Yo lo recordaba detrás de la
iglesia, ya casi vencido, con el tejado abierto a dentelladas, el interior
comido por la palomina y el abandono. Un edificio que estaba siendo utilizado
aquellos días como granero y que, visto
desde fuera, en sus partes mejor conservadas nos retrotraía a lo que pudo ser
un castillo o palacio de la alta edad media. Me pregunté por un momento como habría sido la vida en
aquella tierra en aquellos oscuros siglos. Nada me hacía sospechar en ese momento que más
pronto que tarde tendría la respuesta. Me bajé de la bici, me acerqué a la
fuente pública que estaba unos metros más adelante, a la derecha, aquella
fuente que había conocido desde pequeño, con
su manivela metálica que giraba con ese quejido de hierro, levantando el
agua en cangilones como una noria pequeña. Bebí para saciar mi sed, con
pequeños sorbos. El pueblo estaba quieto, tendido al sol como una piedra
caliente. Las calles olían a polvo y a cereal, y el aire —ese aire de Tierra de
Campos, ancho como una promesa— me entraba en los pulmones con la facilidad con
la que entran los recuerdos.
-I-
Casi por reflejo tomé el camino hacia la
Iglesia de Santa Eufemia. Candé la bici y entré
a la iglesia buscando paz. Adentro, el aire era otro: más fresco, más
denso, con ese olor a piedra antigua, cera y madera barnizada. Me recibió esa
penumbra que no es oscuridad: es una manera de bajar el ruido del mundo, de la vida cotidiana. Me
quedé unos minutos mirando a las alturas, dejando que la vista se acostumbrara,
como quien vuelve a casa y se fija en lo que nunca mira. Recuerdo el efecto que producían sobre mí las piedras y las bóvedas de la iglesia. Tenía la sensación de que el tiempo se podía detener, congelar allí dentro.
Fue al rodear un lateral
cuando vi una puerta que nunca había visto.
Una puerta pequeña, discreta,
en un tramo lateral que yo habría jurado que era pared. No era una puerta
monumental, ni un arco llamativo. Era una hoja de madera vieja y oscura, con herrajes gastados. Tenía
algo impropio. Como si no perteneciera a ese sitio o a ese tiempo.
Me acerqué. No sé por qué lo
hice. Tal vez porque la curiosidad, cuando te ha elegido, se disfraza de
necesidad. Puse la mano en el hierro y noté un estremecimiento leve, como si el
metal estuviera vivo.
La empujé. La puerta cedió con
un suspiro.
Detrás no había capilla ni
sacristía. Había un paso estrecho, escalones hacia abajo y un aliento frío que olía
a piedra cerrada, a tierra, a sótano y que me erizó los brazos. Bajé. Cada
peldaño parecía tragarse el sonido de mis pasos. El sonido de la nave se fue
apagando, tragado por la piedra. Y al final, en un hueco que parecía una cripta
o un pasadizo olvidado, había una luz.
Bajé
Al fondo, una luz.
No una luz eléctrica. No una
vela. Era una claridad blanca, sin fuente, sin llama, sin sombra, como si el
aire estuviera iluminado por dentro. Me quedé quieto, con la respiración
suspendida, y me oí pensar una tontería: “Esto no puede ser”. Pero la
luz tiraba de mí con una fuerza antigua, como si la hubiera estado esperando.
Dí un paso.
La luz me envolvió y cuando la luz me tocó el mundo se deshizo y perdí la conciencia.
-II-
Cuando desperté lo primero que sentí fue el olor. No era el
olor de la mañana. Era un olor a humo y grasa vieja, estiércol reciente y barro.
Después vino el ruido: voces,
relinchos, metal golpeando metal, y un murmullo de gente reunida, la voz de un niño en la lejanía..
Lo tercero fue el suelo. Caí
de rodillas en un barro duro, con piedras incrustadas. Abrí los ojos y el cielo me
cayó encima, enorme, limpio, con una dureza azul que no recordaba desde hacía tiempo. Estaba
fuera del recinto. A unos metros, donde debía estar la iglesia de San Eufemia había una ermita,
la ermita se encontraba cerca, a
cien metros, del palacio defensivo que ya había conocido en muy mal estado
unos momentos antes, un abismo de tiempo como comprobaría después, y más allá se divisaba el pueblo pero no el de mis veraneos.
Era Autillo y no lo era. Tenía
el mismo perfil, el mismo campo sin árboles, pero las casas
eran más bajas, de barro y piedra, con techos de paja y madera oscura, y el
suelo… el suelo era un barro endurecido, con surcos de carros y huellas de
animales. Había moscas. Muchas. Y gallinas sueltas picoteando mierda seca.
Las moscas no eran un detalle: eran una nube insistente que se te metía en los ojos y en las comisuras de la boca. Zumbaban en las orejas como si el pueblo entero tuviera un motor pequeño y sucio funcionando sin parar. Vi charcos de agua estancada, verdosa, y un perro flaco lamiendo algo que no quise mirar mucho.
Me miré: vestía unos vaqueros
desgastados, una guayabera de lino verde, unas zapatillas de deporte y llevaba en la muñeca un reloj
digital de esos que se pusieron de moda en los años 80. Era como un cartel luminoso en
mitad de una procesión. Una blasfemia andante.
Me entró un miedo frío, instantáneo, animal. Un miedo de esos
que te avisan desde la barriga: estas en peligro inmediato. Corre.
A unos metros, un hombre me
vio. Un hombre de barba corta y dientes oscuros. Llevaba una túnica corta,
ceñida con cuerda, y un capuchón de lana. Se quedó clavado mirándome, como si
yo fuera una aparición. Yo también me quedé quieto, intentando decidir, en una
décima de segundo, si correr o sonreír o caer de rodillas. Elegí lo peor: no
hacer nada.
—¿Quién… sodes? —dijo, con una
voz ronca y una pronunciación rara, más abierta, más áspera. Me miraba como se
mira a un muerto que aun anda
Aquel “sodes” me atravesó. No
era castellano moderno; era un castellano que reconocí por intuición, como se
reconoce el rostro de un antepasado en una fotografía.
No respondí. Me noté la boca
seca.
El hombre dio un paso atrás y
gritó hacia la ermita:
—¡Aqueste es extraño! Y la
palabra extraño sonó como "culpable".
Y entonces vi por qué había
tanta gente.
A la salida del pueblo, se levantaba un pequeño claro donde se había reunido medio mundo:
campesinos, mujeres con sayas y mantos, niños pegados a las faldas, hombres con
barba corta, algunos con gorros de paño. Y entre ellos, como una línea que
cortaba el aire, un nutrido destacamento de soldados.
Los soldados no pertenecían a ninguna recreación histórica ni al rodaje de una película; eran reales y muchos no lucían muy bonitos que se dijera. Algunos llevaban gambesones
acolchados y manchados, otros cotas de malla sucias que olían a metal y
grasa aunque brillaban al sol como escamas, y
sobre la cabeza muchos llevaban caperuzas de malla o cascos sencillos, algunos de ellos
abollados por las refriegas de las batallas.
Vi escudos golpeados con formas alargadas, lanzas, y espadas envainadas.
En los bordes del campamento
había restos: huesos roídos cerca de una hoguera apagada, trapos sucios que
parecían vendas viejas, y manchas oscuras en el suelo que no eran de barro. El
aire tenía ese rastro de carne salada y de sebo, como si alguien hubiera pasado
la vida entera encima de una fogata.
Había numerosos caballos: nerviosos, resoplando,
golpeando el suelo, con las crines trenzadas y arneses de cuero oscuro. Olían
a sudor caliente, a orina. Algunos
tenían espuma en las bocas. Uno coceó al aire y casi tira a un hombre,
Los pendones se movían al viento: telas gruesas,
pesadas con bordados toscos y diferentes colores, que prometían lealtades y guerras. No
distinguí bien los emblemas, pero vi castillos bordados y cruces, y entendí que
estaba mirando algo que no era una fiesta local, ni parecía tampoco, como he dicho, una
recreación histórica.
Había viajado en el tiempo,
Dios sabe donde. Estaba asistiendo a un episodio de la historia de España.
Me dio un vuelco el estómago y
me temblaron las piernas, al pensar que podía estar en los oscuros siglos de
la edad media donde reinaba la ignorancia y la superstición.
Intenté retroceder hacia la
ermita, hacia la luz, pero al girarme… no había luz. La entrada por la que
había salido no era una puerta; era una pared de piedra. Me quedé helado
Tragué saliva. Estoy aquí.
Y aquí significa… aquí de verdad.
-III-
Una mujer, mayor, con las
manos enrojecidas y cuarteadas por el sol, se acercó con cautela. Me olió y me
miró de arriba abajo como se mira un animal raro, desconocido.
—Traes paños de loco o de
encantado—dijo, y no sonó como burla, sino como advertencia.
Me tocó la guayabera verde, pellizcando la tela como si no entendiera cómo podía existir.
Yo conseguí articular algo:
—Me… he perdido.
La frase sonó ridícula en
aquel lugar, pero la mujer pareció aceptar que un hombre se pierde como se
pierde una oveja.
—Si te ven los de armas, prenderte
han. Ven.
Me agarró del brazo con una
fuerza sorprendente y me arrastró hacia un grupo de carros. Allí, detrás de unos haces de leña me lanzó un manto oscuro
que olía a humo y cuerpo y una especie de sayo de lana áspera que rascaba como
esparto.
El manto no solo olía a
cuerpo: olía a cuerpo enfermo, a lana mojada mal secada, a una acidez de sudor
que llevaba días ahí. En cuanto me lo eché encima sentí que algo se movía. No
una imaginación: un cosquilleo real, como si pequeñas patas se abrieran paso
por el cuello y las muñecas. Quise rascarme, pero la mujer me clavó una mirada
que me dejó quieto.
—Quítate eso —ordenó señalando
mi guayabera
Tardé un segundo en entender.
Me desnudé a medias, temblando de miedo y de vergüenza, intentando no hacer
movimientos raros. Me cubrí como pude. Me puse el sayo por encima y me cubrí con el manto. Aun así, los vaqueros y el reloj digital asomaban así como las
zapatillas que delataban mi época como si fueran señales de humo.
La mujer chasqueó la lengua y
me echó barro en los bajos.
—Agora pareces menos
endiablado.
“Endiablado”. Otra palabra que
me golpeó.
Quise preguntar dónde estaba,
qué estaba pasando, pero ella señaló hacia el claro:
—Agora calla. Mira. Viene gente grande.
Y entonces, como si el aire se hubiera tensado, los
murmullos se apagaron. Los soldados se alinearon. Los caballos levantaron la
cabeza.
Vi llegar a un pequeño grupo escoltado.
En medio, una mujer con porte firme. No iba vestida como
una campesina. Llevaba un vestido largo, con buenas telas, colores más
profundos, y un velo o toca que enmarcaba el rostro. No era una figura de
cuento: era una autoridad que no necesitaba gritar para que el mundo se
apartara. Junto a ella, un joven —no un niño— con el rostro serio, la espalda
recta, y una mirada que parecía no permitirse el miedo.
Supe que eran ellos antes de que nadie lo dijera: Berenguela
y su hijo Fernando.
Mi garganta se cerró.
En mi cabeza se mezclaron datos y vértigo: la muerte del
rey Enrique en Palencia, la tensión con la casa de Lara, el miedo a que León
reclamara Castilla, la carrera para traer al infante Fernando y evitar que el
reino se deshiciera como pan viejo. Todo eso, que había estudiado en libros,
allí era una suma de ojos vigilantes, manos en espadas y silencios cargados.
Alrededor de ellos se movían hombres de más rango: con
mantos y espadas mejores y escoltas mejor alimentadas. Y el resto, -campesinos,
mujeres y niños-, miraban con una mezcla de esperanza y miedo, como se mira una
tormenta que puede regar o destruir.
Un hombre de aspecto noble, ancho de hombros, con un manto
más rico y escolta propia, se adelantó. No oí su nombre, pero por la manera en
que la gente lo miraba comprendí que aquel era alguien que mandaba en Autillo:
el señor del lugar, el que daba refugio y fuerza a esa escena. Mi memoria buscó
el nombre que yo ya sabía: Gonzalo Royz Girón, el mayordomo, el defensor de la reina, el
señor de Autillo.
El noble ´dijo, en voz alta, unas palabras que fueron escuchadas con
respeto. Oí frases sueltas, cortadas, pronunciadas en ese castellano rugoso que
se me quedaba clavado. Hablaba de la muerte del rey Enrique al caerle una teja
en la cabeza, de las ambiciones del
conde, -se refería al conde Alvar Nuñez de Lara. Pero el tono era claro: una
proclamación, un reconocimiento, una aceptación. A él le siguieron otros ricos
omnes. Hablaban de derecho, de herencia, de lealtad. Una palabra se repetía a
cada momento: fidelidad.
La reina escuchó.
Y luego, llegó el momento.
Berenguela dio un paso. Miró a su hijo. Y en esa mirada vi
algo que no esperaba: no solo poder. Vi cansancio pero también ví decisión.
Como si aquella mujer, para mantener el reino en pie, hubiera tenido que dormir
poco durante años.
Hizo un gesto —un gesto breve— y el joven quedó un poco más
adelante, expuesto ante todos.
Alguien alzó un pendón. Alguien gritó “¡Castilla!” y el
grito se contagió como fuego en rastrojo. Vi manos levantarse, vi cabezas
inclinarse, vi bocas repetir un nombre que se quebraba en la pronunciación
antigua:
—¡Fernando! ¡Fernando rey!
Me entraron ganas de llorar y no supe por qué. Porque
estaba allí. Porque ese instante, que en mi tiempo es una frase en un párrafo,
en ese tiempo era una frontera.
Y otro con voz que partía el aire, dijo algo que me erizó
entero porque era exactamente el pulso del texto antiguo:
-Real!!, Real!!, Real!!
Fernando era proclamado rey en Autillo —en aquel junio de
1217— y el pueblo entero parecía comprender que, aunque no lo supiera aún,
España cambiaba de dirección en ese claro, junto a una ermita extramuros.
Fernando —tan joven— levantó la barbilla. Sus labios se
movieron. Tal vez juró. Tal vez pidió ayuda. Tal vez prometió justicia. No lo
sé. Lo que sí sé es que, cuando habló, el silencio que lo escuchó era el
silencio de miles de vidas que dependían de esa voz.
Y entonces ocurrió algo pequeño, humano, que me desarmó:
Berenguela se acercó un instante y, casi sin que nadie lo notara, le tocó el
brazo, como una madre que dice “estoy aquí, aguanta” sin palabras.
Pensé en lo que vendría: guerras, pactos, asedios; la
coronación formal poco después; la oposición; la paciencia. Y, más adelante, el
punto final que cerraría el círculo: la unión definitiva de Castilla y León en
1230, cuando Fernando heredara León.
Pero yo no estaba allí para ver el futuro. Yo estaba allí
para sentir el peso del pasado.
Los hombres alrededor comentaron algo que me encajó con
otro detalle de la crónica: la multitud era tanta que no cabían en palacio.
—Non cabemos en palacio. Al mercado —ordenó uno—. Al
mercado que todos lo vean
Y el gentío se movió como
ganado empujado por pastores: empujones, niños llorando, mujeres apretando el
manto contra el pecho, hombres levantando codos. El barro se convertía en polvo. Me atreví a moverme unos pasos, con
el manto tapándome el cuerpo como si pudiera taparme la época. Desde ese nuevo ángulo
vi el pueblo mejor: las calles sin empedrar, los charcos secos, animales
sueltos, niños descalzos, perros flacos.
En el recinto del mercado, la suciedad se multiplicaba: charcos de sangre aguada cerca de una tabla donde habían destripado algo, pellejos colgando, y un montón de vísceras oscurecidas que atraían moscas como si fueran imanes. El suelo estaba resbaladizo en algunos puntos, y la gente pisaba sin mirar, acostumbrada. Un hombre gritaba precios (en dinero de vellón) con voz rota; una mujer ofrecía sal; otro vendía un queso reseco cubierto de tela sucia. Hasta mi llegaba un hedor a carne, a tripa caliente, a sebo y a humo que se te pegaba en el pelo.
-IV-
Comprendí entonces que esa proclamación tenía algo de
urgencia logística y algo de gesto simbólico: que fuese ante todos, en lugar
público, con testigos, porque los reinos no se sostienen solo con sangre, sino
con ojos.
A lo lejos, hacia donde, en mi recuerdo, estaba la fuente de
la manivela, había un pozo: un brocal de
piedra, un travesaño de madera, una cuerda con cubo. A su lado, un pilón
humilde donde bebían dos bestias.
En ese ir y venir, mi mirada se fue instintivamente hacia
donde, en mis veraneos, se alzaba el llamado palacio “de la reina”, en realidad
el palacio de Ruiz Girón una imponente
construcción con muros gruesos, un portón y actividad alrededor. No era la ruina que yo conocía. Era un edificio vivo,
con guardias, con movimiento, con autoridad. Estaba viendo el pasado intacto de
una construcción que yo había conocido rota, abandonada.
Aunque en realidad no era el “de la reina”, como decíamos de niños; sino el del
mayordomo, el del señor. De pronto entendí la trampa dulce de las leyendas: a
veces un lugar necesita un nombre grande para que no se olvide.
Mi mente iba demasiado rápido. No pude evitarlo: di un paso
más, buscando ver mejor, buscando grabarlo en la retina para llevármelo a mi
tiempo como quien roba una reliquia.
Y ese fue mi error.
Cometí el error típico del que mira demasiado:
di un paso fuera del amparo del carro, buscando ver mejor.
Un soldado me vio.
—¡Eh, tú! —gritó.
Me señaló con una seguridad brutal, como si llevara un
cartel colgado. Se acercó rápido, olfateando rareza. ´
Olía a sudor rancio y a metal. Me agarró del manto y tiró.
El manto se abrió un poco y asomó el vaquero. Luego las zapatillas y más tarde el Casio que había comprado en Pamplona ese mismo verano.
Su cara cambió de sospecha a certeza de herejía.
—Esto… non es paño de cristiano y este artefacto que es—escupió, y me agarró la muñeca con una fuerza brutal para arrancarme el reloj que tanto le había sorprendido.
Me apretó hasta que sentí que me iba a
dejar marca.
—¿De quién eres? ¿Quién te envía? —me ladró.
Intenté decir “me he perdido”, pero mi voz salió rara,
demasiado suave, fuera de tono, como si mi lengua no perteneciera a ese siglo.
El soldado no oyó palabras: sintió una amenaza.
—¡Prendedlo!
La palabra me cayó como una piedra.
Me empujó hacia delante. Noté ojos clavados: curiosidad,
miedo, odio. Alguien gritó “bruxo”. Otro se santiguó. Una mujer se apartó como
si yo contagiara.
Uno de los del gentío —un
hombre con la cara chupada y los labios blanquecinos— levantó un dedo hacia mí
y empezó a gritar como si ya tuviera sentencia: que si era sombra de mal agüero, que si era una señal
del diablo, que si por gente como yo caían tejas y morían reyes. Y lo peor fue
que otros le siguieron, no porque no me entendieran, sino porque necesitaban un
recipiente donde vaciar su miedo. Sentí que no era un simple “arresto”, sino que estaba al borde
de un linchamiento, la posibilidad real de que allí mismo me abrieran la cabeza
“para ver qué tenía dentro”.
Y entonces lo supe: si me llevaban delante de los grandes,
no iba a salir con una simple multa.
En ese siglo, un extraño puede desaparecer sin dejar rastro
y al pueblo le quedará la tranquilidad de haber erradicado lo incomprensible.
Me revolví. El soldado me golpeó con el antebrazo. Vi las estrellas.
Corrí.
No corrí “bien”. Corrí como un animal acorralado, con el
barro agarrándoseme a las suelas, oyendo detrás el metal y los gritos.
Llegué a la ermita de piedra. Palpé el lateral como un
loco.
La puerta. La luz. Por favor.
Una losa cedió.
Detrás estaba la luz, blanca, imposible.
Noté la mano del soldado en mi hombro, tirando hacia atrás.
Su aliento me golpeó la nuca.
—¡Non escaparás!
Y yo, sin pensar, me lancé a la luz como quien se tira a un pozo.
-V-
Caí de rodillas en la cripta bajo la iglesia de Santa
Eufemia, con el sabor a humo todavía en la boca y el corazón pugnando por salírseme
del pecho. Olía a la humedad de la piedra de la cripta mezclada con el olor a la cera de cirios pertenecientes a la ceremonia de alguna antigua
inhumación.
Subí como un animal que huye del fuego, a trompicones. La misma escalera. La misma
puerta de madera. La abrí. Entré en la nave silenciosa de Santa Eufemia
como un náufrago que regresa a tierra. El aire olía a nada: a limpieza, a
piedra quieta, a presente.
Me quedé apoyado en una columna sin poder moverme, oyendo
mi respiración, esperando que el tiempo dejara de girar.
Cuando por fin salí a la calle, Autillo era el de siempre:
el silencio, el camino blanco, el viento, los tejados. Me acerqué a la fuente y giré la manivela. El hierro gimió. El
agua subió en su cadena de cangilones y cayó al pilón, como si nada hubiera
pasado.
Pero yo ya no era el mismo.
Porque yo había estado allí.
Había visto a Berenguela sostener el reino con un gesto
mínimo. Había oído el castellano antiguo salir de bocas reales. Había visto la
proclamación convertida en campamento, y el mercado llenarse porque “non cabían
en palacio”.
Y había vuelto justo cuando me iban a prender.
Me quedé mirando al agua un rato largo.
Volví la vista hacia detrás de la iglesia, hacia el lugar
donde mi memoria guardaba la ruina del palacio. Allí estaba: deteriorado,
vencido, vacío… granero de un tiempo que lo había olvidado.
Y, sin embargo, en mi cabeza seguía vivo: los pendones al
viento, las cotas de malla brillando, una madre tocando el brazo de su hijo
para sostener un reino.
Solo entonces comprendí el verdadero terror del viaje: no
era que me prendieran en 1217, por brujo o por espía que también, el verdadero
drama era que, tras regresar, nadie creyera mi historia pues si la contaba me tomarían por un
orate, por un loco. Solo yo sabía que lo había visto todo.
Me eché a reír, solo, paseando por el pueblo, con el corazón aún galopando como un caballo de guerra…y con la sensación de que el tiempo, por debajo, seguía abierto.
