martes, 30 de diciembre de 2025
Universo de locos. Fredric Brown
lunes, 29 de diciembre de 2025
Ojo en el cielo. Philip K.Dick
domingo, 28 de diciembre de 2025
El piso de estudiantes de la calle Jarauta
Nosotros lo combatíamos como podíamos: con la estufa de gas en el cuarto comunitario, con jerséis prestados, con cafés
recalentados tres veces en la misma cazuela y con ese heroísmo de los veinte
años que cree que todo se puede arreglar con una canción y una asamblea.
Éramos cuatro. No hacía falta decir “compañeros” para
saberlo. En aquel piso, “compañeros” no era una palabra de carteles: era una
forma de mantener la vida a flote.
Mikel dormía en la habitación que daba a la calle. Tenía el
pelo rizado y las manos siempre manchadas de tinta de la imprenta clandestina, de la "vietnamita".
Había entrado en Filosofía, pero lo suyo eran las palabras con destino. Las
escribía en octavillas, en pancartas, en márgenes de apuntes, y a veces también
en cartas que nunca enviaba. Llamaba “el Régimen” a todo lo que oliera a orden
impuesto: desde la policía hasta el horario del comedor universitario.
Rosa era de Iturrama, hija de ferroviario. Estudiaba
Magisterio y llevaba una libreta con dibujos minuciosos de ojos, manos,
pañuelos. Hablaba poco en público, pero cuando hablaba se hacía silencio. Tenía
una manera de mirar que parecía haber nacido con veinte años de memoria por
dentro, como si la vida ya le hubiera pasado antes y ahora la estuviera
repasando para darle sentido.
Iñaki venía de la Sakana; el único que no decía “Pamplona”
sino “Iruña” sin que se notara que lo hacía a propósito. Estudiaba Derecho y
caminaba siempre con un libro bajo el brazo que no abría. Su verdadero banderín
era una radio que captaba todo tipo de emisoras y en la que escuchaba todas las noches las
transmisiones de emisoras como Radio Francia Internacional, Radio España Independiente más conocida como la Pirenaica o la BBC como quien oye los partidos de los domingos. Tenía algo de notario
del futuro: le obsesionaba poner nombre exacto a las cosas que estaban
naciendo.
Y luego estaba yo. O, mejor dicho, estábamos yo y el miedo
que intentaba esconder. Estudiaba Periodismo. Esa carrera entonces era una
mezcla de ilusión y trinchera: queríamos contar el mundo, sí, pero sobre todo
queríamos que el mundo nos dejara contarlo. Mi pasión era la cámara de Super-8
que me había prestado mi tío, un aparato negro con brillo de novedad
extranjera. Era mi herramienta de salvación: si yo grababa algo, existía; si
existía, era más difícil que lo borrasen.
A las tardes, la casa era un hervidero de cosas pequeñas:
Mikel cortando cartones con tijeras de colegio para hacer plantillas; Rosa cosiendo
un parche en una chaqueta vaquera mientras escuchaba a Aute o Serrat; Iñaki revisando
listas de firmas para una asociación vecinal que aún no tenía local; yo
escribiendo en la Olivetti de segunda mano que sonaba como una lluvia seca.
A veces venía Jon, el novio de Rosa, con una guitarra. A
veces se acercaban algunos compañeros de la Facultad con la excusa de “hablar un rato” y nos
llenaba el piso de humo, consignas y risas nerviosas. En Jarauta todo estaba cerca: las tabernas, las plazas, el pulso de la ciudad. A la noche, cuando el
Casco Viejo se recogía temprano, aún había luz en nuestra cocina.
Las paredes estaban cubiertas de carteles: uno de amnistía,
con letras grandes y feas; otro del Aberri Eguna; otro de una obra de teatro
universitario que nunca llegó a representarse porque “no era el momento”.
Teníamos también un póster donde George Harrison sonreía como si supiera algo
que nosotros aún no.
De vez en cuando, alguien llamaba a la puerta y no era un
amigo, sino una mujer del segundo que venía a
quejarse de la música. Era una viuda pequeña, con bata azul y mirada de quien
no quiere meterse en nada pero vive rodeada de cosas que la obligan. Se llamaba
Aurelia. A nosotros nos trataba con una mezcla de maternal ternura y miedo
prudente.
—No os metáis en líos, majetes —decía siempre, como quien
ofrece pan bendito.
Nosotros asentíamos con una sonrisa que era más compromiso
que cortesía. Claro que nos metíamos en líos. Los líos estaban en el aire.
Aquel diciembre de 1976 Pamplona olía a leña mojada, a castañas en cucurucho y a ese perfume nuevo de libertad
que todavía picaba en la garganta.
Las manifestaciones eran casi semanales. Un día por la
amnistía, otro por el estatuto, otro por el precio del pan, otro porque todo
parecía moverse y había que empujar para que no se quedara nada a medias. Las calles
se llenaban de panfletos como hojas de otoño y carteles con distintas reivindicaciones aparecían pegados en las paredes. Seguía habiendo miedo, pero
también más ganas.
Ese sábado salimos los cuatro. Mikel se había empeñado en
que era importante “estar”. Iñaki quería escuchar lo que se gritaba, lo que no
salía en la radio. Rosa llevaba una bufanda roja que le había tejido su madre y
que parecía un aviso. Yo me colgué la cámara al cuello como si fuese una
medalla.
Bajamos a Mercaderes y nos metimos por Estafeta. Había
gente por todas partes, y no solo estudiantes. Había obreros con chaquetas
gruesas, señoras con bolsas de la compra, jubilados que miraban desde los
portales. La ciudad parecía haber salido de sí misma para verse actuar.
Los gritos se levantaban como olas:
—¡Libertad! ¡Amnistía! ¡Estatuto de autonomía!
Y otros, más bajos, más oscuros, que nacían en grupos
pequeños y se apagaban rápido.
En la Plaza del Castillo el gentío era un cuerpo único,
compacto. Yo grababa a ráfagas: un plano de los pañuelos, uno de las pancartas,
uno de un policía nervioso que se ajustaba el casco con una mano que temblaba. Creía que era importante dejar un documento visual de aquella época para la posteridad.
La tensión subió sin avisar. Bastó una carrera, una botella
rota, un megáfono que cambió de tono. Los grises se desplegaron como una
persiana metálica. Alguien gritó “¡cuidado!” y sin saber quién ni por qué,
corrimos.
Corrimos por San Nicolás, salimos por la plaza de San Francisco, nos deshicimos en
callejones. Yo no dejé de rodar, a trompicones, con la cámara contra el pecho.
No quería que aquello se perdiera en el ruido.
Nos refugiamos en un portal. Unos segundos de silencio
pegajoso, la respiración de cuatro animales asustados. Luego las risas, que
siempre venían como una defensa.
—¿Has grabado algo? —me preguntó Rosa, medio en serio medio
jugando a quitarle hierro.
—Creo que sí —dije, intentando parecer valiente. En
realidad, no recordaba si la cámara había estado encendida o si yo solo fingía.
Volvimos al piso con la ropa oliendo a gas lacrimógeno y
lluvia. Mikel estaba eufórico. Iñaki hacía un relato ordenado de lo que había
visto, con fechas, con nombres. Rosa no decía nada: ponía agua a hervir y
dejaba que la cocina hiciera de casa.
Yo tenía el cuerpo duro por dentro, como si me hubieran
metido una vara de madera por la espalda. Aún me vibraba el rumor de la plaza
en los huesos.
—Esta vez sí que va en serio —dijo Mikel, mientras se
quitaba las botas mojadas—. Esto ya no hay quien lo pare.
Aurelia llamó esa noche. No para pedir fuego. Para vernos.
—He oído jaleo abajo —dijo desde el quicio, sin atreverse a
entrar—. ¿Estáis bien?
—Nada, señora Aurelia, un poco de carrera —respondió Iñaki
con su voz de abogado en prácticas.
Ella nos miró uno por uno. Se notaba que quería preguntar
más, pero no sabía qué ni cómo.
—Bueno… pues eso… cuidadito. —Y añadió, casi susurrando—: Yo
también tuve veinte años.
Luego se fue. Y durante un segundo nos quedamos como
congelados. Fue una frase pequeña, de esas que sueltas para cerrar una
conversación, pero nos dejó un eco raro en el pasillo.
Esa noche cenamos tortilla de patata recalentada y pan del día anterior.
Rasgamos el silencio hasta volverlo normal. Después, como siempre, caímos en
una charla larga y circular sobre lo que estaba pasando en España, sobre lo que
podía pasar, sobre si creíamos que nos estaban dejando avanzar o solo estaban cambiando el decorado.
Iñaki sostuvo que se estaba abriendo una vía legal que había
que ocupar. Mikel dijo que la legalidad era un traje de otros y que nosotros
teníamos que crear la nuestra. Rosa opinó que al final lo importante era la
gente, los barrios, el día a día, que de nada valía cambiar la bandera si la
escuela seguía siendo la misma. Yo escuchaba y tocaba la cámara sin mirarla,
como una superstición.
—¿La vemos? —preguntó Mikel de pronto, señalando el aparato.
Asentí. Puse el proyector sobre la mesa del comedor. Era una
caja blanca que hacía un ruido de ventilador enfermo, y a la que teníamos que
darle golpes suaves para que no se tragara la cinta.
Apagamos las luces. La pared se volvió pantalla. El haz de
luz empezó a temblar.
Primero, planos torcidos de calle: pies corriendo, paraguas,
trozos de cielo gris. Luego pancartas borrosas. Gente girando la cabeza. Un
letrero de una taberna. La imagen daba saltos como si también tuviera miedo.
—¡Mira, ahí estamos! —dijo Rosa, riendo al verse un segundo
de perfil, con la bufanda roja.
Yo también me vi, pero no del todo: el cristal de un
escaparate devolvía un reflejo que no sabía si era mío o del que grababa. Me
dio un orgullo tonto.
La cinta avanzó. Entrábamos en la Plaza del Castillo. Se
veía el núcleo de la concentración. El plano se detuvo en una escena fija,
quizá porque yo había apretado fuerte la cámara contra el pecho y sin querer la
dejé apuntando a un lugar.
El plano era simple: Mikel, Rosa e Iñaki de espaldas, mirando
hacia el centro de la plaza. Las siluetas inmóviles de cientos de personas. Una
pancarta. Y el kiosko al fondo.
Entonces lo vimos.
Detrás de ellos —un metro, quizá menos— aparecía un
hombre. No era parte de la manifestación, porque no llevaba gesto de grito ni
de empuje. Estaba quieto. Miraba a cámara. Tenía la cara seria y pálida, como
si le hubieran puesto harina. Vestía una gabardina antigua, de esas que ya no
se veían. Y lo más raro: su postura no era la de alguien que se ha colado en el
plano, sino la de alguien que sabe que lo están filmando y acepta ser filmado.
Yo no recordaba a nadie así. Ni yo, ni ninguno.
—¿Quién es ese? —preguntó Iñaki, inclinándose hacia la pared
como si eso lo acercara.
—No estaba ahí —dijo Rosa, sin rastro de broma.
Mikel se levantó y puso la mano en la imagen, como quien
quiere tocar un cuadro.
—Será algún tipo que pasaba. Mira cómo te mira.
Yo tragué saliva.
—No me acuerdo.
La cinta siguió. Volvieron las carreras, los giros, el
portal donde nos metimos. Pero ya no veíamos nada más. Todo lo demás era ruido
alrededor de esa presencia.
Volvimos atrás. Rebobiné con el dedo, con cuidado, buscando
el plano fijo. Lo dejamos otra vez correr.
Ahí estaba otra vez. El hombre en gabardina, mirándo desde detrás del grupo. Igual de quieto. Igual de nítido.
—¿Un policía? —aventuró Mikel, combativo por instinto.
—No. Los policías no llevan esas gabardinas —dijo Iñaki, que
observaba los detalles como si firmara un documento.
Rosa no decía nada. Se había quedado con la cara pálida, los
ojos clavados.
Yo sentí algo raro en el estómago, como un escalón que no
esperas. Tenía la sensación de haber metido la mano en un cajón y tocar algo
que no era mio.
—Igual es alguien del barrio —murmuré—. Algún vecino.
—¿Y por qué te mira así? —Rosa habló por fin, bajito.
No contesté. No sabía.
De pronto, en la imagen, justo antes de que la cinta diera
un salto, el hombre alzó un poco la mano. No como un saludo. Más bien como una
advertencia o una despedida.
El proyector tragó la película. El ruido aumentó, se apagó
la luz. Se encendió la cocina con una claridad de domingo.
Nos quedamos allí, con las caras como si hubiéramos visto
llover dentro de casa.
—Es un fallo —dije al fin, queriendo barrer el miedo con una
palabra técnica. Periodista de manual, ya ves.
—Un fallo de qué —replicó Iñaki—. La cámara ha grabado lo
que había.
—No siempre —respondió Mikel—. A veces graba otras cosas. Si
está mal la bobina, si el proyector…
No insistí. Me di cuenta de que estaba intentando
persuadirme a mí mismo.
Rosa se levantó, fue hasta la ventana, apartó la cortina.
Miró la calle Jarauta vacía, mojada, quieta.
—¿Os habéis fijado en la cara? —dijo sin girarse.
—Qué cara.
—La cara de ese hombre. No es de ahora.
Aquello nos hizo callar. Porque no sabíamos si tenía razón,
pero la idea encajaba demasiado bien. El rostro era como de foto antigua, de
esas que ves en cajones de abuelos y no sabes quién es pero te inquietan igual.
—Venga, va —Mikel forzó una risa seca—. Nos ha afectado el
gas lacrimógeno.
—O el café recalentado —añadí, agradecido por el chiste.
Pero nadie rió.
Esa noche cada uno se fue a su cuarto sin el ritual habitual
de sobremesa. Era como si de repente el piso hubiera cambiado de tamaño. Como
si Jarauta, con su frío de piedra, se hubiera achicado un poco más.
Yo me metí en la cama con la cámara encima de la silla.
Antes de apagar, la miré. Era solo una máquina, claro. Pero una máquina puede
ser una ventana si te empeñas lo suficiente. Y también un espejo hacia atrás.
Tardé en dormirme. Oí a Mikel dar vueltas. Oí a Iñaki toser.
Oí la radio de algún vecino con un partido nocturno. Y, muy tarde, creí oír
algo más: pasos en la escalera, lentos, casi ceremoniosos. Pensé que sería
Aurelia yendo al baño, pero no había baño en la escalera.
Me levanté. Miré por la mirilla. No había nadie.
Volví a la cama sin encender, con esa sensación de haber
soñado despierto.
A la mañana siguiente, Rosa nos dijo que iba a la compra. No
pidió compañía. Se fue sola, con la bufanda roja y una cara de determinación
triste.
Mikel y yo salimos más tarde hacia la Facultad. Jarauta estaba llena de vida diurna: niños que salían de los portales, tenderos que abrían con golpes de
persiana. Todo lo normal parecía un poco más normal, como si el
mundo se hubiera esforzado por tranquilizarnos.
En clase intenté atender, pero tenía el plano fijo dando
vueltas en la cabeza. En el descanso me encontré a un antiguo alumno que ahora era profesor de prácticas que olía a
tabaco rubio y a libertad reciente. Le conté por encima lo de la cinta. Se rió.
—La cámara no inventa, muchacho. Solo revela. A veces revela
más de lo que queremos ver.
No supe si me estaba tomando el pelo o dándome una lección,
pero me dejó peor.
Al volver al piso, Rosa estaba en la cocina. Tenía una foto
sobre la mesa. Una foto vieja, en blanco y negro, con bordes dentados.
—Me he pasado por casa de mi tía —dijo.
La foto mostraba la Plaza del Castillo en otra época:
hombres con boina, mujeres con abrigo oscuro, un autobús con el letrero
“Pamplona–San Sebastián”. Y, a la derecha, casi fuera del encuadre, un hombre
con gabardina que miraba al fotógrafo.
El mismo hombre.
No era parecido. Era él. La misma nariz delgada, la misma
frente limpia, la misma expresión de “sé que estás mirando”.
Sentí un frío que no venía del día.
—¿Quién es? —pregunté, aunque la voz me salió más pequeña
que yo.
Rosa tragó saliva.
—Dice mi tía que se llamaba Julián. Era vecino de Jarauta.
Desapareció hace cuarenta años. Se lo llevaron de noche un grupo de falangistas. Nunca volvió.
Se hizo un silencio de esos que pesan.
Iñaki llegó justo en ese momento. Le enseñamos la foto. Se
quedó serio, sin el gesto de abogado.
—Entonces… —empezó Mikel.
—Entonces qué —dijo Rosa.
—Entonces en la cinta está.
Yo no pude hablar. Me limitaba a mirar la foto y recordar la
imagen en movimiento. El hombre levantando la mano. No como saludo; como aviso.
—¿Por qué en nuestra manifestación? —pregunté al fin.
Nadie contestó por un rato. La pregunta estaba hecha, pero
no tenía sitio donde posarse.
Iñaki fue el primero en atreverse:
—Porque es la misma plaza. Porque la historia no se ha ido.
Porque lo que gritamos ahora quizá lo gritó él alguna vez, aunque no fuera con
las mismas palabras.
Mikel añadió:
—O porque quiere que recordemos. Que no nos quedemos solo
con lo que estamos viviendo.
Rosa cerró la foto con la palma como si apagara una vela.
—O porque no sabe que está muerto —susurró.
Nadie se rió. Ninguno quiso llevarle la contraria.
Aquella tarde no hubo asamblea. Nos quedamos en el piso,
como retenidos por una cuerda invisible. Los carteles del comedor parecían más
viejos, más serios. La estufa Super Ser crepitaba como si fuese algo vivo.
Esa noche, sin decirlo, nos instalamos en la cocina. Hicimos una sopa de ajo y fideos. Pusimos música bajita. Intentamos hablar de cualquier cosa, pero
siempre volvíamos al hombre con gabardina, a Julián, a la plaza de 1936 que se
nos había metido en el noviembre de 1976.
Yo cargué otra bobina en la cámara. La pusimos sobre la mesa
como un pacto.
—Mañana volvemos a la plaza —dijo Mikel.
No era una orden. Era una necesidad.
—¿Para qué? —preguntó Rosa, aunque ya sabía.
—Para filmar otra vez. Para ver si sale. Para decirle algo.
Iñaki asintió despacio.
Yo no quería, y quería. Tenía miedo, pero también una
curiosidad que era más fuerte que el miedo. Si no volvíamos, ese plano fijo
quedaría como una espina sin nombre. Si volvíamos, quizá la espina se
convertiría en memoria, o en locura.
Al acostarnos, me llevé la cámara a mi cuarto. La puse en el
alféizar de la ventana, apuntando hacia la calle, sin encender. No era un gesto
racional; era como dejar una luz en el pasillo por si alguien llegaba tarde.
Me dormí con la sensación de que el piso ya no era solo
nuestro. Era un cruce. Un lugar donde los tiempos se rozaban al pasar, como
gente en una escalera estrecha.
Al día siguiente, la Plaza del Castillo estaba limpia, como
si no hubiera ocurrido nada. En febrero siempre hay algo de domingo en
Pamplona: incluso los lunes. Caminamos los cuatro sin pancartas, sin gritos.
Solo con la cámara y una atención rara.
Yo filmé la plaza. La fuente. Los bancos. Los tenderetes. La
gente que paseaba. Me detuve en el lugar donde, según el plano fijo, había
estado él.
No apareció nadie. Solo un anciano que daba migas a las
palomas. Solo una pareja que discutía bajito. Solo la vida.
Volvimos al piso con una especie de alivio triste, como
cuando se te pasa la fiebre y no sabes si era enfermedad o sueño.
Esa noche proyectamos la nueva cinta.
Era normal. Demasiado normal. Plaza, fuente, palomas. Ni
rastro de gabardina.
—Bueno —dijo Mikel, respirando como si se quitara una piedra
del pecho—. Fue una casualidad. Una sombra. Un doble.
Pero no sonaba convencido.
Yo rebobiné y volví a mirar. Todo normal. Y, sin embargo, al
final de la bobina, cuando ya creía que no quedaba nada, apareció un segundo de
imagen oscura, como si la cámara se hubiera encendido sin querer en el portal
de vuelta.
Un segundo solo.
Se veía nuestra escalera, la de Jarauta, desde abajo. Y,
subiendo despacio, un hombre con gabardina.
No miraba a cámara. Subía. Como quien vuelve a casa.
La imagen se cortó.
El proyector hizo su ruido final. Se encendieron las luces.
Los cuatro nos miramos como si de pronto hubiéramos envejecido diez años.
Rosa empezó a llorar sin ruido. Mikel apretó los puños.
Iñaki se quedó mirando la pared vacía como si fuera una hoja en blanco llena de
leyes.
Yo sentí una certeza extraña, quieta: no era una amenaza.
Era una visita.
—Aurelia… —dijo Rosa de pronto, limpiándose los ojos.
Nos miramos todos. Era verdad. Aurelia había dicho algo: “Yo
también tuve veinte años”.
Esa noche bajamos al segundo.
Aurelia abrió con la bata azul. Al vernos cuatro juntos, se
asustó.
—¿Qué pasa? ¿Os han hecho algo?
—No, no. Señora Aurelia… —Iñaki no sabía por dónde empezar—.
Queríamos preguntarle por un vecino que tuvo usted. Se llamaba Julián.
La viuda se quedó helada. No de frío. De memoria.
—¿Quién os ha hablado de Julián?
Le enseñamos la foto. Le conté lo de la cinta sin entrar en
locuras. Ella nos escuchó con la mano sobre la boca.
—Julián era mi hermano —dijo al fin, y la frase cayó como
una piedra en un pozo.
Ninguno sabía qué decir. Aurelia se hizo a un lado para
dejarnos pasar, como si de pronto el piso entero fuera otra cosa.
Nos sentamos en una sala pequeña con muebles viejos. Olía a manzanilla y a costumbre, a casa que ha aguantado demasiado.
Aurelia nos miró como si nosotros fuéramos los fantasmas.
—Cuando se lo llevaron, yo tenía dieciocho —dijo—. Era
febrero también, creo. O igual me lo invento para que encaje. Nunca encaja.
Nos habló poco a poco. Sin dramatismos, como si contara algo
que ya ha contado tantas veces que se ha gastado por dentro. Dijo que Julián
trabajaba en una imprenta. Dijo que hablaba de justicia como quien habla de
pan. Dijo que una noche llamaron a la puerta tres hombres uniformados con correajes y se lo llevaron “a
declarar”. Dijo que la madre esperó en la ventana hasta que se murieron las
dos.
—Y luego… silencio —remató—. Silencio de cuarenta años.
Yo no sabía dónde poner las manos.
Mikel, por primera vez desde que lo conocíamos, no tenía una
proclama preparada.
Rosa le cogió la mano a Aurelia.
—Lo hemos visto —dijo con la voz temblorosa—. En una
película. Estaba en la plaza. Estaba detrás de nosotros.
Aurelia no se rió. No dijo “qué tontería”. Solo cerró los
ojos un instante.
—No me extraña. A Julián no le gustaba irse sin despedirse.
Se secó la cara con la punta de la bata.
—¿Sabéis qué? —añadió—. Si lo veis otra vez, decidle que
estamos bien. Que ya podéis hablar vosotros. Que no se preocupe tanto.
Nos quedamos ahí, en un silencio que ya no era espeso sino
necesario.
Al salir, en la escalera, yo levanté la vista hacia arriba.
No había nadie. Solo la luz amarilla y el eco de nuestras botas.
Pasaron los días. La ciudad siguió su camino turbulento de
artículos nuevos y viejas heridas. Hubo más manifestaciones. Hubo más carreras.
Hubo más cafés eternos en nuestra cocina.
El hombre de gabardina no volvió a aparecer en ninguna
cinta.
Pero algo cambió.
Mikel empezó a colar, entre sus octavillas, nombres que no
eran consignas sino personas. Rosa se implicó en alfabetización de mayores del
barrio. Iñaki, que antes pensaba en constituciones como en planos limpios,
empezó a hablar de memoria como de cimiento. Yo filmaba más despacio, buscando
en las caras no solo el presente sino eso que lo sostiene.
Aurelia, cuando nos encontraba en la escalera, ya no repetía
“no os metáis en líos”. Sonreía como quien ha hecho las paces con el tiempo.
—¿Qué tal, majetes?
—Bien, señora Aurelia.
—Pues hale, a estudiar… y a vivir.
En Jarauta seguía haciendo frío. La estufa de gas calentaba la habitación. Los carteles seguían pegándose con cola barata. Pero la casa tenía
ahora otra temperatura, una especie de calor serio. Supimos que no estábamos
solos en nuestra juventud, que había otras juventudes sujetándola desde abajo.
Años más tarde, cuando cada uno tomó su camino y el piso fue
ocupado por otros estudiantes que no sabían nuestros nombres, yo guardé aquella
bobina como se guarda una reliquia doméstica. Nunca la enseñé en público. No
por miedo a que no me creyeran, sino por respeto a algo que no era mío.
De vez en cuando, en alguna noche de febrero, la saco, la
miro a contraluz y pienso en el plano fijo: cuatro jóvenes de espaldas mirando
al futuro, y detrás un hombre que venía del pasado para recordarnos que la
libertad no empieza nunca desde cero.
No sé si Julián era un fantasma, un error de exposición o un
pliegue del tiempo. Lo que sé es que aquella cinta nos hizo crecer de golpe, no
para envejecernos, sino para darnos raíz.
Y en una ciudad como Pamplona, donde las piedras hablan
aunque no quieras escucharlas, eso es casi lo mismo que decir que aquella
noche, en Jarauta, la historia subió la escalera y entró en casa. Sin hacer
ruido. Como vuelven los que solo quieren saber si, al fin, todo va a ir bien.
sábado, 27 de diciembre de 2025
El Golem. Gustav Meyrink
La novela parece flotar en un ambiente de ensoñación poética, fantasmal, poblada de sombras, entre esas calles estrechas, oscuras, bajo esas fachadas puntiagudas y espectrales de Praga. La obra está narrada en primera persona, por su protagonista, Athanasius Pernath, un ser atormentado, con la mente disociada (parece tener un problema de doble personalidad), que no sabe quien es realmente y que irá descubriéndose y tomando conciencia de si mismo a lo largo de la novela, al tiempo que nos va descubriendo los abismos de su mente y la dimensión de su locura.
Athanasius se verá acusado falsamente de asesinato e implicado en las apariciones del Golem, hasta el punto de que no se sabe si el Golem es producto de su imaginación o una extensión de su atormentada personalidad. Incluso podemos llegar a sentir que el propio protagonista puede llegar a ser un trasunto del propio Golem, sin vida propia como si hubiese sido inspirado por otra fuerza que desconocemos. Toda la trama conduce al lector al enfrentamiento del protagonista consigo mismo y con lo que no sabemos, como he dicho, si está inspirado por su propia mente o proyectado desde ella, el Golem.
A través de su prosa se filtra vivamente esa atmosfera extraña, tenebrista y sobrecogedora que de forma tan acertada recogerá el expresionismo alemán en películas como "El gabinete del doctor Caligari" o "Nosferatu". El final de la novela, que no revelaré, puede sorprender en un primer momento aunque encaja perfectamente y yo me sigo preguntándome, ¿Quién es el Golem?.
Relojería "El Regreso"
A veces me gustaría viajar en el tiempo para poder resetear mi actual línea temporal por ver que hubiera sucedido si. Si hubiera tomado otra decisión, si me hubiera atrevido a decirlo aquella noche, si hubiese elegido otra carrera u otro trabajo. Así empieza la lista de condicionales que repito cuando el semáforo tarda demasiado o cuando la sopa se enfría y el tenedor se queda haciendo sombra en el plato.
Y, sin embargo, una tarde cualquiera, cuando ya había
aprendido a convivir con mis “si”, vi encendida la posibilidad en el neón de
una tienda antigua, como de cuento, que decía:
RELOJERÍA EL REGRESO
No estaba allí la semana anterior, o al menos no lo recuerdo.
Estaba entre una tienda de llaves y una papelería donde aún vendían plumas
estilográficas y cuadernos de lomo cosido. Abrí la puerta y me tragó un pasillo
estrecho con olor a metal limpio. El timbre sonó al empujar, no por costumbre
mecánica, sino como si celebrara mi llegada. Tras el mostrador, un hombre
diminuto con chaleco de cuadros y una lupa en el ojo izquierdo me miró con una
paciencia que no practicaba nadie desde mi abuela.
—Vengo a mirar —dije, por decir algo que no comprometiera mi
futuro.
—Todos venimos a eso —sonrió, y el brillo de su diente de oro
hizo un guiño a la lamparita verde.
Sobre el paño azul, alineados con la geometría de los
milagros, reposaban relojes de todas las edades: de bolsillo con iniciales
ajenas, despertadores con una campana picada, digitales con números de ámbar.
El relojero apartó uno, apartó dos, hasta dejar a la vista un aparato pequeño,
redondo, con una esfera sin horas. En lugar de números, una superficie de
espejo bruñido; en lugar de agujas, una manecilla única, corta, inmóvil como un
alfiler clavado en el centro.
—Éste no da la hora —dijo—. La devuelve.
Reí, pero sólo un poco. Él no.
—Funciona con puntos de anclaje. No lleva todas las fechas:
sólo aquellas sobre las que ha pensado tanto que han dejado huella. Ponga el
dedo aquí y piense una.
Apoyé el índice en el cristal y pensé en una frase que no se
me iba nunca: te vas a morir de hambre. La había oído con distintas
voces, siempre la misma intención; me la habían dejado caer como una piedra
encima de la mesa cuando aún no tenía fuerza en las manos.
El espejo se empañó por dentro como un vidrio en invierno y
vi la habitación familiar: mi madre junto a la ventana, los muebles del dormitorio comprados hace
cuatro años. Me vi a mí mismo, joven, con esa forma de seriedad que sólo tiene
quien cree que la vida se decide en una tarde.
—Para regresar, pulse el botón —señaló un redondel mínimo en
el lateral—. No podrá quedarse allí como quien se muda. Sólo podrá elegir.
Rectificar. El tiempo es orgulloso: no tolera huéspedes. Y… —calló un segundo—
cada regreso cuesta.
—¿Cuánto?
—Ya lo sabrá.
Pagué sin preguntar cuánto costaba aquello que el resto del
mundo llamaría broma cara. Salí con el reloj en el bolsillo como se sale con
una contraseña antigua. En mi piso, apagué las luces, me senté en el suelo y
puse el dedo otra vez sobre el cristal. El despacho. La frase. La presión. La
tentación de ceder para que todo quedara en paz.
Pulso.
No me desmayo. No viajo en un túnel. Simplemente estoy allí.
Siento el peso del aire de aquella tarde y el temblor que me sube por el
antebrazo como una fiebre discreta.
—Periodismo —pienso primero, pero el querer seguir estando
cerca de ella, me empuja a elegir otra
—Filosofía y Letras. Historia.
Es una frase pequeña, pero ocupa toda la habitación. El
silencio que cae después no es el del triunfo: es el de una puerta que se
cierra sin ruido y a la que, sin embargo, todos miran.
—Te vas a morir de hambre —dice mi padre, como si la frase
fuera un sello oficial.
—Entonces me moriré con hambre de historia —contesto, y hasta
a mí me sorprende mi firmeza.
En la vida que yo recordaba, aquella conversación había terminado con un acuerdo para hacer Periodismo no sin muchas dudas por parte de mis padres. Y es que era mucho dinero lo que costaba una carrera en una universidad privada para una familia trabajadora.
Pulso de nuevo.
El mundo me devuelve a mi habitación. La taza olvidada sigue
en la mesa como un testigo. En el espejo del pasillo noto una variación
minúscula: ya no recuerdo el nombre de un profesor del instituto, el que me
enseñaba Literatura. No es dramático; es como si el tiempo, al aceptar el
cambio, se cobrara un detalle sin importancia para no perder la costumbre del
trueque.
Comprendo que funciona. Que los anclajes son reales. Que los
“si” tienen cuerpo.
Vuelvo a apoyar el dedo. Pienso en ella.
No en una escena perfecta, ni en un beso, ni en una película.
Pienso en aquella compañera de estudios que en mi adolescencia ocupaba todo mi
mundo con naturalidad: la risa de quien no teme a las bibliotecas, la manera de
subrayar los libros como si conversara con el autor. En mi línea actual, había
sido mi amor de adolescencia y, después, la perdí de vista tras unos breves
encuentros en los caminos del campus.
Pulso.
Estoy en la Facultad. Huelo el polvo amable de los pasillos,
el yeso de las paredes, el café con leche del Faustino. Ella viene con el pelo
recogido en una coleta que realza su cara ovalada. Me saluda con una
familiaridad nueva, más profunda. No hay tensión romántica: hay compañía.
—¿Te has enterado? —me dice—. Han abierto una plaza en el
Archivo para estudiantes. Pagan poco, pero te dejan tocar documentos.
—Me parece el paraíso —respondo.
Me mira como si ya supiera que digo la verdad. Caminamos
juntos hacia clase de Historia Contemporánea y el día, sin hacer nada heroico,
se coloca. Durante dos años somos inseparables: estudiamos, discutimos, hacemos
chistes malos sobre guerras y reyes. Crecemos en paralelo como dos líneas que
se acompañan. Hay una tentación de boda en la
imaginación de otros. Pero lo nuestro no es de salir: no se convierte en
promesa. Es otra cosa: una amistad tan íntima que confunde. Y, aun así, no
duele. Es como si el tiempo, al darnos “buenos momentos”, nos pidiera a cambio
renunciar a la idea de que todo final feliz debe llevar traje blanco. A ella,
vete a saber el por que, lo descubrí más tarde en la línea original, le iban más los malotes o al menos al ver las compañías eso supuse. C´est la vie!
Pulso de nuevo, por prudencia, porque el reloj parece tener
hambre de decisiones.
De vuelta en mi salón, la pérdida es otra: ya no recuerdo la
melodía que silbaba mi tio cuando arreglaba la bicicleta en el pueblo. La busco
y no aparece. Cada regreso cuesta, sí, pero el peaje no llega como castigo:
llega como un impuesto discreto por reescribir el mapa.
No había previsto hasta qué punto las vidas no cambian por
grandes discursos, sino por una noche en un pueblo.
Ese fue mi tercer anclaje.
En mi línea original, yo salía con una chica, llevaba más de
un año con ella. Una relación correcta, de salidas de fin de semana y llamadas a la hora. Y,
sin embargo, hubo un día en que me invitó a pasar la noche en un pueblo.
Pulso.
Quedamos junto a la estación de Autobuses, con una mochila ligera. Ella llegó
corriendo. Subimos a un coche con otra
pareja. La carretera se hizo estrecha. El pueblo apareció entre sombras, con
farolas amarillas y olor a chimenea. Hablamos hasta iniciada la madrugada en una cocina donde
alguien había dejado bebidas y comida. Hubo una
intimidad distinta esa noche: esa seguridad de quien te ve en pijama y sigue tomándote en
serio. Esa confianza de compartir una madrugada sin máscaras hasta donde nos
llevasen nuestros cuerpos.
Por la mañana, caminamos por una calle vacía y me dijo:
—Tú siempre te quedas donde no te ves.
No entendí la frase en ese momento, pero me acompañó como un
eco.
Cuando vuelvo a la ciudad, no rompimos enseguida como sucedió en la
vida real. Seguimos juntos durante un tiempo. Y aquella noche me cambió la forma de ver la vida y de vivir, en muchos aspectos.
Pulso de nuevo.
En el espejo de casa, esta vez noto un coste más agudo:
durante unos segundos no recuerdo mi propio número de DNI. Me lo sé al rato,
como quien lo relee en un papel. El tiempo empieza a jugar con mis datos, como
si dijera: ¿quieres otra vida? Perfecto. Pero no pretendas conservar intacto
el inventario.
Aun así, sigo.
El cuarto anclaje es una tarde de estudio para una oposición.
La palabra “oposición” siempre me había dado una mezcla de miedo y deseo: miedo
por la cantidad de vida que se deja en una mesa; deseo por esa promesa de
estabilidad que a mí, en el fondo, me parecía una forma de tiempo ganado.
En mi línea actual había rozado la posibilidad de lograrlo,
quedé el primero en el primer ejercicio, pero antes del segundo examen alguien
me adelantó que la plaza iba a quedar
desierta .
Pulso.
Me veo mirando las listas en la trasera del Ayuntamiento. Veo
las calificaciones de los dos finalistas. He ganado.
No hay música. No hay estallido. Días más tarde una llamada
con tono neutro, un “enhorabuena”, un “tiene usted la plaza”.
Días después, entro por primera vez como funcionario
municipal en el Área de Cultura del Ayuntamiento. Dinamizador sociocultural. Me
entregan una mesa, un sello, un calendario de actividades que parece imposible
de llenar y, sin embargo, me da ganas de vivir.
Empiezo a programar ciclos de conferencias, talleres, visitas
guiadas, semanas temáticas. Hago de puente entre la historia y la gente.
Aprendo el oficio de juntar generaciones en una sala y conseguir que, por un
rato, todos miren en la misma dirección. Hay días de burocracia. Hay noches de
montaje de exposiciones con cinta adhesiva y prisas. Hay una satisfacción que
no conocía: que tu trabajo sirva para que la ciudad se entienda a sí misma.
Pulso de nuevo.
En casa, el coste llega como una tristeza sin nombre. De
pronto no recuerdo el olor de una colonia de verano. Sé que existía. Sé que me
acompañó durante mis primeros años. Pero el frasco está vacío en mi memoria. Me
quedo un rato mirando la ventana abierta, oyendo la calle, aceptando que el
reloj no regala: intercambia.
El quinto anclaje llega en un sobre con membrete oficial que, incluso
en la imaginación, impresiona: una carta con un pasaje de avión a China.
En mi línea original, esa llamada había existido como una
posibilidad improbable, algo que uno cuenta en cenas como “¿te acuerdas
cuando…?”. Había dicho que no. Por miedo, por comodidad, por fidelidad a lo
conocido. Había seguido mi vida recta, con sus logros y sus rutinas.
En esta línea, el reloj guarda esa llamada como un punto
luminoso. Un lugar donde el mundo se abre.
Pulso.
—Le llamamos para ofrecerle una plaza como profesor de
español en la Universidad de Pekín.
La voz suena formal, amable, lejana. Mi primera reacción es
la misma que siempre tuve: buscar excusas. La vida que llevo —muy cómoda-, -la
familia— parece un conjunto de piezas que no se pueden mover sin romperlo todo.
Y, sin embargo, digo:
—Sí.
Lo digo con una valentía que no es épica, sino práctica, como
quien decide cruzar un puente sin mirar demasiado abajo. Los meses siguientes
son una sucesión de trámites, despedidas, miedos. En Pekín todo era excesivo: la
escala, el ruido, el idioma que te convierte en niño otra vez. Enseño español
en aulas enormes. Aprendo a pronunciar nombres que mi lengua nunca imaginó. Me
pierdo. Me encuentro. Me vuelvo más humilde.
Y, contra lo que habría jurado, no me alejo de la historia: la llevo conmigo. Doy clases y, en las noches, escribo notas sobre mi ciudad, como si la distancia la hiciera más nítida. Descubro que mi vocación no era un lugar, sino un gesto: mirar el pasado y traerlo al presente con cuidado.
Pulso de nuevo.
En el salón, el reloj pesa más que antes, como si tuviera
plomo. Me miro las manos. Las líneas de la palma siguen ahí, pero una de ellas
se ha adelgazado. Me da un escalofrío: no quiero quedarme sin mapa.
Me queda un anclaje, lo sé sin que nadie me lo diga. El
reloj, como si fuera un animal, se calienta bajo mi dedo cuando lo rozo. Pienso
en una tarde doméstica y corriente: llegar antes del trabajo.
En mi línea actual, esa tarde había sido un “si hubiera”.
Había llegado tarde, o había llegado justo cuando tenía que llegar, y mi madre,
al subirse a una banqueta para alcanzar algo, había resbalado. Una cadera rota.
Una tristeza larga. Una dependencia que no era sólo física: era una forma de
encoger el mundo. Mi padre, absorbido por el cuidado, había dejado sus
revisiones médicas, como si la salud fuera un lujo que se pospone por amor. Los
años se habían ido torciendo en silencio.
Ese condicional me perseguía con una crueldad particular,
porque no tenía drama cinematográfico: una habitación. Una banqueta. Un minuto.
Pulso.
Llego a casa más temprano. El reloj de pared marca una hora
que en mi vida original no existió. Abro la puerta. Oigo a mi madre tararear en
la habitación del patio. La veo —viva, entera, cotidiana— subir a la banqueta
para alcanzar una prenda del armario. Me adelanto, casi sin pensar.
—Déjalo, mama —digo—. Ya lo cojo yo.
Ella protesta por costumbre. Yo insisto. La banqueta se queda
quieta. No hay caída. No hay fractura. No hay ese primer día de una dinámica
triste.
Mi padre entra días después, con unos papeles bajo el brazo.
—He ido a la revisión —dice, como quien confiesa algo
innecesario.
Y entonces, como si el mundo se hubiera reordenado con sólo
esos dos gestos, los veo vivir más tiempo. No sólo por estadística. Por
calidad. Porque la casa no se convierte en hospital. Porque el cuidado no
devora la dignidad. Porque el amor no se confunde con el sacrificio ciego.
Yo los veo, sobre todo, mirarse más. Hablar más. Tener tiempo
el uno para el otro sin que el dolor marque las horas.
Pulso por última vez.
Regreso a mi salón. Me quedo con la mano sobre el reloj, sin
atreverme a soltarlo. Espero el coste.
Y el coste llega, pero no como las veces anteriores. No me
roba un olor. No me borra una melodía. Me trae un vacío extraño: durante unos
segundos no sé en qué vida estoy. Me falta el borde. Como si el tiempo hubiera
mezclado dos líquidos hasta volverlos indistinguibles.
Me siento despacio. Abro un cuaderno al azar. Hay páginas con
letras que reconozco como mías pero con ciudades que nunca pisé en mi línea
actual. Hay fotos en las que aparezco ante un campus inmenso. Hay un recorte de
un programa cultural municipal con mi nombre. Hay, también, un correo impreso:
“Universidad de Pekín”.
Y, sin embargo, hay algo que me resulta inquietantemente
familiar: un montón de folios con fechas antiguas, notas sobre calles, sobre
comercios, sobre rumores de barrio, sobre la vida mínima de mi ciudad. No sé de
dónde salen y, sin embargo, sé que los he escrito yo.
Ahí, en el centro de la mezcla, lo entiendo: aunque mi línea
temporal cambie, aunque mi carrera se llame de otro modo, aunque mis trabajos y
mis amores se ordenen distinto, acabo haciendo lo mismo de una manera
sorprendente: recuperar la historia de mi ciudad. Es como si mi vida,
con todas sus variaciones, tuviera un imán.
Me veo en la otra línea —en la de Pekín— escribiendo a
medianoche sobre mi plaza de siempre. Me veo en la del Ayuntamiento haciendo
visitas guiadas. Me veo en la actual, aquí, con una página en blanco, buscando
nombres olvidados. El contenido cambia; el gesto persiste.
En la línea original y en el resto de mi vida tomé otras decisiones que no viene al caso desgranar, -equivocadas o no, fueron las que elegí en ese momento- o no las tomé y eso casi siempre suele ser más doloroso. Aprendí a la fuerza, como todos. Y algunas cosas me salieron mejor en cada uno de los ámbitos de la vida y otras sencillamente no salieron.
El relojero me vió entrar dos días después. No sé si habían
pasado dos días o dos años. Su lamparita verde seguía encendida con la misma
obstinación.
—¿Cuántos? —preguntó, como quien calcula sin papel.
—Seis… —digo—. O uno solo, pero muy largo.
Sonrió, como si esa respuesta fuera habitual.
—¿Y? ¿Ha conseguido resetearse?
Me quedo mirando el paño azul, los relojes ajenos, el espejo
sin horas.
—He conseguido entender —digo— que no era tanto cambiar de
calle como aprender a caminar sin arrastrar los “si” como cadenas.
Él asiente con la solemnidad de quien afina máquinas y
personas.
—El regreso no es para huir. Es para ver. Usted quería otra
vida y la ha tenido. Pero el tiempo siempre devuelve el mismo tipo de pregunta:
¿qué hace usted con lo que le toca?
Meto la mano en el bolsillo. El reloj está frío ahora,
obediente, como si ya hubiera cumplido. Pienso en mi madre sin caída. En mi
padre yendo a revisiones sin culpa. En la noche del pueblo que prolongó una relación frágil lastrada por muchos factores. En la carrera de Historia como una rebelión tranquila.
En Pekín como una puerta enorme. En aquella compañera de estudios —mi amor
adolescente— que no terminó en boda y, sin embargo, fue uno de mis pilares.
Pienso, también, en mí, en todas mis versiones, regresando una y otra vez al
mismo lugar interior: la ciudad como un texto, como un espacio que no se agota.
—Vengo a devolverlo —digo, ofreciendo el mecanismo con las
dos manos.
—No se devuelven —sonríe—. Se heredan.
—¿A quién?
—A usted mismo —dice, y me devuelve el reloj con un gesto
suave—. Para cuando olvide que el tiempo no se domina: se acompaña.
Salgo. El neón parpadea una vez y se queda fijo. Camino con
los semáforos en verde y, en un charco, veo reflejado un trozo de cielo que no
sé si pertenece a esta línea o a otra. En el portal, una vecina trae pan y
leche. Subo a pie, por sentir el aire en la escalera. Abro la puerta.
Está, como siempre, la taza olvidada. Está, como nunca, una
hoja en blanco en la mesa con un bolígrafo encima.
Me siento.
Empiezo a escribir sobre una calle antigua, una tienda
desaparecida, un nombre que merece volver. Y mientras escribo, sin apretar
ningún botón, entiendo por fin la forma verdadera del regreso: no una máquina
para borrar el pasado, sino una herramienta para devolverle sentido. Para
escoger, no ya otra vida, sino la misma vida con menos sombra.
El reloj, en el cajón, no late. Por ahora.
Y yo, con la mano sobre el papel, digo en voz baja —por si el tiempo escucha—: gracias.
sábado, 20 de diciembre de 2025
Un anillo alrededor del sol. Clifford D. Simak
viernes, 12 de diciembre de 2025
Música en la sangre. Greg Bear
jueves, 11 de diciembre de 2025
El lugar del comienzo. Ursula K. Leguin
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Flores para Algernon. Daniel Keyes
Todo una obra clásica del género. Esta es la historia de Charlie Gordon, un joven de 32 años, deficiente mental (C.I de 68) que trabaja limpiando el suelo de una panadería. Llama la atención de Alice Kninian, una maestra de adultos retardados que lo recomienda a unos investigadores que han encontrado una manera de incrementar la inteligencia por medios quirúrgicos.
martes, 9 de diciembre de 2025
Amanecer. Octavia Butler
lunes, 8 de diciembre de 2025
El doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo. Angela Carter
Original novela de Angela Carter en la que el protagonista rememora su lucha contra el doctor Hoffman quien modificó las estructuras de la razón y sembró el mundo de fantasías irreales. La novela parece ubicarse en un país imaginario de Latinoamérica. El campo de batalla de esta guerra son las mentes y sentimientos de los hombres y mujeres. En la ciudades pobladas de espejismos de este país imaginario nada es como parece y la vida cotidiana se ha convertido en en un laberinto donde caben todas las posibilidades. Ante la confusión que sufren los moradores de la ciudad, el gobierno crea un departamento encargado de mantener las leyes de la realidad y la razón: la policía de la determinación, de la que el, Desiderio, es un agente.











