Cuando mi madre enfermó, yo dormía junto a ella, en la misma habitación. Aquello se convirtió en costumbre: escuchar su respiración, vigilar la noche, acostumbrarme a los ruidos mínimos de la enfermedad y del miedo. Por eso, cuando murió, el vacío no fue un vacío normal. No era solo la ausencia de un cuerpo. Era una ausencia densa, activa, como si todavía quedara algo de ella en el aire, adherido a las sábanas, a la madera de la cama, a los rincones de la habitación.
A los dos días de su muerte tuve el primero de aquellos sueños vividos. No sé si estaba dormido o si había entrado en esa fase en la que el sueño se mezcla con la realidad hasta volverla indistinguible. Recuerdo que dejé la mano sobre la cama de mi madre, como tantas veces había hecho al volverme durante la noche, y sentí su presencia a mi lado. No fue una idea. No fue un recuerdo. Fue una presencia. Una de esas cosas que resultan casi imposibles de explicar con palabras, porque las palabras siempre llegan tarde y siempre se quedan cortas.
En otro de aquellos sueños creí ver su cuerpo, o quizá no su cuerpo sino la huella de su cuerpo sobre el lecho. Como si hubiese quedado allí el rastro de una permanencia física, una forma tenue, un residuo de existencia. Pensé, sin pensarlo realmente, que tal vez los muertos no se marchan de inmediato, que a veces se resisten a abandonar esta dimensión y permanecen un tiempo junto a aquello que amaron o que no saben dejar atrás.
Hubo otro sueño en el que mi madre estaba viva. Yo sabía, sin embargo, que no pertenecíamos ya al mundo de siempre. Notaba que me hallaba en una especie de dimensión astral, un lugar cercano y remoto a la vez, como una habitación levantada detrás de la realidad. Ella estaba allí. No hablábamos. No hacía falta. Además de su presencia, advertía otra, quizá otras, presencias espirituales, silenciosas, observando o aguardando. No sentí paz. Sentí extrañeza, una extrañeza tan intensa que rozaba el terror.
Otra noche noté el aliento de un espíritu detrás de mi espalda.
No lo vi. Solo sentí su respiración, próxima, imposible, helándome la nuca con una certeza animal. En aquellos sueños todo era así: demasiado real. Yo sabía que mi padre y mi hermano dormían en sus camas, en la casa sumida en el silencio de la madrugada. Lo sabía con la misma seguridad con la que sabía que algo, del otro lado, respiraba detrás de mí.
Con el paso de los días comprendí que no se trataba de sueños corrientes. Eran sueños vividos. Pesadillas, casi siempre, porque el sueño usurpaba la realidad y ya no había manera de distinguir dónde terminaba uno y empezaba la otra. Era como si una puerta se hubiese quedado abierta temporalmente y yo, sin quererlo, accediese a esa rendija por donde se cuela lo que no debería cruzar.
Una noche vi una sombra negra con ojos rojos. Se acercaba de derecha a izquierda por la ventana, a mi espalda, con una lentitud que aún me resulta insoportable recordar. No puedo jurar que fuera un espíritu, ni una forma nacida del miedo, ni una imagen fabricada por el agotamiento y el dolor. Solo sé lo que vi en aquel estado turbio y terrible: una sombra con ojos encendidos, avanzando hacia mí desde la oscuridad.
Otra vez soñé que mi hermano pasaba por el pasillo camino de la cocina. Le llamé. En el mismo instante comprendí que estaba pasando de verdad. Mi voz, dentro del sueño, coincidió con la realidad, y aquello me despertó. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Fue una sensación espantosa: advertir que el sueño había tocado el mundo real, o que el mundo real se había infiltrado dentro del sueño.
Así transcurrió más de un mes tras la muerte de mi madre: noches atravesadas por presencias, respiraciones, sombras y esa angustiosa impresión de haber sido admitido, sin permiso, en una región intermedia donde los muertos aún no estaban del todo muertos ni los vivos del todo a salvo.
Después murió mi padre.
Habían pasado apenas unas horas desde que los del tanatorio se llevaron el cuerpo cuando empezaron los ruidos en la habitación. Mi hermano y yo los oímos claramente. Crujidos de muebles, sonidos secos, pequeñas quejas de la madera, como si algo se moviese o se acomodase en el cuarto donde hasta hacía nada él había estado durmiendo. Mi hermano seguía ocupando aquella habitación desde que mi padre cayó enfermo. Durante diez años los dos habíamos cuidado de nuestros padres. Nos habíamos repartido las noches, el peso de la enfermedad, la vigilancia del sueño ajeno, ese agotamiento lento de quien aprende a vivir siempre alerta. Tal vez por eso la casa no sabía todavía que ellos ya no estaban. Tal vez por eso nosotros tampoco lo sabíamos.
Poco después mi hermano tuvo uno de sus propios sueños. Soñó que le lanzaban una almohada por detrás, desde la antigua cama donde dormía mi padre. No era solo la imagen lo inquietante. Era la impresión de que aquel objeto cotidiano, tan doméstico y tan inocente, se convertía de pronto en el vehículo de una reprimenda llegada desde el otro lado, como si el espíritu de mi padre, cabreado ante el sueño indolente de mi hermano, le hubiese arrojado la almohada para sacudirlo, para recriminarle algo, o simplemente para recordarle que seguía allí. Y precisamente por tratarse de una almohada, de algo tan vulgar y cercano, el gesto resultaba todavía más turbador
También soñábamos con mi padre queriendo entrar en casa. Pero en el sueño sabíamos que no era él. O que no era solo él. Había algo profundamente perturbador en ese reconocimiento. Una figura llegaba, reclamando paso, y nosotros sentíamos de inmediato una certeza heladora: no puede ser quien eres tú. No puede ser mi padre, aunque venga con su forma, con su voz o con su recuerdo. Como si la muerte pudiera imitar a los nuestros para engañarnos. Como si algo usara su figura para acercarse.
Hubo voces en el pasillo. Voces de los muertos, pensé muchas veces al despertar, aunque al decirlo en voz alta sonase excesivo o delirante. Pero en la noche no lo parecía. En la noche era real. El pasillo, oscuro y estrecho, se volvía un lugar de tránsito, un corredor entre dos planos, un sitio donde lo invisible parecía rozar las paredes.
Otras veces sucedía algo todavía más extraño: en medio del sueño anticipaba algo que mi hermano me diría unos segundos más tarde, ya despierto. Como si la frase o la idea me hubiese llegado antes por otra vía. Como si, en ese estado liminar, el tiempo no se comportase de forma normal y algunas cosas sucedieran primero en el sueño y luego en el mundo.
Durante algún tiempo seguí soñando con ellos.
Soñaba con mi madre viva, andando, restablecida, como si la enfermedad nunca hubiera existido. La veía bien, presente, cercana. Y yo sabía que estaba muerta, pero no se lo decía. En el sueño eso me parecía importante: callarlo. No romper nada. No pronunciar la palabra definitiva. También estaban a veces mi padre y mi hermano, reunidos en la habitación del patio, en una escena de calma extraña, doméstica y sagrada al mismo tiempo. Entonces, de repente, la habitación quedaba vacía. A oscuras. Como si alguien hubiera apagado el mundo. Y yo me quedaba allí, solo, gimiendo, llorando, repitiendo vuelve, vuelve, vuelve, con esa desesperación infantil que brota cuando uno comprende que no hay ya regreso posible.
En otro sueño llevábamos a mi padre al hospital, como tantas veces habíamos hecho en la realidad. Era uno de esos trayectos que la costumbre había vuelto casi mecánicos: la prisa, la preocupación, el cansancio, la esperanza que uno mantiene incluso cuando ya casi no cree en ella. Pero, en mitad de aquel traslado soñado, mi padre desaparecía. Se volatilizaba. Como si nunca hubiera estado allí. Yo trataba de buscarlo con una angustia que me cerraba la garganta. Miraba alrededor, preguntaba, corría, y solo encontraba un hueco, una ausencia absoluta, como si la realidad lo hubiese borrado en un instante.
Ahora, cuando vuelvo sobre aquellos meses, pienso que muchos de aquellos sueños eran sueños de conexión espiritual, sí, pero también de pérdida. Quizá ambas cosas sean inseparables. El duelo abre puertas que en otro tiempo permanecen cerradas. Nos vuelve más frágiles, más porosos, más expuestos a lo que recordamos, a lo que tememos y a lo que acaso existe en algún lugar que no comprendemos. La muerte no se limita a llevarse a los muertos: altera la textura del mundo, desplaza los límites de lo visible, deja a los vivos asomados a un borde.
No sé explicar del todo lo que nos ocurrió a mi hermano y a mí entre abril de 2013 y mayo de 2014. No sé si fueron manifestaciones del dolor, del agotamiento, de la vigilia prolongada, de la culpa de sobrevivir, del amor que se resiste a soltar. No sé si, realmente, durante un tiempo se abrió una puerta y algo pasó de un lado a otro. Hay cosas que no se pueden demostrar, pero tampoco se pueden olvidar.
Lo único que sé con certeza es que, en aquellas noches, la casa dejó de ser solo una casa. Fue hospital, santuario, cámara de ecos, frontera. Y nosotros, que habíamos pasado diez años velando el sueño de nuestros padres, nos descubrimos de pronto velando otra cosa: su ausencia. O quizá su persistencia.
A veces pienso que los muertos no se van de golpe. Que antes de desaparecer del todo retroceden lentamente, como una figura que se aleja por un pasillo interminable y aún vuelve la cabeza una última vez. Tal vez por eso durante tanto tiempo creí sentirlos cerca, oír sus pasos, respirar su aliento en el borde mismo del sueño.
Tal vez por eso aún hoy, algunas noches, cuando el silencio de la casa se parece demasiado al de entonces, tengo la impresión de que aquella puerta nunca llegó a cerrarse del todo.
