un segundo. Era frase de Martín. Mía ya también.

El grupo hizo un murmullo simpático.

—Qué bonito —dijo una señora.

Seguimos.

Llegamos al claustro. Y yo dije:

—Antes de ver, esta piedra escuchó.

Otra frase de Martín. Otra vez el grupo asintiendo, encantado.

Y entonces ocurrió algo que no se me va a olvidar.

En la cuesta de Santo Domingo, al hablar yo de los encierros y del baluarte de Parma, un chico del grupo levantó la mano, pálido.

—Perdona… —dijo—. ¿Eso que se oye es un caballo?

Yo no oía nada.

Pero la mitad del grupo asintió. Otros se rieron nerviosos. Una niña dijo:

—Yo también lo oigo.

Un relincho, claro y breve, flotó sobre nuestras cabezas. Fue tan real que todos nos callamos instintivamente.

Martín no estaba allí, claro… pero su manera de mirar me iba marcando el paso.

Yo seguí caminando, porque el oficio también es eso: no parar la ruta aunque el mundo haga cosas raras. Pero el grupo iba más atento, más abierto.

Y cada vez que yo nombraba algo antiguo que Martín había descrito, aparecía un destello.

No siempre para todos. A unos les parecía ver un tramo de muralla superpuesto al muro actual. A otros, una taberna de techo bajo donde hoy hay una tienda de bolsos. Una mujer mayor se paró en San Cernin diciendo “huele a establo”, con la misma certeza con la que se dice “huele a lluvia”.

Al llegar a la Plaza del Castillo, un señor con pinta de jubilado serio me agarró del brazo.

—Oiga —me dijo en voz baja—. Yo juraría que he visto gente con faroles detrás de nosotros.

No supe qué contestar.

Solo le dije la verdad más útil:

—Pamplona es así. A veces se asoma.

Cerré la ruta con la frase de siempre y el grupo aplaudió más de lo normal, pero no por educación, sino por esa mezcla de emoción y desconcierto que te deja una experiencia que no cabe del todo en palabras.

Al final, cuando ya se iban, me encontré con una joven que no había hablado en toda la ruta. Tenía ojos de haber visto mucho.

—Gracias —me dijo—. He visto una calle que mi abuela me describía y yo pensaba que se la inventaba.

Se me hizo un nudo.

—¿Cuál?

—La Calleja del Silencio.

Ahí me quedé quieto. Porque esa calleja está en el mapa imposible que me dejaron un día, sí. Y en los papeles antiguos, quizá. Pero no en la ciudad de ahora.

—¿Dónde la has visto?

Señaló detrás de la Catedral, hacia una zona de sombra entre edificios.

—Ahí. Un segundo. Y luego estaba otra vez la pared.

Asentí sin hacer preguntas.

Esa noche volví a casa tarde, con la garganta seca de tanto contar, más feliz que cansado. En la Plaza del Castillo, antes de entrar a Mercaderes, juraría que vi a Martín apoyado en una farola, con su bastón y su libreta, mirándome de lejos.

No me acerqué.

Solo levanté la mano en un saludo breve. Él se quitó el sombrero.

Y en el aire se mezclaron, un instante, dos Pamplonas.

Desde entonces, cada vez que hago una ruta —de los Tres Burgos o de cualquier otra cosa— dejo un hueco para él en mi cabeza. No como fantasma, sino como colega de oficio.

Porque he aprendido algo raro y sencillo: una ciudad no es solo lo que pisas. Es también lo que alguien pisó antes y aún puede describirse contigo al lado.

Y cuando lo haces bien, cuando los dos planos se superponen sin romperse, la gente ve cosas que no debería… o que, en el fondo, siempre ha tenido derecho a ver.

sábado, 14 de febrero de 2026

Un portal a otro tiempo y otra ciudad

En la calle Curia, esquina con Compañía, había un edificio que todo el mundo conocía sin conocerlo. De esos que parecen tener más pisos por dentro que por fuera. La fachada guardaba un portal estrecho con una puerta de madera oscura, clavos redondos y un cristal esmerilado donde ponía, en letras gastadas: “Nº 1”.

Los del barrio decían “el 1 de Compañía” como quien dice “la fuente de Navarrería” o “la cuesta de Santo Domingo”: un lugar fijo, de toda la vida. Pero el 1 no era fijo. Solo lo parecía de día.

De noche, a partir de las doce, el portal cambiaba de ciudad.

No lo sabía todo el mundo. Lo sabían los que vuelven tarde, los que a esas horas no quieren que haya testigos, los que llevan en los bolsillos razones demasiado grandes para contar. Y lo supo, por mala suerte y por terquedad adolescente, Iñaki, un chaval de dieciséis años con pelo de casco de moto y una bici Orbea que chirriaba lo justo para que su ama lo oyera volver.

Era el 15 de julio de de 1979, San Fermín ya había pasado como un vendaval con resaca, y Pamplona entraba en esa calma rara de verano en la que el Casco Antiguo tiene olor a piedra caliente y a persiana medio bajada. Iñaki trabajaba de "maca" en la zapatería de un tío suyo en la calle Zapatería (cómo no), y por las tardes se escapaba a las piscinas de la Rochapea que hacía poco tiempo se habían inaugurado. Aquella noche venía de allí, con las manos todavía con olor a cloro, cuando vio la puerta del nº 1 de Compañía entreabierta.

No era tan raro. Había vecinos despistados, carteros con prisa, algún borrachín que se equivocaba de casa. Pero aquella noche el aire que salía de dentro no era aire de portal. No olía a humedad, ni a coliflor hervida, ni a felpudo viejo. Olía… a tabaco rubio y a perfume caro, de esos que solo llevaban las turistas francesas en los encierros.

Iñaki frenó. Miró alrededor. No había nadie. Ni un gato.

—¿Hola? —dijo, con esa voz que intenta sonar mayor y se le quiebra por dentro.

Empujó la puerta.

El zaguán era el mismo de siempre: suelo de baldosa con dibujos geométricos, buzones abollados, una bombilla amarilla colgando. Subió dos escalones. Y entonces el suelo se estiró, como si una alfombra invisible tirara de él hacia adelante. No fue un golpe ni un mareo. Fue más bien la certeza de que la calle Compañía se había quedado atrás sin moverse un centímetro.

Apareció en otra ciudad.

Lo primero fue el sonido. No había silencio de Pamplona a esas horas, sino música lejana, de trompeta y piano, como en las películas que ponían en el cine Juventud cuando había ciclo “de arte y ensayo”. Luego las luces: farolas redondas, escaparates llenos de sombreros y vestidos con flecos. Y al fondo, un río ancho con reflejos de oro y un puente que Iñaki reconoció sin haberlo visto nunca.

París.

París de postal, sí, pero no del que sale en los anuncios de colonia. París con coches antiguos, con gente fumando en la calle sin prisa, con mujeres de pelo corto y labios oscuros. Una pareja pasó a su lado discutiendo en francés. Un tipo con boina, -pero no de las de aquí-,  lo miró como si fuera un turista tonto y siguió caminando.

Iñaki se quedó clavado. La bici no estaba. Ni falta que le hacía. Tenía las piernas flojas.

—Eh, chico. ¿Te encuentras bien?

La voz venía de un café de esquina. En la puerta, un camarero con chaleco blanco le hacía señas con una sonrisa cansada. Iñaki entendió las palabras pero no sabía cómo. O quizá no las entendió: quizá el portal también traducía.

—¿Dónde… dónde estoy?

El camarero miró alrededor como quien comprueba que nadie escucha.

—En París, claro. ¿Dónde ibas a estar? —y bajó la voz—. Si vienes por el portal, mejor no te entretengas. Antes del amanecer vuelve a tu puerta.

Iñaki notó un escalofrío.

—¿Cómo sabe usted…?

—Aquí todos lo sabemos. Un portal que aparece a medianoche y desaparece con el alba no es algo que uno olvide. Anda. Entra y siéntate. Un café. Te hará falta si quieres volver.

Iñaki entró.

El café era pequeño, lleno de humo y de conversaciones vivas. En una mesa del fondo una mujer cantaba algo triste. En otra, tres hombres se pasaban papeles y hablaban rápido. Iñaki se sintió como si se hubiera colado en una película que no era para su edad.

—¿Qué año es? —preguntó.

El camarero levantó una ceja.

—1920. ¿Qué más da? El portal te lleva donde te lleva. Pero siempre te suelta aquí, en la esquina del mismo café. Como una estación.

  1. Iñaki intentó apretar ese número contra su cabeza y no pudo. Era como si le hubieran dicho “dentro de un sueño” o “en un sitio que no existe”.

Bebió el café a tragos pequeños. El camarero lo observaba con una mezcla de ternura y costumbre.

—No te quedes mirando tanto —le dijo—. Hay quienes se han perdido por mirar demasiado.

—¿Se han… perdido?

—Sí. Llegan como tú, con ojos de sorpresa. Se enamoran de una ciudad. Se olvidan del portal de origen. Y cuando vuelve a cerrarse… el de aquí no los devuelve. Los deja… en algún lugar intermedio. Nadie sabe cuál.

Iñaki se quedó quieto. Un reloj en la pared marcaba la una y cuarto.

—¿Y cómo vuelvo?

—Sencillo y difícil. Antes de que amanezca, tienes que estar en el portal por el que entraste. Pero no solo eso: tienes que reconocerlo. Si dudas, si te equivocas de puerta, te lleva a otra ciudad distinta. Y cada salto hace más difícil recordar la primera.

—¿Reconocerlo? Si es el mismo portal.

El camarero negó con la cabeza.

—No. Aquí todos los portales viejos se parecen. Y cuando estás nervioso… te engañan. Te miran como si fueran el tuyo. Por eso, los que vuelven siempre traen algo de su ciudad de origen. Un detalle. Un olor. Una palabra que solo existe allí.

Iñaki pensó en Pamplona. En su portal, olía a lejía del tercero B, a fritanga del bar de abajo, a piedra mojada cuando llovía. Pensó en el sonido de su calle, en el eco de los pasos. Pensó en su ama echándole la bronca por llegar tarde. En su tío diciendo “aprende, chaval, que el cuero no perdona”.

Y sin saber por qué se llevó la mano al bolsillo.

Tenía un pañuelo de San Fermín. Uno de esos que te venden en los puestos de venta ambulante,  había perdido el suyo en la mañana del 14 y no quería asistir al acto del pobre de mí sin él. Lo había comprado en la calle San Saturnino, justo delante de la Farmacia Sánchez Ostiz. 

El  pañuelo rojo era tierra firme.

—Esto. —se lo enseñó al camarero.

El hombre sonrió, aliviado.

—Perfecto. Eso huele a tu casa más que cualquier mapa. Guárdalo bien. Y no te metas en líos. París de noche muerde.

Iñaki salió del café con el pecho apretado y una energía rara, esa mezcla de miedo y una felicidad absurda que solo te da descubrir que el mundo es más grande que tus calles.

Caminó un rato. Vio el río, vio el puente, vio mujeres bailando en una plaza pequeña. Vio a un grupo de chicos de su edad o algo más mayores fumando y riendo como si el futuro no existiera. A uno de ellos se le cayó una moneda y rodó hasta los zapatos de Iñaki.

—Merci—dijo el chico cuando se la devolvió, y le ofreció un cigarro.

—No fumo.

—Pues deberías. Aquí todos fumamos.

Iñaki se rió. Era la primera vez que se reía desde que entró al portal.

—Yo soy de Pamplona.

—¿Pamplona? —el chico pronunció despacio, como si fuera una palabra bonita—. ¿Eso es España?

—Sí.

—Ah, España. Tierra de sol y toros. ¿Vienes mañana por la noche? Hay una fiesta cerca del Moulin Rouge.

Iñaki iba a decir que sí por pura emoción. Pero se acordó del pañuelo, del camarero, del amanecer. Del portal que no perdonaba.

—No sé si podré. Tengo que volver antes de que salga el sol.

El chico lo miró con seriedad repentina.

—Entonces vete ya. Aquí el sol sale pronto y sin avisar.

Y fue como si el París de 1920 entendiera la orden. Una brisa fría se metió por las calles. De golpe, Iñaki sintió que había estado demasiado tiempo fuera. Miró el reloj de una tienda: las cuatro menos cuarto.

Echó a correr.

Las piernas le dolían, pero lo peor era otra cosa: el miedo a no encontrar la esquina del café. A confundirse en una ciudad que no era la suya. A que los portales se multiplicaran ante él como espejos.

Llegó sin aliento. La esquina estaba allí. El café también. Pero al lado del café había tres portales viejos, idénticos, con puertas de madera oscura. En una calle cualquiera eso sería normal. Allí era una trampa.

Iñaki frenó en seco, sudando.

“Reconocerlo”, había dicho el camarero.

Sacó el pañuelo de San Fermín y lo apretó entre los dedos. Se lo llevó a la nariz como un niño que huele una manta. Olía a los últimos momentos de la fiesta. A su sudor, al miedo del encierro, a kalimotxo, aquel pañuelo le traía otros recuerdos:  el paso de la Comparsa o  la penetrante música de los gaiteros en la Plaza Consistorial.

Cerró los ojos.

Y de pronto lo supo. No porque pudiera explicarlo, sino porque el cuerpo le tiró: el portal del centro debía ser el suyo. La puerta tenía una muesca en forma de media luna abajo a la derecha. Como el golpe que le había dado con la bici un año antes, al girar mal la curva.

Empujó.

El zaguán lo recibió con la misma bombilla amarilla, la misma baldosa, los mismos buzones. Pero esta vez olía a humedad y a coliflor hervida. Sonaba a silencio de Pamplona. Era su portal.

Subió los dos escalones, y el suelo se encogió de vuelta. Abrió la puerta exterior.

La calle Compañía.

La piedra estaba fresca. Un barrendero pasaba con el camión. En el cielo, el primer azul pálido de la mañana. Iñaki miró el reloj del ayuntamiento, a lo lejos: las cinco y diez.

Había vuelto.

Se apoyó en la pared, riéndose y casi llorando. Notó que el pañuelo en su mano estaba caliente, como si hubiera pasado por una chimenea.

Cuando llegó a casa, su ama estaba en la cocina con bata y cara de no haber dormido.

—¿Dónde te metes, alma de cántaro? —le soltó sin gritar, que era peor.

Iñaki abrió la boca para inventarse una excusa de piscina, de amigo, de bici pinchada. Pero le salió otra cosa:

—He estado en París.

Su ama lo miró dos segundos, como calibrando si aquello era broma o insolencia.

—¿En París? Pues ponte a limpiar tu habitación, que menudo París tienes ahí. Y lávate esas manos.

Iñaki obedeció. Subió las escaleras con las piernas temblorosas. Antes de entrar en su cuarto se detuvo en el descansillo y miró por la ventana del portal hacia la calle.

El uno estaba cerrado, como siempre, igual de viejo e inocente.

De día, el portal era un portal.

Iñaki se metió el pañuelo en el bolsillo de su vaquero. No lo iba a perder jamás.

Aquella noche no durmió. Solo pensó en el chico del cigarro, en la música lejana, en las farolas redondas. Y pensó también en la advertencia.

Porque, claro, al día siguiente… quiso volver.

Pero esa es otra historia.

lunes, 2 de febrero de 2026

Viaje al pasado: El Castillo de Dª Berenguela

Aquel día, 9 de agosto de 1982, había salido de casa de mi tía, en Autillo, temprano por la mañana, con la fresquera,  para darme mi paseo matinal en bici. El cielo era de un azul impoluto,  con el sol todavía sin calentar,  escondido tras la iglesia de Santa Eufemia. Salí en dirección a Fuentes donde pasé  buena parte de la mañana. Al mediodía di cuenta de un generoso almuerzo en el bar de las Cuatro Esquinas, el antiguo Petiso, que me dejó como nuevo, con ganas de reanudar la excursión por los pueblos del contorno: Abarca, Castromocho,  para volver a Autillo de nuevo. Lo hice con el sol en lo alto y entré por el camino cercano al viejo edificio que me habían contado fue el palacio donde estuvo la reina Berenguela, cuando se coronó rey a su hijo Fernando al que más tarde apodarían El Santo.

Yo lo recordaba detrás de la iglesia, ya casi vencido, con el tejado abierto a dentelladas, el interior comido por la palomina y el abandono. Un edificio que estaba siendo utilizado aquellos días como  granero y que, visto desde fuera, en sus partes mejor conservadas nos retrotraía a lo que pudo ser un castillo o palacio de la alta edad media. Me pregunté  por un momento como habría sido la vida en aquella tierra en aquellos oscuros siglos. Nada me hacía sospechar en ese momento que más pronto que tarde tendría la respuesta. Me bajé de la bici,  me acerqué a la fuente pública que estaba unos metros más adelante, a la derecha, aquella fuente que había conocido desde pequeño, con  su manivela metálica que giraba con ese quejido de hierro, levantando el agua en cangilones como una noria pequeña. Bebí para saciar mi sed, con pequeños sorbos. El pueblo estaba quieto, tendido al sol como una piedra caliente. Las calles olían a polvo y a cereal, y el aire —ese aire de Tierra de Campos, ancho como una promesa— me entraba en los pulmones con la facilidad con la que entran los recuerdos de veranos anteriores.

-I-

Casi por reflejo tomé el camino hacia la Iglesia de Santa Eufemia. Candé la bici y entré  a la iglesia buscando paz. Adentro, el aire era otro: más fresco, más denso, con ese olor a piedra antigua, cera y madera barnizada. Me recibió esa penumbra que no es oscuridad: es una manera de bajar el ruido del mundo. Me quedé unos minutos mirando a las alturas, dejando que la vista se acostumbrara, como quien vuelve a casa y se fija en lo que nunca mira. Recuerdo el efecto que producían sobre mí las piedras y  las bóvedas de la iglesia. Tenía la sensación de que el tiempo se podía detener o congelar allí dentro.

Fue al rodear un lateral cuando vi una puerta que nunca había visto.

Una puerta pequeña, discreta, en un tramo lateral que yo habría jurado que era pared. No era una puerta monumental, ni un arco llamativo. Era una hoja de madera  vieja y oscura, con herrajes gastados. Tenía algo impropio. Como si no perteneciera a ese sitio o a ese tiempo.

Me acerqué. No sé por qué lo hice. Tal vez porque la curiosidad, cuando te ha elegido, se disfraza de necesidad. Puse la mano en el hierro y noté un estremecimiento leve, como si el metal estuviera vivo.

La empujé. La puerta cedió con un suspiro.

Detrás no había capilla ni sacristía. Había un paso estrecho, escalones hacia abajo y un aliento frío que olía a piedra cerrada, a tierra, a sótano y que me erizó los brazos. Bajé. Cada peldaño parecía tragarse el sonido de mis pasos. El sonido de la nave se fue apagando, tragado por la piedra. Y al final, en un hueco que parecía una cripta o un pasadizo olvidado, había una luz.

Bajé

Al fondo, una luz.

No era una luz eléctrica. No era una vela. Era una claridad blanca, sin fuente, sin llama, sin sombra, como si el aire estuviera iluminado por dentro. Me quedé quieto, con la respiración suspendida, y me oí pensar una tontería: “Esto no puede ser”. Pero la luz tiraba de mí con una fuerza antigua, como si la hubiera estado esperando.

Dí un paso.

La luz me envolvió y cuando la luz me tocó el mundo se deshizo y perdí la conciencia.

-II- 

Cuando desperté lo primero que sentí fue el olor. No era el olor de la mañana. Era un olor a humo,  estiércol  y  barro.

Después vino el ruido: voces, relinchos, metal golpeando metal, y un murmullo de gente reunida...

Lo tercero fue el suelo. Caí de rodillas en un barro duro, con piedras incrustadas. Abrí los ojos y el cielo me cayó encima, enorme, limpio, con una dureza azul que no recordaba desde hacía tiempo. Estaba fuera del recinto. A unos metros, donde debía estar la iglesia de San Eufemia había una ermita, la ermita se encontraba  cerca,  a cien metros,  del palacio defensivo que ya había conocido en muy mal estado hace unos momentos, un abismo de tiempo como descubriría  después,  y más allá se divisaba el pueblo pero no el de mis veraneos.

Era Autillo y no lo era. Tenía el mismo perfil, el mismo campo, pero las casas eran más bajas, de barro y piedra, con techos de paja y madera oscura, y el suelo… el suelo era un barro endurecido, con surcos de carros y huellas de animales. Había moscas. Muchas. Y gallinas sueltas picoteando mierda seca.

Las moscas no eran un detalle: formaban una nube insistente que se te metía en los ojos y en las comisuras de la boca. Zumbaban en las orejas como si el pueblo entero tuviera un motor pequeño y sucio funcionando sin parar. Vi charcos de agua estancada y verdosa, y un perro flaco lamiendo algo que no quise mirar mucho.

Me miré: vestía unos vaqueros desgastados, una camisa de verano de lino de color verde, unas zapatillas de deporte y llevaba en la muñeca un reloj digital Casio de esos que se pusieron de moda en los años 80. Era como un  cartel luminoso en mitad de una procesión. 

Me entró un miedo  frío, instantáneo, instintivo, casi animal. Un miedo de esos que te avisan desde la barriga: estas en peligro. Corre.

A unos metros, un hombre me vio. Un hombre de barba corta y dientes oscuros. Llevaba una túnica corta, ceñida con cuerda, y un capuchón de lana. Se quedó clavado mirándome, como si yo fuera una aparición. Yo también me quedé quieto, intentando decidir, en una décima de segundo,  si correr,  sonreír o caer de rodillas. Elegí lo peor: no hacer nada.

—¿Quién… sodes? —dijo, con una voz ronca y una pronunciación rara, más abierta, más áspera. Me miraba como se mira a un muerto que aun anda

Aquel “sodes” me desubicó por completo. No era castellano moderno; era un castellano antiguo que reconocí por intuición, como se reconoce el rostro de un antepasado en una fotografía.

No respondí. Me noté la boca seca.

El hombre dio un paso atrás y gritó hacia la ermita:

—¡Aqueste es extraño! Y la palabra extraño sonó como "culpable".

Y entonces vi por qué había tanta gente.

A la salida del pueblo se levantaba un pequeño claro donde se había reunido una gran cantidad de personas: campesinos, mujeres con sayas y mantos, niños pegados a las faldas, hombres con barba corta, algunos con gorros de paño. Y entre ellos, como una línea que cortaba el aire, un nutrido destacamento de soldados.

Los soldados no pertenecían a ninguna recreación histórica ni al rodaje de una película; eran sin duda reales y muchos  lucían un aspecto un tanto descuidado. Algunos llevaban gambesones acolchados  manchados, otros cotas de malla sucias que olían a metal y grasa aunque  brillaban al sol como escamas, y sobre la cabeza muchos llevaban caperuzas de malla o cascos sencillos, algunos de ellos abollados por la refriega de las batallas. Vi escudos golpeados con formas alargadas, lanzas, y espadas envainadas.

En los límites del campamento había restos: huesos roídos cerca de una hoguera apagada, trapos sucios que parecían vendas viejas, y manchas oscuras en el suelo que no eran de barro. El aire tenía ese rastro de carne salada y de sebo, como si alguien hubiera pasado la vida entera encima de una fogata.

Había numerosos caballos: nerviosos, resoplando, golpeando el suelo, con las crines trenzadas y los arneses de cuero oscuro. Olían a  sudor caliente, a orina. Algunos tenían espuma en las bocas. Uno coceó al aire y casi tira a un hombre,

Los  pendones se movían al viento: telas gruesas, pesadas con bordados toscos y diferentes colores, que prometían lealtades y guerras. No distinguí bien los emblemas, pero vi castillos bordados y cruces, y entendí que estaba mirando algo que no era una fiesta local, ni parecía tampoco, como he dicho,  una recreación histórica.

Había viajado en el tiempo, Dios sabe donde. Estaba asistiendo a un episodio de la historia de España.

Me dio un vuelco el estómago y me temblaron las piernas al pensar, por lo que estaba viendo y mi conocimiento de la historia de España que podía encontrarme en los oscuros siglos de la edad media donde reinaba  la ignorancia y la superstición.

Intenté retroceder hacia la ermita, hacia la luz, pero al girarme… no había luz. La entrada por la que había salido no era una puerta; era una pared de piedra. Me quedé helado

Tragué saliva. Estoy aquí. Y aquí significa… aquí de verdad.

-III-

Una mujer, mayor, con las manos enrojecidas y cuarteadas por el sol, se acercó con cautela. Me olió y me miró de arriba abajo como se mira un animal raro, desconocido.

—Traes paños de loco o de encantado—dijo, y no sonó como burla, sino como advertencia.

Me tocó la camisa verde, pellizcando la tela como si no entendiera cómo podía existir.

Yo conseguí articular algo:

—Me… he perdido.

La frase sonó ridícula en aquel lugar, pero la mujer pareció aceptar que un hombre se pierde como se pierde una oveja.

—Si te ven los de armas, prenderte han. Ven.

Me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me arrastró hacia un grupo de carros. Allí, detrás de unos haces de leña  me lanzó un manto oscuro que olía a humo y cuerpo y una especie de sayo de lana áspera que rascaba como esparto.

El manto no solo olía a cuerpo: olía a cuerpo enfermo, a lana mojada mal secada, a una acidez de sudor que llevaba días ahí. En cuanto me lo eché encima sentí que algo se movía. No era producto de mi  imaginación: era un cosquilleo real, como si pequeñas patas se abrieran paso por el cuello y las muñecas. Quise rascarme, pero la mujer me clavó una mirada que me dejó quieto.

—Quítate eso —ordenó señalando mi camisa

Tardé un segundo en entender. Me desnudé a medias, temblando de miedo y de vergüenza, intentando no hacer movimientos raros. Me cubrí como pude. Me puse el sayo por encima  y me cubrí con el manto. Aun así, los vaqueros y el reloj digital asomaban por debajo del sayo así como las zapatillas, que delataban mi época como  señales de humo.

La mujer chasqueó la lengua y me echó barro en los bajos.

—Agora pareces menos endiablado.

“Endiablado”. Otra palabra que me golpeó.

Quise preguntar dónde estaba, qué estaba pasando, pero ella señaló hacia el claro:

—Agora calla. Mira. Viene gente grande.

Y entonces, como si el aire se hubiera tensado, los murmullos se apagaron. Los soldados se alinearon. Los caballos levantaron la cabeza.

Vi llegar a un pequeño grupo escoltado.

En medio, una mujer con porte firme. No iba vestida como una campesina. Llevaba un vestido largo, con buenas telas, colores más profundos, y un velo o toca que enmarcaba el rostro. No era una figura de cuento: era una autoridad que no necesitaba gritar para que el mundo se apartara. Junto a ella, un joven —no un niño— con el rostro serio, la espalda recta, y una mirada que parecía no permitirse el miedo.

Supe que eran ellos antes de que nadie lo dijera: en Autillo y en aquella época no podían ser más que  Berenguela y su hijo Fernando.

Mi garganta se cerró.

En mi cabeza se mezclaron datos y vértigo: la muerte del rey Enrique en Palencia, la tensión con la casa de Lara, el miedo a que León reclamara Castilla, la carrera para traer al infante Fernando y evitar que el reino se deshiciera como pan viejo. Todo eso, que había estudiado en libros, estaba allí,  una suma de ojos vigilantes, manos en espadas y silencios cargados.

Alrededor de ellos se movían hombres de más rango: con mejores mantos y espadas y escoltas mejor alimentadas. Y el resto, -campesinos, mujeres y niños-, miraban con una mezcla de esperanza y miedo, como se mira una tormenta que puede regar o destruir.

Un hombre de aspecto noble, ancho de hombros, con un manto más rico y escolta propia, se adelantó. No oí su nombre, pero por la manera en que la gente lo miraba comprendí que aquel era alguien que mandaba en Autillo: el señor del lugar, el que daba refugio y fuerza a esa escena. Mi memoria buscó el nombre que yo ya sabía: Gonzalo Royz  Girón, el mayordomo, el defensor de la reina, el señor de Autillo.

El noble ´dijo,  en  voz alta,  unas palabras que fueron escuchadas con respeto. Oí frases sueltas, cortadas, pronunciadas en ese castellano rugoso y arcaico que se me quedaba clavado. Hablaba de la muerte del rey Enrique al caerle una teja en la cabeza,  de las ambiciones del conde, -se refería al conde Alvar Nuñez de Lara. Pero el tono era claro: una proclamación, un reconocimiento, una aceptación. A él le siguieron otros ricos omnes. Hablaban de derecho, de herencia, de lealtad. Una palabra se repetía a cada momento: fidelidad.

La reina escuchó.

Y luego, llegó el momento.

Berenguela dio un paso. Miró a su hijo. Y en esa mirada vi algo que no esperaba: no solo poder. Vi cansancio pero también ví decisión. Como si aquella mujer, para mantener el reino en pie, hubiera tenido que dormir poco durante años.

Hizo un gesto —un gesto breve— y el joven quedó un poco más adelante, expuesto ante todos.

Alguien alzó un pendón. Alguien gritó “¡Castilla!” y el grito se extendió como el fuego en un rastrojo. Vi manos levantarse, vi cabezas inclinarse, vi bocas repetir un nombre que se quebraba en la pronunciación antigua:

—¡Fernando! ¡Fernando rey!

Me entraron ganas de llorar y no supe por qué. Porque estaba allí. Porque ese instante, que en mi tiempo es una frase en un párrafo, en ese tiempo era una frontera.

Y otro con voz que partía el aire, dijo algo que me erizó entero porque era exactamente el pulso del texto antiguo:

-Real!!, Real!!, Real!! 

Fernando era proclamado rey en Autillo —en aquel junio de 1217— y el pueblo entero parecía comprender que, aunque no lo supiera aún, España cambiaba de dirección en ese claro, junto a una ermita extramuros.

Fernando —tan joven— levantó la barbilla. Sus labios se movieron. Tal vez juró. Tal vez pidió ayuda. Tal vez prometió justicia. No lo sé. Lo que sí sé es que, cuando habló, el silencio que lo escuchó era el silencio de miles de vidas que dependían de esa voz.

Y entonces ocurrió algo pequeño, humano, que me desarmó: Berenguela se acercó un instante y, casi sin que nadie lo notara, le tocó el brazo, como una madre que dice “estoy aquí, aguanta” sin palabras.

Pensé en lo que vendría: guerras, pactos, asedios; la coronación formal poco después; la oposición; la paciencia. Y, más adelante, el punto final que cerraría el círculo: la unión definitiva de Castilla y León en 1230, cuando Fernando heredara León.

Pero yo no estaba allí para ver el futuro. Yo estaba allí para sentir el peso del pasado.

Los hombres alrededor comentaron algo que me encajó con otro detalle de la crónica: la multitud era tanta que no cabían en palacio.

—Non cabemos en palacio. Al mercado —ordenó uno—. Al mercado que todos lo vean

Y el gentío se movió como ganado empujado por pastores: empujones, niños llorando, mujeres apretando el manto contra el pecho, hombres levantando codos. El barro se convirtió  en polvo. Me atreví a moverme unos pasos, con el manto tapándome el cuerpo como si pudiera taparme la época. Desde ese nuevo ángulo vi el pueblo mejor: las calles sin empedrar, los charcos secos, animales sueltos, niños descalzos, perros flacos.

En el recinto  del mercado, la suciedad se multiplicaba: charcos de sangre aguada cerca de una tabla donde habían destripado algo, pellejos colgando de unos postes, y un montón de vísceras oscurecidas que atraían moscas como si fueran imanes. El suelo estaba resbaladizo en algunos puntos, y la gente pisaba sin mirar, acostumbrada. Un hombre gritaba precios (en dinero de vellón) con voz rota; una mujer ofrecía sal; otro vendía un queso reseco. Hasta mi llegaba un hedor a carne, a tripa caliente, a sebo y a humo que se te pegaba en el pelo.

-IV-

Comprendí entonces que esa proclamación tenía algo de urgencia logística y algo de gesto simbólico: que fuese ante todos, en lugar público, con testigos, porque los reinos no se sostienen solo con sangre, sino con ojos.

A lo lejos, hacia donde, en mi recuerdo, estaba la fuente de la manivela, había  un pozo: un brocal de piedra, un travesaño de madera, una cuerda con cubo. A su lado, un pilón humilde donde bebían dos bestias.

En ese ir y venir, mi mirada se fue instintivamente hacia donde, en mis veraneos, se alzaba el llamado palacio “de la reina”, en realidad el palacio de Ruiz Girón una  imponente construcción con muros gruesos, un portón y actividad alrededor. No era la  ruina que yo conocía. Era un edificio vivo, con guardias, con movimiento, con autoridad. Estaba viendo el pasado intacto de una construcción que yo había conocido rota y  abandonada.

Aunque en realidad no era el “de la reina”, como decíamos de niños; sino el del mayordomo, el del señor. De pronto entendí la trampa dulce de las leyendas: a veces un lugar necesita un nombre grande para que no se nos olvide.

Mi mente iba demasiado rápido. No pude evitarlo: di un paso más, buscando ver mejor, buscando grabarlo en la retina para llevármelo a mi tiempo como quien roba una reliquia.

Y ese fue mi error.

Cometí el error típico del que mira demasiado: di un paso fuera del amparo del carro, buscando ver mejor.

Un soldado me vio.

—¡Eh, tú! —gritó.

Me señaló con una seguridad brutal, como si llevara un cartel colgado. Se acercó rápido, olfateando rareza. ´

Olía a sudor rancio y a metal. Me agarró del manto y tiró.

El manto se abrió un poco y asomó el vaquero. Luego las zapatillas y más tarde el Casio que había comprado en Pamplona ese mismo verano.

Su cara cambió de sospecha a certeza de herejía.

—Esto… non es paño de cristiano y este artefacto que es—escupió, y me agarró la muñeca con una fuerza brutal para arrancarme el reloj que tanto le había sorprendido y por el que preguntaba.

Me apretó hasta que sentí que me iba a dejar marca.

—¿De quién eres? ¿Quién te envía? —me ladró.

Intenté decir “me he perdido”, pero mi voz salió rara, demasiado suave, fuera de tono, como si mi lengua no perteneciera a ese siglo.

El soldado no oyó palabras: sintió una amenaza.

—¡Prendedlo!

La palabra me cayó como una piedra.

Me empujó hacia delante. Noté ojos clavados: curiosidad, miedo, odio. Alguien gritó “bruxo”. Otro se santiguó. Una mujer se apartó como si yo contagiara.

Uno de los del gentío —un hombre con la cara chupada y los labios blanquecinos— levantó un dedo hacia mí y empezó a gritar como si ya tuviera sentencia: que si era sombra de mal agüero, que si era una señal del diablo, que si por gente como yo caían tejas y morían reyes. Y lo peor fue que otros le siguieron, no porque no me entendieran, sino porque necesitaban un recipiente donde vaciar su miedo. Sentí que no era un simple  “arresto”, sino que estaba al borde de un linchamiento, la posibilidad real de que allí mismo me abrieran la cabeza “para ver qué tenía dentro”.

Y entonces lo supe: si me llevaban delante de los grandes, no iba a salir con una simple multa.

En ese siglo, un extraño puede desaparecer sin dejar rastro y al pueblo le quedará la tranquilidad de haber erradicado lo incomprensible.

Me revolví. El soldado me golpeó con el antebrazo. Vi las estrellas.

Corrí.

No corrí “bien”. Corrí como un animal acorralado, con el barro agarrándoseme a las suelas, oyendo detrás el metal y los gritos.

Llegué a la ermita de piedra. Palpé el lateral como un loco.

La puerta. La luz. Por favor.

Una losa cedió.

Detrás estaba la luz, blanca, imposible.

Noté la mano del soldado en mi hombro, tirando hacia atrás. Su aliento me golpeó la nuca.

—¡Non escaparás!

Y yo, sin pensar, me lancé a la luz como quien se tira a un pozo.

-V-

Caí de rodillas en la cripta bajo la iglesia de Santa Eufemia, con el sabor a humo todavía en la boca y el corazón pugnando por salírseme del pecho. Olía a la humedad de la piedra de la cripta mezclada con el olor a la cera  de cirios pertenecientes a la ceremonia de alguna antigua inhumación.

Subí como un animal que huye del fuego,  a trompicones. La misma escalera. La misma puerta de madera. La abrí. Entré en la nave silenciosa de Santa Eufemia como un náufrago que regresa a tierra. 

Me quedé apoyado en una columna sin poder moverme, oyendo mi respiración, esperando que el tiempo dejara de girar.

Cuando por fin salí a la calle,  Autillo era el de siempre: el silencio,  el camino, el viento, los tejados. Me acerqué a la fuente y giré la manivela. El hierro gimió. El agua subió en su cadena de cangilones y cayó al pilón, como si nada hubiera pasado.

Pero yo ya no era el mismo.

Porque yo había estado allí.

Había visto a Berenguela sostener el reino con un gesto mínimo. Había oído el castellano antiguo salir del pueblo y de bocas reales. Había visto la proclamación convertida en campamento, y el mercado llenarse porque “non cabían en palacio”.

Y había vuelto justo cuando me iban a prender.

Me quedé mirando al agua subiendo en su cadena de cangilones durante un rato largo.

Volví la vista hacia detrás de la iglesia, hacia el lugar donde mi memoria guardaba la ruina del palacio. Allí estaba: deteriorado, vencido, vacío… granero de un tiempo que lo había olvidado.

Y, sin embargo, en mi cabeza seguía vivo: los pendones al viento, las cotas de malla brillando, una madre tocando el brazo de su hijo para sostener un reino.

Solo entonces comprendí el verdadero terror del viaje: el verdadero terror no era que me prendieran en el año 1217, por brujo o por espía, que también, el verdadero drama era que, tras regresar, nadie  creyera mi  historia pues si la contaba me tomarían por un orate, por un loco. Solo yo sabía que lo había visto todo.

Me eché a reír, solo, paseando por el pueblo, con el corazón aún galopando como un caballo de guerra…y con la sensación de que el tiempo, por debajo, seguía abierto.